domingo, 20 de septiembre de 2015

Prisioneros y rehenes de Roma





Zama, Cinoscéfalas, Pidna, Ambracia, Magnesia y Accio son lugares donde se dieron batallas favorables a las legiones romanas. En menos de dos siglos Roma se convirtió en un imperio temible (sobre todo entre los años que van desde el 220 al 168 a. de C., según Denis Álvarez Pérez-Sostoa) (1). En 202 a. de C. Cartago es vencida por Roma en el actual Túnez; en 197 vencen los romanos en Tesalia; en 190 en Anatolia; en 189 en Epiro; en 168 en Macedonia y en 31 a. de C., en Acarnania, la flota de César venció a la de Marco Antonio.

La capitulación en el campo de batalla –dice el autor citado- suponía la total sumisión del vencido, lo que traía ciertas obligaciones para este. El general vencedor las establecía y luego las tenía que aprobar el Senado. Dichas obligaciones abarcaban la apropiación territorial, la entrega de armamento y el pago de indemnizaciones, además de la entrega de prisioneros. En cuanto a estos, los autores antiguos nos hablan de los prisioneros de guerra y los desertores o tránsfugas, siendo estos los peor parados, pues las penas que sufrían iban desde la amputación de las manos hasta ejecuciones sumarias. En otras ocasiones podían ser despeñados desde lo alto de la roca Tarpeya, junto a la colina Capitolina. También sufrieron esta suerte los rehenes de Tarento, durante la segunda guerra púnica, pues los tarentinos habían venido mostrando su disconformidad con el dominio romano, y los turios, que vivían en la costa del golfo de Tarento. Los demás no contaban con la misma consideración, sino que eran tratados de forma distinta según su rango social o político. Esto es así porque las personas distinguidas tenían un valor diplomático, al poderse negociar desde una posición de fuerza.

Desde el silgo II a. de C. empezaron a llegar a Roma personas pertenecientes a familias reales y los mismos reyes vencidos. Muchos de los prisioneros de guerra eran vendidos como esclavos pero algunos podían ser rescatados por dinero. Los nobles eran custodiados pero unos y otros podían ser obligados a desfilar si al general victorioso se le concedía el “triunfo”.

La llegada a Roma de los prisioneros se producía de forma escalonada, pues primero eran confinados en los campamentos romanos mientras el vencedor exige la devolución de sus soldados prisioneros del enemigo. Algunas fuentes hablan del robo de rehenes lo más normal era la cesión de rehenes para obligar al cumplimiento de un pacto. Los rehenes eran útiles para obtener información y su práctica fue más frecuente en el mundo romano que en el griego. En ocasiones hubo cesiones voluntarias de rehenes, lo que se explica por la intención de demostrar que las condiciones impuestas iban a ser realmente cumplidas. En ocasiones los rehenes se ofrecen como guías y es notable el caso de los niños faliscos (al norte de Roma) entregados por su profesor al cónsul romano Camilo (2) para que este los usara como si de rehenes se tratase con miras a obtener la rendición de la ciudad. También es notable la defección de los vénetos, que pretendieron recobrar a sus rehenes a cambio de los legados cesarianos que estaban prisioneros de ellos.

Hipias y Pantauco fueron entregados por el rey Perseo de Macedonia a Roma antes de la entrevista mantenida junto al río Peneo (Tesalia) en 171 a. de C., pero de nuevo estaban a las órdenes del rey cuando este trató de formalizar una alianza con el rey de los ilirios, Gencio. También Lucio Cornelio Escipión, cónsul en 83 a. de C., envió a Sila tres rehenes que este le había cedido con anterioridad. Tito Livio narra la campaña de Marco Fulvio Nobilior, cónsul en 189 a. de C., después de haber sometido varias ciudades de Cefalonia (isla en el mar Jónico) incluida Samea, pues los habitantes de esta cerraron las puertas y se negaron a aceptar la sumisión. El consul puso frente a las murallas a los que le habían sido entregados como rehenes, pero el intento fue en vano y entonces puso cerco a la ciudad, que se rindió cuatro meses más tarde. Livio añade que todos los habitantes que quedaron vivos fueron vendidos como esclavos.

En el año 206 a. de C. se produjo –según Livio- una entrevista entre el nubio Masinisa y Escipión por la defección de aquel. Como garantía, Masinisa deja dos príncipes en poder del romano. En el año 49 a. de C. César se entrevista con los partidarios de Pompeyo donde se acuerda que Afranio (3) ceda a su hijo como rehén. Tras la victoria romana en Cinoscéfalos (197 a. de C.) el rey de Macedonia, Filipo V, tuvo que ceder diez rehenes, entre ellos a un hijo suyo. Tras vencer Roma a Antíoco III en Magnesia (190 a. de C.) este se vio forzado a depositar en Éfeso veinte rehenes, los cuales fueron llevados a Roma dos años después.

Al inicio de la II guerra púnica los romanos conquistaron Malta, capturando a Amílcar, hijo de Giscón (general cartaginés) junto con unos 2.000 soldados. En Lilibeo (extremo oeste de Sicilia) fueron vendidos la mayoría de los prisioneros con la excepción de los nobles. Pérez-Sostoa indica que estas prácticas no eran exclusivas de Roma: en el año 173 a. de C. el romano Marco Claudio Marcelo medió en un conflicto entre entre facciones etolias, que se solucionó con la remisión de ciertos rehenes a Corinto.

(1)   “El confinamiento de los prisioneros de guerra y rehenes en la Roma republicana”, Universidad del País Vasco.
(2)   Vivió entre los siglos V y IV a. de C. y ejerció como dictador varias veces. Algunas fuentes hablan de él como “segundo fundador de Roma”.
(3) Afranio fue un servidor de Pompeyo que murió tras la batalla de Tapso, en el actual Túnez, batalla favorable a César contra los optimates.

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