miércoles, 1 de agosto de 2012

¡Cuanto ha enredado la Iglesia!


No creo que haya una institución más polémica en la historia que la Iglesia católica. En ocasiones lo ha sido porque ha defendido causas justas, en otras porque se ha puesto al lado de los poderosos. En realidad la Iglesia es un conglomerado muy heterogéneo, porque no es lo mismo la Iglesia jerárquica que la misionera, la Iglesia de base que el adocenado cúmulo de clérigos que llenaron conventos y parroquias. Pero en lo que la Iglesia ha enredado de lo lindo ha sido en el devenir político de los pueblos. Lejos de quedarse en su labor espiritual, la Iglesia ha intervenido en la vida política más de lo deseable, sobre todo porque ello ha sido motivo de escándalo para muchos de sus fieles y además la alejaba de la razón de ser de la doctrina que decía defender, el cristianismo, del cual no es la única portavoz. 

A principios del siglo XX en España dos fueron los motivos de fricción de la Iglesia con las autoridades políticas, que no eran precisamente anticristianas: el tema de las congregaciones religiosas y la enseñanza pública y privada. En ambas cuestiones la Iglesia mostró una belicosidad que solo se entiende en la medida en que estuvo confundida con el Estado durante siglos, como heredera de los pontífices máximos del antiguo Imperio romano. Ha sido siempre un problema para la Iglesia querer compatibilizar su labor espiritual con la defensa de sus intereses materiales, que son muchos, y ello lo han denunciado muchos intelectuales a lo largo de la historia, luego anticlericales declarados, incluso en el propio clero, y desde hace unas décadas cristianos de base, misioneros, teólogos y organizaciones religiosas que no comulgan con ruedas de molino.

Y es curioso que cuando más prestigio han adquirido los papas (que solo son una parte de la Iglesia) es cuando perdieron el poder territorial sobre parte de Italia, aunque no renunciaron a ser jefes de Estado, tener una diplomacia y actuar como príncipes absolutos en un mundo cambiante y que solo con retardo fueron entendiendo. 

La legislación impulsada por el conservador Maura sobre congregaciones religiosas ya fue motivo de conflicto con la Iglesia, por lo que no hay que esperar a la II República española para ver al Estado enzarzado en asuntos de éste tipo. Se trataba de que la Iglesia no sustrajese al trabajo a un número excesivo de eclesiásticos formando congregaciones religiosas, pues el país no estaba para más ociosos. No tuvo que venir, pues, Canalejas con su "ley del candado" para iniciar esta política: era una necesidad nacional sentida por todos los grupos con representación.

En el artículo 2 del convenio que se pretendió firmar el Estado con la Iglesia en 1904 se decía que las órdenes y congregaciones religiosas "no tendrán derecho a subvención ni subsidio del presupuesto del Estado". En el artículo 3 se decía que "las casas o conventos estarán sujetas a los impuestos del país por sus bienes o por las posesiones e industrias que ejerzan". Pues no fue posible porque la Iglesia no lo aceptó: ¿que es eso de que una institución divina no solo no recibiese recursos de los españoles sino que estuviese obligada a pagar impuestos?

El seminario de Tui se fundó a mediados del s. XIX
Con anterioridad Romanones había hecho aprobar una legislación sobre inspección educativa que obligaba a la Iglesia a someter al Estado sus centros de enseñanza, así como la autorización estatal para su creación (Real Orden de 1 de julio de 1902), y eso que se decía que "no corresponde al Estado exclusivamente, ni la formación de la conciencia del alumno, ni el desenvolvimiento de su personalidad concurrente a la formación del alma nacional; no es esta función privativa suya, pero tampoco es ajeno a la misma, ni puede permanecer ante ella indiferente". Esto llevó a la oposición de la Iglesia, pues se exigía a los centros eclesiásticos que quienes impartiesen enseñanza tuviesen los títulos académicos que les capacitasen.

Parece que lo que unió a los partidos liberal y conservador durante el régimen de la Restauración fueron sus intereses de clase, es decir, la economía y las artimañas para falsear las elecciones y amarrarse indefinidamente en el poder, pero en lo relativo a prensa, imprenta, educación, expresión, religión, etc., ahí sí hubo diferencias, y curiosamente en materia educativa los liberales fueron más intervencionistas que los conservadores, que solían consultar sus decisiones previamente con los más descadados obispos del país. En realidad la liberalidad conservadora se practicó, sobre todo, para favorecer a la Iglesia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario