martes, 3 de octubre de 2017

Lupicio y Romano...



Monasterio de l'Aiguille, en el sudeste de Francia
(http://www.monestirs.cat/monst/annex/fran/lleng/croman.htm)


La Galia
meridional puede ser un ejemplo del decaimiento económico, las relaciones de producción y el estado de guerra al final de la Antigüedad y en la alta Edad Media. Cuando a principios del siglo V una serie de tribus se dieron al saqueo en territorio romano, la región citada no fue una excepción, convirtiéndose incluso en un hábito. La principal misión de rey o del jefe militar –dice Pablo Sarachu[1]- era la obtención del botín, el cual debía compartirse entre los “fideles”. Las relaciones de don y contra don dominaban el sistema político, obligando a los soberanos a reanudar constantemente la maquinaria bélica.

El botín no se empleaba para invertirlo productivamente, sino para poder obsequiar buscando establecer obligaciones por parte de los agraciados, y ese botín no solo se practicó fuera del territorio, sino dentro del propio. Las guerras eran de corta duración, como la empresa, por ejemplo de Clodoveo, que se formó a partir de muchas pequeñas batallas. Por otra parte había bandas armada que se integraban en los ejércitos “regulares” para dedicarse al pillaje. Los ejércitos seguramente eran pequeños y las poblaciones que no lograban huir a un lugar seguro tenían que enfrentarse a la pérdida de su ganado y a la devastación de sus cultivos. El “Liber Constitutionem”[2] está plagado de referencias a delitos menores, y Cesáreo de Arlés (ss. V y VI) pronunció sermones donde hacía referencia a robos y conflictos cotidianos.

En el año 500, por ejemplo, la ciudad de Vienne (a orillas del Ródano y al sur de Lyon) sufrió un sitio que finalizó con una matanza masiva de su población y se da la paradoja –según Halsall- de que estando los ataques a las ciudades a la orden del día, sus murallas estuviesen casi siempre destruidas. Esto se debe a la imposibilidad de las autoridades para contratar mano de obra con el fin de restaurar las defensas. Cuando la guerra coincidía con una catástrofe natural, incluso el mero paso de un ejército por una comarca podía producir males mayores, como ocurrió durante el viaje de Rigunta[3] desde París a Toledo. En otro orden de cosas el mantenimiento de la disciplina en el ejército, al estar formado heterogéneamente, era cosa difícil.

Los ejércitos estaban formados por guerreros de los “reguli” francos, séquitos privados de la aristocracia, descendientes de los “milites” romanos y aliados bárbaros. Dada la progresiva militarización de las aristocracias, sus fuerzas se acrecentaron durante el siglo VI, contribuyendo a ello la crisis del sistema fiscal, pues a las autoridades cada vez les fue más difícil cobrar impuestos, y los séquitos privados crecieron en beneficio de los campesinos capaces de armarse. Uno de los objetivos específicos de las campañas militares fue la toma de prisioneros para ser vendidos como esclavos o negociados como rehenes, de lo que nos habla, entre otras fuentes, Gregorio de Tours (s. VI). Por su parte, el concilio de Orleáns, en el año 549, denunció que libertos de la Iglesia estaban siendo reducidos a la servidumbre.

Las huidas estaban a la orden del día, particularmente de esclavos burgundios hacia territorios controlados por los francos, y la rebeldía de la mano de obra esclava también se expresaba mediante la violencia.

Se produjo en los siglos estudiados una radical transformación del hábitat rural, consistente en la desaparición de las “villae” y el surgimiento de núcleos campesinos independientes sometidos a lazos de subordinación débiles. La desaparición de las “villae” en el área estudiada, se acelera a partir del 500, aunque algunos autores sostienen que permanecen grandes propiedades rurales, lo que se ha podido comprobar en Provenza. Cesáreo de Arlés, obispo en las primeras décadas del s. VI, condenó ciertas maniobras mediante los cuales los ricos se apoderaban de las tierras de sus vecinos más pobres. Comienza a ocuparse grutas y sitios en altura, a veces sobre antiguos “oppida” prerromanos en los que se construyen murallas. A veces esto fue debido a calamidades bélicas, pero hay ocupaciones que se remontan al siglo V y tienen continuidad hasta el VII; otros lugares presentan construcciones eclesiásticas, que han sido vinculadas a la organización de la Iglesia cristiana, lo que llevó al traslado de la prefectura de las Galias a Arlés. Todos estos casos, sin embargo, eran lugares fortificados ocupados por campesinos.

En cuanto a las grutas se las ha supuesto refugios, santuarios y talleres artesanales, abrigo para poblaciones pastoriles y habitación de eremitas. La población se redujo en número al empobrecerse de forma generalizada, se simplificaron las estructuras económicas (aunque hay divergencias microrregionales) y continuaron, en algunas zonas, la extracción de metales y la artesanía. La depresión agrícola degradó la salubridad y surgieron epidemias con frecuencia.

En la Galia las superficies cultivables se contraen y los suelos marginales se transforman en bosques o baldíos, pero aún se notan diferencias sociales en la riqueza del ornamento, que es un signo de distinción. La retracción de la economía influyó negativamente en los circuitos comerciales, que dependían de la capacidad de las aristocracias para extraer el excedente de los campesinos, pero la circulación comercial siguió siendo intensa avanzado el siglo VI. Se contrajo el comercio de bienes de lujo y el de productos básicos, quedando Marsella como único puerto marítimo de la región.

Existe no obstante una controversia sobre si los intercambios mediterráneos no se vieron afectados hasta las conquistas árabes (Pirenne) y quienes, como McCormick dicen que esto ya se dio entre los siglos V y VII. En todo caso la economía doméstica no se supeditaba ya a vínculos estables de producción, se redujeron los impuestos pero las exigencias en especie por los grandes propietarios del “midi” continuaron, aunque aquellas fueron menores que las que los campesinos debían satisfacer al Estado con anterioridad. La imposibilidad de mantener una mano de obra estable llevó al trabajo a muchos eclesiásticos, como por ejemplo Lupicio y Romano, que tuvieron que dedicarse a las labores agrícolas en los inicios del monasterio de Condat (sur de Fancia). En el concilio de Epaone (517, sureste de Francia) se prohibió a los abades liberar esclavos donados a los monjes porque se estimó injusto que estos trabajaran en el campo mientras los primeros gozaban del ocio: es uno de los ejemplos más claros en los que las condiciones materiales condicionan la conciencia…


[1] “Guerra, relaciones de producción y economía en la Galia meridional post-romana”. 2012.
[2] Debe de haber más de uno con este título.
[3] Hija de Chilperico I de Neustria, cuya hija viajó para desposarse con el godo Recaredo.

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