jueves, 31 de octubre de 2013

Mesina contra Palermo


El dominio de la monarquía española en Italia comprendió Sicilia, que hasta 1713 constituyó un virreinato distinto del de Nápoles. El virrey residía en Palermo y gobernaba en nombre de la Corte española de acuerdo con los principios del feudalismo, lo que era coherente con el régimen económico existente en casi toda la isla. Por contra, algunas ciudades del este de la isla estaban más avanzadas desde el punto de vista mercantil y esto llevó a una rebelión de los habitantes de Mesina, en la cual no son ajenos los problemas de abastecimientos, sobre todo de trigo, para el sostenimiento de la población. No puede decirse que se tratase de un enfrentamiento entre Palermo y Mesina, más bien entre las autoridades residentes en Palermo y las clases ricas -en parte también las pobres- que pretendían una independencia que no consiguieron, pues aún durante la rebelión estuvieron bajo la protección de la monarquía francesa.

Ribot García ha estudiado el relato que Romano Colonna, coetáneo de los hechos, redactó con fines propagandísticos y de conseguir la unidad de los mesineses ante los enemigos españoles. El título de la obra ya es significativo: Della Congiura de i ministro del Re di Spagna contro la fidelissima, ed esemplare città di Messina. Parece que fue un encargo del Senado mesinés, por lo que sabemos que Mesina tenía un estatuto de autonomía desde tiempo atrás. Colonna fue un mesinés de familia noble, licenciado en leyes, que durante el dominio francés fue juez de la Corte Estraticocial de Mesina (el estraticó era una autoridad de la ciudad). La fuente que nos suministra Colonna e parcial, deforma ciertos acontecimientos y se aleja de toda objetividad, pero su extensión (1.144 páginas) es muy útil para comprender el clima de revuelta de mesineses y franceses contra las autoridades virreinales eapañolas y contra la propia Corte madrileña.

El descontento empezó por unos movimientos populares que se produjeron en 1669 y cuyo motivo fue la falta de abastecimientos, echándose el pueblo contra las autoridades locales, a quienes se hace responsables de la situación. Colonna, por su parte, culpa de esta carestía triguera al estraticó Luis del Hoyo, aunque en este caso el problema del trigo fue en 1672. Existió por tanto un dilatado tiempo de descontento de la población y de oposición de las autoridades nativas a la monarquía española. El virrey español era el flamenco Claude Lamoral, príncipe de Ligne, pero según señala Ribot García también Nápoles había negado el suministro de trigo a Mesina.

Dentro de la ciudad y su jurisdicción había dos grupos sociales principales: los merlos y los malvizos: los primeros eran las clases populares y los segundos las aristocráticas y pudientes. La división entre merlos y malvizos es lo que intenta con su obra combatir y evitar Colonna. Para él es absolutamente neceario que toda la ciudad se una contra el virrey y la monarquía española, lo que quiere decir que el enfrentamiento es más bien entre clases bajas y altas de la propia ciudad y entre autoridades autóctonas y las impuestas por la monarquía española. Colonna se esfuerza en demostrar el patriotismo de los malvizos mientras que desprecia la falta de colaboración de los merlos que, evidentemente, no tenían motivaciones políticas para el enfrentamiento, sino económicas.

En todo esto la Francia de Luis XIV ayudó a los dirigentes de la revuelta mesinesa en varias ocasiones e incluso las autoridades locales estuvieron tuteladas por el ejército francés. Los momentos más intensos de la revuelta se sucedieron entre los años 1674 y 1678. Colonna pretende incluso buscar la ayuda de la Providencia para su causa cuando relata el desastre naval sufrido por los barcos hispánicos en aguas del Faro de Mesina en noviembre de 1675, lo cual sería una señal del cielo contra los españoles, lo mismo que el rayo que, días después, en la fiesta del patrón de Mesina (San Gregorio Taumaturgo) provocó el incendio de la galera Milicia. Se encontraba esta galera en el puerto de Milazzi, en la pequeña península que sobresale hacia el norte al oeste de Mesina. Su puerto, orientado al este de la pequeña península, está mejor situado para recibir y salir barcos en el Mediterráneo.

En poder de mesineses y franceses estuvo la población de Augusta, en la costa sureste de Sicilia, desde agosto de 1675, así como Taormina desde el 16 de octubre de 1676. En general la costa oriental de la isla estuvo varias veces en poder de los mesineses, por lo que dominaron el estrecho de Mesina. La ciudad protagonista de la revuelta, por su parte, estuvo cercada por las tropas españolas desde finales de 1674, aunque dicho cerco terminaría a comienzos del año siguiente. Colonna compara la opresión que sufre Mesina a manos de la monarquía hispana con los abusos y crueldades cometidas por los conquistadores y administradores españoles en América, prueba de que la "leyenda negra" había llegado a sus oídos.

La revuelta de Mesina es un ejemplo de los intentos de las clases dominantes en la ciudad por desembarazarse de un poder que les era ajeno hasta cierto punto: el sistema virreinal que se ejercía desde Parlermo; intento de que prevaleciesen los intereses comerciales sobre los agrarios y feudales del conjunto de la isla; intento de incorporar a los merlos, las clases populares, a una lucha que les era ajena, a las que daba igual ser gobernadas por nativos o extranjeros si su situación de sometimiento no iba a cambiar. Estas clases, cuando se incorporaron a la revuelta, lo hicieron para solucionar sus problemas de abastecimiento y hambre, no por otra cosa.

lunes, 28 de octubre de 2013

Pelea por la elección de papa

El papa Odescalchi 
Durante la baja edad media el papado pierde prestigio a raudales, de lo que se hacen eco grupos de cristianos que se constituyen en oposición dentro de la propia Iglesia católica. Hasta finales del siglo XIX los papas no volverán a tener el prestigio de épocas muy remotas, incluso contanto con cismas que tienen más que ver con la división del imperio romano una vez que la parte occidental del mismo se cuartea y desaparece como estado. Los siglos del renacimiento y del barroco, sin embargo, van a ser de una espectacular escandalera por parte de la Iglesia en general y del papado en particular. Nepotismo, simonía, nicolaísmo, crímenes, venalidad, corrupción son algunos de los graves vicios que padece la Iglesia y que capitanean los papas. Sin embargo ha habido papas a los que se reconoce un comportamiento de excepción, ejemplar incluso, y este es el caso de Inocencio XI en la segunda mital del siglo XVII.

El 22 de julio de 1676 suenan las campanas de la plaza del Campidoglio, proyectada por Miguel Ángel tiempo atrás. Es la señal de que el papa Clemente X había muerto y entonces empezaba una frenética actividad para buscar sucesor. Dos potencias, la monarquía francesa y la monarquía española (más que Francia y España) van a ser principales protagonistas en la pelea, sabiendo que era costumbre sobornar, comprar, regalar y demás prácticas viciosas a los cardenales que habrían de elegir al nuevo papa en el cónclave. Se encontraba en Roma la que había sido reina de Suecia, Cristina, que en 1654 había abdicado cuando decidió convertirse al catolicismo desde su origen protestante. Igualmente se encontraba en Roma un jesuita asustríacao que había "servido" a la monarquía española como valido de la regente Mariana de Austria, madre de Carlos II. El jesuíta, Everardo Nithard, había sido desterrado de España en 1669 y ejercía como embajador "sui generis" en Roma, para lo cual había sido elevado a la condición de cardenal. A él debemos un relato muy jugoso sobre las personalidades de varios cardenales que podrían aspirar al papado. Por sus palabras confirmamos -las fuentes sobre los vicios de la jerarquía eclesiástica son numerosísimas- la venalidad y el carácter mundano de los cardenales y alto clero. Lozano Navarro, en uno de cuyos trabajos baso este artículo, señala que "siempre fue la pauta que subieran al Solio hombres de edad bien avanzada" con el fin de que si la política del nuevo papa defraudaba a las potencias que lo habían apoyado, pudiese fallecer pronto y volver a intentarlo con otro.

El citado Lozano Navarro señala que "podemos imaginar los silencios, los murmullos, las esperanzas frustradas, las estrellas ascendenes y descendentes, las meditadas y pacientes venganzas... Un día [el de la muerte del papa] lleno de carreras nerviosas, de carruajes vistos en lugares que pocos hubieran podido sospechar el día anterior, de secretas reuniones, de incógnitos por todos sospechados, de mensajes cifrados, de visitas furtivas y de rumores de todo tipo".

Hasta tal punto la Iglesia se encontraba comprometida con el poder temporal que había tenido que pagar las consecuencias: los reyes de Francia, España y el emperador alemán tenían el ius exclusivae, es decir, el derecho a excluir a un candidato en la elección de papa, derecho que fue utilizado por última vez en 1903 por el emperador Francisco José de Austria. Hasta este punto van lentos los asuntos de la Iglesia. Por su parte a Nithard se le había dado un arzobispado en Edesa (Siria) in partibus infidelium, es decir, para seguir en Roma con la dignididad de arzobispo pero no ejercer función alguna en aquella lejana archidiócesis. Esto con la oposición de la Compañía de Jesús, que tenía por norma -según decisión ignaciana- que sus miembros no aceptasen obispados, arzobispados, cardenalatos, etc. La cuestión se zanjó considerando que Nithard dejó de ser jesuita desde el momento en que aceptó el arzobispado, aunque todo parece que fue una mera formalidad.

Por su parte Clemente X, el papa ahora fallecido, había padecido una grave gota como consecuencia de las cuchipandas que se daba, acostumbrado como estaba desde niño a la buena vida, pues era hijo de una noble familia romana. Ahora fue el momento en el que Nithard escribe su memorial para enviar a la Corte española haciendo las consideraciones que le merecen unos y otros cardenales, los apoyos que pueden tener, sus virtudes y vicios, etc. Empieza refiriéndose a Francisco Barberini, sobrino de Urbano VIII, y de él dice que tiene un "natural sumamente imperfecto y su modo de habar no es inteligente"; dice también que está "procurando siempre cubrir sus propias conveniencias con el manto del servicio de Dios y un zelo grande a la Sede Apostólica". Barberini era una "criatura" del papa Urbano VIII, que había practicado el nepotismo hasta la saciedad. Nithard no dice nada de sus actividades como mecenas, seguramente porque no quiere señalar ningún rasgo positivo de quien no desea ver convertido en papa. De haberlo sido habría durado poco, pues murió en 1679.

Ulderico Carpegna es otro cardenal que moriría en 1679, romano y noble como el anterior, a quien Nithard apenas tiene en cuenta. Del cardenal Giulio Gabrieli dice que "tiene pocas letras y menos estimación y mérito... tan asido al interés, que por poca suma de dinero se ha dado siempre a conocer como hombre de ánimo vil y avaro... ninguno piensa en hacerlo nunca papa, antes vive en gran descrédito". En efecto, no se saben de él especiales méritos y toda su vida la dedicó a funciones administrativas de la Iglesia en Roma. 

Nithard dice que Cesare Falchinetti no es "sincero en su modo de tratar, y que está lleno de artificios y rodeos con los quales se persuade engañar los amigos". Vemos que el ex-valido de la Corte española no tiene muy buena opinión de estos cardenales, pero algunos sí merecen su aprobación, muy particularmente Odescalchi, del que Nithard aventura que seguramente será elegido papa, como así fue. Del cardenal Guisi dice que "supone que los españoles lo favorecerán con eficacia [y] piensa haver ganado la voluntad del embaxador de Francia y su hermano por la amistad que estos tienen con el príncipe Panphilio, su sobrino, y cada día da a conocer más su inclinación y genio francés. Su maniobra es tan conocida -continúa Nithard- que en la embajada española se piensa que así los españoles como los franceses mostrarán por ahora de quererlo papa en apariencia, pero después, dentro del Cónclave, le serán todos contrarios". 

Sobre el cardenal Cybo dice que es "de buenas costumbres, no habiéndosele conocido jamás el más mínimo escándalo"; pero añade que no está enterado de los "negociados intereses de los príncipes". Parece que fue afecto a la monarquía española. Francesco Albizzi fue conocido por andar en busca de brujas y cosas parecidas, algo muy propio de la teatralidad del barroco. Feroz inquisidor, estuvo casado hasta que enviudó. De él dice Nithard que era "doctosísimo y tiene gran noticia de las cosas eclesiásticas, pero es tan venal que vive en gran descrédito, y siendo opinión común en la Corte haber recivido en los tiempos pasados dinero de las dos coronas de España y Francia, ninguna de ellas se fiará de él... siendo tenido por moralmente imposible su exaltación [al papado]".

Girolamo Buonvisi murió en 1677 y Nithard dice de él que es "un cardenal muy digno, no menos por la capacidad, virtud y prudencia, que por tener un modo de negociar tan suave y agradable que se lleva a efecto y benevolencia de todos los que tratan con él". Carlo Carafa, para Nithard, es hombre "de señalada virtud y exemplar vida, fino vasallo del rey Cathólico de notoria calidad y Casa... y en todas partes obró con gran satisfacción de todos". Da cuenta el exvalido de que del cardenal Pietro Vidoni se publicaron libelos "contra él por ser demasiado notorios a todos" y así continúa refiriéndose a otros cardenales entre los que se encuentran Neri Corsini, Celio Piccolomini, Giulio Spinola, Giannicolò Conti, Carlo Cerri, Buonaccorso Buonaccorsi, Alesandro Crescenzi... 

De Bernardino Rocci dice que presenta dos inconvenientes: "que después de un pontificado romano [Rocci lo es] que ha destruido y aniquilado la Sede Apostólica no quieren otro papa romanesco... [y que siendo] mozo de 48 años, ningún viejo concurrirá, antes le será contrario por no querer sepultar las mismas esperanzas". Puede parecer Nithard cruel al hacer estas apreciaciones, pero tratándose de un clérigo, aunque muy mundano, tienen interés en una Roma corrompida desde hace siglos. De Odescalchi, que sería elegido papa, dice Lozano Navarro citando a Pastor que era un escuadronista, un reformador, dentro de los límites que una Iglesia jerárquica y contrarreformista pudiera permitirlo. Con Odescalchi estaban Cibo, Raggi, Azzolini, Albizzi y Odomei.

Tantos fueron los giros y maniobras durante la sede vacante que tanto la Corte española como la francesa decidieron apoyar a Odescalchi, natural de Como y nacido en una familia de comerciantes. En principio no contó con el apoyo de la monarquía francesa pero parece que sí de los romanos -en la medida en que estos tenían conocimiento de sus capacidades-; en efecto reformó la Corte romana y combatió el nepotismo, viviendo por su parte en una austeridad que no era propia de la época, aún menos en la centuria siguiente, pero seguramente la burocracia vaticana lo fagocitó y no tuvo aliento para más. Su elección permitió al jesuita Nithard legarnos una fuente extraordinaria para conocer los tejemanejes de la curia para la elección de un papa en pleno auge contrarreformista.

Guerra después de la guerra


Aunque no es el único caso, pues la guerra de Indochina, la primera guerra de Israel contra los países árabes y la de Corea también siguieron, con poco tiempo de por medio, a la II guerra mundial, la guerra civil griega es una continuación de aquella que tuvo por objetivo el confirmar los acuerdos que había conseguido Churchill para que Grecia estuviese bajo el control occidental o que se torciesen dichos acuerdos y en Grecia se estableciese un régimen comunista. 

Rodríguez Milán ha señalado las similitudes y diferencias entre la guerra civil griega de 1946 y la española de diez años antes: la importancia de los factores externos, la intervención de potencias extranjeras y la victoria de la derecha política son las coincidencias; las diferencias consisten en que la guerra civil española fue un prólogo de la II mundial, mientras que la griega el primer escenario de la "guerra fría", fue mucho más violenta la española y la represión, en esta, se prolongó mucho más que en el caso griego. 

Los monárquicos conservadores y los republicanos liderados por Venizelos venían enfrentados desde 1915 y a ello hay que unir el "desastre de 1922". Venizelos se enfrentó al rey Constantino I por la participación de Grecia en la primera guerra mundial; mientras que el republicano sostenía que los griegos debían aliarse con la Entente esperando que el imperio turco fuese vencido y Grecia se beneficiase territorialmente, el rey defendió la neutralidad pero no ocultó sus simpatías por Alemania, con la que le unían vínculos dinásticos. En 1922 se produjo una gran crisis como consecuencia del abandono por parte de las autoridades, del ideal griego de incorporar a su soberanía desde Constantinopla hasta el Épiro del norte, la región de Jonia en Asia Menor y todas las islas del Egeo, incluida Creta y las del Dodecaneso. El fin de la primera guerra mundial determinó el derecho de la nueva Turquía y Bulgaria sobre territorios que pretendía Grecia. La crisis nacional desembocó en un golpe de estado protagonizado por el general Ioannis Metaxás en 1936 que llevó a una dictadura, pero el dictador no se alió a Alemania cuanto empezó al II guerra mundial, sino que fue partidario de Gran Bretaña, tanto por considerar que era la potencia que podía salvaguardar la independencia griega como por las aspiraciones de Mussolini sobre territorios griegos. Metaxás murió, no obstante, a principios de 1941, por lo tanto poco antes de que Grecia fuese ocupada por los nazis y sus aliados.

Cuando Grecia fue ocupada por la Alemania nazi, Bulgaria e Italia, a los griegos les preocupó más la liberación que aquel viejo ideal (Megali Idea, formulado a mediados del siglo XIX por Ioannis Kolettis). La necesidad de vencer a los ocupantes del país unió a las diversas fuerzas políticas tradicionales (monárquicos y republicanos particularmente) mientras que el partido comunista resistió y combatió por su cuenta.

Al ser liberada Grecia de la ocupación nazi, Gran Bretaña, exhausta por el esfuerzo bélico, no pudo ayudar a los partidos tradicionales y dejó paso a que lo hiciese Estados Unidos. Ahora se trataba de combatir, dentro de la propia Grecia, a los comunistas que habían organizado, sobre todo entre los campesinos, una resistencia muy eficaz. Empieza -si no se considera el comienzo antes- una guerra civil de la que Grecia no se librará hasta el año 1949 y, con la derrota de los comunistas, la continuidad de un "anticomunismo de Estado que va a prolongarse hasta el año 1974, continuidad solo interrumpida en el breve intervalo del gobierno de Papandreu (1963-1965)".

El  Partido Comunista griego había alentado antaño la independencia de Macedonia y de Tracia, territorios bajo soberanía griega desde 1913 en un caso y desde 1923 en el otro, pero ahora, en el contexto de la independencia contra la ocupación nazi, los comunistas griegos consideraron que aquellos territorios formaban parte de Grecia indubitablemente. Es más, "cuando la agresión italiana degenera en la guerra de Albania de 1940, el KKE [Partido Comunista] se une a la lucha nacional" y cuando se produce la invasión alemana todos los comunistas que el dictador Metaxás había encarcelado salen en libertad para formar parte de la resistencia. Como en cualquier otro país, también en Grecia hubo colaboradores de los nazis, por lo que el Partido Comunista en particular se empieza a convertir en un partido de masas, contrariamente a lo que había sido con anterioridad, de extracción esencialmente urbana e intelectual.

Los comunistas crean un estado que denominan "Grecia Libre" "y tras la liberación se van a oponer obstinadamente a británicos y estadounidenses". En juego estaba que Grecia cayese bajo la órbita occidental o bajo la soviética, cuestión de la que no cabe dudar porque el Partido Comunista estuvo siempre muy ligado a las directrices de Moscú. Pero una cosa es esto y otra el sentido práctico de los comunistas griegos: "algunos representantes... se desplazan hasta El Cairo en septiembre de 1943" para buscar un acuerdo de colaboración con los británicos, intento que fracasará.

A finales de 1944, cuando aún no habían transcurrido tres meses desde la retirada alemana, "se inicia el enfrentamiento entre el brazo armado de los comunistas y las fuerzas británicas en Atenas ("batalla de Atenas"). El mundo urbano controlado por los partidos tradicionales se impone al mundo rural griego en manos de los comunistas, siendo estos derrotados en primera instancia: no son más que los prolegómenos de lo que va a ser la guerra civil griega de 1946, que algunos anticipan varios años. Se produce un "terror blanco" contra la izquierda y la espiral de violencia se hace dueña del país, estableciéndose incluso campos de concentración. Por su parte la izquierda responde secuestrando y aniquilando a buena parte de las elites atenienses. La guerra civil, que se desarrolla por lo menos hasta 1949, y en la que las fuerzas conservadoras y tradicionales cuentan con el apoyo decidido de Estados Unidos, se enmarca dentro de lo que va a ser llamada "guerra fría" por las áreas de influencia entre el mundo capitalista (no podemos decir democrático porque con él colaboran dictaduras) y el comunista (que no es democrático, evidentemente).

Debe tenerse en cuenta que la mayor parte de Europa oriental se está sovietizando, salvo el caso de Yugoslavia que, sin embargo, será un apoyo para los comunistas griegos. La ayuda estadounidense a la construcción del Estado griego bajo la órbita occidental llevará a Grecia a la entrada en la OTAN -donde también estará su oponoente Turquía- y a ser tutelaa permanentemente por los Estados Unidos, dueños en buena parte de su economía y de las decisiones políticas que se toman. Incluso Grecia recibió ayuda económica estadounidense antes de que se aplicase el Plan Marshall. La guerra civil griega es un ejemplo de guerra tras la guerra: si durante la ocupación nazi se trató de una lucha por la liberación y la democracia, la guerra civil fue expresión de dos modelos que se opusieron y del que salió triunfante en anticomunista: los acuerdos de Yalta pesaron como una losa contra todo cambio en este sentido.

domingo, 27 de octubre de 2013

Un fascista español

José Pemartín Sanjuán
Los ideólogos del fascismo español no han llegado nunca a la categoría intelectual, por ejemplo, de la "Acción Francesa", pero han aportado una serie de ideas que permiten valorar la falta de racionalidad imperante en las mismas. Ante todo, como no podría ser menos, el liberalismo es malo para la sociedad y para la prosperidad de los pueblos: ¿que es eso de la libertad individual? Lo lógico es que esa libertad esté supeditada al interés del Estado; lo que pasa es que para los fascistas españoles -como para otros- ese Estado ha de estar dirigido por unas elites que nadie ha elegido, se han impuesto de forma natural o por la fuerza. 

Hay una característica del fascismo español que le diferencia de otros: su marcado catolicismo, entendido este en su sentido más conservador e incluso reaccionario. José Pemartín y José María Pemán contribuyeron a la fundación de la Unión Monárquica Española y luego colaboraron en la revista Acción Española durante la II República. Quiroga Fernández de Soto ha escrito que el fascismo de Pemartín es "dinámico", poniendo las bases a finales de los años veinte del pasado siglo para una fusión entre el tradicionalismo y el fascismo. Debieron de tomar buena nota los mentores del general Franco durante la guerra civil de 1936, pues un año después el dictador estableció mediante decreto la unificación del carlismo tradicionalista y el fascismo de Falange. 

Es sabido que esta decisión burocrática nunca cuajó entre los pocos seguidores de verdad del fascismo y del carlismo, pues se repelieron mutuamente: los primeros eran en un principio revolucionarios -al menos en la versión joseantoniana y hedillista- mientras que los segundos eran partidarios de los fueros vascos, Dios y un rey. Pemartín, sin embargo, no era un patán: estudió en Inglaterra y Francia, aunque las formulaciones que hace para el fascismo español son simples desde cualquier punto de vista. El hecho de que Pemartín no aceptase discusión sobre ciertas "verdades" le hace irracional, máxime cuando tanto en la vida personal como en la política cree en una intervención de la Providencia en su sentido más religioso. 

Ya Vázquez de Mella -y Pemartín le sigue- había señalado que la nación es una creación del cristianismo y España lo era en la medida en que era católica. Citando a Ganivet "España se halla fundida con su ideal religioso, y por muchos que fueran los sectarios que se empeñasen en descatolizarla, no conseguirían más que arañar un poco la corteza de la nación". Hoy sabemos que España está bastante descatolizada e incluso descristianizada (desde mi punto de vista esto último es muy negativo) y no porque nadie se haya empeñado en hacerlo, sino porque las condiciones materiales de los españoles les han hecho escépticos, sin perjuicio de aquella religiosidad externa y formalista que tanto gustó de cultivar la Iglesia, sobre todo a partir del siglo XVI. 

Otra de las particularidades del fascismo de Pemartín es el papel de la monarquía (Mussolini tuvo en muy poca estima al rey Víctor Manuel y a la institución que encarnaba) y no digamos Hitler, Codreanu, Quisling, Metaxas, Pétain, el Frente Patriótico austríaco, la Ustase croata y así podríamos seguir. Quiroga Fernández de Soto señala que para Pemartín "la monarquía hispana había sabido continuar en el siglo XX, en contraste con el derrumbe de tantas coronas tras la I Guerra Mundial, al dar 'sanción legal' y otorgar una 'continuada confianza' a la Dictadura de Primo, cuando la nación se encontraba de nuevo al borde del abismo". Hoy sabemos que la dictadura primorriverista no arregló ni un solo problema histórico, transfiriéndolos todos a la II República.

Una característica del fascismo de Pemartín, pero no solo de él, es la retórica huera: "En el comienzo de la formación del Estado hispánico, al expirar la época de los feudalismos, en la expansión y fundación del gran imperio de ultramar, los dos grandes momentos en que germina unificado el concepto de patria como nación, era [la religión] esa gran fuerza espiritual exponente amplificador de grandezas y glorias elevador místico de la energía psicológica española". La España de los escépticos en materia religiosa, de los anticlericales, de los racionalistas, de los católicos críticos con la Iglesia, de los incrédulos, de los heterodoxos, no existe para Pemartín. Incluso cuando más tarde aborde el tema del "catolicismo nacional" no parece caer en la cuenta de que son términos contradictorios: el catolicismo es, por definición, universal. Querer acomodar no la religión en abstracto, sino el catolicismo hispano a las necesidades de su discurso, le hace incurrir en postulados absurdos, irracionales. 

Otras características ya son comunes a otros fascismos: la voluntad popular no tiene valor; la nación está por encima de aquella voluntad. Pero el concepto nación es abstracto, no está formado por las voluntades plurales de los españoles, sino que es considerada como un cuerpo en el que todos los miembros están llamados -lo quieran o no- a un objetivo común. Negar la lucha de clases, abogar por el corporativismo social, negar el sufragio, legitimar la violencia institucionalizada, negar toda posiblidad de reconocimiento de otras naciones dentro de España, ya son características comunes a otros fascismos. Más absurdo aún es considerar a la nación española -territorialmente hablando- como algo natural por la geografía: Portugal, Andorra, Gibraltar, Baleares, Canarias, Ceuta, Melilla están para desmentir esa "unidad geográfica como pocas naciones del mundo, unidad étnica indiscutible", como si la población española no fuese el resultado de un mestizaje de germanos, hispanorromanos, bereberes, judíos, árabes... cuajado a lo largo de los siglos.

lunes, 21 de octubre de 2013

El pintor de Kiev

Parjómovka se encuentra al nordesde de Ucrania, donde Malévich pasó unos años cuando joven, a finales del siglo XIX. El paisaje rural dominante, en contacto con la naturaleza, le hizo propenso a representarla. Al otro lado de la frontera, algo más al norte, seguían las llanuras con sus herbazales y paisajes lacustres, donde Malévich se dedicó a la pintura con toda su pasión. Luego estudiaría en Kiev y conocería a muchos pintores y artistas a lo largo de su vida, pues fue realmente un cosmopolita, a pesar de haber nacido en una región tan lejana de los grandes centros del arte como París, Viena o Berlín. 

Desde una técnica impresionista, cuando en Francia este estilo ya estaba en retirada (Malévich nace tarde para incorporarse a la época de máxima producción impresionista) llegó al suprematismo, que es realmente su creación teórica y práctica, camino del cubismo y de otras vanguardias, incluso hacia la abstracción antes y tras la revolución soviética de 1917.

Debió de participar en algunos de los hechos revolucionarios de ese año y luego se amigó con el régimen soviético hasta el punto de que gozó de honores y nombramientos hasta su muerte, en 1935. Es cierto que todavía no habían empezado las grandes purgas de Stalin, pero la Unión Soviética ya se caracterizaba por la eliminación de todo disidente, la persecución, la falta de libertad y el cimen oficial. Malévich nunca protestó por esto, quizá porque estaba demasiado preocupado por sus teorías sobre la plástica y el arte en general, quizá porque no quiso arriesgar una vida llena de éxitos o quizá por cobardía, ya que no cabe pensar estuviese de acuerdo con la barbarie del régimen stalinista. 

Su obra es un intento de volver al primitivismo, en lo que se parece a Gauguin, pero los resultados de uno y otro son muy distintos. Se relacionó con futuristas y con cubistas, con fauves y con expresionistas, experimentando teóricamente todos estos movimientos que se influían mutuamente. Conoció a Kandinsky, a Matisse y a Picasso, pareciendo que de todos ellos aprovechó la parte que le interesó o supo sintetizar en la obra propia muchos de los aspectos que veía en las formas geométicas del cubismo, el color de los fauves, las experiencias de los arquitectos y artistas de la Bauhaus y la obra de otros pintores rusos con los que mantuvo una relación de contínuo debate.

domingo, 20 de octubre de 2013

Campos de concentración en España

Campo de concentración de Miranda de Ebro (Burgos)
Son ya varios los autores que se han dedicado a estudiar la formación, funcionamiento y localización de los campos de concentración durante la guerra civil de 1936. Los militares sublevados creyeron que eran necesarios para internar a los desafectos al régimen que se iba a erigir en vencedor y realmente fueron militares los máximos responsables de la gestión de estos campos de internamiento, trabajo forzoso y trato ignominioso, cuando no cruel, a los presos. 

Existieron durante la guerra y unos años más durante la postguerra, destacando los de Burgo de Osma y Soria en dicha provincia, La Corchuela y Los Merinales en Dos Hermanas, así como el de El Palmar de Troya (Sevilla); La Isleta y Gando (1) en Gran Canaria; Castro Urdiales y tres más en la capital cántabra, en el monasterio de Corbán, en una fábrica de tabacos y en un cuartel de infantería; el edificio de San Marcos en León, en la península de Llevant (Mallorca) y uno en Formentera; el de Miranda de Ebro y el de San Pedro de Cardeña (Burgos) (1); el de Castuera al este de la provincia de Badajoz; en Cataluña hubo varios (Poble Nou y Horta, Figueres, Cervera y otros); en Galicia el de Betanzos y el de Camposancos (A Guarda); el de Ronda en Málaga; en Cáceres el campo de Los Arenales; en Valencia el hospital de Portaceli. Quizá haya más, de menor importancia por el número de presos allí recluidos y que están pendientes de una adecuada investigación.

Aram Monfort señala que los campos de concentración no eran prisiones, pues allí no iban los presos a penar lo determinado por una sentencia judicial, sino a cumplir una decisión arbitraria por motivos políticos. En estos campos de concentración se trabajaba forzosamente, contrariamente a lo que se hacía en otros centros especiales de evacuación (hubo uno en Manresa y otro en Barcelona) y eran también distintos que los campos de prisioneros, como el de Borges Blanques y Vilanova i la Geltrú. Los campos de concentración fueron improvisados y, en parte por ello, la recepción en los mismos y el trato recibido por los recluidos fue peor. Las autoridades de cada campo gozaban de una gran autonomía, precisamente porque hasta más tarde no hubo un organismo coordinador de los mismos.

Miles de milicianos republicanos, socialistas, comunistas, simples desafectos al régimen de Franco, sospechosos sin pruebas, personajes que habían ocupado cargos de responsabilidad local o vecinal durante la República o durante la guerra fueron a parar a los campos. Según el autor citado, en febrero de 1939 se habían capturado 110.236 hombres durante la ofensiva sobre Cataluña (muchos más presos ya estaban en otros campos) pero ya se habían creado los batallones disciplinarios de soldados trabajadores. En los campos había barracones de madera que servían de albergue a los apresados, en otras ocasiones se trataba de edificios medio arruinados y también de conventos o monasterios. Una de las funciones que encomendaban las autoridades franquistas era adoctrinar a los internos y obligarles a realizar trabajos para redimir penas, pero estaban clasificados según el grado de culpabilidad que se les imputaba, no por autoridad judicial alguna, sino de forma arbitraria.

Muchos prisioneros pasaron por procesos judiciales tras los cuales volvieron al campo de concentración o fueron internados en una cárcel. En otros casos sufrieron la pena capital sin garantías jurídicas de ningún tipo y estando los jueces -militares- totalmente mediatizados por las autoridades políticas. Los que trabajaban en obras civiles, tendido ferroviario, reconstrucción de puentes y carreteras, etc. lo hacían en condiciones de semiesclavitud. Otros cumplían funciones de intendencia y acondicionamiento de instalaciones en el propio campo. Díaz-Balart es el autor de un trabajo revelador sobre los campos franquistas, que lleva por título "El dolor como terapia. La médula común de los campos de concentración nazis y franquistas".

Los hombres eran amontonados en estas instalaciones mal dotadas desde todos los puntos de vista, trasladados de un lugar a otro sin miramientos ni justificación alguna, incluso sin seguridad para su integridad, guiados por escoltas y desatendidos sanitariamente. En no pocas ocasiones fueron trasladados en trenes de ganado, como en la Alemania nazi, en camiones o a pie. Se les requisaba la documentación, se les sacaba información -sobre todo durante la guerra- y se propiciaba la delación tras interrogatorios denigrantes que podían sucederse en el tiempo cuando el preso podía suponer que ya había superado aquel trance.

Algunos campos no citados con anterioridad, como el de Barbastro (Huesca) tuvieron entre 7.000 y 10.000 hombres en el cuartel del general Ricardos. En el de Zaragoza, de San Gregorio, hubo 10.000 y así mismo en San Juan de Mozarrifar, también en Zaragoza. Cataluña, como una de las regiones españolas donde más resistencia se ofreció al franquismo, tuvo campos en todo su territorio, algunos solo abiertos durante unos meses, como el de Bossost, en el Pirineo ilerdense. En algunos de estos, pero también en otros de España, se internó a refugiados que regresaron cuando empezó la segunda guerra mundial en 1939 y Francia fue ocupada en 1940. Firmado el armisticio en el mes de junio de este año por el mariscal Pétain ¿que oportunidad quedaba a aquellos hombres, con más de la mitad de Francia ocupada por los nazis y el resto del país en manos de un régimen colaboracionista?

(1) Ver aquí mismo.

El sarcófago de Herodes

Herodes "el Grande" mandró reconstruir el templo de Jerusalén (hoy solo queda un muro) y cuando murió se le enterró en un mausoleo de veinticinco metros de altura cuya parte central se ha podido ver en una exposición arqueológica en Israel. Esto es coherente con la obsesión que este rey tuvo por la arquitectura, pues mandó construir varios palacios, restos de los cuales se han expuesto también. En cuanto al mausoleo quizá lo que tenga más interés sea el sarcófago, hallado en Herodión, cerca de Belén. El encuentro se debe al equipo de arqueólogos dirigidos por Ehud Netzer.

El mausoleo constaba de tres alturas y en la exposición se ha reconstruido la sala del trono en Jericó. El sarcófago tiene toda la influencia de la cultura grecolatina, con una cubierta a dos aguas y frontones con decoración aunque se ha perdido parte de la misma. En la parte frontal un gran rosetón ricamente labrado es el motivo más sobresaliente desde el punto de vista decorativo. 

Judea ya estaba bajo la dominación romana, los judíos ya habían dado muestras de su oposición a los soldados y administradores romanos pero Herodes, sin embargo, se mostró complaciente con ellos para conservar el poder. Su reinado fue largo, superior a cuarenta años y, auque judío, su cultura era griega. Su muerte, en el año 4 después de Cristo, le impidió conocer lo que sería el nacimiento de la facción judía que luego se conocería como cristianismo.

Herodes fue coetáneo de las primeras décadas del Imperio como régimen romano, de los últimos años de la República y de Octavio Augusto. Su mausoleo, en el cual se encontró el sarcófago, fue grandioso no ya por la pretensión constructora del rey, sino porque se sometió de tal manera a las autoridades romanas que le fue permitida su construcción.

sábado, 19 de octubre de 2013

Guaraníes y jesuitas

Ruinas de San Ignacio (nordeste de Argentina)
Al sur de Perú, lejos de la costa, se encuentra Juli, la primera misión jesuítica en América, aunque quizá los dominicos llegaron antes. Los jesuitas llegaron solo comenzar el último cuarto del siglo XVI. Cerca del lago Titicaca aún se encuentra allí la iglesia de San Pedro, con su aspecto macizo, su torre rematada en cúpula y sus dos cuerpos en la fachada, tipicamente barrocos. Cerca, las pequeñas casas en la ladera, el lago en su inmensidad y la iglesia de Juli, con su fachada lateral destacando sobre la horizontalidad del edificio aladrillado y rojizo. Hoy la población, a poco más de 16º sur, todavía conserva la fisonomía de la misión jesuítica en cuadrícula, con calles trazadas a cordel, con manzanas regulares y la plaza de Armas en el centro. A casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar, el clima es soportable gracias a la altura.

Ruinas en una de las misiones del Paraná
A partir de principios del siglo XVII los jesuítas se desplazaron a la región del Guayrá, cerca del río Paraná. El clima húmedo propio de las proximidades del trópico propiciaba la existencia de una tupida selva que era el hábitat de los guaraníes. Estos vivían en pequeños núcleos de población no muy lejanos unos de otros. Cultivaban y se valían de animales domesticados para los trabajos y para la alimentación, pero al cabo de unos pocos años abandonaban el lugar -que había sido rozado- y se instalaban en otro. Así hasta que había transcurrido un tiempo y el primer lugar se encontraba otra vez en condiciones de ser cultivado. 

Entre los guaraníes hubo conflictos y guerras intermintentes, pero también entre estos indígenas y los criollos españoles y portugueses, que querían hacerse con mano de obra esclava para ser llevada a Asunción o al sur de Brasil. La lucha contra estos depredadores fue una constante y cuando los jesuítas se instalaron en la zona tuvieron que combatir las incursiones de los blancos en sus rapiñas. En este ambiente constituyeron los jesuítas sus misiones, poblados de nueva planta que se adaptaban, en cada caso, a la comunidad indígena de que se tratase. Nunca les fue impuesto un determinado tipo de poblado sino que dichas misiones presentan ciertas semejanzas, pero también diferencias en su fisonomía. Al mismo tiempo los jesuítas, que tenían un doble objetivo, defender a los indios de la opresión y cristianizarles, respetaron -según Graciela Viñales- sus mitos, leyendas, tradiciones, las fuerzas cósmicas y la presencia constante de la divinidad, las plantas, los animales, los ciclos estacionales, el monte, el agua y en general sus formas de vida. 

También respetaron los jesuitas a los chamanes y caciques de los guaraníes, pero estos tendieron a prescindir de la autoridad de los últimos, propensos al egoísmo, y seguir en cambio fieles a los sacerdotes en sus creencias ancestrales. En la medida en que dichas creencias fueron compatibles con el cristianismo los jesuítas realizaron una labor económica, cultural y humanitaria de gran altura, muy apartada de la de las jerarquías eclesiásticas de la época, y esto mismo se puede decir de franciscanos, dominicos y otros monjes en América. 

Algunas misiones fueron las de Itapúa, Yapeyú y Candelaria, atendidas por fraciscanos y jesuítas. Itapúa se encuentra al sur del actual Paraguay, cerca del río Paraná, fundada en 1607 y perdurando hasta la expulsión de los jesuítas en 1768. La fundación correspondió al criollo Roque González de Santa Cruz, natural de Asunción, habiendo ya participado en la misión de Encarnación y en la de San Ignacio Mini. Otras misiones fueron Trinidad, Corpus, Loreto, Apóstoles, Concepción, Mártires. Yapeyú se encuentra al borde del río Uruguay, a donde llegaron en 1627 los jesuítas y más tarde fue la sede de la autoridad jesuítica de estas misiones. Sus habitantes se dedicaron fundamentalmente a la ganadería y fueron de los que más tuvieron que soportar los ataques de los bandeirantes o cazadores de indios para llevarlos a las poblaciones criollas de Brasil. Candelaria se encuentra hoy en la provincia argentina de Misiones. 

Planta de San Ignacio Mini (Argentina)
La Cruz, San Ángelo y otras misiones entre las actuales Paraguay, Uruguay y Argentina, forman el extremo meridional de otras misiones más al norte, como Chiquitos, Moxos y Maynas; la primera y la segunda en la actual Bolivia y Maynas al norte de Perú, en la región montañosa por la que se despeñan los ríos que van a desaguar al gran Amazonas, después de su curso alto o Ucayali. En todas estas regiones, siempre con abundancia de agua, con selvas y vegetación abundante, al lado de grandes rios en ocasiones, con climas tropicales, los jesuítas desarrollaron una labor que nada tiene que ver con la de los encomenderos y los explotadores de indios mitayos.

viernes, 18 de octubre de 2013

La ideología de Ludwig Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein
Yo creo que no tenía una ideología definida, porque de ser así habría entrado en múltiples contradicciones. Lo que tenía este filósofo austríaco es una actitud ante la vida que le llevó a pensar en irse a vivir a la Unión Soviética, por ejemplo. Como señala Vicente Sanfélix no es lo mismo hablar de Wittgenstein cuando era joven que en su edad madura (vivió sesenta y dos años muriendo en 1951). Puede que en su juventud fuese liberal y luego evolucionó hacia el conservadurismo, pero no en tanto que opiciones políticas sino en cuanto concepciones del mundo. En algún momento también puede haber parecido un nacionalista, pero su concepción de la ética (y la ética es lo que realmente define a este pensador) le llevó a una vida de austeridad, cuando era rico, lo que se nota más que nunca en su etapa de profesor en Cambridge.

Como el término liberal se puede entender de manera muy distinta en unos países y en otros y de igual manera no es lo mismo el liberalismo político que el liberalismo económico, en el caso de que nos inclinásemos por encasillar a Wittgenstein como liberal habría que hilar muy fino para decidirse por que tipo de liberalismo sería el suyo. Seguramente él nunca se definió ni como liberal ni como conservador, nacionalista, socialista, comunista..., porque "el núcleo de todo su pensamiento filosófico" fue su concepción del lenguaje. Vicente Sanfélix, de la Universidad de Valencia, ha captado una opinión del filósofo austríaco sobre las mujeres: llegó a decir que todas las que conocía eran idiotas, por lo que las mujeres lo eran, lo no tiene racionalidad de ningún tipo y por lo tanto tampoco lógica. Años más tarde se arrepentiría de tal opinión con vehemencia. 

Wittgenstein adoptó una actitud cosciente ante la vida y ello le llevó a participar voluntariamente en la primera guerra mundial, trabajó como maestro de escuela incitado por las preocupaciones pedagógicas que en Austria hubo durante los años veinte del siglo XX. Para él la ética trata de lo que realmente importa, y la ética debe de inspirar y conducir toda acción política y ante la vida. La ética es lo que merece la pena en la vida. También se puede decir de él que más que un seguidor del racionalismo fue un romántico que puso el acento en desdeñar el mundo occidental por haberse encaminado en el utilitarismo. Él era partidario de un cierto primitivismo vital hostil a los valores burgueses. Ve en la austeridad un valor, como en la tradición y minusvalora la libertad política para preservar los valores tradicionales.

Observando con detenimiento lo que se ha denominado mundo occidental, excluye a Rusia de este y valora la revolución soviética (hay que tener en cuenta los años en los que vivió) no como resultado de una supuesta ciencia política que empezaría en Marx para seguir en Lenin y otros pensadores socialistas. La revolución, para él, fue resultado de una pasión (romántica, añado yo); Lenin fue un héroe trágico, no un verdadero director de masas, y Marx no fue un verdadero científico en tanto que inspirador del socialismo, sino alquien que tuvo una ilimitada fe en el proletariado (la fe tiene poco que ver con la razón).

Y si colocásemos a Wittgenstein ante la tesitura de un conflicto social de gran alcance ¿en que lado se situaría él? ¿Actuaría como un conservador? No lo parece, pues desdeña los valores burgueses del negocio y el egoísmo; ¿Actuaría como un liberal? Habría que precisar que entendemos por liberal, porque en su acepción más elemental consiste en el "dejar hacer" según las leyes del mercado y esto podría no ser ético a sos ojos; ¿actuaría como un socialista? Creo que ante todo se dejaría guiar -si fuese coherente con su pensamiento- por lo que considerease ético en cada momento, por lo tanto tomaría una postura en unos casos y quizá la contraria en otros. Por ambiguo que esto parezca lo importante es valorar a Wittgenstein en su concepción de la vida: o es una vida acorde con la ética de la conciencia individual o no merece la pena vivirla.

jueves, 17 de octubre de 2013

Polacos y rutenos


La larga y profunda historia de Europa hace que se den fenómenos que han quedado en el olvido, al menos en parte y son cosa solo de especialistas. Entre el sureste de Polonia y el oeste de Ucrania, estados actuales, se encuentra el espacio geográfico de Galicia o Galitzia, según la grafía que usan unos y otros. En poder del imperio austriaco y luego austro-húngaro, varias comunidades han convivido, pero sobre todo polacos y rutenos, estos últimos una suerte de ucranianos aunque asimilados tardíamente a esta nacionalidad y con lengua propia (por lo tanto rasgos culturales propios). 

Cuando Stalin, Churchill y Roosevelt se reunieron en la población balnearia de Yalta en febrero de 1945, la guerra mundial ya estaba ganada para los aliados, aunque todavía morirían miles de europeos, asiáticos, africanos y de otros continentes. Al sur de la península de Crimea y al borde del mar Negro, en Yalta se acordó que se separase de Polonia un territorio de unos 177.000 km2 y se anexionase a la Unión Soviética. Los once millones de habitantes que tenía ese territorio al comenzar la II guerra mundial, según Jedrzej Giertych, hablaban lengugas distintas: más de cuatro millones polaco, cuatro millones ruteno, más de un millón bielorruso, un millón hebreo, ochocientos mil polesio (un dialecto ucraniano), ciento treinta mil ruso, ochenta y cuatro mil lituano, ochenta mil alemán y treinta y cinco mil checo. Más de seis millones eran católicos de rito latino y casi tres millones católicos de rito griego, casi cuatro millones ortodoxos griegos, más de un millón judíos, cien mil protestantes y ochenta mil que profesaban diferentes tipos de religión (musulmanes entre otros). Casi no se puede pedir mayor complejidad para un territorio relativamente pequeño. 

Para el que conozca minimamente la historia de Polonia como estado y de los polacos como pueblo, lo ocurrido en Yalta no debe extrañar, pues Polonia ha sido objeto de reparto entre las potencias vecinas en repetidas ocasiones, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII. Por lo que respecta a la Conferencia de Yalta, Galitzia oriental fue incorporada a la Ucrania soviética y la occidental a Polonia. 

Galitzia, si nos remontamos a la edad media, había pertenecido a la monarquía polaca desde mediados del siglo XIV, aunque poco después pasó a poder de los húngaros para volver a Polonia. Esta inestabilidad se debe a la extinción de la dinastía que gobernaba Galitzia, lo que hizo que unos y otros se la disputasen, pero la mayoría de población polaca inclinó a favor de Polonia aquel territorio. Ya entonces estaba poblado por polacos, rutenos, ucranianos no rutenos, judíos y alemanes.

Cuando terminó la primera guerra mundial se produjo una guerra en Galitzia entre los partidarios de Polonia y un movimiento separatista ruteno, que se desarrolló entre los años 1918 y 1919, aunque según algunos autores estos nacionalistas contaron con apoyo internacional. A las autoridades del vencido imperio Austro-Húngaro les interesaba debilitar al reciente estado soviético y a Polonia, que se beneficiaría de una parte de territorio antes bajo soberanía austríaca, aunque con un cierto grado de autonomía. Un comité separatista, liberado del poder austíaco, proclamó la independencia de la "República de Ucrania occidental", patria de los rutenos. Parece ser que Lloyd George, liberal en materia ideológica, primer ministro británico en el momento, apoyó a los separatistas; puede que porque como galés había apoyado a los nacionalistas de su país contra el centralismo londinense, pero también influiría la intención de debilitar a la que pronto se llamaría Unión Soviética.

Algunas ciudades jugaron un importante papel por su relevancia cultural, política o por haber sido centro de decisiones. Lwów era la capita de Galitzia con su universidad, que pasó por vicisitudes derivadas de la conflictividad en la región. Sufrió mucho durante la primera guerra mundial y su reconstrucción a partir de 1918 coincidió con el intento secesionista ruteno. Cracovia fue centro de la identidad polaca al recobrar los polacos su independencia tras la ocupación rusa desde 1815. Shitomir, por cuanto en 1918 se estableció allí la capital provisional de la República Socialista Soviética de Ucrania, al noroeste del país.

Contra el separatismo se levantó la ciudad de Lwów a comienzos de noviembre de 1918, acaudillada por Czeslaw Maczynski, que como antiguo militar del imperio austró-húngaro tenía experiencia militar, pero en las operaciones no intervino autoridad polaca alguna, ya que Polonia no era todavía independiente. La ciudad había sido sitiada por los separatistas rutenos. Mientras tanto, Cracovia había sido liberada del poder austríaco y poco después lo fue Lublin; Varsovia fue liberada de los alemanes en noviembre y Poznan en diciembre. Wilno no fue liberada hasta abril de 1919, pero con el tiempo Lwów recibió ayuda de otras regiones polacas, lo mismo que ocurrió con ucranianos que apoyaron a los rutenos. En la primavera de dicho año toda la Galitzia oriental fue conquistada por Polonia y las fuerzas militares rutenas y ucranianas fueron desplazadas a la Ucrania dependiente de Rusia.

Esto no fue todo, ya que a la victoria militar siguió la lucha diplomática. Se opuso a que Polonia tuviese la soberanía sobre Galitzia oriental Gran Bretaña, pero dicha soberanía fue reconocida por la Sociedad de Naciones en marzo de 1923. En realidad había muchos polacos en el país consecuencia de migraciones a lo largo de los siglos, sin perjuicio de que, como se ha dicho más arriba, también hubiera rutenos, ucranianos no rutenos y miembros de otros colectivos nacionales y/o religiosos. De todas formas el movimiento ruteno y sus aspiraciones nacionalistas existía desde los movimientos liberales del siglo XIX, particularmente desde 1848, que realizó sus actividades, de muy corto alcance, dentro del imperio Austro-Húngaro.

Habrá que esperar a la ocupación alemana de 1939, que colmó el vaso de la paciencia de los gobiernos británico y francés, para que Polonia volviese a ser ocupada militarmente por nazis y soviéticos, como si el tiempo no hubiese transcurrido: los nazis unieron Prusia oriental a Prusia occidental y Stalin se comportó como el zar Alejandro I en 1815. La liberación de Polonia tras la segunda guerra mundial desplazó su territorio hacia el oeste, pero Galitzia quedaría definitivamente dividida en dos soberanías como muestra el mapa de arriba y de acuerdo con lo decidido -o impuesto por Stalin- en la Conferencia de Yalta.

miércoles, 16 de octubre de 2013

La mujer sentada

"Mujer sentada", 1920
Esta obra es un óleo sobre lienzo de 92 por 65 cm. que se encuentra en el Museo Picasso de París. Muestra los estudios que Picasso había hecho sobre la escultura clásica en el tratamiento de los ropajes, con sus pliegues y colores; al mismo tiempo la monumentalidad de la figura, destacada claramente sobre el fondo y con pies y brazos rotundos, desproporcionados con respecto al cuerpo, que no son ejemplo de ningún canon de belleza. El rosto nos da idea de una mujer joven y pensativa, con encarnaciones formadas por diversas tonalidades del color rosa. En cuanto a los pliegues del ropaje Picasso no los representa con la sutileza de la antigüedad griega, sino de una forma acartonada, rígida en sus dobleces. Es lógico dada la estética geométrica del mundo cubista. 

A esta misma estética corresponden las obras que representan a mujeres corriendo por una playa, con gestos exagerados: otra vez brazos y piernas gruesos y encarnaciones rosáceas. O las tres mujeres hablando con ropajes clásicos, en este caso más acusadamente reveladores de la antigüedad griega. También la mujer que se peina después del baño, en un desnudo casi integral. Atrás quedan las angulosidades de "Las señoritas de Aviñón". Las mujeres de formas rotundas son propias del Picasso de los años veinte, aunque volverá sobre ellas más tarde. 

Debia vivir Picasso en la calle de la Boëtie, en París, y ya había conocido a muchos personajes de la vida bohemia y a otros del teatro y de diversas clases sociales que le inspiraron en varias de sus obras. En particular conoció a Léonide Massine, un bailarín y coreógrafo ruso. Para él decoró Picasso los fondos de "El sobrero de tres picos", de Manuel de Falla. 

De mujeres como la del cuadro de arriba realizó Picasso muchos dibujos, previos a las pinturas, donde se representaban bañistas y modelos que Picasso empleó también para su afición a la escultura. En realidad la monumentalidad y redondez de las formas de estas mujeres tiene mucho de escultórico y los volúmenes no son planos como en las obras más estrictamente cubistas.

martes, 15 de octubre de 2013

Encuentro en Montoire


Entre el centro y el noroeste de Francia se encuentra Montoire, en la zona ocupada por los nazis desde 1940 y tras el armisticio de junio. Es un pequeño pueblo dependiente de Vendôme. Montoire tiene una iglesia gótica, vistosa sobre todo por dentro, un castillo desmochado en las afueras, bonitas casas que parecen haber heredado la decoración exterior de los pueblos alsacianos y, cerca, la iglesia románica de Lavardin. 

El siniestro Laval, que a partir de la entrevista de Montoire sería nombrado ministro de asuntos exteriores del mariscal Pétain, organizó una entrevista entre aquel y el dictador alemán, mientras las relaciones entre la España de Franco y la Francia de Vichy estaban tensas. Según Avilés Farré los regímenes de Pétain y de Franco eran "fascistizantes más que fascistas y eran vistos con cierto desprecio por Hitler, quien en cierta ocasión comentó a Mussolini que la clique formada por 'Acción Francesa', los reaccionarios y el clero que dominaba en Vichy, era equiparable a la que rodeaba a Franco". 

Según el mismo autor el régimen de Madrid no mostró cordialidad alguna hacia el de Vichy, en parte por las aspiraciones territoriales que Franco tenía sobre las colonias francesas en África. Hitler no estuvo de acuerdo en acceder a las pretensiones del español porque los militares destacados en las colonias francesas podrían unirse al general De Gaulle, opuesto a la ocupación de Francia por los nazis. 

Después de que Franco se entrevistase con Hitler en Hendaya (octubre de 1940) se produjo en Montoire la de Hitler con Pétain. Se trataba de decidir como se iban a relacionar los dos regímenes "amigos", el de Vichy y el del Reich. La idea que se ha dado de un Pétain colaborador de Hitler es en parte equivocada: es evidente que no se opuso a la ocupación de su país y se plegó a las exigencias de los nazis, pero siempre con la esperanza de desembarzarse, alguna vez, de la tutela alemana. Otra cosa es que Pétain deseaba para Francia una dictadura conservadora y fascistoide. En las colonias africanas el ejército francés era poderoso, mucho más que el de metrópoli, que no pudo contener la embestida alemana. Pétain se ofreció a Hitler -a cambio de una amplia autonomía- para poner dicho ejército contra Gran Bretaña y al lado de Alemania, es decir, contra la democracia y a favor del nazismo.

No fue un encuentro provechoso para los franceses, ni los de Vichy ni los de la Francia libre. Sí muestra, como en Hendaya poco antes, la política que Hitler seguía con los dictadorzuelos a los que consideraba vasallos y les permitía que se hiciesen ilusiones mientras no contravinieran los intereses del régimen nazi. Por su parte Laval, socialista durante casi toda su vida, empezó a simpatizar con los regímenes fascistas al comenzar los años treinta, más con los nazis, y ello le llevó a colaborar con Pétain, lo que le costaría la vida solo cinco años más tarde del encuentro de Montoire.


El conde de Pótting


La España de Carlos II ha sido muy mal tratada por la historiografía y es que hasta los años ochenta del siglo XVII no levantó cabeza, sobre todo por la rapiña y ociosidad de su nobleza, ineptitud de sus gobernantes, empeño en mantener un imperio para el que la monarquía no estaba preparada y por el surgimiento de potencias como Francia, Holana e Inglaterra. Los males venían de lejos: ya fue penoso el reinado de Felipe IV, a pesar de la fuerte personalidad política del Conde de Olivares y Duque de Sanlúcar, que no pudo sustraerse a su tiempo. Inlcuso las bancarrotas durante los reinados de Felipe II y Carlos hacen aparecer al reinado de los Reyes Católicos como el momento de mayor esplendor del estado que luego se llamará España. 

Pero si bajamos varios peldaños y analizamos la vida de las gentes comunes, no en todas las regiones y reinos de España fueron las cosas mal: el siglo XVII fue regresivo desde un punto de vista demográfico y económico pero no en todos los lugares de igual manera; incluso hubo regiones donde la economía mejoró según en que momentos de la centuria.

Embajador en España del Imperio germánico, entre los últimos años del reinado de Felipe IV y los primeros del de Carlos II, fue el tudesco conde Pótting, cultivado y muy religioso como correspondía a uno de los nobles no reformados de la Sajonia alemana. El historiador Miguel Nieto Ñuño ha publicado el "Diario del Conde de Pótting...", que ha sido editado en dos tomos en 1990. Es una delicia leerlo, pues muestra muchos aspectos de la vida cortesana de la época, de sus miserias y ambiciones. También de la humanidad de algunos de sus personajes. 

Pótting se distinguió por solicitar de contínuo ayudas económicas para ayudar a la monarquía española, que hacía agua hasta que personajes como el conde de Oropesa (Manuel Joaquín Álvarez de Toledo) puso orden en el Consejo de Castilla (1684) y saneó la Hacienda con la restricción de gastos que hasta entonces se habían permitido con largueza. Respecto de validos como Nithard dijo Pótting: 

Esta fue, poues, la más memorable tragedia que podrán contar las historias, representada en el teatro de esta Monarquía con un Ministro que lo quiso ser con solo el nombre y sin ningunas máximas asentadas hacia el rumbo que tiraba. Dichoso tras esto en que Dios le diese ocasión de aprovecharse de un tal sensible golpe para el merecimiento de la otra vida... Vel valido Valenzuela dijo: 

El nuevo conductor de embajadores Juan de Valenzuela estuvo conmigo, a quien antes nunca había conocido ni visto; reconocí, pero, que su elección era muy conforme a las demás que esta memoredad [memez] se han visto, siendo y pareciendo máxima acertado de escoger siempre lo peor.

Más allá de los méritos o deméritos del conde Pótting lo cierto es que tuvo fino olfato y mejor retina para ver y apuntar lo que observaba en la corte española. Y así lo dejó anotado en su "Diario". 

lunes, 14 de octubre de 2013

Esclavitud: ¿racismo o economía?


José Andrés Gallego ha estudiado la polémica entre historiadores sobre la esclavitud negra en diversas partes y por diversos estados, citando para ello la obra de Eric Williams, Capitalism and slavery (1944) y la de Frank Tannembaum, Slave and citizen: The Negro in the Americas (1946). Williams defiende que los británicos no practicaron la esclavitud en América por racismo sino por razones económicas, lo que luego llevó al racismo. También este autor defiende que gracias a la explotación de la mano de obra esclava se acumuló el capital que llevaría a la revolución industrial inglesa, sobre todo en Bristol, Liverpool y Glasgow. Para la práctica del esclavismo se llegaron a elaborar una serie de leyes que justificaban la esclavitud y ello dio ocasión a una crueldad extraordinaria. Cuando la esclavitud fue abolida no intervino al humanitarismo -siempre según el autor citado- sino la decadencia en la que había caído dicha práctica, pues eran más rentables otras formas de explotación. 

Williams contrastó el mundo ibérico con el anglosajón señalando que el paternalismo ejercido en el primero contrasta con la crueldad en el segundo, aunque ello deba ser matizado (digo yo) cuantas veces sea necesario. Así fueron apareciendo diferentes formas de esclavismo según se tratase de la tradición que esta institución tuviese en unos países y en otros. Para los ibéricos el negro era un ser humano (las leyes le pretegían pero se cometieron abusos sobre ellos) mientras que para el anglosajón el negro era una cosa como cualquier otra objeto de comercio. La Iglesia anglicana, cuando se empezó a practicar la esclavitud por comerciantes, funcionarios y la nobleza inglesa no movió un dedo, mientras que la Iglesia católica sí, aunque los resultados dependiesen más del voluntarismo de ciertos clérigos que de la propia jerarquía. Por otra parte, el los países Ibéricos la esclavitud era una tradición de origen romano -lo que no existió en Gran Bretaña- y dicha tradición continuó durante la ocupación musulmana de la península Ibérica por espacio de varios siglos: había por tanto una costumbre más arraigada de "aceptar" al otro que no se dio en el mundo anglosajón. 

El hecho de que en la América latina no abundasen las plantaciones no hizo tan necesaria la explotación del negro con el fin de sacarle el máximo beneficio, pero esto no parece una explicación suficiente porque sí existió la esclavitud doméstica y se utilizó a los negros para otros menesteres. La legislación anglosajona fue de nueva planta, lo que implicó considerar al negro inferior en tanto que tal negro: racismo. También habrá que matizar la actitud de la Iglesia católica con respecto a los esclavos negros, pues solo salió en defensa de aquellos que fueron bautizados: los consideraba "suyos" y no así los no bautizados. 

(Incompleto)

domingo, 13 de octubre de 2013

Depuración del magisterio

Orden por la que se sustituyen maestros por militares
Son ya muchos los trabajos que se han realizado sobre la depuración del magisterio durante la guerra civil española de 1936 y posteriormente. Dicha depuración no correspondió solo a los militares sublevados, sino también a las autoridades republicanas, pero en ello hay una diferencia fundamental y es la legitimidad: la República tenía derecho a depurar al magisterio que colaboró con los militares levantados contra la legalidad democrática; la dictadura del general Franco careció en todo momento de dicha legitimidad. ¿Como mantener en sus puestos a maestros, profesores de instituto y de universidad que se habían indisciplinado contra el Estado y estaban colaborando con los que se levantaron en armas?

En Galicia, en Cantabria, en Guadalajara y en el resto de Castilla-La Mancha, en Burgos y el resto de Castilla y León, en Valencia, en Huelva y Cádiz así como en otros territorios de España, los investigadores han encontrado y sistematizado los hechos, la legislación, las injusticias cometidas contra el magisterio español. En las zonas donde el gobierno republicano mantuvo su control durante los primeros años de la guerra también se cometieron brutalidades e injusticias, sobre todo por parte de los sindicatos y de otras organizaciones como comités, pero quizá quepa algún tipo de responsabilida al Gobierno al no haber sabido cortar esto a tiempo.

Han sido miles los maestros, profesores y, en general, funcionarios que fueron objeto de depuración por parte de las autoridades, muchos más durante la época franquista, pues la perduración en el tiempo hizo que los agravios e injusticias se prolongasen hasta bien entrados los años cincuenta del pasado siglo. De todas formas también las autoridades republicanas violaron principios democráticos fundamentales cuando exigieron confesar a los maestros y profesores a que partidos políticos pertenecían, a que sindicatos, a quienes habían votado, si habían ejercido cargos públicos y en nombre de quien... 

El fenómeno es de tal gravedad que en no pocas ocasiones se juzgó a unos y otros maestros varias veces por la misma causa, de forma que existen casos en los que el encausado había quedado absuelto en la primera ocasión y condenado en la segunda. Consejos de guerra sumarísimos, sin garantías procesales, de acuerdo con una legislación aberrante porque incurría en el vicio de la retroactividad. Este es el caso de la Ley de Responsabilidades Políticas, dictada en febrero de 1939 para casos que habían tenido lugar con anterioridad (por supuesto también a partir de dicha fecha). 

Algunos maestros fueron "paseados" y en esto no hubo distinción entre la España republicana y la sublevada (aunque en la primera nunca por orden de las autoridades). Se trasladó a muchos maestros, a otros se les destituyó, a otros se les privó de empleo y sueldo por varios años, a otros se les ultrajó; otros sufrieron penas de diverso tipo sin que quedara probada su "culpabilidad". Muchos apelaban y veían repuesto su derecho pero la mayoría no; incluso se dio en caso -en la zona republicana- en la que el Presidente de la Comisión Depuradora llegó a criticar las depuraciones hechas arbitrariamente con las siguientes palabras: 

... de los maestros destituidos hay bastantes que han sido después movilizados y cumplen lealmente su deber militar... Otras son maestras ajenas a toda actuación política ... tachadas de un derechismo cierto y evidente, pero meramente devoto y superficial, impuesto por la corriente más generalizada. La verdad es que, salvo algunas muy raras excepciones, el Magisterio, cuerpo por todos reconocido como el más predispuesto a poder conseguir encuadrarle en un neto republicanismo... No se conoce documento alguno como este que haya salido de una autoridad sublevada. Muy al contrario, la depuración continuó después de la guerra hasta la náusea.

Así fueron asesinados cientos de maestros, religiosos (en el territorio dominado por la República) solo a partir de denuncias de particulares, por el celo excesivo puesto por parte del cura párroco, el comandante de la guardia civil o por rencillas incubadas hace mucho tiempo entre vecinos. Para colmo muchos de los casos de depuración del magisterio se entregaron -por parte de las autoridades sublevadas- a la jurisdicción militar, mucho más severa, formando parte de los tribunales personal que no tenía formación jurídica y que ignoraba los más elementales procedimientos garantistas. Las sentencias, en muchas ocasiones sumarísimas, es decir, sin capacidad para ser recurridas, llevaron a la muerte, a la miseria y a la vergüenza públicas a miles de maestros.

A algunos se les aplicó la ley de Vagos y Maleantes, a otros la de represión de la Masonería y el Comunismo; a otros en fin se les condenó a inhabilitación perpetua, sobre todo si habían colaborado con sindicatos obreros como la Unión General de Trabajadores o la Confederación Nacional del Trabajo. Las maestras -en realidad no hacemos distingos en este artículo- también fueron víctimas de la arbitrariedad y de la negación de los derechos más elementales, dándose varias veces la circunstancia -como en el caso de los varones- que se trataba de condenas por rebelión cuando lo que habían hecho es permanecer leales al Gobierno republicano democraticamente establecido. El mundo al revés: se había rebelado el que no se había sumado a la rebelíón militar.

sábado, 12 de octubre de 2013

Joan Maragall


Cuarenta y nueve años tenía Joan Maragall cuando se produjeron los acontecimientos de la "semana trágica de Barcelona". La impresión que causaron en este poeta aquellos hechos le llevaron a escribir tres artículos de los cuales uno no sería publicado porque el catalanista Prat de la Riba lo prohibió. El tercero, titulado "La Iglésia Cremada", lo concibió cuando asistió a una misa en una de las iglesias que habían sido incendiadas por los participantes en las manifestaciones violentas de aquellos días de julio de 1909. Asistir a una misa en una iglesia totalmente despojada de oropeles y vistosidad, desnuda, incluso arruinada, le inspiró que así debía ser la Iglesia a la que él pertenecía, aunque más cabe habar de un cristiano convencido que de un católico ferviente en el caso de Maragall.

Casi cien muertos entre manifestantes -la mayoría- y fuerzas del orden se produjeron en la "semana trágica", consecuencia del descontento de la población por la decisión del Gobierno, presidido por Antonio Maura, de hacer una nueva recluta para luchar en Marruecos, recientemente ocupado por España en su parte norte (Rif) y donde algunas empresas habían empezado a explotar las minas de fosfatos con la oposición de los indígenas rifeños. Aquellos que habían sido reclutados no pudieron pagar el canon para librarse de ir a la guerra, como ocurría con los jóvenes y no tan jóvenes de las familias ricas. La Iglesia había hecho campaña en favor del reclutamiento y por ello las manifestaciones desembocaron en una  muestra de anticlericalismo sin precedentes. 

Unas ochenta iglesias y conventos ardieron en Barcelona, fueron saqueadas tumbas de religiosos y religiosas, se hizo burla de ellas, incluso un deficiente mental sería condenado a muerte -junto con otros cuatro individuos- por haber bailado macabramente con uno de los cadáveres. Como es sabido, el pedagogo progresita Ferrer Guardia fue una de las víctimas inocentes de las sentencias de muerte que se dictaron. Maragall, como cristiano y como ser humano, no podía aprobar aquellos hechos, pero comprendió perfectamente la idignación y las protestas de los obreros que salieron en masa a las calles durante varios días, quizá hasta principios de agosto. 

La represión fue desenfrenada, siendo ministro del ramo Juan de la Cierva, que según Hilari Raguer hizo publicar que las manifestaciones tenían una intención separatista, por lo que el movimiento no se propagó al resto de España, donde también hubo levas. 

Yo nunca había oído una Misa como aquella -dice Maragall-. El Sacrificio estaba allí presente, vivo y sangrando, como si Cristo volviera a morir por los hombres, dejando otra vez su Cuerpo y su Sangre en el Pan y en el Vino. El Pan y el Vino parecían recién hechos: la Hostia parecía palpitar, y el Vino, al vaciarse en el cáliz, a la luz del sol, parecía que chorreaba... Yo nunca había oído una Misa como aquella.

En efecto, la bóveda de la iglesia resquebrajada, las paredes ahumadas y agrietadas, los altares destruidos, ausentes, sobre todo aquel gran hueco negro al fondo... sigue diciendo Maragall. La "semana trágica de Barcelona había impresionado hondamente a Maragall, ya de por si impresionable por su alta sensilibidad poética y religiosa (no necesariamente católica, pero sí cristiana). Las masas enfurecidas por tantos años de oprobios, por el odio cacumulado contra los poderosos, entre los que se encontraba la Iglesia a sus ojos, habían hecho estragos en templos y conventos. En el puerto y en otros barrios las fuerzas del orden reprimieron con especial dureza las manifestaciones y desmanes.

Maragall no aprueba, sino que rechaza con toda su fuerza la brutalidad de los atentados anticatólicos, pero al mismo tiempo considera que la Iglesia y las clases burguesas han estado demasiados años con una "religiosidad postiza", en palabras de Hilari Raguer. El poeta catalán es un símbolo del equilibrio: burgués por la familia en la que nació y por su cultura, no está sin embargo por cerrar los ojos a los problemas sociales de sus tiempo. Y compara la brutalidad de los trabajadores cuando se lanzan ciegamente a la calle con la placidez de la burguesía -catalana y española en general- solo atenta a sus negocios en el norte de Marruecos, a engordar sus beneficios, muchas veces mal ganados, a endulzar sus existencia con ritos religiosos ajenos a toda espiritualidad.

Españoles refugiados en Alemania del este


Hartmut Heine es un historiador al que debemos algunos trabajos sobre el exilio español tras la guerra civil de 1936. Alemania del este fue uno de los destinos de españoles, sobre todo comunistas, aunque no en número tan grande como en Francia o México, por ejemplo. Este exilio comienza en 1950 aproximadamente, después de que los comunistras franceses fueran declarados fuera de la ley (consecuencia de la "guerra fría") y algunos españoles que estaban en Francia tuviesen que encontrar otros países de acogida.
Hay que tener en cuenta que Alemania del este no es un estado propiamente dicho hasta 1949, habiendo recibido entre tanto a millones de refugiados alemanes que fueron expulsados de los territorios anexionados por Polonia y la Unión Soviética. Las ciudades donde fueron a parar la mayor parte de estos españoles fueron Leipzig, Dresden y Chemnitz, además de la pequeña Teupitz, cerca de Berlín, donde los comunistas alemanes, dueños del país, organizaron cursillos para comunistas españoles allí enviados.

Algunos eran estudiantes, otros trabajadores manuales con o sin especialización y también hubo intelectuales. Alemania del este, tras la guerra mundial, se recuperó a base de una política económica centralizada y planificada, poniendo el acento, como en la mayoría de los países comunistas, en la industria. Sajonia fue la región más industrializada y precisamente en sus principales ciudades estaban los exiliados españoles. Cuando los años sesenta toquen a su fin, sin embargo, la economía española habrá despegado lo suficiente como para que ya no se observasen grandes diferencias entre uno y otro estado, aunque con el común denominador de que en ninguno había libertades políticas.

El Partido Comunista de España era el que daba el visto bueno para que los comunistas españoles fueran acogidos en Alemania del este -en particular- y según Hartmut Heine, el gallego Santiago Álvarez hizo de burócrata negando en ocasiones la ayuda que algunos comunistas solicitaron. A partir del año 1970, aproximadamente, el PCE indicó u ordenó a los exiliados en Alemania del este (supongo que también en otros países comunistas y no comunistas) que regresasen a España para colaborar a la implantación del partido aquí, lo que hicieron muchos. Otros, ya viejos, prefirieron esperar la muerte en Alemania y muchos regresaron para alentar la política que luego sería la seña de identidad del último comunismo español. No sin antes haber sufrido varias escisiones, de una de las cuales nació el efímero PCE VIII y IX congreso y el dirigido por Líster PCOE (1973).

viernes, 11 de octubre de 2013

Izurdiaga: un cura falangista

Fernández Cuesta con el cura Izurdiaga
Durante la guerra civil española de 1936 el cura Izurdiaga protagonizó un conflicto con las autoridades eclesiásticas por su aceptación de varios cargos en Falange Española (era falangista convencido) y en el Consejo Nacional, para lo que fue nombrado directamente por el general Franco. Tanto el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, de quien dependía, como el cardenal Gomá, primado de España, tuvieron que vérselas para que el díscolo cura falangista cediese y abandonase los cargos que desempeñó durante algún tiempo: la dirección de revistas políticas, la propaganda de Falange y el citado como consejero. Su intención era -según sus propias palabras- catolizar a Falange. El cardenal Segura, otro díscolo, estuvo repetidamente en desacuerdo con las misas de campaña (al aire libre) que organizaban los falangistas, pues consideraba que la Iglesia no debía de ser instrumentalizada por ningún partido político.

El obispo Olaechea, por su parte, sostuvo que los sacerdotes no debían compatibilizar su labor como tales con cargos políticos, pero lo cierto es que ya durante la segunda República española algún clérigo lo había hecho y durante el franquismo fueron legión los que participaron en la vida política incluso oficial, como procuradores en Cortes y consejeros. El problema de la Iglesia en España -a estos efectos- es que al ponerse al lado de los militares sublevados entró en numerosas contradicciones y estas no afectaron a la Iglesia jerárquica solamente, sino al conjunto de la población muy negativamente: curas que delataban, que participaban en crímenes, que se enfrentaban al clero vasco nacionalista... El propio papa, al haber nombrado nuncio en la España gobernada por el general Franco a finales de 1937, reconoció implícitamente a dicho régimen, aunque el reconocimiento formal viniese años más tarde.

Santiago Martínez Sánchez, de la Universidad de Navarra, ha estudiado este caso, señalando que el obispo Olaechea no tuvo inconveniente en apoyar al general Franco a pesar de sus preocupaciones sociales. Incluso en su escudo episcopal aparecía una chimenea de altos hornos alusiva a los trabajadores siderúrgicos vizcaínos, hijo de uno de los cuales era él. El cura Izurdiaga, por su parte, no era un patán, sino que había dado clase en el Instituto de Pamplona y colaboraba con el Diario de Navarra. Tuvo sus devaneos con las Juntas Ofensivas Nacional Sincicalistas pero prefirió adherirse a la Falange ya en 1933. Franco le nombró en 1937 jefe de la delegación nacional de prensa y propaganda de FET y de las JONS una vez que se produjo la unificación por decreto de estos dos grupos fascistas.

Prueba de la personalidad de Izurdiaga fue el diario que apareció en Pamplona a principios de agosto de 1936: ¡Arriba España! Hoja de combate de la F.E. de las JONS. Lo de "combate" delata a sus creadores, entre los que estaba Izurdiaga, pero esta palabra desapareció poco después para no dejar evidencias. El nombramiento para aquellos cargos sorprendió al obispo Olaechea, que habría esperado la solicitud del sacerdote a su persona para aceptarlos. Por ello fue requerido en varias ocasiones para que renunciase a ellos. Como el cura no hizo caso, sino que contestó a cada requirimiento del obispo con evasivas, Olaechea se puso en contacto con el propio Franco para que "liberase" al cura de aquellos menesteres. Franco tampoco le hizo caso e Izurdiaga incluso alegó que "algunos sacerdotes se movían en la más turbia política [durante la República] y hasta alguno de la minoría vasca llego al sumo sacerdocio del pontificado", refiriéndose a Antonio Pildain, obispo de Canarias desde principios de 1937.

Izurdiaga fue incluso invitado al congreso que los nazis celebraron en Nuremberg en septiembre de 1937, pero a esto sí renunció debido a las recomendaciones del obispo, que alegó las persecuciones que los católicos alemanes estaban sufriendo por parte de los nazis. No obstante el obispo, en relación a España, no tuvo inconveniente en decir "Gobierno y pueblo a quienes tan agradecidos vivimos" en referencia a la Alemania nazi. Por aquel entonces Pamplona era refugio de varios obispos afectos al régimen de Franco, como el propio cardenal Gomá, que por tanto pudo tener noticia de primera mano sobre el conflicto planteado por el sacerdote, y el obispo de Girona, Cartañá. El problema de las autoridades eclesiásticas es que siempre han querido poner por delante el derecho de la Iglesia al del Estado. Las autoridades franquistas pudieron ser condescendientes con la Iglesia hasta extremos poco imaginables, pero no estuvieron de acuerdo en que en todo la Iglesia prevaleciese sobre el Estado. Por eso, si el cura había sido nombrado por Franco, el problema de que aceptando desobedeciese al obispo le traía sin cuidado al general.

Contento el cura Izurdiaga por los favores que de Franco recibía, no tuvo inconveniente en pronunciar un discurso en Vigo a finales de noviembre de 1937: [Yo creo] -dijo el cura- [en] el espíritu de una llama eterna, sobrenatural, vehemente y violenta -más violenta que la fuerza ciega de las pistolas- que ilumina, que mueve, que arrastra el gobierno de los mundos. Pues la Falange en estas horas augustas de su silencio renueva su vigor entrañablemente con el poder del espíritu... Con este personal tuvieron que lidiar los "rojos", entendidos por tales tanto los que militaban en partidos democráticos y/o de izquierdas como los que no se avenían a aceptar el fascismo de Falange, el catolicismo rancio de la Iglesia y la brutalidad del régimen franquista.