domingo, 2 de diciembre de 2012

El Papa, dueño del mundo

Retrato de Bernardilo López de Carvajal
"Que los infieles, tanto los gentiles como los judíos -escribe Goñi Gaztambide- merecieron que se les quitase el reino", trata de probarlo López de Carvajal recurriendo a la Biblia y al Evangelio. El reino del mundo fue confiado por Cristo a Pedro y a sus sucesores, los papas. Por tanto, después de la venida de Cristo ya no hay disculpa posible: los infieles no tienen verdadero derecho a tener reinos propios. Los fieles a la Iglesia se los pueden quitar con las armas como a intrusos e injustos poseedores, mediante la autoridad y la licencia del vicario del Dios omnipotente, de quien es la tierra y todo lo que en ella se contiene.

Con estas peregrinas teorías, que justifican explícitamente la guerra (algo nada cristiano), no es extraño que la Iglesia, acostumbada a abusar de lo divino y de lo humano durante la Edad Media, alentase a los príncipes cristianos a la lucha contra el turco, a la persecución de judíos y moriscos, a la conquista de las Américas poco después. De hecho Bernardino López de Carvajal tuvo un protagonismo esencial en la redacción de las bulas alejandrinas que "repartieron el mundo" entre la monarquía española y la portuguesa. Pero Carvajal no es original, sino que toma estas ideas de un cardenal llamado Enrique de Segusia, que ya las había expresado en el siglo XIII. De ahí saca Carvajal que Cristo, con su venida, trasladó a sí mismo todo el dominio del orbe de la tierra (¿cuando Jesús se hizo dueño de nada?).

Por lo tanto -sigue Goñi Gaztambide- los turcos no son dueños ni de la más pequeña aldea de Turquía. Con la fe -dice Carvajal- no solo se nos prepara el reino eterno, sino que adquirimos el reino temporal, que es lo que a la Iglesia le interesaba realmente (el subrayado es mío). Carvajal elogia a los Reyes Católicos por "limpiar" sus reinos de los vicios y crímenes que los corroían. Armaron su ejército con la fe y la religión, de suerte que más parecía un convento de religiosos, que un ejército de soldados. Buena ironía -añado- teniendo en cuenta que el cardenal habla cuando la Iglesia jerárquica se encuentra emponzoñada en los mayores vicios, por lo tanto lo menos parecido a un "convento de religiosos". 

A mayor fe y religiosidad, mayor fuerza expansiva, lo que cuadra no solo con el cristianismo sino con el islam y con otros credos, y luego Carvajal recurre a Salustio para señalar que "el imperio hay que conservarlo por los mismos procedimientos con que se ha adquirido". Como no hay forma de conseguir un imperio sino a sangre y fuego, así mismo ha de conservarse, según el nada cristiano cardenal, por muy príncipe de la Iglesia que fuese. Asombra ver a que extremos de desviación y perversidad habían caído algunos dirigentes de la Iglesia católica. El Papa, como vicario del Dios omnipotente -sigue diciendo- es dueño de la tierra, y con su licencia los fieles pueden quitar a los infieles las tierras que injustamente poseen, y estas ideas son la clave de las bulas alejandrinas que repartirían las tierras del hemisfereio occidental, pero también África y Asia, entre las monarquías portuguesa y española.

Por fortuna hubo eclesiásticos que no estuvieron nunca de acuerdo con las ideas aquí expuestas: profesor de Carvajal, en Salamanca, fue Pedro Martínez de Osma, cuyas doctrinas fueron condenadas por la Iglesia al parecerse a lo que luego defenderían los reformadores religiosos del siglo XVI. Goñi Gaztambide lo considera el teólogo más importante de la época después del Tostado. Martínez de Osma fue a las fuentes, vio los problemas de la realidad circundante, rechazó la confesión, las indulgencias, la infalibilidad pontificia, el primado del papa. Señaló que la confesión la instituyó la Iglesia, no Jesús... Un laico, Lorenzo Valla, negó que el emperador Constantino hubiese legado a la Iglesia un patrimonio que fue el origen del que luego amasó durante siglos. Aunque Martínez de Osma se retractó más tarde de sus ideas (las cosas no estaban para bromas) lo cierto es que han permanecido y fueron la base de otros pensadores, entre los que destaca Erasmo de Róterdam.

Con las ideas de Carvajal no es extraño que se cometieran monstruosidades en la América conquistada, que se enriquecieran unos a cuenta de la mayoría de la población indígena, aunque otros teólogos viniesen a querer denunciar estos abusos, tanto en el plano doctrinal como en el práctico. Carvajal es un ejemplo de esa Iglesia que se acomoda al poder, que no se compromete con los pobres; seguramente por eso estuvo dos veces a punto de ser papa y una antipapa. Estuvo cerca del poder y lejos de la realidad.

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