sábado, 18 de febrero de 2023

Del mito a la ciencia en América

                        Cerezas de Indias (frutascolombia/status/1130448657260666881?lang=fa)

La colonización de América no consistió solo en abusos, crímenes y encomiendas; es sabida la labor de misioneros y funcionarios a favor del cristianismo, de la cultura y del mestizaje, pero lo que aquí interesa ahora es un repaso a las exploraciones y estudios científicos que tuvieron como centro el continente americano ente los siglos XVI y XIX.

Los más informados europeos del siglo XV creyeron en la existencia de una mítica isla conocida como Antilla en pleno océano Atlántico, y aún posteriormente se hicieron descripciones sobre seres que tenían sus ojos en el pecho, echados en el suelo se daban sombra con sus pies y cosas por el estilo. Aún del siglo XVIII hay descripciones inglesas donde se ve el gigantismo de los indios patagones en relación al tamaño de un europeo… Ello indica lo mágico y misterioso que representó América desde el momento en que se supo de su existencia separadamente de Asia.

Las expediciones que se llevaron a cabo durante los siglos citados tuvieron por objeto, según los casos, levantamientos topográficos, estudios de la naturaleza floral y faunística, la búsqueda de medicinas desconocidas por los europeos pero no por los indígenas de América, encontrar variedades alimentarias (maíz, papa, frutas), conocimientos antropológicos y etnográficos, el control de lugares estratégicos y el descubrimiento de nuevas islas, el establecimiento del meridiano 0º, el relieve y los paisajes, el conocimiento de los ríos y su fauna, el acopio de metales preciosos, entre ellos el platino, establecer límites entre los dominios españoles y portugueses, etc.

Ya Fernández de Oviedo, en 1526, publicó un “Sumario de la Natural Historia de las Indias”, sin que podamos considerar esta obra sino como meramente descriptiva: el autor se asombra de los armadillos y las iguanas como particularidades desconocidas por los europeos. Una expediciónn de Francisco Hernández[i] a Nueva España (1571-1577) tuvo como principal finalidad encontrar plantas medicinales que ya usaban los indígenas. También Monarde se ocupó de hacer un acopio de plantas medicinales por las mismas fechas que el anterior, pero con la particularidad de que no estuvo nunca en América, realizando sus estudios en Sevilla[ii] con las informaciones que le iban llegando.

De importancia especial es fray Bernardino de Sahagún, que hizo un estudio de la lengua nahualt (nunca escrita por los indígenas) entre 1540 y 1585[iii], extendiendo su interés a la antropología, la etnografía, la fauna y las plantas medicinales. Jan van Straet, por su parte, dedicó su atención a la cartografía y a la iconografía (1592); Tomás de Berlanga, aún siendo clérigo dominico, se especializó en temas geográficos y naturalistas, llevando a cabo un vieje accidental hasta las islas Galápagos (en realidad recibieron este nombre por los animales que allí habitaban en gran número). Y otro clérigo y botánico, Charles Plumier (1693), realizó un viaje a las islas antillanas para completar sus estudios sobre la flora de las mismas.

Bernardo de Cienfuegos fue un botánico nacido en Tarazona en torno a 1580, y estuvo en América interesado en hacer acopio para una obra que comprendiese toda la flora mundial. El dominico Jean-Baptiste Labat, más tarde, fue un viajero empedernido, pero destacó también como matemático, ingeniero y botánico, realizando un viaje por las islas de América haciendo acopio de mucha información. Las expediciones al estrecho de Magallanes y a las islas Malvinas fueron más sistemáticas, destacando Jacques Gouin de Beauchene, que con intenciones científicas visitó también las islas Galápagos, todo ello entre 1699 y 1701.

La exploración cartográfica cobró importancia en el siglo XVIII, destacando el viaje de circunnavegación del corsario inglés Woodes Rogers entre 1708 y 1711. Habiendo rescatado a Alexander Selkirk en una de las islas de Juan Fernández, al oeste de Chile, inspiró la novela de Daniel Defoe “Robinson Crusoe”, pero no es esto lo más importante en orden a su aportación científica, sino los muchos datos que aportó con su circunnavegación de la Tierra. El clérigo Louis Feuillée, por su parte, estudió en Sudamérica varios aspectos de su geografía, se guió por el meridiano 0º, que entonces era de forma imprecisa el de la isla de Hierro, y estuvo en Canarias midiendo la altura del Teide.

Una expedición hispano-francesa a Quito entre 1735 y 1746 tuvo intenciones geodésicas, pues se trató de determinar si la Tierra estaba achatada en sus polos o no, lo que en la época se dudaba. Charles-Marie de La Condamine, junto con Pierre Bourger y Louis Godin, realizaron una expedición a Sudamérica para procurar la medición del meridiano en la zona del Ecuador, teniendo serias diferencias entre el primero y los dos segundos. No obstante los estudios realizados fueron exitosos y La Condamine se animó a realizar otra expedición al río Amazonas, de donde trajo a Europa ciertos preparados medicinales de los indígenas de una de aquellas latitudes. Con La Condamine colaboraron también los jóvenes por entonces Jorge Juan y Antonio de Ulloa, publiando el primero, más tarde, unos libros sobre fauna y el platino hallado en Nueva Granada, metal que despertó interés en Europa; también consiguió en Ecuador, en contacto con los indígenas, recetas para combatir ciertas fiebres.

Entre 1740 y 1744 se produjo el viaje de George Anson a la América hispana, particularmente a las zonas menos conocidas y colonizadas, y James Lind, en el buque “Salisbury”, realizó otro viaje de exploración entre 1746 y 1747, antes de que se produjese un tratado de límites entre España y Portugal en el que participó la expedición de Iturriaga[iv] en 1750. Se trataba de conocer hasta dónde se habían extendido los colonos portugueses en el intererior de Brasil y llegar a un primer acuerdo. Con Iturriaga participó unos años más tarde (1754-1756) Pehr Löfling[v] en una expedición al Orinoco para el estudo de la zoología y la flora de su cuenca. Así pudieron comprobar la importancia del cacao, las piñas y las cerezas de Indias, entre otros productos.

Una expedición astronómica hispano-francesa fue comandada por Jean Chappe d’Anteroche en 1768, aunque las autoridades españolas pusieron dificultades para que el francés entrase en territorio español: se intentó medir la distancia entre el Sol y la Tierra, comprobar el fenómeno del tránsito de Venus (1769) desde el extremo sur de la península de California y otras investigaciones de mérito, como la medición de la longitud por medio de cronómetros marinos. Francisco de Requena, por su parte, participó en otra expedición para fijar los límites de las posesiones de España y Portugal, llegándose al tratado de San Ildefonso en 1777: Portugal cedió la colonia de Sacramento y otras posesiones en Uruguay a España, además de las islas de Annobón y Fernando Poo en el golfo de Guinea. España, entonces, se retiró de la isla de Santa Catalina en la costa sur de Brasil. Ello permitió conocer mejor estas regiones y levantar mapas más precisos. Requena también participó en una expedición para conocer la hidrografía del Amazonas, y una comisión se encargó de hacer ilustraciones sobre el Marañón entre 1778 y 1804.

Algunas expediciones virreinales llevarona Felipe González Ahedo[vi] a la isla de Pascua, y a Domingo Boenechea[vii] a Tahití (1770-1772): el primero cartografió la isla de Pascua y tomó posesión de ella en nombre de Carlos III, siendo este el segundo contacto documentado de europeos con los nativos. El segundo intentó incorporar Tahití al imperio español (1772); posteriormente intentó la evangelización de los tahitianos, tuvo un enfrentamiento con el jefe local y se abandonó el propósito.

Las exploraciones del noroeste americano tuvieron varias intenciones: el control del territorio y la evangelización de los indígenas. Entre 1774 y 1791 una serie de expedicionarios, Pérez, Ezeta, Bodega y Cuadra, Arteaga, etc., intentaron averiguar si existía un paso por el norte que comunicase el Pacífico con el Atlántico, resultando infructuoso por la existencia de los hielos árticos, pero los asentamientos y los sucesivos intentos dejaron una abundante toponimia española en la costa oeste de Canadá y Estados Unidos. Un enfrentamiento en Nutka entre españoles e ingleses (los primeros habían fortificado la isla)[viii] ahuyentó a segundos, pero en 1795 los españoles abadonaron la zona.

También se hicieron expediciones al estrecho de Magallanes, particularmente con la fragata “Santa María de la Cabeza” (1785), haciéndose entonces el levantamiento topográfico más perfecto hasta el momento. La obra zoológica de Félix de Azara, entre 1781 y 1801, fue extraordinaria: siendo ingeniero militar, se sintió atraído por la naturaleza de América; “perdido” en los límites de las posesiones hispano-portuguesas, nos ha dejado una valiosa información sobre los cuadrúpedos y aves de Paraguay.

Una Real Expedición Botánica a Perú y Chile (1777-1788) se hizo con información sobre maderas útiles para la construción de barcos de guerra, se estudiaron multitud de plantas de las diversas regiones exploradas y fue precedente de otra expedición en la que José Celestino Mutis, médico gaditano, hizo a Bogotá (en realidad varias regiones de la actual Colombia) y Ecuador: descubrió flora novedosa y sistematizó sus descubrimientos, haciéndose más de 6.000 láminas que se encuentran en el Jardín Botánico de Madrid, para lo que contó con la colaboración de jóvenes indígenas.  La expedición de Sessé y Mociño tuvo una importancia superior, en el ámbito científico, a las anteriores, pues fue muy extenso el territorio explorado en Canadá y Nueva España (téngase en cuenta que abarcaba desde el istmo de Panamá hasta vastos territorios de los actuales Estados Unidos); además se extendió a Cuba y Puerto Rico. El botánico Martín de Sessé[ix] y el médico José Mariano Mociño[x] se hicieron acompañar de dibujantes para representar las plantas, de otros botánicos auxiliares y también participaron alumnos mexicanos del Real Jardín Botánico de México[xi]. De regreso a España el estudio de los materiales traídos dio resultados extraordinarios, conservándose en el Jardín Botánico de Madrid fondos importantísimos de aquellos estudios. El interés mostrado llevó a la formación del Primer Gabinete de Historia Natural de México (1790) y luego de Guatemala.

La expedición del conde de Mopox a Cuba fue patrocinada por criollos de la isla, realizando un estudio sobre los montes, caminos, bosques y el estudio del transporte del azúcar desde el interior a La Habana (1796-1802). El inglés Cook realizó tres viajes por el Pacífico, pero tocó poco el territorio americano, mientras que Louis Antoine de Bougainville tiene el mérito de una nueva circunnavegación del globo y una detallada descripción de Tahití. Más importancia tuvo la expedición Malaspina (1789-1794) que incluyó una amplia propuesta sobre cómo reformar el Imperio colonial español para asegurarlo, pero también hizo estudios sobre astronomía, cartografía, hidrografía, geografía, etc. El guatemalteco Antonio Pineda, militar, formó parte de la expedición Malaspina encargado de las ciencias naturales.

La obra inmensa de Alexander Humboldt se completó con su expedición por buena parte de América: salió de A Coruña en 1799 mientras Malaspina estaba preso en el castillo de San Antón, próximo a dicha ciudad, recorriendo y estudiando diversos aspectos naturalistas y geográficos, etnográficos y humanos de las Antillas, Nueva Granada, Perú, Mesoamérica, Nueva España y el Este de Estados Unidos, regresando en 1804. Una Comisión Científica al Pacífico entre 1862 y 1866, acompañada de fragatas de guerra, se inscribe en la “política de prestigio” de O’Donnel en la última etapa del reinado de Isabel II, y ya en el siglo XX se malogró una expedición del capitán Iglesias al Amazonas, auspiciada por el médico Gregorio Marañón, a causa del estallido de la guerra civil española de 1936 (*).


[i] No confundir con Francisco Hernández de Córdoba, pues este fue un conquistador anterior que murió en 1526.

[ii] Médico y botánico (1508-1588).

[iii] “La Historia General de las cosas de Nueva España”.

[iv]  José de Iturriaga y Aguirre era guipuzcoano nacido en 1699; falleció en Pampatar, Venezuela, en 1767. Marino de profesión se dedicó al comercio del cacao.

[v] Fue alumno de Linneo. Nacido en Suecia en 1729, murió en San Antonio de Caroní, Venezuela, de resultas de la expedición citada. Fue un botánico y estuvo también interesado en la zoología, malográndose quizá un gran científico debido a su temprana muerte.

[vi] Nacido en Santoña, murió en Cádiz en 1802.

[vii] Guipuzcoano, murió en Tahití en 1775.

[viii] En la defensa de la isla participó una Compañía de Voluntarios de Cataluña, lo que Malaspina, posteriormente, podría recordar y dejar testimonio.

[ix] Oscense nacido en 1751 y fallecido en Madrid en 1808

[x] Nació en Temascaltepec, México, en 1757, falleciendo en Barcelona en 1820.

[xi] Instalado en el Palacio del Virrey.

(*) El presente resumen es deudor de la conferencia dada el 13 de noviembre de 2014 por Miguel Ángel Puig-Samper, con el título "La exploración científica de América" (Fundación Juan March).

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