domingo, 29 de julio de 2018

Una plaza de Nápoles

Foro Murat (Nápoles)



Lugano es una ciudad que se encuentra en el extremo sur de Suiza, donde nació, en 1787, Pietro Bianchi, arquitecto de la iglesia inspirada en el Panteón de Roma. La plaza está inspirada en la que Bernini construyó ante la basílica de San Pedro. Como tantas obras que pretenden un “revival” de otras, desmerecen de la original, pero estas no deja de tener interés por la monumentalidad que imprimen a la siempre importante ciudad de Nápoles.

Como seguidor de Luigi Cagnola, Bianchi es un arquitecto neoclásico en una época propicia para este estilo: finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX. La iglesia de San Francisco tiene varias capillas, un atrio y un ábside, destacando la cúpula con casetones, muy parecidos a los del Panteón de Roma, construída entre 1809 y 1836. Esta cúpula se soporta, en parte, en otras menores, dos a los lados del ábside y otras dos tras la columnata de la plaza. Al atrio se accede por un pórtico que imita la fachada de un templo griego octástico de orden jónico con frontón liso.

La plaza, rodeada en parte por la columnata, se concibió por su autor como un intento de reordenar urbanísticamente una ciudad que había pasado por tantas vicisitudes y regímenes políticos. Frente a la iglesia se encuentra, formando parte de la misma plaza, el Palacio Real de Nápoles (la plaza se llamó Foro Murat durante algún tiempo). Los diseños de la plaza corresponden a Leopoldo Laperuta, coetáneo de Bianchi.

jueves, 19 de julio de 2018

Un palacio en Montepulciano



Montepulciano es una población estirada sobre la ladera de una colina. Una larguísima calle conduce, por dos de sus lados, a la Plaza Grande, donde se encuentra el Palacio Nobili Tarugi, obra de mediados del siglo XVI cuyo diseñador fue Tommaso di Pietro Boscoli, alumno de Antonio de Sangallo el Viejo. Boscoli fue, además de arquitecto, escultor, lo que era normal en el Renacimiento, y trabajó con Andrea Ferrucci cuando joven, más tarde con Miguel Ángel.

Como tantos otros edificios, se construyó sustituyendo uno gótico frente a la ahora catedral. El edificio actual es de piedra de travertino y la planta baja era una logia. El propietario fue Vicenzo de Nobili, casado con la hermana del papa Julio III, Ludovica del Monte. Cuando otra familia, los Tarugi, se hizo dueña del palacio a principios del siglo XVIII, se le empezó a conocer con el nombre de Nobili Tarugi.

Ha sufrido transformaciones, por ejemplo, en la planta baja se ven las arcadas de la derecha cerradas y abiertas unas ventanas adinteladas con rejas. Igualmente adinteladas con las del primer piso, rematadas por frontones curvos. El segundo piso también ha sufrido modificaciones en su fachada izquierda (según el espectador) pero se conserva toda la balaustrada tan propia del renacimiento italiano, sobre todo en el siglo XVI, aunque dicha balaustrada no está exenta del muro.

Las columnas adosadas corren desde la planta baja, sobre gruesos pilares, hasta la parte inferior de la balaustrada, rematadas en capiteles jónicos. En el segundo piso son pilastras las que corren entre los vanos, también sobre pilares. En conjunto se observa una intención descendente: mayor grosor y amplitud de los vanos en la planta baja y menor a medida que se asciende, pero en comparación con los palacios italianos más conocidos (Medici-Ricardi, Pitti, Rucellai…) esta fachada es más tosca, sobre todo por el efecto que causan las gruesas columnas, además de que el edificio es más pequeño que los citados.

Como otros palacios italianos fue concebido para ennoblecer una plaza o calle, lo que luego sería preocupación fundamental del barroco. No desmerece Montepulciano en cuanto a edificios notables por su arquitectura, tanto civil como religiosa, así como por el típico urbanismo de las poblaciones pequeñas de la Italia central. Montepulciano pertenece a la provincia de Siena, al sur de la Toscana, y no está lejos del lago Trasimeno. La población está flanqueada por alturas al este y oeste, mientras que un valle corre de norte a sur.

miércoles, 18 de julio de 2018

Una obra de Nicolás Adam




A principios del siglo XVIII nació en Nancy, Nicolás-Sébastien Adam, un escultor que siguió con el gusto barroco hasta extremos propios de los más exagerados de dicho estilo. La época de esplendor de Nancy fue durante los siglos XVI a XVIII, por lo tanto Adam pudo asistir a los acontecimientos urbanísticos y artísticos que la ciudad le ofrecía. Una de sus obras más notables es el “Prometeo encadenado”, en mármol (1762) que se encuentra en el Museo de El Louvre, donde el titán que entregó el fuego a los mortales trata de liberarse del castigo infligido por Zeus.

La obra de arriba forma parte de un jarro monumental realizado entre 1742 y 1745, que se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Es obra en mármol y se trata de un detalle de una alegoría del otoño. En la parte superior del vaso se representan bustos en relieve de personajes rodeados de pámpanos y racimos de uvas, mientras que en dos lados opuestos, en la parte inferior del jarrón, estos carneros de poderosa cornamenta e indefinida faz.

El clima artístico animó a Adam a dedicarse a la escultura, pues su padre y sus hermanos también lo hicieron. En Nancy todavía se conserva, muy elegante, la casa de los Adam, donde vivieron parte de su vida. Se nota que se trataba de una familia más que acomodada, incluso rayana en la aristocracia sin título, lo que valió al joven Adam a ser seleccionado para realizar una de sus obras más sobresalientes: la tumba de Catalina Opalinski, esposa del rey de Polonia y Lituania, Estanislao, en dos períodos distintos durante el primer tercio del siglo XVIII. La tumba se encuentra en la iglesia de Nuestra Señora en Nancy, una muestra más de sus relaciones con la aristocracia de la época.

martes, 17 de julio de 2018

Las imágenes de la Edad Media

Roldán y Ferragut


La obra de Jacques le Goff, “Una Edad Media en imágenes” tiene un interés extraordinario por su originalidad y por el tratamiento que da el autor a los diversos ejemplos de la pintura y la escultura medievales. El autor comienza por estudiar los espacios, centrales y periféricos, del arte cristiano medieval, se centra en las herencias bárbaras y arcaicas, sigue con un capítulo donde trata de la iconografía del hombre y de Dios, además de otros personajes religiosos.

La obra se completa con el tratamiento que los artistas medievales han dado a la muerte y al más allá, a los animales, a los objetos y, en pleno esplendor, la representación de niños, la mujer, el retrato, la cultura popular reflejada en las obras que nos ha legado la Edad Media, las fiestas con grandes comidas y juegos, las iniciales iluminadas, la música y la danza.

No faltan en la obra ilustraciones sobre ángeles trompeteros anunciando el Apocalipsis, crismones, caballeros, crucificados, orantes, peregrinos, clérigos y reyes, alegorías, maternidades, incluso mapas y ciudades amuralladas, paisajes y castillos. Un ejemplo es el “Cristo en su barca con sus compañeros”, miniatura del evangeliario de Odón III, obra de finales del siglo X que se encuentra en la catedral de Aquisgrán.

Se suceden los monstruos y los objetos decorativos, los relieves de animales, como la piedra esculpida en la pila norte del arco de Gerlannus, en la iglesia abacial de San Filiberto (Tournus, siglo XI). Siguen sarcófagos decorados, personajes apretados entre sí y con una expresividad casi ilimitada; la cruz de Lotario, obra de finales del siglo X que se encuentra en la catedral de Aquisgrán; mosaicos del mausoleo de Gala Placidia en Rávena (siglo V); visiones, capiteles, vidrieras…

Llama la atención un “Adán” de influencias clásicas, aunque de anatomía más espigada, esculpido en piedra que luego se ha policromado. De mediados del siglo XIII, se encuentra en el Mueso del Louvre, pero procede del brazo sur del crucero de la catedral de París.

Los artistas de la Edad Media nos deparan sorpresas continuamente: ¿Qué decir del relieve que representa a la Eva bíblica, obra del siglo XII, de Autun? Adaptada al marco, casi recostada y rodeada de frutales de los que, inadvertidamente, coge la manzana prohibida. Sus cabellos están peinados delicadamente en finísimos trazos, su anatomía alargada es singularísima, su rostro expresivo y poco natural (se encuentra en el Museo Rolin, un edificio acastillado en la ciudad citada).

Pilas bautismales decoradas profusamente y representando, entre otras escenas, el pecado original. El autor de “Adán y Eva expulsados del paraíso” ha esculpido un ángel contrahecho con las alas muy desplegadas, los personajes estáticos, las anatomías apenas insinuadas y la vegetación en derredor se distribuye por todos lados, pero sin perspectiva alguna. Contrasta la desnudez de los expulsados con la túnica del ángel en esta obra en bronce que decora una puerta de la basílica de San Zenón de Verona (siglo XI).

Una bellísima iluminación es la del trabajo en el campo, obra del siglo XV, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Florencia, y que contrasta con la escultura de Hugo I, conde de Vaudémont (Lorena), recibido por su esposa al volver de la segunda cruzada. Los personajes se unen en una sola pieza, solamente distinguibles por la menor altura de la mujer, el cuerpo más desarrollado del conde, que lleva en su mano derecha un bastón de mando, los ropajes de ambos labrados toscamente pero con cierto detalle. Es obra del siglo XII y se encuentra en el Museo Histórico Lorrain de Nancy. El artista barroco francés ¿pudo imaginar que un museo con su nombre albergaría obra tan antigua?

Y lo que generalmente no se tiene en cuenta de la Edad Media son las representaciones de objetos como el aguamanil del siglo XIII en bronce con incrustaciones de esmalte negro y de plata que se encuentra en el Museo Victoria y Alberto de Londres, aunque es obra alemana. Una llave bellísima de la iglesia de Santa Isabel de finales del siglo XII (Marburgo), libros decorados, instrumentos musicales labrados en las portadas de las iglesias entre otros lugares.

La obra de le Goff es sencilla en apariencia, pero de una densidad de contenidos extraordinaria, una joya para entender la vasta época, misteriosa todavía en muchos aspectos, donde lo obscuro parece prevalecer, pero las luces de las miniaturas, de las vidrieras y de las más refinadas esculturas y pinturas se abren paso con todo su esplendor.

viernes, 13 de julio de 2018

Peñalba y Molinaseca

Vista de Molinaseca (León)
Al este y sur de Ponferrada se encuentran dos de los pueblos más emblemáticos de El Bierzo, comarca leonesa donde se puede oir hablar un dialecto del gallego o dialecto astur-leonés. Limitando al oeste con Galicia, el relieve es montouoso e incluso agreste en ocasiones, como se puede comprobar en el pueblo de El Acebo, siguiendo la carretera hacia el este que conduce desde Ponferrada y Molinaseca. En una desviación se encuenta la pequeña aldea de Compludo y, en sus inmediaciones, un martillo pilón de los que se usaban antes para dar forma al hierro incandescente, aprovechando los rápidos de un río montañés. La captación de agua en la herrería se hace mediante la chapacuña o estacada que permite su embalsamiento.

Molinaseca está en uno de los ramales del camino de Santiago, de lo que se han hecho eco los nativos, que han erigido una estatua al peregrino. En la otra parte del pueblo está el puente medieval que pasa sobre el río Meruelo, de aguas frías por la procedencia de las montañas. Su calle principal, que se configuró antes aún que la propia villa como paso de los peregrinos, permitió ir orillando las casas que daban cobijo, alimento y curación a los aventurados hacia Santiago de Compostela. Dos grandes iglesias, una de ellas dedicada a San Nicolás, tiene una torre de planta cuadrada en cuya parte superior, con sillares labrados regularmente, se nota el estilo herreriano. 

En verano se despliegan las mesas para los turistas en las plazas y calles de Molinaseca, en una de las cuales se levanta una mansión con escudos empotrados en sus esquinas. Otras casas más modestas muestran las balconadas de madera adornadas con profusión de flores, porque el Bierzo, aunque con matices comarcales, tiene un clima tórrido en verano, sobre todo en lo profundo de los valles, donde se pueden cultivar las más variadas frutas. Casas, en fin, con fuertes puertas arqueadas y muchas de ellas reconstruidas en los años de la bonanza económica. En uno de los extremos del pueblo un "cruceiro" como los que se pueden ver en Galicia, precisamente allí donde se producen cruces de caminos. 

Por carretera tortuosa, bien desde Molinaseca o desde Ponferrada, se va en dirección sur a Peñalba de Santiago, a donde llegaron, sin este nombre aún, los mozárabes que construyeron la pequeña iglesia que es joya de dicho estilo cristiano-musulmán. Los arcos de herradura muy pronunciada sobre finísimas columnas, el interior sobrio, los muros de mampuesto y, alrededor, el pequeño caserío que ahora se adorna con algunos restaurantes para todo tipo de gentes. 

El pueblo queda aislado algunos días del año, cuando la profusión de las nieves, pero también cuando las tormentas veraniegas arrastran con sus riadas la tierra removida y la vegetación quemada de los incendios forestales. Distinto este aislamiento del que eligieran los eremitas que formaron lo que hoy se llama la Tebaida berciana, y de la que Peñalba será seguramente su centro. Cerca, uno de los monasterios más sobresalientes de entre los que no suelen conocerse por quienes no se apartan de las grandes rutas.

martes, 10 de julio de 2018

Un paisaje de G. Abbati

Camino rural con cipreses (óleo sobre lienzo). Palacio Pitti


Castiglioncello es un pueblo de la costa toscana donde la mayor parte de sus habitantes viven de la pesca y del turismo. Una de las atracciones de la localidad, además de las geográficas, se remonta a los pintores que se reunieron allí en el siglo XIX para intercambiar experiencias; eran los macchiaioli, en alusión a las manchas de color que utilizaban para sus composiciones. 
 
A este grupo perteneció el napolitano Giuseppe Abbati que, como muchos otros románticos (la técnica de su pintura es impresionista) murió joven, a los 32 años. También como romántico participó en las luchas de los garibaldinos por conseguir la unidad de Italia y la república que no pudo ser.

En la obra de arriba, realizada en torno a 1860, vemos una muestra de su arte: los cipreses enhiestos y otros abatidos al lado de un camino solitario. Es un óleo sobre lienzo de pequeño formato (28 por 37 cm. que se encuentra en el Palacio Pitti de Florencia. Otros ejemplos de la pintura de Abbati son el “Paisaje de Castiglioncello” (1860), de tonos terrosos y observado a más larga distancia, “Claustro”, donde el autor concede mayor interés a unas piedras en primer plano amontonadas, sobre las que se proyecta la luz, mientras que el interior del claustro permanece obscuro (1861) y el “Retrato de una mujer”, también en el Palacio Pitti, realizado en 1865 aproximadamente. Aunque el tema es realista (la mujer está sobriamente vestida, de perfil y junto a una silla, su rostro denota la técnica impresionista, aunque las formas están más definidas que en otros impresionistas, sobre todo franceses.

domingo, 20 de mayo de 2018

España y el nacimiento de la Republica portuguesa



Con motivo del cambio de régimen en Portugal, a partir de finales de 1910, las autoridades españolas (estaba al frente del Gobierno el liberal José Canalejas) mostraron su preocupación por si los desórdenes del país vecino pudiesen contaminar a España. El historiador Javier Tusell, en su libro “Alfonso XIII, el rey polémico”, señala que hubo intentos de actuar militarmente por parte de España para restablecer la monarquía o para evitar el contagio.

A principios de enero de 1911 –dice Tusell- Canalejas pidió hablar con el embajador británico para hablarle de ello, pero que España no actuaría sin el concurso de Gran Bretaña. Sabido es que, al menos desde 1703, Portugal ha sido una colonia económica británica, por lo que los intereses de los ingleses debían quedar garantizados. También se habló de la posible unión entre los dos países, aunque manteniendo sus peculiaridades. Quizá una reedición de los reinados de los “tres Felipes”. Los británicos no estuvieron de acuerdo ni con una cosa ni con la otra, por lo que el asunto, por el momento, quedó olvidado.

Por su parte, el rey Alfonso XIII, ya desde el asesinato del rey portugués Carlos, había estado interesado en una política de solidaridad dinástica, lo que luego se demostró con el rey Manuel, el derrocado con la revolución republicana de 1910. La propuesta de Canalejas quizá pudo ser hecha para disipar toda posibilidad de intervención española, al poner en guardia a todas las partes interesadas. Entre los papeles de María Cristina (madre del rey español) –dice Tusell- se encuentran algunas referencias acerca de la posición en algunos medios de los dirigentes españoles. Canalejas, como se ha dicho, era contrario a la intervención, pero en un documento se lee: “García Prieto propició la Restauración [monárquica en Portugal] pero, ministro de Canalejas, no puede hacer mucho”.

La postura de Montero Ríos (suegro de García Prieto), así como el marqués de Riestra, fue partidaria de apoyar a los emigrados monárquicos que habían encontrado refugio en Galicia. El nuncio se hizo eco de las aspiraciones de Alfonso XIII sobre la unión ibérica aprovechando la crisis en Portugal. Parece que se preparó un ejército de unos 20.000 hombres y tanteado a los embajadores de Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos y Austria respecto de dicha intervención en Portugal, pero todos esos estados desaprobaron la propuesta.

Aunque esto no trascendió a la prensa de la época, Canalejas lo desmintió en público y Gabriel Maura publicó un artículo en el que decía que “la sola hipótesis de nuestra inmediata intervención en Portugal equivale a suponer presa de un ataque de vesania a todos los ministros españoles”. No obstante –decía el citado- si estallara una guerra civil en Portugal o las potencias europeas delegasen en España, las cosas podrían cambiar. Parece que en el verano de 1911 García Priego favoreció la introducción de armas e Portugal por deseo del rey para favorecer la restauración de la monarquía en el país vecino, a lo que Canalejas se opuso. Pero llegó un momento en que Portugal dejó de ser un problema para la monarquía española y los informes de la policía que llegaban al rey se referían más a los movimientos de españoles como Lerroux o Sol y Ortega que a los socialistas y anarquistas.

Los exiliados monárquicos portugueses intentaron en dos ocasiones, años 1911 y 1912, infiltrarse desde España a Portugal promoviendo una sublevación, pero fracasaron y así llegó el momento en que el Gobierno español reconoció al régimen republicano portugués.

(Ver aquí mismo “Galicia, base de operaciones monárquicas” y “Contradicciones de la primera República portuguesa”).