lunes, 26 de octubre de 2020

Hacerse rico siendo clérigo

 

                                            Falces (Navarra)  turisbox.com/lugares/?p=17244

Según ha estudiado M. Carmen Jiménez Zubiría[i], fue la carrera eclesiástica la que permitió a José de la Peña, clérigo del siglo XVII, hacerse rico. Nacido en 1592 en Valtierra[ii] de una familia de mesoneros, tejedores, molineros y un procurador, fue obispo de Ourense entre 1659 y 1663, pasando luego a la diócesis de Calahorra y La Calzada desde el último año citado hasta 1667. Se había ordenado sacerdote en 1617, habiendo estudiado en la Universidad de Valladolid  y luego en la de Irache; fue canónigo en Valladolid, consultor de la Inquisición, juez apostólico, gobernador eclesiástico, juez y examinador en Ávila, gobernador eclesiástico en la misma diócesis, provisor y vicario en Ávila y Valladolid y canónigo en Ávila. Tenía beneficios eclesiásticos, además, en Andosilla, Falces[iii] y Valtierra, y cuando había quedado vacante en 1633 un beneficio en ésta última, optó a él obteniéndolo contra las aspiraciones de un estudiante de artes ordenado de prima tonsura.

Se dedicó a la inversión en tierras, casas y censos; en 1633 adquirió una hacienda en Valtierra, en 1635 otra y en 1666 una tercera. Por su parte, M. Pazos Rodríguez señala que las rentas del obispado de Ourense ascendían de seis a siete mil ducados anuales, mientras que las de Calahorra 24.000 ducados. En 1666 fundó un mayorazgo con sus propiedades para favorecer, con el tiempo, a un sobrino suyo de nombre Francisco de la Peña, por el “particular amor y afición” que le tenía, pero Jiménez de Zubiría nos aclara que el tal sobrino no era precisamente un santo; de entre los numerosos actos de violencia en los que se vio incurso uno fue el enfrentamiento con un Baltasar Lesaca, aunque no se conocen los motivos, pero sí que Lesaca fue asesinado por Francisco de la Peña. Otros actos por su parte se resumen en sacar la espada amenazadoramente en la iglesia y en la casa de Ayuntamiento de una villa.

En el siglo XVII ya podían fundar mayorazgos los que no tuviesen títulos de hidalguía o nobleza, y aquí estuvo otra de las intenciones del clérigo José de la Peña, hacerse hidalgo oficialmente, porque los de éste título gozaban de una serie de inmunidades y privilegios, unos de tipo inmaterial y otros más prácticos, como no poder ser embargadas sus propiedades en caso de tener deudas civiles, así como la exención fiscal, entre otras, en tributos concejiles.

Pero tantos afanes y precauciones no evitaron que llegase el día de su muerte, en 1667, un año después de su última adquisición inmueble, como hemos visto. Los cabildos de Albelda y Logroño (colegiatas) se reunieron para establecer la forma del entierro (ante la inminencia de la muerte), así como las funciones que habían de hacerse en relación con su sepelio. Hubo ya desacuerdo en cuanto al lugar que el obispo había elegido para ser enterrado, a la entrada del coro de la colegial de Santa María la Redonda en Logroño. El cabildo de esta iglesia exigió que antes del entierro le fueran entregados 500 ducados de vellón, precio en el que había estipulado el valor de la sepultura.

Se pagó por su heredero dicha cantidad y el obispo fue enterrado donde deseaba cuando falleció. Además de en Logroño, la muerte del obispo tuvo mucha repercusión en otras localidades, una Calahorra, sede de la diócesis. También en Valtierra, donde tenía destinada una sepultura que el alcalde y los regidores habían acordado desde un año atrás en la iglesia parroquial.

Por su parte, el mayorazgo de los de La Peña perduró hasta mediados del siglo XIX, desarrollando los herederos del mismo una política matrimonial encaminada al aumento del patrimonio, por medio de casamientos con destacados linajes.



[i] “Aproximación biográfica a la figura de D. José de la Peña García…”.

[ii] Al sur de Navarra.

[iii] Las dos villas al sur de Navarra, cerca de Valtierra.

domingo, 25 de octubre de 2020

¿Un infante masón?

 

                                                              Palacio Barberini en Roma

En 1827 en ambientes políticos franceses se especuló con la posibilidad de coronar al infante Francisco de Paula[i] (hermano menor del rey español Fernando VII), emperador de México. Monsieur de Villele[ii] y otros plantearon el proyecto a Fernando VII, pero éste lo rechazó, por lo que el rey de Francia, Carlos X, tampoco lo aceptó.

El proyecto vino después de que, en 1822, se proclamase el Imperio brasileño con Pedro I de Braganza como primer monarca. El México, un año antes, se había establecido el Imperio de Agustín I, que solo duró dos años, por lo que representantes del infante Francisco de Paula habían comenzado sus negociaciones para que se reconociese en el trono mexicano al infante, para lo que ya se tenía a un gobierno en la sobra preparado, pero todo ello quedó en un mero proyecto, pues el rey Fernando VII lo desautorizó.

Aún hubo una intervención militar española procedente de Cuba en 1829, desembarcando en Tampico[iii], animada por mexicanos que estaban descontentos con el gobierno independiente de su país. La batalla de Pueblo Viejo[iv], que tuvo lugar en septiembre del año citado, marcó el final de la expedición española en México. El infante intentó suspender el proyecto, pero ya tenía una cuantiosa deuda apara obtener los apoyos que se consideraron necesarios.

Pasado el tiempo, el infante y su esposa, la napolitana Luisa Carlota, se encontraban en París (1839) bajo la protección de la reina Amalia, esposa de Luis Felipe de Orleáns, el cual notificó al embajador español que prefería ver a la pareja en Nápoles cuanto antes. Por su parte, en España algunos progresistas partidarios de Francisco de Paula, hicieron circular varios textos con ideas donde se calificaba al infante de “virtuoso y popular, a quien la libertad nacional debe su existencia y que sin él y su decisión estaríamos hoy abrumados con el peso de las cadenas…”. Ciertamente, durante la guerra carlista, en 1837, Francisco de Paula había recorrido a caballo, acompañado de sus ayudantes, toda la línea de defensa de las fuerzas liberales para evitar la entrada en Madrid de los carlistas.

Por su parte, Antonio M. Moral Roncal[v] considera infundada la idea de que el infante Francisco de Paula fuese masón, aunque mantuviese contactos con los progresistas sobre todo después de 1839. Contradice en esto a quienes sostienen que el infante había dirigido la masonería española desde diez años antes. El autor citado argumenta que para los ultrarrealistas, cualquier posición moderada, como la manifestada por el infante en el Consejo de Estado, o cualquier acercamiento a los afrancesados que se insertaron en la administración fernandina, era calificada de liberal y, por ende, masónica, pero no existen pruebas documentales de ello.

Un funcionario contemporáneo como José Arias Teijeiro[vi] lo negó abiertamente, y cuando los masones fueron perseguidos con menos saña una vez muerto Fernando VII, se les permitió acceder a cargos públicos, aunque esta política duró poco, pues siguió otra de persecución y proscripción que hizo muy difícil la vida masónica. Tan solo existe una alusión al escándalo que ocasionó el exilio francés del infante y su familia en 1838 por las fatales consecuencias que –según creían- sobrevendían al Partido Progresista, con el que Francisco de Paula y su esposa, Luisa Carlota, mantuvieron contactos por medio de destacadas figuras del liberalismo español, y algunas de ellas pudieron ser masones o informantes del Grande Oriente Nacional.

Algunas fuentes masónicas oficiales, años más tarde, adjudicaron al infante el grado de Gran Comendador en el bienio 1844-1846, pero ya lo habían situado en el mismo cargo desde 1839. Para Ferrer Benimeli, quizá el máximo especialista en la masonería española, resulta “surrealista”. El único miembro de la familia real cuya adscripción a la masonería está documentada fue un hijo de Francisco de Paula, el infante don Enrique, que nada consiguió políticamente con ello. Éste sí fue un infante masón, pero sin trascendencia alguna; su padre, hermano del rey, no.


[i] Nació en Aranjuez en 1794 y falleció en Madrid en 1865.

[ii] Fue primer ministro de Francia en varias ocasiones, de opinión ultramonárquica.

[iii] En la costa del golfo de México.

[iv] Se conoce también como batalla de Tampico. Se trató por parte de la expedición de restaurar el antiguo régimen y de devolver México a la soberanía española. Puede que los intereses de unos y otros fuese distinta.

[v] “El infante Francisco de Paula Borbón”. En esta obra está basado el presente resumen.

[vi] Nacido en Pontevedra (1799), fue un carlista cuyo testimonio cobra interés al no simpatizar con el moderantismo del infante.


Un humanista estudioso de la agricultura

 

                                                                       lovetalavera.com

Teofrasto, uno de esos filósofos entendidos en muchas materias, como solía ocurrir en la antigüedad, que vivió entre los siglos IV y III antes de Cristo, es citado por Gabriel Alonso de Herrera en su “Obra de Agricultura…”[i], publicada por primera vez en 1513. Dice el filósofo griego que de las muchas formas de plantar árboles, él se limitará a hablar de tres, pues lo que le interesa es la utilidad que puede tener para los labradores, ya que los que nacen de forma natural en los montes los deja para contemplación de los filósofos “que escudriñan los secretos”.

Alonso de Herrera escribe su obra en lengua romance pues, sabiendo que la mayor parte de la población se dedica a la agricultura en el siglo XVI, los que sabían leer o quienes les podrían ayudar, la encontrarían más útil que si estuviese escrita en latín. Dice por ejemplo de las berenjenas que no encontró palabra latina alguna para referirse a ellas, aunque no tiene solo a los clásicos como fuentes, sino también a autores medievales cristianos y musulmanes, además de la experiencia acumulada en sus viajes. Fue, en efecto, el primero que usó el castellano para una obra de esta naturaleza.

Lo que muy posteriormente se ha conocido como agricultura de rozas por el fuego, ya lo expone nuestro autor: “porque las raíces de las yerbas y plantas se queman y hacen ceniza, con la cual… se estercola la tierra”. De Columela[ii] toma el concepto de “terebra gallica, que algunos dicen que es taladro”, refiriéndose con ello a la gubia, que nosotros conocemos como herramienta de carpinteros. En cuanto a las técnicas dice que los labradores suelen elegir las más seguras y baratas, pero que hay otras “de gentileza”.

Comentando de nuevo a Columela dice que si en el vino cayese alguna sabandija, culebra o ratón y se ahogase, debe cogerse el animal y quemarse para hacer ceniza de él, de forma que cuando se enfríe se eche al vino y luego se agite… “pero si alguno esto hiciere, véndalo a quien no lo sepa o a gente de guerra”.

Se puede decir que la “Obra de Agricultura” es un tratado científico[iii] tanto por su contenido como por sus aspectos formales, siendo estos la claridad y precisión al servicio del rigor y de la utilidad, pero Alonso de Herrera no es objetivo, sino que se implica y da su opinión sobre una serie de asuntos empleando cierta retórica para mantener la atención de los lectores. Dice, por ejemplo, de una hierba que conocemos como poleo que va a hablar de ella antes de hacerlo sobre los puerros.

Sobre los árboles dice que no dan tanto trabajo como las viñas “y hay más provecho y deleite; en las frutas placer; ver la frescura de las hojas, los colores y olores de diversas maneras de flores…” y, a pesar de ser considerada una obra científica, se entretiene en decir que los árboles dan “sombras en verano, músicas suavísimas de paxaritos que gorjean…”. El afán didáctico –dice la autora a la que sigo- le lleva a ilustrar sus afirmaciones con alusiones a la vida cotidiana que aparecen como pequeños cuadros de costumbres. Aconseja sembrar los garbanzos lejos de los caminos debido a que “cuando están tiernos no pasa ninguno que no lleve un manojo, pues si mujeres topan con ellos, no hay granizo que tanto daño les haga”.

Recomienda que se poden las viñas “con herramienta muy aguda, y no como algunos hacen, tirando dellas, que es muy dañoso, que atormentan la vid… esto es como si a uno le quisiesen quitar los cabellos, quitárselos a repelones…”. Para insistir en la importancia de determinadas labores, Alonso de Herrera se habla a sí mismo, como si fuese el propietario de una tierra: “labro yo mis olivas y… trabajo todo en ellas y por no trabajar en el coger arriéndolas a quien no deja una aceituna…”.

Cuando habla de las hortalizas sigue un orden alfabético estricto, excepto en el caso de las berenjenas, planta asociada a los musulmanes: “común opinión del vulgo es –dice- que las berenjenas fueron traídas a estas partes por los moros cuando de allende pasaron en España, y que las truxeron para con ellas matar los cristianos”, añadiendo luego que “es la más mala de todas las yerbas que he escrito” e igualmente la más trabajosa y penosa de nacer. Hay árboles –dice- que deben plantarse en grupos y no mezclando una especie con otra: “por ende conviene que, como en los pueblos bien regidos están repartidos los oficios, en un cabo mercaderes, en otro plateros, por sí los herreros, los libreros en otra calle… y aún los que no son de una ley no están juntos, que a un cabo viven los cristianos, a otro los moros, a otro los judíos…”, alegrándose de que los musulmanes hubiesen sido obligados a convertirse al cristianismo y de que se tomase la ciudad de Orán[iv].

Consciente de los vicios de algunos grupos sociales dice que algunos nobles de Castilla, “que de muy assados los hígados han venido en total corrupción y muerte muy temprana… A estos tales nobles que en lugar de ser la mejor lanza, procuran ser la mejor taza, de misericordia los curaría yo…”, en lo que demuestra que está interesado por la agricultura, por la sociedad de su época y por un estilo muy en consonancia con el humanismo de la época.

Gabriel Alonso de Herrera nació en Talavera de la Reina quizá algo antes de 1470, y murió en 1536, perteneciendo a una familia en la que dos hermanos suyos fueron músico y profesor en Alcalá de Henares, Diego y Hernando respectivamente.


[i] “Obra de Agricultura compilada de diversos autores”.

[ii] Siglo I de nuestra era.

[iii] Consolación Baranda, “Ciencia y Humanismo…”. En esta obra se basa el presente resumen.

[iv] Al frente de las tropas españolas estuvo el cardenal Cisneros en 1509, además de Pedro Navarro, noble navarro que participó también en las guerras de Italia, pero sirviendo al mejor postor.

sábado, 24 de octubre de 2020

El arroyo Pellejero y otras tierras manchegas

 


El arroyo Pellejereo, que algunos llaman río, bordea la villa de Torralba de Calatrava, entre Ciudad Real y Daimiel, discurre de sur a norte hasta desaguar en el Guadiana y, muy cerca de donde se juntan estos dos cursos de agua, se encuentra el castillo de Calatrava la Vieja, que se nota fue destrozado y reconstruido varias veces.

Desde Calatrava la Vieja, en dirección sur y pasando por Ciudad Real, luego en dirección oeste, se llega a Alcolea de Calatrava, y de aquí, otra vez pasando por la capital provincial, a Almagro, que tiene como más importante su plaza de soportales con un largo entablamento sobre el que se levantan dos cuerpos de viviendas. Al sur está Granátula y más al sur Calatrava la Nueva con su castillo que fue además convento, resultando el aspecto actual, ruinoso, aún interesante por los muchas partes de que consta. En dirección noroeste está Caracuel, que cuenta también con castillo ruinoso donde destaca la torre.

Estas tierras manchegas, además de ser las centrales de la Orden de Calatrava, fundada a mediados del siglo XII, fueron las que sufrieron, también, sublevaciones, guerras y codicias entre unos y otros. Muchos de los de Calatrava la Vieja, por ejemplo, contribuyeron a la sublevación de Omar Ibn-Hafsun contra los emires cordobeses bastante antes de que existiesen los caballeros calatravos, entre los siglos IX y X. Luego, dependiendo Calatrava la Vieja de los abasíes, a mediados del siglo XII, los adalides de Toledo quisieron hacer incursiones en tierra de los musulmanes, pero un caudillo de estos llamado Jarax les venció y el principal de los adalides cristianos “fue a servir de adorno a una de las almenas del castillo de Calatrava en donde estuvo algún tiempo meciéndose y siendo del aire juguete despreciable”[i].

En el castillo calatravo se hospedó el rey castellano Alfonso VIII tras la victoria cristiana de las Navas de Tolosa (ahora en tierras jienenses) y distante unos cuarenta kilómetros en línea recta. El castillo contaba con foso que quizá contenía agua y aún hay muros y torres cuadrangulares, además de la iglesia con forma de fortaleza, que pasó de mezquita a iglesia y viceversa varias veces. Muy cerca, hacia el este, se encuentra lo que queda del castillo de Salvatierra, el muro de una torre sobre una formación rocosa que es la verdadera fortaleza, dominando la llanura y las lomas más alejadas. En 1213 los cristianos tomaron dicho castillo y lo entregaron a la Orden de Calatrava, quizá conservando algunos restos de época romana.

En cuanto a Almagro, se sabe que en 1273 se celebraron Cortes en la villa y desde finales del siglo XIII tuvieron aquí su sede los maestres de la Orden de Calatrava, en un palacio que modernamente fue casino y luego cuartel, habiéndose hospedado en él el rey Pedro I en 1355.

Volviendo al arroyo Pellejero y su confluencia con el Guadiana (punto donde se encontraba la Libatrum de la que habla Tito Livio) se cruzaban las calzadas romanas que de Andújar y Cazlona[ii], por Oreto[iii] y Almagro, de Mérida por Almadén, Caracuel y Alarcos, llevaban a Consuegra y Toledo. Oreto habría sido destruida por los musulmanes, junto a Mentesa, siendo sustituida aquella por Almedina[iv] y la segunda por Calatrava la Vieja, aunque sobre esto último no hay total acuerdo.


[i] “Paseo artístico por el Campo de Calatrava, obrita publicada a finales del siglo XIX por Rafael Ramírez de Arellano, académico de San Fernando entre otros méritos.

[ii] Cástulo, en el municipio jienense de Linares. Ha estudiado esto Aureliano Fernández Guerra.

[iii] Cerca de Granátula, hoy se encuentra un yacimiento de épocas visigoda y musulmana. Es la población que dio origen al término Oretania.

[iv] En el extremo sudeste de la actual provincia de Ciudad Real.


viernes, 23 de octubre de 2020

Las Dos Sicilias y la Revolución

 

                                         https://www.turitalia.com/ciudades_italia/benevento_italia.html

“Las semillas esparcidas con mano pródiga por los escritores y filósofos…” -dejó escrito Ángel Saavedra, duque de Rivas- y otras circunstancias dieron el fruto de la Revolución Francesa, causando, como en otras partes, gran preocupación en el reino de las Dos Sicilias, que procuró algunas alianzas sin conseguirlo. Preparándose para una guerra que se veía inevitable, se encargó de ello al ministro Acton, empleándose éste en los arsenales, las fundiciones, las levas, “voluntarios y criminales”.

En otro orden cesaron las reformas que se habían llevado a cabo, se cerraron las academias, hubo persecuciones, se retiraron libros de la circulación, prohibiéndose y quemándose las obras de Filangeri[i] y otros escritores liberales, el clero y la policía todo lo perseguían, y se produjo la fuga de la familia real de Caserta, donde se encontraba su palacio, cerca de Nápoles.

Fue entonces cuando el almirante francés Latouche, con catorce navíos, fondeó en el puerto, muy cerca de Castel dell’Ovo[ii], lo que obligó al rey a reunir a su consejo, constatando que en el reino había muchos jacobinos y republicanos que simpatizaban con los mismos de Francia, por ello se prefirió firmar un acuerdo de neutralidad y el almirante francés se retiró con sus naves.

No tardó en dar vuelta debido a un temporal y fondeó en Nápoles, desembarcando la tropa, lo que satisfizo a los perseguidos, a los que estaban escondidos, a los que tenían las nuevas ideas, que se acercaron a sus huéspedes y estos hicieron regalos entre la población. Cuando se hubieron ido al amainar el tiempo, la reina[iii] siguió con los preparativos para la guerra, lo que llevó a debilitar las arcas del Estado, siguiendo persecuciones y se consideraron perniciosas las reformas que habían hecho Carlos III y Tanucci, al contrario, se dio poder al clero adverso a toda innovación.

Se formó entonces una coalición formada por Inglaterra, España, Cerdeña y las Dos Sicilias, rompiendo la neutralidad que había firmado éste reino: una escuadra se dirigió a Tolón incendiando la ciudad y regresó para unirse a los ingleses en su expedición contra Córcega. De igual manera Dos Sicilias contribuía a la guerra en Lombardía con más de cuarenta mil hombres. La situación económica empeoró, por lo que se recurrió a empréstitos a los que acudieron los bancos.

Por si esto no fuese poco se produjo una erupción del Vesubio, cuya lava destruyó gran parte de Torre del Grecco[iv], además de los campos y casas de Resina[v].

Surgieron sospechas de conjuraciones para justificar las persecuciones, llenándose los calabozos y tuviron mucho trabajo los verdugos, aunque el ejército de Dos Sicilias combatía con éxito, al lado de Prusia, en Lombardía; la armada, por su parte, vencía también en los mares de Savona, en Liguria.

Llegó el momento en que los ejércitos franceses de Bonaparte inundaron el norte de Italia, con gran éxito de victorias, destruyendo gobiernos y formando repúblicas. Por su parte habían hecho la paz Cerdeña, Prusia y España, negociándola Dos Sicilias en París con la condición de respetar la neutralidad, desarmar a sus ejércitos y el pago de treinta y dos millones de reales. La guerra, por su parte, seguía contra el papa, a pesar del tratado de Tolentino[vi] quedando al mando del general Berthier los ejércitos de Italia, el cual mandó un ataque contra Roma donde parte de la población se sublevó a su favor.

El papa se encerró en el Vaticano, mientras que en 1798 se proclamaba la República Romana, para lo que se pidió al papa reconocimiento a la misma. Como Pío VI[vii] no se prestara a ello, sacado de su palacio, viajó prisionero de un punto a otro hasta morir en el castillo de Valenza del Po[viii]. Al tiempo llegaron noticias de que se acercaba una escuadra francesa dispuesta a desembarcar sus tropas, por lo que el gobierno de Dos Sicilias aumentó las baterías y defensas de sus costas y estableció un cuerpo de observación en el Garellano (cerca de Nápoles) y en la frontera de Abruzzo.

La Francia revolucionaria exigió la expulsión del embajador inglés, el destierro del ministro Acton y paso franco para las guarniciones de Pancorvo y Benevento; también el vasallaje de Nápoles a la república romana y el pago de un tributo anual de 140.000 ducados. El rey de Dos Sicilias aceptó algunas de dichas exigencias, pero no otras e incluso dejó de cumplir algunas, mientras que la reina, por medio de Acton, llegó a un acuerdo con Austria, Rusia, Inglaterra y Turquía para guerrear contra Francia.

Las noticias que llegaron de la derrota bonapartista en Egipto a manos de los ingleses reanimaron a los partidarios de la monarquía de Dos Sicilias, dando a Nelson un gran recibimiento en Nápoles por su victoria en Abukir (en la costa mediterránea de Egipto). De nuevo la neutralidad pactada era violada por las dos partes, el rey de Dos Sicilias pactó la recepción de grandes subsidios con Inglaterra y se preparó para seguir la guerra contra la Francia revolucionaria. Bonaparte, no obstante, tendría que esperar a 1805 para dominar Dos Sicilias, si bien el Congreso de Viena restauró la monarquía tradicional diez años más tarde y añadió a los antiguos territorios los de Benevento y Pontecorvo (ambos al norte de Nápoles).

Que el nuevo rey Fernando I optase por no modificar gran cosa las reformas hechas por los franceses no evitó que, en 1820, al calor de los acontecimientos en España, se rebelasen los liberales contra su monarca, sin éxito por la intervención de un ejército austriaco en 1821.



[i] Gaetano Filangieri murió un año antes de que se iniciase la Revolución Francesa; fue experto en legislación y seguidor de los pensadores ilustrados franceses.

[ii] Fortaleza en la costa napolitana.

[iii] María Carolina de Austria, gobernó de facto en dos períodos, pues el rey Fernando IV estuvo acostumbrado a regentes desde su minoridad.

[iv] Hoy forma parte del área metropolitana de Nápoles.

[v] Hoy Ercolano, en la misma área metropolitana de Nápoles.

[vi] Ver aquí mismo “Tolentino”.

[vii] Ver aquí mismo “El ciudadano Braschi y la Revolución”.

[viii] Hoy Valence-sur-Rhône, en el sureste de Francia.


martes, 20 de octubre de 2020

Quemar a vivos y a muertos

 

                                                     Plano antiguo del centro de Valladolid

“En Valladolid, a veinte y un días del mes de mayo de 1559, se hizo Auto de la sancta Inquisición, en la Plaza Mayor y las personas que salieron son las siguientes: Relaxados y quemados…”. Y a continuación se expuso la lista de los condenados –dice Fernández Álvarez[i]-, encabezada por Agustín de Cazalla, “capellán de la S. M. y su predicador…”.

En un texto del autor citado, titulado “Se encienden las hogueras”, se relata lo ocurrido en Valladolid y Sevilla entre 1559 y 1562, siendo unos doscientos los encausados por la Inquisición, siendo grande la importancia de algunos de ellos, por ejemplo el arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza[ii], que logró su salvación gracias a la intervención del papa Pío V. No así Agustín de Cazalla, orador y acusado de erasmista, al cual de nada le valió haber acompañado al emperador Carlos en varios viajes por el Imperio. Se salvó de ser quemado vivo pero no de morir ajusticiado, probablemente por un pacto con el inquisidor fray Antonio de la Carrera, que le visitó la víspera en la prisión; pero una vez muerto fue quemado su cuerpo en la hoguera.

Ese pacto le fue reprochado por el bachiller de Toro, Herrezuelo, el cual sí sufrió la bárbara pena de ser quemado vivo por “relaxado… herege pertinaz”.

También fue encarcelado por la Inquisición de Valladolid fray Luis de León, debido a las denuncias por herejía que algunos llevaron a cabo. El agustino había explicado en sus clases que la versión latina de la Vulgata no tenía la debida validez, contra lo que había establecido el Concilio de Trento, y había traducido al romance El Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento, lo que estaba prohibido por el mismo Concilio.

Que uno de los denunciantes fuese dominico hizo pensar que podría tratarse de la rivalidad entre predicadores y agustinos, pero lo cierto es que la Inquisición envió un comisario para hacer las averiguaciones, el cual comprobó los antecedentes conversos de fray Luis, y esto le predispuso contra él: decidió encarcelarlo, siendo el año 1572, y así estaría fray Luis más de cuatro años antes de que se sustanciase si era culpable o no. Ante las dudas de quienes querían una pena severa y quienes querían castigarle con una pena leve, en 1576 el Tribunal Supremo de la Inquisición, presidido por el cardenal Quiroga[iii], le absolvía.

No obstante se obligó a retirar de la venta su traducción del Cantar de los Cantares, y se le ordenó que guardase secreto sobre todo lo que se había tratado en el proceso, so pena de ser castigado con el máximo rigor, dice Fernández Álvarez. No debían tener la conciencia tranquila los que le habían tratado como aquí se ha dicho.


[i] “El monje y la Inquisición”.

[ii] Ver aquí mismo “Carranza, un reformador condenado”, “Pueblos de inquisidores” y “El Tenebrario”.

[iii] Desde 1577 arzobispo de Toledo.


lunes, 12 de octubre de 2020

Las guerrillas contra el francés

 


Parece que la guerra de guerrillas, por primera vez, se practicó en España a partir de 1809 con motivo de la ocupación francesa de parte de su territorio. Incapaces de mantenerse en campo abierto ante tropas superiores en número, armamento, preparación, técnica y movilidad –dice M. Artola- los españoles abandonaron la guerra regular a partir de los ejércitos concentrados en la línea del Ebro. Perseguidos por el invasor, terminaron por disgregarse en una proporción decisiva, gracias a lo cual el número de víctimas y prisioneros fue pequeño, mientras que los españoles conservaron al terminar la guerra su entera capacidad combativa.

Las catástrofes de Zornoza[i], Gamonal[ii] o Tudela fueron responsables del nuevo planteamiento bélico al dispersar decenas de millares de combatientes por todo el territorio español, desde Galicia a Murcia.

Esto de abandonar las líneas del ejército regular español podría ser considerado como deserción, y de hecho hubo muchos desertores durante la guerra de 1808, pero lo cierto es que la guerra de guerrillas dio sus resultados y los ejércitos bonapartistas fueron vencidos en 1813, aunque la guerra no se dio por terminada sino un año más tarde.

En el caso del ejército de la Izquierda –sigue diciendo M. Artola- de los 37.640 hombres que tenía bajo su mando Blake, no pasaron a las órdenes de La Romana sino unos 10.000. El resto se fue a la guerrilla, formándose partidas con un resultado más que notable. En el caso de Cataluña, donde existía el somatén, las guerrillas se superpusieron a él, aunque corresponden a aquel los éxitos alcanzados en los combates del Bruch (oeste de la actual provincia de Barcelona).

Aunque Juan Martín Díaz, el Empecinado, inició sus ataques a los correos franceses antes de mayo de 1808, el cura Merino se lanzó al campo en enero de 1809 y dos meses más tarde contaba ya con 300 jinetes armados. Las restantes partidas comenzaron con posterioridad, y la Junta Central se vio obligada a redactar un Reglamento de partidas y cuadrillas. En la región del Ebro destacó Renovales, hecho prisionero por los franceses al producirse la capitulación de Zaragoza en febrero de 1809, pero consiguió fugarse con ocasión de su tránsito por Navarra y se refugió en el valle del Roncal. La rendición de Jaca en marzo hizo que entrase en combate Sarasa, y Espoz y Mina se unió al Corso terrestre de Navarra[iii].

El coronel Gayán se convirtió en guerrillero tras la fracasada invasión de Aragón por Blake, que concluyó en el encuentro de María[iv] en junio, y otro es el caso del brigadier Villacampa que, cumpliendo órdenes de Blake, se convirtió en jefe de una partida que hizo del monasterio del Tremedal[v] su base de operaciones.

Julián Sánchez y fray Lucas Rafael actuaron en Castilla y las primeras hazañas de Mina el Mozo en la región de Tudela datan de la primavera de 1809. De los guerrilleros que operaron en el norte, Porlier el Marquesito había combatido en Gamonal antes de convertirse en jefe de partida; Jáuregui el Pastor y Longa surgieron como caudillos por las mismas fechas y, en Galicia, cuando entran los franceses a finales de 1808.

En Cataluña, después de las derrotas españolas a manos de Saint-Cyr, surgirán partidas hasta el fin de la guerra y el somatén se convertirá o será sustituido por el guerrillero, hasta el punto de que los jefes del primero serán los que formen las partidas. Milans del Bosch, un teniente coronel en situación de media paga, fue el primer jefe de los somatenes, cuyos miembros se transformaron en soldados permanentes en pocos meses. Manso y Solá estuvo en Gerona y Rosas antes de convertirse en caudillo de una partida. Franch y Estalella, por su parte, surgieron de los que lucharon en el Bruch.

Como queda dicho, las autoridades se vieron en la necesidad de dar a las partida unas normas para que siguiesen los mismos objetivos: “evitar la llegada de subsistencias, hacerles difícil [a los soldados franceses] vivir en el país, destruir o apoderarse de su ganado, interrumpir sus correos, observar el movimiento de sus ejércitos, destruir sus depósitos, fatigarles con alarmas continuas, sugerir toda clase de rumores contrarios, en fin, hacerles todo el mal posible”.


[i] Al norte de Durango, Vizcaya.

[ii] Hoy un barrio de Burgos.

[iii] Era la partida de Javier Mina.

[iv] A orillas del río Huerva, muy cerca y al sur de Zaragoza.

[v] Al oeste de la provincia de Teruel.

(Fotografía tomada de http://www.guiabizkaia.com/comarcas/duranguesado/duranguesado.php)

Enterramientos al norte de el Argar

 


Un estudio muy interesante muestra las prácticas funerarias realizadas durante el segundo milenio antes de Cristo por las poblaciones que habitaron en el sistema Bético valenciano, particularmente en el llamado Corredor de Villena, pero también en otras comarcas que no estuvieron influidas por la cultura del Argar. Para dichos territorios lo más destacado –dicen los autores del estudio- es el empleo de grietas o covachas para las inhumaciones, fuera de las zonas de hábitat.

El territorio estudiado abarca toda la provincia de Alicante y algunas zonas meridionales de la de Valencia, una superficie cercana a los 6.000 km2, configurándose el paisaje en forma de hoyas o cubetas geográficas de diferentes tamaños y morfologías, siendo una de las más destacadas la de Alcoi, de morfología irregular y atravesada por el río Serpis, en un paisaje muy ondulado en los márgenes y más plano en el centro. A esta hoya se abren una serie de valles que le dan forma ramificada .

En Cocentaina, al norte de la provincia de Alicante, están la cova dels Coloms, considerada por algunos de habitación y por otros para enterramiento; también la cova del Piquet del Baladre, excavada pasada la mitad del siglo XX, y de ella proceden varios fragmentos de cerámica y de molinos, lascas y fauna, pero no han aparecido restos humanos; la cova de la Penya Banyada, en una de las laderas del Pic Negre, parece ser que no ha sido excavada, conociéndose solo un hacha de cobre y algunos fragmentos cerámicos.

En Alcoi, muy cerca de Concentaina, se encuentran la cova de la Boira, correspondiendo el nivel estratigráfico quinto a la Edad del Bronce. Se han encontrado dos fragmentos de cráneo humano junto con puntas de flecha de sílex, molinos y hachas de piedra, un diente de hoz y láminas de sílex; la cova del Cau de les Raboses, que fue escavada a mediados del siglo XX, localizándose a casi un metro de profundidad los restos de cinco individuos en posición fetal separados de lo que podría ser el ajuar. Además, molinos de piedra, fragmentos de cerámica, sílex, caracoles y cuentas de collar discoidales de piedra; y Mas del Corral es un yacimiento donde se encontraron restos de inhumaciones. Según J. Trelis, a quien citan Jover Maestre y López Padilla[i], existían dos niveles de enterramiento, correspondiendo los restos a dos individuos en el nivel superior y a varios grupos de huesos en el inferior. A finales de los años ochenta pasados se localizaron al menos restos de dos cráneos, uno de ellos infantil, así como otros huesos, cerámicas y algunos fragmentos de molinos.

En la gruta de les Llometes, también en Alcoi, se encuentran unos enterramientos –hasta seis inhumaciones- considerados de la Edad del Bronce, pero el material se halla en paradero desconocido, conservándose tan solo una laminilla de cobre o bronce. Al parecer los cadáveres estaban con las extremidades extendidas y los cráneos sobre vasijas cerámicas. En el mismo municipio el Barranc del Sint ha dado un enterramiento consistente en una inhumación en fosa abierta en lo más alto de una de las laderas del barranco, aproximadamente a un kilómetro de la boca de entrada al mismo. El esqueleto se hallaba sobre la roca en decúbito lateral derecho y, como único ajuar, al parecer, una mano de molino fragmentada situada junto al cráneo. Una capa de tierra de unos 50 cm. de espesor cubría éste enterramiento, a la que se superponía otra capa de tierra distinta de unos 20 cm. con cerámicas medievales.

M. S. Hernández, a quien citan los autores del estudio, consideró que se podía tratar de un enterramiento en cueva con niveles de habitación superpuestos, idea en la que insistió más tarde J. Vicens. En Alcoi también se encuentra Ull del Moro, con enterramientos que aparecieron en dos grietas situadas en la falda sur del cerro sobre el que se alza el poblado. En una excavación aparecieron dos cadáveres con sendas lajas aprovechando las paredes rocosas de la grieta. El ajuar constaba, al parecer, de un hacha de piedra pulida, una lámina de sílex y algunas conchas marinas. Otro enterramiento doble se localizó en una tercera grieta de 3 metros de profundidad y una boca de 2,50 por 0,70 metros. En su interior se halló el esqueleto de un adulto y el de un niño, y como único ajuar, un colgante de piedra de color verdoso.

Los autores concluyen que frente a una sociedad de clases y expansiva como la argárica, con prácticas caracterizadas por la inhumación individual dentro del área de los poblados, con diferencias en los ajuares, las comunidades no argáricas por ellos estudiadas conservan sus códigos evidenciados en las prácticas funerarias en cueva o grieta –preferentemente dobles o triples y en ocasiones múltiples- cercanas al asentamiento de habitación. En algunos casos, estos últimos adoptaron como ajuares funerarios objetos de adorno en cobre, plata y oro, como símbolos identificadores de las elites, teniendo su origen, no obstante, en los prototipos argáricos, con independencia de que se trate de manufacturas propias o adquiridas. Por el contrario las armas, auténtico símbolo de las elites del mundo argárico, no fueron adoptadas (que se sepa hasta el momento).


[i] Arqueología de la muerte”.

domingo, 11 de octubre de 2020

Tres mujerzuelas a su servicio

 

El cuadro de arriba fue pintado en el año 1784, obra de Goya, un óleo sobre lienzo de 248 por 330 cm. que se encuentra en Parma, Italia. Para pintarlo se desplazó el artista a Arenas de San Pedro (actual provincia de Ávila) donde se encontraba la familia de uno de los hermanos del rey español Carlos III, Luis de Borbón Farnesio, seguramente hospedado en el castillo del condestable Dávalos, hoy en parte museo, mientras no se construía el palacio que a la postre quedó inconcluso, y que habría de ser su residencia. Se trata de un edificio de planta cuadrada, sobrio, de tres plantas con torres en las esquinas, pero con poco resalte.

Antes, la familia de don Luis había vivido en Velada[i] y Cadalso de los Vidrios[ii]. Cazador tanto como amante de mujeres, por estas localidades y por Arenas de San Pedro emplearía su tiempo.

Este infante, que a los catorce años fue dotado con varias encomiendas para que viviese bien, fue nombrado al mismo tiempo arzobispo de Toledo, también cardenal y poco después designado arzobispo de Sevilla, lo que según Juan Manuel López Marinas, a quien sigo, le representó una renta anual de 160 millones de euros al cambio actual. Es un buen ejemplo para estudiar las mentalidades de ciertas familias en el siglo XVIII, no muy distintas que en el anterior y posterior.

Luis de Borbón Farnesio nació en 1727 y, con el andar del tiempo, como no tenía afición notable, se le quiso buscar sitio en la Iglesia. Parece que la formación de éste infante fue deficiente en todos los aspectos, careciendo de carácter decidido y dominado siempre por alguna mujer de la familia (madre o esposa). Algún historiador le ha calificado de “bon vivant”. Un jesuita encargado de su formación, cuando ya reinaba Fernando VI, medio hermano suyo, dejó escrito que “nunca hallé en S.A. en la útil lección de un libro”.

Pero en cambio sí tuvo una agitada vida amorosa, por lo que llegó el momento en que solicitó al papa la renuncia a los “cargos” eclesiásticos que tenía, además de los emolumentos que ellos representaban. No obstante buscó la manera de seguir viviendo bien, pues en 1761 compró el condado de Chinchón a su hermano cuando éste fue nombrado rey de Nápoles, una vez que dejó dicho puesto su otro hermano Carlos III de España. Pagó por dicho condado más de 36.000 euros al cambio actual, según López Marinas[iii].

La agitada vida amorosa de don Luis le ocasionó una enfermedad venérea que, a pesar de querer taparla, trascendió a la opinión pública, lo que molestó al rey Carlos. El embajador francés en España dejó escrito que “el infante D. Luis tiene una afición a las mujeres… [y que] tenía a su disposición tres mujerzuelas, con quienes se solazaba sin que el Rey lo supiera…”. Pero cuando éste lo supo envió a los que servían al infante de tapadera a un presidio en Puerto Rico; desterró a otros por varios años a sesenta leguas de la Corte (más de cuatrocientos kilómetros); alejó y castigó también a las mujeres y a los padres de estas como cómplices…

Pero llegó el momento en que el infante don Luis quiso contraer matrimonio, o más bien fue empujado a ello, para lo que después de varias opciones, se eligió a una noble aragonesa, doña María Josefa Vallabriga y Rozas, treinta y dos años más joven que el infante, la vual se vio presionada y solo aceptó cuando se le explicó que era una unión ventajosa para la familia. La boda se celebró en Olías del Rey (1776), al norte de la actual provincia de Toledo, con discreción y escaso cortejo, dice López Marinas, pero con la presencia del arzobispo de Toledo.

Al rey Carlos no le agradó dicho casamiento –por ser “desigual”- pero quizá le gustaba menos la vida de mujeriego que llevaba antes el infante, y decretó que éste debía salir de la Corte para siempre y solo usase el título de duque de Chinchón; en cuanto a hijos, no podrían usar el apellido Borbón ni heredar el condado de su padre; debían usar solo el apellido de su madre. Pero Carlos III permitió que el infante tuviese criados.

El infante tuvo cuatro hijos, de los que uno murió prematuramente, y un año antes de que Goya pintase el cuadro de su familia, don Luis falleció (1785), quedando los hijos bajo la tutela del cardenal Lorenzana, arzobispo de Toledo, pues cuando esta dignidad la había tenido don Luis había dado al ahora prelado una canonjía en su sede. En cuanto a la esposa del infante, por orden del rey debía permanecer en Arenas, aunque en 1786 le permitió que se trasladase a Velada, donde permaneció varios años. Cuando ascendió al trono Carlos IV, éste permitió a la señora vivir en Zaragoza, la tierra de sus padres.


[i] Al oeste de la actual provincia de Toledo.

[ii] En el suroeste de la actual provincia de Madrid.

[iii] “El infante don Luis de Borbón…”.