jueves, 31 de octubre de 2019

Recópolis y Zorita

Vista de Recópolis

En 1845 nació en Salmeroncillos de Abajo (noroeste de la provincia de Cuenca) Juan Catalina García López, arqueólogo e historiador entre cuyas obras se encuentra la “Biblioteca de escritores de la provincia de Guadalajara…”. Fue el primero que se preguntó por la “Rochafrida del rey Pipino” de la que hablaban las Relaciones Topográficas[i] redactadas en época de Felipe II.

Visitando la Alcarria (escribe Vicente G. Olaya) llegó a un altozano junto al río Tajo, donde encontró en 1893 los restos de lo que luego se conocería como Recópolis, un complejo palaciego de 33 hectáreas, de las cuales 22 estaban amuralladas, ordenado construir en 578 por el rey Leovigildo. Luego, decenas de investigadores han ido desentrañando el devenir de una población palatina visigoda que dio origen, a su vez, a otra ciudad muy cercana, Zorita de los Canes (Guadalajara), primero musulmana y más tarde cristiana.

Leovigildo gobernaba sobre casi toda la península Ibérica, incluido el sureste de Francia, lo que quizá influyó para desear simbolizar su poder con la construcción de Recópolis en honor de su heredero Recaredo. Desde 1992 las excavaciones han estado dirigidas por el profesor Lauro Olmo Enciso, que ha recogido los frutos de sus antecesores, entre ellos Juan Cabré. Este desenterró, en los años cuarenta del siglo XX, un tesoro de monedas de oro que fue ocultado cuando se levantó la basílica de la ciudad.

El palacio de 139 metros de longitud y dos alturas, talleres, viviendas para nobles, tiendas de artesanos con mostradores, comerciantes, un acueducto y dos kilómetros de murallas no han hecho más que empezar a mostrarnos la realidad de lo que fue, pues según los arqueólogos, hay trabajo para muchas décadas.

Los musulmanes de la Edad Media se llevaron las mejores piedras y piezas escultóricas para construir Zorita, habiéndose encontrado en Recópolis una balanza romana junto al edificio del palacio. La ciudad goda se rindió[ii], como otras muchas en 711, por lo que no fue arrasada, sino transformada para sus nuevos ocupantes; los edificios aristocráticos fueron ocupados por gente común y se construyó una mezquita. Entre finales del siglo VIII y principios del IX este lugar sufrió un incendio, que los expertos consideran fue intencionado, por lo que Muhammad I inició, en 855, aguas arriba del río, la construcción de Zorita, una alcazaba para la que se expoliaron las piedras de Recópolis. Allí se pueden ver columnas de mármol en una de las puertas de acceso.

En 1124 Zorita fue conquistada por los cristianos tras diversos intentos y comenzó su transformación medieval. La iglesia de San Benito, por ejemplo, tiene capiteles de Recópolis y a los pies de la puerta de acceso de la alcazaba musulmana quedan los restos del puente que mandó levantar Felipe II para unir las dos orillas del Tajo, aunque una tremenda riada lo arrasó y nunca fue reconstruido.


[i] En ella se ofrecen datos sobre todas las poblaciones en época de Felipe II, lógicamente de forma incompleta.
[ii] Ver aquí mismo “Obispos, emires e impuestos” y "Resistencia y colaboración con el invasor".

martes, 29 de octubre de 2019

Un sarcófago del siglo III



Detalle del sarcófago de Jonás
El profeta Jonás citado en el Antiguo Testamento, es considerado tanto por el mundo cristiano como por el judío y el islam. Según dicha fuente Jonás desobedeció a Dios al no predicar en Nínive; muy al contrario, se embarcó en Jope (muy cerca de la actual Tel-Aviv) y se quedó dormido mientras la nave sufría todo tipo de contratiempos como consecuencia de una tormenta. La tripulación le despertó para que hiciese algo en relación a su dios, pero Jonás se sintió culpable por el incumplimiento de su misión en Nínive y pidió ser arrojado al mar. Un animal marino lo devoró y Jonás permaneció tres días en su interior, hasta que el dios de Jonás decidió que el pez lo vomitase. Hasta aquí el mito.

En torno al año 280 se esculpió este sarcófago de Jonás en piedra, que se encuentra en el Museo Pio Clementino del Vaticano[i]. Los relieves representan escenas bíblicas relacionadas con Jonás, asunto que tuvo gran importancia en los primeros siglos del cristianismo por la similitud que presentaban los tres días en que el profeta permaneció en el interior del pez con los tres días de Jesús antes de resucitar. Estas referencias a las andanzas de Jonás fueron conocidas pronto en Roma, de forma que se reprodujeron con varia fortuna tanto en pintura como en escultura.

En este sarcófago la leyenda de Jonás se representa en el registro inferior y parte del superior, donde también se representan escenas de la prisión de Pedro y de la resurrección de Lázaro. Algunas escenas esculpidas muestran como Jonás es echado al agua y tragado por el pez, y en otras se ve a Jonás regurgitado por el animal marino, tras lo cual Jonás descansa (desnudo como era propio de la cultura clásica) bajo un árbol. En el sarcófago también se representa a Noé en el arca.

El monstruo marino tiene, en este relieve, un cuerpo en forma de gruesa serpiente, cuyas partes se retuercen complicadamente, representado de forma casi simétrica, en un caso con la caída de Jonás en sus fauces y en la otra la salida del profeta.

Las ondas del mar están representadas de forma parecida a los estrígilos, y los demás personajes presentan un gran movimiento, con cierto naturalismo pero sin guardar proporciones en sus partes. Se observa el velamen de la nave muy simplificado, así como algún animal además del monstruo (un ave) y la escena de Jonás bajo el árbol interrumpe los dos registros.

El tratamiento de los vestidos es clásico, romano, con pliegues abundantes, combinándose detalles como un cesto, otros animales, recipientes, etc. En un extremo se representa un edificio cubierto a dos aguas donde solo se ve una columna, pero se puede hablar de “in antis”. Los cabellos de los personajes, aunque de forma simple, se representan de acuerdo con la influencia romana.



[i] Fue fundado por el papa Clemente XIV en la segunda mitad del siglo XVIII. En 1816 fueron devueltas algunas de las obras que se habían llevado a París a finales del citado siglo como consecuencia de la acción napoleónica.

lunes, 28 de octubre de 2019

Poder y muerte trágica

El emperador Valeriano, hecho preso por el persa Shapor I

No pocas veces alcanzar el máximo poder ha representado la antesala de una muerte violenta, y aún así, pocos casos encontramos en la historia de renuncia a dicho poder. En el mundo romano, por ejemplo, los siglos del Imperio muestran los muchos casos de emperadores asesinados; con excepción de los dos primeros (Augusto y Tiberio), los demás fueron víctimas de la daga, el veneno o la espada, hasta llegar a Vespasiano y Tito, en la segunda mitad del siglo I de nuestra era, que murieron sin violencia de por medio. Por si no fuese poco algunos fueron ultrajados tras su muerte, otros decapitados una vez asesinados, arrastrados, echados al río Tíber, la misma suerte corrieron sus partidarios y familiares. Todo un festín de sangre y crueldad que contrasta con la rica civilización que nos ha legado el mundo romano en el arte, las obras públicas, el derecho…
En unas ocasiones se trató de intrigas familiares, en otras de conjuras palaciegas, de luchas entre facciones del ejército, de suicidios incluso, como parece ser el caso de Nerón y Otón, en los años 68 y 79 respectivamente, aunque hay autores que hablan de asesinatos en ambos casos. En el del primero la excusa fue los muchos impuestos que exigía, por lo que se ganó la enemiga de Vindex[i] y Galba. El primero se suicidaría al ser derrotado en el campo de batalla y el segundo llegaría a ser reconocido emperador, pero solo durante unos pocos meses.
Los emperadores de la dinastía Antonina, salvo Cómodo, no fueron asesinados, pero la muerte violenta de este llevó a Roma a una feroz guerra civil. Suetonio, que vivió entre los siglos I y II, debió de tener información de primera mano para narrar los asesinatos de Calígula, Claudio (si es que realmente fue asesinado), Nerón (que se suicidó), Galba, Otón[ii] (se suicidó), Vitelio y Domiciano. Muerto Suetonio en 126, ya no pudo dejarnos noticia alguna sobre la muerte violenta de Cómodo.
A pesar de la fama de extravagante, alocado y cruel que tenemos de Calígula, ciertas fuentes encuentran la causa de su asesinato en que quiso someter a los grupos dominantes de la sociedad romana. También se ha especulado con intentos de restaurar la República romana por parte de sus opositores, una vez que ni Tiberio ni Calígula llegaron a tener el prestigio de Augusto.
Si Claudio hubiese sido asesinado, lo que no admiten todos, lo sería por envenenamiento, a pesar de las precauciones que tomaba para evitar este final. Otros consideran que la madre de Nerón y esposa de Claudio, Agripina, preparó el asesinato del emperador a favor del hijo de ella. De Nerón también nos han quedado noticias muy negativas, pero intentó reformas administrativas para favorecer a la plebe, aunque fue acusado de lo que hoy llamaríamos populismo. Lo cierto es que su muerte estuvo precedida de una gran inestabilidad política y de su huída de Roma, algo que dice mal del personaje.
También fue asesinado Galba, en el año 69, por un legionario, y Pisón, que le sucedió, solo duró unos días como emperador antes de ser asesinado. Pero en torno a los atentados contra emperadores, no pocas veces caían los conspiradores y otras personas de las familias de estos o de aquellos. Vitelio, que estuvo en pugna con Vespasiano para erigirse en emperador, yéndole mal las cosas se escondió, pero fue descubierto y los partidarios de Vespasiano la mataron, echando su cuerpo al río Tíber, pero no su cabeza, que fue pasada de mano en mano por las calles de Roma.
Vespasiano nombró césares, asociados al trono, a sus hijos Tito[iii] y Domiciano, pero este también fue asesinado en el año 96 mediante una conspiración en la que la mano ejecutora parece que fue un liberto. La misma suerte corrió, un siglo más tarde, Pértinax, el sucesor de Cómodo, para seguirle tres emperadores (Juliano, Níger y Albino) que tampoco escaparon a la muerte violenta.
Septimio Severo (193-194) empezó reconociendo a Pértinax pero solo, al parecer, para simular que combatía a Juliano; luego mató a Níger, que solo gobernó unos meses, y a Albino en el campo de batalla. Dion Casio[iv] ha dejado escrito que, a tal punto matar era normal en la antigua Roma, que Juliano expresó en el último momento: ¿A quién he matado? Luego siguen emperadores que, hasta mediados del siglo III, todos fueron asesinados: Caracalla[v], Geta, Macrino, Heliogábalo, Alejandro Severo, Maximino, Gordiano (en realidad se suicidó), Máximo y Balbino. Heliogábalo, tenía 18 años cuando encontró la muerte, y Maximino (235-238), 26. Otros tuvieron también una muerte trágica, como Gordiano II en el campo de batalla (Cartago). Gordiano III y Filipo fueron asesinados.
Trajano Decio murió en el campo de batalla (Abrito, Mesia, Balcanes), y Hostiliano, en un reinado de pocos meses, fue abatido por la peste. Treboniano y Emiliano fueron asesinados en una sucesión cada vez más corta, y Valeriano murió en cautiverio a manos de los persas; luego fue asesinado Galieno en 268.
Puede parecer que existió una cierta resignación de estos personajes, como otros, ante la muerte, consecuencia de las influencias estoicas en la civilización greco-latina, pero también cabe pensar que la ambición por el poder era más fuerte que cualquier otra cosa, o que siempre existió la esperanza de no acabar como el predecesor… No terminaron aquí los emperadores romanos asesinados: Treboniano, Emiliano, Galieno, quizá Quintilo, Aureliano, Floriano, Probo, Numeriano y otros, hasta la desaparición del Imperio occidental, fueron asesinados, en menos ocasiones se suicidaron y en alguna otra la causa fue la peste.
Pero si dejamos el Imperio romano y nos vamos al reino godo de Toledo, Hermenegildo fue ejecutado por orden de su padre, el rey Leovigildo; Liuva II, Witerico y Gundemaro fueron asesinados, en algunas ocasiones por sus sucesores respectivos. Suintila tuvo más suerte, pues tan solo fue depuesto por Sisenando, igual que Wamba posteriormente.
En el siglo V Sigerico había asesinado a Ataulfo y en Galia Teodorico II asesinó a Turismundo, su hermano, que a su vez fue asesinado por Eurico II, también hermano… y así podríamos ver ejemplos de dinastías en las que la sangre corrió entre parientes, entre predecesores y sucesores, y no precisamente en el campo de batalla. Aquí ya no cabe hablar de estoicismo; se trata de lucha por el poder, de repartos territoriales, de diferencias familiares, de simples conflictos que acaban en otro mayor. No estuvieron ausentes las motivaciones religiosas en momentos de cismas y herejías, grandes controversias teológicas, pero en ocasiones esto no fue sino la excusa para otros fines.



[i] Militar de origen aquitano.
[ii] Ver aquí mismo “Otón ‘recostó el pecho contra el hierro’”.
[iii] Ver aquí mismo “Contradictorio Tito”.
[iv] Vivió entre mediados del siglo II y el año 235. Historió e ejerció la milicia, fue cónsul y escribió una historia de Roma.
[v] En Carrhae, alta Mesopotamia. La orden de su muerte la dio Macrino, que a su vez fue asesinado por Heliogábalo.

sábado, 26 de octubre de 2019

La inscripción persa de Kartir

Wikipedia

Al suroeste del actual Irán se encuentra Istakhr; muy cerca se puede ver una inscripción y un personaje esculpido de perfil en la roca, tocado en su cabeza, con los cabellos a base de tirabuzones, collar en el cuello y su mano sobre la inscripción, como si la estuviese escribiendo. Pudiera tratarse de un sacerdote sasánida, Kartir, en cuya época parece que dio comienzo una tenaz persecución religiosa contra las demás creencias que no fuesen el mazdeísmo. Hay otras cuatro inscripciones talladas en diferentes rocas de las regiones centrales de Irán, correspondiéndose con la segunda mitad del siglo III, cuando Kartir estuvo al servicio de cinco emperadores persas: Ardasir, Shapur I, Hormuzd I, Bahram I y Bahrum II, a lo largo de buena parte del citado siglo[i].
La inscripción dice que el culto a Ahura-Mazda se convirtió en preeminente, mientras Arhiman[ii] y los demonios fueron castigados y reprimidos. Así, los judíos, los monjes budistas, los brahmanes, los nasoreos (judeocristianos), los gnósticos… y los maniqueos fueron castigados. Se destruyeron los ídolos y en documentos mandados escribir por Bahram, se indicó: Kartir, Cuidador del Alma de Bahran, Maestro de Magos de Ahura-Mazda.
Isabel Campos señala que la interpretación que se he hecho de Kartir es que fue un fanático religioso, empeñado en perseguir a todo aquel que practicase una religión distinta del mazdeísmo. Durante los reinados de los dos primeros sasánidas, Ardasir y Shapur I, existe un testimonio procedente de un sacerdote anterior, Tansar, quien durante el reinado del primero citado dirigió una carta al rey vasallo Tabaristán, donde le hacía una serie de recomendaciones sobre lo que debía hacer con los que se apartasen de la religión oficial: castigos para ciertas transgresiones y, si alguien se obstina y mantiene orgullosamente una práctica prohibida, “que se le dé muerte”. Por lo tanto no hay que esperar a Kartir para ver cierta intolerancia religiosa, aunque algunos consideran que el texto atribuido a Tansar podría ser posterior (siglo VI) con intenciones legitimadoras para la monarquía.
El contexto religioso de siglo III en el Imperio sasánida –dice la autora a la que sigo- sentó las bases de las persecuciones religiosas en los siglos IV y V. Desde el texto inscrito de Kartir hubo una política encaminada a fortalecer la legitimidad de los nuevos gobernantes (que sustituyeron a los partos). Se recurre a la religión (algo nada nuevo y también muy actual) que creó una verdadera unión efectiva entre la iglesia mazdeísta, lo que trajo a favor de su clero puestos importantes en la administración, mientras que la monarquía se presentaba sancionada por el propio dios, hasta el punto de que los emperadores sasánidas llegaron a representar el papel de representantes de Ahura-Mazda en la tierra.
Durante los primeros reyes sasánidas no hay constancia de graves conflictos religiosos, tanto contra otras creencias como dentro del propio mazdeísmo[iii] y el maniqueísmo, que tuvieron en ocasiones el apoyo de algunos reyes sometidos al Imperio. Los judíos, por su parte, parecen estar presentes en Irán desde antes de Flavio Josefo, que hace mención a ellos en Mesopotamia, particularmente en Babilonia. El cristianismo llegó a Irán tempranamente y fue la política de dispersión de Shapur I en Capadocia, Siria y Cilicia, lo que favoreció su expansión, ocurriendo lo mismo con los grupos budistas cuando se produjo la anexión sasánida del Kushan en el norte de la India.
El propio Kartir es consciente de que el conflicto surge cuando la religión mazdeísta se expande, y en algunas inscripciones de Shapur I y Bahran II en monedas se hace ver la identificación entre dicha religión y la “nación” irania. Kartir tuvo una implicación directa en la caída en desgracia y posterior condena del fundador Mani (maniqueísmo) en el año 276. En la inscripción de Kartir e expone todo un programa de represión religiosa, que llevó a situaciones de privilegio a los clérigos mazdeístas, como la construcción de numerosos altares del fuego y prosperidad económica.


[i] Hay un artículo de Isabel Campos Méndez, “Las persecuciones religiosas en la Persia sasánida…”, donde se estudia este asunto.
[ii] Sería el opuesto al dios aunque hermano del mismo.
[iii] Por ejemplo la herejía zurvanista, de Zurvan, un dios mitológico iranio.

viernes, 25 de octubre de 2019

Judíos en la Galia

http://historiafiloymas.blogspot.com/2012/11/
la-galia-y-sus-pueblos.html

Cierta leyenda judía dice que, tras la conquista romana de Jerusalén, los romanos hicieron al mar tres barcos de cautivos judíos sin capitán ni tripulación que, empujados por el viento llegaron a Burdeos, Lyon y Arles, aunque es poco verosímil. Para llegar a Lyon tendrían que remontar el Ródano y para arribar a Burdeos, circunnavegar la península Ibérica o bien llegar por tierra.

El noble Ambrosio, que la Iglesia católica ha hecho santo, fue intransigente con los judíos, por lo menos desde que se hizo con el obispado de Milán; sin embargo, Estilicón[i], general romano del siglo IV y teórico regente del imperio en 395, fue partidario de la transigencia religiosa.

Ana María Jiménez Garnica[ii] considera que en la sociedad gala del siglo V podría haber existido un cierto grado de convivencia sin conflicto entre cristianos y judíos, a pesar de las leyes discriminatorias sobre los derechos de los judíos y las limitaciones que se les impusieron para que no hiciesen proselitismo. Pero en el último cuarto del siglo se tomaron las primeras medidas eclesiásticas que apartarían a los judíos en el VI, dándose la circunstancia de que la provincia goda de la Narbonense era la más densa en judíos.

Entre finales del siglo IV al V los teólogos cristianos intentaron establecer las afinidades y discrepancias con el judaísmo, siendo uno de los principales motivos de confundirlos, la adopción cristiana del principio universalista judaico. En occidente no se mostró hacia las minorías religiosas el mismo odio que en oriente, quizá porque la difusión del cristianismo era limitada y el paganismo era mayoritario en las ciudades. El odio y la violencia, en cambio, fueron frecuentes en oriente: en 383 se suprimió la inmunidad de las jerarquías religiosas judías y más aún desde 417, cuando se les impidió que ejercieran dominio alguno sobre los cristianos, se les prohibió tener cargos públicos y tener siervos cristianos (dos años antes se les permitía en occidente).

Para algunos, tal cambio se debió a la influencia de los teólogos más intransigentes, como Ambrosio, mientras que otros lo explican por las necesidades de ayuda que el emperador Honorio tuvo de oriente, sobre todo desaparecido Estilicón en 408. De todas formas existen muy pocas fuentes escritas, probablemente por la poca importancia numérica y económica de los judíos en la Galia en esta época.

El judaísmo de la época se vio influido por el mitraísmo[iii] y las religiones orientales, mientras que en algunas zonas se limitó la actividad de los judíos al comercio. Estos, para su actividad, mantuvieron contactos con oriente, por lo que aprendieron griego, latín y hebreo, lo que les hizo cotizados por los intelectuales de occidente. Sidonio Apolinar[iv], por ejemplo, senador de la Narbonense, empleó a judíos en puestos de responsabilidad. Además, no eran un grupo extraño entre los galos –lo que sí ocurría con los godos-, no se les consideraba extranjeros y estaban integrados en la sociedad de la época[v]. Cuando murió Cesáreo de Arlés, arzobispo, los judíos se lamentaron por haber perdido “a un protector y guía”.

Muchos de los escritores apologéticos de la primera época tuvieron por los judíos un sincero afecto, aunque otros los confundían con los nestorianos, al considerar que Jesús solo tenía la naturaleza humana. Algunos paganos los consideraron “raza impura”, aunque otros fueron tolerantes. El hecho de que hasta finales del siglo IX se reiteren las mismas consideraciones en los concilios galos, a partir del de Vannes[vi] del 465, indica que el contacto entre judíos y cristianos era estrecho, que se daban los matrimonios mixtos y, aquellos, poseían siervos cristianos, lo que favoreció el aumento de judaizantes durante el siglo V.

La definitiva incorporación de la provincia Narbonense al reino godo de Galia, posibilitó que en el reinado de Eurico[vii] los godos ya tuviesen asumido el arrianismo, que coincidía con el judaísmo en que solo el Padre era Dios. El obispo arriano Maximino (primera mitad del siglo V) escribió, no obstante, un tratado contra los judíos, tal vez por el proselitismo que estos demostraban, particularmente en África. Este tratado de Maximino fue muy tenido en cuenta por el rey godo Teodorico “el Grande”, aunque practicó con los judíos una política tolerante. Con el incremento de prosélitos judíos la tensión contra ellos aumentó a lo largo del siglo V, y esto generó un odio social que no se había dado hasta entonces en occidente. A mediados del siglo VI, cuando la polémica antijudía era manifiesta, se previno a los cristianos sobre la tendencia a judaizar.

A medida que avanzaba el siglo VI aumentan las noticias sobre judíos en la Galia y ya en el concilio de Agde (506, Languedoc), cierta legislación se presentaba como preventiva contra los judíos. Algunos consideran que esto se debe al descenso del nivel cultural general (tras los siglos tardorromanos), pero la autora a quien sigo considera que, también, al descenso de la cultura laica, donde tenemos el ejemplo del reino visigodo hispano, cuando se produjeron las persecuciones más violentas contra los judíos en el occidente. Gregorio Magno, papa en Roma a finales del siglo VI, practicó, no obstante, la tolerancia con los judíos de Italia. Pero en 506 la Lex Romana Visigothorum estableció sanciones contra los judíos, además de otra legislación. El rey Alarico II les mantuvo en la misma situación que habían vivido durante el Imperio: prohibirles tener esclavos cristianos en ciertos casos y la de comerciar con ellos, les prohibió cualquier cargo administrativo y otros relacionados con el ejército, abogados o guardias de prisiones. Pero los derechos religiosos les fueron salvaguardados, teniendo además autonomía judicial en cuestiones religiosas.

En cuanto a esclavos y mujeres, se prohibió a los judíos los matrimonios mixtos, considerando adúlteros a quienes se hubiesen casado en dichas condiciones; al tiempo se recomendó a los obispos que llevasen a los judíos a las iglesias para que “oyeran la palabra de Dios”. Se les prohibió usar amuletos y se endureció la actitud de la Iglesia contra ellos. Se condenó a los eunomianos (rama del arrianismo a partir del obispo Eunomio (s. IV), priscilianos y maniqueos, pero en la Septimania el número de judíos seguía creciendo y se convirtieron en un sector demográfico importante, aunque el elemento universalista judío ya no tuvo cabida.



[i] Sus ascenso se produjo a partir de sus orígenes vándalos.
[ii] “La coexistencia con los judíos en el reino de Tolosa”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[iii] Religión mistérica muy importante en oriente durante los primeros siglos de nuestra era. La divinidad Mitra fue reconocida también en occidente.
[iv] Obispo de Clermont a finales del siglo V.
[v] Antes de la plena Edad Media solo se conoce un ejemplo de gueto, el de Alejandría en el año 38.
[vi] En la Bretaña francesa.
[vii] Rey de los godos en la segunda mitad del s. V tras asesinar a su hermano Teodorico II.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Brutalidad y rapiña señorial

Restos de la torre del homenaje
de Galisteo (Picota)

Los abusos de un señor sobre la población se pueden comprobar en el caso de Pedro Fernández Manrique, segundo conde de Osorno y duque de Galisteo que, a finales del siglo XV y principios del siguiente, no tuvo escrúpulos para someter a muchos con “males e daños e destierros”. El tal Pedro exigió el pago de impuestos injustificadamente, usurpó tierras, violó los fueros de las villas de sus señoríos, “quiso cobrar alcabalas indebidamente” en Galisteo y en otros concejos, “intentó recaudar de sus vecinos y vasallos de la villa de Galisteo y su tierra” dinero que necesitaba “para ir a la guerra”, además de exigirles cien espingarderos para la de Granada cuando ya había terminado la contienda, etc. Los vecinos se negaron y el conde les confiscó a los labradores cien bueyes, además de recaudar con frecuencia “camas y ropa” para su fortaleza de Galisteo, paja y leña… El conde de Osorno azotó y cortó los dedos de las manos a algunos de los que protestaban por sus abusos, como es el caso de 1502, que llevaron sus denuncias al rey. Tal era la ambición personal del conde como las dificultades económicas para mantener los suntuosos gastos del modo de vida nobiliario[i].

El III conde, García Fernández Manrique, en cambio, tuvo un comportamiento muy distinto, lo que se observa a partir de 1531, cuando se redactan las Ordenanzas de Galisteo. En los muros de la villa aún hoy queda constancia de la inscripción “marco” junto a la puerta del Río o de la Villa. Con esta inscripción se pretendía regular el sistema de medidas que se venía utilizando en el lugar: “que hay dada cañada para los ganados de la Mesta que por este término y por la puerta de esta villa pasan, la cual está amojonada, que tiene de ancho por toda ella un marco que está en el muro y cerca de esta villa, en saliendo por la Puerta del Río… todo el lienzo de la cerca delante hasta la esquina del miradero, y de allí da la vuelta por el muro hacia la puerta falsa de la fortaleza…”. La cañada rodeaba la villa discurriendo por el exterior de la muralla.

La redacción de las Ordenanzas supuso la normalización de las actividades económicas de la villa, deduciéndose de ellas que el concejo gozaba de bastante autonomía, lo que fue posible por la importante participación de la villa y las aldeas en la redacción de las mismas.

El III conde de Osorno fue muy distinto al segundo, probablemente por la vida cortesana que tuvo como servidor del Carlos V, de lo que quedó constancia en las cartas que se conservan. Fue, no obstante, víctima de la Crónica burlesca, escrita entre 1530 y 1532, por el bufón Francés de Zúñiga, el cual da cuenta de las ambiciones del conde cuando dice “y su majestad sea obligado a ensancharle la villa de Galisteo, que es al oriente hacia mediodía, lindando con la villa de Huesca”. En sus territorios el III conde hizo obras de cierta envergadura, como en la villa de Galisteo: mejora de la casa de su padre, contribución para el hospital de la villa, hoy desaparecido, el puente sobre el Jerte, la ampliación y mejora de la iglesia parroquial de la villa, la reforma del palacio intramuros y la erección extramuros del convento, también desaparecido, de la Fuente Santa. En Pasarón de la Vera, al este de Plasencia, construyó un palacio que aún se conserva con el gusto renacentista de la época.

El III conde hizo llevar a Galisteo numerosas antigüedades romanas procedentes de Mérida[ii], en lo que más que una obra de mecenazgo, fue un expolio de los lugares donde tenían sentido aquellas antigüedades. Quizá –dice Margarita Tornay- adquirió también una valiosa colección de manuscritos griegos para estimular al estudio a los dominicos de la Fuente Santa, lo que atrajo la atención del humanista holandés Nicolás Mameranus[iii], quien con la ayuda de Carlos V recorrió parte de España en busca de inscripciones romanas, algo muy querido por ciertas clases dirigentes de la época. Hay dos copias manuscritas que se conservan de su obra, Epitaphia et antiquitates Romanorum per Hispaiam. El viaje se produjo, para algunos, entre 1533 y 1535 y para otros después de 1538.

Dicho viaje comprendió Madrid, Almagro, Barcelona, Córdoba, Sevilla, Salamanca (por la vía de la Plata), tomó notas en Casas de la Reina[iv], Mérida, Galisteo y Cáparra. Gaspar de Castro se asombró de la dificultad para llevar las obras desde Mérida a Galisteo en “más de sesenta carretas” (algunas de estas obras terminaron ubicadas en Plasencia). Mameranus describe 13 inscripciones, guardándose en Galisteo otras obras, al parecer en el palomar del convento de la Fuente Santa, lo que le llama la atención, aunque dicho convento no estaba entonces terminado (1533-1535).

El III conde hizo llevar a Galisteo, a partir de 1530 desde Mérida, un buen número de antigüedades romanas, ya fueran estatuas, inscripciones monumentales o simples lápidas. A su muerte, en 1546, su sucesor empezó a disgregar estas obras, pues cuando Ponz, en el siglo XVIII, visita el convento de la Fuente Santa, ya no se correspondían en número con las traídas desde Mérida. Por su parte, Hübner[vi], cuando visitó Galisteo en 1861, ya vio el convento de Fuente Santa arruinado, cuando en la Memoria de lo que el III conde había dado al convento se recogen datos sobre “cientos de libros, una cruz de plata y dos retablos”. Entre los libros había no pocos códices, uno isidoriano. En el siglo XVI Alvar Gómez de Castro[vii] había recibido la orden de que se acercase a Plasencia e hiciese relación de lo que allí viese. El humanista se desvió entonces hacia Jaraicejo (hoy en la provincia de Cáceres, al nordeste de la capital), donde recibió una relación de los textos más interesantes depositados en el convento de la Fuente Santa, aunque muy desordenada. Ya en Galisteo, Alvar Gómez de Castro tuvo en sus manos algunos códices valiosos, como dos manuscritos griegos de obras de Gregorio Nacianceno sobre pergamino (siglos X u XI).

Otras antigüedades cambiaron de manos en época del IV conde, que no tenía el aprecio por las mismas como su predecesor, no siendo citadas por el humanista italiano Mariangelus Accursius[v] en su Itinerarium, fruto del viaje que le llevó a Mérida en 1527. 



[i] “El señorío de Galisteo y los III conde de Osorno…”, Margarita Tornay Cabrera, en cuya obra se basa el presente resumen.
[ii] Hoy solo se conservan en parte y fuera de Galisteo.
[iii] Fue además militar. Su nombre deriva de la localidad luxemburguesa de Mamer, en el suroeste del país. Estuvo al servicio de Carlos V durante 22 años.
[iv] Al sur de la actual provincia de Badajoz.
[v] Estuvo patrocinado por el emperador Carlos V.
[vi] Emil Hübner vivió entre 1834 y 1901, habiendo sido un importante arqueólogo alemán.
[vii] Fue catedrático de la universidad de Alcalá, conocido como “el Eulialiense” por haber nacido en Santa Olalla, hoy al norte de la provincia de Toledo.

martes, 22 de octubre de 2019

Fin de la taifa toledana

Vista de los Montes de Toledo

A la caída del califato cordobés se conformaron, entre otras, tres grandes taifas: Toledo, Badajoz y Zaragoza. Las revueltas y asesinatos en lucha por el poder habían acabado con los miembros más allegados de la dinastía fundadora en Toledo, por lo que los dirigentes decidieron recurrir a Santaver (hoy en la provincia de Cuenca), donde se había constituido un pequeño reino taifa separado del de Valencia. La familia taifa de Santaver procedían de la tribu Hovara, bereber, que designó para ir a Toledo a Ismail.

A Ismail le sucedió como rey de Toledo Almamún, que tuvo que sufrir el ataque del rey taifa de Zaragoza, por lo que aquel se vio obligado a pedir ayuda al cristiano Fernando I de León. La ayuda se pagó, por parte de Almamún, haciéndose tributario de León, y así las cosas inició una política de expansión por el sur y el este. Se apoderó de Córdoba y Valencia, sobrepasando la línea del Guadiana, hasta morir envenenado en Córdoba por sicarios el rey Mohámid de Sevilla, Le sucedió su hijo Hixem, que reinó poco tiempo, pasando al poder su hijo Yaya Alcádir, que tuvo que sufrir la conquista de Toledo por el rey cristiano Alfonso VI.

Volviendo atrás, Hixem era nieto de Alfonso VI, lo que explicaría la acogida que tuvo Alfonso, una vez derrotado por su hermano Sancho II de Castilla. Pero antes, Alfonso había seguido en León una política iniciada por su padre Fernando I, el acercamiento al papado y luego a la orden de Cluny, lo que le costó tener que abandonar el rito mozárabe y adoptar el romano. Como es sabido, cuando muere Fernando I en 1065, por decisión testamentaria, sus reinos se dividen entre sus hijos: Castilla, posesión personal de Fernando, para Alfonso; León para Sancho y Galicia a García, que sería depuesto sucesivamente por sus dos hermanos. Sancho no aceptó la división que, según él, favorecía claramente a Alfonso, receptor de las parias de Toledo. Alguna fuente señala que argumentó cómo en época de los godos el reino no se dividía a la sucesión de cada uno de los monarcas[i].

Se produjo entonces la guerra, siéndole favorable a Sancho y quedando Alfonso prisionero en el castillo de Burgos, saliendo de allí desterrado a Toledo bajo el asilo del tributario Almamún. La estancia en Toledo de Alfonso sirvió, quizá, para que conociese la orografía del terreno, las murallas de la ciudad, sus puertas y demás circunstancias, aunque no hubiese concebido, entonces, la futura invasión de la taifa. Tenemos, pues, a Alfonso en Toledo desde 1072, gozando “de la hospitalidad barbárica, salva su fe y cómo se le distinguiese en grado máximo… por los sarracenos, paseando de acá para allá diese vueltas por Toledo a discreción”[ii]. El rey de Toledo, además, “en la misma posesión real, fabricó mansión apropiada para Alfonso y sus cristianos, para que tuvieran recreación, cuanto quisiera”[iii]. Pero ello por poco tiempo, pues en el mismo año 1072, murió asesinado Sancho en Zamora.

Los testimonios históricos no coinciden sobre la salida de Alfonso de Toledo[iv]. Para el redactor de la Crónica Silense se trató de una huída, pues temió ser detenido por el rey toledano Así, Alfonso llegó a Zamora y poco después firmó un pacto con Almamún y su hijo, que quizá tuvo lugar en Olías del Rey[v], de no atacarles, con motivo del socorro que prestó al taifa cuando fue hostigado por el rey de Córdoba. ¿Agradecimiento por el trato recibido durante su destierro o consideración de que la toma de Toledo no era posible en ese momento? ¿La había concebido ya Alfonso?

La escasez de población le llevó a buscar fuera de las fronteras de sus reinos la ayuda indispensable, de ahí el matrimonio sucesivo con una serie de princesas francesas, sobre todo borgoñonas, que aportaron hombres y armas. Mientras, en Toledo, el rey Yaya Alcádir sufría un estallido de rebeldías y discordias. El gobernador moro de Valencia se hizo independiente en 1075, el rey de Sevilla, Motámid, recuperó dicha ciudad en 1076, así como muchos territorios toledanos al sur del Guadiana. El rey moro de Zaragoza, Ben Hud, se apoderó de Molina de Aragón y de Santaver, adelantando sus fronteras junto al río Guadiela, afluente del Tajo. El rey cristiano Sancho Ramírez de Aragón puso sitio a la ciudad de Cuenca.

El rey toledano pidió ayuda, entonces, a Alfonso VI, con el que este ya no se consideraba comprometido como sí con sus predecesores. Llegó Alfonso a acuerdos con los príncipes moros enemigos tradicionales del toledano, firmando en 1078 un acuerdo con Motámid de Sevilla, otro con el de Zaragoza, y el de Badajoz será consciente de la débil posición de Yaya Alcádir. Este es el momento en que Alfonso decide asestar el primer golpe por el oeste, teniendo un éxito completo apoderándose de la ciudad de Coria en 1079. La conmoción que produjo esto frenó al rey de Badajoz, Motawakill, que llegó a solicitar ayuda a los almorávides norteafricanos.

Esta situación llevó a Alfonso a exigir nuevos tributos al rey de Toledo, al tiempo que llevó acciones relámpago por tierras toledanas y luego por la comarca de Guadalajara, mientras que Yaya Alcádir temía levantamientos en su propio reino. Esto le llevó a pedir ayuda a Alfonso VI, mientras este daba largas a estos requerimientos al tiempo que exigía más tributos. La situación se hizo tan desesperada para Alcádir que huyó con su familia de Toledo, produciendo un vacío de poder que aprovechó el rey de Badajoz para entrar en dicha ciudad en 1080. Alfonso, entonces, se consideró árbitro de la situación, pues de nuevo era reclamado por Alcádir para que le ayudase (estaba refugiado en tierras conquenses).

Alfonso exigió, entonces, Toledo, comprometiéndose a entregar Valencia a Alcádir, para lo que debía conseguir que el rey de Zaragoza renunciase a sus aspiraciones sobre la ciudad mediterránea. En todo caso Alfonso se hizo con los castillos de Canturias[vi] y Zorita, vigilando Puente del Arzobispo, Calera y Rochas[vii] y Talavera de la Reina. Motawakill terminó por huir a Badajoz, mientras la división de los musulmanes de Toledo era cada vez más patente, viéndose algunos más partidarios de entregar la ciudad al rey cristiano. Aún intentó Alcádir continuar la resistencia aunque solo fuese para seguir disfrutando de la riqueza del poder, pero sabedor de las pocas simpatías que tenía en Toledo, por lo que llegó un momento en que comprendió que no era posible continuar la resistencia, máxime cuando ya se veían francos combatiendo al lado del rey Alfonso.

Las capitulaciones las ha explicado Menéndez Pidal[viii]: los moros toledanos salvaban sus vidas y haciendas, así como sus mujeres; tendrían libertad de permanecer o marcharse a otro lugar; se fijaba la misma cuantía que pagaban a sus señores y rey en lo tocante a tributos; conservarían para su culto y “por siempre” la mezquita mayor; entregarían las fortalezas, alcázar real y la Huerta del Rey, lugar residencial y sobre el que Alfonso VI tenía instalado el campamento; Yaya Alcádir tendría la posesión de las tierras de Valencia, a donde se dirigió tras una estancia previa en Santaver, gobernando cerca de siete años bajo la vigilancia del Cid y Alvar Fáñez…


[i] Primera Crónica General”.
[ii] Cronicón Silense.
[iii] “Rebus Hispaniae”, Ximénez de Rada
[iv] José Miranda Calvo, “La conquista de Toledo por Alfonso VI”. En esta obra se basa el presente resumen.
[v] “La Crónica General de España”.
[vi] Cerca de Belvís de la Jara, en el Tajo.
[vii] Hoy al oeste de la provincia de Toledo.
[viii] Crónica “Adefonsus Imperator”.

sábado, 19 de octubre de 2019

Los retratos de Jean Gossaert


Jan Gossaert han pretendido con los retratos que nos ha dejado, independientemente de la calidad de cada uno, estudios psicológicos según se trate el representado. Algunos sobre fondo oscuro, otros más luminosos, y no renuncia al colorido. Pintó para clientes ricos y en pequeño formato, con algunas variaciones. La mayoría de estos retratos son de hombres, algunos anónimos, pero otros reconocibles (Francisco de los Cobos y Molina, Floris van Egmond o Juan Carondelet). En otras ocasiones se trata de mujeres (María Magdalena (*) o Anna van Bergen). También pintó a los tres hijos (en una misma obra) de Cristian II de Dinamarca y a una pareja de viejos (ella tocada con un paño blanco).

A veces los personajes llevan algo en la mano, como el de la muchacha con un instrumento de astronomía, un hombre escribiendo que levanta los ojos hacia el espectador, otro con un guante, con un rosario, un monje… y la mujer que figura arriba, pintada entre 1520 y 1525. Se trata de un óleo sobre tabla de 36 por 34 cm. que se conserva en el Staatliche Museen de Berlín.

Gossaert nació en 1478 en Maubeuge (de ahí el nombre por el que también se le conoce, Mabuse) hoy en el extremo norte de Francia, aunque la cultura del pintor era flamenca. Murió en 1532, por lo que los retratos corresponden a la última parte de su vida (entre 1520 y 1530) salvo dos anteriores. Tiene una obra numerosa y variada, y estos retratos presentan también variaciones: en unos casos se ve un rico colorido, mientras que en otros el tono es más sobrio; los colores negro, rojo y blanco son los más empleados, pero también el dorado, y en algunos de ellos muestra un gusto especial por representar ricos ropajes con muchos detalles, prueba de que trabajaba para gente adinerada en no pocas ocasiones.

Francisco de los Cobos fue un noble español que trabajó para el rey Carlos I, mientras que Anna van Bergen era una noble para cuyo marido trabajó Gossaert, como para otros miembros de la alta sociedad de su época, siendo su patrón principal, quizá, Felipe de Borgoña. El rey Cristian II de Dinamarca, Noruega (aquí entre 1513 y 1523) y Suecia (1520-1521) le contrató para que retratase a tres de sus hijos, muy regordetes y pálidos en la obra de nuestro autor. Floris van Egmond fue conde de Buren y Leerdam entre otros títulos, y Jean Carondelet fue un clérigo borgoñón que sirvió como asesor al emperador Carlos V.

La obra de arriba, donde se muestra a una mujer relativamente joven, en tres cuartos, ricamente vestida, es una muestra intermedia de los retratos del pintor, ni demasiado lujo ni la pobreza mostrada, por ejemplo, en el caso del monje.
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(*) En dos ocasiones.