martes, 22 de enero de 2019

Galicia y Portugal: conflictos medievales

Estuario del Miño

Dice el historiador Carlos Barros[i] que, en el siglo XV, la idea de “reino” de Galicia, o de “reino” de Portugal, equivale a la idea de “señorío” de Galicia, o de “señorío” de Portugal. Las entidades nacionales se concebían como grandes señoríos. Según fuese el estado así se concebía la frontera y el estado territorial en la Edad Media se distinguía mal de las otras formas espaciales. Se superponían las fronteras señoriales, eclesiásticas y políticas; y las fronteras del rey no eran las que más incidían en la vida cotidiana.

Con la “modernidad” se produce el fin de las aduanas señoriales y la nacionalización de las jurisdicciones, al tiempo que se produce por parte del los estados un mayor control comercial, fiscal, judicial, etc. A finales de la Edad Media en la frontera gallego-portuguesa se mantienen relaciones intensas de buena vecindad, pero en el contexto de las guerras por la hegemonía peninsular entre Castilla y Portugal, en la segunda mitad del siglo XIV[ii] y en la segunda del XV[iii], se constituyen en Galicia sendos bandos, uno pro-Portugal y otro pro-Castilla, acabando este por triunfar.

Después de 1385, Joâo I animó a recuperar para Portugal las propiedades del obispado de Tui (que entonces era Diego Anaya Maldonado, sucediéndole Juan Ramírez de Guzmán), entre el Miño y el Limia, que terminaron bajo soberanía portuguesa. Los tudenses llamaron –dice Carlos Barros- “chamorros” a los de Valença, y todavía en 1424 el cabildo de Tui requiere al concejo para que no deje entrar en la ciudad a los rebeldes excomulgados de Valença (en el contexto del cisma papal de la Iglesia).

“Chamorro” significa tener el pelo corto y la barba rapada, moda portuguesa a partir del rey Fernando (1367-1383), que sirvió para que los castellanos, vencidos en Aljubarrota, llamasen así a los portugueses. En la época, “chamorro” equivalía a pobre, vil.

Si nos trasladamos a la batalla de Toro (1476) –siguiendo a Carlos Barros- los gallegos y los portugueses desarrollaron tanta destreza en deshonrarse mutuamente que terminó en guerra. El arzobispo Fonseca y el conde de Monterrei provocaron a los portugueses de Pedro Álvarez de Sotomayor llamándoles “sebosos, cabrones…” y otras lindezas. Los portugueses se pronunciaban: “esperad, ladrones gallegos, páparos[iv], torrezneyros”. El enfrentamiento armado llevó a 150 portugueses a la muerte, defensores de la causa de Alfonso V, partidario de la integración de Galicia en Portugal.  

Dice el historiador al que seguimos aquí que tiene dudas de que las fronteras que luego se han formado fuesen posibles “sin esta aportación de las enemistades nacionales propias de la modernidad”.


[i] “Cierre de fronteras y enemistades colectivas”.
[ii] La guerra civil desencadenada en Portugal (1383-1385) tras la muerte de Fernando I, llevó a varios candidatos, entre los que estuvo Juan I de Castilla, lo que no fue aceptado por todos.
[iii] La guerra civil castellana entre 1475 y 1479 por la sucesión de Enrique IV, llevó a la monarquía portuguesa a apoyar a la hija del rey castellano, contra las pretensiones de su hermana, Isabel, que resultaría triunfante.
[iv] Persona simple.

Grecia en el siglo XIX

Otón I de Grecia
(Wikipedia)

Edward Malefakis ha estudiado la historia de Grecia en el siglo XIX en comparación con otros países europeos del sur de Europa (España, Portugal e Italia), llegando a la conclusión de que, aunque hay semejanzas, las diferencias con más. En 1830, cuando se produce la independencia de Grecia del Imperio otomano, y varias décadas antes de que se produzca la unificación italiana, aquí habían existido estados de forma ininterrumpida, entre los que se encontraban el potente Piamonte y la sofisticada Toscana, mientras que el Estado griego surgió de un vacío tras cuatrocientos años de ocupación otomana. A partir de este momento, Grecia era un estado-nación mucho menos completo que España, Portugal e Italia.

El Estado griego creado en 1830 solo comprendía el 37% del territorio que constituye la Grecia la Grecia actual, y una parte aún menor de lo que la mayoría de los griegos consideran como las tierras que en justicia les pertenecían. Nunca se definió con exactitud que territorios debían constituir la nueva Grecia. Con la anexión de las islas Jónicas y de Tesalia, Grecia alcanzó el 49% de sus dimensiones actuales a fines del siglo XIX, no obstante la mayoría de los griegos seguían viviendo fuera del Estado, en la diáspora. Solo tras los enormes logros territoriales y demográficos conseguidos en las guerras balcánicas (1912 y 1913) residieron en Grecia más de la mitad de todos los griegos.

El nacionalismo y el irredentismo fueron grandes fuerzas impulsoras para los griegos, hasta el punto de que con la “Megali Idea”[i] (la Gran Idea), se concibió una Grecia imperial que remedara al Imperio bizantino, con la capital en Constantinopla y otros territorios en los Balcanes y Anatolia, donde vivían griegos. Otra fuente de nacionalismo surgió en los años 1880, cuando Bulgaria comenzó a contender por Macedonia y Tracia, que los griegos consideraban suyas. Nada hay comparable al irredentismo griego España o Portugal, y en el caso de Italia, el irredentismo en torno al Trentino y Venecia-Giulia solo se dio de forma esporádica.

Grecia fue mucho más dependiente de las grandes potencias que ninguna otra de las naciones que aquí se comparan con ella. Las intervenciones militares inglesa, francesa y rusa de los años 1827-30 habían permitido la independencia de Grecia y más tarde la incorporación de las islas Jónicas (1864) y Tesalia (1881). También dichas potencias habían contribuido a asegurar la autonomía de Creta y protegió a Grecia tras su derrota en la guerra de 1897 contra el Imperio otomano.

Pero esta dependencia de las grandes potencias suscitó un profundo resentimiento entre la población griega, aunque hubiese sido beneficiosa en los aspectos que Malefakis señala. En la década de 1850 el puerto principal de Grecia fue bloqueado dos veces porque entraba en conflicto con los intereses de británicos y franceses, viéndose Grecia forzada a aceptar un consejo de control internacional que vigilara sus finanzas y garantizase el pago de las indemnizaciones al Imperio turco a causa de la guerra de 1897. Esto no ocurrió en ningún otro de los estados europeos aquí comparados.

Socialmente Grecia era menos compleja que España, Italia o Portugal: su economía estaba menos desarrollada y era esencialmente agraria, con índices de urbanización muy bajos. La clase comercial  por la tradición marítima no se podía comparar a las burguesías de los otros países y las diferencias sociales eran en Grecia menos acusadas. Incluso las clases no estaban consolidadas, pues dentro del campesinado la estratificación era relativamente escasa. Habían sido expulsados los antiguos terratenientes turcos y entre 1830 y 1850 quedaron disponibles muchas tierras para un campesinado independiente; casi no había una clase de jornaleros rurales sin tierra. Tampoco existía una “elite” consolidada, pues cuatro siglos de dominio otomano habían acabado con la clase dirigente autóctona. Los dirigentes regionales salidos de las guerras y las familias fanariotas[ii] se habían enriquecido con el comercio de granos ruso o con el algodón egipcio, pero no hacen número suficiente.

La política griega estuvo también menos perturbada, ya que la población tenía un fuerte sentimiento de identidad debido al largo dominio turco y a la masiva participación popular en la guerra de independencia. Algunas instituciones de la democracia fueron más fácilmente aceptadas en Grecia: el sufragio universal masculino se estableció muy pronto (1843) y nunca después fue seriamente cuestionado. A partir de 1864 existió una sola cámara legislativa y la censura no fue sistemática, existiendo en las ciudades una vigorosa prensa libre. La Iglesia era menos problemática que en Italia, España y Portugal, en primer lugar por la tradición ortodoxa, menos jerárquica y menos partidaria de inmiscuirse en cuestiones políticas. Salvo en dos ocasiones (1843 y 1862) el ejército tampoco fue en Grecia tan activo políticamente con en España o Portugal, aunque esta situación se alteraría a partir de 1900.

La Corona fue la única institución repetidamente cuestionada, pero más bien por las personas que la encarnaron que por el régimen monárquico. No había arraigo monárquico en Grecia y los reyes del siglo XIX tenían un origen y educación extranjeros[iii], que además fueron incompetentes o con tendencias absolutistas. Otón de Baviera reinó en medio de una tensión casi continua hasta que fue derrocado en 1862, y Jorge de Dinamarca tuvo tiempo a lo largo de cincuenta años de suscitar cierto favor hacia la monarquía.

Los conceptos de izquierda y derecha no tuvieron sentido en Grecia durante el siglo XIX. La principal divisoria era la marcada entre modernizadores (partidarios de aplazar las aspiraciones irredentistas) y populistas (partidarios de estimular los sentimientos nacionalistas). En la década de 1880 a 1890 fueron ejemplos de estas tendencias Trikoupis y Delivannis, respectivamente. El primero estudió en Francia y en 1874 se pronunció contra el rey, acusado de no respetar al Parlamento, pues el monarca era partidario de designar al primer ministro que considerase oportuno sin tener en cuenta el resultado de las elecciones. El segundo era conservador, ultranacionalista y partidario de la “Megali Idea”.

La derrota de Grecia en 1897 fue tan humillante para los griegos como la de 1898 en Cuba para España o la derrota de Italia en Etiopía en 1896. Y todo esto en medio de un siglo en el que el atraso económico había sido la norma, lo que había engendrado una gran pobreza, hasta el punto de que el principal producto de exportación de Grecia fueron las pasas de Corinto… En el siglo XX Grecia será muy distinta.


[i] Desde los años cuarenta del siglo XIX alimentó la política griega. El término se debe al primer ministro durante el reinado del rey Otón, Ioannis Kilettis, curiosamente de origen valaco
[ii] Del barrio constantinopolitano Fanar, donde residían ricos comerciantes griegos.
[iii] Impuestos por las potencias.

lunes, 21 de enero de 2019

Meriníes, nazaríes y cristianos

Puerta de Fez en la muralla de Ceuta
http://blogdeceuta.com/2011/12/puerta-de-fez-murallas-merinies-de.html

Los meriníes de Fez, que se consideraron herederos de los almohades, en África noroccidental, mantuvieron una serie de relaciones con los nazaríes de Granada y con los estados cristianos de la península Ibérica que ponen de manifiesto dos cuestiones: las divisiones internas en todos ellos (musulmanes y cristianos) y las alianzas mixtas, dándose situaciones de operaciones diplomáticas y militares de cristianos y musulmanes juntos contra musulmanes y cristianos por otro lado.

La intervención de los meriníes en la Península se inició bajo el mandato del sultán Abu Yusuf (1258-1286), quien llevó a cabo una importante ofensiva militar con cinco expediciones por tierras de al-Andalus, según ha estudiado, entre otros, Miguel A. Manzano[i]. Incluso antes de estar al mando, Yusuf manifestó su deseo de un yihad en al-Andalus, por lo que pidió permiso a su hermano, que era el sultán antes de 1258. Este –relata el autor citado- se lo negó, a pesar de lo cual Yusuf llegó hasta Alcazarseguir[ii], dispuesto a cruzar el estrecho de Gribraltar, pero no pasó de ahí. Si los almohades se habían hecho dueños de buena parte de la península, habiéndola “perdido” ¿por qué no recuperarla los benimerines, sus hermanos de religión? Hubo, como en el caso del reino visigodo siglos atrás, una “pérdida de España” para los grupos dirigentes musulmanes.

Quedaba todavía por conquistar Marrakus a los meriníes, lo que no se producirá hasta 1269, y faltaba el control de ciudades como Siyilmasa o puertos como Ceuta, lo que no ocurrió hasta 1274. Los intentos de pasar a la península Ibérica estaban condicionados por seguir cierta ortodoxia acorde con los consejos de santones o líderes religiosos, y de hecho así quedó reflejado en la numismática, en la que la mención al sultán será sustituida por alusiones al Corán.

Entre 1262 y 1264 llegaron a la península las primeras tropas meriníes, pero se trata de fracciones rebeldes dentro del propio sultanato de Fez. Teóricamente decían cumplir con el yihad, aunque se tratase de rivales de la máxima autoridad meriní para desestabilizarla, pero supuso un refuerzo militar para Muhammad I, máxima autoridad de Granada, que tuvo que sofocar un levantamiento mudéjar entre 1264 y 1266. Vemos, pues, disidencias tanto en Fez como en Granada, como así mismo las veremos en territorio cristiano. Estos meriníes, en realidad, todavía disputaban el territorio africano a los almohades[iii].

Diez años más tarde Muhammad II de Granda habría pedido auxilio a los meriníes ante las dificultades por las que atravesaba, dándose la primera expedición de Abu Yusuf, ya que el granadino tenía problemas internos con los partidarios de otra dinastía, la cual podría también haber solicitado apoyo a Yusuf. Un poeta del siglo XV dejó escrito que la dinastía disidente llamó a Yusuf “por la religión”, pero es evidente que se trataba de un conflicto interno en Granada cuyas partes acuden a la ayuda del mismo meriní. Por otro lado estaban los avances cristianos, y las autoridades de Granada, Fez, Tremecén y Túnez pugnaban por hacerse con la hegemonía. Cada uno de estos estados, como los cristianos, tenía por suya la tierra que había conquistado al enemigo, pero también la que el enemigo le había arrebatado, y para justificar sus actuaciones recurrían al espíritu de cruzada o al de yihad. El Estrecho –dice Miguel A. Manzano- fue más una puerta que una frontera insuperable.

Abu Yusuf vio la necesidad de obtener el apoyo logístico de Ceuta, gobernada por una dinastía distinta, que aportó navíos y arqueros al ejército meriní, aunque estos solían llegar a Alcazarseguir para el trasvase de tropas a la península. Por otro lado la cesión o intercambio de plazas entre nazaríes y meriníes era común y, en ese caso, Muhammad II entregó Algeciras, Tarifa y Ronda a Abu Yusuf. Miguel A. Manzano cree que más que ceder estos territorios lo que se hizo fue ceder los derechos para llevar a cabo la lucha contra los cristianos, lo que también hicieron estos con territorios antes de ser conquistados. La primera expedición de Abu Yusuf (1275-1276) no contó con unidad en las filas musulmanas porque las tensiones entre Muhammad II y la dinastía granadina disidente no lo permitieron, habiendo enfrentamientos en Córdoba, Jaén, Sevilla y Jerez sin que las tropas meriníes tuviesen victorias claras. La excepción fue Écija sobre Nuño González de Lara, que fue derrotado y muerto en 1275. Los cristianos habían ejercido en esta población enorme represión contra una revuelta mudéjar.

Poco aprovechó esto a Yusuf, pues las revueltas internas en territorio meriní continuaban, lo que le obligó a regresar a África. De todas formas, la voluntad de Yusuf de instalarse en la península se demuestra al iniciar la construcción de la ciudad de al-Binya (residencia palatina de Algeciras).

La segunda expedición  tuvo lugar entre 1277 y 1278, pero Yusuf encontró dificultades para movilizar a sus tropas, además de que no fue requerido por Muhammad II, por lo que llegando a la península se reunió en Ronda con la dinastía disidente granadina y llevó a cabo con ella algunas campañas sin la participación del sultán nazarí. Los enfrentamientos con los cristianos se dieron en Aljarafe, Alcalá del Río, Guillena, Cantillana, Alcolea, Constantina, Morón, Rota, Sanlúcar de Barrameda, Santa María del Puerto[iv], Porcuna, Arjona, Baeza, Martos, Cañete de las Torres y Andújar[v], un vasto territorio sobre el que los meriníes solo tuvieron algún éxito en los asedios, pero dejaron una imagen de gran desolación tras arrasar los campos y devastar las aldeas andaluzas. La única ventaja territorial fue Málaga, entregada voluntariamente por la dinastía disidente nazarí para disgusto de Muhammad II.

Se sabe que durante la entrevista de Yusuf con los disidentes granadinos se acordó atacar la ciudad de Sevilla, porque aquí se armaban los navíos que impedían el trasvase de combatientes musulmanes a la península.

La tercera expedición se produjo entre 1278 y 1279, originada por el bloqueo marítimo que Alfonso X puso sobre Algeciras, para lo que contó con la alianza de Muhammad II, descontento con la pérdida de Málaga, y del sultanato de Tremecén, enemigo tradicional de los meriníes en estos años. Fue el primer enfrentamiento naval importante entre Castilla y Fez, que se saldó a favor de esta última, aunque Yusuf no pudo pasar a la península por rebeliones internas entre los cristianos. Esto fue aprovechado por los nazaríes para recuperar Málaga o Ronda (no está claro), lo que minimizó la victoria naval de los meriníes.

La cuarta expedición tuvo lugar entre los años 1282 y 1283, a partir del momento en que Alfonso X solicitó la ayuda de Yusuf para enfrentarse a su hijo, el futuro Sancho IV. Es una muestra más de la conveniencia en cambiar las alianzas según el momento, ya que en 1260 los meriníes habían sido vencidos por el castellano en Salé[vi] y habían sufrido ataques en Larache[vii] y Tisams en 1269. En 1282 un ejército formado por soldados magrebíes y castellanos asediaron Córdoba, donde se había refugiado el infante Sancho, sin que lograran derrotarlo. Los meriníes se internaron luego por Andújar, Jaén, Úbeda, Terrinches[viii] y los alfoces de Toledo, llegando incluso a Madrid. El infante Sancho buscó la alianza de Muhammad II y, de esta forma, dos ejércitos mixtos se enfrentaron, pero los seiscientos caballeros que Alfonso X entregó a Yusuf decidieron no apoyar a este después de algunos ataques de Yusuf por tierras de Málaga, Cártama[ix], Coín y Fuengirola. Los ejércitos mixtos se escindieron mientras que los meriníes se movían por Córdoba, Jaén, Úbeda y Baeza, luego cerca de Ciudad Real y las poblaciones de Montiel y Almedina[x], teniendo que atravesar el puerto del Muradal, pero sin conseguir mayor éxito, y los soldados magrebíes se retiraron por Vilches, Santisteban del Puerto (1) y Baeza, para llegar a Algeciras y poner fin a la expedición.

El último intento de Yusuf de intervenir en la península se produjo en 1285, enfrentándose al rey Sancho IV y rompiendo relaciones diplomáticas con él, y Muhammad vio aquello con recelo, pues el africano no contó con él. Yusuf se empeñó en asediar Jerez, su objetivo fundamental, porque tenía gran importancia estratégica desde época almohade, además de que era zona de revueltas mudéjares. Yusuf actuó con contundencia durante poco más de un mes de asedio llegando a matar a 700 cristianos de los arrabales. Otros ataques se dieron en Sanlúcar de Barrameda, Carmona, Marchena, Arcos, El Puerto de Santa María y en algunos enclaves de tierras de Sevilla y Écija. Todo ello se completó con algunas escaramuzas por Niebla y Jaén, por lo tanto en un amplio territorio de toda la Andalucía dominada por el rey cristiano.

Los ataques a castillos y fortalezas fueron prioritarios con un ejército de unos 30.000 hombres (arqueros, jinetes, infantes…). Yusuf consiguió varios centenares de cautivos y se hizo con muchos animales como botín de guerra (miles de caballos y ganado menor en su conjunto). Los meriníes emplearon almajaneques y maquinaria de asedio. Pero Jerez resistió y Yusuf levantó el sitio al enterarse de que Sancho IV se disponía a bloquear el Estrecho, lo que impediría el regreso a Fez, pero no sin antes destrozar viñedos, olivares, árboles frutales y otras cosechas, lo que se contemplaba en el derecho islámico con ciertas restricciones. Miguel A. Manzano considera que esto es señal de que Yusuf no debía tener convicción en un éxito posterior, porque de lo contrario hubiese respetado la riqueza destruida para provecho propio.

Se firmó el acuerdo de paz en 1285 y el envío de sendas guarniciones a Coín y Estepona[xi] en previsión de alguna reacción por parte de Muhammad II, todo lo cual es buena muestra del espíritu guerrero de una larga época y de la prioridad de las ambiciones de poder de unos y otros, más allá de la retórica religiosa con la que se revestían.



[i] “De nuevo sobre la invasión de los meriníes en la Península Ibérica…”.
[ii] En el extremo norte del actual Marruecos, a orillas del Estrecho.
[iii] El último califa almohade dejó de reinar en 1269.
[iv] Todas estas comarcas y poblaciones se encuentran entre el oeste de la actual provincia de Sevilla, el interior y norte de la misma, el sur y el oeste de Cádiz, por lo tanto en la parte más occidental de la depresión del Guadalquivir.
[v] Estas poblaciones se encuentran entre el oeste de la actual provincia de Jaén y el este de la de Córdoba, en el centro de la de Jaén y al suroeste de la misma.
[vi] En la costa atlántica marroquí.
[vii] Al norte de Salé, cerca del Estrecho.
[viii] Al sureste de la actual provincia de Ciudad Real.
[ix] Al sur de la actual provincia de Málaga.
[x] Al sureste de la actual provincia de Ciudad Real ambas poblaciones.
[xi] Al sur y suroeste de la actual provincia de Málaga respectivamente.
(1) Al norte de la actual provincia de Jaén.

domingo, 20 de enero de 2019

L'Armée d'Espagne

Monumento a los héroes de Pontesampaio
Pontevedra


Antoine Fée, un joven de Issoudun[i], en el departamento central del Indre, era un entusiasta de la botánica que, viendo le llegaba el momento ser llamado a filas y que su familia no tenia medios para pagar un sustituto, decidió presentarse a unas oposiciones de farmacéutico militar. Este ejemplo es utilizado por el historiador Charles Esdaile para poner de manifiesto la aversión que sentían los jóvenes franceses a formar parte del ejército napoleónico.

El historiador citado explica lo inadecuado de l’Armée d’Espagne en 1807 y 1808, por lo que fue derrotada en las primeras campañas[ii]. También expone las dudas de los responsables del ejército a la hora de reclutar a soldados sin experiencia para formar parte de un segundo ejército y evitar trasladar a España al que se encontraba en Alemania. El ejército francés que ocupó la península Ibérica, por lo tanto, fue “todo lo contrario de lo que necesitaba en España un ejército imperial”.

En cuanto a la identidad de las tropas que se enviaron ade  España, el ejército napoleónico se reclutaba mediante el servicio obligatorio basado en la Ley Jourdan de 1798: a partir de los veinte años, todos los hombres solteros podían ser llamados a filas, pero también se incorporaban a la milicia algunos prisioneros de guerra y supervivientes de 1791 y 1792, estos últimos generalmente como oficiales. Los jóvenes que eran llamados a filas podían alegar cualquier causa suficiente para no entrar en el sorteo público donde un quinto de ellos entraban a servir en el ejército, aunque los que disponían de recursos podían pagar a otro para que les sustituyese. En gran parte de Francia había un resentimiento enorme contra la recluta obligatoria y ya en 1793 los campesinos habían mostrado su oposición a ser llamados a filas, donde probablemente perderían la vida.

La figura del soldado estaba asociada a la brutalidad y la vida licenciosa, mientras que la Guardia Nacional, que era una fuerza voluntaria vinculada a las clases propietarias, estaba exenta del sorteo de quintas. Había un rechazo evidente a este sistema y los jóvenes recurrieron a diversas estratagemas para librarse del servicio militar: casarse, el fraude, la fuga, la auto-mutilación, el motín e, incluso, la revuelta campesina contra lo que se conoció como el “impuesto de sangre”. Napoleón buscó una solución a esta resistencia recurriendo a la coerción, con lo que el número de refractarios disminuyó y para incorporar al recluta y crear un espíritu de cuerpo se creó la figura del ordinaire, un grupo de soldados que arropaban al recién llegado y se convertían en su “familia”, pero en 1807, se improvisó un ejército para ocupar España sin recurrir a las tropas veteranas, que estaban en Alemania y especialmente en Prusia.

Los soldados eran bisoños y estuvieron mandados por oficiales improvisados porque se pensó que España no presentaría oposición a la ocupación Francesa. También fue un error, según Esdaile, movilizar a la Guardia de París, una gendarmería que mantenía el orden en las calles de la capital y había luchado en la campaña de Friedland en 1807[iii]. También se enviaron a España varios cuerpos extranjeros, como la Legión de Hannover, la del Midi, la Irlandesa, la del Vístula, el Regimiento de Prusia, el de Westfalia, formadas por desertores y prisioneros de guerra con una reputación malísima por su comportamiento con la población civil. También varios regimientos de Suiza, de Nápoles y del reino de Italia. La disciplina dejaba mucho que desear y el entusiasmo fue a menos después de los descalabros franceses en Bailén y El Bruch[iv], y frente a las murallas de Valencia y Girona.

En ocasiones los oficiales perdieron el control sobre la tropa, que se dio a atrocidades, entre las que están el saqueo de Córdoba después de la batalla de Alcolea (1808) y la retirada francesa de Madrid después de la batalla de Bailén. En el caso de Córdoba un oficial francés dejó escrito que se luchó calle a calle ante la resistencia de los cordobeses, y los soldados franceses se dieron al asesinato y al pillaje, la violación de mujeres y mojas. En cuanto a la retirada de Madrid, el colaborador del rey José, Louis de Girardin, dijo que en el pueblo de San Agustín (hoy ya absorbido por Madrid), sufrió los incendios de casas, se mataron más de 2.000 ovejas y los soldados franceses se entregaron a toda clase de excesos. En Lerma se quemaron los campos de cebada… Avanzado 1808, Napoleón, enojado con esta situación, recurrió a fuerzas veteranas.

Debe tenerse en cuenta que se produjo un cambio tremendo en el ejército francés desde el instituido por los jacobinos en 1793-1794, un ejército formado por “el pueblo en armas”, entusiasmado por servir a la patria y defender los logros de la revolución, y el que luego modificaron los regímenes de Termidor y el Directorio: aquí la “virtud cívica” no era lo importante, sino que se dejó el ejército en manos de los generales. El soborno se generalizó y el sistema de expolio fue norma en un ejército de medio millón de hombres. En la Francia napoleónica los intereses del ejército primaban y los militares consideraban al Estado como algo propio. La gran mayoría de los títulos de la nobleza expedidos por Napoleón recayeron en mariscales y generales, y a estos se les hizo propietarios de fincas agrícolas confiscadas en zonas conquistadas. En la administración civil se establecieron muchos militares y estos mismos eran embajadores o ministros. La guerra estuvo asociada a enriquecerse: Ney, Soult o Masséna, no se olvide, tenía una reputación formidable como corsarios, y el mariscal Angereau tenía el apodo de “Bandido Orgulloso”. El mismo Napoleón regresó de Italia con una fortuna personal enorme.

El acoso sexual llegó a muy altos niveles, por lo que la mujer, también en esto, sufrió doblemente la guerra. Es cierto que hubo una normativa que castigaba ciertos comportamientos como el pillaje, pero se impuso la norma según la cual “la guerra debe nutrir a la guerra”. La campaña en Italia en 1796 es un buen ejemplo de esto: al entrar los franceses en Alessandría, Milán o Pavía, se imponen “contribuciones”, es decir, levas forzosas de dinero, alimentos, vestido, calzado. El dinero enviado a París se calcula que fueron diez millones de francos, pero el botín total de los franceses alcanzó los 50 millones.

Teniendo en cuenta que se consideraba a París capital de la cultura, llegaron allí obras de arte robadas de los territorios conquistados y se dio un fenómeno de imperialismo cultural, ocupando Francia un lugar central en la moda, los pensadores, los escritores, la lengua y la influencia de la Revolución Francesa. En cuanto a España los soldados franceses tenían la idea que habían extendido escritores viajeros del siglo XVIII y luego del XIX: un país exótico, más parecido al norte de África que a Europa, sobre todo porque las regiones más visitadas habían sido las del sur, levante y las mesetas. Como la monarquía española había sido poderosa y luego había caído en el atraso, se consideraba a los españoles una raza degradada, siendo España un país donde las comunicaciones eran malas, peores las posadas y la influencia árabe y norteafricana de ocho siglos, patente todavía.

En el ejército napoleónico, aun habiendo Francia firmado un concordato con la Iglesia católica en 1801, no había capellanes y varios mariscales habían mostrado su desacuerdo con la sacralización de la coronación imperial en 1804. La católica España contrastaba con el anticlericalismo del ejército francés, que se dedicó a cerrar conventos, presente todavía la guerra de la Vendée de 1793, donde hordas de campesinos manipulados por el clero se habían opuesto a la revolución. De la misma forma el ejército francés estuvo en contra de la cultura autóctona española, donde partidas de civiles armados no respetaban las “leyes de la guerra”, desencadenándose una lucha asesina que no tenía parangón en la Europa de la época.

Charles Esdaile considera, en suma, que el ejército napoleónico fue una fuerza muy poco preparada para enfrentarse a los desafíos de España, máxime cuando desde 1812 la campaña de Rusia hizo que las fuerzas militares de Napoleón se dividieran.  


i] En el centro de Francia, cerca del río Indre.
[ii] “El ejército francés en España. Actitudes y mentalidades de una fuerza de ocupación”.
[iii] Contra Rusia y victoria francesa. Noreste de la actual Alemania.
[iv] Al suroeste de la actual provincia de Barcelona.

sábado, 19 de enero de 2019

Fatimíes y al-Andalus

Dinar de oro siciliano
Haber encontrado monedas de oro fatimíes en al-Andalus, en época de unos y otros estados taifas, indica la relación comercial con Egipto y con oriente, así como con otros territorios del Mediterráneo. En ocasiones se trata de cuartos de dinar, mayoritarios en al-Andalus, pero también otras monedas del siglo XI[i].

Las monedas de oro fatimíes han sido encontradas en 12 conjuntos monetales formados por un número variable de piezas que pueden llegar a alcanzar varios centenares, sobre todo en el sur y este de la Península Ibérica. Uno de los conjuntos monetales es el de Belalcázar (Córdoba), encontrado en el interior de una vasija de barro vidriado. Han sido estudiadas unas 900 monedas de un total que sumaría unos ocho kilos de oro. En este conjunto hay monedas de las taifas de Badajoz, Córdoba, Toledo, Valencia, Denia y Zaragoza, además de las fatimíes. También de Mallorca, Córdoba y “piezas anónimas” que se atribuyen a Almería, todas ellas entre los años 1030 y 1076.

En el río Guadalquivir a su paso por Córdoba se ha encontrado el conjunto mayor por el número de piezas fatimíes. En una alcancía de plomo quizá pudo haber 4.000 monedas que fueron dispersadas, algunas de ellas de Sicilia y otras de al-Mansuriyya (al nordeste del actual Túnez); otras fueron acuñadas en Trípoli y las andalusíes son de los años 1001-1002 (una pieza) y las más tardías de 1040-1041. Entre dichos años están las monedas de las taifas de Valencia, Toledo, Zaragoza y Denia, pero especialmente de Almería.

En la calle Cruz Conde de Córdoba se encontró un conjunto de 237 monedas “entre dinares y dinarines”, dice Doménech-Belda, habiéndose conservado íntegramente. Junto a monedas de los califas cordobeses se encuentran de las dinastías taifas de Zaragoza y Sevilla, así como norteafricanas (Siyilmasa, en el interior del actual Marruecos), estando comprendidas entre los años 973 y 1044 (dinares enteros, uno de ellos acuñado en Egipto, y fracciones de cuarto).

En Cihuela (extremo este de la actual provincia de Soria) fue encontrado un conjunto de 799 monedas de las que 47 son de oro, 165 de electro[ii], 585 de plata y 2 de vellón. Las monedas de plata corresponden a la época califal y 110 a las taifas de Valencia y Almería, Toledo, Zaragoza y Calatayud. En Río Alcaide, Vélez Blanco (norte de la actual provincia de Almería) se encontró un conjunto de 190 monedas, todas ellas de plata salvo una, procedentes de las taifas de Valencia (164), Denia y Toledo, además de 12 monedas fatimíes .

En la Plaza de San Pedro (Murcia) se encontraron monedas de las que se conservan 19, 15 dinares y 4 fracciones de dinar, siendo la cronología de la más antigua de los años 967-968. En la calle Jabonerías de Murcia se encontraron 424 monedas de oro en una vasija de barro, que se encontraba en el interior de un muro datado a finales del siglo X o principios del XI. Las monedas fatimíes de este conjunto son 16, siendo la más tardía de 1046-1047.

En el lugar de Las Suertes, Ayuntamiento de Sinarcas (noroeste de Valencia) se encontró un conjunto del que se conservan 57 monedas, 3 de ellas de oro. En la calle Santa Elena de Valencia se encontró un conjunto de 1944 monedas de las cuales 671 son andalusíes de los períodos califal y taifa, 531 de Sicilia y 735 fatimíes. El estudio de la autora citada se completa con las monedas encontradas en Benidorm (Alicante), Monastir del Campo (Rosellón) y otros hallazgos aislados.

Todo ello pone de manifiesto las relaciones comerciales entre los fatimíes de Egipto y el Mediterráneo occidental, donde está incluida Sicilia, el actual Marruecos y al-Andalus, si bien predominan los territorios del sur y del este. Si imaginamos una línea que una Sevilla con Soria y Zaragoza pasando por Toledo, y otra que desde Badajoz pase por Sevilla, Córdoba y Almería, de aquí al levante español hasta el norte de la provincia de Valencia, tenemos el amplio territorio andalusí desde el que se mantuvieron relaciones comerciales con el Egipto fatimí, sobre todo en el siglo XI pero también en el X. Ello teniendo en cuenta los yacimientos monetales estudiados.



[i] Carolina Doménech-Belda, “Fatimíes y taifas: la moneda de oro fatimí en al-Andalus”,
[ii] Aleación de oro y plata en proporción 1/5 más cobre y otros metales.

El duque, el palacio y los reyes

Palacio de Piedrahita (Ávila)

Al suroeste de la provincia de Ávila se encuentra la villa de Piedrahita, en el valle del río Corneja, limitado al norte por la sierra de Ávila. En la villa está el palacio de los duques de Alba, cuya construcción comenzó por orden del II señor de Valdecorneja. El palacio tiene una planta en forma de U invertida, con dos cuerpos muy sencillos para el destino que se dio al edificio; delante una plaza y detrás los campos cultivados. Hoy tiene la utilidad de ser un centro público de enseñanza.

A mediados del siglo XVIII e duque de Alba, don Fernando Silva Álvarez de Toledo[i], se fue distanciando del ejército en parte por el empeoramiento de su salud, que le llevó a solicitar al rey Fernando VI, en 1757, una excedencia de todos sus cargos para descansar en sus posesiones de Piedrahita. Como tuviese ciertas desavenencias con otros cortesanos y funcionarios (en las que no entramos aquí), escribió al Secretario de Estado al dar comienzo el verano de 1757 diciéndole:

El estado de mi salud no ha llegado a términos de poderme fiar de ella, sin correr el riesgo de experimentar en Madrid los mismos insultos que padecí, y que tanto me desviaron de mi dichosa servidumbre…, solicitando a continuación que se le prorrogase la excedencia para seguir en Piedrahita. Ricardo Wall[ii], Secretario de Estado, le contestó diciendo que por supuesto, que el rey estaba muy de acuerdo en que siguiese su descanso.

En otra carta explica a Wall que su retiro no estaba motivado por una ambición frustrada de poder, como afirmaban algunos cortesanos, pues se hablaba de que había aspirado a la Secretaría de Estado que ostentaba Wall. A partir de este momento se dedica don Fernando a la supervisión de las obras de mejora y engrandecimiento de su palacio en Piedrahita, que había sido construido sobre las ruinas de un antiguo castillo[iii]. Pero el conde de Valparaíso[iv], que le sustituía en la Corte, no dejaba de informarle sobre los avatares políticos y de otra índole. Por él supo don Fernando que se habían restaurado las relaciones diplomáticas con Dinamarca, pues este país había conseguido ventajas comerciales del bey de Argel que perjudicaban a la monarquía española.

Quizá las ambiciones de don Fernando a ocupar el puesto de Wall no eran infundadas, pues recibe también informaciones sobre el estado de salud de este, maltrecho desde una batalla en Plasencia en el marco de la independencia de la monarquía portuguesa iniciada en 1641. Parece que, cuando el de Piedrahita regresó a la Corte, lo hizo con circunspección, pues en primer lugar se cercioró de la influencia que la reina Bárbara de Braganza seguía teniendo o no en la Corte.

Don Fernando de Silva se implicó entonces en las negociaciones con Portugal sobre el Tratado de Límites de 1750, en relación con las reducciones jesuíticas entre los territorios brasileños, paraguayos y argentinos. Los jesuitas, según las dos monarquías ibéricas, se habían apropiado de potestades que eran de los estados, tratando –según los ministros de uno y otro país- a los guaraníes como esclavos, pero después de las investigaciones que se han hecho sobre las reducciones de indios, se sabe que en dichas reducciones el trato recibido por los indígenas era mucho más humano que el que solían recibir en manos de encomenderos, conquistadores, aventureros y otros frailes. Quizá ya estaba latente la oposición a los jesuitas por el voto de obediencia al papa, lo que nada tenía que ver con su labor en América. Lo cierto es que en aquellas tierras se libraba una guerra de la que se acusó a los jesuitas, y que tuvo sus momentos álgidos entre 1754 y 1756. Se acordó que casi 30.000 guaraníes debían ser trasladados de donde se encontraban hasta el oeste del río Uruguay, o bien aceptar la soberanía portuguesa si no lo hacían. Las negociaciones, no obstante, quedaron inconclusas y se paralizaron por la muerte de la reina española, a la que siguió, al año siguiente, la de Fernando VI. Después de las exequias, don Fernando dejó el cargo de Mayordomo mayor [sic] de rey.

Durante el reinado de Carlos III, don Fernando colaborará con Manuel de Roda y el conde de Aranda y el duque colaborará en la segunda Junta de la Única Contribución, el intento de reducir a una sola contribución el gran número de rentas provinciales existentes en España, que eran un estorbo para el comercio y la actividad económica en general, además de constituir un desigual trato para unos contribuyentes y otros según el lugar donde viviesen.

Fernando de Silva vivió también en primera persona los acontecimientos del motín de Esquilache, movimiento popular contra el encarecimiento de los productos de primera necesidad, pero también la instigación de la nobleza que se veía desplazada de los puestos de gobierno. El duque, que iba y venía de Piedrahita, pues su cargo no le exigía estar permanentemente en la Corte, pudo pasar desapercibido en un primer momento, pero luego fue acusado de estar con los Grandes en la instigación del motín. Debe tenerse en cuenta que, en un primer momento, el rey Carlos III no contó sino con cortesanos que trajo de Nápoles. Un contemporáneo escribió que la organización de las revueltas de 1766 fueron fáciles de organizar dadas “las buenas disposiciones del pueblo de Madrid a los tumultos”.

La participación del duque en dichos tumultos parece estar demostrada una vez que se supo que el dramaturgo Vicente Antonio García de la Huerta[v], autor del drama “Raquel”, que muy probablemente fue escrito en el palacio de Piedrahita. La obra, que tuvo un éxito extraordinario, trata de la relación amorosa del rey Alfonso VIII de Castilla con una judía, Raquel, que influyó tanto en el rey que realmente era ella la que tomaba las decisiones importantes, provocando el descontento entre la población. Se produjo entonces una sublevación popular, trasunto de las de 1766.

Muchas otras funciones desempeñó el duque don Fernando durante los reinados de Fernando VI y Carlos III, incluidas las diplomáticas, pero se retiró en 1769 definitivamente a Piedrahita, aunque unos años más tarde hizo un viaje a París para someterse a una operación quirúrgica, donde conoció a J. J. Rousseau y tuvo con él diversas conversaciones, convirtiéndose el pensador en su protegido. En 1776 falleció el duque, llamándonos la atención su periplo vital en comparación con las ideas que pudo haber compartido con el filósofo ginebrino[vi].


[i] Era miembro de las Cortes Generales de Navarra.
[ii] Sucedió a Carvajal al morir este en 1754 y se posicionó contra el marqués de la Ensenada, que sería desterrado a Granada.
[iii] Lunas Almeida, J. G., “Historia del Señorío de Valdecorneja…”, 1930.
[iv] Juan Francisco de Gaona y Portocarrero era el II. Su solar estaba en Valenzuela de Calatrava, Almagro (Ciudad Real).
[v] Nacido en Zafra en 1734 y fallecido en Madrid en 1787.
[vi] Para el XII duque de Alba puede verse la obra de Naiara María Pavía Dopazo (resumen de la cual se hace aquí), y para la relación epistolar de aquel con Rousseau, la obra publicada en 1891 de la duquesa de Alba, María del Rosario Falcó y Osorio.

jueves, 17 de enero de 2019

El "morisco" Sempere

Vista antigua de Villena (Alicante)

Nacido a mediados del siglo XVIII en Elda (actual provincia de Alicante), su familia era de Villena y procedía de los últimos moriscos expulsados. Pero cuando Sempere y Guarinos nace, pertenece a un grupo acomodado que le permitiría estudiar más tarde en Orihuela, aprovechándose de los aires de reforma eclesiástica que una serie de obispos de la zona pretendían. Luego se instaló en Madrid para dedicarse a la abogacía. Siendo secretario del marquesado de Villena, se lanzó a participar en una serie de organizaciones, entre las que destaca la Sociedad Económica Matritense, trabajando allí en el expediente de la ley agraria, uno de los temas de preferente preocupación de los ilustrados.

Luego fue fiscal en la Chancillería de Granada (1790-1812), donde trabajó por la secularización y de modernización de las estructuras del Antiguo Régimen, lo que le enfrentó con los estamentos tradicionales y con la Inquisición. A él se debe el primer proyecto desamortizador de patronatos, capellanías[i] y obras pías. También se empeñó en neutralizar las prácticas dolosas y corruptas en el sistema de abastos granadino, lo que le enfrentó con las autoridades municipales, y de esta época es también su “Memoria”, dirigida a Godoy, sobre la educación del Reino. En 1797 fue nombrado consejero de Hacienda y así le sorprendería, trece años más tarde, la invasión napoleónica de Granada, formando parte, entonces, de la Junta de Defensa, organizando el ejército y la hacienda. Estaba redactando unas “Observaciones” sobre las Cortes de España, donde se muestra contrario a los constituyentes, que argumentaron el precedente de las de Cádiz en las medievales; Sempere defiende que la Constitución gaditana era algo nuevo sin entronque posible con situaciones anteriores.

Viendo que Bonaparte se imponía en España, consideró que era mejor colaborar con él, tanto por el carácter reformista del régimen josefino como por mantener su empleo y patrimonio, según Juan Rico Giménez, en cuya tesis doctoral se basa el presente resumen. En 1812 fue ascendido a juez en Madrid pero, una vez que los ejércitos franceses fueron expulsados de España, le fueron confiscados sus bienes por colaboracionista. Huyó entonces a Valencia y luego fue encarcelado en las caballerizas del Retiro de Madrid hasta 1814, cundo emprendió el camino del exilio, primero a Burdeos y luego a París. En Francia se mostró intermedio entre el despotismo ilustrado y el liberalismo moderado; precisamente su doctrinarismo le valdría, una vez vuelto a España, el calificativo de “servil”.

Los liberales del “trienio” permitieron la vuelta de los exiliados gradual y recelosamente, instalándose Sempere en Madrid, donde fue protegido por Hermosilla, Lista y otros moderados. En su obra “Historia de las rentas eclesiásticas de España” se muestra regalista en extremo, lo que le costaría caro. Cuando se reinstaura el absolutismo en 1823 tiene que exiliarse de nuevo para regresar en 1826 y recuperar los bienes que le habían sido confiscados. Se refugió entonces en su Elda natal, muriendo en 1830.

Su obra –según Rico Giménez- se corresponde con el racionalismo pedagógico que intenta una reforma estética combinando lo bueno, lo bello y lo útil. Leyó a los “novatores” y fue partidario de una ética social, luchando contra la ociosidad y la pobreza, aportando sus ideas sobre la asistencia social. También destacó en una polémica sobre el papel de España en la cultura europea, que desencadenó Masson de Morvilliers[ii] en 1782.

Mientras estuvo en Granada, Sempere escribió “Historia de los vínculos y mayorazgos”, publicada en 1805, donde se explica sobre la falsedad de los bienes vinculados como de derecho natural. Se interesó también por un plan pedagógico dirigido a lo que hoy llamaríamos formación profesional, valorando la educación técnica, y fue un precursor de las políticas desamortizadoras que se llevarían luego a cabo. Conocedor de la obra de A. Smith, está convencido de las bondades del librecambio de acuerdo con el ideario ilustrado, el humanismo y el liberalismo político conservador.

Estuvo Sempere en la voluntad de cambio que pretendía la racionalización y modernización de la economía, la sociedad, etc. Tropezó, claro está, con la contradicción sustantiva de no cuestionar las bases del Antiguo Régimen, lo que le une aún más a los ilustrados españoles en general.


[i] Ver aquí mismo “¿Qué fueron las capellanías?”.
[ii] Enciclopedista francés que tuvo una visión muy negativa del papel de España en materia de ciencia.