domingo, 14 de febrero de 2021

Tener el favor de los dioses

 

                                                                   Relieve del ara pacis

Tito Livio escribió, en relación a una de las guerras que la ciudad de Roma tuvo con los samnitas, que estos comprendieron nada les saliera bien porque habían incurrido en una guerra impía “emprendida en contra de un tratado, –dice- teniendo a los dioses más que a los hombres merecidamente en contra…”, por lo que tenían que pagar un alto precio en expiación por aquella guerra.

En efecto, para los romanos de los más antiguos tiempos de la monarquía, y para el tiempo de la república, tener a los dioses de su parte era esencial si se quería el éxito en el campo de batalla. Para ello había que cumplir con una serie de requisitos.

También Livio dejó escrito: “Qué necesidad había, en efecto, de garantes o de rehenes en un tratado, si estos concluyen con la súplica a Júpiter de que golpee al pueblo responsable de que no se respeten las condiciones pactadas de la misma forma que el cerdo es golpeado por los feciales[i]?”. Y continúa: “el juramento por las piedras se efectúa así: … toma en su mano una piedra, y tras jurar por la fe pública, dice lo siguiente: Si cumplo éste juramento, que todo me vaya bien…”, pero de lo contrario la victoria sería para los enemigos y, tras decir esto, “arroja la piedra de su mano [el sacerdote fecial]”.

En cierta ocasión, dice Livio, “se dio orden a los feciales de trasladarse a África para formalizar el tratado, y entonces, a petición suya, se aprobó un senadoconsulto en los siguientes términos: Cada uno llevaría consigo una piedra de sílice y un ramo sagrado, y cuando el jefe romano les ordenase formalizar el tratado, le pedirían a él las hierbas sagradas”.

Señala María Bailón García[ii] que el “verbenarius” era uno de los sacerdotes feciales especializado en la formación de tratados. Los delegados o jefes militares designados por el pueblo romano para firmar los tratados recibían un manojo de hierba, con tierra y raíces (verbena), llegados desde el Capitolio. El sacerdote “verbenarius” transportaba los racimos sobre su cabeza, como símbolo de la patria ausente. La verbena designaba todas aquellas hierbas sagradas utilizadas en ceremonias religiosas, siendo especies resistentes como el olivo, el laurel, el romero o el mirto.

En Roma –dice Bailón García- no había distinción significativa entre el poder civil y el militar (y el último siglo de la República es buen ejemplo). El concepto de “pietas” era uno de los valores tradicionales de la sociedad romana, basado en intentar alcanzar la perfección respecto a la justicia, la lealtad, etc., y este concepto se extrapolaba a la familia y a los antepasados. Esta “pietas” romana tenía, por tanto, un amplio significado, conllevando, en lo religioso, la observancia de ritos y ceremonias.

La historia de Roma, como la de cualquier imperio, está llena de largos períodos de guerra con el exterior, y la época republicana se caracterizó por la lucha entre patricios y plebeyos, además de por extender los dominios de la ciudad en el exterior, primero en Italia y luego en torno al Mediterráneo, lo que continuó en época imperial. Pero los romanos tuvieron siempre la intención de que –al menos aparentemente- los agredidos fuesen ellos. Se ponía, pues, cualquier pretexto, para que esto fuese así, denominándose el motivo del conflicto que Roma esgrimía contra la potencia rival “rerum repetitio”, reclamación o exigencia no negociable, y estas reclamaciones se efectuaban mediante leyes feciales.

Para la declaración de guerra, Roma necesitaba el beneplácito de los dioses. El “pater patratus”, uno de los feciales, convocaba a Júpiter como testigo de que el pueblo romano cumpliría los acuerdos pues, de no ser así, caería la furia del dios sobre Roma igual que el cerdo escogido para el sacrificio inmediato realizado por el sacerdote. El cerdo representaba el perjuro y la piedra ritual era del templo de Júpiter Feretrius (el que presencia la firma de los contratos).

Con el tiempo se abandonaron estas prácticas: algunos filósofos no creerían en los dioses; los jefes militares debían saber que o planteaban acertadamente sus estrategias o no habría dioses que se apiadasen de ellos, más allá de la justificación o no de la guerra, pero el trabajo de Marta Bailón permite conocer la mentalidad religiosa y ritual de una civilización antigua como la romana.


[i] Formaban un colegio de veinte sacerdotes responsables de regular las relaciones diplomáticas de Roma con otros pueblos.

[ii] La conquista de Iberia y el derecho fecial…”. De éste trabajo se hace el presente resumen.

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