viernes, 31 de marzo de 2023

Vicarios y otros en el reino godo


Desde Septimania hasta el suroeste de la península Ibérica, los gobernantes godos se valieron de una serie de funcionarios que administraron justicia y recaudaron impuestos para que los ejércitos del rey y de los señores protofeudales pudiesen conquistar el territorio de las regiones que aun no estaban bajo el poder de los reyes: el norte, el sureste, el reino suevo y parte de Andalucía principalmente.

Horacio Arrechea Silvestre[i] ha estudiado cómo se dotó el reino godo de Toledo de funcionarios para llevar a cabo el control del territorio y de la población, bien entendido que las dificultades interiores y exteriores fueron muchas: francos y bizantinos, musulmanes más tarde, amenazaron el reino; vascones y otros grupos de la periferia en contacto con el reino suevo complicaron las cosas a los reyes godos y a sus funcionarios.

En el nivel inferior del territorio estaban los pagi, civi y castella, subordinados a la ciudad de la que dependían. Pagus[ii] sería una agrupación de explotaciones agrícolas, o bien un conjunto de “villas” heredadas de la época bajoimperial. Según Isidoro de Sevilla vicus sería una entidad menor que una ciudad, y castella o castra son centros de población fortificados. La autoridad de la ciudad delegaría en otros funcionarios para el control de las entidades citadas.

Los vicarios administraban justicia, pero también podían hacerlo los condes en la base del sistema, reservándose los jueces (iudex) los asuntos de mayor importancia. Unos y otros recorrerían el territorio como así mismo lo hacía la corte real, independientemente de que existiese una ciudad palatina: Toledo. La otra competencia importante era la fiscalidad, que correspondía a los condes en cada una de sus jurisdicciones, los cuales estarían asistidos por un personal subordinado, recorriendo también el territorio para allegar los recursos que necesitaba el estado.

De todas formas, como ocurrirá más tarde, las funciones de unos y otros podían solaparse según las necesidades de cada momento. En un edicto del rey Ervigio (680-687) –señala Horacio Arrechea- se hace alusión al término villicus junto al de tiuphadus y numerarius, todos ellos de origen romano, pero unos y otros podían desarrollar funciones fijas o variables. Los vicarios tenían también competencias fiscales, siendo las funciones de unos y otros cambiantes según se reorganizaba el territorio en cada uno de los períodos históricos.

El dueño de las explotaciones jugaba un importante papel en la recaudación de impuestos, siendo muchas de aquellas propiedad de la Corona, hasta el punto de que un conjunto de villas era denominado fisco, y su siervos, servi fiscalium. El término vicario ha dado origen a topónimos que se encuentran sobre todo en la mitad norte de la península Ibérica: Viguera, Vigueira, Viguria y Monteagudo de las Vicarías[iii]. En el sur, la más larga permanencia del poder musulmán pudo haber modificado los topónimos iniciales.

Una vez en época musulmana permanecen las denominaciones godas en algunos territorios, siendo el caso más conocido el de la llamada “Precataluña” carolingia, que se organizó en condados y estos, a su vez, en vicarías. Parece que el ejercicio del poder en la Hispania visigoda no difirió mucho de lo que se sabe sobre el ámbito franco-carolingio.

Las provincias del bajo Imperio[iv] desaparecieron, pero a un nivel inferior permanecieron, si no las divisiones territoriales, sí muchas de las denominaciónes de la panoplia administrativa romana. La civitas, por ejemplo, seguía siendo concebida con su territorium circundante. Permaneció también, en lo sustancial, la organización eclesiástica proveniente del bajo imperio, aunque se fueron creando nuevas sedes episcopales.

El autor al que sigo aporta una serie de nombres que sugieren funciones públicas: gardingus, villicus, pacis adsertor, centenarius, quingentenarius, millenarius, defensor, numerarius, procurator, actor, exactor… que muy probablemente, como se ha dicho ya, realizaban funciones consideradas como propias e invadían al mismo tiempo las de otros.


[i] “Sobre las circunscripciones menores en el reino visigodo de Toledo”.

[ii] Este término se empleó, en plena Edad Media, para hacer referencia a espacios de considerable importancia.

[iii] Viguera se encuentra en La Rioja, Vigueira en A Coruña y tres en la provincia de Ourense, Viguria se encuentra en Navarra, aunque esta denominación podría tener antecedentes vascuences, señala Horacio Arrechea. Monteagudo de las Vicarías se encuentra al sureste de la provincia de Soria.

[iv] Gallaecia, Tarraconensis, Cartaginensis, Bética, Lusitania.

El mapa refleja el reino godo de Toledo antes de la expulsión de los bizantinos y de la absorción del reino suevo.

jueves, 30 de marzo de 2023

Desorden e invasión

 

Que el estado godo en Hispania nunca fue la entidad fuerte capaz de evitar grandes catástrofes parece fuera de toda duda: defecciones de la nobleza y de los obispos, protofeudalización y continuo forcejeo entre el poder real y las fuerzas centrífugas, empobrecimiento de la economía respeto del bajo Imperio, dificultades derivadas de hambrunas y pestes, son algunos ejemplos de la inseguridad que se vivió salvo en contados momentos o reinados.

Durante los tres últimos, si no contamos el del pretendido Agila II y el resistente en Septimania, Ardón[i], los desencuentros entre los grupos dirigentes de la sociedad goda fueron constantes. Egica, que fue rey entre 687 y 702, estaba emparentado con lo más granado de la nobleza goda, pues era descendiente de Wamba y de Ervigio, que reinaron en las décadas de 670 y 680, y parece que tenían sus principales apoyos en el noroeste (las fuentes hablan de Galicia, pero debe entenderse en un sentido amplio) y en la Bética.

Además, no todas las comunidades estaban bajo el control del estado, lo que prueban las varias campañas que los reyes tuvieron que hacer contra los vascones. Para fortalecer su poder, Egica convocó el XV Concilio de Toledo con el fin de que la nobleza le librase de los compromisos que había contraído su padre, Ervigio, pero no lo consiguió, por lo que en principio no pudo confiscar los patrimonios que más tarde sí.

En el Concilio de Zaragoza, celebrado en 691, Egica denunció el enriquecimiento ilícito de los obispos, mientras que el de Toledo, Sisiberto[ii], animaría una conjura contra Egica en 693. La derrota del obispo y sus seguidores llevó al rey a una purga de todos los nobles que no eran leales, y de tal magnitud que no se había visto otra igual; muchas propiedades de los nobles pasaron al rey y así mismo las competencias militares que tenían aquellos. Así se fortaleció el poder regio, que le permitió combatir a las redes clientelares de la nobleza protofeudal.

Egica endureció la legislación contra los judíos en el XVI Concilio de Toledo, y las riquezas que estos habían adquirido a los cristianos pasaron a engrosar las del rey, labor que continuó en el XVII Concilio de Toledo (694), en el que también se acordó someter a los miembros de esta minoría a la esclavitud, salvo a los de Septimania y de los Pirineos orientales, con el pretexto de que los judíos estaban conjurados con los de ultramar contra la cristiandad, y ciertas noticias hablaban de la colaboración de las aljamas judías con los musulmanes en su avance por el norte de África. Muchos esclavos, como consecuencia del desorden, vagaron por los diversos territorios causando inseguridad y pobreza.

                                         Monedas aparecidas en Iulia Transducta (Algeciras)*

A esta situación se unieron el hambre en 691 y la peste en 693, además de varios ataques francos en la Septimania (688-690 y 694). Por su parte, una flota bizantina, huyendo de los musulmanes, intentó llegar a las costas de Orihuela en 698. Egica contestó a estos problemas haciéndose fuerte en Toledo (700), pero tuvo que desplazarse a Córdoba para conocer de primera mano lo que ocurría en la que se puede reconocer como segunda capital del reino godo. De nuevo en Toledo, murió a finales de 702 después de haber asociado al trono a su hijo Witiza varios años antes (694-695) cuando este solo era un niño.

Parece que el nuevo rey tuvo una residencia en Córdoba, que no sabemos si es la misma que la que luego se le atribuyó a Rodrigo. Según la “Historia de Alfonso III”, de finales del siglo IX, Witiza no sería entronizado como rey hasta 700 en la plaza fuerte de Tui, lo que demuestra lo itinerante de la corte goda, en unas ocasiones por razones militares y en otras huyendo de la peste. Witiza no solo devolvió los bienes confiscados por su padre, sino que hizo desaparecer los documentos que muchos habían firmado obligados renunciando a sus propiedades, lo que debilitó la Hacienda Real y, por lo tanto, el poder central.  

Witiza permitió el matrimonio de los clérigos, cuestión controvertida en todo Occidente, lo que se pudo aprobar en el XVIII Concilio de Toledo, y quizá esta fue la causa de sus problemas (o simple excusa) con el clero toledano. El rey murió en Toledo en 710, sucediéndole Rodrigo, pero después de un largo interregno de más de medio año, lo que no era nuevo, aunque no de tanta duración (Atanagildo-Liuva, Sisebuto-Suintila) y mediante un acto de fuerza con el apoyo de la curia municipal de Córdoba, que adujo el prestigio militar del nuevo rey.

Rodrigo era hijo de Teodofredo, duque visigodo e hijo del rey Quindasvinto, a quien había cegado Egica. La “Crónica Mozárabe”, la más fiable por su proximidad a los hechos (mediados del s. VIII), dice que Rodrigo había gobernado la Bética, una vez más territorio importante del reino.

Mientras tanto los beréberes del norte de África estuvieron continuamente dispuestos a la rebelión contra el avance musulmán, pues estaban muy débilmente o nada islamizados. Ceuta, una guarnición dependiente del reino godo, servía a la vez como base de una flota bizantina, estando la plaza bajo el mando de un conde de nombre Julián (por la Iulia Transducta de época romana, Algeciras). Mientras los musulmanes consiguieron reprimir las rebeliones beréberes, las intrigas no cesaban en el reino godo, lo que hizo imposible la defensa de Ceuta. Dueños de esta plaza y con la ayuda del conde Julián (y la flota), los musulmanes llevaron a cabo la invasión de la península que se venía preparando desde hacía un tiempo.

En los territorios del nordeste se proclamó rey, contra Rodrigo, Agila II, lo que llevó a una guerra civil, teniendo este, quizá, la ayuda de los vascones, y ya se precipitaron las cosas: el desembarco musulmán se produjo al mando de un liberto del gobernador de Ifriquiya, quizá después de un pacto con Agila II. Fuertes los musulmanes en la bahía de Algeciras, allí acudió Rodrigo con un poderoso ejército que pronto se dividió entre los que le apoyaban y los que no, dándose la batalla definitiva cerca de la antigua Laca[iii], en la calzada romana de Cádiz a Sevilla, muriendo Rodrigo al parecer huyendo.

Se procedió entonces a la ocultación del tesoro de Torredonjimeno[iv], de menor calidad que el de Guarrazar, posiblemente ofrecido a la Iglesia. La esposa de Rodrigo, de nombre Egilona, que debió serlo por tan poco tiempo como el reinado, tras la muerte de aquel se casó con Abdelaziz, que moriría en 716, hijo del conquistador Mysa (fallecido en 718). Egilona había incitado a Abdelaziz a ceñirse la corona goda e independizarse del califato Omeya de Damasco, frustrándose así lo que habría sido un ensayo que pudo cambiarlo todo.


[i] 713-720.

[ii] Entre 690 y 693. Fue excomulgado, depuesto del episcopado y confiscados sus bienes en el contexto de desorden de la época.

[iii] Real Academia de la Historia.

[iv] Fue encontrado en 1926 en Torredonjimeno, provincia de Jaén, a pocos kilómetros del pueblo. Los que lo descubrieron no le dieron importancia, hasta que en la década de 1940 se recuperó y se encuentra por partes en los Museos Arqueológicos de Madrid, Barcelona y Córdoba.

* Ilustración de Traianus Coins.

martes, 28 de marzo de 2023

Mozárabes

 

                       Interior de la iglesia visigótico-mozárabe de Santa María de Melque (Toledo)*

Según se ve, el tema de los mozárabes ha sido muy discutido por los historiadores, hasta el punto de que algunos han señalado lo inadecuado del término para referirse a los cristianos en territorio andalusí[i]. Lo que sí parece claro es que los mozárabes no formaron un bloque homogéneo, sino que se comportaron de forma distinta según las regiones. Acién Almansa contrapone la sociedad que él llama feudad[ii] de los cristianos peninsulares del siglo VIII y la que se conformaría en al-Andalus, más caracterizada por la importancia de las ciudades y el pago de tributos.

Volviendo a los mozárabes, el autor citado señala que su cultura sería de “muy bajo nivel” si se la compara con la de los cristianos del oriente islámico o de los judíos andalusíes, y asegura cateóricamente que la Hispania visigoda capituló ante la embestida islámica en el siglo VIII, lo que así parece ser no solo porque se conocen sufientes casos de pacto[iii], sino porque el avance musulmán en el territorio fue muy rápido, aunque luego siguiese un repliegue ante la imposibilidad de controlar el más alejado de la actual Andalucía. Sabemos que hubo casos de resistencia[iv], pero fueron los menos, y no deben olvidarse el conjunto de enfrentamientos que se dieron en los valles de la cordillera Cantábrica a partir de 722.

Los musulmanes tuvieron preferencia por ocupar las ciudades, desde las que se gobernaría el territorio rural circundante, aunque debe tenerse en cuenta la poca entidad de las mismas en época visigoda, y al mismo tiempo parece que funcionó lo que el autor al que sigo llama “dualidad “‘amil-obispo”, es decir, jefe militar musulmán y autoridad religiosa cristiana para el control del territorio. En efecto, muchos obispos obedecieron muy pronto a Córdoba según las fuentes carolingias sobre la conquista de Septimania y el nordeste peninsular, a lo que siguió la destrucción de las sedes episcopales por Carlos Martel tras su infructuoso ataque a Narbona, y quienes resistieron a la conquista franca de esta ciudad y Barcelona no fueron obispos, sino homines. Más tarde los francos no fueron partidarios de reponer obispos y sí condes[v].

Los obispos del reino visigodo, por su parte, defendieron los pactos que habían hecho con los musulmanes por los que se les aseguró la tercera parte de todos los bienes de los cristianos[vi], mientras que el rey asturiano Alfonso I (693-757) quiso hacerse con el control de las sedes episcopales que permanecieron arrebatándoselas a la sede toledana, y no todas las sedes en territorio andalusí continuaron.

Otro tipo de pactos fueron los que llevaron a cabo nobles de época visigoda con los invasores (Tudmir en su territorio de la actual Murcia es el más conocido), y en el medio rural se instalarán los yundíes (militares sirios) a mediados del siglo VIII en las tierras del sur, mientras que en el valle del Ebro  y el suroeste surgieron los grandes linajes muladíes. A mediados del siglo IX Córdoba había crecido mucho como consecuencia de la inmigración de corto radio, donde tenían sus propiedades los monasterios y las grandes familias mozárabes, lo que indica la preferencia de dichos inmigrantes por trabajar como artesanos en los arrabales de la ciudad en vez de seguir siendo siervos en el campo.

La colaboración de los obispos con las autoridades de al-Andalus continuó, y de igual manera se dio una “convivencia y aculturación” que se puede encontrar en los mozárabes toledanos, pues en las repetidas rebeliones en la ciudad, nunca aparecen estos, sino muladíes, y en los medios rurales se sabe, por el “Calendario de Córdoba”[vii], de la pervivencia de iglesias y monasterios, y están claras las diferencias sociales dentro de las comunidades mozárabes.

En definitiva, el autor citado parece demostrar que los mozárabes fueron una comunidad heterogénea en al-Andalus, con marcadas diferencias sociales entre sus miembros, con comportamientos distintos en unos lugares y otros ante los conflictos que surgieron, haciendo una crítica a la historiografía más tradicional que, basada en hechos como el de Eulogio[viii] y sus compañeros en Córdoba, ha pretendido dar una idea de resistencia tenaz que no sería tal más que en ciertos episodios. Otro es el caso de los mozárabes que huyeron el norte para escapar a la influencia musulmana o para no ser discriminados por ser cristianos.


[i] Manuel Acién Almansa, “Consideraciones sobre los mozárabes de al-Andalus”.

[ii] Si se han rastreado algunas características del feudalismo en el bajo Imperio, también se darían en época visigoda (relaciones de dependencia, gran propiedad en manos de la nobleza y de la Iglesia…) pero parece entonces que dicho feudalismo tendría muchas diferencias respecto al que florece en los siglos plenomedievales.

[iii] Ver aquí mismo “El conde Casio”. También “Obispos, emires e impuestos”, “Resistencia y colaboración con el invasor”.

[iv] Ver aquí mismo “Conquista y crueldad”.

[v] Próspero, obispo de Tarraco entre 711 y 713, huyó.

[vi] Con la ley de Egica (687-702) los obispos tenía reconocida la tercera parte de los bienes de las iglesias…

[vii] Obra de la segunda mitad del siglo X debida al obispo mozárabe Recemundo, donde se habla de diversos asuntos relacionados con la vida en el campo y la agricultura. Se relacionaba a las estaciones con las cosechas y con la vida en la ciudad. Se la dedicó al califa al-Hakam II.

[viii] A mediados del siglo IX murió ejecutado después de haber alentado el martirio voluntarios de unas decenas de mozárabes.

* Fotografía de Wikipedia.

lunes, 27 de marzo de 2023

A vueltas con las cruzadas

 

                                              Barbastro histórico (barcelo.com/guia-turismo)

En una conferencia del profesor J. Santiago Palacios Ontalva[i] señaló que las cruzadas medievales entrañaron guerras públicas y sagradas, en el sentido de que fueron patrocinadas por los estados y por el papa; es más, una cruzada solo podía ser decidida por el papa. Así las cosas cabe pensar si podría ser considerada como cruzada la lucha contra el islam por parte de los reinos y condados cristianos medievales de la Península Ibérica.

Ciertamente algunos papas publicaron bulas para favorecer la lucha contra el islam, lo que representaba el derecho de los reyes a detraer de los beneficios de la Iglesia los recursos para fiananciar las guerras contra el islam de al-Andalus. Algunos historiadores, sin embargo, consideran que solo es posible hablar de cruzada en la Península Ibérica desde el siglo XI, es decir, desde el momento en que se proclamó la primera cruzada europea. La lucha contra la invasión almorávide –dice el profesor Palacios- algo anterior a la primera cruzada, ya revistió estas características, e incluso antes.

En la corte asturiana del siglo IX se dieron perfiles religiosos y sacrales para la lucha contra el islam, considerando algunos que los colaboradores del rey Alfonso II fueron mozárabes inmigrados desde al-Andalus. Estos mozárabes habrían introducido la pretendida protección divina sobre Pelayo y sus sucesores, además de achacar a los godos la pérdida de Hispania por sus pecados…

Treinta años antes de la primera cruzada, Barbastro, que formaba parte de una “cora” musulmana, fue recuperada, aunque por poco tiempo, por Sancho Ramírez[ii] de Aragón, y aquí también podría verse un espíritu de cruzada anticipado a la primera europea. El rey aragonés recibió la bendición e indulgencias del papa Alejandro II para todos los que participasen en la lucha contra al-Andalus, y cuando Toledo fue conquistada por el rey castellano-leonés en 1085, recibió la respuesta almorávide al año siguiente en Sagrajas, y ello fue razón suficiente para alertar al papado, que volvió a conceder indulgencias para los que participasen en la lucha contra el imperio norteafricano. Lo mismo se puede decir sobre Tarragona, pues desde mediados del siglo X, con el conde Borrell II, se intentó retener la ciudad en manos cristianas, y un siglo más tarde se hace hincapié en la importancia de recuperarla.

Cuando en 1096 esté en marcha la primera cruzada, el arzobispo de Toledo, Bernardo de Cluny, se propuso incorporarse a la misma en Tierra Santa, pero una vez en Roma el papa le ordenó que su sitio estaba en la ciudad recién conquistada en lucha contra el islam peninsular. Pascual II, por su parte, también publicó bulas prohibiendo a los hispanos participar en la cruzada europea (no obstante hubo hispanos enrolados en la primera y siguientes).

En el plano simbólico algo era esencial: la utilización de la cruz y la predicación precedente a toda cruzada. Cuando a principios del siglo XII los almohades sean vencidos por una coalición de reinos cristianos peninsulares en las Navas de Tolosa así se hará, con una participación franca que, sin embargo, no entró en combate retirándose a Malagón (al norte de la actual provincia de Ciudad Real). Durante los siglos XIII y XIV el espíritu cruzado se encendió más si cabe, cuando se consumaba el fracaso de las cruzadas de oriente con la pérdida de Acre en 1291. En efecto, Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, recibió la bula del papa Inocencio III para reclutar soldados en Italia, Francia y otros territorios europeos, recibidos por él en su ciudad con vistas a la citada batalla de las Navas.

Luego vinieron las luchas por el estrecho de Gibraltar contra benimerines y nazaríes según la idea de Alfonso X del “fecho de allende”, es decir, seguir las conquista en el norte de África. En 1264, no obstante, hubo una rebelión de mudéjares en Murcia y Andalucía[iii], lo que obligó al rey a atender asuntos menos pretenciosos. Las campañas de Tarifa, Gibraltar y Almería también habrían revestido el carácter de cruzadas, recibiendo el rey castellano-leonés Alfonso XI, de nuevo, apoyo papal para su exitosa batalla del Salado y la conquista de Algeciras después de un asedio de dos años.

Pero es durante este reinado cuando surgen diferencias con el papa por el control económico de los recursos que facilitaban las bulas, probablemente por la voracidad recaudatoria de Alfonso XI: la cruzada se había convertido en una herramienta de la monarquía, aunque en el siglo XV decaiga esta doctrina. En 1453 la caída de Constantinopla en poder de los turcos pone al papado y a los reyes peninsulares ante un nuevo reto: dos frentes en ambos extremos del Mediterráneo, y Enrique IV obtuvo bulas para unas campañas poco exitosas.

El argumento de los Reyes Católicos fue la recuperación de Hispania, lo que en realidad había estado más o menos implícitamente en la mente de las monarquías cristianas medievales, equiparando Granada al peligro turco. En 1481 empezó la guerra contra el reino nazarí, para lo que los reyes pidieron bulas una vez más que les fueron concedidas ya en 1479, luego en 1482 y años siguientes. Un crucifijo de plata regalado por el papa debía ser portado en cada campaña, y cuando al dar comienzo el año 1492 se ocupó la Alhambra, en lo alto ondearon dos banderas, la de Santiago y la del papa con una cruz…


[i] Museo Arqueológico Nacional, marzo de 2018.

[ii] Vivió entre mediados del siglo XI y 1094. La conquista aragonesa de Barbastro tuvo lugar en 1064 y la reconquista musulmana en 1065. Como en otros episodios, hubo participación franca.

[iii] El rey castellano pretendió la reubicación de esta población. En lucha contra los mudéjares estuvo ayudado por la corona de Aragón, y aquellos por el reino nazarí. La derrota de los mudéjares llevó a la primera expulsión de un colectivo musulmán de la Península Ibérica.

domingo, 26 de marzo de 2023

Visiones sobre Goya

 

                                                         Manuscrito de Goya de 1803*

Seguramente aprendió Goya de José Luzán, pues en sus primeras pinturas el colorido y los temas son propios del segundo, pero de forma lenta el primero le aventajará junto a otros contemporáneos, hasta el punto de que Goya es una singularidad en la pintura española y quizá quepa decir universal. De Luzán toma el estilo italiano que estaba de moda entonces y que hizo a Goya aspirar a visitar Italia en cuanto le fuese posible. Si está influido por la pintura neoclásica será en los temas, pero en la técnica pronto se apartará, y de ello ya tenemos muestra en una de las cúpulas de la basílica del Pilar de Zaragoza.

La que se considera primera obra de Goya solo se conoce por fotografía, pues se perdió en 1936: se trata de “Venida de la Virgen del Pilar”[i], en unas puertas de relicario, obra de 1762 (a los dieciséis años). Luego siguieron cuadros de devoción en los que el colorido y los grandes ropajes destacan, seguramente por influencia de Francisco Bayeu, que le lleva a Madrid en 1763.

Pero más importancia para Goya tuvo su viaje a Italia en 1769, del que el Museo del Prado conserva su bloc de notas una vez fue encontrado en 1993. En él se citan las ciudades por las que pasó y estuvo, además de algunos bocetos como el torso Belvedere y copias de pinturas al fresco que pudo ver en las iglesias. El boceto de “Aníbal, vencedor, que por primera vez mira Italia desde los Alpes”[ii] (1770-1771) ha permitido atribuir a Goya el posterior cuadro del que no se conocía su autor.

En Italia ha conocido la pintura barroca y regresa a Zaragoza, pero ya con la idea de que puede hacer una buena carrera artística. En dicha ciudad pinta, en la basílica del Pilar, el fresco en una de sus cúpulas y pechinas, “La Gloria o Adoración del nombre de Dios” (1771-1772), cuyo boceto se encuentra en el Museo Goya de la capital aragonesa. Más importancia tienen los frescos de la cartuja de Aula Dei[iii] (aunque cuatro están destruidos y se conservan en mal estado siete) que Goya pintó a lo largo de la nave de la iglesia con escenas de la Virgen y arquitecturas enmarcándolas.

De nuevo en la Corte empieza sus trabajos para la Real Fábrica de Tapices (empleo que consiguió gracias a Bayeu), dándose la circunstancia de que los cartones de los pintores fueron valorados en su época de menor mérito que los tapices finales: se trata de escenas de caza “al modo de Bayeu”, con colores muy perfilados en sus contornos para facilitar el trabajo de los tapiceros. “El quitasol” lo pintó Goya desde un punto de vista bajo, donde personajes populares son retratados elegantemente, como repetirá en muchas de sus obras posteriores, pero en esta ya hay un cambio, pues los perfiles están más difuminados[iv].

De la misma época (1780) es su “Cristo crucificado”, que se encuentra en el Museo del Prado, obra en la que Goya presenta una anatomía más serena que la de los pintores barrocos, la encarnación es luminosa y el volumen acentuado. El mismo año está en Zaragoza de nuevo para pintar varios frescos de la basílica del Pilar, bajo la dirección de Francisco Bayeu, al que no le gusta la pintura de Goya porque rompe con la tradición. En efecto, la audacia de Goya con la pincelada, nada académica, le separa definitivamente de Bayeu en lo artístico.

De nuevo en Madrid dará un salto profesional cuando el ministro Floridablanca le encarga, junto a otros, la decoración de la basílica de San Francisco el Grande, y aún se encuentra allí el óleo sobre lienzo que Goya pintó: “San Bernardino de Siena predicando al rey Alonso de Aragón”[v] (1782-1784). Sobre una roca está el santo, y el rey arrodillado, junto con su Corte, a un nivel muy inferior. El mismo Floridablanca le encarga un retrato y Goya lo representa como protector del Canal de Aragón[vi] (1783), donde el ministro, estilizado, está rodeado de un reloj, la figura de Carlos III al fondo, el autorretrato de Goya de perfil y una gran cartela alusiva a las obras públicas de la Ilustración.

Al servicio del infante don Luis, que se encontraba con su familia exiliado en Arenas de San Pedro[vii], pintó “La Familia del Infante don Luis”[viii] (1784), donde los personajes están representados en una escena doméstica alrededor de una mesa (Goya se autorretrató en una posición inferior). Luego vendrían sus trabajos para la Casa de Osuna, que le pusieron en contacto con tertulias, personajes e influencias, pero también  quedaban al pintor muchas desgracias…


[i] Se encontraba en la iglesia parroquial de Fuendetodos.

[ii] Se encuentra en el Museo del Prado.

[iii] Monasterio de Zaragoza.

[iv] La Real Fábrica de Tapices estaba dirigida entonces por Francesco Sabatini (Palermo, 1721), arquitecto favorecido por el rey Carlos III.

[v] Se trata de Alfonso V. Las dimensiones del cuadro son 480 por 300 cm. Están editados los bocetos de esta obra.

[vi] “El conde de Floridablanca”. Se encuentra en el Banco de España (Madrid).

[vii] Ver aquí mismo “Tres mujerzuelas a su servicio”.

[viii] Se encuentra en la Fondazione Magnani-Roca de Parma.

* Ilustración de "La Comarca".

Tiempos de mudanza al sur del Duero

 

                                                      Despoblado de Abadejos (Segovia)*

En su tesis doctoral, Iván Pérez Marinas[i] estudia la situación en las tierras inmediatas al sur del Duero durante los siglos VIII al XI, valiéndose para ello de los estudios cerámicos, que demuestran haber existido un continuado poblamiento, con mayor o menor intensidad, desde época romana, incorporándose la cerámica vidriada cuando llegan los musulmanes (árabes o beréberes). El autor citado habla de una pervivencia de la economía local y de la toponimia de lenguas anteriores al siglo VIII.

El cambio se produce, sin embargo, en lo político-administrativo, pues aunque los nuevos dominadores no parecen tener interés por la región en un primer momento, no deja de haber “visitas” militares con una doble finalidad de rapiña y reconocimiento del territorio. La organización hasta el siglo VIII se basaba en el pago del tributo y en la administración eclesiástica a cargo de los obispos. Está documentado el obispado de Osma desde finales del siglo VI, y en la segunda mitad del VIII el obispo Eterio se tuvo que refugiar en un monasterio, probablemente el de Santo Toribio de Liébana. Mucho antes hubo obispos en Salamanca y otras ciudades de la zona estudiada.

En un primer momento no se arrebataron las tierras a la población autóctona, pero sí se estableció un impuesto de capitación, habiéndose llegado a pactos con los jefes musulmanes como ocurrió en otros territorios de al-Andalus. La población beréber, por su parte, terminó asentándose en las zonas rurales, que en realidad eran la inmensa mayoría de la región, pues las ciudades tenían el aspecto, según las fuentes, de aldeas más o menos apiñadas.

En los primeros siglos de al-Andalus los levantamientos fueron nota domiante, coincidiedo el que tuvo lugar en 741 con el abandono de los beréberes, que se dirigieron hacia Toledo, Córdoba y el extrecho de Gibraltar entre otros destinos. Fue muy común, desde entonces, que la población autóctona abandonase sus lugares de asentamiento cuando se producía una algara musulmana, y pasase de nuevo a ocuparlos cuando el peligro cesaba, sobre todo en las pequeñas ciudades de la región.

El sistema latifundista del bajo Imperio había ido desapareciendo, predominando el dominio de las tierras por parte de las comunidades aldeanas, y está documentada la existencia de judíos, que tendieron a colaborar con el invasor ante la legislación contraria a ellos de época visigoda. Cuando las pequeñas ciudades fueron ocupadas por los invasores musulmanes, los pobladores tendieron a refugiarse en los castra y vici (castros y aldeas que estaban abandonados). De todas formas hubo población cristiana que convivió con los musulmanes asentados en la región al sur del Duero, la que conocemos como mozárabe.

Las autoridades debilitadas de la población cristiana eran los comites, censores o iudices y los publicani, denominaciones de época romana que hacen referencia al gobierno civil, judicial y fiscal respectivamente, pero una parte de los grupos dirigentes, incluidos los obispos, huyeron ante la presencia musulmana. El autor al que sigo señala que Coimbra, al igual que su territorio, fue ocupada por los musulmanes bajo pacto, y en cuanto a la arqueología, se ha descubierto el basamento del alcázar altomedieval y la perduración del foro romano[ii]. Salamanca, Viseu, Ávila y Segovia pervivieron con mayor o menor dificultad, habiendo tenido Salamanca y Coimbra su respectiva ceca en época visigoda.

Viseu, por su parte, vio rebeliones locales antes de su conquista por jefes militares de Gallaecia, habiéndonos quedado restos de una fortaleza altomedieval y una iglesia del mismo período que se encontraba junto al solar que hoy ocupa la catedral. Ávila permaneció ininterrumpidamente habitada entre los siglos VIII al XI, perviviendo la estructura urbana romana; en el siglo XII se construyereon iglesias sobre los lugares de antiguo culto pagano y luego paleocristiano. Segovia tuvo alcázar (obviamente distinto del actual), y junto a él se levantó posteriormente la catedral románica (no la actual) donde había existido una mezquita musulmana. Según Diego de Colmenares[iii] –a quien cita Pérez Marinas- la ciudad fue arrasada (téngase en cuenta su singularidad con el acueducto romano) en 755, quedando reducido su caserío y siendo recuperada en 923 por el conde Fernán González[iv].

Los levantiscos mozárabes de Toledo quizá sirvieron para que las ciudades del sur del Duero se vinculasen a ellos, planteando Pérez Marinas que la situación debió ser fluctuante según las circunstancias. En cuanto a la población campesina debió de sobrevir más o menos autónomamente, creándose nuevas aldeas a medida que fue necesario, y en los valles el poblamiento fue más disperso: téngase en cuenta que al Este de la región se encuentran los Picos de Urbión y la vertiente sur de parte del Sistema Ibérico, así como la Sierra de Pela[v]; también Guadarrama y Somosierra lindan con la región estudiada; los valles de las sierras de Gredos y Gata, más al oeste, completan esto junto con los de la vertiente norte de la Serra da Estrela, en actual territorio portugués.

Con el andar del tiempo la inseguridad para las comunidades cristianas aumentó, por lo que también lo hizo el número de asentamientos en altura (castella), “una evolución de los castra”, y cuando da comienzo el siglo X parece que estas comunidades campesinas ya han desarrollado una jerarquía interna de carácter militar, aunque fuese débil, y así surgiría una elite social. Se organizaron algaras contra el islam para obtener botines, al tiempo que se intentó evitar incursiones llevadas a cabo “por otras comunidades locales y por las autoridades de los poderes del norte y del sur”. Así se multiplicaron los poderes locales (excepción hecha de los valles del Mondego y Vouga) en constante rivalidad unos con otros, se construyeron defensas y se buscaron nuevas tierras para el cultivo.


[i] “Tierra de nadie. Sociedad y poblamiento entre el Duero y el Sistema Central”.

[ii] La conquista asturiana de la ciudad y su tierra no fue denitiva, pero los beréberes huyeron en este caso a Alcácez do Sal, al oeste del Alentejo. Posteriormente volvería a manos de los musulmanes a finales del siglo X.

[iii] Nació en Segovia en 1586 y murió en 1651; autor de “Historia de la insigne Ciudad de Segovia y compendio de las historias de Castilla”.

[iv] Gonzalo de Arredondo, benedictino que vivió entre los siglos XV y XVI, fue cronista de los Reyes Católicos.

[v] Forma parte del Sistema Central, lindando al oeste con la Sierra de Ayllón.

*cuaderno.avmadrona.com/abapared

sábado, 25 de marzo de 2023

Agricultura andalusí

 

                                      Acequia granadina (ideal.es/culturas/acequia-aynadamar)

En una conferencia dada por la investigadora Aspiración García[i] en Casa Árabe, hace siete años, se hizo un repaso general sobre la agricultura en al-Andalus, las técnicas, los principales productos, su creciente variedad, el comercio al que dieron lugar, los lugares de origen de los mismos, etc.

Los árabes conocieron en época andalusí la obra de Dioscórides[ii], un médico y botánico de la antigüedad romana del cual obtuvieron valiosa información para sus estudios en la materia. Aunque ya en el siglo IX cabe hablar de una agricultura an al-Andalus diferenciada de la de los reinos cristianos del norte, será desde finales del siglo X, y sobre todo durante los siglos XI y siguientes, cuando adquiera importancia por su especificidad e importancia económica. Cada corte taifa, durante el siglo XI, quiso garantizar el éxito de la agricultura, pues mediante la abundancia de alimentos se pretendieron legitimar las sucesivas dinastías que se sucedieron.

En dicho siglo se generalizó el uso del agua para la agricultura, hablándose por algunos especialistas de “revolución verde andalusí”, lo que unido al crecimiento urbano, hizo necesario abastecer a las ciudades y poblaciones que se dispersaban por el territorio. La agricultura se intensificó e innovó técnicamente, además de que se cultivaron nuevos productos y se empezó a emplear el abono. Las explotaciones –según permiten barruntar las fuentes- se racionalizaron, e igualmente la organización del trabajo.

Se tradujeron textos clásicos, particularmente bizantinos y árabes, sobre botánica y agronomía, y así se llegó, en algunas regiones, a reducir sustancialmente el barbecho e incluso a eliminarlo. Los tres grandes productos, por el volumen de su producción, fueron los cerelaes, el vino y el aceite de oliva, pero otros muchos vegetales fueron objeto de producción exitosamente, sobre todo teniendo en cuenta que la dieta andalusí descansó sobre ellos. El predominio del minifundio fue evidente, salvo en el caso de las almunias propiedad de las familias aristocráticas, donde trabajaban colonos y jornaleros por cuenta ajena, siendo muy común el secano aun teniendo en cuenta el uso del agua crecientemente.

En Toledo primero y luego en Sevilla, se redactaron tratados agrícolas que se remontan a finales del siglo X y continuaron hasta el siglo XIV, ya en territorio nazarí. Valga decir que el primer tratado de botánica entendido como tal es andalusí. También los calendarios agrícolas que se redactaron han servido de fuentes para obtener información sobre huertas periurbanas y almunias, existiendo alguna de estas ya en el siglo VIII en Córdoba, rigurosamente asociadas a los grupos gobernantes. Después del siglo XV, el modelo agrícola andalusí sirvió para extenderse en el norte de África, creándose un nuevo ecosistema diferenciado del mediterráneo del que formaba parte.

Se establecieron rutas comerciales con el norte de África y Etiopía, el próximo Oriente y también con China e India, propiciando ello la importación de plantas tropicales y subtropicales, que para adaptarse a los climas de al-Andalus, necesitaron abundacia de riegos y la generalización de las norias.

El arroz se cita por primera vez en un calendario de Córdoba, sin duda traído desde oriente, pero las fuentes hablan de que solo se cultivó en el levante peninsular desde el siglo X, e igualmente la caña de azúcar, cuyo cultivo está documentado en la costa granadina, siendo uno de los primeros productos de huerta la berenjena. En los zocos se vigilaban por los almotacenes que no faltasen los productos básicos, lo que exigía un esfuerzo a los agricultores, así como se daban instrucciones sobre el lavado de las frutas, que debía hacerse en el agua de los ríos y no aprovechando cualesquiera otras.

Los cereales y las leguminosas son la base de esta agricultura además del vino y el aceite de oliva de los que hemos hablado. Diferentes tipos de trigo fueron cultivados: los duros más tardíos, entre los que está el candeal, y se elaboraron sémolas con abundancia de gluten. También se cultivaron trigos de espiga roja, trigos harineros de los que el chamorro era la mejor variedad, y otros fueron “cola de caballo”, negro, etc. El trigo fue el grano más importante para el consumo, pero tuvo que importarse no pocas veces. Otras gramíneas fueron los mijos (varios tipos que se panificaban), la cizaña, que se empleaba como alimento una vez aderezada, y la cebada.

Desde fines del siglo XI están documentadas las pastas filiformes (fideos), y en el siglo XII la pasta “redondeada”. Entre las leguminosas destacan la alubia o judía africana (que no debe confundirse con la de origen americano), la calabaza, y entre las verduras, los espárragos (con diversas preparaciones) y las alcachofas. En cuanto a las frutas destacan las sandías, melones, granadas y los cítricos (una exclusiva aportación arabo-islámica), destacando desde el siglo X la naranja amarga. Sin embargo los tratados que sirven de fuente de información no recomendaban su consumo, pues seguían a Galeno en esta opinión que la población andalusí no atendió. Los limones y pomelos están documentados desde finales del siglo XI, y también se desarrolló la conservación de las frutas cuando se dieron excedentes (secado).

La vid cultivada en regadío solo dio uvas para consumo directo, mientras que para la producción de vinos y vinagres el cultivo fue de secano. Las fuentes nos hablan de los cármenes, parcelas perfectamente organizadas para el cultivo de la vid, antes de que pasasen a ser lugares de esparcimiento de los grupos dominantes. El aceite de oliva fue la grasa más consumida entre las clases populares, que la empleaban para frituras, pero no así entre los grupos elitistas. Con la utilización de multitud de especias, la cocina andalusí presentó un carácter colorista y variado que ha permanecido hasta nuestros días[iii].


[i] “Agricultura y alimentación en al-Andalus”.

[ii] Natural de Cilicia, 40 – 90 d. C.

[iii] Ver aquí mismo “Aceite andalusí”.