jueves, 30 de julio de 2015

La guerra de Arauco (3)

Bosque en la ascensión al volcán Chillán (fotografía de Juan José Ibáñez)


En 1557 llegó el nuevo gobernador, García Hurtado de Mendoza, hijo del virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza. El apoyo de este permitió a aquel cambiar el curso de la guerra, asegurando la presencia española hasta la isla de Chiloé, refundó ciudades y fuertes y fundó la villa de Osorno (Lázaro Avila). Se inicia así un período relativamente pacífico, pero casi no hubo año en que no se produjese algún enfrentamiento. Ya no se trataba de una conquista propiamente dicha, sino de una guerra de excesos y devastación por parte de ambos bandos hasta 1580. Los españoles, durante este tiempo, habían consolidado encomiendas y obtenían abundante oro en minas y lavaderos. Además, las demandas agropecuarias del Perú eran satisfechas por la fertilidad de los valles centrales de Chile.

Por esta época también adquirió mucha importancia el centro minero de Potosí (en la actual Bolivia) lo que desvió la atención de varios estancieros desde la Araucanía hasta las alturas bolivianas. Es la época en que se produjo un trasiego de población para abastecer de esta a las zonas que la demandaban, pues las epidemias de viruela asolaron Chile entre 1561 y 1584. La guerra, por su parte, no es considerada por varios historiadores como causa principal de los descensos demográficos y ello teniendo en cuenta la gran mortandad causada por las armas de los españoles, las matanzas indiscriminadas de mujeres u niños, la destrucción de depósitos de víveres, la esclavitud y los trabajos forzados de los indios. Los esclavos se obtenían mediante incursiones guerreras en territorio indígena para surtir un mercado que cada vez fue a más y que fue permitido por las autoridades españolas para compensar la enorme deuda que tenía con los soldados, a quienes no se pagaba en años.

Aunque en un primer momento Felipe III había legislado contra la esclavitud en Chile (las leyes de Indias del siglo XVI estaban olvidadas para una zona tan belicosa como la Araucanía) los que se beneficiaban de la compraventa de esclavos consiguieron que el rey oficializase la esclavitud en 1608 mediante una Real Cédula, lo que fue apoyado por amplios sectores de la Iglesia. Los esclavos empezaron a ser enviados al mercado de Lima y la demanda se disparó, por lo que aumentaron las incursiones en territorio indígena rebelde incluso con la participación de indígenas aliados de los españoles.

Los gobernadores, alarmados ante el cariz que tomaba el comercio de esclavos, intentaron frenarlo, pues no contribuía a la pacificación de la zona. Uno de los que actuó así fue Martín García Oñez de Loyola desde 1592, que incluso contrajo matrimonio con una coya (en el mundo inca la esposa preferida del emperador -1-). La política de Oñez de Loyola permitió la extracción de oro de las minas de Millapoa, al sur del Biobio, y Angol, pero el trabajo era tan duro en las minas que provocó la gran rebelión indígena de 1598, muriendo durante ella Oñez de Loyola. La batalla de Curalaba es un hito en la historia de la Araucanía y del Chile colonial; la derrota española dio paso a lo que luego se llamó la “guerra defensiva” (2).

Los indígenas de Chiloé (en realidad una isla grande otras muchas pequeñas) eran los huilliches, cuncos y chonos, estos últimos nómadas mientras que los cuncos eran mapuches sedentarios, e igualmente los huilliches. Alonso de Camargo quizá fue el primero en descubrirla por parte española, cuando venía, en 1540 de explorar la Tierra del Fuego y el estrecho de Magallanes, pero no fue sino hasta la gobernación de García Hurtado de Mendoza cuando los españoles llegaron a la posesión de esta isla y otras del archipiélago entre 1558 hasta 1567 por lo menos, encargándose a los jesuitas la evangelización de sus habitantes.

(1)    Es curiosa la vida de esta mujer, Beatriz Clara Coya, que fue internada en un convento de Cuzco hasta que su madre la recogió, muy niña, para intentar casarla con un rico español. De nuevo al convento hasta que fue preguntada si deseaba seguir en él o contraer matrimonio, siendo esto último lo elegido por la joven de quince años, y así llegó a manos de Oñez de Loyola, al que acompañó a Chile.
(2)    Fuente: "La transformación sociopolítica de los araucanos", Lázaro Avila.


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