martes, 17 de octubre de 2017

La "Historia de Ribadavia"

Un rincón de la antigua Ribadavia


Samuel Eiján fue un fraile franciscano y sacerdote que nació en 1876 (Leiro, Ourense) y murió en 1945 (Santiago de Compostela). De formación extraordinaria, cultivó el periodismo y varios géneros literarios, además de ser el autor de “Historia de Ribadavia y sus alrededores”, obra (1920) completada más tarde; su investigación abarca los siglos XVIII y XIX, pero también aporta algunos datos de épocas anteriores.

En dicha obra nos informa de los colegios y escuelas de la villa orensana, las guerras de España contra Inglaterra y contra la Francia napoleónica, sobre la obra de varios monasterios de Galicia, algunos miembros de la nobleza, la producción y exportación de vino del Ribeiro, la emigración de gallegos a Portugal, Castilla y Andalucía, catástrofes sufridas por los ribadavienses y las comarcas vecinas, hambrunas, el carlismo gallego, obras de infraestructura, la actividad corsaria de la época y otros asuntos. Su obra es el resultado de una erudición extraordinaria, aportando muchas informaciones de otros autores, que Eiján comenta o rectifica; claramente conservador, incluso partidario del antiguo régimen a pesar de haber vivido entre los siglos XIX y XX, su “Historia” no es una obra que siga el método científico de los modernos historiadores, pero tiene un gran valor.

En el siglo XVIII había un Colegio de Artes de los franciscanos de Ribadavia que daba escuela, gratuitamente, a los niños, pero quizá su fundación se remonte a una época anterior. Más tarde, Rodríguez Araujo estableció una Obra Pía para estudios mayores y dote de doncellas, pero solo con destino para su parentela. Don Manuel Baquero, por su parte, por testamento de 1721, estableció una fundación de enseñanza de niños (se trató de la dotación de un maestro de primeras letras) y ya en 1844 esta escuela se instaló en el Palacio de los Condes, poco antes de que se crease una escuela de niñas que –como la de niños- se situó en el convento de Santo Domingo, dotándola el Ayuntamiento de un maestro auxiliar[1].

Pero no solo en la capitalidad municipal: en Valongo, durante el segundo tercio del siglo XVIII, había una escuela fundada a expensas del obispo de Popayán (luego arzobispo de Santa Fe), Fray Diego Fermín de Vergara, agustino. Este debía de ser orensano, pues de su linaje habla el “Boletín de la Comisión de Monumentos de Orense”[2]. En Riobó, parroquia de Osmo, existía en 1784 otra escuela fundada por Don Bernardino de Prado Ulloa Piñeiro, canónigo de Santiago, y en 1832 una escuela en San Clodio con 71 alumnos; otra en Lebosende con 60, y una cátedra de latinidad en el mismo lugar con 27 alumnos, costeadas todas ellas por las familias de los educandos.

En cuanto a las dificultades para la exportación de vino del Ribeiro, el autor encuentra una de las causas en la guerra contra Inglaterra y Portugal de 1761, aunque no cesaron los envíos a León, Asturias, Vizcaya y Flandes. Eiján da cuenta de otras regiones vinícolas de Galicia, como Valdeorras, Quiroga, Falcoeira, Riquian, el Valle de Monterrei, Amandi, Aigueyra y las márgenes del río Bibei, el Salnés y las Mariñas. En 1790 hubo en toda Galicia una gran escasez de vino (cada vez que esto ocurría seguía una fuerte corriente migratoria), siendo este uno de los principales productos a principios del siglo XIX según Lucas Labrada, además de las castañas y el trigo.

También habla de la alianza con Francia para luchar contra Inglaterra con motivo de la independencia de sus colonias en Norteamérica, produciéndose gravámenes, bagajes, alojamientos y postas. Esta guerra implicó tener que defender los puertos gallegos y los vecinos de Ribadavia tuvieron que aportar caballos y carros al ejército para defender Baiona. Y más tarde fue la lucha contra la invasión napoleónica lo que movilizó a los ribadavienses: el obispo de Ourense, Quevedo y Quintano, hizo varias “cartas pastorales” llamando a la lucha contra los franceses en 1808, e igual el obispo de Tui, Juan García Benito; ambos obispos fueron agregados a la Junta soberana de Galicia[3]. El monasterio de San Clodio contribuyó económicamente (4.420 reales) a la lucha contra los franceses, teniendo un representante en la Junta Nacional de Ourense, y otros monasterios también contribuyeron: el de Melón con 42.000 reales, el de Oseira con 49.000 y los franciscanos de Ribadavia con 9.463 reales.

El 20 de enero de 1909 una parte del ejército de Ney ocupó la ciudad de Ourense y el 30 se presentó en la villa de Ribadavia el Batallón de Volteadores, después de haber sufrido una descarga de los paisanos al paso de las barcas del Miño. Un franciscano se destacó defendiendo Creciente (Fray Manuel Fernández) y se nombró al predicador del monasterio de Melón, Fray Francisco Carrascón, para que comandase las partidas de guerrilleros que se formaron en la zona, y también el abad de Couto dirigió una guerrilla.

Los monasterios de Melón, San Clodio y Oseira participaron con medios económicos en la lucha contra la Francia revolucionaria, siendo el de Melón rico en la época, pues ya durante el reinado de Felipe V (1712) se le concedió a perpetuidad la posesión del coto y bienes de Faramontaos. Cuando llegaron las desamortizaciones, en 1836 el monasterio de Celanova tenía bienes en Arnoia, Refoxos y Louredo; de de Oseira en San Paio y Partovía; el de Melón en Rubillón, La Reza, Gironda, San Cristóbal y Oteiro; el de San Clodio en Esbedelo, Granxas de Gomariz, Cuñas y Esposende, además de los prioratos de la Grova, Bóveda de Amoeiro y Vieite.

Al calor de la política desamortizadora, en 1841 el Ayuntamiento de Leiro reclamó la casa prioral de la Groba, dependiente del monasterio de San Clodio, como casa consistorial y escuela de la parroquia de Lebosende, además de solicitar la instalación de otra escuela de primeras letras en San Clodio, para lo cual fue concedida al Ayuntamiento la parte del monasterio que los monjes habían tenido destinada a botica.

Los vecinos de Ribadavia, como otros de Galicia, emigraban temporalmente en épocas de siega a Castilla, de lo que hay testimonio por parte del obispo de Tui en 1706: “que en los reinos de Andalucía y Castilla han muerto muchas personas de esta feligresía (Carballeda de Avia), así solteras como casadas”. La causa de estas migraciones eran las “exorbitantes rentas” que estaban obligados a pagar los campesinos, lo que llevaba a muchos al vecino reino de Portugal. Cuando en 1768 se dé en Galicia una gran escasez de alimentos, el hambre llevó a la tumba a mucha gente, “y en este año [1769] hubo poco centeno y trigo y lo mismo vino; pero húbola [cosecha] buena de maíz”. El obispo de Tui, Castañón, llegó a prohibir los banquetes en romerías y fiestas por “el hambre que experimenta este Reino de Galicia, en donde no se cogió la octava parte de lo regular”.

Un gran temporal en el mes de abril de 1793 provocó que ardiese el convento de San Francisco en Tui, y antes, las nevadas dificultaron el trabajo de los agricultores y ganaderos: el 3 de enero de 1757 amaneció en todo el Ribeiro todo cubierto de nieve, “la que no permitió que la gente y ganados saliesen de sus casas por espacio de tres días. Otra nevada en 1767 y otra en 1778, esta durante seis días, pero la más duradera se dio el 19 de enero del último año citado en el Faro y Franqueira, además de en otras partes.

Especial atención presta Eiján a los judíos de Ribadavia, acusándoles de crímenes “bien notorios”, remontándose a los primeros tiempos del establecimiento de la Inquisición, una de cuyas víctimas fue el judaizante bachiller Jerónimo Rodríguez, abogado de Ribadavia en 1595. Mucho después dedica alguna atención a la existencia de la masonería en la villa, de mano de Don Cesáreo Rivera…

Moreri Mivavell[4] señala para 1753 más de 700 vecinos en Ribadavia y La Croix, pocos años después, dos mil personas[5]. En 1797 Lucas Labrada señala 5.169 vecinos con todo el partido (Riadavia, Arnoia, Mereus, San Clodio, Castrelo, Beade, Vega, Carballeda, Gomariz, Puga, Vide, Sabucedo, Astariz, Feanes, Prado, Troncoso, Festosa, Tellermá, Abión, Melón y Rubillón).

La obra de Eiján es de gran valor porque aunque a veces peque de inconexión, aporta una enorme cantidad de datos, fuentes (sobre todo indirectas) y personajes con sus hechos, vicios y virtudes. Un curioso episodio es el del párroco Don Facundo Hermida, natural de Leiro, que con motivo de un robo de alhajas de plata, hecho en la iglesia de Bama, el párroco se encaminó con otras personas en persecución de los ladrones hasta dar con ellos a varias leguas de distancia del pueblo. Conduciéndolos a Santiago, la condena fue la siguiente: para cuatro de ellos “a que de la cárcel donde se hallan sean sacados en bestias de alvarda atados de pies y manos, con soga de esparto al cuello, y con voz de pregonero delante que manifieste sus delitos, y en esta forma sean llevados por las calles acostumbradas al Campo de la horca, en la que sean suspendidos, hasta que naturalmente mueran…”. La ejecución de los reos tuvo lugar en 1753.


[1] Véase la “Memoria del estado de la Instrucción pública en el distrito universitario de Santiago para el curso 1859-1860”.
[2] José Santiago Crespo Pozo.
[3] “Los guerrilleros de 1808” (varios tomos).
[4] “Gran Diccionario Histórico” (varios tomos)
[5] “Geografía Moderna” (contiene errores que Eiján denuncia).

El clero y la independencia de la América española


Imagen antigua de Quito

Debido al patronato, la jerarquía eclesiástica americana tenía su centro en Madrid y no en Roma y España presionó al papa para que dicha Iglesia no fuese reconocida como independiente de España durante el proceso de emancipación de las futuras repúblicas hispanas. Pero los nuevos estados americanos reivindicaron el patronato como inherente a la soberanía (regalismo) participando el clero en las luchas de independencia y en la políticas de los nuevos estados. Las leyes civiles dictadas contra el clero regular en América desconectó a este de sus jerarquías en España, bajando los efectivos de los dos cleros, en 25 años, entre un 35 y un 60%.

La primera revolución de Quito (1810-12), por ejemplo, estuvo bajo la dirección del obispo y del clero, y se convirtió en una guerra de religión en la que aquellos combatieron a los realistas españoles y a los criollos por la fe católica. Por su parte, un tercio de los revolucionarios eran miembros del clero y cerca de la mitad de los eclesiásticos de la Audiencia de Quito participaron directamente en el movimiento. En la independencia de Ecuador se estima que participaron 114 clérigos activamente (de un total de 224), entre ellos 18 capitanes y 13 encargados de la intendencia. A la cabeza de la Junta gubernativa, el obispo José Cuero y Caicedo alentó a las tropas, excomulgó a los opositores y condenó a los indecisos, firmando en 1812 como Presidente del Estado de Quito: “nosotros los obispos somos quienes independientemente de todo otro poder, debemos dirigir, gobernar y regular”[1].

Cuando en noviembre de 1812 el Presidente Montes entra en la ciudad, los miembros del clero fueron los últimos en entregar las armas y diez de ellos fueron estigmatizados como feroces sanguinarios, habiendo liderado los batallones populares, mercedarios, agustinos y franciscanos.

En la misma época está en Venezuela el arzobispo de Caracas Coll y Prat: cuando triunfó la revolución se sometió a las nuevas autoridades, pero en 1812 se acogió con entusiasmo a la reacción realista del oficial Monteverde; en 1813, con Bolívar en Caracas, se adhiere a él pero en 1814, al sucumbir la revolución, se vuelve legitimista y Morillo decide enviarlo a España, en 1816, para que rinda cuentas. Esta actitud cambiante fue seguida por muchos miembros del clero, tanto de arriba como de abajo.

La legislación anticlerical del “trienio” en España hizo que el arzobispo de México declarara muerto el patronato y la acción del clero, entre 1810 y 1822, prueba su responsabilidad directa en la independencia; incluso puede que haya inspirado el Plan de Iguala[2]. Toda la jerarquía, salvo el obispo criollo de Durango, y en menor grado el arzobispo de México, se volcó en la independencia en la que ya estaba comprometido parte del clero bajo desde 1810; incluso Iturbide fue consagrado emperador en 1822 por el arzobispo de Guadalajara.

Parece que el clero peruano fue el más antirrevolucionario, pues la ausencia casi total de mestizos e indios en el clero, así como su exclusión de los cargos de autoridad dentro de la Iglesia oficial, tuvo como consecuencia el desarrollo de una “religiosidad popular” manifiesta en una iglesia paralela con su propia jerarquía indígena y sus propios símbolos. El único obispo peruano que apoyó la lucha por la independencia fue el de Cuzco, Pérez Armendáriz (criollo). La riqueza de la Iglesia peruana al estallar las guerras de independencia se resume en los siguientes datos: de los 3.941 edificios existentes en Lima, 1135 pertenecían al clero, mayormente al diocesano (las órdenes religiosas solo disponían de 157)[3]. El episcopado de la Gran Colombia, sin embargo, modificó su actitud a favor de la independencia en torno a 1821, pero la oposición de los obispos acompañó a los avatares políticos en España, según existiese aquí un régimen liberal o absolutista (en este caso partidarios de la lealtad al rey). En el bajo clero los partidarios de la independencia fueron más, entre otras razones por su mayor contacto con la sociedad americana e independencia con respecto al rey. En las zonas de alta densidad de población (Cundinamarca, Boyacá, Nariño, Tolima y Huila) el influjo de la Iglesia fue mayor, pues el cristianismo sirvió al indio de elemento de reconciliación con su posición inferior en la nueva sociedad que se estaba gestando, pero menor en la zona antiguamente esclavista (Gran Cauca, Costas y Chocó), lo que fue debido a un régimen de evangelización deficiente, tratándose de zonas alejadas de ciudades, en minas y haciendas. Donde la población hispana se hizo dueña de tierras, constituyendo la clase media (Santander) el influjo eclesiástico fue pequeño

En este momento existían en Nueva España diez obispados, incluidas Texas y la Alta California, atendidas por franciscanos. Esta Iglesia era rica y aumentaba su propiedad de tierras: el decreto de 1798, que solo se ejecutó a partir de 1804, y que ordenaba el traslado a las arcas del Estado del valor de todos los bienes raíces y los capitales de obras pías, capellanías, colegios, hospitales, cofradías y demás lugares piadosos, reveló que casi las tres cuartas partes de la producción total de Nueva España estaba bajo la administración de la Iglesia. Los clérigos que disfrutaban de capellanías y la población humilde, que se beneficiaba de los hospitales, fueron quienes más padecieron estas medidas. Es más, al denunciar el clero las desigualdades sociales, la población rural se acercó a él y no es extraño que los principales líderes de la revolución de 1810 fuesen clérigos. Desde 1824 hubo en México una agrupación liberal anticlerical cuyos principales dirigentes eran sacerdotes católicos: Servando Teresa de Mier, Miguel Ramos Arizpe y José Luis Mora, además de Lorenzo de Zavala y Gómez Farias.

En Guadalajara, Hidalgo abolió la esclavitud, derogó las leyes de los tributos y suprimió los estancos reales. En 1810 dictó el decreto de retribución de tierras a los indios y Morelos dio un bando aboliendo las castas y la esclavitud, así como el pago de tributos. Su ejército debía decomisar a los ricos el dinero y los bienes reales y repartir tales fondos para la caja militar y para los pobres… mientras tanto los obispos excomulgaba a los insurgentes.

Los acontecimientos en Guatemala y Nicaragua estuvieron en contacto con Hidalgo y Morelos, y también los cleros tuvieron mucho que ver con la independencia de Centroamérica. En la década de 1820 se produjo en Guatemala la primera revolución liberal de toda Centroamérica y la reforma anticlerical más drástica de las realizadas en toda Latinoamérica. Otro caso de Iglesia rica fue Honduras: aquí el clero liberal era regalista, mientras que el clero conservador defendía la independencia respecto al Estado, pero conservando la Iglesia fueros y privilegios. Una parte de Honduras (Comayagua) solo aceptó la independencia uniéndose a México y siendo el nuevo estado regido por un miembro de la familia real española o por el propio Fernando VII, mientras que la región influida por Tegucigalpa fue declaradamente independentista. En Costa Rica la pobreza y el aislamiento que se arrastraba desde la época colonial, hizo a la población adoptar una actitud recelosa ante lo que sucedía en otras naciones.

De todas las provincias americanas, las de la Plata fueron las que lograron mayor éxito en mantener la independencia política respecto de la Corona española después de 1810, pues el clero se solidarizó con los independentistas rápidamente. Este clero tenía una formación superior a la media y la región estaba marginada (eclesiásticamente) con respecto a otros centros

Económicamente, la independencia significó una gran pérdida para la Iglesia; el clero regalista contribuyó a la causa de Fernando VII enviando joyas y plata a España; en dirección inversa, el clero patriota también contribuyó, y además perdió el servicio personal de los indios por disposiciones gubernamentales, y por lo tanto una de sus fuentes de ingresos. Los gobiernos liberales posteriores aplicaron medidas más o menos anticlericales (no antirreligiosas), pero según Carbia[4] la incautación por el Estado de los bienes de la Iglesia sirvió para beneficio de la propia Iglesia. Las guerras civiles hicieron el resto.


[1] “La Iglesia católica en la América independiente (s. XIX)”, Rosa María Martínez de Codes, Edit. Mapfre, 1992.
[2] De la Fuente, “Historia de España”, Madrid, 1873-75.
[3] C. Pereyra, “Historia de la América Española: Perú y Bolivia”, VII, Madrid, 1925.
[4] Rómulo D. Carbia (1885-1944), nacido en Buenos Aires.

lunes, 16 de octubre de 2017

Protestantes en Galicia



La población de Galicia era, en el siglo XIX, religiosa, pero desconocedora de la Biblia, y esto se puede decir del resto de España. Esa religiosidad no impidió que hubiese litigios frecuentes entre los feligreses y los curas, fundamentalmente por los derechos de estola y las oblatas que estos reclaman, y estos litigios llegaban en ocasiones a los juzgados, cobrando más relevancia por cuanto, a finales del siglo citado, Galicia contaba con el más elevado índice de sacerdotes por habitantes (412). Aquellos se encontraban mal distribuidos, pues el 80% del clero estaba en ciudades y villas grandes[1]. Este clero tenía, en su mayoría, una formación mínima (tres años de latinidad, un año de filosofía y dos de teología) y los estudios bíblicos solo se abordaban en los últimos años, no llegando todos a ellos.

En la época estudiada había colonias de ingleses en Vigo, A Coruña y Ferrol, siendo sus actividades el comercio exterior, la industria naval, el ferrocarril y el transporte marítimo, intensificándose el servicio de buques entre los puertos de Carril, Vigo y A Coruña con los del sur de Inglaterra. Había vicecónsules ingleses en Ribadeo, Viveiro, O Barqueiro, Ferrol, Fontán, Laxe, Camariñas, Corcubión, Muros, Vilagarcía, Carril, Pontevedra, Vigo y Marín, lo cual explica el interés por el comercio con Galicia. A ello se unió que fueron regresando gallegos que se encontraban en la emigración, algunos ya convertidos al protestantismo.

Pero el protestantismo español del siglo XIX no está relacionado con el del XVI, más bien se trata de una pluralidad de derivaciones de lo que fue la gran reforma religiosa. Las Asambleas de Hermanos que llegan a Galicia procedían de Irlanda y de Inglaterra, más bien abiertas como las de J. Müller y R. Chapman, e incluso llegan a lugares de difícil acceso aunque empiecen por la costa; se trata de fundamentalistas en la interpretación de la Biblia, como el testimonio evangélico sostenido en solitario, durante los años 1823 y 1827 por el profesor de matemáticas del Instituto, Don Pedro Casarrubios Mardcos, antes de que, en 1837 visitase Galicia George Borrow y en 1863 el Gobernador Civil de A Coruña constatase que el protestantismo afectaba “a la moral” de los españoles. En el mismo año el cardenal García Cuesta señaló que ningún escrito religioso puedía circular sin la licencia de la autoridad eclesiástica, pero lo cierto es que libros publicados fuera de España se introducen como “contrabando”, según el citado cardenal, el cual se pronuncia también contra las predicaciones protestantes, que se habían dado antes en Barcelona, Sevilla, Málaga, Madrid y Valladolid. Se señala a dichos libros como “contra la religión cristiana” y el Capital General del Departamento Marítimo de Ferrol, en 1868, habla de “libros y folletos contra la religión y moral cristiana”.

Desde 1878 ya abundan los colportores (vendedores de Biblias) de origen escocés, sobresaliendo Severo Millos en Vigo, que fueron denunciados por el diputado provincial Antonio López de Neira, que tropezaron con la dificultad de las altas tasas de analfabetismo, pero la ciudad de Pontevedra fue una de las principales de Galicia y cuando en 1889 dos predicadores evangélicos inician su actividad, el Gobernador les advierte de que los cánticos y predicaciones no se debían oír en la calle, habiéndose establecido ya un cementerio municipal para católicos y otro, al lado, para disidentes. Cuando T. Blamire y su esposa abandonaron Pontevedra en 1882 para trasladarse a Marín, el vecindario llevaba ya dos años enfrentado con el cura.

La oposición católica al culto protestante pronto se hizo notar, como se puede ver en el “Diario de Galicia” del año 1895, siendo por lo menos en A Coruña, la mayor parte de los protestantes, de clase obrera aunque muchos de ellos tendrían que emigrar, otros perdieron su trabajo tras ser bautizados en la fe protestante, persecución que fue dirigida por los curas y obispos: el de Tui, Valero, señaló en 1878 que “nada hay menos moral y evangélico que sus falsas doctrinas”. No obstante, el Ayuntamiento de Vigo había concedido permiso al Vicecónsul de Inglaterra para el cierre de un terreno de 1.372 m2, al lado del cementerio católico de Picacho, para dedicarlo a cementerio protestante, lo que no implicó la propiedad del terreno, que siguió siendo pública.

De todo ello poco ha quedado, dada la secularización creciente de la sociedad, y así como la población tiende a prácticas religiosas más relajadas y distantes, los protestantes, en sus diversas ramas, también han ido escaseando, aunque aún quedan algunos testimonios en villas y ciudades de Galicia, de las que Marín y Pontevedra son algunos ejemplos.


[1] Benito González Raposo, “O protestantismo en Galicia”, Xerais, 2000 (el presente artículo está basado en dicha obra).

domingo, 15 de octubre de 2017

Libertad económica y proteccionismo en Castilla y Aragón



"Taula de canvi" catalana (http://bottup.com/la-taula-de-canvi/

A lo largo del siglo XIV se han señalado las siguientes fases críticas por malas cosechas: 1331-33, 1343-46, 1367-69, 1376-77 y 1399-1400. La libre circulación de los productos alimenticios por toda la Corona de Castilla fue una de las primeras medidas tendentes a paliar los efectos de la carestía de alimentos, pero también hubo intervencionismo estatal: la crisis agraria de 1343-46 obligó a Alfonso XI (Cortes de Burgos en 1345) a prohibir temporalmente la exportación de vino y carne. De los años 1376-77 constan nuevas prohibiciones ante la carestía de alimentos, acentuada por la inseguridad climática y la falta de mano de obra. La crisis agraria continuó hasta 1425 en todos los reinos hispánicos siendo los rendimientos bajos y coexistiendo dos tipos de propiedad territorial, la grande en manos de los nobles, iglesias, monasterios y órdenes militares (en La Mancha, Extremadura y Andalucía) y la pequeña propiedad.

La mejora de la calidad de las lanas conseguidas a comienzos del siglo XIV (mediante el cruce de las ovejas churras con corderos merinos traídos del norte de África) facilitó la expansión de este comercio, constatándose que, desde finales del siglo XIII, en la Corona de Castilla se dictaron normas proteccionistas que prohibieron la exportación de muchos productos para garantizar el abastecimiento interior y el aprovisionamiento de caballos ante las necesidades bélicas. A partir de la segunda mitad del siglo XIV, y muy en especial a lo largo del XV, la extraordinaria expansión comercial de Castilla descansó en la exportación de materias primas: lana, hierro y productos agropecuarios (miel, frutos secos, arroz, aceite, limones, cueros, cera y vinos). Desde este siglo también se exportó azúcar de caña producido en Canarias, además de pescado, sustancias tintóreas y mercurio.

La política comercial de los monarcas castellanos durante la Baja Edad Media favoreció a los marinos cántabros y vascos, y determinó, en buena parte, la política exterior de Castilla durante la guerra de “los cien años”. A los mercaderes extranjeros que deseaban cargar mercaderías en Bilbao se les obligó a transportarlas en barcos vizcaínos (1397) y también se prohibió que las mercancías de otros países reexportadas desde Castilla viajaran en naves extranjeras (1398), favoreciéndose así el desarrollo de la marina mercante castellana. Burgos se convirtió, desde mediados del siglo XIII, en el gran centro de distribución de las mercancías que se exportaban e importaban, siendo un pequeño número de familias burgalesas las que monopolizaron este comercio. En Sevilla y otras ciudades andaluzas, grandes compañías mercantiles extranjeras, sobre todo genovesas, se quedaron con la mayor parte de las ganancias comerciales.

Una de las aduanas de Castilla estaba en Vitoria, en la ruta Burgos-Cantábrico, y en la que recorre el Ebro hacia Navarra y Aragón. A través de Burgos, Valladolid, Medina del Campo, Toledo, Córdoba y Sevilla, se unían los puertos cántabros y andaluces.

El comercio exterior catalán fue importante desde el siglo XIII, renovado con la conquista y repoblación de Valencia y Mallorca. La marina mercante y el comercio se vieron favorecidos por la estabilidad monetaria del dinero barcelonés y, desde 1370, del florín de oro. Hacia 1380, el hundimiento de la banca privada, la intervención creciente del poder político y la aparición del proteccionismo, coincidieron con una época de contracción económica que el comercio a larga distancia con el Mediterráneo oriental o con el mar del Norte, no lograron evitar. Los grandes centros comerciales de la Corona de Aragón fueron Barcelona, Palma y Valencia, mientras que Cataluña exportaba cereales, paños, papel, arroz, frutos secos, aceite, miel, azafrán, coral trabajado, instrumentos metálicos y armas; comprando cereales en el Languedoc o en Sicilia y exportándolos a Málaga (reino de Granada) a donde llegaba igualmente la sal del delta del Ebro.

A mediados del siglo XIV la ruta Valencia-Almería (reino de Granada) y la de Palma al norte de África aparecieron muy activas, existiendo colonias de mercaderes catalanes, valencianos y mallorquines en Almería, Granada y Málaga, con sus cónsules y factores, siendo uno de los objetivos la obtención de esclavos mediante la práctica de la piratería. En Barcelona se compiló el “Libre del Consolat de Mar” en el siglo XIV, siendo practicada la banca por judíos y lombardos. A principios del siglo XV se crearon en la Corona de Aragón las primeras “taulas de Calvi” (bancos públicos municipales y cajas de depósito para cofradías y particulares), siendo el primer banco de crédito público el de Barcelona (1401), siguiéndole los de Valencia y Palma, que a mediados del siglo XV operaron también en Castilla.

Villas, ciudades y comuneros



Plaza de Villalar con la iglesia y el rollo

Según Joseph Pérez las regiones donde tuvieron lugar los movimientos comuneros fueron Extremadura, Andalucía, Murcia, las provincias vascas y las dos Castillas. En Galicia también hubo movimientos contra los impuestos excesivos en Santiago y Mondoñedo, donde participaron monjes y otros eclesiásticos. La Junta comunera intentó ganar a Galicia para su causa, pero fue en vano pues la nobleza gallega aprovechó este conflicto para pedir una Casa de Contratación en A Coruña que comerciase con América y representación en Cortes. La población, de lo que se quejaba era de los altos impuestos y de los abusos señoriales, no de la centralización del poder real, ya que la mayoría del territorio era de señorío.

En Extremadura parece que Cáceres se unió a la Comunidad, dándose en Plasencia vivas a aquella y a los reyes (Juana y Carlos), uniéndose al bando rebelde en una mezcla de deseo de libertad y adhesión al rey con la lucha entre linajes locales, habiéndose dado casos en los que se aprovechó el conflicto para dirimir diferencias entre clanes. La importancia de las comunidades en la zona central de Castilla se debe a la existencia de muchas ciudades de realengo, es decir, libres, con hombres que no soportan una mengua de su libertad por la política del rey y sus colaboradores y según el cardenal Adriano, las ciudades andaluzas más comuneras fueron Jaén, Úbeda y Baeza, en el primer caso con vacilaciones y predominando reivindicaciones locales; en Cazorla, por ejemplo, el conflicto fue antiseñorial, no comunero, y el caso de Sevilla es también ejemplo de rivalidades aristocráticas.

Entre los comuneros cabe distinguir a los dirigentes, que tenían intenciones más bien políticas y los comuneros de “a pie” que se sumaron más con intenciones sociales. Los núcleos principales de movimiento comunero fueron Toledo y Valladolid, siendo la dirección Sur-Norte: Toledo, Segovia, Valladolid, Palencia; luego Madrid, Ávila y Medina del Campo; Zamora, Toro y Salamanca. Fuera de esta zona la revolución se debilita: Cuenca, Guadalajara, Soria y León. Burgos fue hostil al movimiento y las agitaciones en Murcia y las provincias vascas no siguieron a la Junta central sino accidentalmente. Según el censo de 1530, Sevilla era la ciudad más poblada de la Corona de Castilla con 45.000 habitantes (según Domínguez Ortiz, 60.000), seguida de Valladolid (38.000), Córdoba (33.000), Toledo (32.000), Jaén (23.000), Segovia (15.000, de los que casi 3.000 eran hidalgos y casi 700 clérigos), Baeza (14.200), Úbeda (14.100), Murcia (13.500), Salamanca (13.100) y Medina de Rioseco (11.300)[1]. Madrid solo tenía 4.000 habitantes y, según Domínguez Ortiz, Ávila, Alcalá de Henares, Burgos, Ciudad Rodrigo, Palencia, Plasencia y Zamora tenían menos de 9.000 habitantes (excepto la primera).

Las Comunidades, pues, se originaron y desarrollaron en la región más poblada y con una red de comunicaciones más completa en el siglo XVI, donde se encontraban los más importantes centros textiles: Toledo, Segovia, Palencia y Cuenca. Para Joseph Pérez había causas económicas en el movimiento comunero, pero este fue legalista: no propugnó la sustitución del orden legal vigente; exigen que se respeten las leyes, los fueros, las libertades locales contra la pretendida centralización de la Corte. Por ello no cabe hablar de movimiento revolucionario, no se discute al rey pero se le exige que acepte las posiciones de la Junta.

El movimiento comunero se inició en abril de 1520 en Toledo y terminó ente abril de 1521 en Villalar y febrero de 1522 en Toledo, pero no presentó un frente unido. La principal motivación de la revuelta no estuvo en la oposición a la corte de flamencos, sino a las contradicciones de la Castilla del siglo XVI: centro-periferia, nobleza-tercer estado. Cuando se disolvió la “gente de ordenanza” en 1517, las armas ya adquiridas por los municipios servirían, una vez robadas, para los comuneros, mientras que la burguesía de la época presentaba una división evidente: comerciantes exportadores de Burgos y el Cantábrico contra industriales laneros de Segovia y el interior.

En cuanto a la población campesina pesaban sobre ella derechos señoriales, diezmos, impuestos sobre la tierra, usura… y aún en el caso del campesinado libre, si estaba en territorio de jurisdicción señorial, quedaba sometido a una serie de tributos, especialmente el fuero y la martiniega, cuya finalidad era poner de manifiesto los derechos jurídicos del señor. Otros impuestos eran la pensión y el humazgo, el pedido, el yantar, el servicio, etc., pero no eran coincidentes en todos los lugares. Una prueba del malestar de los habitantes de señorío se pone de manifiesto en un relato de Bartolomé de las Casas: en 1518 reclutaba gente para ir a las Indias y preguntó a un viejo de más de 70 años de entre los varios que se presentaban, cual era la razón de querer ir a América, a lo que contestó que “a morirme y dejar a mis hijos en tierra libre…

Para los campesinos la renta de la tierra (los no propietarios) era la carga más gravosa de cuantas pesaban sobre ellos y entre los comuneros de 1520 se encuentran numerosos contratos de censos, que se habían extendido mucho en Castilla.


[1] Véase la importancia de Andalucía, 5 ciudades de un total de 11, y la meseta: 4 al norte del Sistema Central y Toledo al sur.

sábado, 14 de octubre de 2017

Paganismo y cristianismo


Dibujo del palacio de Spalato (actual Split, Croacia)

Según F. G. Maier, los creadores de las nuevas formas de vida en el Imperio romano fueron Diocleciano y Constantino, en el caso de este último por su decisión sobre el cristianismo, que el autor citado considera revolucionaria. Diocleciano reorganizó el ejército y amplió las obligaciones civiles de los ciudadanos para con el Imperio, se preocupó de la organización provincial burocratizando la administración como nunca lo había estado antes. La construcción del palacio de Sapalato ha sido considerado por algunos autores como el símbolo de un cambio: se trata de una fortaleza donde reside el emperador una vez se produjo su abdicación, pero también los altos funcionarios, su personal subordinado y una guarnición militar. Parece haber sido concebido como las grandes fortalezas que luego se conocerán en la Edad Media, pero muchos de sus elementos son clásicos.

La “Notitia dignitatum” es una fuente del siglo V que nos sirve para conocer la organización del Estado romano: los funcionarios de la Administración central eran el “magíster officiorum”, que se encargaba de la supervisión de los cargos cortesanos, la administración y las relaciones diplomáticas; el “quaestor” era el secretario de estado y ministro de justicia; los ministros de finanzas, entre los que se encontraban el “comes sacrarum largitionum”, responsable del fisco y el “comes rerum privatarum”, encargado de los ingresos privados del emperador. Los funcionarios de la Administración regional eran  los “praefecti praetorio” (4) que actuaban como virreyes en Galias (con Hispania y Britania), Italia (con África y los Balcanes noroccidentales), Iliria (el resto de los Balcanes y el Danubio) y Oriente. Las diócesis fueron divisiones de las cuatro prefecturas administradas por vicarios. Por último estaban las provincias administradas por gobernadores provinciales, que podían ser “consularis”, “procónsul”, “corrector” o “pareces”. En los límites había “dux”. Roma y Constantinopla fueron administradas por separado bajo el control de un “vicarius” imperial y por los “praefecti urbi” senatoriales.

Las residencias de la tetrarquía fueron Tréveris, Milán, Aquileia, Sirmio, Sardica y Nicomedia, residiendo Diocleciano, por lo general, en esta última. Constantinopla tuvo, como Roma, senado, capitolio, distritos, pan gratuito para la plebe, un palacio imperial y edificios oficiales.

La reforma fiscal de Diocleciano creó por primera vez la posibilidad de calcular previamente los ingresos del fisco y elaborar con ello un presupuesto estatal. La “annona”, el capítulo principal en el siglo III, derramaba en especie a los propietarios de tierras. Las legiones fueron reducidas a un tercio de su capacidad numérica, mientras que las formaciones auxiliares bárbaras pasaron a jugar un papel cada vez más importante.

A principios del siglo IV el cristianismo era aún una de tantas religiones de salvación de origen oriental, pero la única exclusivista, que obligaba a rechazar el sacrificio a las divinidades oficiales, por lo que era considerada peligrosa. Constantino no aspiró a imponer la exclusividad del cristianismo frente a otras religiones, no elevó nunca a religión única y oficial del estado al cristianismo, pero con su conversión, al final de su vida, arrastró a otros. Es curioso el testimonio del obispo Gregorio de Nisa (382) que dice: “cuando voy a la tienda y pregunto cuánto tengo que pagar, me responden con un discurso filosófico sobre el hijo engendrado y no engendrado del padre…”. Es la época de los “padres de la Iglesia”: Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona, Jerónimo, Basilio de Nisa, Gregorio Nacianceno, el citado Gregorio de Nisa y Anastasio de Alejandría. Los obispos eran las máximas autoridades eclesiásticas en cada distrito y eran elegidos por el pueblo (seguramente de forma irregular), y más tarde por el sínodo metropolitano; su autonomía era plena y a su autoridad docente y espiritual unía la jurídica.

En el siglo IV se formaron patriarcados a partir del concilio de Calcedonia (451), siendo sus sedes Alejandría, Antioquia, Constantinopla, Jerusalén y Roma, no poseyendo la autoridad dogmática nadie en particular, solo la asamblea de obispos, el sínodo, que podía congregar a los del ámbito metropolitano o a los de todo el patriarcado. El sínodo general o concilio ecuménico fue idea de Constantino y fue convocado y presidido por el emperador.

Al mismo tiempo surge el monacato con Antonio en Egipto (muerto en 356), Juan Casiano en Occidente (360-430), Benito de Nursia (480-547) y Casiodoro. Pero el mundo espiritual pagano y el cristianismo se hallaban íntimamente ligados, tanto en lo referente a las formas del culto y a las prácticas devotas como en la general creencia sobre la actuación de poderes invisibles en este mundo. Incienso, agua bendita y ornato de velas procedían del ceremonial de la Corte y de las festividades de los misterios; la virgen María, de la luna en relación con el culto a Isis; las navidades fueron fijadas en tiempos de Constantino por el aniversario del dios-sol el 25 de diciembre. El naciente culto de las reliquias, basado en la convicción de la acción mágica de su contacto, derivaba de concepciones paganas y las peregrinaciones tienen precursores y orígenes no cristianos (en el judaísmo).

En el primer cristianismo hubo varios teólogos que contrapusieron cristianismo y estado, como por ejemplo Tertuliano. Para Agustín de Hipona todo orden político era un orden perverso, de dominio del hombre sobre el hombre, y la cristianización de un orden basado en el poder no se veía como posible, pero lo cierto es que la relación entre política y religión (cristianismo) condicionó la política interior del Imperio y se fue imponiendo la idea de que el derecho de los emperadores a intervenir en temas religiosos y eclesiásticos procedía de que su autoridad era “divina”, aceptándose mayormente al emperador como cabeza de la Iglesia en Oriente que en Occidente.

El siglo IV es en el que los conceptos trinitarios se incorporan al catolicismo como consecuencia del debate con el arrianismo y la división de la Iglesia arranca ya de dicho siglo. Teodosio, por su parte, no se invistió ya del cargo de “pontifex maximus” y aquí comenzó la persecución del paganismo.

jueves, 12 de octubre de 2017

El jansenismo en España



Antigua imagen de Astorga (León)

A finales del siglo XVII se distinguían tres tipos de jansenismo: el de los que defendían las posiciones teológicas de Jansenio, el de los que aspiraban a una religiosidad más espiritual y primitiva, y el de los opositores a los jesuitas.

Los jansenistas impugnan el molinismo, que trató de conciliar la presencia divina y la eficacia de la gracia de Dios con la libertad humana, lo que fue aceptado por la compañía de Jesús: Dios prevé el uso que hará cada hombre de las gracias que reciba. Partidarios de una reforma católica a partir del jansenismo fueron Saint Cyran, Arnauld, Pascal y Quesnel. El abad de Saint Cyran había nacido en Bayona y estudió teología, habiendo conocido a Janseino e influyendo en Arnauld. Este nació en París y tuvo una formación polifacética (matemáticas, filosofía, teología) siendo clérigo. Pascal fue un estudioso del cristianismo, una apología del cual preparó en una época de turbulencias religiosas, pero abrazó el jansenismo, que es una corriente cristiana[1]. Quesnel fue, ante todo, el autor de una obra sobre moral, “Nuevo testamento en francés…”, que publicó en 1693, cuyas ideas fueron condenadas por la bula papal “Unigenitus” (Clemente XI) pero en 1713.

Tempranamente se había dado el jansenismo, y continuadamente, en Holanda y Bélgica, y quizá influyó en ello que Jansenio fue obispo de Ypres (al oeste de Bélgica). La ciudad contaba con una lonja de paños relacionada con su importante industrial textil desde la Edad Media, y una catedral gótica que se había construido sobre una iglesia románica anterior.

El mismo Bossuet sostuvo (1682) que el poder de la Iglesia y del papa se limita a lo espiritual; el rey no está sujeto a ningún poder espiritual directo o indirecto en asuntos temporales; el rey no puede ser depuesto por el papa como tampoco puede absolver a los súbditos del juramento de obediencia al rey. Aunque el poder espiritual pertenece por completo al Pontífice, está subordinado al Concilio general y el poder espiritual está limitado por las reglas del derecho canónico. Bossuet no cree en la infalibilidad del papa… a menos que toda la Iglesia esté de acuerdo con sus declaraciones dogmáticas.

Entre catolicismo y jansenismo se da la oposición entre un sistema eclesiástico nacional estrechamente relacionado con el poder político –sistema apoyado en la autoridad episcopal- y el poder absoluto del papa. Jansenio había nacido en 1585 (Holanda) y murió en 1638. En la Universidad de Lovaina tomó partido por el agustinismo contra los jesuitas y se relacionó con Duvergier de Hauranne, el introductor del janesinismo en Fancia. Jansenio escribió su “Agustinus”, un tratado acerca de la gracia, cuya aparición, dos años después de su muerte, ocasionó una gran querella. En dicha obra se pretende limitar la libertad humana partiendo del principio de que la gracia se otorga a algunos seres desde su nacimiento y a otros se les niega. Mientras que la escuela de Agustín de Hipona otorga mayores poderes a la iniciativa divina frente a la libertad humana, los jesuitas (Molina) los conceden a esta útlima.

El jansenismo en España se da en el último decenio del siglo XVIII y los dos primeros del XIX, pero no sigue la controversia teológica, sino la vertiente jurisdiccionalista. Las medidas desamortizadoras tuvieron sus partidarios incluso entre algunos elementos del clero medio un siglo antes de que se planteasen en las Cortes de Cádiz, y ello porque las propiedades temporales apartaban al clero de su verdadera función. El regalista Sempere y Guarinos, en su extensa obra, defiende ideas inspiradas en el jansenismo (no en su aspecto teológico) y sin duda alguna fue un ilustrado. Pero el ejemplo francés, de que los obispos, durante la Asamblea Constitucional, renunciaron a gran parte de sus bienes, no tuvo versión española, pero es cierto que el clero español puso sus riquezas al servicio del Estado cuando comenzó la guerra de 1808 (esto obedece a otras razones que no son las del convencimiento de que dichas riquezas debían ser públicas o pasar a manos de particulares).

Entre los jansenistas españoles pueden citarse a J. L. Villanueva, Vicente Blasco, Félix Torres Amat y el citado Sempere. El primero fue un eclesiástico y político nacido en Xátiva en 1757; diputado liberal en las Cortes de Cádiz, combatió a la Inquisición y fue miembro de la comisión que propuso la reforma de las órdenes regulares (1811). Condenado a seis años de reclusión en 1815, participó de nuevo en las Cortes de 1820-23, pero en este último año se exilió a Gran Bretaña. Blasco fue teólogo y filósofo, nacido en Torroella de Montgrí en 1735, fue rector de la Universidad de Valencia durante la guerra de 1808, pero también caballero del hábito de Montesa y canónigo. Torres Amat fue un religioso y escritor nacido en Sallent en 1772, de extraordinaria cultura, políglota y de espíritu liberal, fue obispo de Astorga.

En cuanto a las desamortizaciones, estuvo animado el debate, durante el siglo XVIII, por Campomanes, Jovellanos e Inguanzo. La mayoría de las medidas regalistas habían sido inspiradas por el primero para evitar la influencia de los regulares en hospitales y escuelas, algunos de cuyos ejemplos son los siguientes: prohibir la vestidura de hábitos a los menores de 20 años, prohibir la adquisición de bienes raíces por legado, prohibir la fundación de conventos sin rentas para sostenerlos, y prohibir la petición de limosnas para redimir cautivos.

Por su parte, Juan Antonio Llorente publicó, en 1819, un Proyecto de Constitución religiosa en el que pretendía volver al primitivo cristianismo, pero Josph Xavier Rodríguez de Arellano es el prototipo de prelado regalista[2].


[1] Ver http://ec.aciprensa.com/wiki/Blas_Pascal
[2] “El jansenismo en España”, María Giovanna Tomsich, Siglo XXI E., 1872.

lunes, 9 de octubre de 2017

Judíos contra Roma

La meseta de Masadá y sus restos arqueológicos


Gesio Floro, procurador romano en Judea desde el año 64 de nuestra era, cometió tantos abusos que soliviantaron a la población judía, lo que llevó al levantamiento del año 66 y la guerra subsiguiente hasta el 74.  El historiador Flavio Josefo hace responsables, por parte judía, a los defensores de la “cuarta filosofía”[1], entre los que se encuentran los zelotes.

Tras la muerte del rey Herodes Agripa (44 d. C.) los procuradores romanos que se fueron sucediendo soliviantaron más o menos a los judíos, creándose un clima de tensión contra la corrupción de los magistrados romanos (Cumano en torno a 50 d. C., Félix a continuación, Luceyo Albino y Gesio Floro, el cual hizo bueno al anterior, pues el historiador judío señala en su obra como se recordaba a Albino como bueno en comparación a Floro. Centros de protesta fueron, sobre todo, Cesarea Martítima (donde había población greco-siria y judía) y Jerusalén. En esta ciudad, ya Poncio Pilato había pretendido construir un acueducto con dinero del Templo; había situado escudos votivos (sin imágenes) con el nombre del emperador Tiberio en el “praetorium”, aunque el emperador ordenó retirarlos y ponerlos en el templo de Augusto en Cesarea Marítima, al darse cuenta de que era una actitud desafiante del prefecto.  De Floro dice Josefo que no solo no quiso evitar la guerra sino provocarla, pues sus abusos y rapiñas le llevaron a colaborar con bandoleros para enriquecerse. En Jerusalén, las provocaciones de Floro fueron tales que, para sofocar las protestas, infantes y caballeros romanos provocaron una masacre, haciendo que la tropa actuase “con una crueldad hasta entonces desconocida”, dice Flavio Josefo.

El procurador de Siria, Cestio, superior de Floro, fue informado de esto pero no pudo contener ni los abusos ni las revueltas judías, pues los más extremos (zelotes y “sicarii” no estuvieron dispuestos a soportar aquellos abusos y ofensas. Agripa II envió su apoyo a Jerusalén para secundar a los grupos judíos más moderados (sacerdotes entre ellos), con lo que se ve que el conflicto no fue solo contra Roma sino civil entre judíos, pero fue desbordado por las circunstancias. Eleazar, a la cabeza de los rebeldes, se hicieron con una parte de la ciudad y prendieron fuego a la casa del sumo sacerdote Ananías, al palacio de Agripa y al edifico que contenía los archivos, donde se encontraban los contratos y préstamos. Pero también entre los más rebeldes hubo enfrentamientos, particularmente entre los que siguieron a Eleazar y los que lo hicieron con Manahem, hijo de Judas el Galileo. Los de Eleazar aprovecharon una coyuntura que les resultó favorable para capturar a Manahem mientras oraba en el Templo, lo torturaron y lo mataron, acabando así mismo con la guarnición romana.

Otras ciudades donde hubo conflicto fueron Filadelfia, Gerasa, Pela, Escitópolis, Gadara, Hipo, Gaulanitide, Cadasa, Ptolemaida y Gaba. En Maqueronte la guarnición romana entregó la fortaleza a los judíos, mientras que fracasando el gobernador de Siria en sofocar las revueltas, se hicieron cargo de ello Vespasiano y Tito (67 a 70 d. C.) futuros emperadores. Durante esta guerra se produjo el asedio y destrucción de Jerusalén[2] por las tropas de Tito (año 70) y en aquel año se produjo la ocupación de las últimas fortalezas judías: Herodion, Maqueronte y Masadá. La primera está muy cerca, al sur de Jerusalén, sobre un altozano, habiendo pertenecido a los asmoneos; Maqueronte se encuentra en la región de Perea, en la actual Jordania, y Masadá junto al mar Muerto, último bastión de los zelotes.

La información que tenemos de esta rebelión y guerra de los judíos contra Roma es de Flabio Josefo, fariseo contemporáneo de los hechos que, aunque algunos historiadores lo han considerado prorromano, otros consideran que es una fuente fiable, pues también critica las divisiones entre los judíos (el resto de las informaciones lo proporciona la arqueología).

Los judíos tenían unas relaciones singulares con los ocupantes romanos: a épocas de colaboración obligada sucedían conflictos violentos. Los zelotes fueron el grupo que más intentaron mantener un enfrentamiento larvado con Roma, pero otros sectores como los fariseos fueron más colaboracionistas, además de los judíos más helenizados y con mayor capacidad económica, como es el caso de los saduceos, que solían monopolizar el sumo sacerdocio. El judaísmo no tenía, por tanto, cohesión, a lo que contribuyó la geografía dispersa del país y la inveterada disfunción religiosa respecto a los samaritanos. Además existían lazos de clientelismo, por lo que aquellos que se encontraban dependientes de los romanos tendían a mantener buenas relaciones con ellos.

El contexto histórico de la guerra del 66 es el de un mesianismo apocalíptico y liberador, según E. Pitillas, fruto también de la división de la sociedad judía desde la época asmonea, dinastía que consiguió independizar a los judíos en 164 a. C. del dominio del seléucida Antíoco IV. Este había decretado medidas que ponían en peligro costumbres muy arraigadas entre los judíos, como por ejemplo la circuncisión; contando con la colaboración de judíos helenizados, ello provocó la oposición del sacerdote Matatías (166 a. C.) en Modín[3], al noroeste de Jerusalén, lo que llevó al poder a la dinastía asmonea. Pero las tensiones no cesaron ente los que defendían a ultranza los cultos y ritos de la sociedad hebraica, la progresiva influencia helénica y la inquietante difusión del politeísmo. Las querellas dinásticas hicieron que Pompeyo, en el siglo I a. C., interviniese en los asuntos judíos, entre otras cosas porque fueron grupos judíos los que acudieron a la intervención romana para que apoye al asmoneo Aristóbulo o a Hircano, apoyado este por los fariseos.

La guerra del 66 no fue solo de tipo colonial, sino un conflicto social entre los propios judíos (zelotes, los más radicales, y los notables, inclinados a Roma). El zelote Eleazar ben Simón, hijo del sumo sacerdote Ananías, llegó a suspender el sacrificio diario en honor del emperador romano, y esto llevó a Flavio Josefo a coordinar las fuerzas judías en Galilea contra el Imperio, estando durante cuarenta y siete días soportando el asedio de Jotapata[4] antes de entregarse a Vespasiano. El episodio consistió en una carnicería donde miles de judíos murieron.

Flavio Josefo –dice Eduardo Pitillas- escribió una obra que pretendía convences al público helenizado, pero no ahorró cifras a la hora de cuantificar las masacres llevadas a cabo por Roma y por sus compatriotas. Josefo interpreta que los sumos sacerdotes no pudieron encauzar el conflicto y se vieron desbordados por los acontecimientos, siendo Jerusalén el escenario de un brutal enfrentamiento civil, donde se dio tanto el radicalismo como el bandidaje. El emperador Tito decidió, por su parte, no destruir el templo, pero el ejército romano se empleó en brutales matanzas, lo que por otra parte era habitual en todos los ejércitos del mundo antiguo.

(Fuente: “El origen de la revuelta judía contra Roma…”, E. Pitillas Salañer).


[1] Partidarios de la libertad a cualquier precio, sin admitir ningún tipo de dominación exterior, en este caso romana. Uno de sus adeptos es Judas el Galileo. Esta intransigencia, que choca con la contemporización de una parte del pueblo judío, no podía traer sino desórdenes y conflictos.
[2] Además del impacto religioso, el templo era una maravilla arquitectónica en su época, según Levine y E. Pitillas.
[3] Antigua el-Midya.
[4] Al norte del actual Israel. Es la moderna Yodfat.