domingo, 9 de junio de 2019

Los campesinos chinos en lucha por la igualdad

Liu Ban (o Pang)

Dice Pérez Ledesma[i] que en toda la historia de China existieron movimientos campesinos que pretendieron cambiar la situación de injusticia en la que vivían y lograr la igualdad. La importancia de la revolución que culminó en 1949 se vio precedida por movimientos campesinos frecuentes e intensos, y el historiador Chesneaux señala que “ningún país dispone… de una herencia tan rica y, sobre todo, tan continua como la de China”.

Una de las rebeliones estudiadas es la que tuvo lugar entre los años 1850 y 1864 (Taiping), que llevó a una guerra civil entre las fuerzas imperiales de los Qing y el Reino Celestial de la Gran Paz[ii], un movimiento teocrático. Puede que se produjeran en este enfrentamiento veinte millones de muertos o más, antes de la intervención de las potencias occidentales a favor de la dinastía Qing. Otros estudios se han dedicado a las sociedades secretas y su participación en los movimientos populares chinos de los siglos XIX y XX.

Es un tópico –dice Pérez Ledesma- que los campesinos tienen dificultades para participar en movimientos político-sociales, de forma que hay una gran diferencia entre la enorme fuerza potencial del campesinado tradicional y su limitada influencia en la evolución social. También se ha hablado de la baja clasicidad del campesinado por su segmentación vertical en comunidades locales, clanes y grupos, que tienen diferentes intereses: los campesinos tienen dificultades especiales –ha escrito Eric Wolf- para pasar del reconocimiento pasivo de los males que sufren a la participación política. Los campesinos son competidores entre sí y las alteraciones momentáneas de la rutina amenazan su capacidad para reiniciarla. El control de la tierra le permite retirarse a la producción de subsistencia y los lazos de parentesco suelen amortiguar las conmociones.

Los campesinos pobres y ricos pueden ser parientes, o un campesino puede ser al mismo tiempo propietario, arrendador, arrendatario, trabajador para sus vecinos y mano de obra estacional, lo que le coloca en una posición distinta con respecto a los demás, y con frecuencia los campesinos carecen del conocimiento para articular sus intereses. Sin embargo, los movimientos campesinos chinos han tenido una gran capacidad combativa con fuertes propensiones a la rebelión.

Estas rebeliones produjeron cambios políticos de importancia y en varias ocasiones las dinastías reinantes cayeron víctimas de revueltas campesinas: la Ch’in (221-207 a. C.) fue sustituida por la dinastía Han (206-23 a. C.), instaurada por Liu Pang[iii]. Otras oleadas campesinas acabaron con la segunda dinastía Han (25-220 d. C.) y con las dinastías Tang y Sung (960-1279). Los Ming, que llegaron al poder tras una rebelión popular contra los mongoles, en 1368, fueron derrocados por otra revuelta campesina en 1644, aniquilada posteriormente por los manchúes. En conjunto, se trataba de rebeliones de ámbito relativamente amplio con claros objetivos políticos.

Parece que la ideología de tales revueltas era esencialmente igualitaria: la lucha contra los poderosos y los ricos y la defensa de los pobres y oprimidos, lo que se refleja en los lemas “ataquemos a los ricos y ayudemos a los pobres” o “los mandarines oprimen, ¡que el pueblo se levante!”. Estos levantamientos solían estar sustentadas por infraestructuras estables: las sociedades secretas, muchísimas en número en China, que proporcionaron dirigentes en los momentos de rebeldía además de cumplir funciones de ayuda mutua, seguridad social, protección de las mujeres y afirmación del principio de igualdad con respecto al hombre; además cumplían una función religiosa fundamental prometiendo la salvación espiritual. Los miembros de esas sociedades secretas no eran solo campesinos desposeídos, sino noble descontentos, artesanos, pequeños comerciantes, contrabandistas, antiguos soldados o bandidos. Estaban influidas por corrientes heterodoxas del taoísmo y del budismo y participaron en la organización y dirección de numerosos movimientos campesinos en los dos últimos siglos, incluidos los republicanos de la primera década del XX como en los maoístas de los años treinta.

De todas formas, la mayoría de los movimientos campesinos clásicos no consiguieron el triunfo por la dispersión geográfica, la mezcla de la revuelta social con el bandidaje y otras causas. Incluso cuando triunfaron, la falta de un programa hizo que muchos esfuerzos fuesen inútiles. En otro orden de cosas hay una controversia sobre la influencia que en los movimientos campesinos chinos tuvo la penetración occidental tras la guerra del opio (1839-1842) y la firma del tratado de Nankín, que abrió el mercado chino a los productos occidentales y favoreció la actividad evangelizadora de los misioneros europeos.

Sea como fuere, el mayor conjunto de guerras campesinas de toda la historia universal se dio en China con la rebelión Taiping, recogiendo la tradición de rebeldía y teniendo como base los nuevos tipos de opresión importados de occidente.

Empezando en Guangxi, como muchas otras revueltas anteriores, el movimiento Taiping fue fundado por Hung Hsiu-ch-üan[iv], teniendo un carácter sincretista que se reflejó en la multiplicidad de facetas ideológicas. Defendió el colectivismo y la modernización al mismo tiempo, combinando elementos de la religión cristiana con fórmulas budistas y taoístas. El movimiento importó reformas occidentales como la creación de una red ferroviaria y un sistema bancario, pero la conversión progresiva de los dirigentes en una camarilla de privilegiados apartó a muchos campesinos. La necesidad de aumentar los impuestos y la reducida zona geográfica donde había triunfado, establecieron sus límites.

La rebelión de Taiping fue la más espectacular, pero no fue el único movimiento campesino de los años 1850-1870. Existió la revuelta de los Nien (1853-1868) en el norte de China, más apegada a las formas de los bandoleros. Las pequeñas unidades de guerrilla de los Nien atacaban a las caravanas de los mercaderes mientras pretendían derrocar a la dinastía Qing sin conseguirlo, pero sus consecuencias fueron terribles.

Las sociedades secretas, por su parte, demostraron un elevado nivel de combatividad dentro del campesinado chino, y serían necesarias enormes matanzas para acabar con la oleada de estas rebeldías. Pero el repliegue no duró mucho, pues a finales del siglo XIX comenzaban de nuevo las revueltas como respuesta a la penetración extranjera en China y a la presión demográfica. En este período se produjeron cambios de especial relevancia que demuestran la penetración del capitalismo, lo que dio lugar a los nuevos movimientos sociopolíticos del siglo XX: la intensificación de cultivos comercializables en detrimento de la producción para la subsistencia, la subida de los arrendamientos rurales, la ruina de los artesanos tradicionales y la aparición de nuevas capas sociales, que se integraron en organizaciones clandestinas con un decisivo componente nacionalista. Un ejemplo de ello son los bóxers (1897-1900).

Ahora se manifiesta la hostilidad de los campesinos hacia el cristianismo, un protonacionalismo popular, de nuevo la intervención de las sociedades secretas, la resistencia ludita a las máquinas y el apoyo a la política antioccidental de la alta burguesía y la baja nobleza.

Las malas cosechas de 1909-1910 agravaron el problema, lo que coadyuvó a la revolución republicana de 1911. Empezó entonces una nueva fase definida por la politización de las luchas campesinas y su control por organizaciones como el Kuomintang y el Partido Comunista; la “acción dirigida desde fuera”, según se ha dicho. Pero las formas clásicas de rebeldía no desaparecieron, aunque las modernas fueron ahora más determinantes.

En la zona de Hunan, al sureste de China, en los años 1924-1927, se crearon numerosas asociaciones campesinas apoyadas por el Kuomintang o por el Partido Comunista. Formadas por campesinos pobres, se adueñaron del poder local, formaron milicias rurales y su punto central fue luchar para la reducción de impuestos y contra la usura. La participación campesina en el movimiento nacionalista Kuomintang y en la revolución comunista china, tenía numerosos precedentes.



[i] “En torno a los movimientos campesinos chinos”.
[ii] Se inició al sur de China, en la provincia de Guangxi.
[iii]  Junto con Zhu Yuanzhang, fundador de la dinastía Ming, los dos únicos de procedencia campesina.
[iv] Nacido en 1814 y fallecido en 1864, era miembro de una familia de granjeros, pero tuvo estudios.

sábado, 8 de junio de 2019

"Virtud" y venalidad en el Milanesado

Plano antiguo de Milán

Durante el reinado de Carlos II de España, el ducado de Milán experimentó una notable transformación, según Antonio Álvarez-Ossorio[i]. A lo largo de más de un siglo la carrera ministerial estuvo asociada a la vida de ciertas personas del patriciado, de forma que los hijos se graduaban en estudios jurídicos como primer paso para una carrera “al servicio” de la Administración. Ello les garantizaba el mando en la sociedad, pero durante la regencia de Mariana de Austria, este sistema se resquebrajó cuando en la corte madrileña se empezó a vender plazas ministeriales por parte del Consejo de Italia. La venalidad de las magistraturas favoreció la movilidad social para acceder a ministro del rey de España.

Volviendo atrás, en el siglo XVI se consolidó tanto en la corte regia como en Italia la planta de gobierno de los reinos de Nápoles, Sicilia y Milán. La creación del Consejo de Italia constituyó un hito en el predominio de los letrados en la administración italiana, atribuyéndose ciertas regalías, en parte a costa de los virreyes y gobernadores. Durante la segunda mitad del siglo se incrementó la estabilidad de la planta de gobierno en lo relativo a la procedencia nacional de sus miembros.

Pero el sistema presentó rasgos diferenciados en las tres provincias italianas, pues en el Estado de Milán se consolidó un cursus honorum en la carrera togada. Los hijos de las familias patricias de las principales ciudades lombardas (Milán, Pavía, Cremona, Como, Lodi y Alessandría) eran los beneficiarios de este sistema. En Nápoles y Sicilia las similitudes entre ellas era mayor, contando mucho el grado de influencia que se tuviese sobre el virrey y los regentes del Consejo de Italia, así como sobre la corte regia.

En el reino de Nápoles y en el Estado de Milán las vacantes de puestos ministeriales se cubrían con nacionales. En torno a un tercio de dichos cargos estaban destinados a “forasteros”, por lo general españoles, mientras que el resto se destinaba a los naturales de los territorios. Para los “forasteros” en Milán y Nápoles se echaba mano de colegiales mayores de las universidades castellanas y de San Clemente de Bolonia[ii], por tanto no se trataba de plazas de “capa y espada”.

Entre mediados del siglo XVI y principios del XVII se consolidó, pues, el habitus del patricio convertido en ministro togado en una plaza vitalicia, y este habitus comenzaba desde la cuna, ya que muchos ministros lombardos eran hijos, sobrinos o nietos de otros ministros. Así, las implicaciones de la pertenencia a un tribunal supremo se aprendían desde la infancia, siendo considerados los ministros perpetuos, en Nápoles y Milán, “semidioses” con una gran capacidad de influencia sobre la vida, hacienda y honra de las familias. Esta “dignidad” debía exteriorizarse convenientemente en la residencia, los muebles, las pinturas, vajillas, el vestido, el número de criados, los coches y caballerizas. Los innumerables retratos de ministros lombardos conservados en el Ospedale Maggiore de Milán, así lo muestran. En el reino de Sicilia los ministros ejercían sus cargos en los tribunales supremos durante dos años, excepto en el Tribunal del Patrimonio, donde eran vitalicios.

El poder de los “semidioses”, de los ministros provinciales perpetuos en la Italia española se veía periódicamente amenazado por la llegada de un comisario o plenipotenciario del soberano, que debía velar por la adecuada administración de justicia. Desde mediados del siglo XVI hasta el reinado de Carlos II las visitas se fueron sucediendo en el Estado de Milán, así como en Nápoles y Sicilia. Esto podía significar el apartamiento de algunos ministros y oficiales del ejército, poniendo fin a la carrera de los todopoderosos ministros. Las visitas, además, favorecían la proliferación de denuncias de los súbditos descubriendo casos de corrupción, cohecho, cobro de emolumentos indebidos, vida escandalosa, fraudes al fisco, mala praxis y contravenciones de las normas. Entonces eran privados temporalmente del puesto vitalicio senadores y cuestores, cancilleres, secretarios y oficiales, etc.

A veces los visitadores enfatizaban la humillación pública de los visitados, por ejemplo entrando en casa de los ministros y confiscando su hacienda y muebles, llevándolos en pleno día a un lugar público por las calles de la ciudad. Pero frente a los cargos que presentaba el visitador, los ministros y oficiales podían alegar la “consuetudine”, la costumbre y la práctica del desempeño de sus plazas. No obstante, visitadores y visitados compartían muchas veces los principios de una “scientia iuris” aplicada al gobierno de la monarquía española, es decir, visitadores y visitados compartían la misma cultura política en cuanto al regimiento de la comunidad. Más disruptivo del habitus de los ministros patricios fue el apogeo de la venalidad de las plazas supremas en el Estado de Milán, con precedentes en la década de 1640, pero sobre todo (en Nápoles y Milán) durante la regencia de Mariana de Austria; entre 1673 y 1676 el presidente y los regentes provinciales del Consejo de Italia llevaron a cabo el primer gran ciclo de ventas de plazas ministeriales, que afectaban a tribunales supremos de los reinos y señoríos de la monarquía española. Este proceso se consolidó durante las dos últimas décadas del siglo XVII, extendiéndose a las Indias y a España, intensificándose durante la guerra de sucesión y continuando durante el reinado de Felipe V, y en Italia en tiempos del emperador Carlos VI.

El ideal del “corso delle lettere” o cursus honorum, concebido como la vía de la virtud fue sustituido por el atajo del oro en un número significativo de plazas de senador y cuestor de los Magistrados Ordinario y Extraordinario durante el reinado de Carlos II. También fue variando la vía de venta de plazas ministeriales en Milán y Nápoles, pues en un principio la canalizó el Consejo de Italia, pero desde las dos últimas décadas del siglo XVII la Secretaría de Despacho Universal[iii] fue asumiendo ese protagonismo. Los agentes de negocios que actuaban en Madrid ofrecían su mediación a los pretendientes de plazas, llegando hasta el valido, la reina, el confesor real o personas influyentes. Esta venalidad tuvo una dimensión social decisiva, pues frente a la endogamia patricia, los grupos sociales emergentes, enriquecidos con ocupaciones más o menos viles según la mentalidad de la época, podían optar a ingresar en los tribunales supremos lombardos y convertirse en ministros del rey. Estas familias nuevas, como tenían dinero, compraron títulos de nobleza y feudos, adquiriendo palacios que expresaron su ascenso social, lo que encontró la oposición de los tribunales supremos del Estado de Milán, que defendían la cooptación para ocupar esas plazas.

Durante el corto gobierno de Juan José de Austria la Congregación del Estado, órgano del que formaban parte las ciudades y condados lombardos, atacó el sistema de la venalidad y ensalzó el estilo antiguo. Según esa Congregación, las plazas de ministros eran la retribución “natural” de la virtud, el método que garantizaba el mérito y la idoneidad en la selección de los ministros. Con Juan Francisco de la Cerda en el ministerio (duque de Medinaceli) entre 1679 y 1685, se alcanzó un acuerdo tácito que mantenía la venalidad de las plazas ministeriales, combinada con la fórmula antigua (promoción articulada según los intereses del patriciado), fórmula que se mantuvo en Lombardía con el emperador Carlos VI.



[i] “¿Los límites del habitus? Ministros reales en la Lombardía de Carlos II”. En esta obra se basa el presente resumen.
[ii] Fundado en el siglo XIV, tuvo por finalidad el estudio de laicos y clérigos españoles y portugueses.
[iii] Órgano relativamente anejo a las redes de complicidad con las oligarquías locales.

jueves, 6 de junio de 2019

Ordenación del territorio rural


“Es mejor que la tierra produzca un poco menos y que los habitantes tengan una mejor ordenación”, señaló Rousseau según el trabajo hecho por F. Javier Monclús[i]. Otros han considerado la ordenación del territorio como una propuesta global del orden social. El historiador y arquitecto italiano, Leonardo Benevolo, participó por su parte en una polémica sobre la distribución homogénea de la población[ii] para alcanzar un equilibrio territorial, mientras que otros han pretendido conseguir unas condiciones mejores para la producción agronómica.

Se ha considerado a Vauban[iii] como el primero en emplear de forma sistemática las informaciones geográficas al servicio de “la acción”, por lo que podría ser considerado como el padre de la Geografía aplicada, pero Paul Claval[iv] considera que Vauban no tuvo continuadores, por lo que se trata de una “isla” y habrá que esperar a las consecuencias de la revolución industrial para que la ordenación del territorio rural pueda ser considerada una decisión consciente. Pero la idea de equilibrio territorial, demográfico, económico y social es de Rousseau.

En el siglo XIX vuelve a plantearse este problema en España, y es aquí donde está Fermín Caballero que, siendo presidente de la Sociedad Geográfica, propuso acabar con los sistemas tradicionales de repoblación sustituyéndolos por medidas que favoreciesen una redistribución homogénea de la población rural en el territorio. Para él, “población rural” es lo mismo que “población dispersa”, y por lo tanto debería legislarse para crear “la finca y población rurales”. El ideal es ahora la generalización del “coto redondo acasarado”, lo que va a convertirse casi en dogma en toda la segunda mitad del siglo XIX. Para Agustín Cañas ya no se pretende conseguir una distribución uniforme de la población, sino de la penetración del capitalismo agrario en el campo en los años de auge de la agricultura española (1830-1890).

Es la época en la que se pretende, junto a una legislación adecuada, la realización de un plan de caminos vecinales, de canalizaciones y lo más difícil, la reorganización de una propiedad territorial excesivamente fraccionada. Más tarde, por tanto, que en Inglaterra, donde ya a finales del siglo XVIII, el agrónomo Marshall ha sido reconocido como anticipador de los métodos modernos de la descripción y de la interpretación regionales.

Dado que la agricultura fue la principal fuente de acumulación de capital en numerosos países europeos durante el siglo XIX, no es extraño que el espacio agrario se convirtiera en objeto de estudio preeminente, y condición previa para cualquier intervención en él. Entonces se dio una elaboración exhaustiva de informes durante la segunda mitad del siglo XIX, y con la aparición de las nuevas políticas agrarias, estos informes no pueden desligarse de la creciente utilización económica y política de sus datos.

También en España, aunque no se llevó a cabo una verdadera reforma agraria, un avance fue la elaboración del censo y del catastro, además de diversos programas de reforma de la agricultura que tuvieron una constante: la homogeneización de las variables que definían el espacio agrario y en particular la densidad y distribución territorial de la población. Para ello se creó la Comisión Estadística General del Reino (1856), la cual se empeñó en hacer un inventario del país reuniendo muchos de los trabajos realizados antes, como mapas y otros estadísticos. La Junta General de Estadística, por su parte, publicó en 1859-1860 los trabajos de parcelación o catastrales.

Aunque la historia del catastro español comienza a mediados del siglo XVIII, su urgencia se hará sentir a mediados del siglo siguiente. En 1852-1856 se estableció en el Ministerio de Fomento la Dirección de la Carta Geográfica de España, y entre 1862 y 1863 comenzaron los trabajos del Mapa Parcelario. Gracias a los datos catastrales se pudo obtener una “regularidad matemática” en el funcionamiento del mecanismo hipotecario para fomentar las mejoras agrícolas. Por otra parte se harán estudios administrativos y económicos sobre repartición de la propiedad y de la población; sobre cultivos, producciones y otros mil asuntos que solo pueden estudiarse después de tener la representación y medición parcelaria del territorio.

La Junta General de Estadística no se dedicó únicamente al conocimiento del territorio, sino también al hombre como ser físico, moral, intelectual y social. No se limitó, por ejemplo, a consignar los productos agrícolas conseguidos, sino también los consumidos, para saber si hay falta o sobrante, y también la falta o sobrante de brazos para la agricultura, el estado de las tierras abandonadas que pueden ser cultivadas, el precio de los jornales, el estado físico y moral de la población agrícola… Aunque la labor de la Junta y del Instituto Geográfico y Estadístico, fundado en 1870, consistió en la realización de trabajos sobre las características geográficas del país, años más tarde se crearía la Sociedad Geográfica de Madrid[v], especialmente dedicada a obtener información territorial de acuerdo con el espíritu colonial de la época (colonización interior).

La estrecha relación entre ciencia geográfica y colonización fue evidente, entendiendo por colonización interior lo mismo que colonización agraria, de igual forma que una institución más, la Sociedad Geográfica Comercial, presidida por Francisco Coello[vi], muy ligada al regeneracionismo de la época en el que participó también Joaquín Costa. 



[i] “Agrarismo y ordenación del territorio en el siglo XIX: del poblamiento racional al fomento de la población rural”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Ver aquí mismo “Un agrarista español”.
[iii] Sébastien Le Preste (1633-1707), fue ingeniero militar y en 1690 dirigió la elaboración del censo del Flandes francés (al norte del país), pero también escribió sobre agricultura, ganadería y colonización de territorios interiores.
[iv] Nacido en 1932 es un geógrafo francés que ha contribuido decisivamente a la renovación de la Geografía.
[v] Con Fermín Caballero como primer presidente, se concibió la Geografía al servicio de la Administración.
[vi] (1822-1898). Militar y cartógrafo, autor del “Atlas de España y sus posesiones de ultramar”. Formó también parte de la Junta General Estadística. 

miércoles, 5 de junio de 2019

Entidad de los reinos cristianos en Hispania

Sancho III el Mayor
de Navarra *

Dice Domínguez Ortiz[i] que la “reconquista” medieval en la península Ibérica no es lo contrario que la conquista musulmana, aunque así parecieran entenderlo los cronistas cristianos. Los invasores del siglo VIII eran unas bandas guerreras que derrotaron al ejército visigodo y se apoderaron de toda la Península, ya con breves episodios bélicos, ya con acuerdos o pactos con oligarquías locales. La masa no tenía voluntad ni medios de resistir. En aquel primer empuje las hordas invasoras no se detuvieron ni siquiera en los Pirineos, pues la catedral de la Seo de Urgell tuvo que ser restaurada después de su profanación. Solamente algunos recónditos valles, como los de Andorra, se libraron de la invasión.

En el oeste los musulmanes también llegaron hasta el mar. Hubo un gobernador árabe en Gijón, aunque la presencia extraña en aquellas breñas fue de poca duración. No era la primera vez que pueblos conquistadores hollaban aquellos parajes; hay testimonios de una presencia romana en la costa cantábrica: rarísimos en Vasconia, algo más abundantes en Cantabria y en la Asturias centro-oriental; faltan edificios de gran fuste pero se han recogido inscripciones funerarias, elementos decorativos e incluso algún que otro testimonio de la existencia de villas. Algunos de estos elementos fueron reutilizados en época visigoda, prueba de que el aislamiento de aquellas poblaciones no era total, por lo menos al este del Nalón. Dentro de lo poquísimo que sabemos, los indicios hacen pensar que la romanización no caló en profundidad, que subsistieron las antiguas unidades tribales y familiares y que la vida urbana era desconocida. Las ciudades (Astorga, León, Vitoria) fueron creadas y defendidas por romanos y visigodos como puntos defensivos contra unas poblaciones que se sentían estrechas en las montañas y buscaban alimentos en las llanuras.

¿Qué sucedió para que no mucho después de la invasión musulmana el diploma del rey Silo nos enseñe que había en Asturias una cancillería regia que expedía documentos con una caligrafía perfecta, para que los monumentos ramirenses demuestren que allí trabajaron canteros que continuaban las técnicas de la mejor tradición constructora de Roma? La explicación tradicional es la única posible: hubo una emigración de clérigos y magnates desde la zona invadida hasta aquellas tierras que produjeron una revolución social y mental; los detalles, los procedimientos, los ignoramos. Quizás la inmigración no fue pacífica; quizás hubo resistencia, revueltas. Hay una mención aislada referente a la represión de una rebelión de siervos por el rey Aurelio. El exasperante laconismo de las crónicas no nos permite saber más y la investigación arqueológica no da mucho de sí. Lo cierto es que aquellas tierras rebeldes a toda sujeción nos aparecen en los tiempos del emirato y del califato como un contrapoder muy modesto en la forma pero muy eficaz en cuanto a potencia bélica.

Emires y califas tuvieron que mantener ejércitos profesionales, costosos y de fidelidad con frecuencia dudosa. En el norte cristiano la sociedad y el ejército eran una misma cosa, como en la antigua Roma, y esto dio a aquellos estados pobres, embrionarios, una ventaja que a la postre resultó decisiva. Había grupos en el norte aguerridos por secular herencia del primitivismo tribal, pero también porque al trasponer los montes y establecerse en la siempre amenazada llanura se convertían en “gentes de frontera”, una frontera peligrosa y que debía ser defendida. Ya desde los comienzos de la reconquista la fuerza principal fue la caballería, y el asentamiento no solo fue un factor indisoluble de acción militar, sino que atacaba en su raíz aquel igualitarismo primitivo que ha defendido Sánchez Albornoz. Hubo facilidades para el asentamiento de hombres libres, dueños de parcelas que cultivaban y defendían, pero esto se agotó pronto por la presión de los poderosos, surgiendo una caballería villana con privilegios semejantes a los que gozaban los de linaje.

Entre todos los núcleos cristianos el más importante fue el astur-leonés, no solo por el esfuerzo visigodo y después mozárabe que le llegó desde el sur, sino porque su campo de acción fue amplísimo: Galicia, el norte de lo que luego llamamos Portugal y desde el siglo X el condado castellano. Tuvo éxito el principio monárquico, aunque hubiese conjuraciones, guerras civiles, repartos familiares y otros problemas, pero en conjunto, la monarquía leonesa tuvo una solidez que contó con el apoyo de la Iglesia. Aquí, como en otros reinos cristianos, hubo guardias palatinas, condotieros y algunos esbozos de ejércitos privados como el del Cid.

Al este de Castilla la reconquista se vació en moldes muy peculiares: hubo un protagonismo vasco y Navarra tuvo un centro urbano de cierta importancia, Pamplona, sede de un obispado, cuya fuerza se completó con la de los monasterios como el de Leyre, que llevó a la monarquía de Sancho el Mayor (992-1035), poder que se disgregó a su muerte por decisión de él mismo en vida.

En Cataluña la repoblación se efectuó por el sistema de presura, la ocupación de una parcela con autorización, en este caso del conde. Cuando se consuma la hegemonía del condado de Barcelona, la falta de apoyo franco sirvió de pretexto al conde Borrell II para proclamarse independiente, alcanzando este reconocimiento por el papa, sirviendo de agentes los monjes cluniacenses que, como en otros territorios cristianos, fueron a la vez agentes de desarrollo económico, guías espirituales y de enlace con Europa. Barcelona se convirtió en la primera plaza europea de acuñación de monedas de oro gracias a los botines de guerra y a los salarios de mercenarios catalanes cuando se repartieron los despojos del califato, pero los progresos territoriales fueron lentos.


[i] “España, tres milenios de historia”.
http://www.galeon.com/medievo01/sanchoIII_mayor.htm

martes, 4 de junio de 2019

Una obra de Ibn al-Abbár

Fortaleza de Mahdiyya (Túnez) *
Ibn al-Abbár, nacido en Valencia a finales del siglo XII, seleccionó las noticias históricas sobre los fatimíes de Ifriqiya en su obra Kitab al-hulla al -siyará[i]. El autor abandonó definitivamente al-Andalus y se instaló en el norte de África, pasando por Bugía y quedándose en la corte hafsí, en Túnez, donde destaca como secretario y poeta. A mediados del siglo XIII fue desterrado a Bugía, y allí escribió su obra; perdonado por el sultán volvió a la capital a fines de 1249, pocos meses antes de que dicho sultán (Abü Zakariyyá) muriese.

Las intrigas volvieron a llevar a Ibn al-Abbár a Bujía, donde permaneció entre 1252 y 1259, muriendo en Túnez al año siguiente. En los veintidós años que vivió en el norte de África escribió mucho, dando muestras de un alto nivel de erudición y estilo literario, mostrando su preocupación por el porvenir de al-Andalus y aludiendo “a la tristeza por los sucesos que la llevan a su perdición”[ii]. En su Kitab al-hulla al-siyará mostró saber poesía e historia, desde el siglo I de la Hégira en adelante, destacando la afición a la literatura de los soberanos hafsíes[iii]. El autor ordenó, en la obra citada, las biografías que seleccionó combinando datos históricos y literarios de soberanos y personajes omeyas y abasíes orientales, pero sobre todo sobre los omeyas de al-Andalus, los idnsíes[iv], aglabíes[v] y fatimíes[vi] del Magreb.

Sobre Abü cAbd Alláh al-árr,  Ibn al-Abbár dice que fue un excelente militar, además de poeta, ensalzando su victoria sobre el último soberano aglabí y la conquista de la ciudad de Tubna (al sur de la actual Siria). Sobre cUbayd Alláh (909-934) habla de su genealogía, negándole sus pretensiones y, por lo tanto, tratándole de impostor, usando sobre todo fuentes antifatimíes, pero describe a cUbayd Alláh como hombre discreto, elocuente, sabio y culto, considerándole entre los soberanos con aficiones literarias.

De al-Qá’im (934-946) habla de su acceso al poder, sus campañas en Egipto y el alzamiento de Abü Yazíd, bereber zenata que dirigió la operación contra los fatimíes en Ifriqiya, entre 944 y 947, siendo derrotado por el califa al-Mansur (946-953). Este fue el tercer califa fatimí y al rebelde Abü Yazíd llama nuestro autor descarriado embaucador de las gentes. Luego, Ibn al-Abbár menciona el final de la dinastía y su progresiva sustitución por los ziríes.

En el libro que comentamos, y sin que lo declare su autor, pueden encontrarse pasajes que también están en la “Historia de los “, de la que autor el cadí e historiador beréber Ibn Hammád, escrita en 1220, que podría ser el texto fundamental en el que se apoya Ibn al-Abbár para sus datos sobre los fatimíes. Es significativo- dice María Jesús Viguera- que nuestro autor no plantee expresamente el conflicto entre fatimíes y omeyas, lo cual llena la historia política del Magreb occidental del siglo X. Sus referencias al respecto son muy indirectas y traídas solo a colación a través de historiadores de al-Andalus. Guarda, sin embargo, ecuanimidad de juicio respecto a las biografías de los califas fatimíes, e incluso destaca en ellos determinadas virtudes.

Por la época surgió un antagonismo ideológico entre el sunnismo de los omeyas de Córdoba y los fatimíes, habiendo en las Cortes de Ifriqiya y al-Andalus interés por conocer la realidad del oponente y por establecer una propaganda que desprestigiara al otro, lo que repercutió en la historiografía de uno y otro bando. Es curioso cómo los ecos de todo esto llegan al siglo XIII y se reflejan en Ibn al-Abbár, a pesar de una intención de ecuanimidad que preside toda la “Hulla”. Iba al-Abbár se muestra admirador de los califas omeyas de Córdoba, como se desprende de las biografías que dedica a Abd al-Rahman III y a al-Hakam II (“Hulla), a pesar de escribir su obra a una distancia temporal considerable, sino a una distancia geográfica de al-Andalus, o quizás precisamente por eso, de modo que –más allá de que en el Islam no aparece la idea de “patria” en el sentido moderno del término, como ha sido tanta veces advertido- podamos detectar en él los síntomas del patriotismo, como en tantos otros exiliados, lo cual puede llevar a alguna distorsión en su actividad historiadora.



[i] María Jesús Viguera: “Los fátimíes de Ifriqiya en el Kitáb al-hulla de Ibn al –Abbár de Valencia”, un resumen de cuyo trabajo es el que hago aquí.
[ii] A mediados del siglo XIII los almohades han sido vencidos y la resistencia musulmana casi se limita al reino nazarí de Granada.
[iii] Aliados de los almohades, los expulsaron de Ifriqiya más tarde.
[iv] Gobernaron entre Argelia y Marruecos desde finales del siglo VIII a finales del X.
[v] Gobernaron Ifriqiya en el sigo IX.
[vi] Gobernaron el norte de África entre principios del siglo X y finales del XII.
https://www.qantara-med.org/public/show_document.php?do_id=1184&lang=es

sábado, 1 de junio de 2019

Siervos en la Hispania visigoda


Imagen idealizada
del rey Wamba en
la plaza de Oriente,
Madrid (Wikipedia)
Escribe Domínguez Ortiz[i] que no conocemos la proporción de siervos que había en la sociedad visigótica, pero no cabe duda de que era muy elevada. La Iglesia retomó el cambio de mentalidad que desde el Bajo Imperio había mejorado la suerte de los siervos; se le reconocían ciertos derechos: podían casarse y tener un peculio con el que eventualmente podrían conseguir la libertad. Pero la Iglesia, como gran propietaria, inmersa en el orden social existente, consideraba la esclavitud como una institución necesaria, consecuencia del pecado, en lo que seguía las huellas de Pablo de Tarso; aconsejaba que se tratara bien a los siervos, pero desaprobaba que algunos sacerdotes, llevados por un celo indiscreto, procedieran a manumisiones que podían arruinar a las iglesias; se consideraba que el mantenimiento de una parroquia requería el trabajo de doce siervos, lo que indica que el excedente generado por estos era muy pequeño, de acuerdo con la escasa productividad de unas técnicas completamente estancadas.

La importancia que tenía la esclavitud en aquella sociedad nos lo revela el amplio lugar que ocupaba en la legislación, tanto civil como canónica; el Fuero Juzgo consagra las 21 leyes del libro IX, título I, al solo tema de los siervos fugitivos, que debía ser algo frecuentísimo; se conminaba con graves penas a los pueblos en los que se albergaban, a los que les daban trabajo en sus fincas, a los que facilitaban su huida… Hechos en los que se adivinan deseos de aprovecharse de una mano de obra escasa, a la vez que denuncian el riesgo de un sistema que impulsaba a tantos a intentar la evasión. Una de las leyes prohibía al amo matar a su siervo so pena de destierro y confiscación de bienes, pero podía librarse de la pena simplemente buscando unos testigos que dijeran que el siervo lo había amenazado o que el amo no había tenido intención de matarlo. Otra ley prohibía a los “amos crueles” las mutilaciones corporales de sus esclavos. Los matrimonios entre señores y esclavos se consideraban una abominación digna de las mayores penas, y también las simples relaciones sexuales entre una señora y un esclavo. De los abusos de que hacían objeto tantos señores a sus siervos nada se dice; son lacras permanentes del fenómeno esclavista.

El descontento de la gran masa de la población rural, libre o esclava, se manifestaba en revueltas de las que tenemos poca información. En el movimiento priscilianista, muy activo en el noroeste de la Península Ibérica, quizás hubiera, bajo apariencias religiosas, una inquietud de tipo social, hecho frecuente hasta los comienzos de los tiempos modernos. Prisciliano, de origen galaico, fue condenado por su misticismo heterodoxo, mezclado con ideas gnósticas y de exagerado ascetismo, en varios concilios, pero esta condena de carácter espiritual sirvió de pretexto al emperador Máximo para arrogarse el título de defensor de la fe ordenando su ejecución en Tréveris (385). Fue el primer hispano muerto bajo acusación de herejía, aunque no por el poder eclesiástico, sino por el civil. La muerte de Prisciliano no impidió que sus seguidores se mostraran muy activos, sobre todo en la Gallaecia, hasta finales del siglo VI.

Pueden también rastrearse motivaciones sociales en el extraordinario desarrollo de la vida monacal, posible refugio de seres maltratados, insatisfechos; formaban comunidades numerosas regidas por alguna de las muchas reglas que entonces se dictaron. Su importancia económica era grande: combinaban la oración con el trabajo, laboraban tierras, criaban ganados, por sí mismos y ayudándose de siervos. Procuraban también disponer de artesanías esenciales para ser en todo lo posible autosuficientes. Otros buscaban la evasión por el camino opuesto: se aislaban en vez de agruparse; eran anacoretas, ermitaños, se enclaustraban en un lugar o, por el contrario, se dedicaban a un vagabundeo (los giróvagos); una picaresca con apariencias religiosas que siempre ha existido.

Nada tiene de extraño que en una sociedad muy sacralizada la religión fuese utilizada como válvula de seguridad por los descontentos. En las alturas el problema tenía otros matices; los altos cargos eclesiásticos fueron capturados por los ambiciosos que los utilizaron para sus propios fines. Las luminosas perspectivas abiertas por los Concilios III y IV, la unión religiosa, la unión de razas, el reforzamiento del Estado, todos los propósitos se derrumban después de la deposición de Wamba[ii]. Los sucesos ocurridos en los últimos reinados son muy oscuros; faltan fuentes; las pocas alusiones que pueden espigarse en las crónicas posteriores aluden a la división de la clase dirigente en facciones irreconciliables; sin duda por eso existen dos tradiciones acerca del rey Witiza: una favorable a su memoria y otra que lo describe como un tirano, justificando así la elección de Rodrigo contra las aspiraciones de los witizanos.   



[i] “España, tres milenios de historia”.
[ii] (672-680). Su corto reinado lo pasó sofocando rebeliones de unos grupos contra otros, además de una invasión de norteafricanos en 672 por el estrecho de Gibraltar. Convocó el XI Concilio de Toledo (675), donde se dictaron medidas para corregir los vicios y abusos eclesiásticos, y puede que exista relación con el hecho de que el metropolitano de Toledo, Julián II, interviniese en la conjura para acabar con la vida del rey, que no había querido ser elegido como tal en 672.