sábado, 12 de octubre de 2013

Joan Maragall


Cuarenta y nueve años tenía Joan Maragall cuando se produjeron los acontecimientos de la "semana trágica de Barcelona". La impresión que causaron en este poeta aquellos hechos le llevaron a escribir tres artículos de los cuales uno no sería publicado porque el catalanista Prat de la Riba lo prohibió. El tercero, titulado "La Iglésia Cremada", lo concibió cuando asistió a una misa en una de las iglesias que habían sido incendiadas por los participantes en las manifestaciones violentas de aquellos días de julio de 1909. Asistir a una misa en una iglesia totalmente despojada de oropeles y vistosidad, desnuda, incluso arruinada, le inspiró que así debía ser la Iglesia a la que él pertenecía, aunque más cabe habar de un cristiano convencido que de un católico ferviente en el caso de Maragall.

Casi cien muertos entre manifestantes -la mayoría- y fuerzas del orden se produjeron en la "semana trágica", consecuencia del descontento de la población por la decisión del Gobierno, presidido por Antonio Maura, de hacer una nueva recluta para luchar en Marruecos, recientemente ocupado por España en su parte norte (Rif) y donde algunas empresas habían empezado a explotar las minas de fosfatos con la oposición de los indígenas rifeños. Aquellos que habían sido reclutados no pudieron pagar el canon para librarse de ir a la guerra, como ocurría con los jóvenes y no tan jóvenes de las familias ricas. La Iglesia había hecho campaña en favor del reclutamiento y por ello las manifestaciones desembocaron en una  muestra de anticlericalismo sin precedentes. 

Unas ochenta iglesias y conventos ardieron en Barcelona, fueron saqueadas tumbas de religiosos y religiosas, se hizo burla de ellas, incluso un deficiente mental sería condenado a muerte -junto con otros cuatro individuos- por haber bailado macabramente con uno de los cadáveres. Como es sabido, el pedagogo progresita Ferrer Guardia fue una de las víctimas inocentes de las sentencias de muerte que se dictaron. Maragall, como cristiano y como ser humano, no podía aprobar aquellos hechos, pero comprendió perfectamente la idignación y las protestas de los obreros que salieron en masa a las calles durante varios días, quizá hasta principios de agosto. 

La represión fue desenfrenada, siendo ministro del ramo Juan de la Cierva, que según Hilari Raguer hizo publicar que las manifestaciones tenían una intención separatista, por lo que el movimiento no se propagó al resto de España, donde también hubo levas. 

Yo nunca había oído una Misa como aquella -dice Maragall-. El Sacrificio estaba allí presente, vivo y sangrando, como si Cristo volviera a morir por los hombres, dejando otra vez su Cuerpo y su Sangre en el Pan y en el Vino. El Pan y el Vino parecían recién hechos: la Hostia parecía palpitar, y el Vino, al vaciarse en el cáliz, a la luz del sol, parecía que chorreaba... Yo nunca había oído una Misa como aquella.

En efecto, la bóveda de la iglesia resquebrajada, las paredes ahumadas y agrietadas, los altares destruidos, ausentes, sobre todo aquel gran hueco negro al fondo... sigue diciendo Maragall. La "semana trágica de Barcelona había impresionado hondamente a Maragall, ya de por si impresionable por su alta sensilibidad poética y religiosa (no necesariamente católica, pero sí cristiana). Las masas enfurecidas por tantos años de oprobios, por el odio cacumulado contra los poderosos, entre los que se encontraba la Iglesia a sus ojos, habían hecho estragos en templos y conventos. En el puerto y en otros barrios las fuerzas del orden reprimieron con especial dureza las manifestaciones y desmanes.

Maragall no aprueba, sino que rechaza con toda su fuerza la brutalidad de los atentados anticatólicos, pero al mismo tiempo considera que la Iglesia y las clases burguesas han estado demasiados años con una "religiosidad postiza", en palabras de Hilari Raguer. El poeta catalán es un símbolo del equilibrio: burgués por la familia en la que nació y por su cultura, no está sin embargo por cerrar los ojos a los problemas sociales de sus tiempo. Y compara la brutalidad de los trabajadores cuando se lanzan ciegamente a la calle con la placidez de la burguesía -catalana y española en general- solo atenta a sus negocios en el norte de Marruecos, a engordar sus beneficios, muchas veces mal ganados, a endulzar sus existencia con ritos religiosos ajenos a toda espiritualidad.

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