sábado, 6 de febrero de 2021

"El pueblo es como la hierba..."

 

Cuando China se constituyó en imperio, a finales del siglo III antes de nuestra era (dinastía Ch’in) y luego se consolidó como tal con la dinastía Han durante los siguientes cuatro siglos (hasta 220 de nuestra era), la sociedad china era –como cabe suponer- eminentemente agraria, pero muy desarrollada, no marítima, y utilizaba técnicas tradicionales en un espacio que carece de articulación geográfica definida. Las familias campesinas vivían autárquicamente y enviaban sus productos o se desplazaban por medio de una red de canales. Los intercambios eran propiciados desde el gobierno en manos de los mandarines, una casta de funcionarios preparados para administrar el imperio que solían tener conocimientos de arquitectura, ingeniería, administración y gobierno, además de ser los principales propietarios.

El Estado era burocrático y los mercaderes y artesanos eran minoría. Los mandarines tenían todos los poderes y privilegios, incluso el de reproducirse en el mando, pues tenían el monopolio de la educación. Era una elite improductiva, pero necesaria para coordinar el trabajo productivo. Los mandarines confeccionaban el calendario, organizaban el transporte y los intercambios, ordenaban la construcción de caminos, canales, diques, represas y estaban a cargo de todas las obras públicas, especialmente las destinadas a prevenir las sequías e inundaciones; guardaban las reservas contra el hambre e impulsaban los proyectos de irrigación, pero estaban en contra de toda especialización.

Los mandarines habían de pasar por una serie de exámenes que demostrasen su capacidad para ejercer la administración; la filosofía imperante y única era el confucianismo; a pesar de que el taoísmo se oponía, el Estado era poderosamente intervencionista, lo controlaba todo, enemigo de los inventos[i], si se producían se aprovechaba de ellos. Era un estado jerárquico y autoritario, paternal (en el peor sentido de la palabra) y tiránico, se valía de una policía secreta que alentaba sospechas mutuas, incluso entre los mandarines, y la justicia era arbitraria, descansando el orden en el terror. Las razones de Estado estaban por encima de todo e incluso los mandarines, que tenían mucho poder, individualmente no eran nada[ii]. El Estado era contrario a toda empresa privada, aunque lógicamente debió haberlas, sobre todo en el comercio y el transporte.

Los intelectuales del imperio formularon la idea de que el cielo, la tierra y el hombre formaban una triada eterna, por lo que el deber principal era comprender las leyes del cielo, tanto en lo religioso como en lo físico. Se debía atender siempre a los asuntos relacionados con la tierra, en especial los que atañían a la irrigación. Los sabios Han insistieron en que el bienestar económico era la base de la moralidad, pero probablemente esto no fue más que una teoría, pues habría multitudes de chinos pobres. Lo que la gente deseaba –decían- era tener riqueza, de forma que si no se podía adquirir por medios honestos se recurriría a otros, por ello el gobierno era el responsable de la conducción moral del pueblo.

El confucianismo fue un sistema filosófico que predicaba la paz y la prosperidad, la moral y la educación, los ritos en la religión, la música y la literatura, conocimiento éste último que solo era accesible para unos pocos. Los sabios tuvieron varios éxitos rodeando al emperador sin responsabilizarlo de las decisiones que tomaban ellos; el emperador debía perdurar por medio de su dinastía, y esta era la forma de limitar el poder absoluto (teórico) del emperador. Pero no siempre éste fue una figura pasiva, pues era el representante viviente de todo el orden, al que se debía piedad filial, que era extensiva en las familias, como se comprueba en la obra “Clásico de la piedad filial”, donde al autor atribuía a Confucio la frase de que “la piedad filial es la base de la virtud…” y esta piedad tenía precedencia sobre todas las demás responsabilidades.

Los efectos políticos de esta doctrina fueron enormes en el período Han y posteriormente. En cuanto a las malas acciones de los gobernantes, ocasionaban dislocaciones en la naturaleza, y de ahí los eclipses, las plagas de langostas, los animales raros, que eran atribuidos al mal gobierno. Esta forma de pensar se extendió a Corea y Japón.

Con el paso del tiempo estas ideas sufrieron cambios, pero de nuevo se pusieron en vigor durante la dinastía Sung, interrumpida por la dinastía Yüan (mongola) y se reanudó con la dinastía Ming (segunda mitad del siglo XIV-primera del XVII). Así se llegó al neoconfucianismo, liberado de los elementos budistas y taoístas. Cuando unos gobernantes eran sustituidos por otros, los primeros se retiraban en silencio a lugares solitarios, preparándose para la vuelta cuando ello fuese propicio, pero todo lo dicho no evitó sufrimientos innumerables a la población.

La clase mercantil nunca se atrevió a desafiar al Estado, aunque el intervencionismo de éste privase a aquella de libertad para hacer. Predominó la inversión en riegos y en la tierra, antes que fundar empresas industriales, por ello los mercaderes se acercaron al Estado y llegaron a formar parte de él; si algunos podían pagar la educación de sus hijos, estos podrían llegar a ser preparados gobernantes, pero también se dio la compra de puestos…

Contrasta el centralismo político con la descentralización económica, pues las explotaciones agrarias, las pequeñas empresas artesanas y los comerciantes estaban atomizados en una miríada de casos; el clan predominaba sobre el individuo, de forma que la sociedad china se desarrolló en dirección opuesta a occidente, donde las ideas racionalistas e ilustradas –antes durante el Renacimiento- hicieron de los derechos individuales un objetivo primordial. Pero gracias a la centralización del poder se pudieron llevar a cabo obras grandiosas, como la Gran Muralla o el Gran Canal[iii].

En un imperio tan extenso pero conexo, con una población tan numerosa, el Estado solo pudo sobrevivir mediante ideas como la de que “el pueblo es como la hierba, el gobernante como el viento”, según sopla el viento así se inclina la hierba...”.


[i] El papel permaneció ignorado por el mundo exterior durante mucho tiempo, al igual que la imprenta, utilizada por los budistas para la propaganda religiosa, y la letra de cambio fue empleada por los empresarios privados a pesar de la propensión a que el Estado lo controlase todo.

[ii] Omar Martínez Legorreta, “El servicio civil en la China imperial”. En éste trabajo se basa el presente resumen.

[iii] Obra del siglo VII en un primer momento.

Ilustración: entreorienteoccidente.wordpress.com

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