domingo, 30 de julio de 2017

Castillo, Castilla y otros en Perú


Localización de Ica, origen de la guerra de 1854

Los países iberoamericanos, una vez consiguieron su independencia, con alguna excepción, se han visto envueltos en continuas luchas civiles y militares, como si imitasen la historia de sus madres patrias, España y Portugal. En muchos casos el pueblo se vio envuelto en simples ambiciones personales de uno u otro general, de un u otro hacendado. Como se había de organizar el estado, luchas entre liberales y conservadores, revoluciones populares, no pocas veces instrumentalizadas por miembros de la oligarquía, y muchas veces sin fundamentos sólidos, como no fuese la inmadurez de los grupos dirigentes para llegar a un pacto y conducir al país hacia la estabilidad y el reparto de la riqueza: esto sería mucho pedir en unas sociedades que habían heredado complejísimas situaciones por razones étnicas, sociales y políticas.

Víctor Peralta Ruiz[1] ha estudiado los “entresijos” de la guerra civil peruana de 1854 con sus precedentes y resultado, constatando el papel que jugaron en dicho conflicto las poblaciones rurales, “que participaron no solo con las armas sino con el proceso de formación del Estado nacional”. La ruptura del orden constitucional fue un componente esencial en la cultura política peruana y la herencia constitucional gaditana favoreció, según Gabriela Chiaramonti, que la titularidad y el ejercicio de la soberanía no se percibiesen separados, pero es evidente que amplias capas de la población nada sabían de la Constitución de Cádiz, por lo que aquella interpretación la llevaron a cabo los grupos dirigentes, sintiéndose autorizados en todo momento a reapropiársela mediante pronunciamientos.

El conflicto comenzó en la ciudad de Ica a finales de 1853 y culminó con la batalla de La Palma en Lima en enero de 1855, habiéndolo considerado los historiadores como una revolución liberal porque esta ideología era la de importantes personalidades que participaron, pero cabe preguntarse si realmente fue una revolución en el sentido genuino de la misma, porque no parece que cambiara muchas cosas. Ramón Castilla[2], uno de los levantados, dispuso la abolición del tributo y la supresión de la esclavitud, pero al autor le interesa más poner de manifiesto la trama de cooptaciones, negociaciones, aspectos sociopolíticos nacionales e internaciones de esa revolución. También hubo rivalidades territoriales sobre el modelo de estado, pero Castilla no solo venció al Presidente Echenique en el campo de batalla, sino también en las negociaciones para compartir el poder y la concesión de estatus, bienes y prebendas a los cuerpos y sectores sociales que lo apoyaron, para ello contó con la movilización de lo que se ha llamado “el ciudadano armado”.

El ejército, como en España, estuvo presente en la vida política de Perú, y las guardias nacionales (aquellos ciudadanos armados) jugaron un papel importante. Como en otros casos de América latina, estuvo presente el problema del peso que debían tener el ejecutivo y el legislativo, que a la postre dan resultados institucionales diferentes. El uso de la violencia ha sido justificado como una reacción a la venalidad de los gobiernos, particularmente el de Echenique, el problema de la deuda interna y el enriquecimiento de unos pocos por la exportación del guano. Por otra parte se acusaba al gobierno de que no hubiese reivindicado los derechos nacionales ultrajados por Bolivia, lo que correspondería a Ramón Castilla. El conflicto con Bolivia había estallado en 1853 por el incumplimiento por parte de esta de un tratado comercial firmado en 1847. Lo cierto es que Echenique había exigido al boliviano presidente Belzu que admitiese a un representante diplomático en Potosí para verificar el fin de la emisión de la moneda feble, que había provocado que las provincias del sur peruano se vieran inundadas de ese circulante, con el efecto sobre los precios. Desde 1830 Potosí emitió el 70% de la moneda con dos puntos menos que la pura de cien por cien de plata con el objeto de evitar la fuga de la moneda de plata[3].

Yendo a la guerra, el levantado Domingo Elías terminó huyendo a Chile después de que perdieran la vida ciento cuarenta milicianos, mientras que Castilla se asiló en un navío de guerra francés apostado en El Callao. Los levantados en Arequipa señalaron tres causas para justificarse: que la mayor parte de los pueblos del norte había desconocido a la autoridad limeña; la protesta “popular” contra el ultraje de Bolivia ya explicado, y que el Gobierno había hostilizado al movimiento rebelde (cosa perfectamente lógica). Pero, como señala el autor, los rebeldes no hablaron en este momento de la corrupción reinante, pero sí insistían en que se hiciese la guerra a Bolivia para exaltar los ánimos de la población, y en cuanto a las anomalías de las regiones del norte había una clara exageración interesada.

Una prueba de lo que decíamos al principio es que, al mismo tiempo, se produjo el pronunciamiento del general Fermín del Castillo[4] en Junín (febrero de 1854), pero al no tener éxito Castillo huyó hacia el centro del país donde terminó uniéndose a Castilla. Incluso hubo tal confusión en todo el proceso que unos y otros no sabían a quien secundar: Manuel Ignacio Vivanco, que había sido Presidente de Perú en dos ocasiones durante la década de 1840, propagó por el país que “yo debía ser el presidente”. Nuevos pronunciamientos se llevaron a cabo en Puno y Moquegua. Esto llevó a Castilla a extender la “revolución” al conjunto de los departamentos del sur: Castilla asumiría el supremo mando de la República con el título de “Libertados” y se comprometía a convocar una asamblea constituyente, cerrándose así la etapa de pronunciamientos de la etapa inicial de la guerra civil.

Para Castilla era necesario abolir la Constitución de 1839 por la que él mismo había luchado en 1845, pero es que aquella era el principal impedimento para su reelección presidencial. Habiéndose iniciado el gobierno de Echenique en 1851 tras al mandato de Castilla, ahora este quería volver a hacerse con el poder. Lo cierto es que Echenique había resultado vencedor en aquel año en una contienda marcada por la violencia, estrenando una forma de gobernar que difería respecto de su antecesor en el cargo: Castilla había concedido parcelas de poder tanto a sus afines como a sus detractores, mientras que Echenique fue más sectario. Castilla fue promotor de un congreso americano celebrado en Lima en 1847, en el que participaron representantes de Bolivia, Chile, Ecuador y Nueva Granada; mantuvo además una estrecha amistad con el boliviano Belzu aún antes de que este fuese proclamado y luego elegido presidente de Bolivia.

Contrariamente a la tranquilidad internacional alcanzada con Castilla, Echenique entró en conflicto con Ecuador por su tácito apoyo a la expedición militar planeada por el general Flores contra el gobierno liberal de Urbina, y en 1853 el conflicto diplomático con Bolivia por la circulación de la moneda feble en el sur peruano, consiguiendo del Congreso la declaración de guerra al vecino país. Esto contrastó con la existente confederación Perú-Bolivia en 1838 y 1839, pero tiene su parecido con la invasión de este último país en 1841, una conflictividad sin fin y una serie de contradicciones que confirman la incapacidad de los grupos dirigentes peruanos (iberoamericanos) para conducir a su país por la tranquilidad institucional.

Queriendo Castilla hacerse con el apoyo de los mandos militares, estos se mantuvieron, en su mayoría, fieles a Echenique, pero ciertas promesas irían rompiendo dicha fidelidad. Las deserciones en el bando gubernamental y la cooptación de las milicias cívicas movilizadas en el sur por Echenique permitieron, en parte, el fortalecimiento del ejército castillista, al tiempo que se producía el apoyo del presidente boliviano Belzu. La participación de la guardia nacional en 1854 tiene sus precedentes en la época de la colonia, con las reformas borbónicas. Ahora cada ciudadano estaba obligado a contribuir con las armas al sostenimiento de la República, siendo la intervención más destacada la llamada Semana Magna de 1844, o reacción de aquellas milicias ante las constantes guerras internas en el país.

En Pocsi, a finales de noviembre de 1854, tuvieron los insurrectos el primer éxito sonado, y a principios de enero del año siguiente Echenique tuvo que ser asilado por los británicos. Así Castilla, que no era liberal, se convirtió en Presidente de una República liberal en cuanto se aprobó la nueva Constitución (1856), para la cual los peruanos votaron mediante sufragio directo y universal, anticipándose a otros muchos países. Pero ello llevó al país a una nueva guerra civil entre 1856 y 1858 y a aprobar una nueva Constitución en 1860: no sería la última.



[1] “La guerra civil peruana de 1854. Los entresijos de una revolución”, Madrid.
[2] Nacido en 1797 en Tarapacá, murió en 1867, siendo presidente en dos ocasiones. Fue el segundo presidente en cuanto al número de años al frente del poder político (12) y ha sido considerado como un progresista de la época.
[3] Antezana Ergueta, Luis, “De Túpac Katari a Evo Morales”.
[4] Nacido en Nazca en 1807, murió en Lima en 1895.  En 1856 se rebelaría contra Ramón Castilla sin éxito.

sábado, 29 de julio de 2017

Estrabón y Tácito hablan sobre las mujeres germanas


El bosque de Teotoburgo

El griego Estrabón[1] y el romano Tácito[2], que nacieron cada uno en un extremo del Imperio romano, nos han dejado sus impresiones sobre las mujeres bárbaras, particularmente las germanas, aunque también las de otras partes y las de algunas regiones de Hispania. Sus escritos están separados en el tiempo por unos cincuenta años, pues mientras Estrabón vivió a caballo entre los siglos I a. C. y I d. C., el segundo nació a mediados de este último y murió ya entrado el II.

Los diferentes temperamentos de estos dos autores hacen que nos transmitan informaciones algo diferentes, pero en todo caso marcadas por su condición de varones y de miembros de la civilización romana, que consideraban superior a las demás. Tácito ofrece una visión un tanto moralizante parecida –según Henar Gallego- a la idea del “buen salvaje” que no ha incurrido aún en los vicios de una civilización compleja. También se nota que ambos están al servicio del poder romano, por lo que justifican la labor “civilizadora” de Roma sobre aquellas gentes, como ocurrió con la conquista y colonización de América por los españoles y portugueses.

Hay otros autores que han estudiado también este asunto, como es el caso de F. J. Gómez Espelosín[3], citado por Henar Gallego en la obra que sirve de base a este artículo. Por su parte, Estrabón también nos ha dejado información de los pueblos prerromanos de Hispania en el libro III de su “Geografía”. En primer lugar coinciden aquellos autores en el aspecto físico de la mujer germana, robustas, de ojos azules, cabellos rubios, que visten, como los hombres, pieles y tejidos de lana, y ellas mantos de lino adornados con franjas de púrpura, joyas y otros objetos de adorno personal las que pertenecían a grupos superiores.

La función de la mujer germana era preparar los alimentos, el mantenimiento del hogar, trabajando incluso la tierra (mientras que el cuidado de los ganados, base fundamental de su economía, era propio de los varones), el cuidado de los hijos y garantizar la perpetuación del grupo. Como Tácito ve aspectos positivos en estas mujeres, Plutarco, que vive el mismo tiempo que aquel, exalta la virtud que ve en las mujeres galas (al fin y al cabo, otras bárbaras para los romanos). La mujer germana también se ocupaba de la artesanía, la fabricación de ciertas bebidas y la preparación de productos derivados de la ganadería  (quesos, pieles o cueros). El hilado y el tejido fueron fundamentales en sus labores, sobre todo con lana, así como el teñido del lino.

Estrabón nos informa del nomadismo de los pueblos germanos, viviendo en cabañas temporales, llevándose sus ganados de unos lugares a otros y todos sus enseres en carros. Pero Tácido dice que son sedentarios, contrariamente a sus vecinos sármatas, que se situaron en aquellos siglos al norte del mar Negro. Estrabón, de acuerdo con su visión sobre el nomadismo de los germanos, dice que no cultivaban la tierra, pero la diferencia cronológica entre ambos puede explicar que los germanos se hubiesen ido sedentarizando al contacto con el mundo romano.

La guerra estaba reservada a los varones, pero en no pocas ocasiones la mujer germana acompañaba a los hombres al campo de batalla, no para luchar, sino con una función mágico-religiosa, para propiciar la victoria. Al parecer los germanos consideraban a sus mujeres dotadas con capacidades mágico-religiosas, ejerciendo ellas un sacerdocio con facultades adivinatorias; estas sacerdotisas podían ser las más ancianas o bien las núbiles, que vestían ropas blancas distintivas con cinturones de bronce y desnudos los pies, lo que era común a los pueblos prerromanos del centro y norte de Hispania. Las mujeres eran las guardianas de la memoria histórica por medio de versos y canciones de guerra que se transmitían de generación en generación. Las prácticas adivinatorias eran muy sangrientas y perseguían profetizar el triunfo en el campo de batalla.

Las mujeres, en un sentido material, tenían un gran peso económico, lo que es común a las del norte de la Península Ibérica, ejerciendo también una rudimentaria minería. Estrabón llega a hablar incluso de matriarcado, que Henar Gallego considera más bien como una estructura matrilineal y matrilocal en convivencia con la autoridad masculina. Los maridos dotaban a sus esposas y estas también aportaban bienes al matrimonio, lo que es común a la franja norte de Hispania, y se consideraba mucho la figura del hermano de la madre, el avunculus. En todo caso, a lo largo del siglo I de nuestra era, aquel sacerdocio femenino se fue sustituyendo por el masculino.

En los casos en que las mujeres acompañaban a sus maridos a la guerra, llevaban consigo a los hijos, aunque no guerrean, mientras que las mujeres de la mitad norte de Hispania sí. La mujer también era víctima de la guerra, pues si pertenecía a los grupos superiores era objeto preferente de apresamiento por Roma para negociar luego acuerdos o rendimientos; tenían pues, un valor como rehenes.

La familia germana se formaba a partir de matrimonios endógenos para garantizar la perpetuación de la preeminencia en el conjunto, pues aunque la monogamia era la norma, los jefes parece que tenían varias mujeres como necesidad de acordar la colaboración entre los grupos dirigentes de varias facciones.




[1] Libro VII de su “Geografía”.
[2] “La Germania”.
[3] “La imagen del bárbaro en Apiano”. Este es coetáneo de Tácito aunque más joven.

viernes, 28 de julio de 2017

Necrópolis y sepulturas en la provincia de Córdoba



Villa romana de Almedinilla (Córdoba) http://www.rutasdelsur.es/ruta/visita-almedinilla

La historiadora Gloria Galeano ha estudiado las necrópolis y tumbas de época romana en la provincia de Córdoba[1], indicando que la mayoría de los enterramientos se produjeron en llano o en las laderas de colinas, presumiendo que las zonas residenciales se encontraban en lo alto de dichas colinas. Un buen porcentaje de los enterramientos están asociados a la existencia de villae (veintinueve casos de los estudiados). En cuanto a la ubicación en las proximidades de una vía o camino, en trece de los casos se han encontrado nueve necrópolis, tres grupos de tumbas y una tumba aislada, aunque nada se sabe –por el momento- sobre enterramientos en caminos secundarios que puede ya no existan. Esto constituye una norma en el mundo rural romano, encontrándose las necrópolis, en varios casos, próximas unas a otras.

En cuanto a la tipología de las sepulturas, la autora citada habla de fosas excavadas en la tierra, en piedra o en roca, siendo raras las sepulturas en las que se ha encontrado revestimiento interno, lo que quizá sea un indicador de la pobreza o sencillez de aquellas gentes. Cuando sí hay revestimiento interno lo normal es que se limite a la zona de la cabeza del cadáver, lo que se ha podido comprobar en Hornachuelos (El Ochavillo), Almedinilla (El Ruedo) y Baena (Los Molinillos). Para las cubiertas se emplearon losas de piedra, arcilla, tégulas y lápidas. En tres casos se han empleado cistas, lo que indica la “convivencia” de la inhumación y la incineración. En Baena (necrópolis de Los Molinillos) las cubiertas fueran hechas con opus signinum.

Aunque los enterramientos estudiados abarcan de los siglos I al V, la mayor parte se refieren a los siglos III y IV. En algunos casos el sepulcro consiste en una caja realizada en plomo con cubierta abovedada a base de ladrillos. En otros casos se trata de construcciones semisubterráneas que se han interpretado como las de los propietarios de las villas. En tres de las sepulturas se han conservado los epígrafes.

Las necrópolis forman calles o hileras y están orientadas de Norte a Sur, pero no siempre. En época tardorromana el cadáver se enterraba en posición decúbito supino (tendido sobre la espalda), con los brazos extendidos o bien sobre la pelvis o cruzados sobre el pecho. Algunas tumbas han sido reutilizadas a lo largo del tiempo, siendo escasas las tumbas simples estudiadas por la autora; el porcentaje más elevado es el de tumbas dobles, triples, cuádruples y osarios. Las dobles y triples son las más frecuentes en los enterramientos infantiles, de forma que los restos del primero enterrado se acumulas a los pies del segundo enterrado, pero en ocasiones la cabeza del primero se dejó a la altura de la del segundo.

En ocasiones los cadáveres han sido envueltos en un sudario y con una moneda (Baena, Arroyo del Plomo) en la boca, algo frecuente en Roma. En “El Ruedo” la moneda estaba a la altura media del cadáver[2]. Algunas zonas en las necrópolis se dedicaron para la realización de ofrendas, habiendo aparecido lucernas o vasos de cerámica romana. En las necrópolis más tardías el rito de inhumación es más abundante que en las más antiguas, mientras que las cenizas se depositaron en vasos de vidrio.

Los ajuares, pobres con algunas excepciones, pues la autora estudia solo el caso de enterramientos en zonas rurales de la provincia de Córdoba, se distinguen los de adorno personal o los que indican jerarquía, notándose la influencia de la meseta sur en la zona norte de la provincia. Estos ajuares solo se han encontrado en veinte casos de los estudiados: jarritas de cerámica al lado de la cabeza del difunto o a la altura de la pelvis, ungüentarios y en muy raras ocasiones cerámica de terra sigillata. También han aparecido como ajuares joyas: pendientes, anillos o colgantes, generalmente de bronce. Destaca una sortija de oro en el sepulcro de Fabia Fabiana, y en otros casos se han encontrado espadas, una barrita de plata hallada en Doña Mencía (Llano de Medina) que posiblemente –dice la autora- servía para manicura, un espejo…




[1] “Necrópolis y lugares de enterramiento rurales de época romana en la provincia de Córdoba”.
[2] Pera Rosella, a quien cita la autora, ha estudiado “La moneda antigua como talismán”.

jueves, 27 de julio de 2017

De eclipses y otros hechos


Puente de Palenzuela sobre el río Arlanza

Los antiguos romanos más supersticiosos, que no debían ser pocos, atribuían ciertos hechos a fenómenos naturales que nada tienen que ver entre sí, por ejemplo, la retirada de Lépido y Bruto de Pallantia en relación con la extrañeza que les causó un eclipse, pero lo cierto es que, habiendo puesto sitio a dicho castro arévaco, no pudieron rendirlo y, en retirada, fueron vencidos por los vacceos (136 a. de C.). Este castro se identifica con la localidad de Palenzuela, al sur de la actual provincia de Palencia.

Con anterioridad, quizá en el año 138 a. de C., Mancino y Lépido, elegidos cónsules, sacrificaron unos bueyes blancos en el templo de Júpiter Capitolino. Según José I. San Vicente, que sigue a M. Beard, este sacrificio está atestiguado desde el siglo I a. de C., aunque es posible que la ceremonia estuviese establecida en la época de los citados cónsules. Antiguamente ya los lacedemonios mataban un buey blanco cuando celebraban una victoria, mientras que los romanos traían dichos bueyes blancos de la Umbría.

Por Estrabón sabemos que los numantinos, una vez conseguían vencer a sus enemigos, romanos en particular, amputaban la mano derecha de los prisioneros, con el fin de  inutilizarles como guerreros, por lo que en brutalidad no andaban unos a la zaga de los otros. Por su parte, los romanos paralizaban la construcción de determinadas obras públicas si los libros sibilinos contenían alguna advertencia sobre el particular o así era interpretado por unos y otros. Estos libros fueron guardados en el templo romano de Júpiter y recordaban a la sibila que, en forma de anciana, habría ofrecido a un rey romano de los primeros tiempos nueve libros proféticos.

El pacto al que llegó Mancino con los numantinos no gustó al Senado romano, pues no se concebía que una potencia se humillase ante unos bárbaros, por lo que poco después tomó la dirección de las operaciones Lépido, mientras Mancino fue obligado a ir a Roma para rendir cuentas. Aquel no pudo, sin embargo, embestir contra Numancia, pues en el Senado romano se seguía debatiendo sobre la deditio de Mancino, al tiempo que los embajadores numantinos esperaban extramuros de Roma en el templo de Bellona (diosa de la gurerra, de bellum), lugar habitual de acampada y espera de los enemigos de Roma. Era también el lugar en que los generales romanos aguardaban la decisión del Senado sobre su petición de celebrar el triunfo, aunque también se utilizaba el templo de Apolo para las reuniones del Senado fuera del pomerium (lo que se consideraba Roma propiamente dicha)[1].

Cuando a Lépido le sustituyó Escipión Emiliano (el que vencería a la postre a los numantinos) expulsó a más de dos mil adivinos y prostitutas que acompañaban al ejército romano frente a Numancia, prueba de una mentalidad ciertamente misteriosa y del negocio que implicaba la guerra, más allá del botín que esperaba al vencedor. Escipión contó con colaboradores como el sirio Antíoco VII Sidetes (de Sidón), Micipsa, rey de Numidia, Átalo III de Pérgamo y otros.

El Senado romano, entretanto, se debatía sobre que hacer con Mancino, decidiendo por último entregarlo a los numantinos, que no le aceptaron[2], surgiendo así la duda de si el antiguo cónsul había perdido o no la ciudadanía romana. Debe tenerse en cuenta que los vacceos, el pueblo indígena peninsular que ocupaba en la época la región entre los celtíberos numantinos y los arévacos de Pallantia (en realidad esta se encontraba en la frontera entre vacceos y arévacos) eran muy belicosos, contaban con grandes oppida muy bien defendidas y con gran capacidad económica (cereales) y militar. En otro orden de cosas no era extraño que el Senado esperase a estar seguro de que la siguiente lucha contra los numantinos se saldaría con la victoria, porque romper la pax deorum implicaba que los dioses eran hostiles a Roma y no convenía indisponerse con ellos.






[1] “La victoria de Décimo Junio Bruto…”, obra de José I. San Vicente, de la Universidad de Oviedo (en esta se basa el presente artículo).
[2] En la períoca o sumario número 55 de Tito Livio se citan los presagios sobre Mancino.

martes, 25 de julio de 2017

Galaicos cerca del emperador


Epitafio del pretoriano Lucio Pompeyo Reburro

Entre la segunda mitad del siglo I y la segunda del II, están documentados soldados pretorianos de origen galaico que llevaron a cabo al menos parte de su profesión, como pretorianos encargados de la seguridad de diversos emperadores romanos. Tal asunto ha sido estudiado por Narciso Santos Yanguas[1], pero hay otros, a quien el citado recurre, tanto de fuentes antiguas como contemporáneas.

Hablando ahora de los hispanos, la mayoría que formaron parte de las cohortes pretorianas procedían de Legio y de Emérita Augusta, pero también de otras ciudades o núcleos del occidente de Lusitania, el valle del Guadalquivir y el valle del Ebro, es decir, las zonas más romanizadas y explotadas económicamente por Roma. Estos pretorianos realizaban su labor, lógicamente, en la capital del Imperio y, en general, se trató de personas jóvenes. Los primeros son del siglo I de nuestra era, durante los reinados de Claudio y Nerón, pero el mayor impulso vendría con Galba. Vespasiano, con su política militar respecto a la Península Ibérica, también favoreció esta recluta.

Se trataba de soldados selectos (evocati) y quizá contribuyeron, en época de Galba, a que este se hiciese con el poder (se rebeló contra Nerón pero fue combatido por Otón). Con aquel emperador quizá formaron parte de los sepeculatores, los soldados más próximos al emperador y ello no es extraño porque solían pertenecer a las elites hispanas, por lo que su ascenso en la corte fue más fácil.

Aunque una cohorte es una fracción del ejército de infantería, también hubo unidades de caballería estacionadas en los castra praetoria, o cuarteles de la guardia imperial. Después de haber servido en la capital del Imperio se les permitía servir en la caballería como equites praetorii. Con posterioridad a la finalización de su servicio militar completo (16 años en vez de los 25 de los legionarios) se les concedía la posibilidad de licenciarse, pero pocos lo hacían.

El primer soldado galaico al que se refiere el autor al que sigo es uno del que hay dudas si lo es o más bien astur. Con seguridad, Lucio Pompeyo Reburro Fabro formó parte de la cohorte VII y tuvo además cargos civiles, como lo demuestra la inscripción funeraria encontrada en la iglesia de San Esteban de la Rúa, en el valle de Valdeorras (actual provincia de Ourense): … hijo de Lucio, de la tribu Pomptina, gigurro calubrigense, experimentado…, beneficiario del tribuno, tesserario en la centuria, optio en la centuria, signífero en la centuria, encargado del fisco, corniculario [secretario] del tribuno, soldado llamado por el emperador, Lucio Flavio Flaccino su heredero [lo erigió] de acuerdo con el testamento.

Calubriga era la población más importante de los gigurros (astures según Plinio el Viejo); en todo caso los vestigios de dicha población se han descubierto en la Rúa de Valdeorras (Ourense). El caso del pretoriano citado es uno de los pocos del que conocemos su carrera casi completa, como es el caso, entre los astures, de Gayo Sulpicio Úrsulo, de acuerdo con una lápida descubierta en Ujo (Mieres, Asturias). Reburro ejerció como pretoriano a finales del siglo I o principios del II.

Otro, menos notable, es el caso de Lucio Emilio Reburro (este congnomen delata el origen del noroeste), que militó en la X cohorte si tenemos en cuenta su monumento funerario encontrado en Roma: …de la tribu Quirina, soldado de la cohorte X pretoriana, de la centuria de Mario, que vivió 25 años y cumplió su servicio durante 4, ordenó que se erigiera de acuerdo con su testamento.

Mayorino Ian… perteneció a la cohorte III de acuerdo con un documento epigráfico, muy fragmentado, que delata su presencia en la capital del Imperio (citado en Pitillas, E.). Su milicia tuvo lugar en el siglo II de nuestra era. Marco Troiano Marcelo fue un pretoriano que conocemos por un documento funerario, de la X cohorte: … natural de Lucus Augusti… perteneciente a la centuria de Escipión, mensor librador, que vivió 25 años y 8 meses, habiendo cumplido su servicio durante 5 años y 7 meses, sus amigos… El documento se corresponde con los años finales del siglo I o con las décadas iniciales del siguiente. Un Víctor fue pretoriano originario de Aqua Flavia, del conventus bracarense. El documento epigráfico en el que nos habla de él está muy fragmentado y fue encontrado en Roma, correspondiendo a la segunda mitad del siglo II.

Con Trajano y Adriano se dio impulso a los pretores de origen galaico, pero con la reforma militar de Septimio Severo siguió el concurso de los de origen hispano. Su número iría descendiendo cuando los emperadores prefirieron confiar en soldados procedentes de las regiones del limes renano-danubiano.


[1] “Militares galaicos en las cohortes pretorianas”, 2014.

Astures en Dacia y en Britania



 
Ver la localización de Mesia inferior, donde estuvo el ala I Asturum
El ala I Asturum es uno de los primeros ejemplos de la contribución de los indígenas del Norte de España al ejército imperial romano en torno al cambio de era, según ha estudiado Narciso Santos Yanguas[1]. Su primer destino fue Dacia, desde donde fue enviada a Britania, de nuevo a Dacia y otra vez a la provincia británica.

El autor citado ha estudiado el mecanismo de la leva de soldados durante las primeras décadas del Imperio, a partir del interés por parte de Augusto de formar un estado homogéneo y con fronteras protegidas. El ala I Asturum formó parte de uno de los frentes más antiguos de dicho proyecto. En los años inmediatos a las guerras astur-cántabras se formaron las extensas fronteras del Rin, Panonia y Dalmacia, por lo que el emperador recurrió a indígenas para formar las tropas auxiliares, tanto de caballería (alas) como de infantería (cohortes).

Estrabón dejó escrito que dos legiones guarnecieron toda la región del norte del Duero, llamada antes Lusitania y ahora Callaecia, corriendo por el país de los astures el río Melsos (probablemente el Nalón). De esta manera, junto a unidades militares integradas conjuntamente por elementos astures y galaicos, contamos con alas y cohortes formadas exclusivamente por astures. La mayor parte de estos cuerpos auxiliares parecen haber sido trasladados , tras un período de adiestramiento, a Germania, Panomia y Dalmacia, que constituían las fronteras más antiguas. Una característica común a estas unidades astures parece haber sido lo elevado de su número, lo que también coincide con las cohortes de lucenses, bracaraugustanos y lusitanos.

El primer documento en el que se menciona al ala I de los astures es una inscripción funeraria, en la actualidad en el Museo de Bucarest, encontrada en Tomi, en la región de Dobrudja (Mesia inferior). En ella se menciona a un veterano del ala I Asturum llamado Tiberio Claudio Saturnino, que había cumplido un servicio militar de treinta y dos años. Como la I Asturum tuvo una existencia muy prolongada, es muy posible que hubiese sufrido “dislocaciones”, según expresión del autor al que sigo. En una inscripción funeraria que se fecha en los comienzos del siglo I, hallada en Cavillonum (Galia Lugdumense), actual Chalon, se dice: Albano, hijo de Excingo, jinete del ala de los astures, ubio de origen, con 12 años de servicio y 35 de edad, aquí está enterrado… Este soldado era de origen renano, que quizá formó parte de la I Asturum.

Cuando Roma emprendió la campaña para repeler las incursiones de los dacios en el frente del Danubio, la I Asturum actuaba en Mesia. También hemos de contar con su presencia en las campañas de los años 86-89 contra los dacios, quienes se habían congregado bajo el mando de Decébalo. A estos momentos finales del siglo I, inicios del II, se asigna un documento epigráfico hallado en Ancyra (actual Ankara) correspondiente a Lucio Pontio Seneca, cuyo epitafio aparece recogido en un bloque de mármol blanco hallado en las termas romanas de dicha localidad: Lucio… hijo de… primipilar[2] que militó en el ala I de los astures…

Un Publio Prifernio Paeto Memmio Apolinar, prefecto del ala I de los astures, fue condecorado por el mismo emperador Trajano, pues había destacado en la lucha contra los dacios. En Dacia se instaló el nuevo acuartelamiento de la I asturum, lo que está corroborado por la existencia de tégulas con los sellos alusivas a aquella, halladas en Hoghiz, en el curso superior del río Alt.

La presencia de la I asturum en Britania sería muy corta en un primer momento: con anterioridad al año 114 sería enviada a formar parte de los cuerpos de tropas auxiliares asentados en Britania, donde desde esta fecha aparece mencionada asiduamente como ala I Asturum Hispanorum. Una inscripción funeraria habla de un Marco Stlacio Corano, prefecto de caballería del ala de los hispanos en Britania (de época Flavia), aunque algunos investigadores no consideran válida la atribución de ese documento al ala I de los asturum. Una inscripción procedente de South Shields (la antigua Arbeia), emplazamiento de la costa oriental de la isla (enclave final de la muralla de Adriano) muestra la existencia de un liberto de origen norteafricano de nombre Víctor, que lo era de un jinete de la I asturum: A los dioses manes de Víctor, de origen moro, de 20 años, liberto de Numeriano, jinete del ala I de los astures, a la que siguió con toda fidelidad.

En otra lápida funeraria (y honorífica) encontrada en Ilipa (Alcalá del Río), en territorio bético, se menciona a un prefecto del ala I de los astures. Había sido sevir augustal[3]. Una inscripción rupestre conservada en la cueva de la Griega de Pedraza (Segovia), que no está datada con precisión, muestra a un decurión de un ala de los astures, pero sin numeración alguna.

De vuelta al Danubio, en el año 140 aparece mencionada el ala I Asturum et Hispanorum: es el primero de los diplomas militares encontrados en el norte de Bulgaria, concretamente en Palamarcia, donde fue hallado en el interior de un vaso. Al frente del ala I Asturum estaba un Fido Aquila, que aparece mencionado en una inscripción monumental del castellum de Kopaceni, fechada en 140. Permanecerá acuartelada durante varias décadas según una lápida funeraria descubierta en Sofia donde se cita a Marco Aurelio Teres: A los dioses manes. Marco Aurelio Teres, veterano del ala I de los astures, besso de nacimiento, militó durante 28 años…

En una tégula hallada en el campamento auxiliar de Borosneul Mare (en el centro de la actual Rumanía)  se cita al ala I Flavia y a ala I Asturum, fechada a mediados del siglo II. También una inscripción votiva hallada en Saint-Géreon, en las proximidades de Colonia, se atestigua la presencia de un jinete del ala I de los astures, de nombre Víctor, que puede fecharse a finales del siglo II o comienzos del siguiente: Consagrado a las Matronas. Víctor, jinete de ala I de los astures, que realiza su servicio militar en Mysia, cumplió su voto con agrado. El lugar de acuartelamiento de esta unidad militar parece deducirse de una inscripción también votiva halla en Algyogy, en el valle del río Maritza, en el trazado de la calzada romana que conducía de Apulum a Gemisara, y que se fecha en la primera década del siglo III.

De vuelta a Britania el ala I Asturum se acuarteló en Condecum, actual Benwell, a lo largo del siglo III. Desde aquí participó en las campañas de Escocia contra los caledonios. Una lápida funeraria de Benwell dice: A los dioses manes de Aurelio… del ala primera de los astures… Además, existe una tégula en la que se cita Al I A (Ala I Asturum) procedente de Segedunum (actual Wallsend). El castellum de Bendell, el cuarto de los emplazados en la muralla de Adriano, tomando como referencia el litoral oriental de la isla, constituiría, desde el siglo III, el campamento estable de esta unidad de tropas astures. A finales de esta centuria o a principios de la siguiente, el ala I Asturum existió como parte del ejército romano, según conclusión de Santos Yanguas.


[1] “El ala I de los astures en el ejército romano”.
[2] Centurión de la primera cohorte de una legión romana.
[3] Liberto designado por la curia de su ciudad por su notabilidad y riqueza.

domingo, 23 de julio de 2017

La batalla de Mursa



Osijek y el río Drava en la planicie

Miguel P. Sancho Gómez ha investigado, en su tesis doctoral, las circunstancias de la guerra y la política en el Imperio Romano de occidente entre los años 337 y 361[1], para lo que expone las condiciones de total indisciplina y división que vivía el Imperio en la época, ya desde el siglo III. Dicha batalla tuvo que ver con la ascensión del emperador Juliano II, que había sido nombrado César en la parte occidental, lo que le posibilitó, en 361, usurpar la condición de emperador. 
 
La batalla de Mursa fue de unas proporciones extraordinarias, lo que llevó a algunos contemporáneos a decir que no se había conocido otra igual, fuese esto cierto o no. El autor que he citado señala que “casi doscientos años después, todavía se recordaba la magnitud y consecuencias de ese encuentro”. Amiano Marcelino, militar de carrera y fuente principal de la época, no ha suministrado abundante información, pero no sobre esta batalla, pues la documentación se ha perdido. La chispa que inició el enfrentamiento fue la rebelión de Magnencio, que se autoproclamó emperador en occidente en 350. 
 
Mursa se encontraba en la margen derecha del río Drava poco antes de su desembocadura en el Danubio, en el extremo nordeste de la actual Croacia (es la actual Osijek[2]). La batalla tuvo lugar el 28 de septiembre de 351 y fue el primer gran enfrentamiento entre Magnencio y el emperador legítimo (según lo consideraron sus contemporáneos y la historiografía posterior) Constancio II, que marchó con su ejército hacia el oeste, donde Magnencio era “dueño” de Britania, Galia, Hispania, Italia y África; además se había apoderado de los pasos alpinos italianos. Antes había dado muerte al emperador Constante, hermano de Constancio II, lo que no es sino una muestra del estado de continua descomposición del imperio en sus máximas instituciones.
 
Zósimo[3] habla de la rebelión de 350, cuando se proclamó emperador Nepociano, de la familia de Constantino, y Vetranio, un soldado que habría sido instigado por la hermana del emperador Constancio para frenar el avance de las tropas galas que, al mando de Magnencio, avanzaban hacia el este[4]. Se trató de una rebelión local circunscrita al centro de Italia; las tropas llegadas desde el oeste bajo el conde Marcelino pronto restablecieron la situación, masacrando a los conjurados, pero muestra el estado de descomposición de las instituciones y del ejército romanos. 
 
El emperador Constancio II envió a luchar contra los invasores a los alamanes mientras Nepociano, que no llegaría a reinar en Roma ni un mes, se empleó en una durísima represión: “por todas partes las casas, las plazas, las calles se llenaron de sangre y de cadáveres como si fueran tumbas”[5]. En estas rebeliones podía darse el caso de que los soldados estuvieran sobornados, mientras que muchos del oeste del imperio eran aún paganos. En Iliria se habían formado legiones de “elite”, como Herculani y Ioviani, contrastando con otras tropas auxiliares, tanto en el este como en el oeste, sin la veteranía preparación de aquellas.

Algunos historiadores consideran que el levantamiento de Vetranio no fue sino una maniobra de Constancio II, pues en 350, tras un simulacro de negociación en Naiso (la actual Nis, al sur de Serbia) Vetranio se retiró con permiso del emperador y siguió una vida cómoda fuera de las luchas de la época. 
 
Por su parte, Magnencio había reclutado grandes cantidades de auxiliares francos y sajones, así como de otros pueblos germanos. Esta lucha entre francos y alamanes muestra la complejidad de la época, pues ya no se trataba de pueblos extranjeros contra el poder de Roma, sino que la situación era mucho más confusa. En un primer momento Magnencio obtuvo algunas victorias, como la batalla de Emona (en el centro de la actual Bulgaria). Magnencio también se hizo con algunos enclaves vitales como Siscia, que tenía una importante ceca monetaria (Sisak, en el centro de la actual Croacia), pero no tuvo éxito en la bien defendida Sirmio[6], ni tampoco ante Mursa.
 
La batalla de Mursa ha sido considerada como el primer gran triunfo de la caballería pesada (los cataphractii o catafractos, donde tanto el jinete como el caballo llevaban armadura). Parece que las huestes de Constancio eran muy superiores a las de Magnencio, y la vetaja inicial de este en algunas batallas pudo haber resultado fatal en la medida en que el emperador conseguiría que la batalla se diese en campo abierto, aprovechando las amplias planicies en torno a Mursa, esperando Constancio en Cíbales, la actual Vinkovici, en Croacia, muy cerca de Mursa. Magnencio, por su parte, no disponía de máquinas de asedio y como Iliria era fiel a Constancio, a aquel le resultaba imposible llegar hasta Tracia o Asia. El emperador controlaba el paso de Succo, enclave vital en las comunicaciones este-oeste. 
 
Por si ello fuese poco un general de origen franco de nombre Silvano, poco antes de la batalla, se pasó con importantes contingentes al bando de Constancio, con lo que este poseyó una fuerza (según los historiadores) de 80.000 hombres, mientras que Magnencio 36.000 (puede aceptarse que las fuentes solían incurrir en exageraciones). Esto muestra otra característica de una época llena de turbulencias, traiciones y deserciones. El mismo Magnencio, al parecer, era un laetus, un prisionero de guerra en un principio, de baja extracción que había sido campesino y soldado en suelo romano, llegando, por la osadía y el desorden del Imperio, a controlar durante tres años todo el occidente.
 
Volviendo a la batalla de Mursa, parece que Constancio no acudió al campo de batalla, permaneciendo en una iglesia acompañado de un obispo arriano, costumbre que se hizo extensiva a otros emperadores cristianos: Teodosio permaneció rezando en una capilla durante la batalla del Frígido (río en la actual Eslovenia) en 394, mientras que Constantino I había hecho uso de una tienda desmontable donde rezaba… En el ejército de Magnencio hubo hispanos y algunos dan por segura la presencia de la Legión VII Gemina.
 
Teodoreto[7] nos ha dejado la noticia de que Constancio quiso que las tropas de su ejército fuesen bautizadas cuando se hallaban en el momento previo a la gran batalla, aunque al dato –dice el autor al que sigo- parece ser una invención posterior, puesto que en ese momento ni Constancio estaba bautizado. Magnencio envió arrogantes propuestas de paz al emperador, y aunque resultaría vencido y muerto, resistió con su ejército hasta el año 353 dando a su hueste consignas al estilo bárbaro. El número de bajas de esta batalla fue enorme, condicionando la defensa del Imperio con posterioridad.
 
En un momento desesperado para el ejército de Magnencio, este se dio a la fuga, haciendo uso de un ardid para poder abandonar el campo de batalla: colgó las insignias imperiales en la silla de su caballo y se vistió de soldado raso, lanzando a aquel al galope para que se le creyese muerto. No pasó mucho tiempo desde este hecho –de ser cierto- pues se suicidó con su propia espada.



[1] Universidad de Murcia, 2008.
[2] Su situación se ha considerado estratégica, pues ya había sido escenario de otra batalla durante la anarquía militar; concretamente, el emperador Galieno derrotó aquí a Ingenuo (“usurpador”) en 259. Es una zona de vastas planicies.
[3] Historiador griego que vivió entre finales del s. V y principios del VI.
[4] El autor al que sigo cita la obra de B. Enjuto Sánchez, “Las mujeres en la domus constantiniana…”, 2003.
[5] Aurelio Víctor, historiador y político romano del siglo IV.
[6] Sremska-Mitrovica, Serbia.
[7] Obispo sirio.

miércoles, 19 de julio de 2017

Reservas indígenas en el norte de África



La gloria y mérito de la civilización romana contrastan, como en el caso de todos los imperios, con la miseria y el abuso contra los pueblos indígenas objeto de conquista y/o colonización. Como en los últimos siglos en Estados Unidos o en Sudáfrica, también Roma practicó una política de reservas indígenas como medio para pacificarles, dejándoles algunas tierras (no las más fértiles) pues los grupos nómadas y seminómadas más apartados de la costa mediterránea se oponían al expansionismo romano.

Antonio Chausa[1] ha hecho una recopilación de las muchas investigaciones que se han producido sobre este asunto. Los indígenas del actual Túnez y nordeste de Argelia se dedicaban al pastoreo e iban cambiando de hábitat según las estaciones del año. De lo que se trataba era de dominar los puntos de agua, y aquí es donde chocan los intereses de unos y otros. La lucha más fuerte se produjo en la zona oriental de la Mauritania romana y al suroeste de Numidia, ampliándose paulatinamente al conjunto del norte de África.

El pueblo más hostil a Roma eran los gétulos, que arrastraban a otros intentando formar confederaciones para oponerse a los legionarios. Junto a ellos destacan también los musulames y los garamantes. Los romanos llamaron al conjunto de todos ellos “mauri”, que debe de ser un nominativo plural, como en el caso de los keltoi o de los barbaroi. Lo que Roma consiguió fueron victorias parciales que no daban solución definitiva al problema, ya que los indígenas eran reacios a integrarse en las formas de vida romanas y para Roma, la zona era un granero fundamental cerealístico.

Así Roma estableció reservas con pueblos relativamente pacificados, teniendo su origen aquellas con Tiberio en la primera mitad del siglo I d. C. Tras la derrota sufrida por los musulames en el año 24, el emperador negoció con las tribus la posibilidad de cederles algunas tierras de pastoreo. Se trata de la primera reserva que será vigilada desde Ammaedara, un campamento de la Legión III Augusta, que permaneció en el norte de África durante más de dos siglos. En el año 75, Vespasiano trasladó el campamento militar a Theveste, mientras que Ammaedara pasó a ser colonia para veteranos del ejército. Con Tito (años 79-81) Theveste siguió como campamento militar pero con un contingente de la Legión en Lambesa, con lo que los historiadores han llegado a la conclusión de que Roma deseaba extenderse en dirección sur y se crean nuevas reservas para los suburbures y los nicives, forzándoles a la sedentarización.

Con Trajano (98-117) y Adriano (117-138) se da el apogeo colonizador de la forma que aquí explicamos, sobre todo en Numidia, creándose una colonia de veteranos: Thbursicu Numidarum, con la que linda la reserva para los nattabutes. Estos nativos podían conservar su organización en clanes, pero Roma creó un nuevo funcionario, el defensor citado en un epígrafe. Su función consistía en presentar a las autoridades romanas las quejas y peticiones de su pueblo, pero por encima de de los “defensores” estaban los praefecti gentium, documentados en fecha un poco anterior a Trajano. Algunos de estos prefectos habían nacido ya en África, como es el caso de Flavius Macer. Los prefectos hacían reclutas dentro de las tribus para integrar a los indígenas en las tropas auxiliares romanas.

Los emperadores Antoninos siguieron con esta política: reserva de Nybgenii que, creada con Tibernio, Trajano manda delimitar mejor. De la reserva de Tacapae se ha encontrado un hito donde se señalan los límites entre los tacapitanos y los nybgenios, pero han aparecido otros hitos de delimitación, e incluso algunas reservas limitaban con un fundo imperial. Con Adriano siguió esta labor asentando forzosamente a indígenas en Thala y Sufetula, siguiéndole Antonino Pío y Marco Aurelio, aunque ello no evitó nuevas revueltas de los que Roma llamó genéricamente “mauri”. 

(El mapa de arriba, anterior al asunto aquí tratado, permite ver la zona donde la política de reservas ha sido estudiada: en torno a Túnez y nordeste de Argelia actuales).



                            


[1] “Modelos de reservas indígenas en el África romana”.