lunes, 16 de octubre de 2017

Protestantes en Galicia



La población de Galicia era, en el siglo XIX, religiosa, pero desconocedora de la Biblia, y esto se puede decir del resto de España. Esa religiosidad no impidió que hubiese litigios frecuentes entre los feligreses y los curas, fundamentalmente por los derechos de estola y las oblatas que estos reclaman, y estos litigios llegaban en ocasiones a los juzgados, cobrando más relevancia por cuanto, a finales del siglo citado, Galicia contaba con el más elevado índice de sacerdotes por habitantes (412). Aquellos se encontraban mal distribuidos, pues el 80% del clero estaba en ciudades y villas grandes[1]. Este clero tenía, en su mayoría, una formación mínima (tres años de latinidad, un año de filosofía y dos de teología) y los estudios bíblicos solo se abordaban en los últimos años, no llegando todos a ellos.

En la época estudiada había colonias de ingleses en Vigo, A Coruña y Ferrol, siendo sus actividades el comercio exterior, la industria naval, el ferrocarril y el transporte marítimo, intensificándose el servicio de buques entre los puertos de Carril, Vigo y A Coruña con los del sur de Inglaterra. Había vicecónsules ingleses en Ribadeo, Viveiro, O Barqueiro, Ferrol, Fontán, Laxe, Camariñas, Corcubión, Muros, Vilagarcía, Carril, Pontevedra, Vigo y Marín, lo cual explica el interés por el comercio con Galicia. A ello se unió que fueron regresando gallegos que se encontraban en la emigración, algunos ya convertidos al protestantismo.

Pero el protestantismo español del siglo XIX no está relacionado con el del XVI, más bien se trata de una pluralidad de derivaciones de lo que fue la gran reforma religiosa. Las Asambleas de Hermanos que llegan a Galicia procedían de Irlanda y de Inglaterra, más bien abiertas como las de J. Müller y R. Chapman, e incluso llegan a lugares de difícil acceso aunque empiecen por la costa; se trata de fundamentalistas en la interpretación de la Biblia, como el testimonio evangélico sostenido en solitario, durante los años 1823 y 1827 por el profesor de matemáticas del Instituto, Don Pedro Casarrubios Mardcos, antes de que, en 1837 visitase Galicia George Borrow y en 1863 el Gobernador Civil de A Coruña constatase que el protestantismo afectaba “a la moral” de los españoles. En el mismo año el cardenal García Cuesta señaló que ningún escrito religioso puedía circular sin la licencia de la autoridad eclesiástica, pero lo cierto es que libros publicados fuera de España se introducen como “contrabando”, según el citado cardenal, el cual se pronuncia también contra las predicaciones protestantes, que se habían dado antes en Barcelona, Sevilla, Málaga, Madrid y Valladolid. Se señala a dichos libros como “contra la religión cristiana” y el Capital General del Departamento Marítimo de Ferrol, en 1868, habla de “libros y folletos contra la religión y moral cristiana”.

Desde 1878 ya abundan los colportores (vendedores de Biblias) de origen escocés, sobresaliendo Severo Millos en Vigo, que fueron denunciados por el diputado provincial Antonio López de Neira, que tropezaron con la dificultad de las altas tasas de analfabetismo, pero la ciudad de Pontevedra fue una de las principales de Galicia y cuando en 1889 dos predicadores evangélicos inician su actividad, el Gobernador les advierte de que los cánticos y predicaciones no se debían oír en la calle, habiéndose establecido ya un cementerio municipal para católicos y otro, al lado, para disidentes. Cuando T. Blamire y su esposa abandonaron Pontevedra en 1882 para trasladarse a Marín, el vecindario llevaba ya dos años enfrentado con el cura.

La oposición católica al culto protestante pronto se hizo notar, como se puede ver en el “Diario de Galicia” del año 1895, siendo por lo menos en A Coruña, la mayor parte de los protestantes, de clase obrera aunque muchos de ellos tendrían que emigrar, otros perdieron su trabajo tras ser bautizados en la fe protestante, persecución que fue dirigida por los curas y obispos: el de Tui, Valero, señaló en 1878 que “nada hay menos moral y evangélico que sus falsas doctrinas”. No obstante, el Ayuntamiento de Vigo había concedido permiso al Vicecónsul de Inglaterra para el cierre de un terreno de 1.372 m2, al lado del cementerio católico de Picacho, para dedicarlo a cementerio protestante, lo que no implicó la propiedad del terreno, que siguió siendo pública.

De todo ello poco ha quedado, dada la secularización creciente de la sociedad, y así como la población tiende a prácticas religiosas más relajadas y distantes, los protestantes, en sus diversas ramas, también han ido escaseando, aunque aún quedan algunos testimonios en villas y ciudades de Galicia, de las que Marín y Pontevedra son algunos ejemplos.


[1] Benito González Raposo, “O protestantismo en Galicia”, Xerais, 2000 (el presente artículo está basado en dicha obra).

domingo, 15 de octubre de 2017

Libertad económica y proteccionismo en Castilla y Aragón



"Taula de canvi" catalana (http://bottup.com/la-taula-de-canvi/

A lo largo del siglo XIV se han señalado las siguientes fases críticas por malas cosechas: 1331-33, 1343-46, 1367-69, 1376-77 y 1399-1400. La libre circulación de los productos alimenticios por toda la Corona de Castilla fue una de las primeras medidas tendentes a paliar los efectos de la carestía de alimentos, pero también hubo intervencionismo estatal: la crisis agraria de 1343-46 obligó a Alfonso XI (Cortes de Burgos en 1345) a prohibir temporalmente la exportación de vino y carne. De los años 1376-77 constan nuevas prohibiciones ante la carestía de alimentos, acentuada por la inseguridad climática y la falta de mano de obra. La crisis agraria continuó hasta 1425 en todos los reinos hispánicos siendo los rendimientos bajos y coexistiendo dos tipos de propiedad territorial, la grande en manos de los nobles, iglesias, monasterios y órdenes militares (en La Mancha, Extremadura y Andalucía) y la pequeña propiedad.

La mejora de la calidad de las lanas conseguidas a comienzos del siglo XIV (mediante el cruce de las ovejas churras con corderos merinos traídos del norte de África) facilitó la expansión de este comercio, constatándose que, desde finales del siglo XIII, en la Corona de Castilla se dictaron normas proteccionistas que prohibieron la exportación de muchos productos para garantizar el abastecimiento interior y el aprovisionamiento de caballos ante las necesidades bélicas. A partir de la segunda mitad del siglo XIV, y muy en especial a lo largo del XV, la extraordinaria expansión comercial de Castilla descansó en la exportación de materias primas: lana, hierro y productos agropecuarios (miel, frutos secos, arroz, aceite, limones, cueros, cera y vinos). Desde este siglo también se exportó azúcar de caña producido en Canarias, además de pescado, sustancias tintóreas y mercurio.

La política comercial de los monarcas castellanos durante la Baja Edad Media favoreció a los marinos cántabros y vascos, y determinó, en buena parte, la política exterior de Castilla durante la guerra de “los cien años”. A los mercaderes extranjeros que deseaban cargar mercaderías en Bilbao se les obligó a transportarlas en barcos vizcaínos (1397) y también se prohibió que las mercancías de otros países reexportadas desde Castilla viajaran en naves extranjeras (1398), favoreciéndose así el desarrollo de la marina mercante castellana. Burgos se convirtió, desde mediados del siglo XIII, en el gran centro de distribución de las mercancías que se exportaban e importaban, siendo un pequeño número de familias burgalesas las que monopolizaron este comercio. En Sevilla y otras ciudades andaluzas, grandes compañías mercantiles extranjeras, sobre todo genovesas, se quedaron con la mayor parte de las ganancias comerciales.

Una de las aduanas de Castilla estaba en Vitoria, en la ruta Burgos-Cantábrico, y en la que recorre el Ebro hacia Navarra y Aragón. A través de Burgos, Valladolid, Medina del Campo, Toledo, Córdoba y Sevilla, se unían los puertos cántabros y andaluces.

El comercio exterior catalán fue importante desde el siglo XIII, renovado con la conquista y repoblación de Valencia y Mallorca. La marina mercante y el comercio se vieron favorecidos por la estabilidad monetaria del dinero barcelonés y, desde 1370, del florín de oro. Hacia 1380, el hundimiento de la banca privada, la intervención creciente del poder político y la aparición del proteccionismo, coincidieron con una época de contracción económica que el comercio a larga distancia con el Mediterráneo oriental o con el mar del Norte, no lograron evitar. Los grandes centros comerciales de la Corona de Aragón fueron Barcelona, Palma y Valencia, mientras que Cataluña exportaba cereales, paños, papel, arroz, frutos secos, aceite, miel, azafrán, coral trabajado, instrumentos metálicos y armas; comprando cereales en el Languedoc o en Sicilia y exportándolos a Málaga (reino de Granada) a donde llegaba igualmente la sal del delta del Ebro.

A mediados del siglo XIV la ruta Valencia-Almería (reino de Granada) y la de Palma al norte de África aparecieron muy activas, existiendo colonias de mercaderes catalanes, valencianos y mallorquines en Almería, Granada y Málaga, con sus cónsules y factores, siendo uno de los objetivos la obtención de esclavos mediante la práctica de la piratería. En Barcelona se compiló el “Libre del Consolat de Mar” en el siglo XIV, siendo practicada la banca por judíos y lombardos. A principios del siglo XV se crearon en la Corona de Aragón las primeras “taulas de Calvi” (bancos públicos municipales y cajas de depósito para cofradías y particulares), siendo el primer banco de crédito público el de Barcelona (1401), siguiéndole los de Valencia y Palma, que a mediados del siglo XV operaron también en Castilla.

Villas, ciudades y comuneros



Plaza de Villalar con la iglesia y el rollo

Según Joseph Pérez las regiones donde tuvieron lugar los movimientos comuneros fueron Extremadura, Andalucía, Murcia, las provincias vascas y las dos Castillas. En Galicia también hubo movimientos contra los impuestos excesivos en Santiago y Mondoñedo, donde participaron monjes y otros eclesiásticos. La Junta comunera intentó ganar a Galicia para su causa, pero fue en vano pues la nobleza gallega aprovechó este conflicto para pedir una Casa de Contratación en A Coruña que comerciase con América y representación en Cortes. La población, de lo que se quejaba era de los altos impuestos y de los abusos señoriales, no de la centralización del poder real, ya que la mayoría del territorio era de señorío.

En Extremadura parece que Cáceres se unió a la Comunidad, dándose en Plasencia vivas a aquella y a los reyes (Juana y Carlos), uniéndose al bando rebelde en una mezcla de deseo de libertad y adhesión al rey con la lucha entre linajes locales, habiéndose dado casos en los que se aprovechó el conflicto para dirimir diferencias entre clanes. La importancia de las comunidades en la zona central de Castilla se debe a la existencia de muchas ciudades de realengo, es decir, libres, con hombres que no soportan una mengua de su libertad por la política del rey y sus colaboradores y según el cardenal Adriano, las ciudades andaluzas más comuneras fueron Jaén, Úbeda y Baeza, en el primer caso con vacilaciones y predominando reivindicaciones locales; en Cazorla, por ejemplo, el conflicto fue antiseñorial, no comunero, y el caso de Sevilla es también ejemplo de rivalidades aristocráticas.

Entre los comuneros cabe distinguir a los dirigentes, que tenían intenciones más bien políticas y los comuneros de “a pie” que se sumaron más con intenciones sociales. Los núcleos principales de movimiento comunero fueron Toledo y Valladolid, siendo la dirección Sur-Norte: Toledo, Segovia, Valladolid, Palencia; luego Madrid, Ávila y Medina del Campo; Zamora, Toro y Salamanca. Fuera de esta zona la revolución se debilita: Cuenca, Guadalajara, Soria y León. Burgos fue hostil al movimiento y las agitaciones en Murcia y las provincias vascas no siguieron a la Junta central sino accidentalmente. Según el censo de 1530, Sevilla era la ciudad más poblada de la Corona de Castilla con 45.000 habitantes (según Domínguez Ortiz, 60.000), seguida de Valladolid (38.000), Córdoba (33.000), Toledo (32.000), Jaén (23.000), Segovia (15.000, de los que casi 3.000 eran hidalgos y casi 700 clérigos), Baeza (14.200), Úbeda (14.100), Murcia (13.500), Salamanca (13.100) y Medina de Rioseco (11.300)[1]. Madrid solo tenía 4.000 habitantes y, según Domínguez Ortiz, Ávila, Alcalá de Henares, Burgos, Ciudad Rodrigo, Palencia, Plasencia y Zamora tenían menos de 9.000 habitantes (excepto la primera).

Las Comunidades, pues, se originaron y desarrollaron en la región más poblada y con una red de comunicaciones más completa en el siglo XVI, donde se encontraban los más importantes centros textiles: Toledo, Segovia, Palencia y Cuenca. Para Joseph Pérez había causas económicas en el movimiento comunero, pero este fue legalista: no propugnó la sustitución del orden legal vigente; exigen que se respeten las leyes, los fueros, las libertades locales contra la pretendida centralización de la Corte. Por ello no cabe hablar de movimiento revolucionario, no se discute al rey pero se le exige que acepte las posiciones de la Junta.

El movimiento comunero se inició en abril de 1520 en Toledo y terminó ente abril de 1521 en Villalar y febrero de 1522 en Toledo, pero no presentó un frente unido. La principal motivación de la revuelta no estuvo en la oposición a la corte de flamencos, sino a las contradicciones de la Castilla del siglo XVI: centro-periferia, nobleza-tercer estado. Cuando se disolvió la “gente de ordenanza” en 1517, las armas ya adquiridas por los municipios servirían, una vez robadas, para los comuneros, mientras que la burguesía de la época presentaba una división evidente: comerciantes exportadores de Burgos y el Cantábrico contra industriales laneros de Segovia y el interior.

En cuanto a la población campesina pesaban sobre ella derechos señoriales, diezmos, impuestos sobre la tierra, usura… y aún en el caso del campesinado libre, si estaba en territorio de jurisdicción señorial, quedaba sometido a una serie de tributos, especialmente el fuero y la martiniega, cuya finalidad era poner de manifiesto los derechos jurídicos del señor. Otros impuestos eran la pensión y el humazgo, el pedido, el yantar, el servicio, etc., pero no eran coincidentes en todos los lugares. Una prueba del malestar de los habitantes de señorío se pone de manifiesto en un relato de Bartolomé de las Casas: en 1518 reclutaba gente para ir a las Indias y preguntó a un viejo de más de 70 años de entre los varios que se presentaban, cual era la razón de querer ir a América, a lo que contestó que “a morirme y dejar a mis hijos en tierra libre…

Para los campesinos la renta de la tierra (los no propietarios) era la carga más gravosa de cuantas pesaban sobre ellos y entre los comuneros de 1520 se encuentran numerosos contratos de censos, que se habían extendido mucho en Castilla.


[1] Véase la importancia de Andalucía, 5 ciudades de un total de 11, y la meseta: 4 al norte del Sistema Central y Toledo al sur.

sábado, 14 de octubre de 2017

Paganismo y cristianismo


Dibujo del palacio de Spalato (actual Split, Croacia)

Según F. G. Maier, los creadores de las nuevas formas de vida en el Imperio romano fueron Diocleciano y Constantino, en el caso de este último por su decisión sobre el cristianismo, que el autor citado considera revolucionaria. Diocleciano reorganizó el ejército y amplió las obligaciones civiles de los ciudadanos para con el Imperio, se preocupó de la organización provincial burocratizando la administración como nunca lo había estado antes. La construcción del palacio de Sapalato ha sido considerado por algunos autores como el símbolo de un cambio: se trata de una fortaleza donde reside el emperador una vez se produjo su abdicación, pero también los altos funcionarios, su personal subordinado y una guarnición militar. Parece haber sido concebido como las grandes fortalezas que luego se conocerán en la Edad Media, pero muchos de sus elementos son clásicos.

La “Notitia dignitatum” es una fuente del siglo V que nos sirve para conocer la organización del Estado romano: los funcionarios de la Administración central eran el “magíster officiorum”, que se encargaba de la supervisión de los cargos cortesanos, la administración y las relaciones diplomáticas; el “quaestor” era el secretario de estado y ministro de justicia; los ministros de finanzas, entre los que se encontraban el “comes sacrarum largitionum”, responsable del fisco y el “comes rerum privatarum”, encargado de los ingresos privados del emperador. Los funcionarios de la Administración regional eran  los “praefecti praetorio” (4) que actuaban como virreyes en Galias (con Hispania y Britania), Italia (con África y los Balcanes noroccidentales), Iliria (el resto de los Balcanes y el Danubio) y Oriente. Las diócesis fueron divisiones de las cuatro prefecturas administradas por vicarios. Por último estaban las provincias administradas por gobernadores provinciales, que podían ser “consularis”, “procónsul”, “corrector” o “pareces”. En los límites había “dux”. Roma y Constantinopla fueron administradas por separado bajo el control de un “vicarius” imperial y por los “praefecti urbi” senatoriales.

Las residencias de la tetrarquía fueron Tréveris, Milán, Aquileia, Sirmio, Sardica y Nicomedia, residiendo Diocleciano, por lo general, en esta última. Constantinopla tuvo, como Roma, senado, capitolio, distritos, pan gratuito para la plebe, un palacio imperial y edificios oficiales.

La reforma fiscal de Diocleciano creó por primera vez la posibilidad de calcular previamente los ingresos del fisco y elaborar con ello un presupuesto estatal. La “annona”, el capítulo principal en el siglo III, derramaba en especie a los propietarios de tierras. Las legiones fueron reducidas a un tercio de su capacidad numérica, mientras que las formaciones auxiliares bárbaras pasaron a jugar un papel cada vez más importante.

A principios del siglo IV el cristianismo era aún una de tantas religiones de salvación de origen oriental, pero la única exclusivista, que obligaba a rechazar el sacrificio a las divinidades oficiales, por lo que era considerada peligrosa. Constantino no aspiró a imponer la exclusividad del cristianismo frente a otras religiones, no elevó nunca a religión única y oficial del estado al cristianismo, pero con su conversión, al final de su vida, arrastró a otros. Es curioso el testimonio del obispo Gregorio de Nisa (382) que dice: “cuando voy a la tienda y pregunto cuánto tengo que pagar, me responden con un discurso filosófico sobre el hijo engendrado y no engendrado del padre…”. Es la época de los “padres de la Iglesia”: Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona, Jerónimo, Basilio de Nisa, Gregorio Nacianceno, el citado Gregorio de Nisa y Anastasio de Alejandría. Los obispos eran las máximas autoridades eclesiásticas en cada distrito y eran elegidos por el pueblo (seguramente de forma irregular), y más tarde por el sínodo metropolitano; su autonomía era plena y a su autoridad docente y espiritual unía la jurídica.

En el siglo IV se formaron patriarcados a partir del concilio de Calcedonia (451), siendo sus sedes Alejandría, Antioquia, Constantinopla, Jerusalén y Roma, no poseyendo la autoridad dogmática nadie en particular, solo la asamblea de obispos, el sínodo, que podía congregar a los del ámbito metropolitano o a los de todo el patriarcado. El sínodo general o concilio ecuménico fue idea de Constantino y fue convocado y presidido por el emperador.

Al mismo tiempo surge el monacato con Antonio en Egipto (muerto en 356), Juan Casiano en Occidente (360-430), Benito de Nursia (480-547) y Casiodoro. Pero el mundo espiritual pagano y el cristianismo se hallaban íntimamente ligados, tanto en lo referente a las formas del culto y a las prácticas devotas como en la general creencia sobre la actuación de poderes invisibles en este mundo. Incienso, agua bendita y ornato de velas procedían del ceremonial de la Corte y de las festividades de los misterios; la virgen María, de la luna en relación con el culto a Isis; las navidades fueron fijadas en tiempos de Constantino por el aniversario del dios-sol el 25 de diciembre. El naciente culto de las reliquias, basado en la convicción de la acción mágica de su contacto, derivaba de concepciones paganas y las peregrinaciones tienen precursores y orígenes no cristianos (en el judaísmo).

En el primer cristianismo hubo varios teólogos que contrapusieron cristianismo y estado, como por ejemplo Tertuliano. Para Agustín de Hipona todo orden político era un orden perverso, de dominio del hombre sobre el hombre, y la cristianización de un orden basado en el poder no se veía como posible, pero lo cierto es que la relación entre política y religión (cristianismo) condicionó la política interior del Imperio y se fue imponiendo la idea de que el derecho de los emperadores a intervenir en temas religiosos y eclesiásticos procedía de que su autoridad era “divina”, aceptándose mayormente al emperador como cabeza de la Iglesia en Oriente que en Occidente.

El siglo IV es en el que los conceptos trinitarios se incorporan al catolicismo como consecuencia del debate con el arrianismo y la división de la Iglesia arranca ya de dicho siglo. Teodosio, por su parte, no se invistió ya del cargo de “pontifex maximus” y aquí comenzó la persecución del paganismo.

jueves, 12 de octubre de 2017

El jansenismo en España



Antigua imagen de Astorga (León)

A finales del siglo XVII se distinguían tres tipos de jansenismo: el de los que defendían las posiciones teológicas de Jansenio, el de los que aspiraban a una religiosidad más espiritual y primitiva, y el de los opositores a los jesuitas.

Los jansenistas impugnan el molinismo, que trató de conciliar la presencia divina y la eficacia de la gracia de Dios con la libertad humana, lo que fue aceptado por la compañía de Jesús: Dios prevé el uso que hará cada hombre de las gracias que reciba. Partidarios de una reforma católica a partir del jansenismo fueron Saint Cyran, Arnauld, Pascal y Quesnel. El abad de Saint Cyran había nacido en Bayona y estudió teología, habiendo conocido a Janseino e influyendo en Arnauld. Este nació en París y tuvo una formación polifacética (matemáticas, filosofía, teología) siendo clérigo. Pascal fue un estudioso del cristianismo, una apología del cual preparó en una época de turbulencias religiosas, pero abrazó el jansenismo, que es una corriente cristiana[1]. Quesnel fue, ante todo, el autor de una obra sobre moral, “Nuevo testamento en francés…”, que publicó en 1693, cuyas ideas fueron condenadas por la bula papal “Unigenitus” (Clemente XI) pero en 1713.

Tempranamente se había dado el jansenismo, y continuadamente, en Holanda y Bélgica, y quizá influyó en ello que Jansenio fue obispo de Ypres (al oeste de Bélgica). La ciudad contaba con una lonja de paños relacionada con su importante industrial textil desde la Edad Media, y una catedral gótica que se había construido sobre una iglesia románica anterior.

El mismo Bossuet sostuvo (1682) que el poder de la Iglesia y del papa se limita a lo espiritual; el rey no está sujeto a ningún poder espiritual directo o indirecto en asuntos temporales; el rey no puede ser depuesto por el papa como tampoco puede absolver a los súbditos del juramento de obediencia al rey. Aunque el poder espiritual pertenece por completo al Pontífice, está subordinado al Concilio general y el poder espiritual está limitado por las reglas del derecho canónico. Bossuet no cree en la infalibilidad del papa… a menos que toda la Iglesia esté de acuerdo con sus declaraciones dogmáticas.

Entre catolicismo y jansenismo se da la oposición entre un sistema eclesiástico nacional estrechamente relacionado con el poder político –sistema apoyado en la autoridad episcopal- y el poder absoluto del papa. Jansenio había nacido en 1585 (Holanda) y murió en 1638. En la Universidad de Lovaina tomó partido por el agustinismo contra los jesuitas y se relacionó con Duvergier de Hauranne, el introductor del janesinismo en Fancia. Jansenio escribió su “Agustinus”, un tratado acerca de la gracia, cuya aparición, dos años después de su muerte, ocasionó una gran querella. En dicha obra se pretende limitar la libertad humana partiendo del principio de que la gracia se otorga a algunos seres desde su nacimiento y a otros se les niega. Mientras que la escuela de Agustín de Hipona otorga mayores poderes a la iniciativa divina frente a la libertad humana, los jesuitas (Molina) los conceden a esta útlima.

El jansenismo en España se da en el último decenio del siglo XVIII y los dos primeros del XIX, pero no sigue la controversia teológica, sino la vertiente jurisdiccionalista. Las medidas desamortizadoras tuvieron sus partidarios incluso entre algunos elementos del clero medio un siglo antes de que se planteasen en las Cortes de Cádiz, y ello porque las propiedades temporales apartaban al clero de su verdadera función. El regalista Sempere y Guarinos, en su extensa obra, defiende ideas inspiradas en el jansenismo (no en su aspecto teológico) y sin duda alguna fue un ilustrado. Pero el ejemplo francés, de que los obispos, durante la Asamblea Constitucional, renunciaron a gran parte de sus bienes, no tuvo versión española, pero es cierto que el clero español puso sus riquezas al servicio del Estado cuando comenzó la guerra de 1808 (esto obedece a otras razones que no son las del convencimiento de que dichas riquezas debían ser públicas o pasar a manos de particulares).

Entre los jansenistas españoles pueden citarse a J. L. Villanueva, Vicente Blasco, Félix Torres Amat y el citado Sempere. El primero fue un eclesiástico y político nacido en Xátiva en 1757; diputado liberal en las Cortes de Cádiz, combatió a la Inquisición y fue miembro de la comisión que propuso la reforma de las órdenes regulares (1811). Condenado a seis años de reclusión en 1815, participó de nuevo en las Cortes de 1820-23, pero en este último año se exilió a Gran Bretaña. Blasco fue teólogo y filósofo, nacido en Torroella de Montgrí en 1735, fue rector de la Universidad de Valencia durante la guerra de 1808, pero también caballero del hábito de Montesa y canónigo. Torres Amat fue un religioso y escritor nacido en Sallent en 1772, de extraordinaria cultura, políglota y de espíritu liberal, fue obispo de Astorga.

En cuanto a las desamortizaciones, estuvo animado el debate, durante el siglo XVIII, por Campomanes, Jovellanos e Inguanzo. La mayoría de las medidas regalistas habían sido inspiradas por el primero para evitar la influencia de los regulares en hospitales y escuelas, algunos de cuyos ejemplos son los siguientes: prohibir la vestidura de hábitos a los menores de 20 años, prohibir la adquisición de bienes raíces por legado, prohibir la fundación de conventos sin rentas para sostenerlos, y prohibir la petición de limosnas para redimir cautivos.

Por su parte, Juan Antonio Llorente publicó, en 1819, un Proyecto de Constitución religiosa en el que pretendía volver al primitivo cristianismo, pero Josph Xavier Rodríguez de Arellano es el prototipo de prelado regalista[2].


[1] Ver http://ec.aciprensa.com/wiki/Blas_Pascal
[2] “El jansenismo en España”, María Giovanna Tomsich, Siglo XXI E., 1872.

lunes, 9 de octubre de 2017

Judíos contra Roma

La meseta de Masadá y sus restos arqueológicos


Gesio Floro, procurador romano en Judea desde el año 64 de nuestra era, cometió tantos abusos que soliviantaron a la población judía, lo que llevó al levantamiento del año 66 y la guerra subsiguiente hasta el 74.  El historiador Flavio Josefo hace responsables, por parte judía, a los defensores de la “cuarta filosofía”[1], entre los que se encuentran los zelotes.

Tras la muerte del rey Herodes Agripa (44 d. C.) los procuradores romanos que se fueron sucediendo soliviantaron más o menos a los judíos, creándose un clima de tensión contra la corrupción de los magistrados romanos (Cumano en torno a 50 d. C., Félix a continuación, Luceyo Albino y Gesio Floro, el cual hizo bueno al anterior, pues el historiador judío señala en su obra como se recordaba a Albino como bueno en comparación a Floro. Centros de protesta fueron, sobre todo, Cesarea Martítima (donde había población greco-siria y judía) y Jerusalén. En esta ciudad, ya Poncio Pilato había pretendido construir un acueducto con dinero del Templo; había situado escudos votivos (sin imágenes) con el nombre del emperador Tiberio en el “praetorium”, aunque el emperador ordenó retirarlos y ponerlos en el templo de Augusto en Cesarea Marítima, al darse cuenta de que era una actitud desafiante del prefecto.  De Floro dice Josefo que no solo no quiso evitar la guerra sino provocarla, pues sus abusos y rapiñas le llevaron a colaborar con bandoleros para enriquecerse. En Jerusalén, las provocaciones de Floro fueron tales que, para sofocar las protestas, infantes y caballeros romanos provocaron una masacre, haciendo que la tropa actuase “con una crueldad hasta entonces desconocida”, dice Flavio Josefo.

El procurador de Siria, Cestio, superior de Floro, fue informado de esto pero no pudo contener ni los abusos ni las revueltas judías, pues los más extremos (zelotes y “sicarii” no estuvieron dispuestos a soportar aquellos abusos y ofensas. Agripa II envió su apoyo a Jerusalén para secundar a los grupos judíos más moderados (sacerdotes entre ellos), con lo que se ve que el conflicto no fue solo contra Roma sino civil entre judíos, pero fue desbordado por las circunstancias. Eleazar, a la cabeza de los rebeldes, se hicieron con una parte de la ciudad y prendieron fuego a la casa del sumo sacerdote Ananías, al palacio de Agripa y al edifico que contenía los archivos, donde se encontraban los contratos y préstamos. Pero también entre los más rebeldes hubo enfrentamientos, particularmente entre los que siguieron a Eleazar y los que lo hicieron con Manahem, hijo de Judas el Galileo. Los de Eleazar aprovecharon una coyuntura que les resultó favorable para capturar a Manahem mientras oraba en el Templo, lo torturaron y lo mataron, acabando así mismo con la guarnición romana.

Otras ciudades donde hubo conflicto fueron Filadelfia, Gerasa, Pela, Escitópolis, Gadara, Hipo, Gaulanitide, Cadasa, Ptolemaida y Gaba. En Maqueronte la guarnición romana entregó la fortaleza a los judíos, mientras que fracasando el gobernador de Siria en sofocar las revueltas, se hicieron cargo de ello Vespasiano y Tito (67 a 70 d. C.) futuros emperadores. Durante esta guerra se produjo el asedio y destrucción de Jerusalén[2] por las tropas de Tito (año 70) y en aquel año se produjo la ocupación de las últimas fortalezas judías: Herodion, Maqueronte y Masadá. La primera está muy cerca, al sur de Jerusalén, sobre un altozano, habiendo pertenecido a los asmoneos; Maqueronte se encuentra en la región de Perea, en la actual Jordania, y Masadá junto al mar Muerto, último bastión de los zelotes.

La información que tenemos de esta rebelión y guerra de los judíos contra Roma es de Flabio Josefo, fariseo contemporáneo de los hechos que, aunque algunos historiadores lo han considerado prorromano, otros consideran que es una fuente fiable, pues también critica las divisiones entre los judíos (el resto de las informaciones lo proporciona la arqueología).

Los judíos tenían unas relaciones singulares con los ocupantes romanos: a épocas de colaboración obligada sucedían conflictos violentos. Los zelotes fueron el grupo que más intentaron mantener un enfrentamiento larvado con Roma, pero otros sectores como los fariseos fueron más colaboracionistas, además de los judíos más helenizados y con mayor capacidad económica, como es el caso de los saduceos, que solían monopolizar el sumo sacerdocio. El judaísmo no tenía, por tanto, cohesión, a lo que contribuyó la geografía dispersa del país y la inveterada disfunción religiosa respecto a los samaritanos. Además existían lazos de clientelismo, por lo que aquellos que se encontraban dependientes de los romanos tendían a mantener buenas relaciones con ellos.

El contexto histórico de la guerra del 66 es el de un mesianismo apocalíptico y liberador, según E. Pitillas, fruto también de la división de la sociedad judía desde la época asmonea, dinastía que consiguió independizar a los judíos en 164 a. C. del dominio del seléucida Antíoco IV. Este había decretado medidas que ponían en peligro costumbres muy arraigadas entre los judíos, como por ejemplo la circuncisión; contando con la colaboración de judíos helenizados, ello provocó la oposición del sacerdote Matatías (166 a. C.) en Modín[3], al noroeste de Jerusalén, lo que llevó al poder a la dinastía asmonea. Pero las tensiones no cesaron ente los que defendían a ultranza los cultos y ritos de la sociedad hebraica, la progresiva influencia helénica y la inquietante difusión del politeísmo. Las querellas dinásticas hicieron que Pompeyo, en el siglo I a. C., interviniese en los asuntos judíos, entre otras cosas porque fueron grupos judíos los que acudieron a la intervención romana para que apoye al asmoneo Aristóbulo o a Hircano, apoyado este por los fariseos.

La guerra del 66 no fue solo de tipo colonial, sino un conflicto social entre los propios judíos (zelotes, los más radicales, y los notables, inclinados a Roma). El zelote Eleazar ben Simón, hijo del sumo sacerdote Ananías, llegó a suspender el sacrificio diario en honor del emperador romano, y esto llevó a Flavio Josefo a coordinar las fuerzas judías en Galilea contra el Imperio, estando durante cuarenta y siete días soportando el asedio de Jotapata[4] antes de entregarse a Vespasiano. El episodio consistió en una carnicería donde miles de judíos murieron.

Flavio Josefo –dice Eduardo Pitillas- escribió una obra que pretendía convences al público helenizado, pero no ahorró cifras a la hora de cuantificar las masacres llevadas a cabo por Roma y por sus compatriotas. Josefo interpreta que los sumos sacerdotes no pudieron encauzar el conflicto y se vieron desbordados por los acontecimientos, siendo Jerusalén el escenario de un brutal enfrentamiento civil, donde se dio tanto el radicalismo como el bandidaje. El emperador Tito decidió, por su parte, no destruir el templo, pero el ejército romano se empleó en brutales matanzas, lo que por otra parte era habitual en todos los ejércitos del mundo antiguo.

(Fuente: “El origen de la revuelta judía contra Roma…”, E. Pitillas Salañer).


[1] Partidarios de la libertad a cualquier precio, sin admitir ningún tipo de dominación exterior, en este caso romana. Uno de sus adeptos es Judas el Galileo. Esta intransigencia, que choca con la contemporización de una parte del pueblo judío, no podía traer sino desórdenes y conflictos.
[2] Además del impacto religioso, el templo era una maravilla arquitectónica en su época, según Levine y E. Pitillas.
[3] Antigua el-Midya.
[4] Al norte del actual Israel. Es la moderna Yodfat.

domingo, 8 de octubre de 2017

Puertos cantábricos de Galicia

Jábega (http://www.e-fuengirola.net/amf/jabega/jabega.html)


En la Secretaría de Marina (s. XVIII) constan veinte puertos de la provincia de Mondoñedo, entre la desembocadura del Eo y Estaca de Bares. Algunos de estos puertos son Ribadeo, Foz, Burela, San Ciprián, Celeiro, Viveiro, Bares y O Barqueiro, pero las condiciones de portuosidad eran mediocres debido a los bancos de arena y los vientos del norte. Solo Viveiro y Ribadeo participaron en el comercio exterior durante el último tercio del siglo XVIII; dedicándose el resto a la pesca y al tráfico de cabotaje. Casi todos eran puertos de señorío, salvo Viveiro y Cilleiro que eran de realengo. De la jurisdicción del obispo de Mondoñedo eran Bares, O Barqueiro, Fazouro, Foz, Morás, Nois, Portocelo y San Ciprián. De la jurisdicción del duque de Híjar eran Ribadeo y Rinlo; de la casa de Quiroga, Burela; del marqués de Alcañices, Negradas y San Román del Valle.

La matrícula de mar reglamentaba la actividad pesquera, estando el litoral gallego dividido en cuatro partidos o provincias de marina: Ribadeo, A Coruña, Pontevedra y Vigo (1750); posteriormente se constituyeron los partidos de Viveiro, Ferrol y Pontevedra. Dicha matrícula había sido establecida por Patiño en 1737 y estructurada en 1748, implicando un monopolio a favor de los gremios de pescadores, a cambio de lo cual debían prestar servicio en los buques de guerra del Estado, lo que llevó, por ejemplo, a que en Viveiro, en la provincia marítima de Viveiro (1776) hubiese más marineros sirviendo en los barcos de guerra que dedicados a la pesca (439 y 398 respectivamente).

Sin embargo, la pesca en el siglo XVIII no tuvo la importancia que en el XVI, cuya prosperidad continuó hasta mediados del XVII, siendo las causas de la decadencia las guerras de 1640 y 1668. Otra cosa es el aumento del número de embarcaciones de pesca entre Bares y el Eo: más de 50 a principios del XVIII; en 1730, 70 barcos; en 1738, 80 y en la segunda mitad del siglo 50. Véanse los siguientes datos sobre el número de barcos de pesca en los puertos gallegos del Cantábrico teniendo solo en cuenta los más importantes:


1738
1750
1754
1776
Ribadeo
4
16
14
4
San Ciprián
15
7
10
3
Celeiro
16
3
7
12
O Barqueiro
14
5
8
14
Viveiro
5
4
6
28







El lino el y cáñamo tuvieron gran importancia como mercancías, procedentes del norte de Europa: el objetivo era la industria del lienzo extendida en las provincias de Mondoñedo y Lugo. En cuanto a la pesca las principales capturas eran de sardina: Viveiro y Celeiro capturaban casi el 90%, siendo otras especies el congrio, la merluza, la raya, la mielga[1], el rodaballo y la solla. En torno a 1720 se dio una fase decisiva en la captura de cetáceos, destacando los puertos de Foz, Burela y San Ciprián, que habían sido bases balleneras muy prósperas. El auge de la captura de cetáceos se dio en el s. XVII: grasa y aceite para comerciar, estando las bases balleneras en Malpica, Caión y Cedeira en el Atlántico.

El número de mareantes en activo varió entre 1727 y 1776: de 257 a 197, con un máximo en 1771 de 661. Las causas son que muchos marineros fueron llamados a prestar servicio en la Real Armada (en 1780 la mayoría de los 13.000 gremiales de Galicia estaban exentos) y la prohibición de pescar a los “terrestres” (los no inscritos).

Las artes eran el “xeiro” para la sardina (de agosto a febrero; la “traíña”, “rapeta grande” y el “chinchorro”; “volantes” para la merluza; para el congrio, la cuerda con anzuelos; “rascos” para la langosta, centollo, raya, rodaballo y solla. Para ostras, “rañós” o “angasos” de madera. Para salmones y reos, “fisgas”. Hubo libertad para utilizar la jábea (1772), tipo de red introducida por catalanes.

El Tratado de Utrecht (1713) vino a menguar el privilegio de España, que pasó a los importadores extranjeros. El diezmo de la mar, por su parte, dio origen a muchas disputas: a favor del obispo de Mondoñedo y de otros señores, en Ribadeo lo cobraba el duque de Híjar; en Foz, Burela, Cilleiro, Bares y O Barqueiro, el cura respectivo y en San Ciprián el cura y el obispo de Mondoñedo. Este asunto provocó varios pleitos y se fueron sucediendo el intervencionismo (1704), los privilegios (1711) y el liberalismo económico (1714). 

(Fuente: "Economía marítima de la Galicia cantábrica en el siglo XVIII", A. Meijide Pardo, 1971.


[1] Una especie de pequeño tiburón.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Protohistoria en Extremadura

Yacimiento de La Ayuela


De la protohistoria extremeña existen varios yacimientos arqueológicos que han estudiado no pocos autores[1], algunos desde hace casi un siglo. Son los de La Mata de Campanario, Cerro Manzanillo, Mata y Media Legua 2, Los Caños, El Chaparral y La Ayuela, todos ellos correspondientes a los siglos VII-V a. de C., influidos por culturas orientales como un área periférica de Tartessos. Estos yacimientos permiten apreciar una cierta diversidad en la penillanura cacereña y en otros lugares más elevados.

Salvo en el caso de La Ayuela, yacimiento que se encuentra en una loma cercana a un afluente del río Salor, los demás mencionados se relacionan hidrográficamente con la cuenca media del Guadiana. Los habitantes del caserío de Cerro Manzanillo eligieron, hacia finales del siglo VII a. C. el piedemonte septentrional de un pequeño promontorio a una altitud de 262 metros que les permitía el control visual del entorno. Los pastos y la leña utilizada han sido detectados por los autores citados, encinares entre otros.

La Mata se encuentra en una loma rodeada en parte por un arroyo que desagua en el río Molar, afluente a su vez de Zújar, y se encuentra a 356 metros. Allí los habitantes de la segunda mitad del siglo VI y el V se dedicaron a la ganadería y la agricultura, gracias a los espacios ocupados por dehesas. El yacimiento de Media Legua 2 presenta un caso parecido, no lejos de La Mata. La disponibilidad de tierras aptas para la agricultura, bosque y pastos permitió también los asentamientos de Los Caños y El Chaparral, fechados en el siglo V a. C. El primero a unos 536 metros de altura contó y cuenta con tierras de riveras y manantiales, mientras que El Chaparral se encuentra a 265 metros de altura.

El yacimiento de La Ayuela, fechado entre finales del siglo VII y el V a. C., presenta ciertas características diferenciadas de los otros, como su arquitectura, encontrándose a una altura de 372 metros con amplia visibilidad del entorno. Los arqueólogos han ido denominando a estos yacimientos con términos varios: granjas, cortijadas, caseríos, aldeas, etc. Caserío es como denominan nuestros autores al conjunto de Cerro Manzanillo, un pequeño núcleo agrícola de unos 600 m2 de superficie en torno a un amplio patio empedrado, canalizado y no totalmente cerrado. En dicho yacimiento se han podido apreciar un espacio doméstico, otro para el laboreo y el almacenaje y otro para la fabricación de objetos metálicos, además de basureros y varias rampas empedradas para el acceso. El espacio doméstico está formado por varios habitáculos de planta angular, en torno a dos de los flancos del patio, estimándose que podrían vivir ahí unas tres familias (15 personas ligadas por parentesco). Se han excavado dos almacenes elevados y una fragua, teniendo los almacenes una capacidad estimada para más de 7.700 litros de cereal. El lugar fue abandonado pacíficamente a mediados del siglo VI a. C.

La Mata de Campanario es una imponente construcción inspirada en otras orientales de prestigio, con doble planta, fachada torreada y un foso que delimita una superficie de 2.500 m2. Cada una de las estancias (domésticas y de almacén) son estrechas y alargadas, existiendo en uno de los extremos un lagar de vino. También más de cincuenta molinos de vaivén y la capacidad de almacenamiento de los trojes para cereal y leguminosas, ánforas y vasos de gran tamaño se ha estimado en 25.000 litros. Se trata de un edificio señorial para 15 ó 20 personas que, en torno a 400 a. C., fue pasto de un incendio. Los autores aportan datos sobre la captación de rocas y sedimentos en este yacimiento, así como sobre su necrópolis.

De la misma época son los yacimientos de Media Legua 2 y La Carbonera, el primero distante 3,5 km. de La Mata. Tiene unos 1.000 m2 de extensión con dos estructuras circulares de piedra de un diámetro de 2,5 m. que parecen ser hornos-tahona. La Carbonera se parece a La Mata, con construcciones que han sido interpretadas como sacras o palaciales. Otras edificaciones tendrían una función habitacional, distribuidas en unos 754 m2: plantas rectangulares, hogares, un empedrado, una zanja de drenaje y una estructura pétrea de planta circular similar a las de Media Legua 2.

En el siglo V a. C. se sitúan los yacimientos de Los Caños (en Zafra) y del Chaparral. El primero fue un caserío con fines agrícolas de unos 200 m2, con diversas estancias alrededor de un patio parcialmente empedrado, siendo la economía exclusivamente local, salvo en lo que se trata de unos hornos alfareros. Chaparral tiene una superficie de unos 500 m2 y La Ayuela se encuentra no lejos de Aldea del Campo, con 780 m2: se trata de un edificio único, articulado en torno a un gran patio central de más de 140 m2, obra relacionada con otras orientales y habría tenido sus funciones entre finales del siglo VII y el V a. C., habiéndose encontrado objetos de prestigio.


[1] Entre otros David Duque Espino, Alonso Rodríguez Díaz e Ignacio Pavón Soldevila: “Tierra y poder…”.

martes, 3 de octubre de 2017

Lupicio y Romano...



Monasterio de l'Aiguille, en el sudeste de Francia
(http://www.monestirs.cat/monst/annex/fran/lleng/croman.htm)


La Galia
meridional puede ser un ejemplo del decaimiento económico, las relaciones de producción y el estado de guerra al final de la Antigüedad y en la alta Edad Media. Cuando a principios del siglo V una serie de tribus se dieron al saqueo en territorio romano, la región citada no fue una excepción, convirtiéndose incluso en un hábito. La principal misión de rey o del jefe militar –dice Pablo Sarachu[1]- era la obtención del botín, el cual debía compartirse entre los “fideles”. Las relaciones de don y contra don dominaban el sistema político, obligando a los soberanos a reanudar constantemente la maquinaria bélica.

El botín no se empleaba para invertirlo productivamente, sino para poder obsequiar buscando establecer obligaciones por parte de los agraciados, y ese botín no solo se practicó fuera del territorio, sino dentro del propio. Las guerras eran de corta duración, como la empresa, por ejemplo de Clodoveo, que se formó a partir de muchas pequeñas batallas. Por otra parte había bandas armada que se integraban en los ejércitos “regulares” para dedicarse al pillaje. Los ejércitos seguramente eran pequeños y las poblaciones que no lograban huir a un lugar seguro tenían que enfrentarse a la pérdida de su ganado y a la devastación de sus cultivos. El “Liber Constitutionem”[2] está plagado de referencias a delitos menores, y Cesáreo de Arlés (ss. V y VI) pronunció sermones donde hacía referencia a robos y conflictos cotidianos.

En el año 500, por ejemplo, la ciudad de Vienne (a orillas del Ródano y al sur de Lyon) sufrió un sitio que finalizó con una matanza masiva de su población y se da la paradoja –según Halsall- de que estando los ataques a las ciudades a la orden del día, sus murallas estuviesen casi siempre destruidas. Esto se debe a la imposibilidad de las autoridades para contratar mano de obra con el fin de restaurar las defensas. Cuando la guerra coincidía con una catástrofe natural, incluso el mero paso de un ejército por una comarca podía producir males mayores, como ocurrió durante el viaje de Rigunta[3] desde París a Toledo. En otro orden de cosas el mantenimiento de la disciplina en el ejército, al estar formado heterogéneamente, era cosa difícil.

Los ejércitos estaban formados por guerreros de los “reguli” francos, séquitos privados de la aristocracia, descendientes de los “milites” romanos y aliados bárbaros. Dada la progresiva militarización de las aristocracias, sus fuerzas se acrecentaron durante el siglo VI, contribuyendo a ello la crisis del sistema fiscal, pues a las autoridades cada vez les fue más difícil cobrar impuestos, y los séquitos privados crecieron en beneficio de los campesinos capaces de armarse. Uno de los objetivos específicos de las campañas militares fue la toma de prisioneros para ser vendidos como esclavos o negociados como rehenes, de lo que nos habla, entre otras fuentes, Gregorio de Tours (s. VI). Por su parte, el concilio de Orleáns, en el año 549, denunció que libertos de la Iglesia estaban siendo reducidos a la servidumbre.

Las huidas estaban a la orden del día, particularmente de esclavos burgundios hacia territorios controlados por los francos, y la rebeldía de la mano de obra esclava también se expresaba mediante la violencia.

Se produjo en los siglos estudiados una radical transformación del hábitat rural, consistente en la desaparición de las “villae” y el surgimiento de núcleos campesinos independientes sometidos a lazos de subordinación débiles. La desaparición de las “villae” en el área estudiada, se acelera a partir del 500, aunque algunos autores sostienen que permanecen grandes propiedades rurales, lo que se ha podido comprobar en Provenza. Cesáreo de Arlés, obispo en las primeras décadas del s. VI, condenó ciertas maniobras mediante los cuales los ricos se apoderaban de las tierras de sus vecinos más pobres. Comienza a ocuparse grutas y sitios en altura, a veces sobre antiguos “oppida” prerromanos en los que se construyen murallas. A veces esto fue debido a calamidades bélicas, pero hay ocupaciones que se remontan al siglo V y tienen continuidad hasta el VII; otros lugares presentan construcciones eclesiásticas, que han sido vinculadas a la organización de la Iglesia cristiana, lo que llevó al traslado de la prefectura de las Galias a Arlés. Todos estos casos, sin embargo, eran lugares fortificados ocupados por campesinos.

En cuanto a las grutas se las ha supuesto refugios, santuarios y talleres artesanales, abrigo para poblaciones pastoriles y habitación de eremitas. La población se redujo en número al empobrecerse de forma generalizada, se simplificaron las estructuras económicas (aunque hay divergencias microrregionales) y continuaron, en algunas zonas, la extracción de metales y la artesanía. La depresión agrícola degradó la salubridad y surgieron epidemias con frecuencia.

En la Galia las superficies cultivables se contraen y los suelos marginales se transforman en bosques o baldíos, pero aún se notan diferencias sociales en la riqueza del ornamento, que es un signo de distinción. La retracción de la economía influyó negativamente en los circuitos comerciales, que dependían de la capacidad de las aristocracias para extraer el excedente de los campesinos, pero la circulación comercial siguió siendo intensa avanzado el siglo VI. Se contrajo el comercio de bienes de lujo y el de productos básicos, quedando Marsella como único puerto marítimo de la región.

Existe no obstante una controversia sobre si los intercambios mediterráneos no se vieron afectados hasta las conquistas árabes (Pirenne) y quienes, como McCormick dicen que esto ya se dio entre los siglos V y VII. En todo caso la economía doméstica no se supeditaba ya a vínculos estables de producción, se redujeron los impuestos pero las exigencias en especie por los grandes propietarios del “midi” continuaron, aunque aquellas fueron menores que las que los campesinos debían satisfacer al Estado con anterioridad. La imposibilidad de mantener una mano de obra estable llevó al trabajo a muchos eclesiásticos, como por ejemplo Lupicio y Romano, que tuvieron que dedicarse a las labores agrícolas en los inicios del monasterio de Condat (sur de Fancia). En el concilio de Epaone (517, sureste de Francia) se prohibió a los abades liberar esclavos donados a los monjes porque se estimó injusto que estos trabajaran en el campo mientras los primeros gozaban del ocio: es uno de los ejemplos más claros en los que las condiciones materiales condicionan la conciencia…


[1] “Guerra, relaciones de producción y economía en la Galia meridional post-romana”. 2012.
[2] Debe de haber más de uno con este título.
[3] Hija de Chilperico I de Neustria, cuya hija viajó para desposarse con el godo Recaredo.