martes, 26 de septiembre de 2017

Exageraciones romanas



Escalera del palacio Barberini, obra de Borromini

Además del elevado número de cadáveres arrojados al río Tíber desde la antigüedad, costumbre que quizá solo ha cesado en los últimos siglos, Roma es, por su historia, la ciudad de la exageración desde, por lo menos, el Renacimiento, desde que cada papa o familia de la nobleza quiso dejar su impronta para disfrutar de la ciudad o para ser recordados. Roma es la ciudad donde tuvo su origen el barroco, de la mano de los papas y de los jesuitas más tarde, pero también de los artistas, arquitectos y escultores sobre todo, que se han esforzado por mostrar la grandeza, la desproporción, la escenografía y la riqueza.

Ya en el siglo I los emperadores hicieron levantar el más ampuloso y monumental anfiteatro con tres niveles de arcadas de medio punto, donde se superpusieron los órdenes clásicos, el grosor de los muros, la imponencia de su arquitectura. También nos asombra el Panteón como templo para todos los dioses, hoy iglesia, que contiene las tumbas, entre otros, de dos reyes italianos y de Rafael Sanzio (ossa et cineres). Su gran óculo y el pórtico columnario, el frontón del que han desaparecido las figuras iniciales, su interior podría estremecer al visitante si pudiese hacerlo en soledad, no en medio del gentío que se agolpa día a día en la actualidad.

Andando el tiempo se levantó, sin miramiento alguno, pretendiendo solo la magnificencia, la basílica de Santa María Maiore, construida sobre un antiguo templo pagano. Obra de la Edad Media, la fábrica actual es del siglo XVII, pero conservando elementos y materiales anteriores, mármoles, mosaicos, artesonado en su nave central, columnas gigantescas que la separan de las laterales, fachada barroca al exterior, grandes cúpulas sobre los brazos del crucero, ábside monumental… Su interior nos recuerda a la basílica de San Lorenzo, también en Roma, y a la florentina de Bruneleschi, aunque en este caso las columnas de las naves sostienen arcos de medio punto, más clasicista que la romana.

El palacio Barberini alberga hoy un museo de pintura y escultura, desde la Edad Media hasta el barroco en el primer caso. Obra del siglo XVII para la familia Barberini, uno de cuyos miembros, Maffeo, llegó a ser el papa Urbano VIII. El edificio, monumental, tiene planta cuadrada, pero con forma de U en una de sus fachadas, de tres niveles, con arcadas en el inferior y elementos clásicos en los dos superiores, vanos y frontones. Su interior es ampuloso, con el capricho solemne de una monumental escalera de caracol obra de Borromini. En una de sus estancias se representa, en un monumental fresco, el “Triunfo de la Divina Providencia”, obra de Pietro da Cortona, pero también el cuadro“La conducción de los santos Pedro y Pablo al martirio”, obra de Giovanni Serodine, donde la agitación de los personajes contrasta con la serenidad de los santos… Otra de las pinturas es “La expulsión de los mercaderes del templo”, obra de Valentín de Boulogne. Aquí todo es agitación barroca, colorido y ropajes plegados. También están allí las muy conocidas obras de Quentin de Metsys (“Erasmo”), obra de 1529, y de Hans Holbein (“Enrique VIII”), de 1543.

Todo ello contrasta con una escultura marmórea, copia de otra romana del siglo I: un joven desnudo y en movimiento levanta uno de sus brazos mientras vuelve la cabeza hacia atrás. También es excepción un retrato apenas terminado, con tenues colores, una pequeña obra de Rafael.

El urbanismo de la ciudad antigua romana está completado por la iniciativa de papas y señores, que han querido dejar su recuerdo gastando los recursos que no les pertenecían: es el caso de la Fontana di Trevi, mandada esculpir con todo esplendor y exageración por el papa Urbano VIII: escorzos, músculos, movimiento, monumentalidad; se trata de la más espectacular fuente romana.

Anterior es la plaza del Campidoglio, en lo alto, muy cerca del monumental edificio y escultura en honor del rey Víctor Manuel II, obra de finales del siglo XIX pero terminada durante la dictadura de Mussolini. La plaza es obra de Miguel Ángel, flanqueada por dos monumentales esculturas con caballos, desproporcionadas entre sí y con respecto a la plaza, quizá encargada por Alejandro Farnesio en la antigua colina Capitolina, de grandes resonancias sagradas en la Roma antigua. El que sería papa con el nombre de Paulo III perteneció a una familia noble con posesiones en el norte del Lacio, en torno al lago Bolsena, llevando a cabo un nepotismo que escandalizó a muchos, colocando en puestos bien remunerados incluso a nietos suyos.

Miguel Ángel no vio terminada su obra: la plaza oval, al fondo el palacio Senatorio (hoy sede del Ayuntamiento de Roma) y a cada uno de los lados, el palacio Nuevo, así llamado porque sustituyó a otro que estaba arruinado, y el palacio de los Conservadores, hoy ambos edificios sede de los museos Capitolinos. Aquí no podemos hablar de exageración, sino de clasicismo, de proporción y belleza. 

Al otro lado el foro de Trajano con la columna que relata, en relieves singularísimos, las guerras contra los dacios. En el foro también columnas gigantescas, yacimiento arqueológico que seguramente dará nuevos datos a los más interesados.

¿Qué decir de la plaza y basílica de San Pedro? Caminando por entre las columnas de orden gigante berninianas, se tiene la impresión de insignificancia en comparación con esos fustes y basas que se suceden regularmente, pero lo cierto es que la monumentalidad de la basílica (particularmente de su fachada) obligó a Bernini a concebir aquellas columnas gigantescas si no quería que quedasen ridículas y empequeñecidas por la concepción de Maderno. En el interior de la basílica ¿cuántos relieves y eculsturas? ¿cuántos ángeles suspendidos? ¿cuánta exageración y pompa? ¿cuánta riqueza que escandalizó y escandaliza, que embelesa y admira a tantos?

La plaza de España, con su escalinata anexa y la iglesia de la Trinitá dei Monti, en lo alto, presidiendo desde la colina el conjunto. No lejos se encuentra la villa Borghese, gran espacio con campos y arboledas diversas, fuentes y estanques. El edifico de la Galería Borghese conserva obras de los más afamados pintores del renacimiento italiano, pero también del escultor Canova. Edificio pequeño, combina la sencillez con la decoración barroca. La villa ajardinada fue idea del cardenal Scipione Borghese, que no podía admitir quedarse atrás en el afán de inmortalizarse con una obra en la ciudad. Allí la pajarera, edificio rematado por grandes jaulas de formas artísticas, más propio aquel de una mansión señorial; los jardines “secretos”; hay un hipódromo, plazas, caminos que serpean, un zoológico…

En la misma calle romana se encuentran San Andrés del Quirinal, sede jesuítica, y San Carlos de las Cuatro Fuentes, estas en cada una de las esquinas de las calles que se cruzan. La primera, obra de Bernini, la segunda de Borromini: en esta última, sobre todo, las curvas, las formas quebradas, los elementos inverosímiles, la planta singularísima, las estatuas y columnas…

¿Cuántas cúpulas, pilastras, linternas, escalinatas, palacios, frontones, patios y fuentes, esculturas en las que se retuercen en escorzos y contrapostos personajes fornidos, musculosos, en actitudes inútiles, movidos hasta el infinito hay en Roma? ¿Cuántas iglesias y oratorios hay en Roma? Hubo épocas en la historia de la ciudad en las que los más poderosos debieron de enloquecer y quisieron dejar su nombre plasmado en la urbe, y contaron con los artistas que atesoraban el genio y la osadía de llevarlas a cabo.

Hasta el palacio de Justicia, obra de finales del siglo XIX y principios del XX, quiere acompañar a las demás exageraciones romanas: fachada movida con varias alturas, columnas, guirnaldas, vanos y la gran plaza en frente… Parece como si los grandes edificios del Imperio, del manierismo y del barroco, hubiesen condicionado todas las obras posteriores. El monumento al soldado anónimo y al rey Víctor Manuel II, en realidad, obedece a un plan ascendente hasta el gran edificio columnario, levantado sobre el barrio medieval que ya no podremos ver, bajo sus cimientos.

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