viernes, 15 de diciembre de 2017

F. Camilo y los prodigios del lago Albano

El lago Albano
Dice el griego Plutarco, que escribe entre los siglos I y II, que Furio Camilo, aún habiendo sido un general victorioso, cinco veces dictador, haber celebrado cuatro veces el triunfo y haber sido llamado segundo fundador de Roma, no fue nunca cónsul. Vivió entre los siglos V y IV a. C., cuando fueron numerosos los altercados entre la plebe y el Senado, pues no deseaba aquella que el poder ejecutivo se concentrase solo en dos cónsules. En realidad, durante las dictaduras de Camilo, el poder se concentró en sus manos, por lo que la oligarquía, de una forma u otra, siempre ha gobernado el Imperio aún antes de que la República romana lo fuese como luego se conoció.

Camilo venció para hacerse famoso, a los ecuos y volscos, militando bajo el dictador Postumio Tuberto. Al parecer, siendo herido con un dardo en el muslo, se lo sacó y siguió peleando hasta que consiguió ahuyentar a los enemigos. Parece que esto le llevó a ser nombrado censor, en cuyo cargo excitó a los solteros a casarse con viudas, que eran muchas por las pérdidas en las constantes guerras.

Veyes era por entonces una ciudad etrusca que se encontraba inmediatamente por detrás de Roma en importancia, lo que la llevó más de una vez a enfrentarse con la ciudad latina. Camilo fue general en una de estas guerras, pero al mismo tiempo tuvo que enfrentarse a los falerios y a los capenates, a los que Camilo desbarató y encerro dentro de las murallas de sus poblados. Pero este fue el momento en el que se dio el suceo del lago Albano, prodigio no menos digno de saberse –dice Plutarco - que cualquiera otro de los increíbles como él. Empezaba el otoño y los ríos iban con poca agua, pero el lago Albano, rodeado de montañas fértiles, estaba repleto de agua superando las faldas de los montes y llegando a igualar los collados que tenía alrededor. Los pastores y vaqueros se asombraron, pero cuando el agua se desbordó por los campos hasta el mar, se asombraron todos los romanos e incluso todos los de Italia.

Ocurrió entonces que un romano que se creía adivino entabló conversación y amistad con un enemigo etrusco, diciéndole que Roma no podría ser vencida mientras las aguas del lago no se retirasen por el esfuerzo de los enemigos, lo que repitió cuando el de Veyes le llevó en volandas hasta donde estaba el campamento etrusco. El senado de la ciudad envió entonces mensajeros a Delfos para consultar al dios, los cuales, hecha su navegación, trajeron un vaticinio según el cual el lago bajaría en su nivel de agua si se daba cumplimiento a ciertos ritos latinos, y los ritos eran cavar zanjas y hacer caminos por donde el agua se desparramase y el nivel del lago bajase, lo que así se hizo.

El senado romano nombró entonces dictador a Camilo, que puso el rito conocido de Leucotoe, consistente en introducir una esclava en el santuario, darle bofetadas y después lanzarla fuera, luego de lo cual invadió Camilo el país de los faliscos, pero no antes.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Los barcos del exilio



El "Sinaia" en el puerto de Veracruz (junio de 1939)

Ya antes de acabada la guerra civil española de 1936, pero sobre todo a partir de 1939, varios barcos fueron utilizados por muchos exiliados españoles, fieles al régimen republicano existente y que fue vencido en el último año citado. En varios archivos, pero sobre todo entre los fondos que conserva la Fundación Pablo Iglesias, constan los nombres y circunstancias de los muchos exiliados que tuvieron que utilizar los buques Ipanema, Méxique, Sinaia, Stanbrook y Winnipeg, entre otros, los tres primeros con dirección a México y los dos últimos a Argelia y Chile respectivamente.

Las edades de los exiliados oscilaban ente los 25 y los cincuenta años en la mayoría de los casos, pero también los había más jóvenes y más viejos. La mayoría eran naturales de las zonas españolas que cayeron más tarde bajo en control del ejército sublevado, como es el caso de Madrid, La Mancha, Alicante y Cataluña, pero también de las provincias vascas, de algunas andaluzas y, menos del resto de España. La mayoría eran personas afectas al Partido Socialista y a la Unión General de Trabajadores, pero también encontramos afiliados a Acción Nacional Vasca, al Partido Comunista y otras organizaciones republicanas y de izquierdas. Algunos se encontraban ya en campos de internamiento en Francia, como es el caso del de Gurs y St. Cyprien, en el extremo suroeste de Francia el primero y en el sureste el segundo, no lejos los dos de los Pirineos. Unos fueron acusados por las autoridades franquistas de ser gudaris, otros de formar parte del ejército republicano, de pertenecer a organizaciones democráticas, de izquierdas o, simplemente, no afectas al levantamiento militar.

Uno de los exiliados en el barco Ipanema fue José Abascal Gómez, de 55 años y casado, natural de Santander y afiliado al Partido Socialista y a la UGT. Antes de embarcar estuvo ocupando la barraca 146 del campo de Pigne-Pres de Braham (Aude) y la acusación que pesaba sobre él, técnico de fortificaciones en el norte… Otro es el caso de Benjamín Cáceres de Cáceres, de 38 años, natural de Castuera (Badajoz), afiliado al Partido Socialista y a la UGT e internado en el campo de Bram (barraca 68); maestro nacional de profesión, fue acusado de fundar la agrupación socialista de Castuera, de ser Administrador de la Unión Provincial de Cooperativas Agrícolas y miembro del servicio de investigación militar en el Ebro. Así podríamos seguir hasta unos seiscientos solo en este barco.

Algo más de mil exiliados fueron trasladados en el buque Méxique: Domingo Belmonte Clares tenía 32 años en el momento de su embarque, natural de Murcia y miembro de la CNT, residente en Fortd de Colliure y acusado de ser jefe de la 119º brigada mixta en el ejército republicano. Ángel Martín González tenía 40 años y era natural de Salamanca, siendo miembro del PSOE y de la UGT; estuvo en el campo de St. Cyprien y fue acusado de ser secretario del Partido Socialista en Málaga e interventor de la Diputación en la misma ciudad…

Más de seiscientos llegaron a México a bordo del buque Sinaia: uno es el caso de Carlos Ysern Llombart, de 34 años de edad y casado; natural de Barcelona y miembro de Esquerra Republicana de Cataluña. Vivía en París, número 68 de la calle de la Tour. Las acusaciones que pesaban contra él fueron ser chofer del Presidente de la Generalitat y agente de policía. Juan Vareo Trujillo tenía 23 años y estaba casado, siendo natural de Albacete; miembro de la UGT, estuvo en el campo número 10 de St. Cyprien y fue acusado de ser “miliciano de la cultura”.

Unos 2.600 fueron embarcados en el buque Stanbrook con dirección a Argelia: algunos eran profesores, otros empleados, contables, agricultores, choferes, mecánicos, carpinteros, sin empleo… En este caso no conocemos sus lugares de nacimiento, pero la mayoría eran jóvenes, siendo minoría los mayores de cuarenta años.

Dos mil doscientos uno exiliados fueron embarcados en el Winnipeg, que saliendo de Pauillac (suroeste de Francia) en agosto de 1939, llegó a la isla Guadalupe en el Caribe, pasó el canal de Panamá, llegando a Arica (norte de Chile) y Valparaíso a principios de septiembre del mismo año. Jaime Ferrer Mir ha publicado la lista de los exiliados españoles en Chile.

Aunque fueron las menos, también hubo mujeres, casi siempre acusadas de colaborar con el ejército republicano y de pertenecer a partidos políticos o sindicatos prohibidos por el franquismo. Uno es el caso de Leocadia Vilavella Jubani (exiliada en Chile), otros los de Angelita Abad Soler (exiliada en Argelia), Josefa Barco Hernández (exiliada en México) de 37 años, viuda y nacida en Madrid; afiliada al PSOE y a la UGT, internada en el campo de Harras (Francia) y acusada de ser “enteladora de aviación”. Sirvan solo algunos ejemplos para comprender el drama de estas personas que, en ningún caso, fueron acusadas de delitos comunes, sino de enfrentarse –de una forma u otra- a un levantamiento militar. 

(La fotografía de arriba ha sido tomada de  http://grupodetrabajohistoriasiglo20.blogspot.com.es/2015/08/de-refugiados-transterrados-el-exilio_16.html)

martes, 12 de diciembre de 2017

Heródoto: historia y mito



Ruinas de Delfos

En el Libro VIII de sus “Historias”, Heródoto explica la formación de la flota naval griega reunida en Artemisio, al noreste de la isla de Eubea y por lo tanto al este de la Grecia clásica. Allí la flota fue atacada por el rey persa Jerjes, de forma que después de varios combates la armada griega se retiró hacia Salamina.

Los tesalos condujeron a los persas contra Fócida (al oeste de Anatolia), siendo esto el origen de las disputas entre los tesalos y los habitantes locales, mientras Jerjes dividió a su ejército: la parte que debía atacar a Delfos huyó debido a los prodigios que sucedieron, mientras que los atenienses abandonaron su ciudad embarcándose hacia Salamina, lo que contribuyó al aumento de la escuadra griega.

A Jerjes no le fue difícil apoderarse entonces de Atenas con su ciudadela, a la que prendió fuego, y aquí es donde surge la figura de Temístocles convenciendo a los griegos de que se diese la batalla en Salamina, convocando Jerjes a sus colaboradores para oír sus consejos. Mientras tanto, las tropas aliadas del Peloponeso fortificaron el istmo contra el que se dirigía el ejército de Jerjes, lo que motivó el intento de los griegos de abandonar Salamina si no es por la insistencia de Temístocles.

En otro orden de cosas los tesalos enviaron un mensajero a los focenses, movidos por la aversión y odio que siempre les habían tenido, y mucho después de su último destrozo de manos de ellos, los focenses: estos, obligados a refugiarse en el Parnaso, tenían a su servicio a un adivino llamado Telias, quien encontró una estratagema para la venganza. Embarnizó con yeso a 600 focenses, los más valientes del ejército, cubriéndolos de pies a cabeza con aquella capa, además de sus armas. Luego se dio la orden de que se matase a todos los que no viniesen a blanquear. Cuando se produjo el enfrentamiento con los tesalios, estos, sobrecogidos de pasmo, pensaron que eran fantasmas o apariciones. Tras este terror se espantó todo el ejército tesalio y los focenses dieron muerte a 4.000 tesalios (ya se sabe de las exageraciones en esta materia) y se apoderaron de sus escudos, los cuales consagraron, la mitad en Abas, donde había un oráculo de Apolo, y la otra en Delfos. En ambos lugares se levantaron grandes estatuas.

Pero ¿cuales fueron los prodigios que los persas vieron en Delfos que provocaron su huída? Delante del templo de Delfos se vieron unas armas de guerra que actuaban por sí mismas, y cuando los persas intentaron acometer el templo, cayeron sobre ellos unos rayos salidos del cielo, dos grandes rocas desgajadas con furia bajaron de la cumbre del Parnaso y bajaron precipitados hacia ellos en medio de un ruido espantoso, aplastando a no pocos, mientras dentro de templo de Minerva Pronea se levantó una gran algazara y griterío…

Los músicos de La Tour


Ciego tocando la zanfonía

Al nordeste de Francia, en la región de Lorena, se encuentra Vic-sur-Seille, pequeña población con algunos edificios notables de diversos estilos y una plaza dedicada a Juana de Arco. Aquí nació, a finales del siglo XVI, Georges de La Tour, un pintor barroco que hizo de la luz artificial una de sus características. Los impresionistas, más tarde, pintarán las atmósferas de la naturaleza, del aire libre, los diversos momentos del día, con sombras más o menos tenues, pero La Tour pinta cuadros con fuertes contrastes provocados por una vela o un foco de luz que puede no tener su origen fuera de los límites del cuadro.

Su obra es muy variada (muere a mediados del siglo XVII), desde pintura religiosa (la más numerosa) hasta escenas costumbristas con músicos, pícaros, adivinadoras, ancianos… Entre los personajes religiosos están los del barroco: los pastores adorando a Jesús recién nacido, María Magdalena, San José, San Jerónimo, apóstoles…

“El ciego tocando la zanfonía” ha sido representado varias veces por él, en una ocasión de perfil (la de arriba) y en otra de frente, con cierto detalle en los elementos del instrumento y un cierto expresionismo en el caso del personaje de frente. Dominó el color, donde el rojo y el negro son predominantes en muchas de sus obras, pero también otros como los grises verdosos y blancos, siendo sus personajes populares muy propios del realismo barroco, queriendo escapar definitivamente de los grandes temas mitológicos de la época renacentista.

¿Fue su origen humilde lo que le llevó a pintar escenas costumbristas? Más bien es una cuestión de época, como la preferencia por los temas religiosos en plena Europa contrarreformista, aunque la región donde nació estuvo muy influida por el protestantismo. Lorena fue región de paso entre los Países Bajos e Italia, por lo que La Tour pudo conocer la obra de varios tenebristas a los que imita, pero dando a sus obras un dramatismo particular, con escenas muy íntimas, casi místicas, en medio de una atmósfera oscura, mientras que otras obras (“El tramposo del as de diamantes”) los personajes están frontalmente iluminados en su conjunto.

Los especialistas han encontrado más similitudes en la obra de La Tour con la del neerlandés Honthorst, de su misma generación.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Contradictorio Tito

Busto de Tito Flavio
El Septizonio fue un edificio del que no se sabe gran cosa (distinto al que hizo construir posterormente Septimio Severo) cerca del cual había nacido el que luego sería emperador romano, Tito Flavio, criado, según Suetonio, en la corte con Británico, recibiendo la misma educación y teniendo los mismos maestros que él. En cierta ocasión Británico y Tito bebieron un mismo veneno, pero mientras el primero murió, el segundo, tras larga enfermedad, no. El mismo autor nos dice que Tito sabía escribir con extraordinaria rapidez, compitiendo en ocasiones con los secretarios más diestros y sabía imitar todas las firmas, por cuya razón decía de sí mismo “que pudiera haber sido excelente falsificador”.

Tito se casó con una mujer llamada Arricidia Tertula, pero una vez que esta falleció se unió a Marcia Furnila, de ilustre familia. Más tarde se divorció de ella teniendo con ella una hija. En el campo militar se apoderó de Tariquea y de Gamala, las dos plazas más fuertes de Judea, pero en una de las batallas perdió su caballo, cogiendo el de un soldado que acababa de caer muerto y siguió guerreando. Con el tiempo se hizo cruel, pues hacía perecer sin vacilar a todos los que eran sospechosos. “Citaré –dice Suetonio- entre otros al consular A. Cecina, a quien había invitado a cenar, y que, apenas salido del comedor, fue muerto por orden suya”.

Murió Tito durante un viaje al país de los sabinos, a los 41 años de edad y después de poco más de dos años de reinado. Pero antes Suetonio le dedica algunos reconocimientos laudatorios, pues fue el primero, desde Tiberio, que no anuló las gracias que algunos habían obtenido de sus predecesores. A cambio no despachaba a nadie sin darle esperanzas de que atendería sus peticiones, prometiendo más de lo que podía dar. Tuvo preferencia por los gladiadores tracios y, para hacerse más popular, permitió al pueblo entrar a las termas donde él mismo se bañaba.

Tras la erupción del Vesubio en la Campania y el incendio que sufrió Roma durante tres días, nombró a varones consulares encargados de aliviar la suerte de los que sufrieron aquellas calamidades. Dedicó las riquezas de sus palacios a la reconstrucción de los templos con el objeto de aplacar la ira de los dioses, y como en aquella época había delatores y sobornadores de testigos, les hizo azotar en pleno Foro y, en los últimos momentos de su reinado, llevándolos al Anfiteatro en donde unos fueron vendidos en subasta y otros condenados a la deportación a las islas más áridas.

Estableció, por último, entre otras reglas, que nunca podría perseguirse el mismo delito en virtud de muchas leyes, ni turbar la memoria de los muertos pasado cierto número de años (5), siendo el objeto de esto evitar la disputa por la condición de herederos.  


Caridemo paga con la vida su sinceridad

Ruinas en Gordion
Celenas es una antigua ciudad de Frigia, en el interior de Anatolia, a orillas del río Menderes (antiguo Meandro), donde Alejandro Magno, según Quinto Curcio Rufo, cortó el nudo gordiano y se preparó para ir en busca del rey persa Darío. Como ocurría con frecuencia, cuando un poderoso rey entraba en una ciudad sus habitantes la abandonaban, y así hicieron os de Celenas, refugiándose en la fortaleza que tenían construída.

El legado que envió Alejandro a la fortaleza para convencer a los habitantes de que se riendieran no tuvo éxito, siendo colocado aquel en lo alto para que viese lo inexpugnable que era, pero como Alejandro acotó cada vez más el espacio, los habitantes pidiereon una tregua de sesenta días en espera de recibir ayuda del exterior, prometiendo rendirse si dicha ayuda no les llegaba, como así ocurrió.

Así, llegó a Alejandro la noticia de que Darío aún no había atravesado el Éufrates en dirección este, lo que motivó la prisa del rey macedonio en recorrer Frigia, que según Curcio Rufo, sus poblaciones eran más villas que ciudades, con excepción de Gordio, “antigua y famosa corte del rey Midas”, a orillas del río Sangario. Alejandro se apoderó entonces de la ciudad y entró en el templo de Júpiter (Curcio era de cultura latina).

Par asegurar la retagurdia, encargó a su colaborador Anfótero el gobierno de la flota que estaba en el Helesponto y a Hegéloco el mando de las demás tropas, con orden de liberar de enemigos las islas de Lesbos, Quíos y Cos, para lo que les dio suficiente dinero. También dio dinero a Antípatro y a los que había dejado en defensa de las ciudades de Grecia, dando instrucciones a los aliados para que contribuyesen con determinado número de bajeles que diesen seguridad al Helesponto.

Alejando no sabía entonces que Memnón, uno de los generales más importantes de Darío, había muerto y, entre tanto, había llegado a la ciudad de Ancira y luego en Paflagonia, en la costa sur del mar Negro, en la misma frontera de los hénetos, encaminándose hacia Capadocia.

Caridemo, consejero de Darío, trató de hacerle ver que si su ejército era suficiente para vencer a los vecinos, no lo era para enfrentarse con éxito al de los madeconios:  “posible es, señor, que te disguste mi verdad; pero si la omito ahora, de nada servirá decírtela después…”. Darío, a pesar de los datos que su consejero le dio sobre el ejército de Alejandro, no le hizo caso y mandó a Caridemo a suplicio, pues “de ordinario la prosperidad pervierte al mejor”, dice Curcio Rufo en su relato. Pero Caridemo, aún en estas circunstancias adversas, siguió opinando lo que honestamente creía: “espero (le dice) que muy en breve satisfaga mi muerte al mismo contra quien te he dado tan saludable consejo”, recordándole que por muy podoroso y capaz que se sea (Darío) todo ello puede no valer nada cuando los resplandores de la fortuna le ciegan.

Darío se dejó llevar por ese resplandor mientras cortaban por su orden la cabeza a Caridemo. Más tarde, viendo que los designios le fueron desfavorables en su lucha con Alejandro, se arrepintió, se acordó de su consejero y mandó dar sepultura a su cuerpo.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Los ministros de la II República española



Estudiar la sociología de un grupo elitista (clero, ministros) es algo a lo que nos tiene acostumbrados el profesor Cuenca Toribio, solo o en compañía de algún colaborador. Aquí hacemos un resumen de su estudio sobre los ministros de la II República española[1].

En primer lugar destacan las líneas reformistas de la actuación de muchos de aquellos ministros (89), los intentos renovadores y las “lagunas y manchas” sobre todo por la no realización de proyectos planteados. Los autores notan de falta sólidas monografías sobre los personajes –al menos los más sobresalientes- de la II República española, hasta el punto de que en alguna obra, de Marcelino Domingo y Emilio Palomo se dice tan solo que fueron “diputados escritores”. De los 89 ministros del régimen, 59 (dos tercios del total) fueron del bienio conservador, y considerando el total citado, la edad media de acceso al ministerio republicano fue 51 años, es decir, en un momento de madurez vital e intelectual, algo muy parecido a lo que ocurre con el episcopado. Cuatro accedieron al ministerio a edades inferiores a los cuarenta años; por ejemplo Gil Robles (37); los de más edad fueron Portela Valladares y Alejandro Lerroux (68 y 67 respectivamente).

Tres habían sido ministros durante la monarquía anterior: Alcalá Zamora, Portela y Chapaprieta, pero los autores consideran la edad que tenían cuando accedieron a los ministerios en época republicana. No existe, por tanto, relación entre la brusquedad que significó el advenimiento de la II República y la juventud de sus elites. En cuanto a la edad de fallecimiento, la media está en 72 años, por lo tanto muy parecida a la de otros muchos colectivos elitistas de la época, pero este dato debe ponerse en relación con el hecho de que once ex ministros fueron víctimas de la violencia que les llevó a la muerte, ocho asesinados en zona republicana y tres en zona ocupada por los militares golpistas. Este dato tampoco debe engañarnos, pues a la superioridad numérica del cuadro ministerial conservador hace que –en una época cainita como es una guerra- “le correspondan” más muertes violentas. Además, a muy pocos les sobrevino la sedición militar en el territorio controlado por esta, lo que puede explicarse porque Madrid, Barcelona y el norte tardaron en caer bajo dominio de los levantados.

En cuanto al origen geográfico de los ministros a la cabeza está Andalucía (14), lo que no es extraño porque representaba casi el 20% del total de la población nacional; le sigue Castilla la Nueva gracias a Madrid (12 y algo más del 12% de la población nacional) y Cataluña (13 y algo más del 11% de la población nacional), pero Asturias y Galicia aportaron ocho ministros cada una. Así las cosas, la importancia de las regiones mediterráneas sobresale en esta materia (aunque en el caso de Andalucía sea Sevilla la que más ministros aporta, seguida de Málaga). A pesar del arraigo y poder de las oligarquías andaluzas, las elites intelectuales y políticas respaldaron casi por completo al régimen de 1931, siendo los ministros representantes de los estratos liberales de la burguesía urbana andaluza.

La cuna del republicanismo hispano, Cataluña, no podía faltar aquí, mientras que en el caso de Valencia, donde el republicanismo blasquista podría hacer pensar otra cosa, la mayor parte de los ministros lo fueron en el bienio conservador, y lo mismo ocurre con Galicia. Si tenemos en cuenta la importancia de Asturias y Galicia, tenemos –dicen los autores- la importancia periférica de los cuadros dirigentes, anticlericales muchos, incluso volterianos menos y universitarios. Canarias aportó, entre otros, la figura sobresaliente de Juan Negrín, primer ministro en los dos últimos gobiernos durante la guerra.

Así cabe hablar de la “apertura mental” y fuerte presencia de elementos “heterodoxos” –librepensamiento, masonería- entre el personal de que tratamos. El predominio de la CEDA en el antiguo reino de León fue evidente, y otro caso es Aragón, donde ciertas tenencias de la burguesía radical y la fuerza de su proletariado, le caracterizan en la época.


[1] “Sociología de los ministros de la Segunda República” (en colaboración con Soledad Miranda García).

martes, 5 de diciembre de 2017

1936: mexicanos y españoles

Manifestación en el Zócalo mexicano (1938)


El 26 de julio de 1936 publicaba “El Nacional”, periódico mexicano, un artículo titulado “La lucha civil en España”, donde decía que el ejército, los terratenientes y la Iglesia pretendían restaurar la monarquía en España. No podía imaginar el editorialista que uno de los generales sublevados se “eternizó” luego en el poder y sí, en efecto, con la ayuda de la Iglesia y los terratenientes, entre otros. 
 
El que era entonces embajador de España en México, Gordón Ordás, se empleó en un combate periodístico y como orador para defender a la República española, en lo que tuvo como opositor al periodista Querido Moheno, particularmente en el mes de agosto, por lo tanto a poco de estallar el conflicto en España. En una de las conferencias –dice J. A. Matesanz[1]- las interrupciones por parte de estudiantes de uno y otro signo fueron tantas que a duras penas pudo empezar Ordás su discurso y terminarlo. En otro orden de cosas el embajador consiguió aviones y artillería para auxiliar al ejército republicano español, aunque no hay constancia de que llegasen a ser efectivos. 
 
Ordás había llegado a México en 1936 y pronto vio la división de la colonia española en el país, donde unos apoyaban a los sublevados y otros a la República, pero en conjunto formaron una asociación para ayudar a la Cruz Roja Española, mientras que los españoles más adinerados en México enviaron dinero al general Mola. En respuesta a esto se formó el Frente Popular Español en México, al que saludó Ordás recordando que seis años antes había estado en el país americano como veterinario en una visita científica. 
 
Otra cosa fue la situación de los mexicanos que vivían en España en 1936: casi todos pudieron huir del país, pero algunos pasaron situaciones apuradas, como es el caso del encargado de negocios en Portugal, David Cosío Villegas, que había desembarcado en Vigo el 16 de julio, dos días antes de comenzar la guerra. Teniendo que entrevistarse con el embajador de México en España, que veraneaba en San Sebastián, fue detenido por unos milicianos en León a las seis de la mañana, consiguiendo ser atendido al pedir hablar con el Gobernador Civil, afecto al gobierno republicano. Siguió entonces camino hacia Santander que –como ocurrió- se suponía fiel a la República, por carreteras secundarias, donde fue detenido repetidamente, con su familia, en varios pueblos por grupos de campesinos armados. Una y otra vez alegó ser mexicano enviado por su gobierno, lo que le fue salvando, pues muchas de aquellas familias del norte de España tenían o habían tenido emigrantes en México. Una vez en Santander consiguió salir en un barco alemán hasta Bayona. 
 
Otros mexicanos que se encontraban en España se incorporaron al lado de la República, pero la mayoría abandonaron el país en los trenes puestos a su disposición por el gobierno de Giral, que no solo comprendió la situación de los extranjeros en España sino que quiso dar la sensación de normalidad y seguridad para ellos y ante sus gobiernos respectivos. 
 
Ya el 19 de julio el Partido Nacional Revolucionario de México se adhirió al gobierno republicano mediante un comunicado donde hablaba del “régimen socialista” español y comparó el levantamiento militar con lo ocurrido en México en 1913 (golpe de estado de Victoriano Huerta y el asesinato de Madero). Por su parte, la Confederación de Trabajadores de México, fundada en el mismo año 1936, envió a la UGT un mensaje de solidaridad. Lo mismo hizo la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios a Azaña: “enviamos Frente Popular nuestros ardientes deseos de triunfo sobre reacción fascista” (28 de julio). Mensajes de solidaridad enviaron a España otras organizaciones de estudiantes, profesores y trabajadores. 
 
Tan polarizada estaba la sociedad mexicana como la española, hasta el extremo de que en un mitin se tomó la decisión de armar a la población: Vicente Lombardo, secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, explicó que no era extraño que los derechistas españoles en México se solidarizasen con los levantados en España, ya que en aquel país esperaban hacerse ricos “reencarnando el antiguo espíritu del encomendero”. García Urrutia, del Partido Comunista de España en México, denunció la existencia de Falange Española en dicho país y en otro mitin se llegó a decir que “la suerte de la actual humanidad se juega… en la encarnizadísima contienda que sangra a España”. También que “si España se convierte en fascista… adoptará en México su primitivo sentido de odio hacia una nación hermana…”. 
 
Necesitando armas la República española, pues parte de ellas habían caído en manos del ejército sublevado, México actuó de intermediario para este objetivo, de forma que el embajador Gondón Ordás se puso en contacto con traficantes de armas de Estados Unidos, país que tenía un acuerdo comercial con España, pero desde 1935 estaba prohibido vender armas a países en guerra como muestra de neutralidad. 
 
Uruguay incluso propuso una mediación de Estados Unidos para un alto el fuego en España, pero su gobierno no lo aceptó de acuerdo con su política de aislacionismo que era tradicional, aunque esta no hubiese sido posible en 1917 como no lo sería en 1941. Así las cosas, TEXACO envió petróleo y gasolina a puertos controlados por los sublevados en España, pues dichos productos no estaban dentro de la prohibición, mientras que el Gobierno español envió agentes a Estados Unidos para contribuir a los esfuerzos del embajador en México, el cual consiguió la mediación del Presidente Cárdenas para que se vendiesen a la República española 50 aviones bombarderos, bombas, 5.000 ametralladoras, 20 aviones comerciales convertibles en bombarderos y otro armamento.
 
Todo se preparó para que un buque saliese con el armamento del puerto de Nueva York en dirección a México, pero la posición del gobierno de Estados Unidos –quizá influido por el Reino Unido- cambió respecto de la República española y se puso en su contra. El 6 de enero de 1937 el buque “Mar Cantábrico” sale de Nueva York hacia Veracruz y de aquí hacia España, pero tras muchas vicisitudes, el armamento nunca llegó a manos de la República española.


[1] “Las raíces del exilio”, 1999 (fuente para el presente artículo).

viernes, 24 de noviembre de 2017

Manuel Azaña según Santos Juliá



Azaña joven

Para Santos Juliá –y no será el único- releer a Azaña es un placer, pues “decía el castellano maravillosamente”, como nadie, al tiempo que nadie ha tenido tanta contención en sus discursos, y así es más fácil entender la conmoción que experimentó Amadeu Hurtado[1] cuando Azaña cerró su intervención parlamentaria sobre el estatuto de Cataluña: “saludar jubilosos a todas las auroras que quieren desplegar los párpados sobre el suelo español”; también María Zambrano se emocionó recordando a Azaña cuando, en Valencia, avanzada la guerra, este había dicho: “Vendrá la paz y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mi no”.

Azaña –dice Santos Juliá- creó una política a partir de saberes, de lecturas y de voluntad, lo habló todo y en él se resume el ideal reformador de la tradición liberal española (liberal aquí no en el sentido económico, sino en el amor por la libertad para que todos pudiesen disfrutar de ella y conseguir sus legítimos objetivos). Nuestro hombre se empeñó en el envío incesante de mensajes al Comité de Londres y a la Sociedad de Naciones para que se comprendiese que la guerra de España tenía un componente internacional que arrastraría a toda Europa; pero al mismo tiempo en Azaña se han visto sus advertencias de que no se trata de exterminar al enemigo, sino de conseguir vivir juntos aunque con intereses distintos, incluso antagónicos.

Por eso se dice que en muchas ocasiones invocó la paz, y todo ello se le pagó siendo el que más saña sufrió tanto durante su ejercicio político como por parte de los vencedores en la guerra durante décadas. Hasta después de su muerte siguió un proceso abierto y se multó a sus descendientes con cien millones de pesetas impuestas por el Tribunal de Responsabilidades Políticas.

Cuando joven militó en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez y compaginó esto con su paso por la Academia de Jurisprudencia y el Ateneo de Madrid, pero en torno a 1923 sintió la frustración de ver que aquel partido no era lo que él ambicionaba para España. De él se ha dicho que, en esa época, había sido un “señorito benaventino”, pero Santos Juliá desecha esta idea recordando al doctorando a partir de las clases de Giner de los Ríos, y se empapa de autores franceses en un momento en que observa que ha aparecido la masa como sujeto de la historia.

Pero su labor intelectual había comenzado mucho antes, pues en 1903 intentó su primera y fallida obra “La aventura de Jerónimo Garcés”, en la que se trasluce la herida profunda de la muerte de su madre. Luego vendrían “El jardín de los frailes” y “La velada de Benicarló”. Solicitó y consiguió una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios yéndose a París para pasar unos meses y frecuentar la biblioteca de Sainte Geneviève, enviando artículos a España. Pero en política él mismo se tildó de “reformista indolente”, lo que Santos Juliá desmiente, pues nos ha dejado mucho sobre el problema de España, los orígenes de su decadencia, los caminos para su retorno a la corriente general de la civilización europea. Así, se remontó al Siglo de Oro y llegó a la conclusión de que la nación es una “invención” moderna y que las raíces de la modernidad española no había que buscarlas en aquel “siglo”, sino en la España de Alfonso XI (será porque consideró la importancia del “Ordenamiento de Alcalá” -1348- verdadero compendio legislativo para la Corona de Castilla). En esto no se diferencia de sus predecesores de la generación del 98, que hicieron hincapié en el papel hegemónico de Castilla en la construcción de España.

Propugnó alejarse del “nacionalismo de tizona y herreruelo”; consideró que la España de los Austria fue una distorsión de la historia, y que la revuelta comunera fue la primera revolución moderna, en lo que coincide Tierno Galván.

Azaña, según Santos Juliá, fue un francófilo jacobino que simpatizó con los aliadófilos durante la primera gran guerra, pero no participó del centralismo de los revolucionarios franceses: rechazó el modelo jacobino cuando se discutió el Estatuto de Autonomía de Cataluña, el primero. Nuestro autor, por otra parte, fue capaz de abarcar una enorme variedad de temas objeto de sus inquietudes intelectuales y políticas, por lo que nada que ver con el “gris y rencoroso funcionario” que algunos le han atribuido desde posiciones cercanas al odio o al desprecio.

Los opositores que han acusado a Azaña de “golpista y revolucionario” no han podido aportar ni una sola prueba de lo primero, y dan a lo segundo un significado peyorativo que no tiene objetivamente hablando. Fue Azaña revolucionario en la medida en que pretendió revolucionar instituciones como el ejército atrasado y adoctrinado de España, que pretendió descentralizar el poder, que pretendió ahondar la democracia hasta niveles desconocidos en España entonces.

En cuanto a sus relaciones con el Presidente Negrín, desde que este dirigió el esfuerzo de guerra contra los militares golpistas y sus seguidores, cada uno tuvo su personalidad, más realista la de Azaña, más idealizada la de Negrín, que no obstante quiso buscar la paz de forma honrosa sin conseguirlo. Cuando se recorren los discursos y diarios, además de las entrevistas con embajadores y periodistas, vemos a Azaña –dice Santos Juliá- que no fue “prisionero de Negrín”, pero sí hombre que, conocedor de la situación de la República durante la guerra, quiso ahorrar sufrimiento a su pueblo y pronunció postreramente aquellas palabras que le sitúan entre los justos: “Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, [el subrayado es mío] sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.


[1] Político de formación jurídica autor de un discurso en 1933 cuyo título es “La intervención del estado en nuestro régimen de autonomía”.