lunes, 31 de diciembre de 2018

Un señorío en la meseta sur

La Puebla de Montalbán (Toledo)

El señorío de Montalbán, en la segunda mitad del siglo XVI, tenía algo más de 700 km2 y estaba formado por la villa de La Puebla de Montalbán[i], la de Carpio de Tajo[ii], que adquirió esa condición en 1737, las de Menasalbas[iii] y San Martín de Montalbán[iv] (esta última villa desde 1665), los lugares de Mesegar[v] y Villarejo de Montalbán[vi] y el anexo de San Pedro de la Mata. La extensión máxima correspondía a Menasalbas (178,8 km2) seguida de La Puebla (141,3) y la menos extensa era San Pedro de la Mata[vii] (21). La altitud máxima de estos núcleos de población correspondía a Menasalbas (702 metros sobre el nivel del mar) y la mínima Mesegar (478) por lo que estamos claramente ante un señorío de meseta.[viii]

La unificación de estas tierras en manos de los templarios durante la Edad Media y la construcción en 1214 de la villa y un castillo en Milagro por el arzobispo Jiménez de Rada, trajo consigo una nueva situación, con el abandono de los poblamientos de Ronda y Melque[ix] y la paulatina decadencia de la villa de Montalbán, pero las tierras al norte del rio Tajo tomaron impulso al tener mayores posibilidades agrícolas. La Puebla de Montalbán fue fundada por los vecinos de Ronda, que buscaban un sitio mejor y, a mediados del siglo XIII, los templarios fundaron la nueva población de La Puebla con el objeto de poner en cultivo las tierras, acogiendo pobladores de Ronda y de la propia villa de Montalbán. Así se pobló también la aldea del Carpio.

La Puebla de Montalbán fue villa ya desde 1276, dentro del impulso repoblador que se dio en esos años en la zona y a mediados del siglo XV ya está constituido el concejo. Cuando Téllez Girón Pacheco se haga con el dominio del señorío, el territorio contaba, aparte de la villa de la Puebla, con las poblaciones del Carpio, Mesegar y San Pedro de la Mata. La atalaya del Carpio había sido cedida a los templarios por los caballeros de Monfrag en 1221. Al sur del Tajo, sin embargo, a fines del siglo XV, solo existía la localidad de Menasalbas como aldea dependiente de la Puebla, pero en la segunda mitad del siglo XVI aquella población recibió el reconocimiento de villa, en un momento en el que el concejo de la Puebla estaba enfrentado al señor.

A comienzos del XVI los señores se fueron apropiando de tierras comunales en merma del concejo de la Puebla, y es el momento en que van a surgir dos nuevas poblaciones en la zona sur del señorío: San Martin de Montalbán y Villarejo de Montalbán, fundaciones que se hicieron aprovechando las incertidumbres políticas del poder real en los últimos años del rey Fernando II. San Martín de Montalbán o “Lugar Nuevo” se fundó en el año 1517 y los nuevos pobladores recibieron tierras a cambio del pago durante tres años de dos fanegas de pan y dos costales de paja anuales; al cabo de este tiempo se convertían en dueños de las tierras que hubieran roturado, pero sin poderlas vender hasta pasados diez años  y siempre a vecinos de la población.

El abandono de algunos lugares  y el paralelo aumento de la población de la Puebla, sería la causa de la construcción de una nueva iglesia, la de la Paz. El ilustrado Muncharaz fija la despoblación de Montalbán a finales del siglo XV, pues en 1461 se habla de ejido y dicho término responde a un campo común para reunión del ganado de los vecinos. Un siglo más tarde se habla de la “dehesa o exido de Montalbán”. En la segunda mitad del siglo XVI ya habían desaparecido, en el señorío de Montalbán, las antiguas fortalezas; únicamente un castillo de Montalbán se mantenía en pie, aunque con un cierto abandono, no obstante lo cual contaba con alcaide nombrado por el señor, que antes recibía el aprovechamiento de una dehesa.

El señorío de Montalbán (que desde 1573 tuvo categoría de condado) estuvo siempre en manos de los primogénitos de cada generación, que siguieron una estrategia matrimonial para garantizar el poder y la riqueza; a los o a las que no se casaba entraban en el clero, de forma que en el siglo XVIII el patrimonio estaba muy crecido, como elevado fue siempre el número de hijos que contraían matrimonio con un número reducido de linajes, lo cual no impidió que la economía familiar casi siempre estuviese maltrecha, dado el lujo al que se daban los de esta mentalidad. Una cosa era tener mucho patrimonio y otra no tener deudas; estas nunca faltaron.

Cuando se produjo la confiscación del señorío y la caída en desgracia de la casa de Uceda[x], no solo se perdieron títulos y rentas, sino que también desaparece la posibilidad de seguir emparentando con otros linajes ricos. Manuel Gaspar intentó recuperar el señorío reconociendo ante el rey que esto es necesario para recuperar sus posesiones. En todo caso estos señores contaron desde pronto con casas principales en la Corte madrileña (y antes en Toledo). Juan Francisco pasó a tener el importante palacio que el primer duque de Uceda había construido en los aledaños del palacio real[xi].

Durante más de dos siglos el señorío se mantuvo en manos de la misma familia (1474-1666) y lo estará hasta la desaparición de los señoríos, siempre por vía masculina. Empezó Alonso Téllez Girón, que a pesar de haber luchado al lado de doña Juana (hija de Enrique IV), supo conservar el señorío y resolver los límites territoriales, así como aumentar y reorganizar sus rentas.

El conflicto de las comunidades implicó al señorío pues Alonso Téllez era, a la sazón, Consejero Real con Carlos I; aquel recomendó prudencia contra la opinión de otros alineados con el rey. En este asunto influyó la reciente función de un enfrentamiento con el duque del Infantado por la posesión de Montalbán, con el que más tarde tendrá un prolongado pleito. Pero Pedro Girón, primogénito del conde de Ureña –hermano de Alonso Téllez- sucedió en el cargo de capitán general de la Santa Junta a Juan de Padilla, si bien su actuación fue fatal para la causa comunera.

Alonso Téllez tuvo numerosos hijos, uno de los cuales llegará a cardenal y, para comprender la importancia de los emparentamientos vía matrimonial, tenemos el dato de una de las dotes: 2,5 millones de maravedíes de los que 0,5 millones serían para la compra del ajuar, 0,25 millones para las piezas de plata que fuesen necesarias y el resto en dinero efectivo.

Además del pleito con el duque del Infantado (ya citado) los señores de Montalbán tuvieron otros muchos, se dedicaron al control de los concejos y de los gobiernos municipales, recibieron ingresos cuantiosos gracias a las alcabalas y las dehesas, se hicieron con la administración de justicia y, en relación a la economía agraria, los principales cultivos fueron la vid y el olivo, seguidos de los de huerta y frutales; también fueron importantes la ganadería, los aprovechamientos forestales (estos para la obtención de carbón vegetal), la caza y la pesca. Los herrenes jugaron su papel, tanto por los terrenos dedicados a forraje para el ganado como por el mismo forraje para mantener las cabañas.

Complementariamente, los señores de Montalbán, antes de la crisis de finales del siglo XVII, pero también durante el siglo XVIII, desarrollaron manufacturas de las que obtuvieron rentas, así como del comercio que controlaban más allá, incluso, del territorio señorial.


[i] En el centro de la actual provincia de Toledo, hoy es una villa de casi 8.000 habitantes.
[ii] Muy cerca de La Puebla, a la orilla norte del Tajo.
[iii] Al sur de la actual provincia de Toledo.
[iv][iv] Muy cerca de Menasalbas.
[v] Al oeste de la ciudad de Toledo.
[vi] En realidad todo el señorío de Montalbán se encontraba en el centro de la actual provincia de Toledo con una estribación hacia el sur.
[vii] Al sur y cerca de la ciudad de Toledo.
[viii] Este artículo está basado en la tesis doctoral de Florencio Huerta García, “El señorío de Montalbán y la Casa de Uceda durante la Edad Moderna”, 2009.
[ix] En el municipio de San Martín de Montalbán.
[x][x] En la línea fronteriza de la provincia de Guadalajara con la de Madrid.
[xi] Situado al final de la calle Mayor, en la actualidad es sede de la Capitanía General y del Consejo de Estado (nota del autor).

domingo, 30 de diciembre de 2018

Monje, obispo e historiador

Paisaje de Tierra de la Reina (León)

Varias son las biografías que sobre Prudencio de Sandoval se han hecho desde el siglo XVII. Nuestro personaje vivió entre mediados del XVI y 1620, habiendo nacido en Valladolid o Tordesillas y fallecido en Pamplona, donde era obispo. Gil González Dávila, a quien cita Ávila y la Cueva, publicó su “Teatro eclesiástico” a mediados del siglo XVII; el benedictino Gregorio de Argaiz también se refirió a Sandoval en “La Soledad laureada”; Nicolás Antonio en la “Biblioteca hispana nova”; Flórez en su “España Sagrada”; fray Benito Montejo a finales del siglo XVIII en el prólogo a la “Historia de los reyes” de Sandoval, y en el siglo XX Vicente Castañeda.

Algunos se entretienen en si su filiación es legítima e ilegítima, pero ningún valor tiene esto para nosotros al lado de la importante obra histórica de fray Prudencio de Sandoval, lo cual tuvieron en cuenta los responsables de la “Biblioteca de autores españoles”, que publicaron la enorme obra de Sandoval “Historia del emperador Carlos V”. El mismo Sandoval dice de sí mismo que era natural de Valladolid, que su padre fue señor de Villamartín[i], población hoy al este de la provincia de León y que tomó el hábito de San Benito en Nájera (1569). Canal Sánchez-Pagin dice que por la monición que se hacía a todo novicio, Sandoval diría la verdad, porque de lo contrario la profesión sería inválida. Sigue diciendo el monje historiador que no conoció a sus padres y que unos familiares suyos le mandaron a Alcalá para seguir estudios; que tomó el hábito de San Andrés de Espinareda, pero “dexelo, como rapaz liviano”. Volvió a los estudios, ahora en Salamanca; más tarde el rey le nombró obispo de Tui y de ahí fue promovido a Pamplona.

En cierta ocasión se queja el monje de que no fue favorecido por sus hermanos, pero varios historiadores consideran que no se trata de los carnales, sino de los de profesión, pues no favorecieron sus estudios, que era lo suyo.

El padre de Sandoval, Hernando de Tovar, fue también señor de Tierra de la Reina[ii], cerca de Riaño, hoy al nordeste de la provincia de León.

En cuanto a su obra histórica, sin que podamos considerarla moderna, pues no se somete a la crítica de los documentos de todo tipo que hoy se exige, es fuente muy importante para las épocas y reinados del rey Alfonso VII de León, así como de otros reyes castellano-leoneses, del reinado de Carlos I y sobre historia eclesiástica, particularmente las diócesis de Tui y Pamplona. Ávila y la Cueva informa de que durante el pontificado tudense de Sandoval se construyó la reja del coro de la catedral (1609) y se publicó la obra de la que es autor el obispo “Antigüedades de la ciudad y Iglesia de Tuy, y de los obispos…”. En 1611 se hizo la cárcel del cabildo en la capilla de San Martín (en Tui).



[i] Villamartín de Don Sancho.
[ii] Linda con la Liébana. Sobre el arte en la Tierra de la Reina es autor de un libro Waldo Merino Rubio, “Arquitectura hispano flamenca en León”, 1974. Citado por Canal Sánchez-Pagin, en cuya obra se basa este artículo.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Una Revolución agotada


La Asamblea, por medio por la Constitución de 1793, estableció el sufragio universal pero indirecto, lo que se hizo con una Convención (o Asamblea) muy mermada en miembros asistentes: 371 de un total de 903 elegidos. El nombre de Convención fue adoptado de la que se reunió en 1787 en Filadelfia para redactar la Constitución norteamericana. En la francesa había muchísimos abogados, que decidieron la abolición de la monarquía, seguramente con la presión de la Comuna. Es el momento de los girondinos, los cuales provenían en su mayor parte de las provincias periféricas, donde la revolución era más tibia que en París. Estos girondinos recibieron el apoyo de los diputados de “la Llanura”, preocupados por el creciente poder de los de “la Montaña”, mientras que los jacobinos estaban liderados por Robespierre y Danton.

Las operaciones militares contra las potencias absolutistas europeas no iban bien para Francia, lo cual ha de tenerse en cuenta para comprender la reacción termidoriana posterior, al tiempo que la sensación de inseguridad puso en contra de la revolución hasta a muchos de los clérigos juramentados, con la influencia que tenían sobre la población rural. Esto llevó a un decreto para eliminar al clero insumiso, a los que se privó del sueldo y los derechos civiles si daban muestras de oposición a la revolución. Otro decreto permitió expulsar del país a todo clérigo denunciado por un mínimo de diputados, aumentando así el número de sacerdotes emigrados a Inglaterra, Suiza y, en el caso de España, a Valencia y Barcelona.

La Convención se convirtió, pues, en tribunal de justicia mientras que el auge de los jacobinos aumentaba, condenando a muerte a rey. A comienzos de junio de 1793 los “sans culottes”, apoyados por la artillería de la guardia nacional, irrumpieron a mano armada en el salón de sesiones de la Convención y se llevaron presos a los diputados girondinos nominados por Marat. Esta es la misma Convención que, dominada por los jacobinos, aprobó un nuevo texto constitucional tras los trabajos de una comisión presidida por Saint Just e inspirada por el marqués de Condorcet. La aprobación fue a mediados de junio de lo que entonces se llamó año I, poco después de establecerse los implacables tribunales revolucionarios que mandaban a la muerte expeditivamente.

La Constitución de1793 fue refrendada por menos de dos millones de franceses, siendo el censo de electores de más de siete millones. Los excesos revolucionarios habían llevado a muchos a dejarse influir por el clero refractario, con gran influencia en las zonas rurales, además de que se veía con desconfianza la guerra que Francia mantenía con media Europa.

La Constitución expresó el sagrado respeto a la propiedad, prueba de los intereses de los que apoyaban su texto, estableció el laicismo en Francia y declaró la moral y la virtud como esenciales. Pero la entrada en vigor de esta Constitución se aplazó hasta que llegase la paz, que ahora no existía ni en la propia Francia, pues había comenzado la insurrección llamada de La Vendée, con un fuerte componente religioso, también importante en Bretaña y Normandía. El “viva la religión” era gritado por los jefes militares de extracción plebeya como Sotfflet, hijo de un molinero, que se levantó en La Vendée, o Cathelineau, sacristán y antes vendedor ambulante, permite comparar este movimiento contrarrevolucionario con el carlismo español de 1833, a juicio de Luis Lavaur[i].

A comienzos de abril se constituyó el Comité de Salud Pública, brazo ejecutivo de la Convención y, quizá, auténtico gobierno de Francia hasta su desaparición (1794). La Convención endureció ahora su legislación contra la Iglesia: se persiguió a los curas que no cumpliesen destierro después de haber sido sentenciados a ello, el Estado se hace con los bienes de los sacerdotes emigrados, se acordó deportar a Guayana a los sacerdotes, juramentados o no, no condenados a muerte por los tribunales en razón de su edad… El historiador Michelet vio a la revolución como una lucha entre la gracia divina y la justicia, quedándose corto –dice Lavaur- el “ecrasez l’infame”, aplasten a infame de Voltaire. Se impone la intolerancia, se abolió todo culto de cualquier credo y se estableció un nuevo calendario que señalaba el año 1793 como el I, pretendiendo con ello el triunfo absoluto de la razón; se sustituyó el descanso dominical por el pagano “décadi”, el décimo día de diez en el nuevo calendario, que estuvo en vigor hasta 1806.

Entre los “sans culottes” algunos se destacaron como furiosos (“enragés”), mientras en esta deriva se ve la mano de Hébert, dueño del “`Père Duchesne”, el periódico de mayor tirada de Francia que se repartía gratuitamente en parte. El arzobispo de París, Gobel, fue obligado a dejar su palacio y su cargo, entregándose este a los deseos de los revolucionarios, al parecer, con gran efecto propagandístico. La catedral parisina se consagró para el culto a la diosa Razón y más tarde así se hizo con otros templos de Francia, y en una iglesia de Burdeos se rindió homenaje a la española Teresa Cabarrús, que desde la riqueza se convirtió en benefactora de los oprimidos y se entregó al servicio de la Convención, lo que no la libró de la persecución en el ambiente enrarecido al que se había llegado.

Algunos se dieron al robo en las iglesias, se incendiaron los altares, pero el culto –dice Pierre Brizon- no fue en ningún momento suprimido en toda Francia. Al ser elegido Robespierre miembro del Comité de Salud Pública actúa de forma totalitaria, quizá animado por las noticias de los triunfos de la República sobre los reaccionarios católicos. La Convención, entre tanto, está mermada en cuando a los diputados que asisten a sus sesiones; el terrorismo estatal se agotaba en sí mismo.

El terror judicial se manifestó mediante la Ley de Sospechosos de 1793 y mediante otra quedaron suprimidas las garantías jurídicas al eliminar de las causas al defensor y los testigos. Por eso el apogeo de la guillotina, final para los reos juzgados por tribunales populares que se guiaban por una frase que se hizo célebre: “les aristocrates à la lanterne” (los aristócratas a la farola) que ya se pronunció al dar comienzo la revolución. Se colgaba de las farolas a los reos y se les linchaba…

Un clérigo de gran poder que sobrevivió a la revolución fue Fouché, responsable del espionaje durante esa época y el imperio napoleónico. Él fue el encargado de ganar Lyon, que estaba en poder de los contrarrevolucionarios, lo que hizo de forma expeditiva. También Juan Bautista Carrier fue especialmente conocido por su crueldad, particularmente en Nantes. Algunas fuentes hablan de que las cárceles estaban tan llenas que a Carrier se le ocurrió ahogar en grandes barcazas surcando el río Loira a no pocos clérigos encerrados en las bodegas: eran las “noyades” o ahogados. Igual hizo en Angers y Laval, contándose por millares el número de ahogados. Varios centenares de religiosos, encerrados en los Pontones de Rochefort, fueron torturados hasta la muerte, dándosele a este tipo el nombre de “guillotina seca”.

Las campanas y techumbres metálicas de las iglesias fueron empleadas en las fábricas de armamento para material de guerra, mientras que la basílica de Santa Genoveva se salvó al dedicarla la Asamblea Constituyente, a la muerte de Mirabeau (1791) a servir de panteón de los revolucionarios; allí se encuentran también los restos de Rousseau y de Marat, de Voltaire y otros. Hay, como vemos, etapas muy distintas en la Revolución Francesa: el mismo Robespierre había dicho que “el ateísmo es cosa de aristócratas, no del pueblo”, sabedor de que los campesinos y las gentes humildes van con sus tradiciones y creencias generación tras generación sin cuestionarse gran cosa lo trascendente, mientras que los instruidos –no siempre aristócratas- tienden a hacer gala de ateísmo a la primera ocasión que se les presente.

La Revolución Francesa ha despertado mucha simpatía por el sustrato que dejó para los siglos venideros, pero si entramos en el detalle no nos queda más remedio que preguntarnos si fue necesaria tanta sangre, si fueron tantos los agravios sufridos por los de abajo para que se tomasen la justicia por su mano contra los de arriba (y ya vemos que las víctimas de la Revolución se encuentran entre todas las clases sociales y entre todas las ideologías y tendencias).

El abogado Robespierre, alumno de Rousseau, estuvo inspirado en el orden moral y preconizó una especie de sincretismo entre la ética cristiana y las virtudes revolucionarias. Y sin embargo “el incorruptible” no escapó a las contradicciones de su tiempo. Quiso que la revolución no fracasase y creyó –o aceptó sin miramientos- que toda concesión era un riesgo. Desde 1795 la Revolución Francesa tomará otro rumbo que ya no tratamos aquí.





[i] “Persecución religiosa en la Revolución Francesa”. Este trabajo está hecho desde una óptica favorable a la Iglesia y contiene muchos juicios de valor, no considerando la situación de partida ni dando ocasión a explicarse los comportamientos de unos y otros en un contexto que parte de los abusos del Antiguo Régimen.

jueves, 27 de diciembre de 2018

La Revolución Francesa sigue su marcha

Palacio de los papas en Avignon

Contrariamente a los religiosos, las monjas no abandonaron sus conventos, mientras que el Gobierno revolucionario, mediante otro decreto, prohibió el pronunciamiento de votos monásticos y, con efectos retroactivos, los votos de los religiosos que no hubiesen renegado carecerían de efectos civiles, pudiendo, por tanto, casarse, heredar y practicar cualquier otro acto jurídico.

Los diputados eclesiásticos intentaron frenar esta legislación, pero sin éxito; a fin de cuentas con anterioridad, el papa Clemente XIV, un franciscano, accedió a disolver la Compañía de Jesús. No hacía algo distinto el Gobierno francés, y ahora este decidió disolver todas las órdenes religiosas.

La Constitución civil del clero (aprobada a mediados de 1790) fue preparada por una comisión y algunos canonistas favorables a la revolución estuvieron de acuerdo en someter el poder religioso al poder civil, desligando aquel de la autoridad de Roma. Era una muestra de galicanismo que se había manifestado en Francia ya desde hacía varios siglos, consecuencia del jansenismo antivaticanista, lo que tensó las relaciones con Roma ya durante el reinado de Luis XIV. Con la Constitución civil del clero cada diócesis se correspondió con cada uno de los departamentos administrativos (ochenta y tres), quedando eliminadas 53. El bajo clero, por su parte, vio con buenos ojos percibir la asignación que el Estado le daba, pero todo ello se hizo sin consulta alguna al papa, olvidando el Concordato existente desde 1516.

Así se llegó a la ruptura total con Roma, pues el Gobierno francés decidió también que los obispos y párrocos fuesen elegidos por la población, sin distinción entre católicos, miembros de otras religiones o ateos. No puede resultar extraño si se trataba de funcionarios del Estado y de acuerdo con la confusión que la Iglesia había admitido, secularmente, con el Estado. El rey intentó demorar la entrada en vigor de esta Constitución, pero al fin la firmó a finales de 1790.

En el primer aniversario de la toma de la Bastilla se celebró un festival con misa oficiada por Talleyrand y poco después, una propuesta de este hizo que los clérigos de la Asamblea Nacional tuvieran que prestar juramento a la Constitución civil del clero. Lo hicieron únicamente cuatro obispos y 70 curas y, por supuesto, Sieyès y Grégoire. Mientras tanto el papa guardaba silencio y en el resto de Francia juraron acatamiento a la ley un total de siete obispos  y unos 1.000 curas, de un total de 70.000 y bastantes frailes exclaustrados. Se había consumado la división del clero francés en juramentados y refractarios.

Luego vino la elección de los nuevos obispos en sustitución de los que no habían jurado la Constitución, lo que planteó un problema que vino a solucionar Talleyrand, nombrando a los que luego nombrarían a los demás. Todos los refractarios fueron expulsados de sus templos y parroquias, pero muchos de estos se refugiaron en almacenes para seguir oficiando seguidos de sus feligreses: a la postre este grupo volvía al primitivo cristianismo en cierto modo. Y el papa seguía sin actuar por temor a que el ejército francés ocupase el enclave de Avignon, parte integrante de los Estados pontificios, lo que ocurrió de todas formas. Es entonces cuando en 1791, el papa Pío VI condenó la Constitución civil del clero, lo que llevó a muchos clérigos a retractarse de su juramento, mientras se declaraba al gobierno francés enemigo de Roma.

Queriendo el rey Luis XVI celebrar la Pascua real en Saint Cloud, cerca de París, el “populacho” se lo impidió, decidiendo la Asamblea que la misa de celebración se llevase a cabo por un cura constitucional. Es conocido el episodio de la huída del rey, con su familia, disfrazados por la noche con el fin de reunirse fuera de Francia con los nobles opositores a la revolución. Detenidos en Varennes, al este de Reims, la familia real fue devuelta a París: no podía darse un caso de mayor indignidad real… por ahora.

La Asamblea, entonces, dio en aprobar la primera Constitución francesa (1791) bajo los auspicios de Mirabeu, la que fue firmada por el rey casi en condiciones de prisionero, aunque dicho texto legal preservaba la monarquía y centralizaba el poder, pues antes estaba en manos de unos y otros nobles según este o aquel territorio. La Constitución no declaró expresamente a la religión católica como oficial, argumentándose en su momento que “la adhesión de la Asamblea a la religión católica, apostólica y romana no podía ponerse en duda”.

En mayo de 1791 se aprobó la propuesta de Sieyès y Talleyrand sobre la libertad de cultos; antes (1790) se había aprobado la extensión a toda Francia del sistema métrico decimal, expresión de la mentalidad utilitaria de los ilustrados. Cuando la Asamblea se disolvió determinó que los próximos diputados no podrían ser los mismos, por lo que hubo una renovación total.

En octubre de 1791 la agitación social era máxima debida a la crisis económica que padecía el país, los “clubs” se formaron para jugar el papel de los futuros partidos políticos y trasladaron sus sedes desde los cafés y los figones a los mejores conventos de París: los seguidores de Robespierre tomaron el nombre de jacobinos por reunirse en el convento dominico de Saint Jacob, mientras que Hébert, Marat y más tarde Danton se reunieron en el monasterio de los franciscanos o “cordeliers”, tocándole el de los cistercienses o “feuillants” a los seguidores de Barnave y el marqués de Lafayette, que fueron los que formaron gobierno antes de ser sustituidos por los girondinos, partidarios de hacer la guerra a Austria, potencia absolutista y dueña de los Países Bajos.

En agosto de 1792 se decretó la clausura de los conventos supervivientes y se disolvieron las órdenes religiosas sin excepción alguna, así como las facultades de Teología del Colegio de Navarra, y la de la Sobona, vista la negativa de sus profesores a jurar “la libertad y la igualdad”. Danton creó entonces una facción, siendo ministro de Justicia, con la colaboración de Marat, que se apoderó del Ayuntamiento de París: se trata de la Comuna insurreccional regida por Danton y Petion, con un enorme poder ejecutivo al tener bajo su autoridad a la guardia nacional y las bandas armadas de los “sans culottes”. Se aumentó al doble el número de concejales (288), la Comuna se mostró republicana y anticlerical asumiendo competencias legislativas, prohibió procesiones religiosas, etc. Era la sobrerrevolución en París.

Este ambiente favoreció la matanza de la que fue víctima la guardia suiza al servicio del rey, que fue encerrado en la torre del Temple junto a su familia. Hubo detenciones masivas de desafectos, se encarceló a muchos religiosos siendo asesinados a continuación. En la guerra contra Austria la población de Verdún (al norte del país), donde fue derrotado el ejército francés por el prusiano, recibió a los invasores como libertadores ante el terror reinante. Siguió el asalto a las cárceles pereciendo unas 1.300 personas, entre ellos 191 clérigos.  

Fuente: “La persecución religiosa en la Revolución Francesa (1789-1794)”

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Primeros pasos de la Revolución Francesa


Cuando en los Estados Generales clérigos, nobles y representantes del estado llano decidieron unir sus fuerzas para transformar aquellos en una Asamblea Nacional, dieron un paso de gigante hacia una revolución que quizá sea la única que está vigente y es referencia para los países que aún no tienen un régimen liberal y/o democrático. El plan de fusión de los tres estados fue ideado y planteado por un clérigo del estado llano, Sieyès, contando con la colaboración de otro eclesiástico, Talleyrand-Perigord, obispo de Autum. El primero sugirió que, a modo de afluentes, se incorporasen al tercer estado (donde había un elevado número de párrocos y abates ilustrados) los otros dos estamentos. En sintonía con esto estuvieron los arzobispos de Aix y Burdeos, partidarios de profundas reformas liberales en la Iglesia francesa.

La iniciativa, pues, fue de clérigos, que pertenecían al estado llano o al primero, pues se encontraban muy politizados debido, entre otras causas, a la estructura superclasista de la Iglesia francesa, donde era prácticamente imposible ascender a la jerarquía de no pertenecer a altas cunas o nobles linajes. Por su parte, existía entre la población un malestar socioeconómico evidente, mientras que entre el personal ilustrado hubo claramente la intención de subvertir no solo el orden político y fiscal sino también el religioso y moral. Tres curas del estamento eclesiástico, otros después, entre ellos el abate Grégoire[i], y otros días más tarde, consiguieron que por 149 votos contra 137 el estamento eclesiástico se doblegase al tercer estado, según Luis Lavaur[ii]. “El primer acto formalmente revolucionario, por señalar una resolución de desobediencia a la autoridad real, fue llevada a cabo por el bajo clero”.

Parte de los nobles siguieron a los clérigos que se habían sumado al tercer estado, como es el caso del duque de Orleáns[iii], primo del rey y masón convencido. Pero fue tal la importancia del clero en la formación de la Asamblea Nacional que el primer presidente de la misma fue el arzobispo de Vienne, Le Franc de Pompignac, y posteriormente monseñor Talleyrand.

La Declaración de Derechos fue encargada a una comisión de juristas que se inspiraron en los principios de la reciente república norteamericana. En materia religiosa se dice que “nadie debe ser molestado en sus opiniones, incluso religiosas…”, redacción que fue propuesta por el conde de Castellane, que se cuidó de que no se pusiese en discusión la religión oficial del reino. Fueron rechazadas otras propuestas más explícitas sobre “el respeto a Dios y a la religión” hechas por el conde de Avray y el obispo de Chartres.

Pero la revolución dio un paso gigantesco a principios de octubre de 1789, cuando “las tiorras y viragos” de los barrios bajos de París, movilizadas por Marat y Maillard exigen pan y otros alimentos. Los episodios fueron muy violentos y la victoria del “populacho” es rotunda; la familia real se encuentra a merced de la muchedumbre y esta porta las cabezas de algunos guardias reales clavadas en picas. Trasladada la Asamblea de Versalles a París, aquí no asisten a las sesiones la mayoría de los diputados moderados, lo que hace decir al historiador Mathiez que “es en la mente de sus actores donde en primera instancia se fraguan las revoluciones”. Y entonces aparece en la Asamblea el “denso sustrato anticlerical” que venía expuesto por Voltaire y compañía. Mirabeau propuso y consiguió que la Asamblea Nacional redactase una Constitución.

Como el Estado era pobre en un país rico, según expresión de algunos historiadores, la Asamblea se propuso allegar recursos para solucionar los graves problemas del fisco y Talleyrand dio con la solución que se puso en práctica: confiscar la totalidad de los bienes de la Iglesia francesa, ciertamente cuantiosos. Esto tuvo sus opositores, como es el caso del abate Maury cuando dijo: “queréis que los bienes de los pobres vayan a manos de los especuladores”, sabedor de que el Estado vendería los bienes de la Iglesia. El conde de Montlosier señaló: “queréis arrojar a los obispos de sus palacios…”. Pero la propuesta de Talleyrand contaba con el visto bueno de los librepensadores y de las logias, sin olvidar a los diputados rentistas, que pensaban en enriquecerse comprando a bajo precio los bienes que el Estado pusiese a la venta.

El primer golpe frontal contra la Iglesia se produjo, pues, a principios de noviembre de 1789 al aprobarse, por 568 votos contra 346 (en torno a 300 diputados estuvieron ausentes) la expropiación de los bienes de la Iglesia, que “quedaban a disposición de la Nación” sin indemnización alguna, frase que se atribuye a Mirabeau. La mayoría del patrimonio de la Iglesia eran bienes raíces, mientras el Estado tomó a su cargo los sueldos del clero y los gastos del culto, pero sin arbitrar solución alguna para mantener los asilos, hospitales, escuelas y otras instituciones benéficas a cargo de la Iglesia. Pero como los bienes de la Iglesia no eran dinero líquido, el Estado decidió en 1790 la emisión de “asignados”, unos bonos que darían a sus poseedores la posibilidad de cobrarlos cuando el Estado pudiese pagarlos, es decir, cuando vendiese los bienes expropiados a la Iglesia. La operación fracasó y estos “asignados” dejaron de emitirse en 1796. El sistema había producido una gran inflación en las ciudades pero un enriquecimiento de los grandes propietarios rurales, pues al poner a la venta de golpe una gran masa de bienes, estos se depreciaron, comprándose por un precio muy inferior al pretendido.

Los monasterios se desalojaron de frailes desde febrero de 1790, lo que venía siendo una exigencia de los ilustrados, que los consideraban una carga para la población. Aunque el decreto estableció la libertad de abandonar los monasterios, muchos religiosos se acogieron a él, pues aquellos quedaban privados de las rentas que antes recibían. Los que abandonaron el claustro recibieron una indemnización y los religiosos fieles fueron agrupados, sin distinción de órdenes, en las casas conservadas, mientras que los monasterios abandonados fueron puestos a la venta.



[i] Llegó a ser obispo de Blois. Por su actitud revolucionaria fue uno de los blancos de los partidarios del absolutismo.
[ii] “La persecución religiosa en la Revolución Francesa (1789-1794)”.
iii Luis Felipe II de Orleáns llegó a ser conocido como “Felipe Igualdad”, muriendo en la guillotina en 1793.

martes, 25 de diciembre de 2018

Quemados, encarcelados o fugitivos

Palacio de los Mendoza en Guadalajara
http://www.herreracasado.com/1980/05/10/el-palacio-de
-antonio-de-mendoza-y-el-convento-de-la-piedad/

En el siglo XVI la Inquisición española se empleó en tal actividad que no fueron pocos los luteranos, anabaptistas, alumbrados y otros reformistas religiosos que fueron quemados vivos, encarcelados o se vieron obligados a huir. Las reuniones que llevaban a cabo estos partidarios de una espiritualidad distinta de la católica tuvieron lugar en muchos sitios de España: Pastrana[i], Escalona[ii], Cifuentes[iii], Toledo, Guadalajara, Madrid, Alcalá de Henares, Sevilla, Burgos, Cuenca, Palencia, San Sebastián, Pamplona, Salinillas de Buradón[iv], Lastras de la Torre[v], Orduña[vi], Bermeo[vii], Motrico[viii], Zaragoza, Calahorra[ix], Uncastillo[x], Jaén, Carmona[xi], Segovia, Cádiz, Jerez de la Frontera, Guillena[xii], Zamora, Toro, Mota del Marqués[xiii] y so se agotan aquí las poblaciones en las que hubo conventículos de reformadores, incluyendo Nápoles y otras ciudades europeas dependientes de la monarquía española.

Según Manuel de León de la Vega[xiv] estos alumbrados, luteranos y/o anabaptistas se reunían unas veces en los castillos de los nobles, otras en conventos y casas. En Cifuentes los frailes franciscanos Diego Barrera y Antonio Pastrana fueron portavoces de las nuevas doctrinas. En Alcalá fue la Universidad el foco principal, donde destacó Isabel de la Cruz que, aunque de condición humilde y judeoconversa, fue capaz de aglutinar a un grupo en torno a ella. Sobre 1523 –dice León de la Vega- Isabel de la Cruz recorrió “todos los rincones de Castilla”. En un ambiente humanista y en torno al palacio renacentista de los Mendoza, en Guadalajara, se formará el primer cenáculo importante de los alumbrados, donde predicará María de Cazalla: también de origen judeoconverso, fue una religiosa andaluza y perteneciente a una familia rica.

Rodrigo Vivar (o Bibar) estuvo también en la mansión de los Mendoza en Guadalajara y, haciéndose amigo de Eguía, fue un ejemplo del humanismo erasmizante. Luego congregó en su casa a algunos amigos para leer conjuntamente la Escritura. Otros núcleos importantes estaban en Burgos, Toledo, Cuenca, Palencia y Alcalá, los cuales fueron perseguidos por la Inquisición, muriendo en la hoguera el sacerdote vizcaíno Juan López de Celaín. Este había estado predicando por Granada y repartiendo limosnas que facilitaba Diego de Eguía, de abundante fortuna. A Celaín le acompañó en las misiones Juan del Castillo, partidario de una espiritualidad filo-islámica. También tuvieron importancia los canónigos de Palencia.

Los primeros cenáculos importantes en Vizcaya los encontramos en torno a 1539 y parece que fueron consecuencia de las persecuciones inquisitoriales de Fernando de Valdeolivas, pues en los autos de fe  ya aparecen luteranos de San Sebastián, Pamplona, Salinillas de Buradón, Lastras de la Torre, Orduña, Bermeo, Motrico y otros lugares, que fueron influidos por calvinistas franceses.

En Zaragoza encontramos libreros entre los protestantes, generalmente hombres de elevada posición económica, entre los años cuarenta y cincuenta. En Toledo, en 1548 y 1549 fueron condenados cinco protestantes, uno de ellos Juan Miguel y luego Francisco del Río. También el tribunal de Calahorra se empleó a fondo. En Uncastillo destaca Juan Sánchez de Biel, que había ido a estudiar a París por encargo del cenáculo al que pertenecía. Su proceso se ha conservado y ha sido publicado por Gordon Kinder[xv].

Si nos centramos en Sevilla aquí la información es muy abundante: había un flamenco entre muchos españoles, Fray Francisco de la Puerta, del monasterio de San Isidoro, y predominaban los clérigos (de los 180 procesados en Sevilla, 46 eran eclesiásticos). No solo, pero sobre todo en Sevilla, predicó Rodrigo de Valer, lo que le valió enfrentarse a la Inquisición en dos procesos, y también en Sevilla formó un cenáculo Juan Gil (Egidio), que era canónigo e influyó en los ambientes cultos de la ciudad. Otro grupo lo formaron los monjes jerónimos de San Isidoro en Santiponce y los del valle de Écija; el monasterio era centro intelectual que reclutaba a hijos de conversos pero once de los monjes tuvieron que huir a Ginebra ante la presión inquisitorial, entre los que estuvieron Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. El primero, teólogo jerónimo, fue a morir a Fráncfort del Meno, igual que el segundo, considerado en alguna fuente como el “hereje español” por excelencia; los dos fueron grandes conocedores de la Biblia. Los monjes jerónimos del monasterio de San Isidoro que no pudieron huir fueron quemados públicamente mediante autos de fe. Antonio del Corro, por su parte, fue de los que consiguieron huir refugiándose en Ginebra, donde se convirtió al calvinismo[xvi].

Juan Ponce de León, hombre rico, facilitó “heredades” para que Julián Hernández y Luis de Abrego, médico este, tuviesen su congregación espiritual. El primero se crió en Alemania y quizá esto facilitó su familiaridad con la religiosidad protestante. Otro conventículo fue el formado en la casa de Isabel Baena, que sería “relajada por fautora y receptadora y encubridora de herejes…” (1559). Colaborador de Baena fue el licenciado Losada, que fue quemado, mientras que los que habían muerto ya, fueron desenterrados sus cuerpos y quemados, como los de Vargas y Egidio, que habían predicado, junto con Constantino Ponce la doctrina evangélica en la catedral de Sevilla. Vargas había explicado Escritura, a su vez, en la cátedra del cabildo de Sevilla, habiendo estudiado en Alcalá junto con los otros dos. Cristóbal de Losada, médico, y Juan González también tuvieron su congregación sevillana.

María Cornejo y Catalina de Villalobos también formaron congregaciones luteranas en Sevilla; pero fueron los frailes jerónimos los que más hicieron por la nueva espiritualidad: del monasterio de San Isidoro dependían el de Santa Ana de Tendilla, en la actual provincia de Guadalajara; el de Santa María de Barrameda, junto a Medina Sidonia (Cadiz); el de San Miguel de los Ángeles, junto a Pedrín (Sevilla); la ermita de Santa Quiteria en Jaén; el monasterio de Nuestra Señora de Gracia (Carmona) y el de Nuestra Señora del Valle (Écija). El prior de este último tuvo que huir a Ginebra, y en un auto de fe en Sevilla en 1562 aparece relajado y confiscados sus bienes Cristóbal de Arellano, de Arnedo (La Rioja),por predicar el luteranismo.

Leonor de San Cristóbal, profesa del monasterio de Santa Paula de Sevilla, no podía salir del mismo “por cosas de la secta luterana”, y dos destacados participantes en el Concilio de Trento, Juan de Regla y Francisco Villalba, fueron procesados por luteranismo en Zaragoza y Toledo respectivamente. En Santiponce fueron quemados vivos tres, once quemados en efigie, dos sufrieron cárcel perpetua y uno cárcel parcial. De Fray Andrés de Málaga, igualmente acusado de luterano, no sabemos su suerte, pero fue encarcelado el sacristán de la catedral de Sevilla, otros beneficiados de las iglesias de San Martín y de San Vicente, el capellán de la capilla de los Reyes, el de la capilla de Santa Ana en el barrio de Triana  varias monjas jerónimas de San Pablo. Por sus declaraciones- según Werner Thomas- fueron encarceladas 180 personas de Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Guillema y otros pueblos de Andalucía.

Cristóbal Padilla en Zamora y el doctor Herrezuelo en Toro también formaron congregaciones espirituales; de esta última formaron parte muchos españoles, excepto Carlos de Seso y el criado Antón Bagor, inglés este último. En Toledo se publicaron unos folletos, en torno a 1559, en un tono exaltado, anticlerical y antipapista que contenían proclamas para “abrir los ojos a la iglesia cristiana y deshacerse de la iglesia papista”, refutando los artículos de la fe y dogmas de la Iglesia de Roma como las imágenes, la cuaresma, el purgatorio, el limbo, la transustanciación… Estos folletos ya habían sido publicados en Alcalá, siendo el autor el tipógrafo de esta última ciudad, Sebastián Martínez[xvii]. Otro fue el cenáculo de las monjas de Belén en Valladolid… y este asunto no se agota aquí.


[i] En la actual provincia de Guadalajara.
[ii] En la actual provincia de Toledo.
[iii] Guadalajara.
[iv] Al sur de la provincia de Álava.
[v] Al norte de la provincia de Burgos.
[vi] En la actual provincia de Vizcaya.
[vii] Vizcaya.
[viii] En la actual provincia de Guipúzcoa.
[ix][ix] En la actual provincia de La Rioja.
[x] En la actual provincia de Zaragoza.
[xi] En la actual provincia de Sevilla.
[xii] En la actual provincia de Huesca.
[xiii]En la actual provincia de Valladolid.
[xiv] “Los protestantes y la espiritualidad evangélica en la España del siglo XVI”.
[xv] Ver el “Índice histórico español”, vo. XXXVI, 1998 publicado por la Universidad de Barcelona.
[xvi] Hay una familia del Corro en Fuente de Cantos, Badajoz, durante el siglo XVII, pero no es seguro que se trate de la misma que la del humanista protestante. Ver aquí mismo “Mula, esclava y oratorio alhajado”.
[xvii] Hay otro impresor de Valladolid con este mismo nombre.