jueves, 22 de agosto de 2013

La otra "unión europea"

Richard Coudenhove-Kalerghi
Durante los años veinte y treinta del pasado siglo, sobre todo, hubo una serie de intelectuales fascistas o filofascistas que propusieron una suerte de unión europea con el fascismo como ideología unificadora. No lo hicieron ni al mismo tiempo ni de la misma manera, influyéndose en ocasiones unos a otros, pero es un fenómeno que demuestra que toda unión europea, por sí misma, no tiene por que ser necesariamente buena. 

Coudenhove-Calerghi perteneció al Movimiento Paneuropeísta que celebró su primer congreso en 1926, pero venía publicanado desde hacía tres años una revista de nombre "Paneuropa". Consideraba que la división de Europa en estados creados más por el capricho que por el espíritu europeo (dicho espíritu estaría guiado por la latinidad, el cristianismo y ahora por el fascismo) debía corregirse. El italiano Gravelli, por su parte, coincidía con Kalerghi en que había un espíritu europeo que había sido corrompido por el liberalismo y el materialismo, fenómenos que habían empezazo con la Ilustración y se habían afianzado durante el siglo XIX. En Italia reinaba el fascismo musoliniano y los vientos eran favorables para la expansión de estas ideas. 

En España ha sido Giménez Caballero el más ilustre intelectual que se ha aventurado en la defensa del fascismo como nexo de unión de los pueblos de Europa: habló de una "confederación de las regiones europeas"; influído por el surrealismo -y por lo tanto no un fascista de baja estofa- vio la posibilidad de aprovechar el ímpetu revolucionario de los bolcheviques y la renovación con la que se presentaba el fascismo para proponer una fórmula antidemocrática allí donde todo atisbo de liberalismo quedase en Europa: y quedaba. Giménez Caballero se inspiró en las "glorias" de la monarquía castellana -o española si se quiere- y en su obra "Genio de España", publicada en 1932, pidió un "nuevo orden europeo basado en el fascismo". Giménez Caballero tenía una gran formación intelectual, pero también una gran confusión en sus propuestas: consideró que la monarquía española -a la que él llamaba España- había tenido varios "desastres" como el de 1898: la pérdida de los Países Bajos a mediados del siglo XVII, las pérdidas territoriales europeas en 1659, la pérdida de Portugal en 1668 -que en realidad fue en 1641- las pérdidas del Franco Condado y otros territorios en 1678, las pérdidas con el Tratado de Utrecht, la de Florida en la segunda mitad del siglo XVIII, la de Santo Domingo más tarde, la de Luisiana, la emancipación de las colonias americanas... Es decir una enorme confusión entre España y la monarquía española, que son dos cosas distintas.

Giménez Caballero
En la revolucionaria y liberal Francia también hubo pensadores fascistas que animaron la idea de una Europa unida en torno a dicha ideología, no homogénea, sin embargo, para todos ellos: Henri Massis vio valores supranacionales en Europa y preconizó una "imprecisa unidad de organización superior", en palabras de González Calleja. Pero más importancia tuvieron Maurras y Valois, el primero partidario de que las elites dirigiesen a una sociedad corporativa. Miembro de "Acción Francesa", influyó en el fascismo español, italiano y de otros países. Valois fundó una organización fascista y tuvo gran influencia en Ledesma Ramos y en Giménez Caballero. Su evolución es cambiante, terminando en el Partido Socialista Unificado francés.

Valois era ante todo un antiburgués, pues la burguesía era la causante -para él- de la decadencia del espíritu occidental. Por eso oscila entre la admiración al bolchevismo y al fascismo, debiéndose a él la combatividad y proclividad a la violencia que el fascismo institucionalizó en varios países europeos. Robert Brasillach, Jean-Pierre Maxence y Robert Francis llegarán al fascismo a partir de "Acción Francesa" y otros como René Vincent, Jean Fabrègues o Maurice Blanchot se sintieron atraídos por la reflexión sobre el fascismo y su europeización, sobre todo a partir de la publicación "Combat", cuyo director fue Thierry Maulnier. Plantearon la necesidad de un acuerdo con la Alemania vencida en la primera guerra mundial pues consideraban que si el nazismo era derrotado se derrumbarían todos los sistemas totalitarios que habían ido surgiendo en Europa.

El marrusiano Lucien Rebatet, según González Calleja, publicó una obra demoledora contra la III República francesa, pidiendo que Francia se sumase al esfuerzo bélico europeo que encabezaba por aquel momento Alemania. Denis Rougemont también fue partidario del europeísmo desde una perspectiva fascistizante y muchas ideas sobre el fascismo fueron expuestas en publicaciones por la organización "Ordre Nouveau", constituida en 1929 por un heterogéneo grupo: Alexandre Marc, René Dupuis, Arnaud Dandieu (ex-socialista), Robert Aron, Jacques Naville (ex-trostkista) y Jean Jardin entre otros. El grupo felicitó a Hitler por haber abandonado la Sociedad de Naciones, pues esta organización era para ellos expresión de los tratados de paz tras la primera guerra mundial, cuando su combatividad les llevaba a no estar de acuerdo ni con el Tratado de Versalles ni con la Europa continuadora de la liberal decimonónica.

Quisieron una confederación de regiones europeas que luchase contra el materialismo y contra la democracia, consecuencia de las revoluciones liberales del siglo XIX y de las reivindicaciones del movimiento obrero. En algunos de sus escritos se nota el afán de hacer pivotar la "unión fascista europea" sobre la Europa latina, mediterránea, pero acercándose a Alemania y al norte (hubo partidarios del fascismo en Holanda, Noruega...).

En la España de Giménez Caballero aún se reflexionó sobre el valor que podía tener la "universitas christiana" de Carlos de Gante; en la Italia fascista sobre lo que había significado Roma en el antiguo imperio durante siete siglos; se reflexionó sobre el intento de unificar Europa por la Francia napoleónica, pero el liberalismo inherente a esta le restó vigor, según los pensadores fascistas. Hacía falta que la base de la "unión europea" estuviese en el espíritu, en el antimaterialismo (el materialismo filosófico había triunfado en Rusia), en el corporativismo que se había ensayado en España, Portugal, Italia... Durante el año 1937, en plena guerra civil, se organizó en Valencia (territorio republicano) el II Congreso por la Defensa de la Cultura, donde estuvieron más de cuarenta personalidades de la extrema derecha: allí se expresó su solidaridad con los intelectuales franquistas.

Henri Massis
Como han señalado Fernández García y Rodríguez Jiménez, el fascismo fue una de las manifestaciones del totalitarismo, una involución respecto de las ideologías decimonónicas; el totalitarismo pone por delante al estado contra la libertades individuales. Se han interpretado liberalismo y fascismo como dos formas de dominio burgués. Aquel contra el antiguo régimen y este contra el avance del movimiento obrero. Por mucho que los intelectuales fascistas se muestren antiburgueses, los fascismos que han triunfado han contado y se han valido de las burguesías respectivas. La combatividad de las escuadras fascistas italianas, del somatén catalán, de los "freikorps" alemanes o las juntas ofensivas nacional-sindicalistas (que se unirían al falangismo en España) desaparece una vez que el fascismo alcanza el poder y crea sus propias instituciones. Entonces el Estado es que usa de la violencia arbitraria, pues sus fines no son discutibles por el individuo, que no es más que instrumento de aquel para engrandecerse y crear un "hombre nuevo". 

Sabiendo que el fascismo contó con una buena nómina de intelectuales -quizá en algunos casos sea excesivo atribuirles esta categoría- se agranda la conquista que para la democracia significó la segunda guerra mundial, por muchas contradicciones que luego se hayan dado. Las formas totalitarias próximas al fascismo se dieron en Polonia, en Rumanía, en Yuguslavia, en Holanda y Noruega, en Francia, en España, Portugal... Alemania e Italia por supuesto. Fue un fenómeno europeo y no ha desaparecido como aspiración aunque muchos fascistas se refugien hoy en los partidos conservadores de los diversos países. En otros casos tienen sus propias organizaciones que aprovechan cualquier crisis económica, la llegada masiva de inmigrantes, las insuficiencias del parlamentarismo y la democracia para ganar adeptos. Tienen el camino teórico ya allanado, pues los intelectuales fascistas del período de entre guerras han dejado miles de ideas sobre una Europa distinta de la actual.

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