miércoles, 5 de diciembre de 2012

Los curas españoles a principios del siglo XX

Profesores y alumnos del seminario de Lugo
Son varios ya los trabajos de calidad que se han publicado sobre el clero español, entre los que destacan el de Andrés Martín, Martín-Hernández, Cárcel Ortí y las obras generales sobre la Iglesia católica. También la obra de Primitivo Tineo. Este último dice que la formación del clero, en el siglo XIX, fue muy baja, lo que continuaría durante parte del siglo siguiente. 

La decisión del concilio de Trento, en el siglo XVI, de crear seminarios en cada diócesis, se cumplió de manera muy lenta y incompleta, hasta el punto de que las diócesis más ricas fueron en las que más tarde se fundaron seminarios: Toledo a mediados del siglo XIX e igualmente Sevilla; en Santiago de Compostela un poco antes, 1829. Sin embargo, pequeñas diócesis como Osma, Guadix, Lugo, Mondoñedo, Urgel y Tarazona ya contaban con seminario a finales del siglo XVI. Todo hace pensar que dependió del celo de los obispos o de alguna familia pudiente, pues mientras grandes diócesis como Tarragona ya tenía su seminario en 1570, Valencia no lo tendría hasta 1831.

Edificio del seminario de Tarazona
El concordato de 1851 representó grandes ventajas para la Iglesia, aunque algunas de sus cláusulas no se cumplieron, pues los liberales moderados deseaban resarcir al clero de las expropiaciones sufridas mediante el proceso desamortizador y, al mismo tiempo, ver reconocido su régimen y a la reina Isabel II, a quien la Iglesia se negó a reconocer hasta que recibió a cambio beneficios materiales y de otro orden: el artículo 1 del concordato de 1851 señalaba que "la religión Católica Apostólica Romana [...] con exclusión del cualquier otro culto, continúa siendo la única de la nación española, se conservará siempre en los dominios de S. M. católica, con todos los derechos y prerrogativas de que debe gozar, según la ley de Dios y lo dispuesto por los sagrados cánones". Y el artículo 2 indicaba: "En consecuencia, la instrucción en las universidades, colegios, seminarios y escuelas públicas o privadas de cualquiera clase será en todo conforme a la doctrina de la misma religión católica, y a este fin no se pondrá impedimento alguno a los obispos y demás prelados diocesanos, encargados por su ministerio de velar sobre la pureza de la doctrina, de la fe, de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aún en las escuelas públicas " (los subrayados son míos).

De esta manera quedaba desvirtuada en buena medida la ley que, unos años antes, había hecho aprobar el ministro Pidal, según la cual era el Estado el garante de la enseñanza pública y "la enseñanza de la juventud no es una mercancía que pueda dejarse entregada a la codicia de los especuladores, ni debe equipararse a las demás industrias en que domine solo el interés privado". Aquellos liberales no tenían inconveniente en cambiar cuando de alguna ventaja política se trataba.

Por un acuerdo entre el Gobierno de entonces y el nuncio del papa, desaparecieron las facultades de Teología de las Universidades y serían los seminarios católicos los únicos centros encargados de la formación del clero, basada en las humanidades, la filosofía, la teología y el derecho canónico. Primitivo Tineo señala que en la inaplicación de estos compromisos tuvieron bastante responsabilidad los obispos, pues procedieron a recortar cursos, suprimir disciplinas y a rebajar el nivel de exigencia.

(Incompleto)

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