martes, 19 de julio de 2016

Los soldados de España y del Imperio



Lansquenetes

Los soldados del Imperio Germánico y de España estuvieron en un continuo trasiego durante la Edad Moderna. El emperador Fernando, que había nacido en Alcalá de Henares, llevó a Viena a muchos españoles, entre ellos soldados, que lucharon contra los turcos en Hungría. Uno de ellos fue Gabriel de Salamanca, rico burgalés que seguiría siéndolo al hacerse dueño de tierras en Austria.

En 1686 llegó a Viena Juan Díaz Pimienta, que no sé si será el nacido en Urduña en 1660 y que llegó a ser gobernador de Cartagena de Indias. Tras la guerra de sucesión a la corona de España muchos de los militares que se habían mostrado partidarios del pretendiente Carlos se refugiaron en Viena, como es el caso de Juan Amor de Soria, que ha permitido a Ernest Lluch estudiar su pensamiento austracista e ilustrado. Para Lluch, Amor de Soria fue un reformista que, desde el exilio, planteó una alternativa al absolutismo borbónico español.

Muchos de los exiliados participaron en los ejércitos imperiales, donde sobresalió Manuel Desvalls, que llegó a ser tutor del que luego sería emperador José II. Otros dieron esplendor, según Enrique García Hernán (1) al Hospital de los Españoles de Viena para soldados. Fue erigido en 1718 y se llegó a crear también en Viena un Consejo Supremo de España que perduró hasta 1736 (2). Más tarde, los militares austracistas que regresaron a España fueron reconocidos con sus títulos nobiliarios, integrándose en el ejército borbónico.

En los siglos XVI y XVII esos militares defendieron que España necesitaba del Imperio para neutralizar a Francia en la defensa de los Países Bajos y del norte de Italia. Hubo tratadistas militares que elogiaron la participación de los tudescos con los famosos lansquenetes. En concreto, los militares españoles e imperiales se ayudaron para acabar con la rebelión protestante en 1547 (Mülhberg) y en 1620 en la Montaña Blanca. Esta alianza se confirmó en 1658 con la colaboración hispano imperial (Leopoldo I en este caso) acudiendo a la defensa de Barcelona Jorge de Hesse Darmstadt, y puede que participara en la batalla de Camprodón, al norte de la actual provincia de Girona.

No solo: hubo una intensa relación cultural y económica. Los Tassis se hicieron con el monopolio del correo y la economía española internacional mantuvo estrechas relaciones con la liga Hanseática. Los jesuitas contribuyeron al estudio del “arte” militar en el Colegio Imperial, y para demostrarlo puede citarse el caso, que no es único, de Jacobo Kresa, que fue además gramático, matemático y estudioso del hebreo en Praga.

Con las continuas guerras –dice García Hernán- había que levantar reclutas y esto suponía un negocio, y el mercado estaba en todas partes, sobre todo en el Imperio Germánico, aunque los soldados fuesen protestantes, mientras que Francia tampoco tuvo inconveniente en contar con soldados alemanes protestantes. Pero en general no hubo integración (seguimos a García Hernán en la obra citada): “cuando los imperiales querían decir (…) ‘esto me suena a chino’, ellos simplemente decían ‘esto me suena a español’. Pero las relaciones familiares entre nobles sí se produjeron, casándose unas con otros y viceversa.

Uno de los desencuentros fue la Inquisición, hasta el punto de que imperiales protestantes en España tuvieron que simular ser católicos. Los españoles de a pie, por su parte, no tuvieron noticia de que los reyes concedieron pensiones de viudedad a aquellas ociosas señoras que habían perdido a sus maridos: no sabían hacer otra cosa.

(1)   “Relaciones militares entre España y el Imperio”.
(2)   García Hernán cita a A. Alcoberro y su obra, “Al servei de Carles VI…”, 1998.

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