viernes, 11 de octubre de 2013

Izurdiaga: un cura falangista

Fernández Cuesta con el cura Izurdiaga
Durante la guerra civil española de 1936 el cura Izurdiaga protagonizó un conflicto con las autoridades eclesiásticas por su aceptación de varios cargos en Falange Española (era falangista convencido) y en el Consejo Nacional, para lo que fue nombrado directamente por el general Franco. Tanto el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, de quien dependía, como el cardenal Gomá, primado de España, tuvieron que vérselas para que el díscolo cura falangista cediese y abandonase los cargos que desempeñó durante algún tiempo: la dirección de revistas políticas, la propaganda de Falange y el citado como consejero. Su intención era -según sus propias palabras- catolizar a Falange. El cardenal Segura, otro díscolo, estuvo repetidamente en desacuerdo con las misas de campaña (al aire libre) que organizaban los falangistas, pues consideraba que la Iglesia no debía de ser instrumentalizada por ningún partido político.

El obispo Olaechea, por su parte, sostuvo que los sacerdotes no debían compatibilizar su labor como tales con cargos políticos, pero lo cierto es que ya durante la segunda República española algún clérigo lo había hecho y durante el franquismo fueron legión los que participaron en la vida política incluso oficial, como procuradores en Cortes y consejeros. El problema de la Iglesia en España -a estos efectos- es que al ponerse al lado de los militares sublevados entró en numerosas contradicciones y estas no afectaron a la Iglesia jerárquica solamente, sino al conjunto de la población muy negativamente: curas que delataban, que participaban en crímenes, que se enfrentaban al clero vasco nacionalista... El propio papa, al haber nombrado nuncio en la España gobernada por el general Franco a finales de 1937, reconoció implícitamente a dicho régimen, aunque el reconocimiento formal viniese años más tarde.

Santiago Martínez Sánchez, de la Universidad de Navarra, ha estudiado este caso, señalando que el obispo Olaechea no tuvo inconveniente en apoyar al general Franco a pesar de sus preocupaciones sociales. Incluso en su escudo episcopal aparecía una chimenea de altos hornos alusiva a los trabajadores siderúrgicos vizcaínos, hijo de uno de los cuales era él. El cura Izurdiaga, por su parte, no era un patán, sino que había dado clase en el Instituto de Pamplona y colaboraba con el Diario de Navarra. Tuvo sus devaneos con las Juntas Ofensivas Nacional Sincicalistas pero prefirió adherirse a la Falange ya en 1933. Franco le nombró en 1937 jefe de la delegación nacional de prensa y propaganda de FET y de las JONS una vez que se produjo la unificación por decreto de estos dos grupos fascistas.

Prueba de la personalidad de Izurdiaga fue el diario que apareció en Pamplona a principios de agosto de 1936: ¡Arriba España! Hoja de combate de la F.E. de las JONS. Lo de "combate" delata a sus creadores, entre los que estaba Izurdiaga, pero esta palabra desapareció poco después para no dejar evidencias. El nombramiento para aquellos cargos sorprendió al obispo Olaechea, que habría esperado la solicitud del sacerdote a su persona para aceptarlos. Por ello fue requerido en varias ocasiones para que renunciase a ellos. Como el cura no hizo caso, sino que contestó a cada requirimiento del obispo con evasivas, Olaechea se puso en contacto con el propio Franco para que "liberase" al cura de aquellos menesteres. Franco tampoco le hizo caso e Izurdiaga incluso alegó que "algunos sacerdotes se movían en la más turbia política [durante la República] y hasta alguno de la minoría vasca llego al sumo sacerdocio del pontificado", refiriéndose a Antonio Pildain, obispo de Canarias desde principios de 1937.

Izurdiaga fue incluso invitado al congreso que los nazis celebraron en Nuremberg en septiembre de 1937, pero a esto sí renunció debido a las recomendaciones del obispo, que alegó las persecuciones que los católicos alemanes estaban sufriendo por parte de los nazis. No obstante el obispo, en relación a España, no tuvo inconveniente en decir "Gobierno y pueblo a quienes tan agradecidos vivimos" en referencia a la Alemania nazi. Por aquel entonces Pamplona era refugio de varios obispos afectos al régimen de Franco, como el propio cardenal Gomá, que por tanto pudo tener noticia de primera mano sobre el conflicto planteado por el sacerdote, y el obispo de Girona, Cartañá. El problema de las autoridades eclesiásticas es que siempre han querido poner por delante el derecho de la Iglesia al del Estado. Las autoridades franquistas pudieron ser condescendientes con la Iglesia hasta extremos poco imaginables, pero no estuvieron de acuerdo en que en todo la Iglesia prevaleciese sobre el Estado. Por eso, si el cura había sido nombrado por Franco, el problema de que aceptando desobedeciese al obispo le traía sin cuidado al general.

Contento el cura Izurdiaga por los favores que de Franco recibía, no tuvo inconveniente en pronunciar un discurso en Vigo a finales de noviembre de 1937: [Yo creo] -dijo el cura- [en] el espíritu de una llama eterna, sobrenatural, vehemente y violenta -más violenta que la fuerza ciega de las pistolas- que ilumina, que mueve, que arrastra el gobierno de los mundos. Pues la Falange en estas horas augustas de su silencio renueva su vigor entrañablemente con el poder del espíritu... Con este personal tuvieron que lidiar los "rojos", entendidos por tales tanto los que militaban en partidos democráticos y/o de izquierdas como los que no se avenían a aceptar el fascismo de Falange, el catolicismo rancio de la Iglesia y la brutalidad del régimen franquista.

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