lunes, 9 de enero de 2023

"De la flor a las cenizas sagradas..."

 

En la década de 1530 se pusieron de acuerdo los artistas Montorsoli y Ammanati para componer la tumba del poeta Jacopo Sannazaro. Montorsoli era un florentino que aún no había cumplido los treinta años, y además de escultor fue arquitecto y miembro de la orden de los Siervos de María. Conocía bien a Miguel Ángel, pues había trabajado con él en Florencia, y esto seguramente le permitió entrar en contacto con el papado en la misma década en que compuso la tumba de Sannazaro.

Ammanati también era florentino y algo más joven que Montorsoli, fue alumno de Sansovino y su trabajo como arquitecto muy variado. La iglesia de Santa María del Parto está en la misma costa (Nápoles), en un lugar donado por el rey Federico I de Aragón llamado Mergellina. El citado también fue rey de Nápoles durante cinco años en el cambio de los siglos XV al XVI, y en dicho lugar el poeta Sannazaro[i] fundó la iglesia del Parto.

Su tumba es una muestra del renacimiento tardío para tratarse de Italia, cuando ya Miguel Ángel había dejado notar su estilo manierista. A los lados, bajo el sarcófago, se encuentran las figuras sedentes de David y Judith representadas como si se tratase de Apolo y Minerva. En el centro hay un relieve mitológico con Pan, Marsyas, Euterpe, Neptuno y Anfitrite[ii], y en la parte superior el busto laureado de Sannazaro entre dos “putti” en equilibrio sobre la tapa del sarcófago.

Un epitafio del cardenal veneciano Piedro Bembo[iii], secretario del papa León X, en la base la tumba dice: “De la flor a las cenizas sagradas, aquí yace el famoso y sincero Sannazaro, cerca de Virgilio en la poesía como en el sepulcro”[iv]. Tanto Montorsoli como Ammanati estuvieron influidos por Miguel Ángel, que en la década de 1530 era un artista más que consagrado y reconocido. El busto de Sannazaro fue elaborado por Montorsoli a partir de un molde del rostro y el cráneo del poeta.

El movimiento y las formas rotundas son más visibles en la escultura de Judith, mientras que la de David muestra una juventud que exalta el triundo del personaje en su lucha contra el gigante.



[i] También napolitano, nació en 1458 y murió en 1530.

[ii] En alusión al mundo pastoril y poético que representa Pan, además de fauno como Marsyas, que también era músico en la mitología clásica; a la música también hace referencia Euterpe, su musa, y al mundo de los mares Neptuno y su esposa Anfitrite.

[iii] Nació en 1470 y falleció en Roma en 1547. De gran cultura humanista, perteneció a una familia noble.

[iv] La tumba de Virgilio se encuentra cerca, en Nápoles.

domingo, 8 de enero de 2023

Instancias de gobierno en la Castilla medieval

 

El profesor Ladero Quesada es uno de los historiadores que mejor conoce la Edad Media castellana, y a él se debe el estudio de los poderes políticos en el siglo XV. La monarquía, como cabe suponer, es la institución que se encuentra en la cúspide del poder en todos los órdenes, pues además está ungida con un fundamento religioso (vicario de Dios, se dice en Las Partidas). Del derecho romano tardío hereda la “maiestas”, el poder legislativo, el derecho a no sujetarse a las leyes (en general), el poder de declarar la guerra y acordar la paz, administrar justicia, el derecho de gracia, los nombramientos para los más importantes oficios públicos; y al monarca correspondía el dominio directo sobre las tierras yermas, baldíos, pastos comunes, las minas, las aguas y las costas.

Era un poder inmenso que, sin embargo, tenía limitaciones: podía establecer ferias y mercados en villas y ciudades, al rey correspondía emitir moneda, tenía una fiscalidad propia y podía eximir el pago de impuestos a quienes considerase oportuno. En realidad tenía un pacto con las Cortes, con la aristocracia, el alto clero y las oligarquías municipales. En ocasiones se trataba de pactos tácitos, el “contrato callado” del que hablan las fuentes, sobre todo en derecho natural y de gentes.

El rey juraba ante las Cortes respetar los fueros de sus súbditos, y las Cortes le juraban acatamiento, bien entendido que si un rey incumplía sus obligaciones hasta el extremo de que se le considerase “rex inutilis” o tirano, había derecho de resistencia, y de ahí la liberalidad en interpretar esto por parte de los poderosos. En realidad monarquía y alta nobleza estuvieron en conflicto y consenso alternativamente, llegándose en algunas ocasiones a crisis institucionales, como en la últimpa parte del reinado de Alfonso X o durante el reinado de Pedro I. La monarquía también se hizo con la administración de los señoríos de las Órdenes Militares con los Reyes Católicos.

La Iglesia, en cuanto poder temporal, también fue otra instancia de poder en todas las iglesias y sus rentas. Tras el cisma entre 1378 y 1417, aumentaron las intervenciones regias en la Iglesia con la excusa de su “protección”, y a cambio los eclesiásticos tenían fuero. Los reyes exigieron la participación como mediadores en la designación de obispos, constituyendo lo que luego será el “patronato” real. La Iglesia cedió a la monarquía el cobro de impuestos de origen eclesiástico: las tercias (2/9 del diezmo), décimas o subsidios sobre las rentas de las instituciones eclesiásticas y las limosnas por indulgencias de cruzada.

La Iglesia tuvo unas relaciones intensas en el gobierno monárquico mediante la influencia de los obispos, y cuando surgió el conflicto comunero, apenas este tuvo apoyo del alto clero; los cabildos catedralicios tampoco lo apoyaron, aunque en el de Toledo, dada la importancia de esta ciudad en dicho movimiento, hubo gran inquietud. No obstante hubo predicaciones de sacerdotes a favor de la coparticipación del “pueblo” en los asuntos de gobierno, en lo que el profesor Ladero Quesada ve una continuación de lo que Savonarola había hecho en Florencia.

La alta nobleza sufrió una transformación a lo largo de los reinados de Alfonso XI, Pedro I y Enrique II, pero también durante este tiempo se aseguró el orden social nobiliario: grandes casas fueron principales interlocutoras de la monarquía, pero no mediante las Cortes, que la nobleza desdeñó. Con Enrique IV la nobleza culminó sus aspiraciones, formándose en ocasiones confederaciones de familias aristocráticas para defender sus intereses particulares.

Los Reyes Católicos respetaron a la alta nobleza, pero en la gobernación de los reinos la autonomía y el poder de los reyes aumentó. El rey Fernando llegó a muchos acuerdos con la nobleza en beneficio propio, mientras se reservó a los nobles altas responsabilidades militares y diplomáticas; incluso se fortalecieron los señoríos nobiliarios, política que continuó con Carlos I. En cuanto al conflicto comunero, solo en unos pocos casos se registra el apoyo de la alta nobleza, pero por razones de interés personal y no político: es notable el caso de Pedro Girón, que llevaba reclamando desde hacía mucho tiempo el ducado de Medina Sidonia. En Murcia, los Fajardo se pusieron al frente de los comuneros, pero para controlarlos, y en Burgos el Condestable Velasco cortó cualquier intento comunero.

La nobleza consiguió que en las comunidades no hubiese un sesgo antiseñoral generalizado (en una visión de conjunto), debiendo tenerse en cuenta que los señoríos de la nobleza, de la Iglesia y de las Órdenes Militares abarcaban el 48% del territorio castellano con un 45% de la población.

Las ciudades y villas de realengo, con sus territorios, fueron otra instancia de poder; al modelo de concejo abierto para la participación de los vecinos en los asuntos concejiles, le sustituyó en el siglo XV la formación de regimientos formados por caballeros, los cuales elegían a los funcionarios locales, y la alta nobleza también participó en estos regimientos concejiles. Para controlar el poder de los concejos los Reyes Católicos nombraron corregidores que presidirían el concejo, y casi todas las ciudades y grandes villas contaron con ellos.

Estas ciudades y villas estaban intranquilizadas por bandos que luchaban entre sí por el control de su administración, mientras que las Cortes vieron debilitado su poder en el siglo XV, además de que solo algunas ciudades estuvieron representadas en ellas y nunca las zonas señoriales. Estas Cortes no tenían atribuciones legislativas, y de hecho los Reyes Católicos no las convocaron durante muchos años. Sí en cambio lo hicieron con la Hermandad (hermandades locales existían desde finales del siglo XIII, pero en 1325 el rey dejó de convocarlas), a la que concedieron el poder de aprobar las contribuciones. Los Reyes Católicos reorganizaron la Hermandad controlando la institución, que tenía obligaciones militares a partir de la colaboración de los vecinos, y también tuvo poderes para la aprobación de tributos.

En 1498, sin embargo, fueron suprimidas estas funciones de la Hermandad y los Reyes Católicos volvieron a convocar las Cortes, pero las hermandades locales siguieron existiendo para mantener el orden público. Los reyes no disponían de recursos propios que sí tenían los municipios, y aquí está el origen –según el profesor Ladero Quesada- de la revolución comunera de 1520. Las alcabalas, que empezaron siendo un tributo no ordinario, acabó siéndolo, y su cobro se arrendó a quienes tenían poder económico para anticipar el monto de las mismas. Luego los reyes optaron por el encabezamiento, es decir, la atribución de dicho monto a cada municipio, que este gestionaría sin necesidad de los arrendatarios, y para ello se nombró en cada uno un procurador con voz pero sin voto.

Una vez que hemos hablado de la revolución comunera a la que conduce este poder de las ciudades y villas castellanas, cabe preguntarse: ¿cuál fue la conciencia política de los partícipes en dicho movimiento? Parece que hubo mayor conciencia de la “res publica”, y a esto contribuyeron los “medianos”: hidalgos, mercaderes, financieros, artesanos importantes, etc. Alguien llamó gobierno político al participado entre el rey y el “pueblo”, lo que es muy visible en Italia, además de que ya en siglos anteriores al XV se conoció la “Política” de Aristóteles. Por su parte el profesor Ladero habla de la posible influencia en el sentido de comunidad que tendrían las procesiones del “Corpus Christi”, donde participaban cristianos, judíos y musulmanes, por paradójico que parezca, lo cual quiere decir que además de una función religiosa, aquellas procesiones fueron vividas como la reunión “del común” de la población.

También pudo influir en el movimiento comunero el conocimiento que se tuvo de las Cortes y municipios de la Corona de Aragón, donde estas instituciones gobernaban de forma pactista con el rey, el cual tenía el poder legislativo, pero “ante las Cortes”. Una comisión permanente de las Cortes fue la Generalidad, que luego perduraró en Cataluña y Valencia. Entre 1507 y 1516 el rey Fernando (gobernador en Castilla) consiguió concentrar más poder en su persona, una vez que la crisis institucional con su yerno Felipe hizo ver a algunos los peligros de la época de Enrique IV.

Fue entonces cuando se produjo un golpe de estado dado en Bruselas por el nieto de Fernando, el futuro Carlos I, que se autoproclamó rey en 1516 (junto con su madre Juana). Hubo entonces incertidumbre sobre cómo gobernaría y de quienes se valdría para ello. Muerto Fernando, Cisneros gobernó Castilla de acuerdo con las villas y ciudades de realengo, reforzando el encabezamiento para el cobro de las alcabalas. También quisó formar un ejército de 30.000 hombres salidos de dichas villas y ciudades, pero fracasó ante la oposición de estas y de la nobleza señorial, pues vio en dicho ejército una amenaza a sus abusos y usurpaciones, y en todo caso el rey Carlos suprimió esa “gente de ordenanza”.

-------------

Ilustración: fragmento en galaico-portugués de las Partidas de Alfonso X (fotografía de Toledodiario.es)

sábado, 7 de enero de 2023

Imperios, guerra y reformas

 

                   Edificio del Consulado de Comercio de A Coruña (fotografía de El Ideal Gallego)

Mantener un imperio ultramarino como el español en el siglo XVIII se hizo cada vez más difícil, aunque se consiguió en un contexto complejo de la política europea de dicho siglo, más concretamente en su segunda mitad. Las potencias marítimas europeas no concebían ceder en los avances que había experimentado su expansionismo: España, Portugal[i], Inglaterra, Holanda y Francia, por poner los ejemplos más notables.

Cuando el rey Carlos III llega a España procedente de Nápoles (1759) estuvo decidido, de acuerdo con sus ministros, a mantener el poderío naval y colonial español, aunque permitió que los comerciantes franceses traficaran con Perú, en lo que influyeron los “pactos de familia” de las dos monarquías reinantes (Francia y España). Al acecho estaba Inglaterra, verdadera potancia naval recelosa de esa alianza, que en 1703 había firmado con Portugal y otras potencias un acuerdo en el contexto de la guerra de sucesión a la corona de España (Tratado de Lisboa); el otro agente en América firmó con Inglaterra a continuación el Tratado de Methuen[ii], que extendía la alianza al comercio entre ambos estados.

La política de Carlos III llevó a España a participar en la última fase de la guerra de los siete años (1756-1763), que enfrentó a Inglaterra y Francia con sus respectivos aliados por el control sobre Silesia, América del Norte y la India. Fue una guerra que involucró a muchos países europeos (Prusia, Hannover, Gran Bretaña y sus “trece colonias” de América, Portugal; y por otro lado Sajonia, Austria, Francia, Rusia, Suecia-Finlandia y España con su imperio), pero también a los habitantes de territorios extraeuropeos: Centroamérica, oeste de África, India y Filipinas, siendo precedente de los grandes conflictos mundiales de siglos posteriores.

La Compañía Inglesa de las Indias orientales operaba sobre todo en India, lo que fue contando con la colaboración de los grupos dirigentes nativos. Francia también se había establecido en algunos puntos de la costa oriental de la India desde la segunda mitad del siglo XVII: Yanaon, Pondichéry, Karikal, Chandernagor y algún otro con sus áreas de influencia, que se internaban en buena parte del centro-sur de la península indostánica.

Ante estos intereses “mundiales”, el rey español Carlos III ordenó la invasión de Portugal en 1761 con un ejército de 40.000 hombres, que ocupó Almeida, Tras-os-Montes y entre el Duero y el Miño, aspirando también a Lisboa, lo que no consiguió por la oposición del ejército luso-inglés, teniendo que retirarse el ejército español hasta Valencia de Alcántara, Badajoz y Alburquerque[iii] (una hermana del rey español era la esposa del lusitano José I, y su principal ministro el marqués de Pombal). En todo ello tuvo una intervención decisiva el conde de Aranda, que llego desde Polonia donde era embajador, en 1762, habiéndolo sido en Portugal en 1755-1756. En realidad se trató de la entrada de España en la guerra de los siete años ya citada.

Cuando se llega a un acuerdo de paz, esta se firma en París en 1763, y el imperialismo británico alcanzó su máximo antes de que poco tiempo después se produjese la rebelión e independencia de sus trece colonias en Norteamérica. Antes de dicha paz Carlos III se resitió a ceder Florida a Inglaterra, por lo que Francia intervino (otra vez los pactos de familia) para que lo aceptase a cambio de Luisiana, lo que así se hizo en 1762, jugando Aranda un importante papel. La ocupación de Manila por los ingleses revirtió con el Tratado de París de 1763.

La paz permitió a Inglaterra hacerse con la región de Bengala (1765), y desde aquí fue incorporando buena parte de la India en el siglo XIX. Carlos III, por su parte, estableció buques correo desde A Coruña a La Habana (mensuales) y al Río de la Plata (bimensuales) con mercancías españolas o europeas a la ida y americanas a la vuelta, haciendo esto extensivo a todos los súbditos que comerciasen en Cuba, La Española, Puerto Rico, Margarita y Trinidad, luego Luisiana, Yucatán y Campeche, posibilitando que el comercio se duplicase (en ocasiones se triplicase) en diez años.[iv]

No obstante, la política naval y colonial de Carlos III fue posible gracias a las bases que habían puesto José Campillo[v] y el marqués de la Ensenada[vi] con anterioridad. El primero fue intendente general de marina, Secretario de Estado y Hacienda, Marina, Guerra e Indias entre  otros importantes puestos. Ensenada fue, con Fernando VI, Secretario de Hacienda, Guerra, Marina e Indias,  haciendo importantes reformas en lo primero que posibilitarían atender las necesidades de la marina.



[i] Hasta 1777 la colonia de Sacramento, en Uruguay actual, no queda definitivamente bajo soberanía española, habiendo cambiado de manos sucesivamente con anterioridad.

[ii] Diplomático inglés que intervino en dicho tratado. De tal importancia ha sido que sus efectos se mantienen en la actualidad.

[iii] Adela López Pego, “El conde de Aranda y la españolidad de Luisiana. Su retrocesión”.

[iv] Id. nota ii.

[v] Nació en Asturias en 1693 y falleció en Madrid en 1743.

[vi] Natural de Hervías (noroeste de la actual comunidad de La Rioja), nació en 1702 y falleció en Medina del Campo en 1781.

miércoles, 4 de enero de 2023

Un criollo de Santa Fe


Siendo obispo de Panamá Lucas Fernández de Piedrahíta[i], unos piratas asaltaron la ciudad, robaron lo que pudieron y apresaron al obispo; llevado ante el pirata Morgan, este lo reintegró a su obispado. Con su base en Jamaica cuando esta isla ya estaba en manos inglesas ¿qué llevó al pirata a respetar la libertad del obispo? Quizá no sabía qué hacer con él, o bien le pareció un exceso que nada tenía que ver con las acciones piráticas propiamente dichas. El obispo era un papista, y se supone que Morgan estaba imbuido de las ideas anglicanas; sea como fuere, el mestizo Piedrahíta, descendiente de una colla y de un criollo, volvió a su sede.

Fernández de Piedrahíta nos ha dejado una obra[ii] donde, además de los hechos de armas, refiriéndose a la fundación de Santa Fe (Bogotá) describe el desarrollo de la población, ciudad desde 1540, centro administrativo y eclesiástico, pues fue sede de la Real Audiencia del Reino de Granada. Según ha estudiado el historiador Rodolfo Guzmán[iii], Piedrahíta describe el espacio físico, “los nombres europeos dados a la topografía y a los nuevos asentamientos y, en general, la presencia jurídica y militar”. En ocasiones se daba nombre a ciudades y regiones para halagar al rey o a los jefes de expediciones, para expresar sentimientos religiosos o para honrar el lugar de nacimiento del conquistador. Aunque no es el único, Piedrahíta incorporó la mención de títulos y prebendas que recibió Santa Fe.

Juan de Castellanos[iv], en quien seguramente se inspiró Piedrahíta, también describió el espacio americano neogranadino y muy particularmente, pues escribe en el siglo XVI, el territorio de los muiscas. Un siglo más tarde Piedrahíta describe su ciudad diciendo que sus calles son anchas y empedradas, sus edificios, tanto altos como bajos “son costosos y bien labrados a lo moderno, de piedra, ladrillo, cal y teja, de suerte que no los exceden los de Castilla[v]. Luego habla de los ríos que pasan por Bogotá o sus proximidades (Tunjuelo, Salitre y otros menores), los cinco puentes que existían en el siglo XVII y las cuatro plazas, no siendo parco en elogios, lo que era un tópico en su época y aún en otras anteriores y posteriores.

En cuanto a los habitantes, Piedrahíta resalta a los criollos, y él tenía conciencia de serlo, pues ya desde finales del siglo XVI fueron sintiéndose criollos los nacidos en América con algún ascendiente hispano. Dice tener Santa Fe “tres mil vecinos españoles” y “más de diez mil inidos”, distribuidos todos en tres parroquias, de las cuales la de la catedral era la más importante. Pero advierte –con acierto o sin él- que los criollos de Santa Fe se inclinan poco al estudio de las leyes y medicina, “que sobresalen en Lima y Méjico[sic]”, pero sí a la teología y filosofía. Dice que los criollos tienen hábitos de caballeros cortesanos en sus juegos y torneos, y habla de las mujeres criollas como ejemplares: “generalmente hermosas, con buen aire y discretas con agudeza cortesana…”. Méritos que atribuye a los criollos se los niega a los peninsulares, en lo que demuestra una identidad que ya aparece firmemente asentada en los nacidos en América de ascendencia española.

Para Piedrahíta la ciudad no se divide en barrios, sino en parroquias, por lo que habla de las iglesias que las rigen, e incluso los límites de la ciudad quedan definidos por la presencia de una iglesia, un monasterio o un convento, por ejemplo el dedicado a “Nuestra Señora de Monserrate, donde algunos religiosos descalzos de San Agustín viven retirados”. Cita también las capillas que se encuentran en el interior de los conventos o las casas de las órdenes religiosas y las que tienen los tres colegios que había en la ciudad, uno de ellos el de los jesuítas, que elogia por su fábrica. El criollo y mestizo Piedrahíta no puede evitar ser un hombre de su tiempo, el barroco que tan bien representado está en América.

Luego se refiere con orgullo a la “expulsión” de las mujeres nativas, consideradas exóticas, sensuales sin límites e incluso en ocasiones agresivas. El criollo –si tomamos a Piedrahíta como patrón- quiere superar al peninsular y expulsar al nativo, sobre todo a las mujeres que fueron vistas de manera distinta a los varones. La descripción de la ciudad que hace Piedrahía está en función de sus intereses como criollo, independientemente de su condición de clérigo y obispo. Esta reafirmación machacona de su condición étnica ¿estaría determinada por la conciencia de su descendencia india?



[i] Nació en Bogotá en 1624 y murió en Panamá en 1688.

[ii] “Noticia historial de las conquistas del Nuevo Reino de Granada”.

[iii] “La representación de la ciudad en Lucas Fernández de Piedrahita…”. En este trabajo se basa el presente resumen.

[iv] Autor de “elegías de varones ilustres de Indias”. Castellanos nació en Alanís (Sevilla) en 1522 y murió en Tunja (Colombia) en 1607.

[v] No consta que hubiese estado en España, por lo que esta apreciación la habrá hecho como signo de distinciónn de su ciudad.

La ilustraciónn corresponde a la obra de Juan Vargas Lesmes, "Historia de Bogotá Conquista y Colonia".

martes, 3 de enero de 2023

Yucatán maya y franciscano

 

                                                 Iglesia en Maní (mexicodesconocido.com)

En el extremo noroeste de la península de Yucatán se encuentran Izamal, Mérida, Conkal, Maní, Homún, Sotuta, Calkimí y Campeche, solo unas cuantas localidades donde los franciscanos, en el siglo XVI y siguientes, hicieron sus misiones, muy meritorias en la mayor parte de los casos pero con serias controversias en otros, particularmente en el juicio que se hizo a caciques e indios comunes en Maní, acusados de idolatría, sacrificios humanos, etc.

En zona tropical, pues las latitudes rondan en torno a los 20 grados norte, la mayor parte del territorio citado es llano, y todavía se conservan importantes restos arqueológicos de época maya, muy particularmente en Izamal, donde los monumentos ceremoniales estuvieron mucho tiempo cubiertos dando la impresión de ser cerros. Otros fueron sede de importantes cacicazgos, como es el caso de Conkal; Mérida fue fundada en 1542 por los españoles, cuando ya la civilización maya se encontraba hacía mucho tiempo en decadencia. Pero una cosa es esto y otra que las costumbres, sobre todo religiosas y rituales hubiesen sido abandonadas, muy al contrario, estaban vigentes en el siglo XVI.

Como la cultura maya es la única precolombina que ideó y empleó una escritura digna de tal nombre, fue el franciscano Luis de Villalpando[i] el extranjero que la descifró en primer lugar, aunque poco después su hermano de religión, Diego de Landa[ii], perfeccionase su conocimiento, y no fueron pocos los cronistas a los que debemos información sobre Yucatán, pero son Bernardo de Lizana y Diego López de Cogolludo los que más nos interesan para la región de la que hablamos. Los dos fueron franciscanos pero de generaciones distintas; Lizana nació en 1581 y Cogolludo en 1614, y los dos conocieron la lengua maya y la emplearon para sus predicaciones, como anteriormente habían hecho los citados Villalpando y Landa, entre otros.

Los franciscanos llegaron a Yucatán a mediados del siglo XVI y se encontraron con una situación parecida a la de otras regiones de las Indias: abusos por parte de los conquistadores, trabajos forzados a los indios, exigencia de tributos abusivos, etc. Además de extender el cristianismo entre aquella población, que todos coinciden en que era numerosa, estuvo la permanente amenaza, para los frailes, de apostasía, prácticas consideradas por ellos perniciosas e incluso nocivas: los sacrificios humanos están documentados y los sufrían sobre todo niños o indios adultos que habían sido capturados o comprados en otros lugares.

Debe tenerse en cuenta que la conquista de Yucatán fue mucho más lenta que el altiplano mexica y el imperio incaico, así como los territorios que hoy conocemos como Guatemala, Honduras, Nicaragua, etc. La segunda mitad del siglo XVI fue de transición, pero hasta finales del XVII no fueron sometidos los habitantes de algunas comarcas del Petén. Hasta 1561 no fue nombrado el primer obispo de Yucatán, aunque en la década de los cuarenta Bartolomé de las Casas tuvo jurisdicción, como obispo de Chiapas, de la península.[iii]

Noemí Cruz Cortés[iv] ha estudiado la visión que percibió fray Diego López de Cogolludo cuando estuvo en Yucatán en contacto con los indígenas mayas. Parece que los mayas, o algunas de las comunidades mayas, tenían un dios particular, Hunab Ku, deidad creadora e incorpórea que no se había representado nunca. Otros, en cambio, ponen en duda la existencia de dicha divinidad, pero lo cierto es que Cogolludo da cuenta de su existencia. El parecido con el Dios cristiano, ciertamente, es grande, por lo que “los españoles se sirvieron de éste para equipararlo con el dios [sic] judeocristiano”. Dice el cronista franciscano que “creían los indios de Yucatán, que había un Dios único vivo y verdadero, que decían ser el mayor de los dioses, y que no tenía figura, ni se podía figurar por ser incorpóreo. A éste llamaban Hunab Ku, como se halla en su vocabulario grande, que comienza con nuestro castellano. De este decían, que procedían todas las cosas, y como a incorpóreo, no le adoraban con imagen alguna, ni de él la tenían”[v].

La citada autora se plantea si en realidad se trata de una deidad maya o si estamos ante el Dios cristiano extraído por Cogolludo de la lengua maya. En las “Relaciones histórico-geográficas de la Gobernación de Yucatán[vi] aparece la presencia de un Dios único, por ejemplo en la relación de Mérida, donde se habla de cómo un indio principal y sacerdote llamado Chilam Balam, había dicho que vendrían por donde sale el sol gentes de tez blanca y barbas, y que los naturales de la tieerra dejarían a sus ídolos y adorarían un solo Dios…”Tuvieron noticia de la creación del mundo y un creador del cielo y tierra, y decían, que éste los creó, no podía ningún hombre pintarle como era… También tuvieron noticia de la caída de Lucifer y del Diluvio, y que el mundo se había de acabar por el fuego..., y asimismo, tenían noticia que antiguamente vivieron sin ídolos y que después, por irrupción de costumbres e introducción de gente extranjera, vinieron a idolatrar”.

Es evidente la influencia de los evangelizadores franciscanos en este relato, pues no cabe suponer que los indios supieran de Lucifer y el diluvio. Y sin embargo un siglo antes la idolatría y la represión practicada por los franciscanos se desató contra los indígenas de Maní, pues entre unas rocas unos indios habían descubierto las pruebas de dichas idolatrías y sacrificios de seres humanos.

Fray Diego de Landa, que entonces había asumido funciones de obispo durante la sede vacante, se erigió en martillo de herejes: convocó a unos y a otros, indios principales y comunes, los sometió a interrogatorios y juicios, algunos sufrieron torturas si no querían confesar libremente, y las penas fueron muy severas. Cuando fue nombrado obispo de Yucatán Francisco del Toral, en 1561, desaprobó lo hecho por Landa y sus colaboradores, siguiéndose un proceso lento que llevó al franciscano a Ocaña (España) y luego a Guadalajara. Aquí preparó su defensa (eran comunes en la época las acciones punitivas radicales como las descritas) y también tuvo que dar cuenta de por qué se había erigido con la jurisdicción episcopal sin haber sido nombrado obispo. De todo ello salió indemne porque tuvo apoyos suficientes, y el Consejo de Indias lo exoneró, volviendo entonces a Yucatán donde sería nombrado obispo en 1572 (hasta 1579, año de su muerte).



[i] Estuvo en Yucatán a mediados del siglo XVI. Véase A. Matilla Tascón, “Diego de Losada y otros destacados zamoranos…”, 1992.

[ii] Nació en Cifuentes (actual Guadalajara) en 1524 y murió en Mérida (Yucatán) en 1579. Debió tener un temperamento autoritario, pues se enfrentó al primer obispo de Yucatán, Francisco del Toral, y tuvo que defenderse en España ante el Consejo de Indias, para lo que compuso su obra “Relación de las cosas de Yucatán”, de importancia histórica extraordinaria, pero en su contra está el haber destruido muchos documentos en maya e ídolos de los indígenas en lucha contra las idolatrías, patrimonio también extraordinario. Su obra citada no se conoció hasta 1864.

[iii] El pontificado de Las Casas fue entre 1543 y 1547, permaneciendo durante catorce años la sede vacante, muestra de la inestabilidad en Yucatán.

[iv] “Hunab Ku, revisión de una deidad en la ‘Historia de Yucatán’ de fray Diego…”.

[v] “Historia de Yucatán”.

[vi] Son respuesta a un cuestionario elaborado en 1577 por mandato de Felipe II y enviado a América, recibiéndose la mayoría de estas “relaciones” en el Consejo de Indias en 1580. Nota de Noemí Cruz Cortés en su trabajo citado en la nota iv.

El gran impacto

 


Los primeros encuentros entre hispanos y amerindios debieron significar un impacto verdaderamente impresionante. Los pueblos indígenas de América se conocían entre sí en territorios relativamente reducidos, con excepción de los dominados por mexicas e incas en el siglo XV; su estado de desarrollo cultural era muy diverso, en ocasiones el aislamiento era milenario y las distancias facilitaron esto. Cuando los primeros españoles (europeos) llegaron a América sin saber que lo era ¿qué impacto recibieron? Vieron a pueblos para ellos primitivos, sujetos a dominio, practicantes de costumbres nefandas a ojos de la cristiandad, razón de más para obligarles a cambiar, combatirles, vencerles, someterlos. Pero en todo caso irían de sobresalto en sobresalto, descubriendo novedades de isla en isla, en tierra firme, etc.

Un libro publicado hace años por Francisco Solano[i], en el que intervinieron varios especialistas, es completado ahora por la tesis doctoral de Mario Jaramillo Contreras[ii] aunque desde una perspectiva particular. Dice este autor que “durante las primeras décadas de la presencia española en América, las costumbres y estructuras indígenas prácticamente se conservaron intactas”. De todas formas se fueron sucediendo cambios que no impidieron quedase grabada la vida de los indígenas americanos en los textos de cronistas y conquistadores.

Debió ser impactante para los recién llegados la visión de lo que tenían delante: otras gentes de las que nada sabían, otros climas, una geografía gigantesca en comparación con la europea, productos naturales nuevos para ellos, enormes ríos y grandes espacios por descubrir. Los primeros años –dice Jaramillo Contreras- fueron de confusión y sobresaltos, y para el estudioso, de gran complejidad. El español llegó a América bajo unos condicionantes que obraban sobre él y a los cuales no se pudo sustraer; no imaginó lo que se encontró y llevaba una mentalidad imperante que era la de su época: afán por imponer. La conquista en su comienzo fue tan espontánea y natural como tenía que ser una empresa guiada por el espíritu guerrero y medieval. El español llevaba en su mente la sumisión del inferior y la voluntad del superior, lo mismo que ocurría en la Europa de su tiempo.

Las costumbres, los hábitos y las creencias estaban interiorizadas antes de partir; la comprensión de otra realidad tuvo lugar con el transcurrir del tiempo. La primera generación de españoles que fueron a América, por lo menos, tenía “in mente” la reconquista contra el islam, pero los ejércitos españoles guerreaban también en Italia, Francia, el Mediterráneo, y el norte de África, además de las guerras civiles interiores. El mismo deseo de extender la frontera más allá en la península Ibérica continuó en América cuando hubo oportunidad, legitimando esto con el afán de cristianizar y buscando alianzas de conveniencia para triunfar. De la misma forma que musulmanes y cristianos pactaron entre sí muchas veces, indígenas americanos y españoles lo hicieron. Y todo ello acompañado del afán de honra y fama que sobre todo los hidalgos anhelaban, además de la fortuna, que era común a todos con la excepción de los frailes. En definitiva, la Edad Moderna tardaría muchos años en asentarse sobre la mentalidad americana.

La confusión afectó así mismo a los nativos, pues para ellos también “el descubrimiento” fue un descubrimiento; los españoles se encontraron con pueblos entre los que la guerra era lo habitual y tenía, en ocasiones, un sentido místico, lo que también ocurría con el cristianismo.

Desde el primer momento el conquistador aplica el derecho que conoce milenariamente; el derecho también viajó a América, dice Jaramillo Contreras. Las violaciones acarreaban sanciones, la ley buscaba castigar conductas, pero esto también estaba en el acervo cultural indígena, sobre todo cuando se trata de las civilizaciones más avanzadas. Surgieron conflictos entre los preceptos de la religión católica y las formas de los ritos y cultos indígenas, pero a pesar del dominio hispánico, fue imposible ejercer el control social absoluto. Los indígenas eludían la ley y ocultaban costumbres prohibidas por la normativa hispánica, costumbres que tenían interiorizadas y de las que no se desembarazaron –cuando lo hicieron- sino al cabo de mucho tiempo. Fue un proceso lento de mutua asimilación que se tradujo en un mestizaje donde se conjugaba el derecho español con el derecho de los indios. Fue un mecanismo indispensable para mantener el control, y la Corona interpretó esta realidad con la puesta en marcha de leyes armonizadoras de ambas tradiciones jurídicas. El derecho español dominó, pero a la vez tuvo que reconocer e incluso enaltecer formas amerindias, como fueron por ejemplo los derechos de los caciques.

El condicionamiento jurídico obró tempranamente y se prolongó durante buena parte de la conquista. No había opción desde la tradición jurídica que los españoles habían heredado de muchos siglos atrás. Las leyes sobre caciques reconocieron una nobleza indígena, establecieron equivalencias con la nobleza hispana pero sin llegar a igualarse; preservaron buena parte de los derechos que tenían los caciques (miles de ellos) y prohibieron aquellos que contrariaban la moral hispánica[iii].

Los pueblos del altiplano mexica, sus fronteras oeste y norte, los de la actual Guatemala y el istmo centroamericano, los que vivían en la cuenca del Magdalena y en el Tahuantinsuyo, los de las islas antillanas y la costa venezolana, fueron aceptando el estado de cosas impuesto por los hispanos o pactado con ellos, pero hubo otros pueblos amerindios que permanecieron mucho tiempo sin asimilar al derecho hispano: los de la mitad sur de las actuales Chile y Argentina, los del Chaco, los que vivían en zonas selváticas alejadas de las ciudades fundadas por los españoles, los que fueron conocidos más tardiamente en las vastas regiones del sur y oeste de los actuales Estados Unidos.

[ii] El resumen de dicha tesis lleva por título “La nobleza precolombina desde la perspectiva hispáinica con especial referencia a los emblemas heráldicos”. En esta obra se basa el presente resumen.

[iii] El papel jugado por Bartolomé de las Casas y otros vino a suavizar el trato que recibieron los indígenas por parte de los conquistadores, pero las leyes de la Corona aplicables a América se inclumplieron, como cabe suponer, con frecuencia. Los castigos por ello, sin embargo, fueron muchos.

La ilustración corresponde a una obra de Miguel Ángel Rodríguez Lorenzo.

lunes, 2 de enero de 2023

El Fragonard menos conocido

 


Se suele ejemplificar la pintura de Jean-Honoré Fragonard con obras que representan escenas amables propias del neoclasicismo y aún del rococó, como es el caso de niños, paisajes, jóvenes leyendo plácidamente, desnudos, retratos, escenas religiosas, damas, escenas de música, mitología o la teatralidad de “Coresus sacrificándose para salvar a Callirhoe”[i], obra de 1765.

Pero junto a estas obras hay otras menos divulgadas que no atribuiríamos a Fragonard (Jean-Honoré), nacido en 1732 y fallecido en 1806. Aquellas a las que nos referimos son dos en las que el autor renuncia a la ampulosidad, la sensualidad y la teatralidad. De 1769 es su “Monsieur de la Bretèche” (80 por 65 cm.), una de las varias obras de parecida temática que en parte se encuentran en el Museo del Louvre. Se trata de retratos no convencionales, pues los personajes parecen sorprendidos por el pintor, no posan para él, y no tienen por qué ser reales. El color es lo dominante, con tonalidades muy variadas, y la pincelada suelta, distinta por completo a su “Columpio” tan conocido.

Otra de las obras elegidas de esta serie es su “Guerrero”, de 1770 (82 por 65 cm.) que se encuentra en el Clark Art Institute de Williamstown (Michigan). En este caso el soldado ni siquiera mira al espectador, muestra un semblante serio e incluso pensativo, con la empuñadura de su espada en primer plano y una de sus manos apoyada firmemente. Sus ropajes amarillos y sus cabellos revueltos muestran el carácter de un hombre de acción.

También en su “Monsieur de la Bretèche” el color amarillo predomina; en este caso el personaje está de tres cuartos portando un instrumento musical de cuerda; tras él una partitura que parece sostenerse en el aire con las hojas retorcidas. El cabello del personaje adornado con flores muestra el gusto rebuscado del rococó, tratándose de un hombre más joven y “amable” que el “Guerrero”, como corresponde a un amante de la música.



[i] El sacerdote Coresus se clava una daga para salvar a su amada, que figura en el cuadro desmayada. Es una obra monumental de 309 por 400 cm. que se conserva en el Museo del Louvre.

domingo, 1 de enero de 2023

Las difíciles tierras intermedias

 

                                         Quebrada de Humahuaca (fotografía de Tripadvisor)

El río Grande[i] discurre por un valle entre montañas y tierras altas desde el yacimiento arqueológico de los Amarillos[ii], Campo Morado, Angosto Chico, Pucara de Huella y otros, pasando por las poblaciones de Huacalera, Tilcara, Volcán y San Salvador de Jujuy, en el noroeste de la actual Argentina. Por la quebrada de Humahuaca llegaron los incas a dominar esta región.

Toda esta zona, incluida Tucumán, es lo que los jesuitas consideraban territorios de sus misiones del Paraguay, pero para llegar a Tucumán se hizo desde el Virreinato del Perú una vez este fue constituido en 1542, y a fines del siglo XVI ya estaban allí los jesuitas, tal y como podemos saber, entre otras fuentes, por Pedro González de Prado[iii], que en 1589 presentó en el Cuzco su visión de lo que había conquistado en Tucumán. Con anteriroidad había participado en una expedición a cuyo mando estuvo Diego de Rojas, la cual atravesó la cordillera andina y llegó a lo que posteriormente se llamó Tucumán, donde residían indios belicosos, y no serían los únicos, pues en Macajar[iv] varios cientos de indígenas se enfrentaron a los españoles, siendo González de Prado uno de los pocos supervivientes.

A partir de este momento la Corona está informada regularmente de lo que ocurre en Tucumán, gracias a la buena labor de Ramírez de Velasco[v], el cual fue designado por el virrey del Perú como gobernador de Paraguay en 1595[vi]. Es curioso que mientras unas fuentes hablan de la desolación y falta de riqueza de Tucumán, los jesuítas pintan la región como próspera y rica, seguramente para que no se les pusieran obstáculos para la evangelización. E igualmente ocurre con la población: las autoridades civiles hablan de indígenas rebeldes y hostiles mientras que los jesuitas, que “los reciben con alegría y, además, piden que se instalen entre ellos”. Así opina en una carta el P. Alonso de Barzama[vii] (jesuita) al P. Juan Sebastián, fechada en la Audiencia del Paraguay en 1594.

Los jesuitas incluyeron Tucumán dentro de su provincia de Paraguay, argumentando que eran muchas las distancias del virreinato del Perú para no hacer una compartimentación; así mismo se hizo con Quito hasta Panamá y las tierras de Nueva Granada, la Audiencia de Charcas con Santa Cruz de la Sierra desde Chuquisaca y Potosí hacia el Tucumán y Río de la Plata. La provincia de la Sierra incluyó misiones organizadas en el Tucumán, sin embargo su creación no se llevó a cabo, y sí en la provincia jesuítica del Paraguay[viii]. También se creó un espacio misional en la región de Humahuaca a partir de la última fundación de la ciudad de Jujuy.

La Corona confió en los jesuitas dada la eficacia que venían demostrando en la ocupación del terreno y asentamiento de la población indígena en el mismo, haciendo que esta realizase ciertos servicios que luego se consideraron abusivos: así ocurrió en el Colegio de Santiago de Chile, y unas ordenanzas de 1611 del oidor de Charcas, Francisco de Alfaro, excluyeron el servicio personal de los indios encomendados y se fijó el tributo a una tasa más baja (ambas medidas atribuidas al influjo de los jesuitas).

Posteriormente surgieron conflictos con el territorio colonial portugués y disputas de poder entre el clero secular, todo ello debido al incremento de la sociedad colonial rioplatense, sobre todo en la zona del litoral, y al nuevo vigor estatal español en las Indias. Cuando se produjo la expulsión de los jesuítas en 1767 se pudieron comprobar las numerosas referencias a visitas a Humahuaca realizadas desde las ciudades de Salta y Jujuy, mientras que las tierras localizadas al este de Humahuaca, zona de frontera y de tránsito hacia el Chaco, pesentan una escasa población de originarios. Salta tuvo muchos pueblos, y más Jujuy, mientras que desde Cura se sacaban “crecidos emolumentos de las obvenciones”.


[i] Su nombre no se refiere a la longitud, pues no llega a los 300 km., sino a las grandes crecidas que exerimenta en los meses lluviosos del verano.

[ii] Se trata de un centro metalúrgico de época incaica, pero el asentamiento es anterior al dominio de los incas. En los demás casos se trata más bien de trabajos para recuperar el patrimonio etnográfico de las comunidades originarias.

[iii] Nació en Toledo en 1519 y falleción en Piura (Perú) en 1562.

[iv] Hoy en la provincia de Santiago del Estero.

[v] Nació en Estonllo, actual provincia de La Rioja (España) en 1535 y murió en Santa Fe (Argentina) en 1597.

[vi] Real Academia de la Historia.

[vii] Nació en Belinchón, Cuenca, en 1530 y murío en el Cuzco en 1597.

[viii] Manuel A. López, Clara E. Mancini y María S. Marcos, “Mapas jesuíticos e imaginarios geográficos. El territorio de la Quebrada de Humahuaca y su frontera con el Chaco (siglos XVI-XVII)”. En este trabajo se basa el presente resumen.