domingo, 19 de mayo de 2019

Expediciones antiguas en África

Busto del rey Juba II procedente de Volúbilis.
Museo Arqueológico de Rabat.

El rey Juba II de Numidia y luego de Mauretania, educado en Roma, fue además escritor, en lo que fue elogiado por Plutarco, pues había ido recogiendo datos sobre una “terra incognita” en África más al sur y al este de los territorios por él conocidos. Más tarde Plinio aprovechó esta información para su “Historia Natural”. Avieno, por su parte, dice de Juba que dedicó buena parte de su vida al estudio.

De todas formas, las anotaciones de Juba II sobre las expediciones que mandó realizar en el norte de África tuvieron mucho de presunciones, según señala Enrique Gozalbes[i]. Fueron dos las direcciones de sus exploraciones, unas hacia el Atlas y el océano Atlántico, y otra hacia las fuentes del Nilo, mero intento. Ya entonces se planteó la posibilidad de circunnavegar África, como había hecho unos fenicios a finales del siglo VII a. de C., la primera y única hasta el siglo XV. También se conservaron los intentos de Eudoxos a finales del siglo II a. de C., pero sobre todo el viaje del cartaginés Hannon, quizá en el siglo V a. de C., que habría navegado por la costa norte de Marruecos y, más al sur, habría llegado a unas islas con un volcán en erupción, islas donde había unos homínidos llamados “gorilas”.

Hannon viajó en torno a Lixus, cerca de Larache, y luego a Cerné (Mogador). Gozalbes explica que sobre este periplo de Hannon la historiografía está dividida: unos consideran que se trata de una falsificación tardía, otros que el viajero llegó hasta el golfo de Guinea, y los que consideran que el volcán el erupción sería el Teide, por lo que estaríamos ante las islas Canarias. En todo caso Juba II no tuvo en cuenta la noticia de los seres llamados “gorilas”, contrariamente a Jenofonte Lampsaceno[ii] y Estacio Seboso[iii].

Juba II quiso cerciorarse de la información facilitada por el periplo de Hannon y ordenó adentrarse en el Atlas, la cordillera más famosa de la antigüedad, pues se suponía que sostenía el cielo, pero el primer elemento de continuidad con el periplo de Hannon fue la exploración del litoral oceánico, hasta el punto de que los datos de Agripa, en época de Augusto, para la elaboración del mapa Orbis pictus procedían del relato de la exploración de Juba. El Hesperu Ceras puede ser el cabo Bojador y las primeras islas mandadas explorar por el rey mauritano fueron las Purpurariae; la púrpura getúlica, producida en el Atlántico, iba a cobrar una justa fama a partir de ese momento, de tal forma que se convirtió en una de las producciones más emblemáticas del África occidental, siendo un monopolio real. Plinio destaca las zonas principales de producción: Tiro, Laconia y Méninx[iv] y la costa gétula del océano en África; al tiempo identifica la región de Mogador como la Getulia, cuyos pobladores eran los autololes, al sur de los mauri y al norte de los etíopes. Yuba tiene en estas exploraciones motivos científicos, pero también políticos y económicos. Por su parte, Pomponio Mela indica que los gétulos llamados pharusios y nigritas eran los que explotaban las conchas de este litoral para la fabricación de los tintes, pero según Gozalbes, estos gétulos pharusios y nitritas en la época anterior a la conquista romana, después de la misma son los que recibieron el nombre de autololes.

Después Juba ordenó la exploración de las Fortunatae insulas, que se identifican con las Canarias[v], cuyo nombre procedía de los Campos Elíseos[vi] de los primeros poetas helénicos. En el caso de España, desde que a finales del siglo XVI fray Alonso de Espinosa realizara su descripción de la isla de Tenerife, se ha identificado a las “afortunadas” con las islas Canarias. De todas formas, los exploradores de Juba no estuvieron en todas las islas, pero sí pudieron ver que ya estaban habitadas. Ombrios se llamó a una de las Canarias donde había una laguna[vii]; Iunonia tenía un pequeño templo de piedra; Capraria, que estaba llena de lagartos; Ninguaria fue llamada así por sus nieves eternas y por estar cubierta de niebla, que podría ser Tenerife por las nieves del Teide…

Pero ¿quién era Juba II? De origen númida, fue educado en Roma desde muy niño, tuvo por esposa a Cleopatra, hija de la egipcia del mismo nombre, y escritor muy prestigioso. Su padre, Juba I, se había alineado con Roma al hacerse cliente de Pompeyo en la guerra civil contra César, pero después del triunfo de este en la batalla de Thapso[viii], Juba I murió. Los territorios de Numidia fueron repartidos entre Roma y reyes aliados, siendo enviado a Roma el hijo del rey, futuro Juba II, que fue educado por Octavia, esposa entonces de Marco Antonio, hasta que aquel recibió la ciudadanía romana. Luego participó en las guerras cántabras junto a Augusto (años 26 y 25 a. de C.), donde este se garantió plenamente la lealtad de Juba.

La zona más meridional de África en poder de Roma, Getulia, y las Mauretaniae, la más occidental, estaban pobladas por gentes no urbanizadas y de costumbres muy “bárbaras”. Estas tierras de Marruecos y Argelia habían caído en manos de Roma y Augusto entregó el reino unificado a Juba II, quien había contraído matrimonio con Cleopatra Selene, hija de la antigua reina de Egipto y también educada en Roma. Al final de su reinado (23 de nuestra era), Juba asoció al trono a su hijo Ptolomeo, y otro Ptolomeo, el escritor, nos habla de Getulia como el pueblo de los melanogetulos, que Plinio sitúa entre los etíopes y los mauritanos, junto a los gimnetes (desnudos), farusios y los perorses, ya dando al océano.


[i] “Las exploraciones geográficas del rey Juba II de Mauretania”.
[ii] Habría hecho uso del periplo de Hannon.
[iii] De él habla Plinio.
[iv] En Túnez.
[v] Lanzarote y Fuerteventura podrían ser las islas de las Hespérides, en contraposición a las otras, las Afortunadas.
[vi] Se encontraban, según la mitología, en el Epiro.
[vii] Para Núñez de la Peña (1676) sería Hierro, pero para otros, Isla Salvaje, perteneciente a Portugal, entre Canarias y Madeira.
[viii] Al este de Túnez, en el año 46 a. de C. A partir de este momento Numidia quedó anexada a Roma.

Al-Binya

Al-Binya a la derecha

El “urbanismo doble” no era nuevo en el mundo islámico cuando el emir meriní Abu Yusuf mandó construir, ex novo, la ciudad palaciega de Al-Binya, al lado de Algeciras. Existían otros casos en Oriente, el Norte de África y al-Andalus, como son los casos de Tremecén-al-Mansura, Fas al-Bali-Fas al-Yadid, Ceuta-al-Afrag y Rabat-Salé; también, según Antonio Torremocha[i], Mansuriyya-Qairawan, al-Fustat-El Cairo y Córdoba-Madinat al-Zahra[ii].

Al-Binya fue construida entre los años 1279 y 1285, después que, en el primer año citado, finalizase el cerco que los castellanos habían puesto a la ciudad de Algeciras por mar y tierra. El emir Abu Yusuf estableció en Al-Binya su propia residencia cuando estuviese en al-Andalus, con aljamas, alminares, alcázares, baños, acequias y puentes en los caminos. Esto mismo ocurría con Fez, a cuyo lado se construyó la ciudad de Fas al-Yadid; ambas eran ciudades palaciegas y ambas sirvieron de residencia a los miembros de la corte meriní y a sus tropas.

En 1285 ya estaba terminado el alcázar, con su sala de audiencias (mexuar) y la mezquita. Con anterioridad se había construido un recinto defensivo con foso y cuatro grandes puertas. Hasta el día de su muerte, Abu Yusuf pasó largas temporadas en al-Andalus y, por lo tanto, en Al-Biya. Según M. Acién, desde Algeciras entró en el reino de Granada el modelo de mexuar separado del alcázar.

Según Antonio Torremocha, la intención del emir meriní al construir Al-Binya a la orilla izquierda del río de la Miel, fue reforzar su prestigio personal, de la misma forma que, junto a Gibraltar, se había construido en 1160, otra ciudad. Se trató de una ciudad campamento para poder permanecer el al-Andalus todo el tiempo que fuese necesario, siendo su extensión casi el triple (27 Ha.) de la Algeciras de la época. Aunque los arqueólogos han dado muestras de dudas sobre si se construyeron los espacios vacíos que se dejaron para un futuro crecimiento, parece que dichos espacios aún existían cuando la conquista de la ciudad en época de Alfonso XI (1344), cuyo cerco había empezado en 1342.

Contrariamente a lo que se ve en la mayoría de las ciudades musulmanas de la Edad Media, en al-Binya se desarrolló un urbanismo palacial y programado, con calles anchas y donde el emir dio las órdenes directamente a los arquitectos, canteros, alarifes (maestros de obras), carpinteros, etc. Fue una ciudad plurifuncional, con un origen portuario, pero también mercantil, centro administrativo y base militar y naval, que la hicieron muy próspera. La mezquita, como en toda ciudad musulmana, era el centro religioso, pero al mismo tiempo la sede de las magistraturas judiciales y el lugar donde se organizaba la enseñanza y se custodiaba el tesoro público; también se bendecían allí los estandartes antes de las expediciones militares y se daban las noticias que interesaban al conjunto de la población. Según un autor del siglo X, ninguna madina podía ser tal si carecía de una mezquita aljama.

Al tiempo, como otras ciudades musulmanas, al-Binya tenía un espacio periurbano muy activo, y donde se encontraba la necrópolis. Los edificios más importantes estaban en lo alto de la colina donde se construyó esta ciudad, reservando algunos espacios para huertas, jardines y descampados, pero cuando se produjo la conquista cristiana se truncó el desarrollo de al-Binya y dio comienzo un proceso de decadencia.



[i] “Ciudades islámicas de nueva fundación en la orilla al norte del Estrecho”.
[ii] Un precedente antiguo puede ser el de Aqaba, fundada en 630 junto a la ciudad bizantina de Aila. Igualmente se puede decir de Wasit, actual Irak, para separar a los sirios del resto de la población. En 969 se fundó una ciudad palatina una vez que fue conquistada al-Fustat, en la misma explanada donde se hallaba acampado el ejército.

viernes, 17 de mayo de 2019

Monasterios belicosos

Monasterio de Oña (Burgos)

Los monasterios participaron a favor de Sancho II cuando se rebeló contra su predecesor, Alfonso X, en la Corona de Castilla; para ello formaron una Hermandad[i] de la que estuvieron ausentes otros monasterios[ii]. En el Capítulo General de la orden de predicadores celebrado en Provenza en 1276, se dio orden de que los monjes no se uniesen a las contiendas de “los príncipes”, pero de poco sirvió porque, como han demostrado varios autores, entre ellos Prieto Sayagués[iii], no fueron pocos los casos en los que monjes de un lado y otro apoyaron a uno u otro bando político.

La intervención de los monjes en las campañas políticas de los reyes les sirvió, con frecuencia, como vía de acceso a la privanza. En las Cortes de Toledo de 1462 se denunció que “algunos obispos e abades e otras personas eclesiásticas” participan en bandos escandalizando a la población. En 1282 el infante Sancho reunió en Valladolid a los abades de las tres grandes órdenes monásticas del momento, cluniacenses, cistercienses y premonstratenses, acudiendo a la llamada unos cuarenta que acusaron a quien Sancho combatía, el rey Alfonso X, de desafueros, daños, fuerzas, muertes y despechamientos, deshonras, etc. Las nuevas órdenes monásticas, por su parte, hicieron lo mismo; en la reunión de Valladolid se encontraba presente el procurador dominico fray Munio de Zamora, lo que luego le valió a favor de Sancho IV. Por lo que respecta a la otra gran orden mendicante, los franciscanos, el custodio de Zamora y después provincial de Santiago, fray Juan Gil de Zamora, escribió una obra[iv] ensalzando a Sancho. Otro ejemplo lo encontramos en la investigación llevada a cabo ya en su momento (1284) por Pedro Sánchez de Monteagudo para dilucidar si el guardián de San Francisco de Burgos había participado en la revuelta de Sancho. Al lado de este estuvo también el arzobispo de Santiago, fray Rodrigo González (1286-1304).

Mucho después, en la guerra de los dos Pedros, el monasterio de Sahagún aportó ballesteros al rey castellano contra el aragonés, para lo que el concejo y el abad establecieron una nueva alcabala sobre el vino, mosto y vinagre para pagar el sueldo de dichos ballesteros. También participó en esta contienda el obispo dominico de Lugo y confesor de Pedro I, López de Aguilar (1349-1390) que por su largo pontificado se ve no tuvo que pagar precio alguno, pues una vez Enrique II en el trono le sirvió sin más miramientos. De igual forma, el monasterio de Sahagún, establecida la dinastía Trastamara en Castilla, la sirvió, como cuando en 1373 el abad envió al rey cuarenta cargas de trigo.

En el bando contrario pudieron estar los franciscanos, si tenemos en cuenta las donaciones y privilegios que recibieron de Enrique II, y otro tanto puede decirse del monasterio de Bujedo de Juarros, que ayudó a dicho rey en Toledo a comienzos de 1369. En las Cortes de Valladolid de 1385 Juan I (el segundo Trastamara) pidió por primera vez en reunión de este tipo, que los eclesiásticos contribuyeran, comparando las “armas espirituales” con las “temporales”, de forma que en la guerra que a él interesaba[v] pedía colaboración tanto a “clérigos como leygos”.

Durante el reinado de Juan II los religiosos colaboraron con la nobleza levantisca, como en el caso de Fadrique de Luna[vi], resultando complicado un franciscano portugués que fue condenado a cárcel perpetua. Otros religiosos, principalmente dominicos, prestaron su apoyo al rey frente a los nobles, lo que en el caso de la orden citada era norma, sobre todo durante el reinado de Juan II. En la ciudad de Cuenca hubo una gran conflictividad durante el siglo XV, posicionándose los Mendoza a favor de los Infantes de Aragón, aunque aquellos habían sido nombrados guardas mayores de la ciudad. El obispo dominico Lope de Barrientos[vii] (1445-1469) participó en la defensa de Cuenca a favor del rey contra los Mendoza, dirigiendo las tropas concejiles entre 1447 y 1449 y luego a favor de los conversos en los sucesos protagonizados por el alcalde mayor, Pedro Sarmiento, siendo uno de los principales instigadores del alejamiento de Juan II y su hijo Enrique, mientras que fray Pedro de Silva, hermano del conde de Cifuentes, tuvo un destacado papel en Toledo a favor del rey durante el enfrentamiento con su hijo.

Pero no todos los dominicos defendieron la causa regia: en 1453 la Corte se encontraba en Burgos y, oyendo misa el rey en la catedral, un dominico estaba predicando un sermón en el que criticaba a Álvaro de Luna, lo que le valió una reprimenda del rey y el obispo apresó al fraile en la cárcel episcopal. En este episodio resultó asesinado el cómplice del fraile, Pérez de Vivero. Otro caso es el de un franciscano que estaba colaborando con las autoridades para evitar la conquista de una plaza cristiana contra los musulmanes. El guardián del convento de San Francisco de Jerez dio aviso de las intenciones de los habitantes de la villa, que querían venderla a los musulmanes.

Durante el reinado de Enrique IV el dominico Juan López defendió la causa del príncipe Alfonso, acusando al rey de sus costumbres arábigas y si cercanía a los mudéjares y conversos. El príncipe Alfonso contó también con la colaboración del dominico fray Alonso de Burgos en la batalla de Olmedo[viii], fray Rodrigo de Mesa, prior del Parral y el agustino fray Martín de Córdoba. El primero colaboró con el obispo de Segovia, Juan Arias Dávila; el agustino publicó una obra a favor del pretendiente Alfonso, pero en el bando contrario también nos encontramos a dominicos, mientras que el monasterio de Santo Domingo el Real de Toledo estuvo al lado del príncipe Alfonso, e igualmente el convento dominico de Sevilla.

En 1467 se produjo un concierto entre el concejo de Tordesillas y el convento de Santa Clara, ante el rumos de que la villa sería atacada para entregársela a Alfonso, lo que provocó que los vecinos rogasen a la abadesa que designase vasallos para defender la villa, lo que demuestra el poder que ejercían las clarisas.

Los religiosos también fueron árbitros en las disputas internas de la Corona, hicieron prestaciones económicas para causas bélicas, tanto en el interior de Castilla como en guerras exteriores; toda una casuística que demuestra la implicación de los monasterios y el clero regular en asuntos no religiosos durante la Baja Edad Media.

[i] Formaron parte de ella los monasterios de Oña, Arlanza, Silos, San Millán, Cardeña, Montes (al suroeste de la provincia de León), San Prudencio (en Clavijo, La Rioja), Valverde (en la provincia de Madrid, actual carretera de Colmenar Viejo), Santa María de Vega (debe de ser el que se encuentra en Renedo de la Vega, Palencia, ya que hubo otro del mismo nombre en Asturias), La Vid, San Pelayo de Hornillas, Villoria (en la provincia de León), Villamediana (debe de ser Villamediana de Valdesalce, provincia de Palencia), Medina del Campo, San Miguel del Monte (Miranda de Ebro, provincia de Burgos), Valbuena (en la provincia de Valladolid, a orillas del Duero), La Espina, Valparaíso (en Peleas de Arriba, al sur de la provincia de Zamora), Moreruela, Matallana (en Villalba de los Alcores, Valladolid), Palazuelos, San Pedro de Gomello, Sandoval, Valdeiglesias, Aguilar, Retuerta, San Pelayo de Cerrato, Santa Cruz de Monzón, Villamayor, San Cristóbal de Bujedo, San Leonardo de Alba de Tormes y Sancti Spíritus de Alba. Aunque no se cita la localización de todos, puede verse que la geografía de estos monasterios es muy representativa de la expansión de los mismos y su influencia. Véase el número de monasterios implicados en este asunto que se encuentran en la actual provincia de Burgos.
[ii] San Zoilo de Carrión, San Isidro de Dueñas, San Román de Entrepeñas, Santa María la Real de Nájera, Obarenses, San Salvador de Cornellana, San Martín de Castañeda, San Vicente de Segovia, Herrera, Rioseco, Belmonte, Valdediós, Villanueva de Oscos, Brazacorta y algunos monasterios gallegos. Aquí también es significativa la expansión geográfica, sobre todo con los monasterios palentinos y riojanos.
[iii] “La clerecía regular ante los conflictos internos y guerras exteriores de la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[iv] “De preconiis Hispaniae”.
[v] Juan I sería vencido por el ejército portugués en Aljubarrota, que no permitió el ascenso de aquel a la Corona lusa.
[vi] Pretendió la Corona de Aragón en el Compromiso de Caspe, pero no lo consiguió. Refugiado en Castilla, pretendió apoderarse del castillo de Triana y las Atarazanas para sublevar Andalucía a favor de los Infantes de Aragón.
[vii] Había servido a Fernando de Antequera, padre de los Infantes de Aragón.
[viii] 1467, en relación con los conflictos por la sucesión de Enrique IV.

jueves, 16 de mayo de 2019

El proyecto de Santa Amalia

Puente sobre el Guadiana en Medellín, cerca
de Santa Amalia

Son varios los autores que han estudiado el caso de la población de Santa Amalia, al norte de la provincia de Badajoz, uno de los intentos de repartir tierra a campesinos pobres que se frustró. Santa Amalia tuvo su origen en una legislación de 1827 a petición de un grupo de labradores de Don Benito, ante la falta de tierras labrantías, por lo que se trataba de construir un poblado en unos baldíos comunales, lo que no dejó de despertar oposición[i].

Las políticas ilustradas del siglo XVIII se prolongaron, atenuadas, a la centuria siguiente, siendo este un caso más de colonización interior para asentar campesinos que pusiesen en valor zonas despobladas. De todas formas, Santa Amalia resultó un fracaso porque los campesinos, endeudados ante la falta de capitales, debieron entregar sus tierras a grandes propietarios a lo largo del siglo XIX. Otros casos, que han seguido diversa suerte, son los de Villarreal de San Carlos, Valdegamas y las colonizaciones de Sierra Morena llevadas a cabo por Olavide.

En el caso de Santa Amalia –dice Ruiz Rodríguez- se trataba de asentar colonos, crear una sociedad de propietarios agrícolas, dar seguridad a los caminos y aumentar las recaudaciones del Estado. Este es el primer caso de una población establecida en Extremadura que no surgió de la iniciativa estatal, ni de la Iglesia, sino resultado del empuje de unos vecinos; se trata, por lo tanto, de un modelo único, aunque se parece a otro en el trazado de nueva planta, racional, de sus calles, plaza y viviendas.

El contexto es el de un siglo XVIII expansivo demográficamente, aunque la actual provincia de Badajoz era un espacio con una baja densidad de población, unos 11 habitantes por km2, y la mayoría de la población era pobre. Don Benito, por ejemplo, experimentó un constante crecimiento demográfico hasta mediados del siglo XIX, teniendo en 1837, 12.140 habitantes, el núcleo más populoso de Extremadura, siendo entre 1791 y 1829 cuando más creció, a pesar de estar por medio la guerra de 1808.

Había una gran riqueza agropecuaria pero una veintena de nobles absentistas, cuando se funda Santa Amelia, poseían más de 40 dehesas extensas en el término municipal de Don Benito. Uno de ellos era el conde de Salvatierra, que vivía en Madrid, dueño de cerca de tres mil hectáreas; otros eran el duque de Uceda, el conde de Arenales o el marqués de Casas Blancas (los dos primeros vivían en Madrid y el tercero en Granada). También eran propietarias de dehesas algunas instituciones religiosas, en primer lugar el monasterio de Guadalupe, dueño de extensas y fértiles dehesas para el mantenimiento de ganados trashumantes. Le seguían siete conventos en Calzada de Oropesa, Badajoz, Trujillo (dos en este caso), Orellana la Vieja, Medellín y Cáceres. Las propiedades de la nobleza estaban amayorazgadas y las de la Iglesia amortizadas. También tenían propiedades los concejos (bienes de propios), existiendo tierras comunales y baldíos. Los bienes de propios se solían arrendar, con lo que los Ayuntamientos disponían de una fuente de ingresos, y los bienes comunales eran aprovechados por los vecinos, pero las dehesas boyales y los baldíos no eran disfrutados por igual por todos, pues “comunal” no quiere decir que su uso fuese democrático ni equitativo. Los más poderosos, al tener más ganados, usufructuaban más aquellos bienes. Los baldíos solían estar alejados de los poblados y sus tierras eran de peor calidad.

A pesar de la legislación favorable a la agricultura promulgada desde 1766, las cosas no debieron mejorar cuando en 1800 más de un centenar de vecinos de Don Benito, propietarios de yuntas, reclaman tierras para labrar acogiéndose a un decreto de 1793. De ellos, solo 73 consiguieron hacerse con algunas pequeñas suertes de tierra, 317 fanegas en total, dispersas por diversas dehesas del término. Los “cabezaleros”, los dos vecinos que encabezaron la petición, se expresaban diciendo que “los terrenos comunales… suelen ser menos el consuelo y alivio del pobre labrador, que el disfrute de los ricos…”, y continuaban diciendo que en el término había una “infinidad de tristes jornaleros o familias pobres”. Añadían que la fundación de un pueblo eliminaría “una guarida o madriguera de ladrones, contrabandistas y gentes sospechosas”.

El Ayuntamiento de Don Benito se opuso a la solicitud de aquellos campesinos, prueba de a qué intereses servía, pero lo cierto es que se procedió al deslinde y amojonamiento del término, se publicó la Real Orden, se produjo el acto de posesión de Santa Amalia con la nueva oposición de Don Benito y ahora de Medellín, se entregaron 25 fanegas de tierra a cada colono y Santa Amalia comenzó su andadura. Pero la reforma agraria liberal, que se produjo en momentos distintos, favoreció a los que disponían de riqueza y estaban dispuestos a emplearla en bienes raíces, y dándose la circunstancia de que no pocos colonos no pudieron hacer frente a sus explotaciones por falta de capital, terminaron entregando sus tierras a los mejores postores, resultando este intento ilustrado en un fracaso.


[i] Uno de los autores que han estudiado este asunto es Juan A. Ruiz Rodríguez, “Santa Amalia: un intento fallido de mitigar el problema social de la tierra en la Extremadura del siglo XIX”. En este y otros trabajos sobre Santa Amalia se basa el presente resumen.

Cuevas, poblados y santuarios

Vasija de la Cova de la Sarsa (Valencia)

Una enorme cantidad de estudios e intercambio de información se han producido durante el siglo XX, sobre el origen del Neolítico en la península Ibérica y el camino recorrido para que aparezcan aquí la primeras cuevas con población sedentaria, los primeros poblados, los primeros cultivos y la cerámica asociada a ellos.

En el IV Congreso del Neolítico peninsular, Bernat Martí Oliver ha publicado un trabajo[i] que, aparte lo engorroso del mismo (quizá inevitable por las continuas aportaciones y discusiones de los especialistas) trata de arrojar luz sobre el origen, características y yacimientos del Neolítico ibérico.

En un primer momento se supuso que las prácticas agrícolas y la domesticación de animales procedieron del norte de África, lo que implicaría, al no ser este un foco originario, la expansión neolítica por toda la costa sur del Mediterráneo desde Oriente Próximo y Egipto. Dicha expansión ha sido costera, en todo caso, pero otra cosa es si la agricultura entró en Iberia desde el sureste de Francia y la costa mediterránea. El autor al que sigo dice que este asunto “tiene poco que ver con la simplicidad”.

Pudo ocurrir que grupos humanos en estadío epipaleolítico[ii] y otros en estadío neolítico se influyesen. Martí Oliver señala que el primer Neolítico ibérico guarda una profunda semejanza con el de Europa continental, pero no se descarta, como dijimos antes, una difusión démica (culturas que se influyen mutuamente).

En el primer Neolítico ibérico cobran importancia las cuevas, los poblados y los santuarios, entendido que allí donde el ser humano quiso asentarse para dedicarse a la agricultura, podría no haber cuevas, como sí en otros lugares. Los santuarios tienen que ver con el sentimiento trascendente o religioso del ser humano desde mucho antes, y posteriormente el arte que los neolíticos dejaron en las cuevas y en objetos.

En la costa ligur se encuentra la Caverna delle Arene Candide, donde en 1946 se encontraron unos estratos cerámicos, de la misma forma que las regiones italianas donde las cerámicas impresas se encuentran con particular riqueza son la costa oriental de Sicilia, la costa adriática de la Puglia[iii] y el Finalese[iv], lo que sumado a la presencia en Arene Candide de obsidiana procedente de las islas Lípari, demuestra su carácter mediterráneo. Parece que hubo un movimiento de colonización que se dirigió desde la Puglia a la orilla opuesta del Adriático a través de las islas Tremiti[v] y de Corfú, de acuerdo con la presencia de cerámica impresa con cierta afinidad en algunas estaciones de la fase de Sesklo[vi] de la Tesalia.

Así se delimitó la cultura de las cerámicas impresas como Neolítico inicial, entre el Mesolítico y a la cultura de los Vasos de boca cuadrada, cuyos estratos encontraban paralelos en las culturas neolíticas del valle del Danubio y los Balcanes. De origen externo, su difusión desde Egipto y el Próximo Oriente, se habría producido a través del camino del norte de África, de acuerdo con lo cual, al oeste de Arene Candide la cerámica impresa se detuvo en el arco alpino, pues aunque está presente en algunas cuevas de la Francia meridional, como en el abrigo Châteauneuf-les-Martigues, no puede pensarse que la civilización neolítica haya llegado a Liguria atravesando los Alpes.

En 1946, sin embargo, el panorama ibérico encajaba en su orientación africana, dos décadas después de los hallazgos de cerámica impresa cardial en las cuevas de Montserrat (1925) y en la Cova de la Sarsa (Bocairent, Valencia), consideradas propias de períodos neolíticos avanzados de acuerdo con su perfección y elaborada decoración, que parecía acercarse al vaso campaniforme. Luego se publicó la estratigrafía en la Esquerda de les Roques de Torrelles de Foix (Barcelona), que demostró que el vaso campaniforme es muy posterior (calcolítico o eneolítico).

Después de 1939 el Neolítico ibérico se dividió en dos etapas: las culturas hispano-mauritana e ibero-sahariana, de forma que las cerámicas impresas cardiales serían exponentes del Neolítico hispano-mauritano, con una primacía cronológica respecto a las restantes especies cerámicas, al rechazarse la tosquedad como un indicio de mayor antigüedad. Así se estableció un mismo lugar de origen para la primera cultura neolítica de las cerámicas impresas, el norte de África, y dos caminos para su llegada y proyección sobre el continente europeo, uno por Sicilia y otro por Gibraltar.

En Iberia el Neolítico primitivo con cerámica impresa corresponde a la fase cultural hispano-mauritana, y su distribución fue costera con escasa penetración en la Meseta, siendo su expresión más característica la cerámica cardial montserratina.

Otros han considerado que el Neolítico norteafricano podría ser un desarrollo provincial del Neolítico del Nilo y, de este modo, la vía seguida por la nueva civilización desarrollada en el Oriente Medio para alcanzar el Mediterráneo occidental, España, Sicilia y la península italiana, pero este papel preponderante de África deja paso, para otros, a la hipótesis de una influencia directa desde Oriente mediante una difusión marítima, es decir, costera: el origen de Neolítico del Mediterráneo debería buscarse en el Próximo Oriente, donde se encuentran los tipos cerámicos que lo caracterizan, y no parece verosímil una propagación terrestre desde la zona sirio-anatólica al norte de África porque falta la cultura con cerámica impresa en Egipto. La cerámica impresa que caracteriza el nivel inferior de Arene Candide o Neolítico antiguo, se encuentra en toda la cuenca mediterránea occidental, correspondiendo siempre al nivel neolítico más profundo de las diversas estratigrafías conocidas.


[i] “Cuevas, poblados y santuarios neolíticos: una perspectiva mediterránea”.
[ii] Antes del Neolítico cronológicamente hablando, cuando individuos carroñeros pasaron a ser agricultores en formas muy primitivas.
[iii] Sureste de Italia.
[iv] Nordeste de Italia.
[v] Al este de Italia.
[vi] Al norte del golfo de Corinto.


martes, 14 de mayo de 2019

"Diez galeras tomó, treinta bajeles"

Combate naval. Juan de la Corte (Museo del Prado)

La monarquía española era, en el siglo XVII, el flanco sur de la batalla contra el Islam, y ya desde la época de los Reyes Católicos la amenaza turca afectó a los intereses económicos hispanos estorbando el comercio y las comunicaciones marítimas, lo que lleva en consecuencia a varios enfrentamientos con la flota española[i]. Tras la derrota de los nazaríes de Granada, la monarquía hispana se enfrentará ahora los otomanos. El avance de los turcos por el sudeste de Europa llevó a la derrota y muerte del rey de Hungría, Luis II (Mohacs, 1526), lo que les llevó a la conquista del reino. Tres años más tarde las tropas de Solimán fueron vencidas por los imperiales de Carlos V, lo que puso fin al primer asedio de Viena. En el Mediterráneo, el emperador decidió organizar dos operaciones navales: el ataque a Túnez (1535) exitoso, y la conocida como Jornada de Argel (1542), que terminó en fracaso.

Bunes Ibarra considera que tanto Carlos como Felipe II establecieron una política defensiva en el Mediterráneo, conducente a liberal el norte de África del expansionismo otomano. Cuando se disolvió la Liga que había unido a Pío V, Venecia y España, en 1573 Venecia firmó un tratado con los otomanos renunciando a Chipre y Dalmacia, devolvió a los turcos las plazas conquistadas en Albania y aceptó pagar una indemnización.

Durante el reinado de Felipe III los enfrentamientos con los turcos cesan en buena medida, hasta el punto de que la solicitud de Clemente VIII de rehacer una liga como la anterior, añadiendo ahora a Rusia y Polonia, no se formó. El rey español no apoyó a los cristianos de Hungría durante la guerra austro-turca de 1593-1608 y, en 1602, Persia decidió combatir a los otomanos, lo que aprovechó el marqués de Santa Cruz[ii] para echar a los otomanos de las islas Patmos[iii] y Zante[iv] y la ciudad albanesa de Durrazo[v] (1605). En 1610 la marina española conquistó Larache y en 1614 ocupó el bastión de piratas de La Mamora[vi]. Los escasos enfrentamientos con los otomanos terminaron con victoria cristiana.

Pero con el gobierno del duque de Osuna[vii] en Sicilia y más tarde en Nápoles, se llevan a cabo empresas antiotomanas, entre las que destacan la toma del puerto de Túnez, La Goleta y Biserta[viii] (1612), así como la victoria del Cabo Corvo[ix] (1613). El éxito de Osuna en el cabo Celidonia[x] (1616) quedaron recogidos por su secretario, Francisco de Quevedo:

Diez galeras tomó, treinta bajeles,
ochenta bergantines, dos mahonas;
aprisionole al turco dos coronas
y a los corsarios suyos más crueles.

E. Beladiez atribuye a las maquinaciones y financiación veneciana el brote de las revueltas en las Provincias Unidas, las campañas de Francia, los motines en los Grisones y las aventuras del duque de Saboya (Carlos Manuel I), el cual se alió con España o Francia según sus particulares intereses. Para Quevedo, el conflicto entre Venecia y los refugiados cristianos de los Balcanes que gozaban de la protección del emperador alemán (uscoques), sirvió a la República de pretexto para declarar la guerra al Imperio en Friuli y arrebatarle los territorios que este tenía en el Adriático. Quevedo quizá había participado en la llamada conjuración de Venecia, aunque este tema no está claro, que llevó a una revuelta contra los extranjeros. Dicha conjuración pretendía provocar la intervención de la flota española contra la República, y esto sería un precedente de la posición del escritor contra Venecia, recomendando al rey que esa era la verdadera enemiga de España, para lo cual propuso incluso una alianza con los otomanos.

Para Quevedo era peor tener como aliados a los que habían abandonado a la Iglesia (protestantes) que a los que nunca habían pertenecido a ella, en lo que hay precedentes en Tomás de Aquino y el papa Inocencio III. Tras la derrota de Pavía, Francisco I pactó con los turcos y en 1536 firmó con el sultán un tratado comercial. También Catalina de Medici pactó amistad con los turcos y Enrique IV no renunció a la amistad con ellos, manteniendo un embajador en Constantinopla. Vemos, pues, bastantes ejemplos de “realpolitik” antes de que este término tuviese vigencia. En los argumentos de Quevedo a favor de un pacto con los turcos contra Venecia dijo que de aquellos compraba España perlas, oro, plata, ámbar, diamantes, medicinas y drogas… El escritor –según Riandière la Roche- pudo estar enterado de las negociaciones que en 1628 hubo entre turcos y españoles.

Era época en la que las relaciones diplomáticas se cruzaban en todas direcciones y Quevedo creía que había que incentivar el interés de los turcos por la Europa central, pero tras la tregua de los doce años al final del reinado de Felipe III, una alianza franco-holandesa contra España dejó exhausta a la Hacienda española, y esto coincide con una nueva guerra contra Francia por la sucesión del ducado de Mantua y Monferrato: a la muerte de Vicente II (1627) pretendió el trono el duque de Nevers, vasallo de la Corona francesa, y César II, príncipe de Guastalla, este con el apoyo de España, que decidió intervenir, terminando la guerra en 1631 favorable al primero. Quevedo acusó a Venecia como causante de las intrigas con su “veneno confitado”. España, agotada por los incesantes conflictos, necesita la paz, por lo que Olivares entabla por iniciativa del duque de Buckingham[xi] las negociaciones con Inglaterra y Holanda, habiendo sido derrotada la primera en Cádiz.

Cuando Quevedo no habla como consejero político, sino como literato, reconoce que la amistad con la República de Venecia resulta fundamental para la monarquía española. M. Herrero Sánchez clasifica, por su parte, las estrechas relaciones entre España y Venecia como una especie de simbiosis: “la Monarquía Hispánica fue la encargada de proveer al conjunto de la pertinente protección militar y de amplias posibilidades de promoción para sus elites gracias al acceso privilegiado a sus ricos mercados y a una imponente capacidad de patronazgo regio. Por su parte, la república proporcionó al sistema el crédito y los capitales necesarios para sostener el agotador esfuerzo militar y suministró una serie de recursos navales fundamentales para establecer una adecuada comunicación entre los dispersos territorios de la Monarquía”. En cuanto a Génova, tomada por las tropas de Carlos I en 1522, mantuvo una alianza comercial con España, siendo el puerto natural del ducado de Milán que sirvió de nexo entre los dominios italianos e ibéricos de la Corona.


[i] En Otranto y Rodas en 1480, en el archipiélago de la Cefalonia en 1500 y en el norte de África, la campaña del cardenal Cisneros en Orán en 1504. El presente resumen se basa en el trabajo de Marta Pilat Zuzankiewicz, “Francisco de Quevedo ante la alianza hispan-turca”.
[ii] Álvaro de Bazán Benavides (1571-1646).
[iii] Al sureste del Egeo.
[iv] Al oeste del Peloponeso.
[v] En la costa oeste.
[vi] La actual Mehdía, al noroeste de Marruecos. Estuvo en posesión española entre 1614 y 1681.
[vii] Pedro Téllez-Girón (1574-1624). Virrey en Sicilia y Nápoles.
[viii] Ambas al norte de Túnez.
[ix] Cerca de la isla de Samos, al oeste de Anatolia.
[x] En Chipre.
[xi] George Villiers, 1592-1628.