lunes, 18 de septiembre de 2017

Pagar impuestos por voluntad divina

Relieves de las puertas de Balawat


Gran verdad es que, a lo largo de la historia, el ser humano ha buscado la justificación de sus actos en función de sus objetivos, sin importar muchas veces la licitud de aquellos o de estos. En época del nuevo imperio asirio, el territorio se controló mediante dos formas, el sistema de vasallaje y la conversión de ciertos territorios en provincias. El imperio asirio permitió –como otros muchos- que los reyes nativos gobernasen sus territorios siempre que se aviniesen a cumplir ciertas condiciones: no participar en complots antiasirios y pagar anualmente los tributos impuestos. En caso de que alguna de estas dos condiciones no se cumpliese el territorio era gobernado desde Assur, convertido aquel en una provincia. Así por lo tanto durante el reinado de Salmanasar III (858-824 a. C.) y hasta que a mediados del siglo VIII se cambió en modelo por Tiglath-pileser III.

Las provincias como Harran[1], Guzana[2], Nasibina[3] o Rasappa[4], surgieron en territorio de los hurritas y en los estados arameos a lo largo del Éufrates y el norte de Mesopotamia. Estas provincias quedaron totalmente asirizadas. Los reinos que se encontraban más al norte del imperio asirio tenían una clara influencia hitita, caso de Karkemis, Gurgum, Milid, Kurmmuhi (los tres al este de Anatolia) y Unqi. Sobre ellos ejerció el poder el monarca asirio o el de los hurritas (Urartu), cuyo territorio osciló en torno al lago de Van.

Las ciudades fenicias Tiro y Sidón mostraron una neutralidad que, sin embargo, no las libró de los ataques asirios, y el mismo rey de Israel, Jehu (mediados del s. IX a. C.), se avino a pagar tributo. A cambio de ello, Salmanasar III les concedió una relativa independencia para ejercer el comercio en el Mediterráneo y tener factorías en el interior del continente, concretamente en Siria del norte, Cilicia[5] y en las proximidades del Éufrates. Con respecto a Babilonia, Salmanasar III y otros reyes asirios nunca manejaron con absoluta satisfacción aquel país. Los reyes asirios intentaron anexionarla por el reconocimiento de tratarse de una cultura superior y una religiosidad común. Un acuerdo con su monarca Marduk-zakir-sumi I (855-819 a. C.) llevó a Salmanasar III a intervenir en los asuntos internos de Babilonia. Pero la unidad deseada no se produjo, aunque el rey asirio sí pudo cobrar el tributo de las ciudades caldeas próximas al golfo Pérsico.

Los juramentos por parte de los reyes sometidos fueron considerados por los asirios como expresión de la voluntad divina; el castigo, en el caso de que un rey faltase al juramento, era la organización de una expedición punitiva, a partir de la cual la ira divina se colmaba. El impuesto llegaba a ser equivalente a un botín de guerra. Las inscripciones reales de la época de Salmanasar III están llenas de listas de entrega de productos como metales preciosos, personas cautivas y ganado, entre otros. Además, los reyes sometidos debían pagar el tributo anual, que representaba una dura carga para la población. El pago del tributo daba lugar a una solmene ceremonia en la ciudad de Assur, pero en época de Salmanasar III estas ceremonias no se representaron en monumento alguno.

Los reyes asirios recibían a los representantes de los reinos vasallos en una especie de audiencia ceremonial, como ha dejado patente un documento administrativo de los archivos de Nínive. En el documento se recogen los dones traducidos en oro y anillos de plata, pero durante el reinado de Salmanasar III las inscripciones oficiales no hacen referencia a la imposición de tasas especiales sobre transacciones comerciales. Sí en cambio durante el reinado de Tiglat-pileser III (744-727), quien tras derrotar a las ciudades de Sidón y Tiro les prohibió la exportación de cedros a Egipto y a las ciudades filisteas si no pagan un fuerte impuesto. Era la voluntad de los dioses…

(Fuente: Juan A. Pino Cano, "Política asiria de tributos durante el reinado de Salmanasar III", 2002.


[1] Hoy un yacimiento arqueológico al sudeste de la actual Turquía.
[2] Hoy Tell Halaf, yacimiento arqueológico al noreste de Siria.
[3] Al norte de Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates.
[4] Debe de ser Resafa, yacimiento arqueológico al norte de la actual Siria.
[5] Zona costera sureste de Anatolia.

El latín y el griego en el imperio Bizantino


Restos de la antigüedad en Beirut

José Soto Chica ha estudiado en profundidad las relaciones entre bizantinos, sasánidas y musulmanes en los siglos que sirven de gozne a las edades antigua y medieval[1]. En relación al imperio Bizantino estudia los efectos de la recuperación, en época justinianea, sobre la sociedad y la cultura. En primer lugar el autor se refiere a la polémica historiográfica sobre quienes consideran que el fin del mundo antiguo se consumó por causa de los excesivos esfuerzos que el emperador Justiniano exigió a su imperio. Soto Chica considera que esta interpretación no es correcta: para él Justiniano dejó tras de sí un estado fuerte y sólido, un estado que pudo afrontar los gastos militares generados por la conquista de Italia y África, de donde consiguió el oro para equilibrar su balanza fiscal.

Justiniano disponía en 565 de un formidable aparato militar que pudo hacer frente a las guerras balcánicas y persas. También pudo encajar el golpe económico resultante de los estragos demográficos de la gran peste de 542 y afrontar con éxito los costes de las guerras que tuvieron lugar entre 533 y 561. El oro solo se agotaría en torno a 578, cuando poco después comiencen los verdaderos problemas económicos del Imperio.

El autor se pregunta si la recuperación de la época de Justiniano quizá fue el factor que dio origen a los cambios y transformaciones culturales y sociales que dieron al traste con el viejo mundo. Tras Justiniano, por lo tanto, se dio un estancamiento inmediato, pero aquí no nos interesa tanto saber cuando se cierne el fin de la antigüedad y comienza el medievo, cuanto que existe ese debate entre los especialistas.

Después de lo que se ha llamado “primera Edad de Oro” de Bizancio, sucedió una época oscura que no terminaría hasta comienzos del siglo IX. Pero algunos autores indican que Justiniano, durante su reinado, no gobernaba ya una koiné cultural similar a la de los siglos IV y V, sino una entidad política en la cual una de las dos partes –la oriental- marginaba y aculturaba a occidente. Ostrogorsky, a quien cita el autor, señala que “al florecimiento literario del reinado de Justiniano sucede, a partir del siglo VII, un período de desolación”. Occidente sería, para el imperio Bizantino, una especie de apéndice colonial.

Soto Chica estudia luego el panorama cultural y social de la Romania entre mediados del siglo VI y mediados del VII. El primer año fue el de la recuperación de la unidad política, económica y cultural del Mediterráneo, a la vez que esa unidad fue definitivamente quebrada por la irrupción del Islam, que comenzaba a definirse con trazos propios a partir de “colores” prestados por los pueblos de la Romania y el Eranshar (Irán), teniendo esta quiebra cultural “proporciones universales”.

El imperio de Justiniano era bicéfalo lingüísticamente hablando, con el latín y el griego como lenguas de cultura, con territorios de cada una de estas dos lenguas y otros donde las mismas se entremezclaban. En Sicilia, Calabria y Apulia (sureste de Italia) pugnaban las dos lenguas principales por la hegemonía, mientras que en Dalmacia, Iliria, las Mesias (en torno al Danubio, entre las actuales Serbia y Bulgaria), la Dardania (el sur de Serbia y Kosovo), el centro y norte de Tracia, la Escitia, el norte de Epiro y la Macedonia septentrional, la población era de lengua mayoritariamente latina. Esta bicefalia se daba también en los campos militar, jurídico, monetario, administrativo, diplomático, cortesano, religioso y cultural.

En todas las unidades militares, ya estuviesen establecidas en oriente o en occidente, o ya estuviesen formadas por soldados armenios, tracios, africanos, capadocios o sirios, la lengua en la que se impartían las órdenes era el latín, y esto siguió así por lo menos hasta mediados del siglo VII. Todo ello aunque la lengua común de los soldados fuese el griego. Los heraldos, por su parte, debían saber hablar y entender griego, latín y persa.

Justiniano fue el reconstructor (o sus colaboradores) de esa bicefalia lingüística y superpuesta a la amplia diversidad de lenguas y culturas locales. Al reintegrar a su imperio a los más de diez millones de habitantes del África latina, Italia, el sureste de Hispania y las islas del Mediterráneo occidental, y sumarlos a los más de un millón de habitantes de lengua latina de Iliria y Tracia, volvía a dar brío a esa característica del antiguo imperio Romano.  

El poeta e historiador Agatías, que vivió en el siglo VI y había nacido en Mirina (costa occidental de la actual Turquía), se hizo célebre por sus epigramas de temas clásicos y de su época, por su poesía erótica y, tras su muerte, por la publicación de sus “Historias”, todo ello en lengua griega. También uso el griego para dejarnos sus estudios sobre los bárbaros alamanes y francos que se enfrentaron al general Narsés[2] a mediados del siglo VI.

El poeta Paulo Silenciario, autor también de epigramas eróticos y otros de géneros variados (amorosos, protépticos, composíacos, epidícticos, fúnebres y votivos), pero conocido sobre todo por su poema yámbico “Descripción de Santa Sofía) conocía perfectamente el griego y el latín, pues como alto funcionario del Imperio se había educado en las dos lenguas. Agatías y Silenciario no fueron dos excepciones, pues por los mismos años redactaron sus obras Juan de Lydo y Pedro Patricio, y ambos hicieron uso de obras latinas. El primero redactó su “De las magistraturas” en latín, y eso que era de la ciudad de Lydo, en el oeste de Anatolia.

Fuera de Constantinopla también tenemos ejemplos: el poeta africano Flavio Cresconio Coripo estuvo en la corte de Justino II y escribió en latín sus obras de poesía, declamando sus poemas ante Juan Troglita, militar, el senado cartaginés y Justino II. Dice de Troglita que supera a muchos otros escritores y filósofos de la antigüedad (Pero las hazañas de Juan me instruyeron para describir sus campañas y referir todos sus hechos a los hombres del futuro – dice-). Coripo conoce sobradamente las obras de Homero, Apolodoro, Platón, Herodoto, Lucano, Claudio Claudiano y otros, y es una muestra del mantenimiento de la cultura clásica entre los siglos VI y VII.

En el imperio Bizantino la gramática, la retórica y la filosofía eran la base de toda educación. Por Agatías se sabe que en 551, cuando el gran terremoto que azotó la cuenca oriental del Mediterráneo arrasó Beritos (Beirut), varios centenares de estudiantes nobles murieron sepultados. Beritos tenía la mejor escuela de derecho de toda la Antigüedad tardía. Tras el terremoto la escuela se trasladó a Sidón, pero luego volvió a Beritos.

Del general de Justiniano, Juan Troglita se dice que era capaz de recordar pasajes enteros de la “Iliada” de Homero y de la “Eneida” de Virgilio. En 551, con ocasión del nacimiento de Germano, el historiador Jordanes presentó ante la corte imperial su obra latina “Getica”, una historia de los godos en latín, pues la lengua materna del emperador Justino[3] era el latín. Se publicó el “Código” de Justiniano en latín, mientras que el “Digesto” en griego. Este emperador tenía al latín por lengua materna, igual que los emperadores desde finales del s. IV hasta finales del VI (excepto dos).

Mientras tanto, una miríada de esclavos contribuían, sin saberlo, a la brillantez de la cultura bizantina en la época estudiada. Franz Georg Maier[4] ha señalado que los esclavos desempeñaron en el imperio Bizantino, el mismo papel que los germanos en Occidente. Al aceptar el cristianismo, los esclavos fueron integrados culturalmente.




[1] “Bizantinos, sasánidas y musulmanes. El fin del mundo antiguo y el inicio de la Edad Media en Oriente. 565-642”.
[2] Persa al servicio de Justiniano.
[3] (518-527), había sido comandante de la guardia imperial; a la muerte de Anastasio se hizo con el poder.
[4] “Historia Universal”, Siglo XXI, vol. 13, Madrid, 1979, 4ª edic.

sábado, 16 de septiembre de 2017

El "Estado da India"



José Antonio Cantón, en una extensa obra, ha estudiado el comercio del opio en relación con el colonialismo europeo en Asia[1], dedicando un capítulo a la expansión colonial portuguesa en India.

El opio fue objeto de mercado tempranamente, por más de que en China había sido una medicina muy utilizada, pero durante el siglo XVI la demanda del mismo aumentó y su producción se extendió a escala mundial. Además existió un comercio intraasiático, en el cual los colonos europeos jugaron un papel. Estos no tardaron en ver en él una herramienta que podía servir a sus objetivos y desde la llegada de los primeros exploradores lusos a India, a inicios del siglo XVI, uno una voluntad expresa de establecer un control privativo sobre el mercado de esta droga, aunque los portugueses, según el autor, no consiguieron llevar esta idea a buen puerto.

La dimensión de los cambios que conllevó la llegada de los europeos a las redes comerciales del Índico ha sido muy discutida, habiéndose considerado, junto con el descubrimiento de América, el comienzo de la historia global, si bien esta conclusión tiene un marcado poso eurocéntrico. En primer lugar hay historiadores que no aceptan que en el siglo XVI Europa tuviese la supremacía sobre el mundo, pero el viaje de Vasco de Gama fue el punto culminante de una prolongada política de expediciones por la costa occidental del continente africano. Tras la conquista de Ceuta por los portugueses en 1415, se sucedieron muchos viajes no solo por portugueses, sino por súbditos de las demás monarquías ibéricas. Estas empresas se han interpretado como un intento de buscar una ruta alternativa a la mediterránea para llegar a Asia, pero hay algunos historiadores que ponen el acento en las necesidades económicas de la población europea para atender la demanda del aumento de la misma. Particularmente parece que está demostrado el mayor consumo de trigo, azúcar y pescado.

No se han de despreciar –dice el autor- otros aspectos como la cuestión militar y el espíritu de cruzada del reciente estado portugués, que impulsará el ataque a plazas de “infieles” en territorio africano. Hubo también factores religiosos, como la búsqueda del mítico Preste Juan en las motivaciones particulares de algún rey portugués. Por otra parte se habían producido avances importantes en la náutica provenientes de Asia, como la llamada vela “latina”.

Conforme los portugueses accedieron a las costas de África, el comercio de esclavos y oro se convirtió en prioridad, unida a la explotación agraria en las islas de Cabo Verde para la producción de azúcar. En paralelo se configuró una red portuaria y de enclaves en esta ruta del oeste de África durante la segunda mitad del siglo XV a través del sistema de encomiendas de monopolio mercantil. El rey Joâo II fue el que dio impulso definitivo a esta política de expansión naviera, siendo el primero el establecer el propósito de alcanzar la India (o alguno de sus colaboradores). Son varias las expediciones en este proceso, como la de Diogo Câo, pero Bartolomeu Días fue el primero en llegar a las aguas del Índico (la actual ciudad de Mossel Bay[2]) en 1488. Así se conoció la desembocadura del río Congo y Agonla, donde se creó uno de los enclaves de mayor importancia para Portugal.

Estas expediciones sirvieron de preludio a los viajes de Vasco de Gama, que hizo el recorrido desde Lisboa hasta la costa sudoccidental de India. Los cuatro buques de la expedición salieron de la península en 1497 haciendo cabotaje hasta Sierra Leona y después internarse en el océano aprovechando las corrientes marinas, haciendo escala en El Cabo. Por el Índico siguió la costa de Mozambique hasta llegar a Malindi[3], en Kenia. Desde aquí la expedición no se vio capaz de alcanzar la costa malabar (suroeste de India) hasta pasados varios meses y sortear los monzones. Llegaron a India en 1408 y el regreso se hizo varios meses más tarde.

A partir de este momento el desarrollo de los dominios portugueses aumentó exponencialmente (reinados de Manuel I y Joâo III), con múltiples enclaves en África, el Índico y los territorios de Brasil. El rey Manuel I (o alguno de sus colaboradores) planteó la idea de legitimación, de fuerte inspiración de cruzada, mientras el poder otomano estaba en su cénit en el Mediterráneo. Así se materializó lo que se dio en llamar Estado da India, nombrándose virreyes y gobernadores en muchos puntos.

Si las expediciones de Pedro Álvares Cabral y la de Vasco da Gama tuvieron un afán exploratorio, con la llegada de los portugueses a la India se inicia el modelo de creación de feitorías, que comenzará con la adhesión de Calicut[4] y Cochín[5], la primera después de haber sido bombardeada. Tras el virreinato de Francisco de Almeida, el Estado da India experimentó su mayor crecimiento con la llegada del virrey Alfonso de Alburquerque (principios del siglo XVI), expandiéndose los dominios portugueses y adquiriendo importancia Goa, al norte de Calcuta, donde se centralizó la presencia portuguesa en Asia, a la que siguió Malaca en 1511, que canalizó el comercio con los archipiélagos de Indonesia y las rutas hacia China y Japón. Este virrey prestó también importancia a los enclaves musulmanes que controlaban el comercio desde el Índico hasta Persia y Egipto: Ormuz y Adén; pudo conquistar la primera pero no la segunda.

Durante la primera mitad del siglo XVI, pues, se configuró el Estado da India como un rosario de ciudades donde la práctica del saqueo y el pillaje fueron casi la única forma de mantener la hegemonía portuguesa. Es más, aquellos fueron el incentivo para los comerciantes, ya que las ciudades en islas y enclaves costeros no contaban con un hinterland y dependían en gran parte de la llegada de provisiones por mar. La práctica del corso, pues, fue común.


[1] “Opio, comercio y colonialismo: el opio en la penetración colonial europea en Asia y China”, 2015.
[2] Sur de Sudáfrica, al este de El Cabo.
[3] Al norte de Mombasa.
[4] Calcuta, en el suroeste de India.
[5] Al sur de Calcuta.

viernes, 15 de septiembre de 2017

De Cádiz al "trienio"



El inquisidor Llorente, luego regalista

Cuando las Cortes de Cádiz exigieron una contribución económica a la Iglesia, no hicieron sino seguir una vieja costumbre de los reyes anteriores en momentos de necesidad, pero para el clero reaccionario no era lo mismo, pues no reconocía legitimidad al nuevo régimen. La primera reacción ideológica contra el liberalismo surgió en varios focos: el andaluz, concentrado en Cádiz y en Sevilla con Inguanzo, clérigo asturiano, el padre Alvarado (el filósofo rancio), el padre Rafael Vélez (capuchino) que luego sería obispo de Ceuta y arzobispo de Santiago; el foco mallorquín fue más violento, y estuvo formado por el franciscano Raimundo Strauch[1], el carmelita Manuel de Santo Tomás y el trinitario Miguel Ferrer; el foco de Galicia estuvo formado por el arzobispo de Santiago, Múzquiz, el padre Gayoso y el padre José Freguerela; el foco madrileño contó con el jerónimo fray Agustín de Castro, el mercedario fray Manuel Martínez y el cura Narciso Español.

La mayoría de los obispos fueron intransigentes ante la consulta que sobre amnistía se planteó en 1817: quince de ellos se inclinaron por la amnistía, pero veintitrés lo hicieron en contra, mientras que once fueron partidarios de una amnistía con restricciones. Por su parte, el hecho de que el restablecimiento de la Compañía de Jesús hubiese sido obra del absolutista Fernando VII, llevó a los liberales a oponerse a aquella en el futuro. El rey era maestre de las órdenes militares y los grandes prioratos de San Juan estaban anejos a vástagos de la familia real.

El valor de las rentas anuales de 58 obispados era, en 1802, de 52 millones de reales, mientras que en 1820 habían descendido a 34[2]. Tras la guerra que acabó en 1814, el Estado, en bancarrota, buscó nuevas fuentes de ingresos, y recurrió a los bienes eclesiásticos siguiendo una tradición regalista acentuada en tiempos de Carlos IV. Los recursos tradicionales consistían en la participación de los diezmos, tercias (la tercera parte del acervo común de los diezmos, la cual se ponía directamente bajo la administración de la Hacienda), excusado (diezmo de la mayor casa diezmera de cada pueblo), el noveno (novena parte de los diezmos que quedaban después de haber sido sustraídas las tercias)[3] y otras rentas. A esto hay que añadir el producto de las anualidades y vacantes, el fondo pío beneficial (participación del Estado en rentas de beneficios eclesiásticos, concedido a Carlos III), el subsidio y los fondos de la bula de cruzada. Las resistencias y defraudaciones fueron abundantes.

La deuda pública, entonces, era enorme. Entre los arbitrios consignados al pago de la deuda en el decreto de 13 de octubre de 1815, la mitad eran de origen eclesiástico y el fondo más consistente era el de las fincas procedentes de obras pías y de la séptima para de los bienes eclesiásticos secularizados, cuya venta había sido concedida por Pío VII a Carlos IV.

En 1820, ante la nueva situación política, el nuncio declaró la indiferencia de la Iglesia en materias políticas, y exhortaba la obediencia al nuevo gobierno, hasta tal punto de que la jura de la Constitución se hizo sin especiales incidentes en todas las iglesias del reino. La prensa anticlerical empezó a tener gran importancia, participando en ella algunos clérigos, ejemplo de lo cual es Sebastián Miñano. Las tres grandes figuras del regalismo español aparecen también en el “trienio”: Amat, Villanueva y Llorente. Amat era irenista, conciliador y moderado, aconsejando un concordato con el papa. Llorente representa la corriente más radical, tomando las ideas de los constitucionalistas franceses y propugnando una Iglesia nacional. Por su parte, las Cortes del “trienio” actuaron, en materia eclesiástica, con más decisión que las de Cádiz.

En 1820 comenzó una nueva represión sobre la Compañía de Jesús, pues para los liberales el restablecimiento de la misma había sido ilegal por haberlo decidido el rey, correspondiendo a las Cortes o al Gobierno constitucional, pero ahora se produjo la extinción, no la expulsión de los jesuitas, como en el siglo XVIII. Quedaron totalmente suprimidas las órdenes monacales, los canónigos regulares, los hospitalarios y los frailes de las órdenes militares. El rey sancionó esta ley no sin resistencia por su parte, mientras el Gobierno consiguió del papa que autorizase al nuncio para despachar secularizaciones.

Según Toreno, durante el “trienio” se vendieron 25.177 fincas de conventos; aproximadamente la mitad del total. Las mejores tierras cayeron en manos de acomodados, con lo que –como en desamortizaciones posteriores- los campesinos no se beneficiaron esencialmente de la operación, y en muchos casos se les aumentaron las rentas al establecerse la nueva relación laboral de tipo liberal. En 1821 dio comienzo la desaparición del diezmo: el Estado renunció a su participación en él, dejando íntegra la parte de la Iglesia, pero entonces los campesinos se negaron a pagarlo, prueba de que se consideraba una obligación temporal y no algo instituido por Dios. De todas formas el campesinado quedó obligado a pagar una contribución a la Hacienda pública, lo que resultó oneroso para él.

[1] Durante el “trienio” fue arrestado en su palacio en 1822, llevado a Barcelona y asesinado al año siguiente (http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=strauch-y-vidal-raimundo).
[2] “Historia de la Iglesia en España” de García-Villoslada, tomo V.
[3] Concedido por Pío VII en 1800 y era administrado, lo mismo que el excusado, por los cabildos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El Tumbo Viejo Becerro de los dominicos de Pontevedra

Restos de la iglesia de los dominicos en Pontevedra


En el siglo XVI un monje dominico de Pontevedra, fray Juan de Manzanas, ordenó una colección de escrituras existentes en el archivo del convento de la ciudad, relativas a las propiedades que fueron acumulando y gestionando los miembros de dicha orden religiosa a lo largo de la Edad Media y el siglo XVI: el año en el que este fraile comenzó dicho trabajo fue 1568, que fue continuado por otro monje, fray Alonso Gasco, a partir de 1597. Esto ha sido estudiado por Miguel García-Fernández[1], no otra cosa que el Tumbo Viejo Becerro de los dominicos de Pontevedra, poniendo de manifiesto la importancia de las mujeres en la sociedad bajomedieval, ya que aparecen como propietarias.

El Tumbo se mantuvo en uso, al menos en lo que respecta a misas, hasta mediados del siglo XVII, como se indica en una anotación del año 1755. Son abundantes las puntualizaciones y noticias que diversas manos fueron intercalando en el Tumbo a lo largo de los siglos, pero lo realmente importante es la intención del fraile Manzanas: su trabajo persigue “que no se saque las escrituras del convento porque, quando alguna fuere menester presentarse, puédese hacer pidiendo a la justicia la haga trasladar de el original que está en nuestro archivo y depósito…”. En el segundo legajo de los que consta el Tumbo, el fraile puso las escrituras que “tocan a esta casa que hablan de haciendas [desde] el año de 1300 hasta el año de 1500”. En el último legajo dispuso los documentos “que tocan a los casares de Matamá d’Arriba y d’Abaxo porque son muchos”. El autor al que sigo aquí dice que el trabajo de Manzanas tiene una extraordinaria claridad y pulcritud, lo que no se da en el de Alonso Gasco, más descuidado.

Figuran los escribanos o notarios que dieron validez a los documentos y también se han conservado numerosas anotaciones y comentarios de autores posteriores, pero este no es el único Tumbo conservado en la actualidad sobre el convento dominico de Pontevedra, existiendo en el Archivo Histórico Nacional otros. Entre las misas diarias encargadas figuran las de García Prego de Montaos (1400), miembro de una familia noble, pero el monje hace constar que la dotación que existe para dichas misas es, como mucho, para una cada mes: las misas, claro, valen dinero.

Al relacionar las escrituras, el monje Manzanas señaló el tipo de documento de que se trataba: mandas, foros, testamentos, donaciones, etc. De las escrituras medievales inventariadas por el monje (378), 229 son de la primera mitad del siglo XV, más del 60%, siguiendo en número las de la segunda mitad de dicho siglo (105), más del 27%. En cuanto al convento, lo que este quería garantizar era hacer valer sus derechos de propiedad, pero también que se cumpliesen las obligaciones contraídas con los que habían confiado en él. Los documentos recogen, fundamentalmente, actos de entrega de propiedades al convento, junto a un conjunto de actuaciones destinadas a gestionar dicho patrimonio.

El peso que tienen los foros va en consonancia con el mayor número de documentos del siglo XV, cuando ya la crisis del anterior parecía haber remitido. Dichos foros establecían una duración no inferior a las tres o cuatro “voces” o generaciones, con el añadido, en muchos casos, de un período de 29 años más, es decir, de larga duración. De los 378 documentos citados antes, 144 se referían a foros, el 38%.

El autor pretende demostrar que las mujeres en la Edad Media –al menos teniendo en cuenta este tumbo- jugaron un papel más importante que el que la historia escrita por hombres les ha concedido. En las escrituras aparecen citadas mujeres, de una y otra forma, en más del 64% de los casos (243 documentos). Por otra parte las mujeres no siempre actuaban junto a los hombres, ya que se las ve actuando solas en más de un 15% de los casos (58 documentos), bien como otorgantes de determinados bienes o como receptoras de ellos. En el testamento del mariscal Suero Gómez de Soutomaior, el autor comprueba que las referencias a mujeres no solo son constantes, sino esenciales. El único hijo varón del mariscal había muerto y sus hijas se convirtieron en sucesoras y herederas, cobrando especial protagonismo la mayor, doña María de Soutomaior.


[1] “Patrimonio, memoria y religiosidad medievales más allá de la Edad Media…”.

martes, 12 de septiembre de 2017

Las cuevas de Vanguard y Gorham

Cueva de Vanguard (Gibraltar)


“Hace 70.000 años, un pequeño grupo humano, dos o tres individuos, pescó unos cuantos mejillones, se acercó a un abrigo rocoso, encendió un fuego y, mientas se comía los moluscos, se dedicó a tallar piedras. Las huellas de aquella escena quedaron fosilizadas y esto ha permitido su reconstrucción a los científicos que trabajan en dos yacimientos arqueológicos del peñón de Gibraltar, las cuevas de Vanguard y Gorham”.

Así comienza “Terrae Antiquae” el relato de los trabajos que se están llevando a cabo quizá en una de las zonas donde los neandertales vivieron más tardíamente, junto al yacimiento de El Sidrón en Asturias. Los neandertales tenían la capacidad del lenguaje y llegaron a dejarnos algunos dibujos geométricos. Las cuevas de las que hablamos están ahora a la orilla del mar, en la vertiente oriental del Peñón, pero hace miles de años esas cuevas se encontraban unos cuatro kilómetros tierra adentro, con un paisaje similar al de la actual Doñana y un excepcional clima cálido, dice Caso de los Cobos.

Las cuevas han sido declaradas en 2016 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, aunque solo disponemos de un indicio humano, un diente de leche de un ejemplar de cuatro o cinco años de hace unos 50.000 años. Como es sabido, el nombre “neandertal” viene del valle de Neander, en Alemania, donde se descubrieron algunos de los primeros restos. Se trata de una especie humana que vivió en Europa, desde el extremo sur del Mediterráneo hasta Siberia y en algunas zonas de Oriente Próximo. Los científicos creen que evolucionó desde una especie anterior de homínidos hace unos 275.000 años. Su desaparición, hace unos 40.000 años (algunos señalan que menos) coincide con la llegada a Europa, desde África, de los “sapiens”, la especie a la que pertenecemos nosotros.

Los científicos están de acuerdo en que se trata de una especie que habitó Europa durante un período de unos 200.000 años como mínimo. Antonio Rosas[1] señala que “en la extinción de las especies nunca hay una sola causa, aunque casi siempre existe una por encima: la degradación del medio… En el caso de los neandertales se trata de un fenómeno multifactorial… En un período especialmente frío, los bosques desaparecen, algo que ocurrió durante el último máximo glacial. Es muy posible que ese deterioro climático y ecológico influyese en la extinción. El número de efectivos era muy bajo y muy variable. Además, llegaron poblaciones nuevas, con una tecnología distinta y un aparato cultural muy potente”.

La historia de los neandertales –continúa Terrae Antiquae”- ha despertado un interés inagotable porque habla de un mundo en el que los “sapiens” no éramos los únicos humanos. Hace 150.000 coincidían cuatro especies de homo: sapiens, neandertalensis, floresiensis y erectus, pero la única constancia es por la genética, pero casi nunca por la arqueología. Genéticamente, los neandertales son las criaturas más cercanas a nosotros; se trata de “otra humanidad”, señala Jean-Jacques Hublin[2]. Pero hay diferencias como especies distintas: primero, anatómicas, con la frente prominente de los neandertales, ancha nariz; su estructura ósea es más maciza, su cerebro era más grande… Dependían, como los “sapiens” de una cultura material para sobrevivir y hablaban (las múltiples actividades sociales que ha permitido deducir la arqueología, lleva a los paleontólogos a atribuirles suponer que necesitaban comunicarse mediante el habla).

Las cuevas de Vanguard y Gorham tienen una importancia extraordinaria para conocer a los neandertales, pues se han encontrado restos de carbón que indican hogueras, huesos de animales que pueden ayudar a la datación o determinar el tipo de alimentación (comían focas monje, mariscos, delfines, atunes o cabras), polen y plantas que permiten recomponer el paisaje. Las heces fosilizadas de hienas, muy frecuentes, suministran también información, pero faltan los huesos de homo, salvo el diente encontrado, lo que sí tenemos en El Sidrón (Asturias) y en la Sima de las Palomas (Murcia).

Se ha supuesto que hubo 30.000 neandertales en Europa (pero otros hablan de 100.000), pero quizá su dispersión y la escasez de recursos en determinados momentos les llevó a extinguirse… Nos queda mucho todavía por saber de estos homo.


[1] Director del Grupo de Paleoantropología del Museo Nacional de Ciencias Naturales.
[2] Director del Departamento de Evolución Humana del Instituto Max Planck.

El ejército español en 1808



Paisaje de Arroyomolinos (Cáceres)

Leopoldo Stampa[1] ha descrito con mucho detalle la situación del ejército español en 1808, intentando deshacer una serie de tópicos sobre la guerra que empezó en dicho año y sobre la guerrilla y el ejército, contribuyendo con ello a un mejor conocimiento de la historia de España.

El autor señala que el ejército regular español, en 1808, estaba en una situación de debilidad y de fractura, pues se encontraba disperso desde 1807 en varios puntos de Europa. España había contraído compromisos internacionales por medio del Tratado de Fontainebleau, por el que un sólido contingente español estaba en las ciudades hanseáticas, particularmente en Hannover y luego en Dinamarca. También tuvo que desplazarse a Portugal una parte del ejército por el compromiso de Godoy a ocupar el norte y el sur del país: el general Taranco se adueñaría de la zona entre el Miño y el Duero y el general Solano del Alemtejo y los Algarbes: total, unos 16.000 hombres.

Al norte de Europa (Dinamarca) se enviaron 6.000 soldados españoles que se encontraban en Etruria, pero Godoy (siguiendo exigencias de Napoleón) reunió en España otros 5.500 hombres. De este modo la División del Norte congregó a unos 11.500 efectivos a las órdenes del marqués de la Romana[2]. En otoño de 1807 unos 32.000 soldados españoles se encontraban, pues, fuera del territorio nacional. En España quedaban, en mayo de 1808, según el ministro de la Guerra, O’Farrill, algo menos de 100.000 hombres (infantería y caballería). De entre estos un buen número corresponde a tropas de milicias (30.500) y soldados regulares (68.500). En España había también algunos regimientos extranjeros y las milicias no llevaban ni caballería ni artillería.

En la época –dice el autor- las formaciones masivas de infantería y caballería lo eran todo, y la masa artillera era a menudo resolutiva. Hubo una fiebre creadora de unidades, batallones patrióticos y escuadrones de monjes y labradores, pero un soldado no se improvisa. La medida de incorporar al ejército una recluta formada por jóvenes sin instrucción tuvo las peores consecuencias. Los caballos, en manos de estos jóvenes, no habían sido domados para estar acostumbrados al estruendo de la artillería, muchos de los cuales eran resultado de requisas. Por otra parte, en los regimientos de caballería españoles no se enseñaba la esgrima al jinete, lo que llevó a muchas acciones fallidas. El regimiento de los Cazadores Imperiales del Sagrario de Toledo (“mucho nombre para tan poco arrojo”, dice Stampa) fracasó en la batalla de Medellín de forma deshonrosa, según el general Cuesta. Más dramática fue la fuga de la caballería bisoña en la batalla de Alba de Tormes. El príncipe de Anglona dijo: “la caballería de mi mando huyó vergonzosamente”, y el marqués de la Romana calificó la acción de “infamia”.

Los oficiales no eran malos pero escasos, según Londonderry, uno de los ayudantes de Wellington. De García de la Cuesta, al que vio en Casas del Puerto de Miravete (Cáceres), dice que cuidaba la disciplina, pero no tiene la misma opinión de los generales, a los que veía viejos y no aptos para soportar batallas. Un ejemplo de la escasez de oficiales era el ejército del centro; tras la retirada de Tudela y antes de la batalla de Uclés, había batallones que tenían 12 oficiales para 519 hombres de tropa.

Sobre la participación del pueblo en la guerra, dice el general Girón antes de la acción de Alcolea (1808): “los más en caballos, otros en mulos; monturas de todo género o sin ella algunos, armas de varios siglos desde la daga al espadín; tal era la confusa organización de aquella gente”. En Villa del Rey (Badajoz), el 1 de mayo de 1808 tuvo lugar una acción: “nuestra caballería, dice el parte, compuesta por unos cincuenta caballos, la mayor parte yeguas, montadas por muchos Clérigos, Frailes y Paisanos… se sostuvo en el punto del camino de Montijo”, pero terminaría retirándose.

Derrotado la mayoría de las veces, victorioso algunas, el ejército regular español acabó rompiendo el esquema estratégico de la “Grande Armée”, acostumbrada a campañas relámpago, por lo que la resistencia fue la base del éxito, así que que no es cierto que a partir de la batalla de Ocaña (1809) el ejército regular fue derrotado y fuera sustituido por la guerrilla. Así lo demostraron el marqués de Campoverde en Mollet[3] (1810), O’Donnell en Margalef[4] (mismo año), en Valls[5], Campoverde derrotando a Palombini (1811), el general La Peña en Chiclana[6] (mismo año), Zayas en La Albuera[7] y Ballesteros en 1811, Blake en Sagunto (mismo año), Copons en Tarifa (1811), en Arapiles (1812), en Vitoria y San Marcial[8] (1813), en Orthez[9] y en Toulouse en 1814.

La deserción fue un fenómeno generalizado ya en el año 1808 (pasándose a Francia y conducidos al Périgueux). En 1811 la deserción seguía siendo un problema crónico, como se demuestra por el bando del brigadier Carlos de España, ordenando que todos los vecinos se armasen para capturar ladrones por los montes y caminos, y “localizar a desertores”. Aunque en menor número los oficiales también desertaron, lo que llevó a la Junta Suprema a ordenar la ejecución de los que se capturasen.

El general Lacy, en 1811, quiso organizar las guerrillas, siendo uno de sus objetivos “la persecución y captura de desertores”, ingenua disposición –dice Stampa- porque una buena parte de las partidas se componían de desertores, que preferían hacer la guerra por su cuenta y evitar así la disciplina militar. Después de la victoria de Arroyomolinos[10] la Regencia decidió indultar a los desertores, con lo que se consiguió que algunos volvieran, pero otros fueron recibidos a pedradas en los pueblos, como sucedió en Almendral (Badajoz). También existió una “deserción de guante blanco”, practicada por los que tenían la posibilidad de trasladarse de un lugar a otro; muchas personalidades se corrompieron con el reclutamiento; muchos informes hablan de la protección prestada a los pudientes, familiares y amigos, en ocasiones mediante sobornos.

Fueron muchas las localidades costeras donde los habitantes intentaron librarse de los reclutamientos aduciendo que estaban inscritos al servicio de la armada, y por tanto exentos del servicio militar en tierra. En Andalucía fueron víctimas los trabajadores gallegos emigrantes, que podían ser enrolados como vagabundos. León y las dos Castillas no reclutaron más que algunos miles de hombres, mientras que la Junta de Sevilla se vio obligada a indultar a bandidos para alistarlos.

En la guerrilla encontramos aventureros, oportunistas asesinos y bandoleros, aunque también partidarios de la disciplina militar. Hubo patriotismo o reacción nacionalista, en lo que caben los motivos personales y ambientales según las regiones. En algunas ocasiones el impulso a echarse al monte estuvo mezclado con la venganza; otros por huir de la disciplina militar. Cuando el capitán general Luis Lacy ordenó la incorporación de todos los hombres pertenecientes a los cuerpos francos al ejército de línea[11], hubo tal desbandada que el general se vio obligado a rectificar.

También hubo desertores alemanes, polacos, italianos y franceses, que estuvieron al servicio del ejército napoleónico. Entre los jefes guerrilleros se encontraron también desertores franceses, conocidos con el nombre de “barateros”. La avaricia de los “Húsares francos de Camuñas” hizo que se ganasen el odio de franceses y españoles. Jaime Alonso, “El Barbudo”, era un bandolero que lideró una partida de Muxicas en Valencia; “Boquica” en Cataluña fue un depredador. En 1810 surgió en Extremadura la partida de “Los leones irritados” que duró dos meses… En La Mancha se levantó la partida de los “Leones Manchegos” (unos 75) desapareciendo pocos meses después.

Lo dicho no es todo sobre los luchadores contra el francés entre 1808 y 1814, pero aporta aspectos que contribuyen a desmitificar ciertos lugares comunes que no resisten la consulta a la documentación.



[1] “Los tópicos en la historiografía sobre la Guerra de la Independencia”.
[2] Nacido en Palma de Mallorca (1761), murió en Cartaxo (al norte de Lisboa) en 1811.
[3] Cerca de Barcelona, en la comarca del Vallés.
[4] En el Priorato de Tarragona, límite con Lleida.
[5] Nordeste de Tarrogona.
[6] En Cádiz, muy cerca de la capital.
[7] Oeste de Badajoz.
[8] Guipúzcoa, cerca de Irún.
[9] Suroeste de Francia, Pirineos Atlánticos.
[10] Sur de Cáceres.
[11] En el sentido del frente para el combate.