jueves, 17 de agosto de 2017

"Muries" de villas en el noroeste de Hispania



Villa romana de Veranes

Parece que las minas del noroeste de Hispania dejaron de explotarse durante el primer tercio del siglo III, pero a juicio de Santos Yanguas no están claras las causas: agotamiento del mineral, falta de mano de obra, fin de la rentabilidad… El mismo autor señala que no es posible que la escasez de mano de obra esclava fuese una causa determinante, puesto que a lo largo del siglo II estas labores fueron realizadas ya por mano de obra libre. Una de las causas más sobresalientes fue la decadencia general del Imperio, mientras que continuó la reparación de calzadas y el encuentro de tesorillos durante el bajo Imperio parece demostrar que un cierto grado de explotación minera continuó.

Santos Yanguas considera que puede dividirse la ocupación romana del noroeste hispano en tres etapas: desde las guerras cántabras hasta mediados del siglo II, hasta el último tercio del siglo III y hasta la primera mitad del V, época en la que se desarrolló la mayor y más intensa colonización agrícola, a partir de la cual se produjo la tardía romanización del noroeste, pero esto no quiere decir que no se conservaran estructuras económicas propias de época prerromana y, en todo caso, no se extendieron por todo el norte los elementos más característicos de la vida urbana romana, el empleo masivo de mano de obra esclava, la propiedad privada y el uso de la moneda.

A partir del siglo II, pero sobre todo de los siguientes, aparecen abundantes villae, cuya existencia conocemos por sus posesores o dueños, que han perdurado en los nombres de lugar. Durante la última etapa la labor romanizadota, además, correspondió a la Iglesia, que se dio de forma casi exclusiva en le campo económico. Los fundos o villae fueron de pequeña o mediana extensión, contrariamente a lo ocurrido en otras partes de Hispania y del Imperio. La arqueología ha permitido descubrir lujosas villae en especial en la zona meseteña del territorio astur, con mosaicos y otros elementos, mientras que al norte de la cordillera Cantábrica la mayor parte son del siglo IV, pues no aparecen mencionadas por los escritores antiguos. Los nombres de lugar terminados en –ana han sido estudiados por C. Bobes.

Aunque la crisis que sufrió el Imperio desde el siglo III afectó a muchos aspectos, las villas del noroeste continuaron pujantes desarrollándose una vida agropecuaria a la manera romana. So ejemplos las de El Pedregal (Andallón), las Murias de Beloño (Celero), la Isla (Colunga), Campo de Valdés (Gijón), Cabruñana (Grado), Pauzana (Lugo de Llanera), Viella o Monte las Murias (Lugones), Lillo (en el Naranco), Paraxuga (Oviedo), Boiddes (Villaviciosa), La Magdalena de la Llera (Santianes de Pravia), las Murias de Ponte (Soto del Barco), Pumarín (Tremañes), Torre Vieja (Valduno), Mamorana (Lena) y Villarmosén, que cuando el autor al que sigo escribió su obra se encontraba sin localizar. Se cita a Veranes (Gijón) sin más porque quizá su excavación es posterior, pero su pervivencia dio una basílica paleocristiana.

La de Campo Valdés, por ejemplo, contó con termas anejas que se nos han conservado, siendo parecidas en importancia las de Tremañes, Pumarín y de Serín y Jove. De la villa de Boides se conservan noticias en época medieval, contando también con termas independientes. En Vega del Ciego (Lena) se ha descubierto un plano parcial que pudo ser en época medieval el lugar llamado castello Memorama. Se han conservado cuatro piezas principales separadas de dos en dos por un corredor central; la habitación más cercana al ábside podría ser el triclinium y algunos restos numismáticos y cerámicos se guardan hoy en el Museo Arqueológico de Oviedo.

En la ciudad de Oviedo pudo haber una villa de la primera mitad del siglo IV y en las proximidades de la capital, las villas de Folgueras (Lugones) y las de Liño, Villarmosén, Villamar y Constante, todas ubicadas en las faldas del monte Naranco, habiendo aportado la de Liño ciertos documentos epigráficos

En Tremañes de Abajo (Tineo) se han descubierto restos que delatan la existencia de una posible villa, e igualmente en Sobrerriba (Cornellana), todas ellas centros de explotación agrícola y ganadera cuyas actividades se extendieron, en algunos casos, a época visigoda. En Natahoyo, junto a Gijón, pudo haber otro centro de explotación agropecuaria, pues en las donaciones de reye medievales se encuentran con frecuencia alusiones a villas como las de Vellio, Vones, Fozana, Gotos, Liédena o Arbolies.

La mayoría en la actual Asturias se encontraban en la región litoral o en los diferentes valles fluviales, donde han perdurado formas del trabajo agrícola indígena y romano. En la meseta, en cambio, se encuentran más mosaicos, pero tanto en unas como en otras (al norte o al sur de la cordillera Cantábrica) se ha dado un tipo de agricultura intensiva muchas veces en manos de mujeres, sobre todo entre los astures augustanos. La mano de obra, más que esclava, fue semiservil o mediante colonos con un mayor o menor grado de libertad económica, pero dependiente de la familia dueña de las villas.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Derecho antiguo y rural

Palacio de Gobiendes en Colunga

Es muy interesante el trabajo de Amable Concha González (1) sobre la antropología jurídica en Asturias a partir de la obra de H. Maine, “Ancient Law”. Hay una serie de voces en el conjunto de costumbres jurídico-políticas asturianas: derrota, vecera, andecha, adras, sextafeira…, “costumbres, que todavía viven hoy en un rincón de nuestras montañas”. Las magnitudes ecológicas que deben tenerse en cuenta –dice el autor- son las poblaciones humanas, los animales domésticos, los espacios cultivados, el trabajo… Según F. Barth (2) las formas más territorializadas y políticas terminaron difundiendo sus estructuras a las más parentales y menos políticas si existía algún tipo de interdependencia.

 

En Asturias perduraron reminiscencias de una “constitución agraria indoeuropea”, de forma que lo primero es el valor de la costumbre como fuente del ordenamiento jurídico. Los conjuntos tumulares en los límites entre Riosa, Llena y Quirós, los de La Pasera (Noreña y Llangreu), La Paraza (Llangreu y Sieru), El Picaxu (Llangreu y Oviedo) así como otros, tienen su origen en la época del bronce, “aún reconociendo unos antecedentes megalíticos del proceso”. Incluso el autor señala que cuando el Derecho romano se impone, aún permanecen las costumbres ancestrles como leyes conviviendo con los magistrados per Asturiae et Gallaecia. Con Augusto se abolió el procedimiento de la legis actiones, que solo quedó en vigor para algunos casos, por lo que es dudoso que se aplicase el ius civile en la Asturias transmontana.

 

El segundo de los principios de las normas consuetudinarias es el valor fundante de la comunidad, que tiene un componente espiritual. El “común”, la asamblea comunal, busca una justicia armónica, con acuerdos plenamente consensuados que no conocen de mayorías y minorías. La regla de la mayoría no parece haber sido conocida por las primitivas asambleas indoeuropeas. El autor se pregunta si los pagi, vici, conciliabula, fora, son organizaciones preexistentes o contemporáneas de la ciudad-estado.

 

En principio poco hay que no pueda llevarse a conceyu, a concejo, como tampoco era posible “salvar” el voto cuando no se ha estado de acuerdo con la decisión adoptada. Las convocatorias no pretenden garantías, el orden del día o los sistemas de votación, sino el consenso social sobre los temas que atañen a la comunidad. En la práctica encontramos la prestación personal, que se entiende debida para con el patrimonio comunal: mantener plazas, caminos, manantiales, abrevaderos, fuentes, lavaderos, corrales, montes y riberas de los ríos… Cada vecino debe prestar personalmente el tiempo y el trabajo para la consecución de aquellos fines. Pero también el concejo puede decidir que el vecino arregle su casa, o los muros de sus propiedades si presentan un aspecto indecoroso.

 

El proceso de territorialización de los “linajes” permite la reproducción de los valores de estas organizaciones humanas, por lo que se llegó a dar una identificación entre comunidad y territorio. En cuanto a la condición de vecino, se era si se consideraba a cada uno como tal, pues podría darse el caso de alguien que no lo fuese por haberse avecindado recientemente o por no pertenecer a uno de los linajes vecinales; o bien no se dejaba de ser vecino cuando se emigraba a otro lugar (se volviese al de origen o no). Vale la frase es vecino quien puede... En cuanto al cristianismo, propugnó y defendió la comunidad.

 

Este derecho consuetudiario sobrevivió porque Roma no pudo ocuparse, con la misma intensidad, de extender sus leyes a todos los confines del imperio; pensemos en valles encajados, aislados, pequeñas comunidades alejadas de toda civitas. Roma empezó a considerar municipios a los que previamente eran ciudades en el sentido clásico del término.

 

La comunidad da por supuesta la obligación de participar en las asambleas y decisiones, así como aceptar los cargos públicos, desde los vistores elegidos por turnos rotatorios en las parroquias de Tinéu, Allande, Cangas e Ibias, hasta los alcaldes y celadores elegidos por el conceyu en la zona oriental de Asturias. Los sistemas de elección eran las suertes o rotación, que presumían la aceptación solidaria. Y esta solidaridad permitía una cierta redistribución de la renta. Cuando el concejo fija a priori los precios en que los vecinos que andechen habrán de pagar el kilogramo de res accidentalmente muerta a cada convecino, se establece un sistema de ayudas.

 

El predominio de la propiedad plural no fue óbice para que existiese la propiedad privada detentada por individuos y familias nucleares. De igual manera no debe confundirse la propiedad comunal (plural) con la pública.

 

(1)     “Una aproximación a la antropología jurídica de Asturias”.

(2)     “Los grupos étnicos y sus fronteras…”, F. C. E., México, 1976.

 

 

viernes, 11 de agosto de 2017

Astures contra Roma

Río Pisuerga en su curso alto

Carmen Fernández Ochoa considera que los enfrentamientos de los astures contra los ejércitos romanos estuvieron condicionados por los acontecimientos al sur de la cordillera Cantábrica (1). Esta autora cita a Floro, que a su vez habla de las incursiones devastadoras que hacían los cántabros sobre los pueblos de la meseta norte: vacceos, autrigones y turmógos. Queda por saber si los astures que asolaban la meseta del Duero eran los cismontanos o también los trasmontanos, porque lo cierto es que las dificultades físicas y las distancias no eran pocas.

 

Pero según los historiadores modernos, las causas de las guerras cántabras son varias: en primer lugar la riqueza minera de Asturias en un momento en que Roma necesitaba numerario, exhausta como estaba por la guerra mitridática, la piratería y los conflictos civiles protagonizados por jefes militares.

 

Asturias era rica en oro, malaquita y minio, hasta el punto de que Augusto ordenó que se explotase el suelo. También hubo motivos políticos y estratégicos, como el establecimiento de una frontera defensiva. Los historiadores clásicos que se han referido a las guerras cántabras son Dión Casio, Livio, Estrabón, Silio Itálico, Valerio Patérculo, Horacio y Orosio. Las fuentes arqueológicas son las monedas, sobe todo las de Carisio.

 

Otro aspecto discutido es el de algunos episodios militares, como la retirada del monte Vindius (Monte Blanco para algunos) (2) y la localización del monte Medulio, que algunos dicen en la desembocadura del Miño, otros en el Bierzo (entre las provincias actuales de León, Lugo y Ourense) y otros en el alto Miño. Entre las tre provincias actules citadas han aparecido el mayor número de monedas con la caetra. Parece haber acuerdo en que los galaicos no participaron en estas guerras cántabras, o quizá sí en el episodio del monte Medulio, que algunos dicen se produjo en 22 a. C. Roma estableció varios campamentos con el objeto de dominar una línea de 400 kilómetros: uno en Sasamón, otro en Astorga y otro en Braga. El historiador Syme sitúa lo más crudo de la guerra en Cantabria (año 26 a. C.) donde habría tenido lugar la batalla de Vellica, la actual Helechi (algunos la identifican con Monte Cildá). Este historiador –y otros le siguen- no admite que los ejércitos de los tres campamentos citados actuasen al mismo tiempo, pues también es partidario de excluir a Galicia en los enfrentamientos (en el alto Miño estaría la frontera entre galaicos y astures). A. Montenegro, por su parte, sitúa una importante batalla en Bergidum (cerca del actual Cacabelos, León). Después de la victoria de Monte Medulio los romanos establecieron un campamento en el lugar de la actual Lugo, base de la futura ciudad.

 

Tal importancia debió dar Augusto a la dominación del noroeste que decidió trasladarse  Hispania a fines del 27 o principios del 26. Ya en Tarragona, mandó abrir las puertas del templo de Jano, nombrando responsable de Lusitania a Publio Carisio. Augusto se dirigió a Cantabria estableciéndose en Sasamón, siguiendo una línea de penetración hacia el norte Pisuerga arriba y luego Besaya abajo. Luego parece que Augusto se dirigió contra Aracillum (Aradillos, en las fuentes del Besaya) con la ayuda de la escuadra desde el mar.

 

En el año 24 los astures o los cántabros, según relata Dión Casio, ofrecieron trigo al gobernador romano, pero dieron muerte a los soldados que se acercaron para llevarlo. El gobernador atacó a los indígenas venciéndoles y cortando las manos a los que fueron hechos prisioneros.

 

Los pueblos del norte estaban acostumbrados a luchar mediante guerrillas en zonas montuosas, no como los romanos, que preferían enfrentar batalla en llano. Los brigaecini de la zona de Benavente, por su parte, informaron a Carisio de las intenciones de los astures, que fueron vencidos y, los que pudieron escapar, se refugiaron en Lancia (Villasabariego), (3) pero Carisio sitió Lancia y la rindió.

 

En Cantabria aún habría un acto final que tuvo como protagonistas a los que habían sido vendidos como esclasvos en la Galia que, vueltos a su tierra, atacaron a los campamentos romanos. Es difícil saber que grupos étnicos fueron los protagonistas de este último acto de guerra, al igual que otros anteriores: las etnias protohistóricas se extendían desde el Cantábrico hasta el Bierzo, con Aracillum al este y el Miño al oeste. La autora a la que sigo señala que “es muy posible que los astures trasmontanos participaran activamente en las Guerras Cántabras, ayudando unas veces a sus vecinos del sur”, lo que parece indicar que el grueso de la oposición vino de los astures y cántabros cismontanos, así como serían estos los que atacaban a los pueblos cerealeros del Duero.

 

Sin descartar otros levantamientos indígenas después del 19 a. C., lo cierto es que Roma se dispuso a explotar las riquezas mineras estableciendo en el norte tres legiones, en tiempos de Tiberio, la VI Vixtrix en Lugo, la X Gemina en Rosinos de Vidriales y la VI Macedónica en Segisama.

 

(1)     “La conquista de Asturias por los romanos”, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, núm. 104.

(2)     Algunos dicen que se trata de las sierras de Híjar, Coriza, Peña Labra.

(3)     No hay acuerdo sobre la localización de Lancia (si en la actual provincia de León o en la de Zamora).

 

 


 

miércoles, 9 de agosto de 2017

Protestantes en Portugal

Plaza del Rossio (Lisboa)

Antes incluso de que estallase la gran reforma religiosa que supuso la doctrina de Lutero y otros, ya en 1508 el rey Don Manuel dio una Carta de ley a Jacob Crowberger contra los libros considerados heréticos. Este impresor alemán afincado en Sevilla, debía tener contactos comerciales con Portugal, porque de lo contrario no se explica la acción del rey Don Manuel, o bien la vecindad de Sevilla hacía que Crowberger estuviese con frecuencia en Portugal. Entre 1520 y 1540 António Pereira Marramaque escribió varias obras de propaganda evangélica. En 1545 Damiâo de Góis, seguidor de Erasmo de Rotterdam, fue denunciado a la Inquisición como luterano por el jesuita Simâo Rodrigues. Damiâo de Góis fue un gran conocedor del cristianismo etíope que se mantuvo al margen de la autoridad romana, pero relacionada con el cristianismo bizantino.

 

Estos son los primeros testimios que aporta Joâo Francisco Marques en su obra “Para a história do protestantismo em Portugal” (1). En 1547 Fernâo de Oliveira, a su regreso de Londres, intenta formar en Lisboa un grupo de reformados, lo que le costará cárcel hasta 1551. Oliveira fue un fraile dominico dedicado, sobre todo, a la gramática, a la navegación y a la condena de la esclavitud, pero sus posiciones heterodoxas en materia religiosa le trajeron las complicaciones señaladas. En este último año buena parte de las obras de Gil Vicente se incluyen entre los libros prohibidos en el “Índice”.

 

Ya en el siglo XVII (1641) se estabece en Lisboa una Iglesia holandesa reformada, mientras que un tratado luso-inglés reconoce la libertad de conciencia a los súbditos británicos en Portugal, siempre que ejerzan su religión en la intimidad. Poco después Joâo Ferreira de Almeida ingresa en la Iglesia reformada de lengua portuguesa existente en Batávia (actual Yakarta). Años más tarde (1658) será sometido a examen en materias teológicas y en 1681 publica en Amsterdam su versión del Nuevo Testamento. Al año siguiente se publica un Libro de Oración Común para las iglesias portuguesas en la India.

 

A pesar del tratado luso-inglés que permitía a los ingleses la libertad de conciencia en los dominios portugueses, el cónsul británico Maynard fue llamado por la Inquisición, acusado de promover reuniones de culto anglicano en una casa junto al Rossio (Lisboa).

 

Entre 1706 y 1737 una colonia de daneses formaron en la costa de Coromandel (2) una misión evangélica en lengua portuguesa y en 1733 se tiene noticia de la existencia de una logia masónica en Lisboa formada por protestantes, existiendo otra constituída por católicos. La Inquisición, entre tanto, siguió con su labor represiva y apresó en Lisboa al protestante suizo Jean Coustos, siendo liberado mediante pago, y Joâo Baptista Richard, mediante tortura, reniega de la fe evangélica.

 

Obviamente, renegar formalmente de una fe no significa abandonarla íntimamente, pero aunque así fuese, mientras unos salen otros entran, pues Francisco Xavier de Oliveira ingresó, en 1746, en la Iglesia anglicana, publicando años más tarde en Londres “Discursos patéticos", lo que le valdrá ser quemado en efigie en Lisboa por la Inquisición, en 1753 se termina la impresión portuguesa de la Biblia, obra de Ferreira de Almeida y en 1760 el futuro marqués de Pombal rompe las relaciones con el Vaticano. Dos años más tarde llegará a Lisboa el Conde de Lippe, cristiano luterano.

 

Manuel Pedro Cardoso considera que uno de los factores que perjudicaron al protestantismo portugués fue su radicalismo anticatólico y otro el escaso espíritu comunitario. Según este autor el protestantismo en Portugal se desarrolló más como oposición al catolicismo que en un sentido positivo, aportando la singularidad de la doctrina reformadora. En otro sentido, el mismo autor señala que los protestantes portugueses –sobre todo los notables- adaptaron el protestantismo a sus convicciones más que a las necesidades del grupo susceptible de seguirlo.

 

(1)     Es el coordinador de una obra colectiva.

(2)     Es una península al norte de Nueva Zelanda.

 

 

 


 

martes, 8 de agosto de 2017

¿Por que la guerra?

Ruinas de Cartago

Es de Herodoto la siguiente reflexión: “nadie será bastante insensato para preferir la guerra a la paz. Durante la guerra los padres entierran a sus hijos; en tiempo de paz los hijos son los que entierran a los padres (1). Considera el autor al que sigo aquí, que la guerra ha sido objeto de estudio en sí misma, en cierto modo “naturalizándola”. La guerra, en efecto, aparece como una constante y la experiencia humana, ante todo como belicista. Muchos estados de la antigüedad intentaron resolver sus contradicciones sociopolíticas recurriendo a conquistas, estableciéndose una violencia estructural sobre la que se sustentaban sus funcionamientos internos. En ocasiones las guerras han sido concebidas como actos religiosos en las que intervienen los dioses, como guerras justas. Ha habido una estrecha relación entre guerra y colonización, en otras ocasiones el móvil ha sido la hegemonía o los intereses económicos.

 

Dice Francisco Muñoz que sobre el estado romano sus aspectos positivos han ocultado los negativos: las obras públicas, la literatura, el derecho, se convierten en pantallas que impiden ver su política exterior. En esta han primado la obtención de botines, sobre todo humanos para poseer esclavos, y la guerra ha dado nuevos impulsos al desarrollo de los negocios, la economía monetaria y otras actividades. El resto de los aspectos de la guerra están supeditdos a aquellos objetivos, por lo que el ejército se convierte en el factor dinamizador, hasta el punto de que los historiadores romanos estuvieron identificados sus victorias y derrotas (2).

 

Los distintos tipos de sociedades producen distintos tipos de guerra, de forma que el grado de organización del estado los condicionan, pero una serie de factores limitan la puesta en práctica de la guerra: el desarrollo tecnológico, el dominio de la metalurgia, el diseño de las armas, la capacidad de liberar a parte de la población (los soldados) de otras actividades… La flota de guerra romana jugó un importante papel en los siglos III y II, pero fue inútil en el Imperio a juicio de casi todos los historiadores. J. Galtung diferencia la capacidad de destrucción de las armas, afectando a distintos niveles del ecosistema. Por su parte G. Webster señala que la expansión romana tuvo profundos efectos sobre los ciudadanos y sobre todo en las clases altas: enriquecimiento y corrosión moral.

 

El ejército romano fue un agente de culturización, porque entraba en contacto con los pueblos indígenas, convivía con ellos o en sus proximidades, llevaba a cabo funciones administrativas, consumía e imponía las formas de vida romanas.

 

(1)     Citado por Francisco Muñoz; “Sobre la Guerra, la Paz el Imperialismo en la República Romana”.


(2)     Quizá la única excepción sea Salustio, que en su “Bellum Iugustinum” concibe la guerra como un conflicto entre la aristocracia romana, mientras que para R. Humble la historia de la guerra en la antigüedad debiera servir para comprender su inutilidad.

El gobierno de la República romana

La curia Hostilia hoy (http://www.euratlas.com/Atlas/rome/forum_roman_curia.html

La abolición de la monarquía en 509 a. de C. fue una revolución, según Nelly Louzan y Horacio A. García (1). El estado romano creado por los reyes etruscos fue sustituido por el gobierno del patriciado en su provecho, haciendo subsistir al Senado de época monárquica, durante la cual fue un órgano de consulta del rey, además de ejercer las funciones del “interregnum” y de la “auctoritas patrum”.

 

Con el acceso de los plebleyos a las magistraturas a fines del siglo V, y sobre todo en el IV, se dio otro paso para configurar la república romana, porque en esa época solo se admitían plebeyos en el Senado en la medida que hubiesen desempeñado altas magistraturas. Algunos autores sostienen que incluso se denominó “patres” a los senadores de origen patricio, mientras que “conscripto” a los de origen plebeyo, estos últimos solo con derecho a voto, siendo este ejercido mediante el procedimiento “per dicessione”, o abandono de los asientos para ir de derecha a izquierda según el sentido de voto.

 

El Senado se reunía en un lugar cerrado y consagrado, normalmente en la curia Hostilia, convocado y presidido por un magistrado, facultad que a finales del siglo II se concedió también a los tribunos de la plebe. Pero la constitución romana se fue fijando según las necesidades consuetudinarias, no teniendo el Senado medios coactivos. Sus decisones no eran leyes, pues carecía de “imperium”, e incluso los magistrados no estaban obligados a seguirlas, aunque en la práctica sí lo hacían. Es más, el magistrado que desobedecía al Senado violaba sus deberes por la estrecha relación entre las mores y la soberanía que residía en los magistrados. De ahí que algunos digan que no está clara la suborinación de unos (los magistrados) al Senado y al revés; más bien cabe hablar de un equilibrio de poderes entre ambos. Para convocar los comicios y elegir nuevos cónsules, debía nombrarse un “interrex” entre los senadores patricios.

 

Los acuerdos de las asambleas de la plebe debían ser ratificados por el Senado desde el año 449 a. C. (Lex Valeria Horatia) y desde el 339 a. C. ( Lex Publilia Philonis), pero cuando la Lex Hortensia de 286 a. C. eliminó la necesidad de convalidación senatorial, el poder del Senado disminuyó.

 

En materia religiosa el Senado convocaba a los colegios sacerdotales para conocer cual era el interés político de la Repúbica, y en materia militar el Senado tenía la máxima potestad de guerra (antes de que se imponga la intervención de facto de los jefes militares, Sila, Mario, Pompeyo, César…). El control de la vida política por parte del Senado era tan estricto que los senadores no podían abandonar la ciudad de Roma. En definitiva, el Senado fue el gobierno de la aristocracia en un sentido conservador, mientras tuviese los poderes equilibradores que poseía, los intereses de las clases oligárquicas estaban a salvo; de ahí la importancia que tuvieron, en el siglo II a. de C., los intentos sociales de los hermanos Graco, aunque pagaron por poner en peligro aquellos intereses.

 

(1)     “El elemento aristocrático de la República Romana: El Senado”.


 

lunes, 7 de agosto de 2017

El Derecho en Indias

En América coexistirán, a partir del siglo XVI, el derecho castellnano, el indígena y el criollo indiano, incluso posteriormente a la formación de las repúblicas iberoamericanas, aunque en una Real Cédula de 1789 se reconoce, por parte de la monarquía española, “la dificultad de los vasallos americanos para instruirse suficientemente en todas las disposiciones de las leyes insertas…”, es decir, que se reconocía la no aplicación del derecho en muchos casos dada la complejidad de América en aquel momento.

 

Sin embargo, al menos hasta el siglo XVIII, nunca se considerarán aquellas tierras como colonias. Dentro de las leyes de Indias tenían prioridad las dictadas para una provincia, y solo excepcionalmente se entendía que la ley general se sobrepone o deroga las leyes particulares anteriores, según ha estudiado Antonio Silva Sánchez (1). También se reconocían como Derecho las costumbres españolas e indígenas, si bien estas últimas con limitaciones. En 1555 Carlos I reconoció la vigencia de las costumbres de los indios que, hasta entonces, habían sido ignoradas. Ya en 1680 el Derecho indiano se ha consolidado en las instituciones y otros ámbitos, dejando de regir el Derecho castellano.

 

Este Derecho indiano se compondrá de normas sancionadas en España, leyes expedidas en España para resolver los problemas de Indias y Filipinas y las leyes y costumbres establecidas en Indias, desplazándose el Derecho castellano, que frecuentemente fue inaplicado por la imposibilidad material de fiscalizar su cumplimiento, por la resistencia pública y consciente (por ejemplo, las Nuevas Leyes de 1542, que provocaron la guerra civil en Perú, viéndose el rey obligado a derogarlas). En ocasiones se estableció la fórmula “obedézcase pero no se cumpla”, con lo que quedaba salvada la reverencia hacia el soberano… además de aquellas disposiciones que se desconocían por quienes habían de cumplirlas.

 

En la América precolombina había cazadores, recolectores, nómadas, sedentarios, pero salvo excepciones, carecían de organización estatal. Los que sí la tenían eran los chibchas, aztecas, mayas e incas, produciéndose un choque con la civilización europea, que impuso la potestad del Estado sobre la propiedad privada, y se llevaron a cabo grandes expropiaciones sin derecho a indemnización. Se impuso la idea de que la autoridad territorial debía poseer el dominio de la tierra y de que el impulso del Evangelio fundamentaba la expropiación. De esta forma los Reyes Católicos se erigieron como señores jurisdiccionales con potestad para repartirla. Cristo era monarca absoluto del mundo y los indios carecían de razón para gobernarse a sí mismos.

 

También hubo quien se opuso a esto e interpretó que las Bulas de Alejandro VI no autorizaban a la privación de los bienes a los indios, tal y como defendió Bartolomé de las Casas. La infidelidad no era causa de declaración de guerra ni del despojo de tierras. El dominio –defendían estos- tiene su raíz en la naturaleza y no en la gracia divina. Este debate llevó a la promulgación de leyes que mejorasen la suerte de los indios y, por otra parte, a la independencia de la propiedad y su separación de la soberanía. El territorio conquistado corresponde al Estado –se dijo- y respecto de la propiedad privada ya Tomás de Aquino era partidario de limitar el antiguo absolutismo del propietario teniendo en cuenta el carácter social de la propiedad.

 

El Derecho indígena no estaba escrito y no todo él fue rechazado por los españoles; solamente se respetaron las costumbres no contrarias a la empresa indiana. La mita, por ejemplo, estaba en el Derecho de los incas, trabajo forzado en las minas por cuadrillas de obreros que se sustituían unas a otras. Las donaciones de tierras, en otro sentido, por la Corona, cesarán a mediados del siglo XVIII, dejando a los indios extensiones tan solo necesarias para su sustento (propiedades colectivas cuyo dominio directo correspondía a la Corona). La propiedad colectiva se establecerá también sobre algunos tipos de ganado, como las yeguas. Los incas, por ejemplo, permitían un ordenamiento económico muy solidario: la tierra pertenecía a las comunas aldeanas, “ayllus”, una superficie cultivable en usufructo. En el “ayllu”, que simboliza la unión del hombre con la madre tierra, regía la propiedad colectiva. Los bosques y pastos estaban a disposición de todos los miembros de la comunidad; la tierra restante era propiedad del Estado y el cultivo excedente se almacenaba, cuyo registro se hacía mediante los “quippus” incaicos.

 

Los “calpullis” de los aztecas poseían comunalmente su propio territorio. En el caso de los chibchas también el trabajo era colectivo, pero esto, como en los anteriores pueblos citados, no evitaba que hubiese rivalidades entre unos clanes y otros. En algunos casos se ha estudiado que los grupos aportaban un porcentaje para el sustento de los desvalidos, así como para reserva en graneros en previsión de malos tiempos.

 

De todo ello no debemos sacar la conclusión de que aquellas sociedades eran idílicas; existía la guerra, las rivalidades, las imposiciones de unos sobre otros y la crueldad.

 

(1)     “La propiedad colectiva en la América precolombina y su supervivencia al Derecho castellano…”

 


 

domingo, 30 de julio de 2017

Castillo, Castilla y otros en Perú


Localización de Ica, origen de la guerra de 1854

Los países iberoamericanos, una vez consiguieron su independencia, con alguna excepción, se han visto envueltos en continuas luchas civiles y militares, como si imitasen la historia de sus madres patrias, España y Portugal. En muchos casos el pueblo se vio envuelto en simples ambiciones personales de uno u otro general, de un u otro hacendado. Como se había de organizar el estado, luchas entre liberales y conservadores, revoluciones populares, no pocas veces instrumentalizadas por miembros de la oligarquía, y muchas veces sin fundamentos sólidos, como no fuese la inmadurez de los grupos dirigentes para llegar a un pacto y conducir al país hacia la estabilidad y el reparto de la riqueza: esto sería mucho pedir en unas sociedades que habían heredado complejísimas situaciones por razones étnicas, sociales y políticas.

Víctor Peralta Ruiz[1] ha estudiado los “entresijos” de la guerra civil peruana de 1854 con sus precedentes y resultado, constatando el papel que jugaron en dicho conflicto las poblaciones rurales, “que participaron no solo con las armas sino con el proceso de formación del Estado nacional”. La ruptura del orden constitucional fue un componente esencial en la cultura política peruana y la herencia constitucional gaditana favoreció, según Gabriela Chiaramonti, que la titularidad y el ejercicio de la soberanía no se percibiesen separados, pero es evidente que amplias capas de la población nada sabían de la Constitución de Cádiz, por lo que aquella interpretación la llevaron a cabo los grupos dirigentes, sintiéndose autorizados en todo momento a reapropiársela mediante pronunciamientos.

El conflicto comenzó en la ciudad de Ica a finales de 1853 y culminó con la batalla de La Palma en Lima en enero de 1855, habiéndolo considerado los historiadores como una revolución liberal porque esta ideología era la de importantes personalidades que participaron, pero cabe preguntarse si realmente fue una revolución en el sentido genuino de la misma, porque no parece que cambiara muchas cosas. Ramón Castilla[2], uno de los levantados, dispuso la abolición del tributo y la supresión de la esclavitud, pero al autor le interesa más poner de manifiesto la trama de cooptaciones, negociaciones, aspectos sociopolíticos nacionales e internaciones de esa revolución. También hubo rivalidades territoriales sobre el modelo de estado, pero Castilla no solo venció al Presidente Echenique en el campo de batalla, sino también en las negociaciones para compartir el poder y la concesión de estatus, bienes y prebendas a los cuerpos y sectores sociales que lo apoyaron, para ello contó con la movilización de lo que se ha llamado “el ciudadano armado”.

El ejército, como en España, estuvo presente en la vida política de Perú, y las guardias nacionales (aquellos ciudadanos armados) jugaron un papel importante. Como en otros casos de América latina, estuvo presente el problema del peso que debían tener el ejecutivo y el legislativo, que a la postre dan resultados institucionales diferentes. El uso de la violencia ha sido justificado como una reacción a la venalidad de los gobiernos, particularmente el de Echenique, el problema de la deuda interna y el enriquecimiento de unos pocos por la exportación del guano. Por otra parte se acusaba al gobierno de que no hubiese reivindicado los derechos nacionales ultrajados por Bolivia, lo que correspondería a Ramón Castilla. El conflicto con Bolivia había estallado en 1853 por el incumplimiento por parte de esta de un tratado comercial firmado en 1847. Lo cierto es que Echenique había exigido al boliviano presidente Belzu que admitiese a un representante diplomático en Potosí para verificar el fin de la emisión de la moneda feble, que había provocado que las provincias del sur peruano se vieran inundadas de ese circulante, con el efecto sobre los precios. Desde 1830 Potosí emitió el 70% de la moneda con dos puntos menos que la pura de cien por cien de plata con el objeto de evitar la fuga de la moneda de plata[3].

Yendo a la guerra, el levantado Domingo Elías terminó huyendo a Chile después de que perdieran la vida ciento cuarenta milicianos, mientras que Castilla se asiló en un navío de guerra francés apostado en El Callao. Los levantados en Arequipa señalaron tres causas para justificarse: que la mayor parte de los pueblos del norte había desconocido a la autoridad limeña; la protesta “popular” contra el ultraje de Bolivia ya explicado, y que el Gobierno había hostilizado al movimiento rebelde (cosa perfectamente lógica). Pero, como señala el autor, los rebeldes no hablaron en este momento de la corrupción reinante, pero sí insistían en que se hiciese la guerra a Bolivia para exaltar los ánimos de la población, y en cuanto a las anomalías de las regiones del norte había una clara exageración interesada.

Una prueba de lo que decíamos al principio es que, al mismo tiempo, se produjo el pronunciamiento del general Fermín del Castillo[4] en Junín (febrero de 1854), pero al no tener éxito Castillo huyó hacia el centro del país donde terminó uniéndose a Castilla. Incluso hubo tal confusión en todo el proceso que unos y otros no sabían a quien secundar: Manuel Ignacio Vivanco, que había sido Presidente de Perú en dos ocasiones durante la década de 1840, propagó por el país que “yo debía ser el presidente”. Nuevos pronunciamientos se llevaron a cabo en Puno y Moquegua. Esto llevó a Castilla a extender la “revolución” al conjunto de los departamentos del sur: Castilla asumiría el supremo mando de la República con el título de “Libertados” y se comprometía a convocar una asamblea constituyente, cerrándose así la etapa de pronunciamientos de la etapa inicial de la guerra civil.

Para Castilla era necesario abolir la Constitución de 1839 por la que él mismo había luchado en 1845, pero es que aquella era el principal impedimento para su reelección presidencial. Habiéndose iniciado el gobierno de Echenique en 1851 tras al mandato de Castilla, ahora este quería volver a hacerse con el poder. Lo cierto es que Echenique había resultado vencedor en aquel año en una contienda marcada por la violencia, estrenando una forma de gobernar que difería respecto de su antecesor en el cargo: Castilla había concedido parcelas de poder tanto a sus afines como a sus detractores, mientras que Echenique fue más sectario. Castilla fue promotor de un congreso americano celebrado en Lima en 1847, en el que participaron representantes de Bolivia, Chile, Ecuador y Nueva Granada; mantuvo además una estrecha amistad con el boliviano Belzu aún antes de que este fuese proclamado y luego elegido presidente de Bolivia.

Contrariamente a la tranquilidad internacional alcanzada con Castilla, Echenique entró en conflicto con Ecuador por su tácito apoyo a la expedición militar planeada por el general Flores contra el gobierno liberal de Urbina, y en 1853 el conflicto diplomático con Bolivia por la circulación de la moneda feble en el sur peruano, consiguiendo del Congreso la declaración de guerra al vecino país. Esto contrastó con la existente confederación Perú-Bolivia en 1838 y 1839, pero tiene su parecido con la invasión de este último país en 1841, una conflictividad sin fin y una serie de contradicciones que confirman la incapacidad de los grupos dirigentes peruanos (iberoamericanos) para conducir a su país por la tranquilidad institucional.

Queriendo Castilla hacerse con el apoyo de los mandos militares, estos se mantuvieron, en su mayoría, fieles a Echenique, pero ciertas promesas irían rompiendo dicha fidelidad. Las deserciones en el bando gubernamental y la cooptación de las milicias cívicas movilizadas en el sur por Echenique permitieron, en parte, el fortalecimiento del ejército castillista, al tiempo que se producía el apoyo del presidente boliviano Belzu. La participación de la guardia nacional en 1854 tiene sus precedentes en la época de la colonia, con las reformas borbónicas. Ahora cada ciudadano estaba obligado a contribuir con las armas al sostenimiento de la República, siendo la intervención más destacada la llamada Semana Magna de 1844, o reacción de aquellas milicias ante las constantes guerras internas en el país.

En Pocsi, a finales de noviembre de 1854, tuvieron los insurrectos el primer éxito sonado, y a principios de enero del año siguiente Echenique tuvo que ser asilado por los británicos. Así Castilla, que no era liberal, se convirtió en Presidente de una República liberal en cuanto se aprobó la nueva Constitución (1856), para la cual los peruanos votaron mediante sufragio directo y universal, anticipándose a otros muchos países. Pero ello llevó al país a una nueva guerra civil entre 1856 y 1858 y a aprobar una nueva Constitución en 1860: no sería la última.



[1] “La guerra civil peruana de 1854. Los entresijos de una revolución”, Madrid.
[2] Nacido en 1797 en Tarapacá, murió en 1867, siendo presidente en dos ocasiones. Fue el segundo presidente en cuanto al número de años al frente del poder político (12) y ha sido considerado como un progresista de la época.
[3] Antezana Ergueta, Luis, “De Túpac Katari a Evo Morales”.
[4] Nacido en Nazca en 1807, murió en Lima en 1895.  En 1856 se rebelaría contra Ramón Castilla sin éxito.

sábado, 29 de julio de 2017

Estrabón y Tácito hablan sobre las mujeres germanas


El bosque de Teotoburgo

El griego Estrabón[1] y el romano Tácito[2], que nacieron cada uno en un extremo del Imperio romano, nos han dejado sus impresiones sobre las mujeres bárbaras, particularmente las germanas, aunque también las de otras partes y las de algunas regiones de Hispania. Sus escritos están separados en el tiempo por unos cincuenta años, pues mientras Estrabón vivió a caballo entre los siglos I a. C. y I d. C., el segundo nació a mediados de este último y murió ya entrado el II.

Los diferentes temperamentos de estos dos autores hacen que nos transmitan informaciones algo diferentes, pero en todo caso marcadas por su condición de varones y de miembros de la civilización romana, que consideraban superior a las demás. Tácito ofrece una visión un tanto moralizante parecida –según Henar Gallego- a la idea del “buen salvaje” que no ha incurrido aún en los vicios de una civilización compleja. También se nota que ambos están al servicio del poder romano, por lo que justifican la labor “civilizadora” de Roma sobre aquellas gentes, como ocurrió con la conquista y colonización de América por los españoles y portugueses.

Hay otros autores que han estudiado también este asunto, como es el caso de F. J. Gómez Espelosín[3], citado por Henar Gallego en la obra que sirve de base a este artículo. Por su parte, Estrabón también nos ha dejado información de los pueblos prerromanos de Hispania en el libro III de su “Geografía”. En primer lugar coinciden aquellos autores en el aspecto físico de la mujer germana, robustas, de ojos azules, cabellos rubios, que visten, como los hombres, pieles y tejidos de lana, y ellas mantos de lino adornados con franjas de púrpura, joyas y otros objetos de adorno personal las que pertenecían a grupos superiores.

La función de la mujer germana era preparar los alimentos, el mantenimiento del hogar, trabajando incluso la tierra (mientras que el cuidado de los ganados, base fundamental de su economía, era propio de los varones), el cuidado de los hijos y garantizar la perpetuación del grupo. Como Tácito ve aspectos positivos en estas mujeres, Plutarco, que vive el mismo tiempo que aquel, exalta la virtud que ve en las mujeres galas (al fin y al cabo, otras bárbaras para los romanos). La mujer germana también se ocupaba de la artesanía, la fabricación de ciertas bebidas y la preparación de productos derivados de la ganadería  (quesos, pieles o cueros). El hilado y el tejido fueron fundamentales en sus labores, sobre todo con lana, así como el teñido del lino.

Estrabón nos informa del nomadismo de los pueblos germanos, viviendo en cabañas temporales, llevándose sus ganados de unos lugares a otros y todos sus enseres en carros. Pero Tácido dice que son sedentarios, contrariamente a sus vecinos sármatas, que se situaron en aquellos siglos al norte del mar Negro. Estrabón, de acuerdo con su visión sobre el nomadismo de los germanos, dice que no cultivaban la tierra, pero la diferencia cronológica entre ambos puede explicar que los germanos se hubiesen ido sedentarizando al contacto con el mundo romano.

La guerra estaba reservada a los varones, pero en no pocas ocasiones la mujer germana acompañaba a los hombres al campo de batalla, no para luchar, sino con una función mágico-religiosa, para propiciar la victoria. Al parecer los germanos consideraban a sus mujeres dotadas con capacidades mágico-religiosas, ejerciendo ellas un sacerdocio con facultades adivinatorias; estas sacerdotisas podían ser las más ancianas o bien las núbiles, que vestían ropas blancas distintivas con cinturones de bronce y desnudos los pies, lo que era común a los pueblos prerromanos del centro y norte de Hispania. Las mujeres eran las guardianas de la memoria histórica por medio de versos y canciones de guerra que se transmitían de generación en generación. Las prácticas adivinatorias eran muy sangrientas y perseguían profetizar el triunfo en el campo de batalla.

Las mujeres, en un sentido material, tenían un gran peso económico, lo que es común a las del norte de la Península Ibérica, ejerciendo también una rudimentaria minería. Estrabón llega a hablar incluso de matriarcado, que Henar Gallego considera más bien como una estructura matrilineal y matrilocal en convivencia con la autoridad masculina. Los maridos dotaban a sus esposas y estas también aportaban bienes al matrimonio, lo que es común a la franja norte de Hispania, y se consideraba mucho la figura del hermano de la madre, el avunculus. En todo caso, a lo largo del siglo I de nuestra era, aquel sacerdocio femenino se fue sustituyendo por el masculino.

En los casos en que las mujeres acompañaban a sus maridos a la guerra, llevaban consigo a los hijos, aunque no guerrean, mientras que las mujeres de la mitad norte de Hispania sí. La mujer también era víctima de la guerra, pues si pertenecía a los grupos superiores era objeto preferente de apresamiento por Roma para negociar luego acuerdos o rendimientos; tenían pues, un valor como rehenes.

La familia germana se formaba a partir de matrimonios endógenos para garantizar la perpetuación de la preeminencia en el conjunto, pues aunque la monogamia era la norma, los jefes parece que tenían varias mujeres como necesidad de acordar la colaboración entre los grupos dirigentes de varias facciones.




[1] Libro VII de su “Geografía”.
[2] “La Germania”.
[3] “La imagen del bárbaro en Apiano”. Este es coetáneo de Tácito aunque más joven.