miércoles, 12 de octubre de 2016

Piratería, corso y negocio en el Mediterráneo

Fotografía tomada de Terrae Antiquae


La Corona de Aragón, en la baja Edad Media, mantuvo intensas relaciones con el otro extremo del Mediterráneo, concretamente con el reino mameluco de Egipto y Siria. Las relaciones fueron buenas y malas, según los momentos, y estuvieron siempre guiadas por el interés comercial de ambas monarquías y los comerciantes de una y otra civilización. Estas relaciones comerciales estuvieron entreveradas de piratería, de forma que la violencia privada, según expresión de Damien Coulon[1], fue frecuente.

El estado mameluco era potente al menos entre los siglos XIII y XV. Había sucedido al de los Ayyubides –descendientes de Saladino- en 1250. Los mamelucos eran esclavos soldados que consiguieron hacerse con el poder; la mayoría venían del mar Negro y aprovecharon la coyuntura que les brindó la séptima cruzada[2], reinando en Egipto y Siria hasta 1517. El estado mameluco ocupó un espacio estratégico, pues era paso obligado para comunicar oriente con occidente.
La primera forma de violencia que se llevó a cabo entre los mamelucos y los cristianos catalano-aragoneses fue en época del rey Jaime I, concretamente en 1269: los musulmanes asediaban los últimos puertos cristianos de Tierra Santa y Siria. Pero el estado mameluco estaba ya muy consolidado, era el más potente de los estados musulmanes del Mediterráneo. De nada sirvieron incluso intentos de alianza con los lejanos mongoles: el rey Jaime envió en cierta ocasión a hablar con el gran khan a su embajador Jaume Alarich.

Con motivo de la guerra que en 1282 llevó a los catalano-aragoneses a Sicilia, el rey Pedro “el Grande” buscó la alianza de los mamelucos, pues tenía en frente por el control de la isla al papa. El sultán llegó a prestar colaboración militar al rey Pedro a cambio de que este socorriese a aquel en caso de agresión cristiana. Así el rey catalano-aragonés consiguió el acceso de sus comerciantes a los puertos de Egipto y Siria. Vemos que han cambiado las cosas: de tener a los mamelucos como enemigos a tenerlos como aliados.

Ello se explica porque el emperador Federico II ya había negociado con el sultán ayyubide en 1229 el tratado de Jaffa para lograr el dominio sobre Jerusalén, lo que le costó ser excomulgado por el papa. Los reyes de Aragón, a finales del siglo XIII, pretendían defender la herencia del emperador contra los angevinos (dinastía francesa que llegó a reinar en varios territorios, también en Sicilia) defensores de los intereses del papa. Jaime II de Aragón heredó esta política y confirmó con el sultán el acuerdo en 1293, que se mantuvo hasta el siglo XV. Así los monarcas catalano-aragoneses nunca permitieron que se hiciese el corso contra Egipto y Siria.

En época del rey Pedro (el Ceremonioso, siglo XIV) dicho rey había justificado ciertos expolios contra barcos tunecinos por la guerra que había librado contra el emirato hafsí de Túnez. El corsario Ramón de Montcada actuaba con permiso del rey aragonés, pero la prueba de que estos corsarios no actuaban por patriotismo es que poco después Montcada atacó naves catalanas (1386). Las zonas más peligrosas donde actuaron piratas y corsarios en relación a los comerciantes musulmanes y cristianos fueron los alrededores de la isla de Cerdeña, disputada por la república de Génova durante casi todo el siglo XIV. Cuando Cerdeña quedó pacificada a principios del XV los robos pasaron a intensificarse en la isla de Rodas, controlada por los caballeros de San Juan de Jerusalén, cabeza de puente cristiana pero que sufrió las embestidas de, entre otros, el pirata catalán Nicolau Sant Pere, que actuó sobre todo entre 1416 y 1420.

Los patrones de las naves jugaban en ocasiones el papel de piratas al mismo tiempo, creciendo con el tiempo el ritmo de las agresiones, pues también las fuentes dicen que aumentaron las actividades comerciales catalanas en el Mediterráneo durante el siglo XIV. Ello llevó a un crecimiento de los esfuerzos para proteger las naves, llegando a emplear galeras de combate, aunque la medida resultó muy cara, sobre todo cuando se trató de garantizar las especias traídas del Levante. Otra medida fueron los contratos de seguros a prima, que se desarrollaron a lo largo del siglo XV.

Las autoridades mamelucas, por su parte, fueron aumentando las tasas en el comercio con los catalano-aragoneses, hasta el punto de exigir la entrega de las velas de las naves para impedir que estas zarpasen antes de que sus propietarios pagasen aquellas tasas. Con el rey Alfonso V, en el siglo XV, cambiaron las relaciones entre los dos estados, pues una acción pirática en 1412 llevó a un comerciante valenciano a desembarcar mercancías orientales y mercaderes magrebíes en Valencia, sometiendo a estos últimos a la esclavitud. El sultán tomo represalias multando a los mercaderes catalanes que se encontraban en su reino, e incluso castigó físicamente al cónsul catalano-aragonés en El Cairo.

Alfonso V preparó entonces una expedición de corso y las relaciones pacíficas se rompieron por lo menos entre 1416 y 1429: lo que eran acciones y violencias privadas se han convertido en violencias públicas. Los mamelucos también tomaron decisiones como la de establecer un monopolio público sobre las especias, lo que engrosó los ingresos del estado. Tal situación era perjudicial para el comercio catalano-aragonés, por lo que el rey Alfonso V envió embajadores a Rodas en 1429 y 1430 con el fin de restablecer la paz. El tratado firmado, no obstante, quedó sin aplicar por mucho tiempo, pues el sultán mameluco, en 1432 seguía con su política monopolística.

El rey aragonés intentó entonces convertir la lucha en una cruzada, pero sin éxito, en medio de un contexto en el que se estaba afirmando el estado, tanto en oriente como en occidente. Llegó entonces a una política de alianzas con la gran rival económica de Aragón-Cataluña-Valencia, la república de Génova; también se produjeron alianzas entre el sultán mameluco y el reino cristiano de Chipre…


[1] “Formas de violencia en las relaciones entre la Corona de Aragón y el Sultanato Mameluco…”.
[2] A mediados del siglo XIII una rama de los musulmanes, junto con los de Egipto, atacaron Palestina y Siria, saqueando Jerusalén. Esto provocó los preparativos para la séptima cruzada.

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