jueves, 31 de enero de 2019

"El año que viene en Jerusalén"



Las Cruzadas trastornaron durante varios siglos la vida de Europa, dice Suárez Bilabo en su obra “Los judíos y las cruzadas”. La enorme circulación de materiales, hombres, ideas y bienes creó una nueva Europa y los judíos vieron alterada trágicamente su vida y destino, cavándose un foso entre la civilización occidental y los judíos con los orígenes del antisemitismo y el fervor de los judíos por el retorno a Sion.

Se produjo entonces una mayor presión sobre los judíos, que habían vivido bastante tranquilamente en el Imperio Carolingio y en el oriente musulmán; se produjo una sistematización de hostilidad con origen popular. Los judíos tenían conocimientos y un superior nivel de formación, vivían mayoritariamente en las ciudades y sabían leer y escribir, por lo tanto no era su ignorancia, sino su tozudez lo que les impedía aceptar la verdad cristiana. Los pituyum, los himnos hebreos ponen de manifiesto las dificultades que sufrían y reaccionaron con hostilidad mediante la palabra: en “la luz del Exilio” el rabino Gersom realiza un claro rechazo del cristianismo y desde la diáspora judía, las comunidades extendidas por Europa mantuvieron en Tierra Santa, y sobre todo en Jerusalén, un punto de referencia obligada con la expresión “el año que viene en Jerusalén”.

Mientras los judíos en oriente sofrían en los siglos VIII-X los conflictos entre las dinastías yesibas[i] y los gaones[ii], los de occidente vivieron en la prosperidad, bien bajo el dominio musulmán o en el Imperio Carolingio. Más tarde las cosas cambiaron y se desarrolló la esperanza en el retorno, la aliya, con numerosos viajeros judíos (véase aquí mismo “El viaje de Benjamín de Tudela”). Una crónica judía es “El valle de las lágrimas”, donde se explica lo que fue la historia de los judíos entre finales del siglo XI y finales del XV: un largo camino de expulsiones y de matanzas. Ya en el siglo XI la situación de los judíos europeos era inestable, no tenían derechos y dependían de la protección de los reyes, los grandes señores de las ciudades y de los obispos en Renania. Se daba una paradoja, pues con estos eran privilegiados, al servirles como muy útiles prestamistas, administradores, médicos, etc., pero entre la población menuda se hicieron impopulares.

Al comenzar las Cruzadas muchos eran los que tenían deudas con los judíos y se enrolaron para escapar de pagarlas, mientras que la baja nobleza tuvo la necesidad de endeudarse con los judíos para poder equiparse con vistas a la Cruzada. En la península Ibérica los judíos se habían integrado en el estad musulmán, pero cuando se descompuso se les vio como colaboradores de los enemigos de los cristianos. Con la conquista de Barbastro (1064) los judíos recibieron tan malos tratos que el papa Alejandro II escribió a los obispos de España para recordarles la diferencia entre los judíos y los musulmanes. Pero con Alfonso VI los judíos se fueron instalando en los territorios del norte más protegidos de lo que estaban en el resto de Europa, mientras que el integrismo islámico de los almorávides les obligaba a convertirse al Islam.

Aún antes de la primera Cruzada empezaron los primeros ataques a los judíos: en Otranto en 930, en 1007 en Francia y la primera expulsión de Maguncia, provocando una gran cantidad de conversiones en esta ciudad. La primera Cruzada afectó a los judíos alemanes , la tercera afectó especialmente a los de Inglaterra, pero el tono general seguía siendo de reconocimiento del valor e importancia de los judíos, por lo que las autoridades municipales y eclesiásticas les protegían. En 1084 el obispo de Spira atrajo a su ciudad a los judíos, procediendo sobre todo de Maguncia; en 1090 el emperador Enrique IV hizo lo mismo para atraer a los judíos a Worms: libertad de comercio y respeto a sus leyes religiosas. A finales del siglo XI llegaron noticias de oriente sobre las desdichas de los peregrinos en Palestina, lo que llevó al papa Urbano II a predicar la primera Cruzada en Clermont Ferrand al finalizar el concilio aquí celebrado en 1095[iii] y la ruta terrestre a Palestina pasando por Asia Menor, dada la anarquía reinante aquí, se tuvo que sustituir por otra marítima. El cronista contemporáneo de la primera Cruzada, Sanuel ben Yehuda, habló en 1096 de “una densa oscuridad” refiriéndose a los judíos y otro del siglo XII se refirió a la situación con un versículo de los Proverbios: “las langostas no tienen rey…”. Era el desarrollo de un sentimiento típicamente germano, de la tradición alemana, sobre el fin de los tiempos recogida por el ermitaño Albuino, y fue uno de los mayores enemigos de los judíos, el conde Emicho de Leisingen, el que se presentó como el rey de los últimos días.

Estas leyendas y sentimientos estaban extendidas a finales del siglo XI, de forma que grupos aislados emprendieron su primera expedición en Francia contra los infieles, empezando por los judíos. El concepto de “deicidio” ya existía en el siglo IV pero ahora sirvió para que las calamidades comenzaran en Rouen (Normandía), donde los cruzados arrastraron a los judíos a la iglesia y mataron a los que se negaron a bautizarse, sufriendo la misma suerte otras ciudades francesas. Luego las matanzas se desplazaron al Rhin, donde la protección de obispos y del emperador, que se encontraba entonces en Italia, resultaron inútiles, no obstante lo cual ordenó que todos los nobles y obispos protegieran a los judíos. Pero los “guerreros de Cristo” asaltaron, saquearon y asesinaron durante varios meses a judíos alemanes, aunque las comunidades ofrecieron dinero para ser protegidos. La única autoridad aceptada por estos ejércitos antijudíos fue la de Pedro el Ermitaño, al frente de siervos deseosos de desprenderse de sus cadenas; uno llamado “Sin Hacienda” se separó con otros de Pedro el Ermitaño en Colonia y el sacerdote Gottschalk (Godescal), discípulo del Ermitaño, reclutó una tropa renana con la que realizó todo tipo de violencias, siendo exterminada por los húngaros.

Pero fue el conde Emicho de Leisingen el que tuvo una tropa más numerosa, consiguiendo unir a multitud de sencillos peregrinos y, con el tiempo, otros nobles franceses y alemanes que hicieron estragos en las ciudades mercantiles del Mosela y el Rhin, en Verdún, Tréveris, Metz, Worms… La violencia era generalizada, especialmente contra los judíos, como la que sufrió la comunidad de Salo (Praga) y otras bandas se centraron en Suabia, Baviera y en Bohemia. Era un movimiento laico y popular en el que la Iglesia más bien condenó las crueldades y los bautismos forzosos, como por ejemplo los obispos de Spira o Colonia, que e mantuvieron firmes y frenaron los tumultos. En Maguncia el arzobispo trató de defender a los judíos y tuvo que huir para salvar la vida. Spira había recibido un privilegio a favor de los judíos y las tropas del obispo[iv] restablecieron el orden contra “vagabundos y criminales” protagonistas de una “revolución social”, según han escrito algunos historiadores.  

Las noticias de Spira alertaron a los judíos de Worms, donde un pequeño grupo se atrincheró en el palacio del obispo, pero en esta ciudad se desató una explosión de vandalismo del que fueron víctimas numerosos judíos, algunos de los cuales se dieron muerte a sí mismos antes de caer en manos de los exaltados. A otros se les conminó a que se dejaran bautizar y, como pidieran tiempo para pensarlo, lo aprovecharon para suicidarse, según relata el cronista Salomon bar Simson. Después fue Maguncia, donde el conde Emicho, con soldados de fortuna y bandas armadas fáciles de fanatizar atacaron a los judíos, que pidieron ayuda al obispo y este les permitió refugiarse en su residencia, pero debieron entregarle todo lo que poseyeran de valor. Pero ante la presencia de los “cruzados”, la guardia episcopal dejó de proteger a los judíos y el obispo desapareció. Según el cronista Alberto de Aix los judíos trataron de defenderse con armas pero no pudieron evitar una matanza que fue presenciada por otro cronista, Rabi Selomo, uno de los pocos supervivientes. Esta destaca la actuación de un grupo de mujeres judías refugiadas en el castillo episcopal de Maguncia, desparramando dinero ante los atacantes y, ganando tiempo, “completar el suicidio colectivo”. Emicho mató a los que no se habían suicidado y quemó el barrio judío, sacándose mil trescientos cadáveres del palacio del obispo, mientras que unos sesenta judíos se habían escondido en la catedral, huyeron pero poco después fueron alcanzados y muertos. Los de Emicho incendiaron las casas de los judíos y de la sinagoga, pero las llamas destruyeron buena parte de la ciudad.

El rabino Kalonymos, con unos cincuenta judíos, habían huido hacia Rudesheim[v] pidiendo ayuda al arzobispo, que aprovechó para exigirles su conversión, lo que no aceptaron. Como el rabino se abalanzara sobre el arzobispo, la guardia de este intervino y murieron todos los judíos. La matanza de Maguncia influyó poderosamente en la mentalidad de los judíos por mucho tiempo. Se recogieron en las crónicas relatos que ejemplificaban el valor de los “combatientes” judíos, valorándose la purificación por el suicidio. En algunas ciudades salieron a las puertas para defenderse y, cuando Emicho llegó a Colonia, donde ya había habido algunos tumultos antijudíos, los perseguidos se dispersaron por las localidades cercanas[vi], donde muchos cristianos escondieron a los judíos. El obispo Herman III los distribuyó en grupos por los pueblos, de forma que cuando los perseguidores llegaron a la ciudad encontraron los barrios judíos vacíos, pero semanas más tarde Emicho los descubrió en Neuss, Welfinghofen, Xanten, Moers, Geldern y Alternhar, sufriendo el mismo destino que los demás y suicidándose otros.

Emicho se fue con sus seguidores hacia Hungría mientras que otros se quedaron para expurgar de judíos el valle del Mosela, llegando luego a Tréveris, donde junto a Ratisbona, consiguieron los perseguidores el bautismo en masa de las comunidades, habiendo sido los judíos puestos a salvo en el palacio del arzobispo; en Ratisbona los cruzados echaron a las familias judías al Danubio para ser bautizados allí en presencia de una cruz. En Metz también se llevaron a cabo bautismos en masa, donde las autoridades fueron incapaces de contener a los cruzados, y los judíos de Praga fueron forzados a bautizarse, mientras el obispo Kosmas clamaba en vano contra ello. Otros huyeron a Polonia y Hungría pero en la primera el príncipe Vratislav II ordenó que fuesen desposeídos de sus bienes.

Pero ninguna de las bandas irregulares de cruzados llegó a su destino, Tierra Santa. Por el camino fueron dispersadas; por ejemplo, las tropas del rey húngaro Kolomán las aniquiló, mientras que Emicho, después del asedio de Wieselburgo, en Hungría, tuvo que huir muriendo a continuación. El emperador y el papa condenaron severamente las matanzas y, cuando aquel regresó de Italia, a petición de Moisés ben Jukutiel, de Spira, otorgó oficialmente a los judíos el derecho a volver a su religión, lo que provocó la reacción del papa Clemente III, pero Enrique IV se mostró firme, ordenó una investigación sobre el asesinato de judíos y el arzobispo Rutardo y su corte fueron castigados por haberse enriquecido a costa de aquellos en Maguncia. En 1103 se proclamó una tregua y el retorno al judaísmo se realizó mediante el pago de un canon, que pasó al tesoro real.

En la mentalidad europea, sin embargo, se había producido un cambio, una zanja ya insuperable desde entonces. La consecuencia más destacada de los acontecimientos de 1096 fue el golpe que recibió el clima de tolerancia existente hasta entonces. Es cierto que solo fue en principio un sentimiento popular, pero luego se institucionalizó la discriminación y el odio a los judíos. Aprovechando las Cruzadas que vinieron luego, no cesaron las matanzas de judíos.



[i] De los centros de estudios de la Torá y del Talmud del judaísmo ortodoxo.
[ii] Fueron los dirigentes de dos centros de estudio judío en Babilonia, Sura y Pumbedita.
[iii] Algunos autores soviéticos han acusado al papa de arrastrar con mentiras conscientes a los míseros campesinos a una empresa difícil por solos motivos materiales, pero otros consideran esta interpretación como una manipulación histórica.
[iv] Como castigo mandó cortar el brazo a algunos de los agitadores de la ciudad. Suárez Bilbao advierte de que las fuentes judías deben de ser contrastadas.
[v] Al oeste de la actual Alemania.
[vi] El autor advierte que, aunque las bajas fueron numerosas, la población era muy reducida en aquella época, por lo que el término “millares” referido a judíos muertos hay que entenderlo con reparos. Por otra parte, la lucha fue muy desigual.

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