lunes, 14 de octubre de 2019

Obispos, emires e impuestos

Paisaje de los Pedroches (Córdoba)

Durante el gobierno de los Omeya en al-Andalus, los cristianos en dicho territorio conservaron algunas de las instituciones que tenían desde el período visigodo[i] y dichas instituciones representaron a la población cristiana ante el poder musulmán. Esto es importante porque los cristianos en al-Andalus fueron muchos, siendo los obispos los que más claramente colaboraron con las autoridades musulmanas.

Dichos obispos estaban en condiciones de controlar el territorio y, aunque la red eclesiástica evolucionó a lo largo del período omeya, gran parte de las sedes episcopales visigodas continuaron activas, siendo Córdoba el centro de la organización eclesiástica cristiana. Hubo, en cambio, una parte del territorio de al-Andalus donde se produjo una desestructuración, siendo esto más patente a medida que nos alejamos de aquella ciudad.

El autor citado se centra en los casos de Eliberri y Urci[ii], teniendo en cuenta que los grupos dominantes visigodos pactaron, en muchos casos, con los invasores musulmanes, seguir gozando de sus privilegios, practicando su religión y otros asuntos, a cambio de comprometerse a pagar los tributos que se les impusiesen por parte de los musulmanes. Entonces, los dominados se convertían en “dimmíes”, cristianos o judíos que eran “protegidos”. En los últimos años –dice Martínez de Marigorta- se han encontrado muchos precintos de plomo que en una de sus caras va acuñada la frase “pacto de paz”.

El método de conquista árabe consistió en que el ejército siguiese los itinerarios que pasaban por las ciudades del reino visigodo; una vez tomada una ciudad, la nueva administración andalusí instalaba en ella un gobernador con su guarnición militar, encargándose del cobro de tributos por medio del obispo si dicha ciudad contaba con él. Esto explica el manteniendo de la mayor parte de las sedes episcopales, mientras que los prelados lograban una mayor suma de recursos.

El obispo de Eliberri pactó con los invasores, habiendo sido dicha ciudad una importante “civitas” y, hasta bien avanzado el siglo X, sabemos que siguió activa. El litoral del sudeste peninsular, sin embargo, no siguió la misma suerte, pues no estuvo entre los itinerarios de la conquista árabe. Urci no contó con ceca en época visigoda, y de hecho no la mencionan los cronistas árabes entre las ciudades tomadas.

Pero la colaboración entre gobernadores musulmanes y obispos quizá no dio el resultado esperado por aquellos. La mayoría de los terratenientes visigodos continuaron con sus posesiones en tanto que la autoridad andalusí cambió de estrategia a partir de 743, consistente en el encargo a las tropas sirias el cobro de los impuestos, de forma que acapararon un tercio de los bienes de los cristianos. Y es curioso que a partir de la fecha citada los autores árabes no vuelvan a hablar de Eliberri como ciudad, al contrario, al hablar de las personas con responsabilidades, estas se sitúa en el campo. El autor habla de descentralización administrativa, algo que se tornará en centralización, a favor de Córdoba, más tarde.

A partir de 743 el sur de al-Andalus fue más estrechamente controlado desde Córdoba, donde vivía un conde al que se le encargaron las funciones que antes realizaban los obispos en materia tributaria. Este sistema ya estaba implantado cuando se habla de emirato al frente del cual está ‘Abd al-Rahmân I (756-788), siendo este el que eligió a sus sucesivos condes, el primero Artubâs[iii], un noble visigodo que se había aliado con los árabes en la conquista, gracias a lo cual conservó sus muchas propiedades rurales. Al parecer había sido este Arubâs el que aconsejó que se encargase a las tropas sirias el cobro de los tributos en las zonas rurales.

Otro conde fue Rabî’ b. Tudulf, que por aumentar la presión tributaria provocó una revuelta en el arrabal de Córdoba (818). El emir, entonces, decidió ejecutarlo, pero la población de la cora de Ilbîra, quejosa también por el mismo motivo, envió a sus representantes a Córdoba y el emir, que pretendía continuar con la misma política tributaria, reprimió militarmente a la delegación de Ilbîra. El autor al que sigo dice que esta cora contribuía con más de 109.000 dinares al año, siendo la segunda después de Córdoba (120.000).

Tras la conquista árabe cesó la celebración de concilios en el siglo VIII, y hay que esperar a la siguiente centuria para constatar cuatro sínodos, en 839 y 862 en Córdoba, ya no en Toledo, en los que participaron mayoritariamente obispos del sur de al-Andalus (Sevilla, Medina Sidonia, Écija, Málaga, Cabra, Córdoba, Eliberri, Urci, Guadix, Baza, Baeza y Elche), y de más lejos solo los de Toledo y Mérida. Con ‘Abd al-Rahmân II (822-852) vemos un creciente número de cristianos que desempeñaban funciones administrativas o diplomáticas en Córdoba. Es ahora cuando se produce la centralización de la que antes hablábamos y de nuevo la importancia del papel fiscal de los obispos, existiendo fuentes que hablan de Ostegesis, obispo de Málaga, que habría obtenido el cargo gracias a la simonía, desempeñando sus tareas fiscales en estrecha colaboración con el conde de Córdoba de aquella época, Servando, quien estaba casado con una prima de Ostegesis.

Lo que está claro es que esta colaboración de cristianos con la administración cordobesa les fue transformando en minoría arabizada, siendo Córdoba la ciudad donde más rápidamente se dio este fenómeno, y esto es lo que llevó a la protesta de algunos, que veían el triunfo de la cultura musulmana sobre la cristiana; es la época de los martirios voluntarios[iv] que se llevaron a cabo en Córdoba entre 851 y 859, movimiento que fue protagonizado por miembros de la aristocracia indígena estrechamente vinculada a los monasterios de la región cordobesa. Las familias de estos aristócratas tenían un origen visigodo y continuaron siendo grandes terratenientes, peros sus ingresos estaban menguando por dos motivos principales: la centralización fiscal supuso un control más eficaz de la administración omeya sobre el campo, y gran parte de los nuevos habitantes de Córdoba serían campesinos procedentes de la zona rural de la cora cordobesa.

La importancia de los monasterios en el movimiento de los mártires voluntarios estuvo motivada por su gran distancia geográfica y simbólica respecto del modelo árabe-musulmán. La mayoría de los monasterios se encontraban en áreas montañosas, habiendo sido construidos por familias aristocráticas dentro de sus tierras, de modo que estos dueños trataban de mantenerlos fuera del control del episcopado, el cual estuvo en contra del martirio voluntario.



[i] Eneko López Martínez de Marigorta, en cuyo trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Eliberri era una “civitas” donde existía obispo desde época anterior, encontrándose en el Albaicín granadino. Urci se encontraba al sur de Alba (Almería), muy cercana a Pechina, según el “Itinerario de Antonino”. Otros consideran que Urci se encontraba en la costa, entre Villaricos (Cuevas de Almanzora, Almería) y Águilas (Murcia).
[iii] En ese momento el emir requisó sus propiedades.
[iv] Entre el medio centenar de mártires, 31 eran de Córdoba y 13 del sur de al-Andalus, la zona andalusí dividida en coras donde la centralización se había llevado a cabo. El clérigo Eulogio expuso el peligro para la cultura cristiana que representaba la arabización de los cristianos, siendo ejecutado en 859.

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