domingo, 20 de diciembre de 2020

El arzobispo se escapa

 

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Torrejón de Velasco es un pueblo situado al sur de la actual provincia de Madrid donde nació, en 1781, Cirilo Alameda y Brea, que llegaría a ser arzobispo de Santiago de Cuba, Burgos y Toledo. A la corta edad de quince años entró a profesar en la orden franciscana, pasando luego a los conventos de Pastrana y Guadalajara.

En Cuba estuvo pocos años pero antes, cuando se dio el proceso de independencia de la América española, se mostró como un acérrimo españolista, partidario del absolutismo fernandino y luego carlista. En 1810 formó parte de una comisión de franciscanos a Moquegua, en el extremo sur del Perú, donde pretendían llevar a cabo labores misioneras, pero dicha comisión no podrá hacerlo y Alameda permaneció en Montevideo, donde dirigía la “Gaceta de Montevideo”, al frente de la cual había sido puesto por el Gobernador Gaspar Vigodet[i], al tiempo que enseñaba filosofía en el convento de San Bernardino.

Luego fue enviado por Vigodet a Río de Janeiro, donde negoció el enlace matrimonial de las hijas de Carlota Joaquina con Fernando VII y Carlos María Isidro, y esto fue lo que le abrió el camino hacia la corte española y luego su estrecha colaboración con el pretendiente carlista.

Volviendo atrás, Alameda era hijo de una familia de campesinos acomodados que, en cuanto a su vocación religiosa caben dudas, según Higueras de Ancos[ii], por la vida aventurera, enigmática y política que llevó con posterioridad, a lo que quizá contribuyó el clima de decadencia de las órdenes religiosas en la época. A la edad de 50 años fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, muy a su pesar, pues no quería abandonar la península; lo cierto es que el rey Fernando VII influyó en ello para alejarlo de la metrópoli, pues Alameda se había mostrado opuesto al casamiento del rey con María Cristina de Borbón, ya que habiendo descendencia se alejaban las posibilidades de ser entronizado Carlos María Isidro.

Ya en Cuba viajó a Puerto Príncipe en 1833, visita que se prolongó hasta tres años más tarde, y que tuvo por misión el control de los enormes abusos en la jurisdicción eclesiástica[iii]. Aunque parece que su labor fue predominantemente religiosa, no por ello dejó de mezclarse en cuestiones políticas, por ejemplo apoyando al capitán general Tacón, partidario tanto del absolutismo como de la política colonialista de España en Cuba. Algunos suponen que Alameda colaboró en las intrigas secretas llevadas a cabo por militares españoles en el contexto de la aplicación de la Constitución de 1812 desde 1836, no jurándola el arzobispo en un primer momento aunque sí con posterioridad, probablemente para evitarse problemas.

La actitud de Alameda no fue compartida por todo el clero cubano, pero sí los frailes dominicos de Bayamo[iv]. Según Navarro García la Iglesia se identificaba con la aristocracia latifundista por sus enormes riquezas, por sus esclavos y porque muchos de sus miembros procedían de familias adineradas criollas, a diferencia del clero secular, que era mayoritariamente peninsular. Un sacerdote llamado Wenceslao Callejas dejó escrito que el clero cubano se caracterizó “por su conducta prudente” y que “todos se prestaron obedientes si no contentos” (al acatamiento de la Constitución), añadiendo: “sabemos que algunos eclesiásticos tuvieron un compromiso liberal claro en los sucesos de 1836”. En todo caso –siguiendo a Navarro García- las riquezas del clero cubano en esos años eran enormes: los franciscanos y clarisas confesaron censos por más de 700.000 pesos sin contar las caballerías; los dominicos declararon censos por más de 200.000 pesos anuales, además de varios miles de caballerías. Los diezmos ascendían en el obispado de La Habana (1837) a 870.845 pesos, que iban a parar a manos del obispo, canónigos, racioneros y otros prebendados.

Durante la primera guerra carlista en España, Cuba fue destino de prisioneros partidarios de don Carlos, pero también de liberales exaltados, por ejemplo los sublevados en 1836 en Málaga. Navarro García dice que independentismo (minoritario en aquella época) y carlismo no anduvieron en ocasiones muy distanciados, pues de lo que se trataba era de aprovechar las dificultades de la metrópoli para sacar partido propio, lo que también se puede decir de Puerto Rico y Filipinas. En el año citado existió un plan carlista en Cuba que fue apoyado por el arzobispo Alameda, por lo que las autoridades dispusieron su traslado a España. Alameda consiguió entonces fugarse a Jamaica sin encomendarse al Cabildo ni darle cuenta de ello, haciendo nombramientos para su ausencia que en nada se compadecían con las normas establecidas, a cuyos individuos encargó la administración de sus “temporalidades”. Se llevó con él 127.500 pesos de los fondos del arzobispado, valiéndose de unos criados que le ayudaron a embarcar el pontifical[v], alhajas, libros y joyas, todo ello sin oposición de los empleados de la real Hacienda, lo que dice mucho de sus preferencias políticas. El arzobispo había vendido muebles, esclavos y bestias de tiro para disponer de recursos, sabiendo que no estaba autorizado a dejar su sede sin permiso.

Alameda alegó que temía por su vida, pero está demostrado que cuando realizó su fuga y demás actos delictivos la situación era más bien favorable a él y los suyos que a los liberales cubanos; otra cosa es que se negó a regresar a España como se le exigió quizá temiendo algún castigo, tanto de las autoridades civiles como eclesiásticas. La pretensión de Alameda, al parecer, era allegar el mayor número de recursos para contribuir a la causa del pretendiente español, pero en Jamaica permaneció solo unos meses, pasando luego a Inglaterra y luego se incorporó al Cuartel General de Pretendiente, pero parece que aceptó al tratado de 1839. El Cabildo, con ironía, se quejó a las autoridades diciendo si tendría que acatar las órdenes del arzobispo dadas en Jamaica, Inglaterra o en la corte de Oñate[vi]

Tras la paz fue a Francia por temor a que algunos exaltados carlistas se quisieran vengar de él, pero en dicho país también estuvo poco tiempo, pasando luego a Génova, desde donde consiguió ponerse en contacto con amigos cubanos para que pidiesen el levantamiento de su destierro (en realidad estaba huido). Así fue, y se le nombró arzobispo de Burgos en 1849, llegando a España un año antes, seguramente aprovechándose de la necesidad del régimen liberal de acordar con la Iglesia un acercamiento, que tuvo su expresión en el “Arreglo del clero”. Luego la reina le nombró senador vitalicio.

En 1857 fue nombrado arzobispo de Toledo, por lo tanto primado de España, pero no cejó en su empeño y colaboró en el intento carlista de San Carlos de la Rápita (1860): consiguió seguir como si nada hubiese pasado; para un franciscano no parece una carrera muy apropiada, pero como se ha dicho, el hábito no hace al monje.



[i] Nacido en Sarriá de Barcelona en 1764, falleció a finales de de 1835. Miembro de una familia de origen francés, en 1811 será la máxima autoridad del Río de la Plata.

[ii] “De la facción a la monarquía constitucional…”. Hay un artículo de Jesús Raúl Navarro García sobre la etapa cubana de Alameda: “Actitudes políticas del Fr. Cirilo Alameda y Brea…”.

[iii] Navarro García no aclara éste asunto, por lo que no sabemos si los clérigos eran el objeto de los abusos o al revés.

[iv] En el sureste de Cuba.

[v] Conjunto de ornamentos del arzobispo.

[vi] En alusión a la villa guipuzcoana (suroeste de la actual provincia) donde tenía su cuartel general el pretendiente.

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