martes, 31 de octubre de 2017

Montes y árboles en España

Monfragüe


La política desamortizadora de los gobiernos liberales españoles en el siglo XIX, trajo consigo un extenso patrimonio forestal público (6,6 millones de hectáreas) y que, según el Grupo de Estudios de Historia Rural[1], se conserva hoy casi en su totalidad. Desde el último tercio del siglo XIX hasta el primero del XX, el Estado aplicó varias políticas forestales sobre este patrimonio, teniendo en cuenta la compleja y variada realidad del mundo rural español.

Los montes públicos estaban y están dispersos y en entornos sociales y ecológicos diferentes, lo que ha sido objeto de estudio por no pocos autores, los cuales ponen de manifiesto los diversos modos de gestión de los montes públicos, en pugna permanente con los distintos grupos sociales que competían por el control de los aprovechamientos forestales.

La sociedad española, en los dos tercios de siglo estudiados, era poco homogénea si tenemos en cuenta los diversos medios rurales que se daban, por lo que fue poco viable la puesta en práctica de una política forestal uniforme; al contrario, la gestión del monte público se adaptó a las condiciones locales, sobre todo teniendo en cuenta que hubo grupos ajenos a la comunidad rural que aspiraban también a controlar el monte público.

La situación en el año 1920 de la producción de los distintos tipos de montes públicos revela que la madera es el principal producto, seguida de los pastos, pero hay otros como la leña, el esparto, la resina, el corcho, los aprovechamientos derivados de roturaciones y la montanera (pastos y bellotas para el ganado porcino)

Los autores aportan datos muy interesantes sobre el porcentaje de la producción de los montes públicos y de utilidad pública[2] respecto del conjunto de los montes de España, aunque referidos al período 1946-47, por lo tanto con posterioridad a la época por ellos estudiada. El total de la producción de los montes públicos y de utilidad pública representó el 66,8%, con clara ventaja para los primeros. En cuanto a madera los montes públicos y de utilidad pública produjeron el 43,4% del total; leña el 74,3%, con clara ventaja para los públicos; pastos el 79%, representando el monte público la mitad de la producción nacional; y corcho el 17,3%, siendo otras producciones de los montes públicos y privados el esparto, la resina y los esquilmos (provechos secundarios para alimentación del ganado o subproductos derivados de los cereales y otros). No obstante, la producción de las praderas naturales superó a la de todos los demás esquilmos juntos.

Ello indica que las producciones de los montes públicos ocupaban un lugar importante en la economía forestal del país, aunque aquellos se encontrasen muy irregularmente repartidos en territorio nacional. La producción de madera fue el aprovechamiento forestal por excelencia, no obstante ser España, en la época, un importador de madera, pero aquella procedía de una extensión muy reducida de los montes públicos; resina y madera se concentraban en el centro y norte del país, mientras que el corcho se obtenía en el sur. Si tenemos en cuenta, por tanto, el conjunto de los montes públicos, es que eran poco maderables, a la par que eran productores, sobre todo, de pastos y leñas que servían a las comunidades rurales.

Para 1946-47 –dicen los autores- y solo respecto a los montes de utilidad pública, los situados en siete provincias (Burgos, Ávila, Segovia, Soria, Valladolid, Cuenca y Guadalajara) proporcionaron el 83% de la producción de resina. Las mismas provincias más Navarra, aportaron el 62% de la madera, y los montes de utilidad pública de Málaga y Cádiz, por sí solos, aportaron el 100% del corcho. Algo similar ocurrió con el esparto en el sureste, donde los montes de Albacete, Jaén, Granada, Almería y Murcia aportaron el 95% de su producción.

Los autores dividen la política forestal española, en el período estudiado (1861-1933) en cuatro etapas: la primera desde 1855 hasta 1875, comenzando con la desamortización de Pascual Madoz en la que el Estado tuteló el proceso desamortizador y se esforzó por consolidar un patrimonio forestal público. Pero el proceso privatizador ya había comenzado con un decreto en 1813, otro en 1822 y el de 1837, siempre con gobiernos de la familia liberal progresista. En cuanto al patrimonio forestal existe el precedente de las Ordenanzas de Montes de 1833. En 1873-74 comenzaron, por su parte, los planes de aprovechamiento de los montes públicos y se encargó su vigilancia a la Guardia Civil (1876), si bien la primera ley de montes, no obstante, se había aprobado en 1863.

La segunda etapa abarca los años 1875 a 1800, donde el Estado acentuó su intervención en el sector forestal con ordenaciones y repoblaciones, aunque su aplicación fue muy escasa. La ley de presupuestos de 1897 reorganizó administrativamente los trabajos sobre los montes públicos, así como se publicó un catálogo de montes de utilidad pública.

La tercera etapa abarca los años 1900 a 1924, donde se llevaron a cabo repoblaciones y, sobre todo, ordenaciones de montes públicos. Los aprovechamientos llamados ordinarios se llevaron a cabo mediante subastas y se produjo una mejora de la productividad: entre 1861 y 1932 los montes públicos aumentaron, en %, su productividad a más del doble en los aprovechamientos ordinarios y dicho aumento también se dio, aunque en menor porcentaje, en los montes de utilidad pública. En los montes ordenados, entre 1902 y 1920, los aprovechamientos subieron de 846.000 pesetas a 4.424.000, ya se tratase de ordinarios, vecinales o extraordinarios. Pero una vez nos encontramos que estos datos se refieren a una reducida superficie, concentrada en muy pocas provincias y en los aprovechamientos más mercantilizados: madera, resina y corcho.

La superpie de montes ordenados, entre 1903 y 1932, se cuadruplicó y la producción se triplicó. En los montes repoblados (mismo período) la superficie se multiplicó por 4,4 y la producción por 10,5. La inflación causada como consecuencia de la I guerra mundial trajo consigo un aumento del precio al que se llegaba cuando se producían las subastas. En 1912-1913 la participación en la superficie y producción de dos grupos de provincias arroja una clara ventaja para uno de estos grupos, que se señalan a continuación: el primero, formado por Galicia, Asturias, Cantabria, Burgos, León, Palencia y Zamora presentan menos producción en más superficie, contrariamente a lo que ocurre en el grupo segundo: Huelva, Cádiz, Córdoba, Jaén, Cuenca, Segovia y Soria. Esto se debe a que el Estado no intervino en los montes públicos de igual manera: allí donde pervivieron usos forestales tradicionales, la producción fue menor (grupo primero) y donde el Estado centralizó la gestión la producción fue mayor.

La cuarta etapa comprende los años 1924 a 1936: en el año 1924 se aprueba el Estatuto Municipal por el que el Estado dejó en manos de los Ayuntamientos la gestión de los montes públicos, pero ya antes (1918) se había dado fin a la ordenación por particulares. Ahora se incrementó notablemente la inversión en repoblaciones y dio comienzo una política hidrológico-forestal, completándose con reformas legislativas entre la que está la creación del Patrimonio Forestal del Estado en 1935.


[1] “Política forestal y producción de los montes públicos españoles…”.
[2] Se diferencian de los públicos en que su uso es para comunidades vecinales o que cumplan alguna función de interés público: evitación de aludes e inundaciones, etc.

domingo, 29 de octubre de 2017

Micénicos en el Mediterráneo oriental

Relaciones de los micénicos en el Mediterráneo oriental.


Es muy revelador el trabajo de Rosa-Araceli Santiago Álvarez[1] sobre los análisis de las tablillas micénicas, que muestran las relaciones comerciales, pero no solo, durante el segundo milenio a. C. entre los reinos micénicos, próximo oriente, Chipre y Egipto. Estas relaciones fueron tanto en la esfera pública –entre reinos- como privadamente, entre comerciantes y otros profesionales.

La primera dificultad que señala la autora es que la intención de los que escribieron en las tablillas con la escritura lineal B, fue meramente utilitaria, es decir, dejar constancia de las operaciones que interesaba registrar a los palacios. Uno de los aspectos más interesantes es la posibilidad de que la institución del xénos estuviera ya presente en estas informaciones, lo que en época homérica se generaliza y que se refiere a la hospitalidad que se tenía con extranjeros a los que se invitaba a banquetes, por lo que no solo revelan las fuentes relaciones comerciales, sino otras de tipo diplomático, costumbrista, etc.

Las tablillas con escritura lineal B están fechadas en los últimos siglos del II milenio y son los primeros testimonios escritos de la lengua griega que se nos han conservado. Estas tablillas permiten deducir que entre las “elites” del Mediterráneo oriental había contactos fluidos, intercambios culturales y movilidad de grupos de población entre los reinos micénicos y entre oros del oriente próximo. También es posible deducir que existía, en el mundo micénico, mecanismos de integración laboral y social de grupos extranjeros.

La escritura lineal B muestra la economía de los palacios, y en relación a la institución del xénos, a la que antes se hizo referencia, parece probado que existía arraigada la costumbre del “comensalismo” como forma de relación entre nativos y extranjeros, así como medio para llegar a acuerdos.

La arqueología ha demostrado que la causa principal del desarrollo micénico fue el comercio, que se extendió en un marco geográfico muy amplio, y que hizo se desarrollase una industria micénica de objetos artesanales y productos de alta calidad, importándose materias primas. Entre los productos comercializados estuvieron el lino, lanas y trigo, y la arqueología submarina ha aportado pecios encontrados en Gelidonia y Uluburum, ambas localidades en la costa turca. Se han encontrado lingotes de cobre y estaño, objetos preciosos, lingotes de vidrio azul y otros objetos cuya administración correspondía esencialmente a los palacios. En fuentes hititas aparece citado el reino micénico de Ahhiyawa, pero su localización no se ha conseguido por el momento. La que se ha llamado carta de Tawagalawa aporta datos sobre las relaciones (no siempre amistosas) entre micénicos e hititas, fechándose aquella en las décadas centrales del siglo XIII a. C., pero en otro documento de finales del siglo XIV se habla de dioses que habrían sido llevados a territorio hitita para sanar al rey Marsilis II.

Quizá las telas de cierta calidad y colores fueron ofrendas a personajes importantes de otros estados, pero también a las divinidades que favoreciesen el comercio, y así se demuestra en una tablilla, donde se relata el envío de faldellines desde Micenas a Tebas. Pilo, especialista en la producción de aceites perfumados, empleó abundantes jarras de estribo[2] para exportar aquel producto a un amplio espacio geográfico: Siria, Egipto, el Egeo y sur de Italia.

La isla de Creta, y particularmente Cnoso, puede haber sido el centro de estas relaciones comerciales por su estratégica situación al sur del mar Egeo. Una serie de personajes designados con el mismo nombre (Kýprios) citados en las tablillas permiten otras informaciones: el Kýprios de Pilo (en el suroeste del Peloponeso) recibe 30 kg. de lana y 10 unidades de textil a cambio de una partida de alumbre que él entrega al palacio. El mismo aparece en otras informaciones ocupando puestos de responsabilidad en la industria metalúrgica y la supervisión de ganado. Otro del mismo nombre se dedica a la industria del aceite perfumado en Cnoso, el cual, según la autora, podría haber sido el principal responsable del comercio de dicho producto con Chipre.




[1] “Contactos entre poblaciones en el mundo micénico”.
[2] Anchas en el centro, con base estrecha y las asas apoyadas en la boca y en los laterales.

sábado, 28 de octubre de 2017

El "Tercer Rey de España"

Vista parcial de Arnedo (La Rioja)


Una familia de la baja nobleza goda, cuyos miembros decidieron abrazar el islam en el siglo VIII, se hizo con el control de un territorio en torno al Ebro medio y sur de Navarra, llevando a cabo una política expansiva durante más de dos siglos (hasta 924) y caracterizada por alianzas diversas, rebeliones contra el poder cordobés de los emires y episodios que demuestran, quizá mejor que en ninguna otra parte de Iberia, el fraccionamiento de facto tras la invasión musulmana de 711.

En un principio, la familia Banu Qasi, arabización de conde Casio[1], del que hablan las fuentes, se hizo con el territorio que tiene al norte Olite, al este Ejea, al sur y oeste el río Ebro, quedando fuera Tafalla y Tudela, pero extendiéndose más tarde hacia Huesca, Zaragoza, Tarazona y Borja, Arnedo (el centro) y Pamplona.

Uno de los personajes más importantes, desde el punto de vista militar y político, de esta dinastía Banu Qasi, fue Musa ibn Musa, que vivió entre 800 y 862 y se enfrentó a la autoridad de Abd al-Rahman II y Muhammad I, pero casi siempre consiguió, resultase victorioso o derrotado, ser reconocido como autoridad en esa marca o frontera “superior”, la del Ebro. Parece que a los emires cordobeses les interesaba más tenerle como aliado, aunque hubiese que combatirle de vez en cuando, que pretender dominar directamente un territorio demasiado alejado de Córdoba e incluso de Toledo.

Se pone de manifiesto, también en este caso con mayor claridad que en otros, que lo importante para este tipo de familias era mantener el poder, y no tanto guardar fidelidad a una religión u otra. Musa era hijo de Oneca, viuda del padre del rey de Pamplona, Iñigo Arista, cristiano este, como cristiano fue, hasta su conversión al islam, el conde Casio, ascendiente directo de Musa.

En los años 840-841 ya se alzó Musa en rebeldía contra el emir con motivo de la expedición de las tropas de este a la Cerdaña y en las proximidades de Borja[2] se enfrentó Musa al ejército emiral. Durante el mismo año, con motivo de la campaña que el emir cordobés hizo contra Narbona y la Cerretania (Pirineo navarro), ya estaba Musa ibn Musa en la misma como aliado del emir. Por poco tiempo, pues su genio particularista le llevó a enfrentarse con un superior y pronto se puso en contra de Córdoba.

La presencia de normandos en Sevilla, en el año 844, que afectó sobre todo a Cádiz, Sidonia y la propia Sevilla, Abd al-Rahman llamó a las tropas de la frontera norte, entre las que estaban las de Musa, cliente del emir, pues el cordobés tenía al hijo de Musa, Lope, como rehén, pero aquel, al contrario de unirse al conjunto en Carmona, se dirigió a la alquería de Quintos de Muafir, al sur de Sevilla, consiguiendo emboscarse e derrotar a los normandos en el lugar de Talyata (Tablada) demostrando lo importante que era contar con él.

De nuevo en sus feudos del Ebro, Musa se volvió a rebelar contra el emir, por lo que este envió una expedición militar al norte, siendo derrotado el caudillo muladí en Tudela, perdiendo además la fidelidad de algunos de sus seguidores, que se pasaron a la obediencia de Córdoba. Los acontecimientos se dieron en el año 845, lo que nos da idea de la política permanente de rebeldía de Musa contra otro poder que no fuese el suyo. Siendo derrotado, solicitó el aman, que se le concedió después de estipular los términos del mismo. Pero en 847 ya estaba Musa otra vez en rebeldía, sometido rápidamente por el heredero Muhammad, lo que permitió a aquel recomponer sus tropas para, en 850 volver de nuevo a la carga asolando los alrededores de Tudela, Tarazona y Borja, y de nuevo fue vencido, teniendo que entregar a su hijo Ismail en calidad de rehén. Así consiguió que el emir le renovase el cargo de gobernador de Tudela, beneficiándose de otro aman él mismo e Iñigo Arista (Ibn Wannaqo). Ismail consiguió poco después evadirse de Córdoba a pesar de que allí vivía de forma holgada, pero perseguido, fue capturado en alguna región del Guadiana… y no obstante sería perdonado.

¿Por qué? Una vez más no queda más remedio que interpretarlo como el intento del emir de mantener las buenas relaciones (dentro de lo posible) con un caudillo que venía demostrando no solamente poder en una zona alejada, sino capacidad militar demostrada.

Entre los años 851 y 852 Musa llega a su máximo encumbramiento, dándose una de las batallas de Albelda[3], en la que venció a asturianos y vascones, y se produce la muerte del emir Abd al-Rahman II. Los cronistas medievales se refieren a Musa, desde entonces, como un godo de nación pero “de rito mahometano”, y al parecer adoptó el título de “Tercer Rey de España”, en alusión al emir y al rey astur, que serían los otros dos. Por su parte el sucesor de Iñigo Arista en Navarra, García Íñiguez, no parece que fuese aliado de Musa, sino de los reyes asturianos, por lo que Musa decidió invadir los territorios de sus parientes pamploneses. En 852 sería nombrado walí (“protector”) de Zaragoza por el emir Muhammad I, lo cual parece que no fue otra cosa sino consagrar una situación de hecho. Este dominio le permitió hacerse con una serie de castillos, entre los que se encuentran el de Calatayud y el de Daroca, que luego pasarían a manos de los tuchibíes[4] cuando Musa muera en 862.

Quizá el límite sur de las posesiones de Musa en este época sea Calamocha[5] –dice Cañada Juste[6]- en el valle del Jiloca, antes de que en 854 se diese la batalla del Guadacelete[7], en la que el emir derrotó a los rebeldes toledanos ayudados por los leoneses y vascones, y es posible que Musa tomase parte en esta batalla a favor de Muhammad, por lo que de nuevo vemos al caudillo del Ebro enfrentado a sus parientes pamploneses (García Íñiguez). Al año siguiente se dieron campañas del emir y Musa contra Álava y Castilla, lo que incluyó a los cristianos toledanos, que seguían insumisos.

Descendientes de Musa poseían entonces los castillos de San Esteban de Monjardín, en la tierra de Deyo[8], y aún Musa, en 859, atacaría de nuevo a los cristianos de la zona, lo que llevó al caudillo del Ebro a tratar “de igual a igual” –quizá solo nominalmente- al mismo emir. Antes se dio la campaña de Barcelona, en 856, para la que Musa, de acuerdo con las instrucciones del emir, reclutó tropas y las estableció cerca de dicha ciudad, además de atacar quizá Tarrasa. Ahora Musa era, una vez más, aliado de Muhammad, antes de que el primero sea derrotado en la batalla de Clavijo tras la llegada de normandos hasta Pamplona. Entonces era Musa amil (gobernador) de Tarazona, y contra esta población embistió el rey asturiano Ordoño I en 859, además de contra el ejército de Musa, que había buscado refugio en el monte Laturce, muy cerca del pueblo de Clavijo[9], siendo el encuentro, desastroso para Musa, que nunca después volvió a obtener una victoria.

Los Banu Qasi siguieron gobernando la región del Ebro medio hasta el primer cuarto del siglo X, pero el momento de apogeo territorial estuvo en la última década de la vida de Musa (852-862), dominando desde Grañón[10] al noroeste, San Esteban en la tierra de Deyo al norte, Ejea más al este, Daroca al sur y en el centro Tudela, pero con importantes poblaciones para la época, como Nájera, Logroño, Calahorra, Alfaro, Tarazona y Calatayud. Expediciones hacia Pamplona, Toledo, Guadalajara y Álava hablan de una belicosidad extraordinaria, de astucia, de luchas encarnizadas por el poder, de una época que no había hecho más que empezar antes de la Plena Edad Media.


[1] Ver aquí mismo “El conde Casio”.
[2] Al oeste de la actual provincia de Zaragoza.
[3] En La Rioja. No confundir con otra batalla en la misma localidad en la que Ordoño I de Asturias venció a Musa en 859.
[4] Nombre de un clan árabe.
[5] Al noroeste de la actual provincia de Teruel.
[6] “Los Banu Qasi (714-924)”, fuente para la redacción de este artículo.
[7] Al este de los montes de Toledo. Se trata de un arroyo.
[8] Al oeste de la actual Navarra.
[9] En La Rioja.
[10] Al noroeste de La Rioja.

domingo, 22 de octubre de 2017

La formación del pueblo griego



Es el título de una obra de A. Jardé[1] donde este autor señala que es desde el Egeo y Creta a partir de donde se extiende el progreso de Grecia. Los pobladores más primitivos de Grecia hablaban lenguas no indoeuropeas y los antiguos llamaron a estos pobladores, anteriores a los que reconocían como helenos, pelasgos, es decir, los que todavía no hablaban una lengua helénica. Estos pelasgos fueron influidos por los egeo-cretenses y a finales del siglo XV a. de C. aparecen nuevos pueblos que prolongan su influencia durante toda la segunda mitad del segundo milenio: son los que las fuentes egipcias llaman “pueblos del mar”, los cuales serían los antepasados de los pueblos clásicos de Grecia y Asia Menor, los cuales sí empleaban lenguas indoeuropeas.

Podemos llamar a uno de estos pueblos, aqueos, cuyas migraciones son cercanas en el tiempo al 2000 a. de C. y posteriores, mientras que las de los dorios en torno a 1200, uno de esos pueblos del mar. Los aqueos habrían llegado a Creta y arrasado con los palacios existentes, haciéndose navegantes en contacto con el Egeo y los dorios son los que introducen la metalurgia del hierro en Grecia. Lo movimientos de población que en el siglo X a. C. se agitan en el Egeo desembocaron en la formación de la Grecia asiática. La oposición de una raza doria y de una raza jónica no ha sido la causa, sino la consecuencia, de la guerra del Peloponeso y, de hecho, los espartanos y atenienses no tenían ninguna diferencia específica; las dos ciudades (Esparta y Atenas) debieron distinguirse muy poco una de otra en el siglo VIII y, en el VI, Esparta no estaba todavía aislada del mundo griego. El espíritu dorio, conservador, militar y aristocrático era el de toda la Grecia arcaica; la diferencia se hizo poco a poco con el desenvolvimiento histórico.

Allí donde cesa la mutua penetración de la tierra y el mar, allí acaba la verdadera Grecia, pudiendo dar como frontera aproximada de la Grecia antigua el límite que trazó para la Grecia moderna el acuerdo de 1881. El Epiro, que está más al norte, no constituía para de ella por lo menos en época clásica. Sobre los elementos griegos se extendió una espesa capa ilírica y solo en el siglo III a. C. entrará Epiro entre los estados griegos. Acarnania y Etolia, al sur del Epiro, no estaban mucho más helenizadas, su población era griega e ilírica, comenzando aquí las influencias griegas con el comercio de Corinto.

Antiguamente, en Tesalia la población era de pastores, probablemente pelasgos, pero ya se encuentran aqueos a mediados del segundo milenio; en época clásica es un país griego de cultura, pero geográficamente diferente, siendo célebre su fertilidad cerealera y la importancia de sus caballos, que habría influido para la leyenda de la lucha entre centauros y lapitas.

Como en el caso de Esparta con los mesenios y otros pueblos sometidos, los tesalios sometieron a los que llamaron penestes, teniéndoles a medio camino entre la esclavitud y la libertad, encontrándose esta clase de siervos en los países ocupados por los dorios.

El Beocia, el régimen económico dominante fue el de la pequeña propiedad y su agricultura fue tan importante que en Tebas se prohibió el acceso a las magistraturas a los comerciantes. Allí llegaron las influencias micénicas, de lo que son muestras los palacios de Cadmea y de la isla de Gea, además de la tumba cuculiforme llamada tesoro de Minias. Los palacios-fortaleza de Cadmea se levantaron después de 1400, más parecidos a los castillos medievales que a los palacios abiertos de Creta[2].

Las ciudades griegas, aunque no formaron un estado unificado hasta el siglo IV a. C., solían federarse por regiones o con fines militares, religiosos (anfictionía) o económicos (moneda), dándose la excepción de Orcómeno que tenía moneda propia en la primera mitad del siglo VI a. C. La formación de “ligas” es conocida en Tesalia, Ática, Laconia…

En el espacio griego la montaña ocupa el 80% de todo el territorio y las islas una proporción mayor, teniendo en cuenta que son montañosas y muchos casos, consecuencia de volcanes, y de hecho el culto a Poseidón se localiza en las regiones con más sacudidas telúricas. Como en el caso de las penínsulas Itálica e Ibérica, la Grecia antigua tenía mucha más vegetación que ahora.

Es clásico atribuir la fragmentación política a una estructura geográfica fraccionada por las montañas, las penínsulas y el mar. En cuanto a la noción de frontera, no era la misma que en la actualidad; no existía una raya aduanera y la ciudad solo tenía jurisdicción sobre los ciudadanos; donde terminaban las tierras de estos, allí terminaba el territorio de una polis cuando estas se llegaron a formar superando la primitiva organización en genos. Las guerras no solían comenzar como consecuencia violaciones fronterizas, sino por actos de pillaje como robo de ganado o hurto de cosechas.

Aquellos antiguos griegos contaron con riquezas más allá de la agricultura, la ganadería y los bosques: el mármol del Pentélico (a 16 km. de Atenas), las canteras de Kara (a 6 km. de Atenas), Naxos y Paros y los mármoles de Ática explotados sobre todo a partir del siglo V a. C. El cobre se explotó en Eubea, el bronce en Calcis, el hierro en Laconia, Beocia, Eubea y las Cícladas; la plata en Thasos y Siphnos, Laurión desde fines del siglo VI y en Maronea desde 483 a. C. El oro en Thasos, Macedonia y Tracia. Pero la agricultura fue siempre la ocupación principal y la más importante fuente de riqueza, pero a medida que disminuyó el bosque la ganadería perdió importancia.

Las tierras cultivables no superaban el 25 o el 30% del total, siendo los cereales, los frutales, la vid y e olivo los productos fundamentales, pero como de algunos cereales, por ejemplo Atenas, era deficitaria, orientó su política exterior hacia los países productores: Egipto, Sicilia (con dificultades por la oposición de Corinto) y el Ponto Euxino. La densidad de población se ha calculado para algunas regiones: Mesenia, menos de 40 h/km2 en el siglo V y otro tanto Laconia, mientras que Ática 90 h/km2. La dependencia alimentaria de toda Grecia respecto del extranjero, habría condicionado su expansión comercial por el Mediterráneo y el mar Negro.


[1] “La formación del pueblo griego”, Unión tipográfica editorial hispano americana, México, 1960.

sábado, 21 de octubre de 2017

Hidalgos, foros y vínculos




Uno de los mejores conocedores de la nobleza gallega durante la Edad Moderna es Antonio Presedo Garazo[1], particularmente el papel jugado por la hidalguía gallega como beneficiarios de los subforos y de otras rentas producidas por la población agraria.

En 1570 el abad de San Martín Pinario aforó un lugar y casal en Boimil por el tiempo de tres voces, a cambio de una renta anual de 0,23 Hl. de centeno y la cuarta parte del labradío y monte perteneciente a la cuarta parte sin cura del beneficio de Boimil, a cambio del pago de 0,48 Hl. de centeno al año. Las instituciones eclesiásticas aprovecharon los contratos forales con la hidalguía para tener en explotación ciertas propiedades que, de no ser por el dominio útil, no solo quedarían yermas y descuidadas, sino que podrían ser trabajadas a espaldas de la administración de los monasterios; la hidalguía garantizó, pues, la rentabilidad de los foros eclesiásticos. Las compras de Gerónimo Gil de Quiroga entre 1582 y 1597, clérigo de O Courel, presentan tres máximos en 1588, 1591 y 1595 y los contratos agrarios se mantuvieron regulares excepto entre 1590 y 1591 (el máximo). El capital de este personaje entre los años citados fue el que sigue (en reales):

Herencias
Labradío
Prado
Casas
Árboles
Rentas
2.501,5
1.682
107,5
327
12
3.125,5

El capital de la familia Quiroga de Noceda, entre 1598 y 1650, en reales, fue el siguiente:

Herencias
Labradío
Prado
Rentas
Otros
643,5
700
355,5
385
66

La familia Quiroga-Armesto, por ejemplo, afianzó su dominio en O Courel en tierras pertenecientes a la jurisdicción ordinaria del rey, llegando a integrarse en el funcionamiento de la ciudad de Lugo y Bernardo de Armesto aparece a veces como fiador de cantidades debidas al cabildo.

El autor citado ha señalado dos vías complementarias para la formación de los patrimonios de la hidalguía gallega: usufructuando el dominio útil de las tierras y otros medios de producción y mediante la compra de bienes alodiales. Administraba el dominio útil a cambio de una renta anual y gozaba de los beneficios derivados del subaforamiento de las propiedades, bien entendido que dicha renta de quienes poseían el dominio eminente solía ser fija, mientras que la renta del subforo sufría modificaciones con el tiempo. Muchos campesinos tuvieron que vender sus propiedades coincidiendo con situaciones de dificultad, convirtiéndose entonces en colonos, y la relación que guardan las operaciones de compraventa con las crisis coyunturales de la economía agraria y el acaparamiento de tierras por parte de los poderosos es clara. La incidencia de estas crisis de subsistencia en la consolidación de los patrimonios hidalgos ha sido estudiada por Leirós de la Peña (1986) para el siglo XVIII, y un ejemplo notable es el de la familia de Parga, de la casa de Fontefiz.

La hidalguía del interior gallego protagonizó excelentes inversiones en bienes patrimoniales, pero también se destacó como intermediaria. Diego Belón, en O Incio, recibió el señorío del coto poseyéndolo junto con el dominio útil de sus tierras, el pazo y su jurisdicción civil y criminal. La familia de Diego Belón gozó en O Incio, desde el comienzo de la Edad Moderna, de la jurisdicción, con 55 vasallos en el siglo XVIII.

En la segunda mitad del siglo XVIII aumentaron las búsquedas por parte de los señores para el conocimiento y delimitación de las posesiones que conformaban sus señoríos, ante la posibilidad de la pérdida de tierras o de rentas en pleitos con campesinos, vasallos o no. En la tierra de Lemos, los Valcárcel presentan, en 1748, una situación parecida a la de los Armesto: el conjunto de tierras explotadas era de 13,27 Ha, la mayor parte de viñedo (90.95%) teniendo el dominio útil, y tenían que pagar a la Orden de San Juan 7,25 Hl. de vino anuales, siendo los rendimientos de 8,94 Hl/Ha.

La abundancia de compras convirtió a la hidalguía en especuladora y si algo le caracteriza –en la zona estudiada[2]- es su capacidad para invertir en la compra de bienes rurales, integrándose en no pocos casos en la dinámica del mercado de la tierra. Un ejemplo de la mentalidad hidalga a finales del siglo XVIII es la de Don Diego Sanches Barreda, que en un documento se declara hidalgo, “descendiente de tales, notorio solar conocido, modesto en comer y beber, y aunque de corto caudal de hacienda, tengo la que basta para sustentarme”. Como se ve en párrafos anteriores, las tierras usufructuadas o poseídas por la hidalguía, en general, no superaban unas pocas hectáreas.

En el inventario “post-morten” de Constancia de Seoane, hecho en 1628, las transacciones económicas (56) representan el 71,79%, mientras que los contratos agrarios son insignificantes. La misma, con su segundo esposo, realizó 61 transacciones económicas (el 55,45%), y 27 contratos agrarios (el 24,54%) del total de sus operaciones. El memorial de documentos de Doña Manuela de Sangro, en 1682, presenta los siguientes datos: transacciones económicas, 142 (59,41%), contratos agrarios, 47 (19,66%) y relaciones intrafamiliares, 21 (8,78%) de un total de 239 operaciones.

Bastantes propiedades vinculadas procedieron de campesinos acomodados y no de hidalgos. Como se sabe, la propiedad vinculada ha de permanecer en manos del linaje y no se puede enajenar; el heredero del mayorazgo no siempre fue el hijo mayor, varón y nacido de legítimo matrimonio, mientras que los clérigos quedaron excluidos legalmente de este vínculo; sin embargo, Don Juan F. Suárez de Deza, canónigo de Santiago, heredó, cuando recayó sobre él el título de marqués de Viance (1767), exclaustrándose años más tarde. La herencia de los vínculos recaía, muchas veces, en aquel o aquella que había de unirse con otro linaje, con el fin de acrecentar el patrimonio y así la condición hidalga, por lo que el matrimonio era un mercado más, una ocasión para mejorar el patrimonio del linaje.

La ganadería constituyó una fuente de riqueza para algunos campesinos o ganaderos acomodados, que intentaron o terminaron convirtiéndose en hidalgos: participaron en actividades especulativas en las que invirtieron bastante dinero, para lo que necesitaron amplias superficies de monte. Desde muy pronto los ilustrados gallegos llamaron la atención sobre el positivo papel de la ganadería en el sector primario, como es el caso del padre Sarmiento, que destacó los contratos de aparcería como vía ideal para la obtención de beneficios a partir de la cesión del ganado. El canónigo compostelano Pedro Antonio Sánchez señaló el lastre que representaban determinadas cargas fiscales indirectas para el desenvolvimiento de la cabaña ganadera gallega[3]

Como queda dicho estuvieron excluidos de los vínculos los religiosos (aunque ya vimos una excepción, y hubo más), los disminuidos y los delincuentes, pero esto se saltó según las influencias. Ya hemos visto el caso del canónigo Suárez de Deza, y en la vinculación de Don Santiago Blanco (1715) se dice: “y dichos bienes no se pueden confiscar por delito alguno, pues mi voluntad es que en el caso de cometerlo algún poseedor… de privar al tal sucesor veinticuatro horas antes y que pase a otra línea que no sea descendiente del que cometiere el delito”.

No es de extrañar que las casas hidalgas colocasen a algunos de sus miembros en puestos eclesiásticos destacados de Compostela, integrándose en la vida del cabildo catedralicio. El marqués de Viance tuvo tres canónigos de su familia; la casa de Fraga tuvo a un racionero en Santiago a fines del Antiguo Régimen, y uno de la casa de Rego do Pazo se convirtió en canónigo en 1852.

Pero la hidalguía también tuvo actividades fuera de la agricultura, como la ganadería y la protoindustria rural, con el fin de redondear sus ingresos. En la explotación de la granja de Vilanova, perteneciente a la Orden de San Juan de Jerusalén, el viñedo representaba el 90.95% en un total de 13,27 Ha., mientras que el labradío, el prado, la huerta y otros usos ocupaban el 9% restante (año 1748). El marquesado de Viance, en O Courel, dedicó la mayor parte de las tierras a labradío en un total de 15,14 Ha. En el año 1689 los Prado de Boimorto obtuvieron de sus propiedades en siete feligresías[4] un total de 88,41 Hl. de centeno y 36,32 Hl. de vino.

Los señores de la casa de Fraga participaron en la confección de textiles y el batán utilizado por esta familia, en 1726, era del cura de Santa Mariña de Xiá, el cual recibía de renta por ello 0,40 Hl. de pan. Pero más que el textil tuvo importancia la siderurgia, en la que está demostrada la participación monástica en la Galicia oriental. Ramón Villares destaca la participación de la hidalguía rural en la gestión de estas ferrerías al estudiar la casa de Lusío, con una producción, a mediados del siglo XVIII, de 20 Tm. de hierro anuales. Otros han estudiado la casa de Quintá con sus ferrerías en la Sierra de Courel. El catastro de Ensenada y Cornide Saavedra señalan que la ferrería de Lor producía una media anual de 71,3 Tm. y Lucas Labrada describe, en 1804 que “hay siete herrerías con 26 operarios, a donde trabajan 1.130 Qm. De hierro anuales. La ferrería de Lousadela, en O Courel, contaba en 1778 con 10.840 sacos de carbón en su almacén para una fundición de 34,45 Tm. de hierro, además de 57 Qm. De hierro “de vanda”, más 45 de hierro viejo. La ferrería de Penacoba perteneció a los señores de Maside, en Bóveda…

Hubo una crisis de subsistencia, estudiada por Meijide Pardo, en 1768-1769 debida a la caída de la producción agrícola en torno a 1763 en las comarcas orientales y centrales de la actual provincia de Lugo, y esto se nota sobre todo en el centeno, el trigo y los reales en circulación, particularmente en el caso de los señores de Vilarxoán entre 1753 y 1766.


[1] “Os devanceiros dos pazos”, Edit. Sotelo Blanco, 1997. Es la fuente principal para este artículo.
[2] Sureste de la actual provincia de A Coruña, en torno a Betanzos, el oeste y sur de la actual provincia de Lugo.
[3] “La economía gallega en los escritos de…”, 1973.
[4] Dormeá, Rdieiros, Boimil, Boimorto, Arceo, Regodeigón y Beade.

Navarra medieval


Prepirineo navarro

Hay varios hitos en el devenir de este reino que empezó llamándose de Pamplona: el primero el pacto suscrito con las autoridades del Islam peninsular; el alzamiento a comienzos del siglo X, como rey de Pamplona, de Sancho Garcés, produjo un gran giro político que en parte se debe al prestigio militar de ese rey y a la solidaridad de la nobleza endogámica[1]; desde este reinado se edificó el estado que apenas alcanzaba la extensión de un condado, antes vinculado a los carolingios, cuando hasta dicho reinado estaba bajo el control de los Banu Qasi. Sancho el Mayor, durante el primer tercio del siglo XI, incorporó mediante conquista unos 3.500 km2, algunos de los cuales en contacto con el Islam. La unión con Aragón se rompió cuando Alfonso el Batallador legó los dos reinos a las órdenes militares, dando entonces solución dinástica separada Aragón por un lado y Navarra por el otro. Sancho VI fue el que rompió los vínculos vasalláticos con Castilla y Sancho VII fue reconocido por la curia romana en 1196.

La “Navarra nuclear”, como denomina la autora citada al territorio originario del reino, partió del antiguo municipio romano de Pompaelo, apto para el cultivo de cereales y vid entre los meandros del Arga y sus afluentes. Hasta entrado el siglo IX no hay constancia escrita de la tierra de Deyo, al oeste de la actual Navarra y la conquista de Zaragoza durante el reinado de Alfonso I el Batallador, permitió el reparto de heredades, aldeas y almunias a os miembros de la nobleza militar y a los eclesiásticos.

Pero el entramado poblacional se conformó de manera muy parecida a como era en época tardorromana, y en el siglo IV debió darse la organización eclesiástica que luego perduraría. En el siglo V perduraban los núcleos semiurbanos (oppida y castra), así como las aldeas (“villae”). El soporte demográfico era denso en la “Navarra nuclear” con pequeñas aldeas que superaban el millar, vinculadas la mayor parte al patrimonio regio, integradas en los “fisci” o latifundios fiscales de tradición romana. En un menor porcentaje eran de titularidad nobiliaria o eclesiástica.

La “elite” de los “seniores” o “domini”, el monarca, las abadías o la sede episcopal, con el andar del tiempo, poseyeron, pues, la mayor parte de las heredades campesinas, las cuales generaban provechosas rentas a los primeros. Fuera de la “Navarra nuclear”, si tomamos los casos en los que hay una mayor diferencia entre el número de villas y los km2 sobre las que se extendían, nos encontramos con que los valles axiales contaban con 1.770 en una superficie de 232 km2, mientras que el reborde occidental tenía 218 sobre 1.231 km2, todo ello a principios del siglo X, pero cabe suponer que la situación era igual o muy parecida en siglos anteriores y posteriores. En torno al año 1000 el originario reino de Pamplona habría llegado a sus cotas máximas de saturación demográfica.

En los confines transmontanos del Pirineo se da la particularidad de que en el Baztán, por ejemplo, durante el siglo XI, la mayoría de la población era hidalga, una nobleza menesterosa que no tuvo más remedio que emplearse en el trabajo para subsistir. Las tierras nuevas se extendían hasta Nájera y la “tierra de nadie” en Bardenas. Estas zonas estaban pobladas por núcleos aislados con escasa población, donde los vestigios de la tradición romana habían desaparecido, por ellos se llevó a cabo un proceso repoblador parecido al de las “extremaduras” castellana y aragonesa por iniciativa de los monarcas, siendo estos territorios, en su mayoría, señoríos de realengo, lo que no impidió que los reyes encomendasen a las “elites” distritos y funciones (honores) “sub manu regis”.

En la ribera tudelana la conquista no comenzó hasta 1084; Tudela en 1119, un territorio fuertemente islamizado y densamente poblado que contó con una rica estructura socio-económica de larga tradición hispano-musulmana, el pujante núcleo Tudelano hizo girar en torno a sí el conjunto de almunias agrarias de base dominical y titularidad aristocrática. Los reyes repartieron estas tierras a los miembros de la alta nobleza y a monasterios, pero la feracidad de estas tierras provocó que, a finales del siglo XII, un intento de rescate por parte de Sancho VII.

Por su parte, Nájera quedó adscrita en 1076 dentro de la órbita castellano-leonesa, pero no solamente aquí, sino en otras villas y en la propia Pamplona, se dio una política premeditada de los reyes para atraer a extranjeros, particularmente francos, hasta el punto de que el término “franco” era sinónimo de hombre librado de cargas serviles y capaz de poseer bienes raíces “ingenuos”, en plena propiedad. Martín Duque dice que la formación del primer “burgo” navarro fue Estella, mientras que los infanzones eran una suerte de nobles que en su tono de vida apenas diferían del villano, aunque hubiese infanzones de óptima alcurnia, barones, además de los consagrados a las armas (caballeros, “milites”).

Los fueros que se fueron concediendo a las villas hasta 1219 fueron los de Estella, Sangüesa, Tudela, Puente la Reina, Pamplona, Olite, Monreal, Larrasoaña, Los Arcos, Villava, Burguete, Villafranca y Viana, estando la mayoría de estas poblaciones en una imaginaria diagonal que pasase desde el Pirineo medio navarro hasta el suroeste de la actual provincia.




[1] “Poblamiento medieval en Navarra”, Julia Pavón Benito (en esta obra se basa el presente artículo).