sábado, 23 de enero de 2021

Hartos de los abusos (1)

Los reyes Trastámara en Castilla favorecieron la señorialización de buena parte de la población durante los siglos XIV y XV, y apenas unos pocos núcleos urbanos conservaron la condición de realengo. Incluso una sede episcopal como Astorga cayó bajo señorío en 1465. Los concejos de realengo fueron Valladolid, León, Burgos, Ciudad Rodrigo, Salamanca, Zamora, Ávila, Segovia y Soria. Los concejos villanos de realengo que resistieron fueron Arévalo, Medina del Campo, Sepúlveda, Ágreda y otros.

Vemos que todos los citados están en la Castilla del norte, aquella que se había ido repoblando mediante la acción de los grupos concejiles, librándose de pagar los impuestos que los señores exigían a los habitantes bajo su jurisdicción. En las diversas Cortes celebradas durante el siglo XV las villas y ciudades piden al rey de turno que devuelva a los concejos señorializados al realengo, así que evite conceder nuevas mercedes a los señores. No lográndose, surgieron numerosos conflictos que tuvieron como objetivo librarse de los señores y denunciar el incumplimiento de la ley por parte del rey.

De los veintiocho conflictos sociales que Shima Ohara[i] contabiliza entre 1458 y 1474, diez son protagonizados por villas o ciudades andaluzas, destacando el caso de Córdoba; trece en la meseta norte, destacando Valladolid; uno en Galicia, dos en Toledo, uno en Bilbao y otro en Extremadura (Trujillo). Entre Andalucía y la meseta norte, por lo tanto, veintitrés conflictos, una clara mayoría respecto al resto. De dichos conflictos la mitad (14) fueron antiseñoriales, dándose los que enfrentaban a la nobleza contra el obispo (Galicia), contra los conversos (Carmona, Toledo y Valladolid) y otros que enfrentaban a bandos nobiliarios entre sí.

Teniendo en cuenta que el período estudiado abarca diecisiete años (casi todo el reinado de Enrique IV) la concentración de estos conflictos es notable. En el reinado anterior (Juan II) celebrándose Cortes en Valladolid (1442), los procuradores exigieron al monarca la revocación de las donaciones de aldeas, villas y lugares a los nobles. El rey, por su parte, respondió que ni él ni sus sucesores podrían seguir haciendo mercedes a la nobleza e incluso –la expresión estaba contenida en la exigencia popular- la revuelta en caso de incumplimiento sería legítima. En Córdoba se celebraron Cortes en 1455 y en Salamanca diez años más tarde, pidiéndose en ellas que el nuevo rey, Enrique IV, confirmase lo aceptado por su predecesor, pero aquel lo ignora y las mercedes a costa del realengo van en aumento.

Cuando se produce el conflicto sucesorio, las políticas de Enrique y su hermana Isabel se divulgan. La futura reina envió cartas a las ciudades y villas diciendo que las mercedes concedidas desde 1464 debían retraerse y que no concederá nuevas mercedes, lo que provoca una cascada de apoyos a su causa. Entre las que se pasan al partido isabelino, desde 1469 a 1474, están Salamanca y Trujillo, Medina del Campo, Bilbao, Sepúlveda, Aranda, Ágreda y Moya[ii], que resistieron contra las mercedes a Pacheco[iii]. En el último año del reinado de Enrique luchan al lado de Isabel, Tordesillas y Segovia, habiéndose incorporado a dicho partido en 1469 Vizcaya. Extremadura se dividió entre los Stúñiga y los Álvarez de Toledo (estos apoyaron la causa isabelina); Murcia y Asturias estuvieron con Isabel desde el primer momento. Si tenemos en cuenta que la corona de Aragón respaldó a Isabel, encontramos una explicación del porqué de su triunfo.

Los representantes de las ciudades y villas alegaban que toda enajenación del patrimonio real a favor de los señores iba en detrimento del reino, además de salir perjudicados los habitantes que caen bajo el poder señorial. Pidieron, por tanto, permanecer en el realengo, suponiendo que el rey era el dispensador de la justicia, administrada arbitrariamente, las más de las veces, en manos de los señores.

Isabel, en pleno conflicto sucesorio, hizo llamamientos a “respetar la ley y la opinión del pueblo”, presentándose así como la antítesis de Enrique IV, que argumentó estar presionado por la nobleza y que los daños para el reino serían mayores si esta se levantara contra él. En efecto, la sublevación del infante Alfonso, que había sido jurado como heredero por Pacheco, le llevó a “reinar” durante tres años en medio de un conflicto generalizado, pero Alfonso murió e mediados de 1468, con lo que la opción isabelina cobró aún más fuerza.

En las Cortes de Ocaña (1469) también los procuradores habían pedido al rey que cesase en su política de favorecer al señorío, pero aquel hizo caso omiso, perjudicando a personas que tenían maravedís u otras rentas situadas en las villas y ciudades de realengo que habían sido entregadas a nobles. Se le pidió que jurase de nuevo la ley dada por Juan II en Valladolid (1442) e incluso se le amenazó con la pena de excomunión (¿). El monarca solo accedió a revocar las mercedes concedidas con anterioridad a septiembre de 1464, pero no las que afectaban a maravedís, pedidos, monedas y otros derechos. Más adelante, estando en Córdoba, decidió anular las mercedes que había dado, pero tal decisión no se ejecutó, teniendo los procuradores reunidos en Cortes (Santa María de Nieva[iv]) en 1473, que volver a insistir sobre lo mismo.

Enrique IV había hecho gala de una gran generosidad con los poderosos: en 1465 entregó Portillo (al sureste de la actual provincia de Valladolid) a don Ramón Pimentel, merced que fue confirmada en Colmenar tres años más tarde. Estando en Plasencia había entregado al mismo la villa de Castromocho (al suroeste de la actual provincia de Palencia), y en 1473 le entregará el título de duque de Benavente y conde de Carrión. Dió a don Rodrigo Ponce de León el marquesado de Cádiz; a don Luis Portocarrero, señor de Palma del Río, le confirmó Écija; también don Pedro González de Mendoza recibió, en 1471, 40.000 maravedís anuales cargados a las alcabalas de Toledo, y la reina doña Juana se sumó a esta política cuando, a finales de 1469, dio la villa de Aranda y su tierra a la condesa de Tendilla, doña Elvira de Quiñones.

El arzobispo de Toledo, a finales de 1470, escribió al rey quejándose de la situación creada por el conflicto sucesorio, lo que imponía “la ley de la fuerza”. A esto se sumó la mala situación económica y las guerras intestinas entre diversas casas nobiliarias, que asolaban las montañas de Asturias y Galicia, así como Extremadura y Andalucía, donde se dieron los más graves enfrentamientos, agudizados por las intromisiones granadinas en ellos.

En varios lugares se levantaron las hermandades tratando de salvar los derechos de los súbditos castellanos, y a ello hay que sumar los abusos de algunos cargos públicos: en 1471 el rey tuvo que ordenar se persiguiese a los escribanos de Segovia que habían hecho escrituras falsas. Las malas cosechas y el hambre hicieron el resto; subieron los precios y la moneda se devaluó, pero los problemas venían de antes del reinado de Enrique IV.


[i] “La propaganda política en torno al conflicto sucesorio de Enrique IV…”.

[ii] Al este de la actual provincia de Cuenca.

[iii] Juan Fernández Pacheco murió en Trujillo en 1474, habiendo participado en los arreglos para que la discutida hija del rey castellano (Juana) se casase con el rey portugués Alfonso V (1468). En 1475 contrajeron matrimonio por el interés de ambos en tener bajo su mando a Castilla (si triunfaba la pretensión de Juana) y Portugal al mismo tiempo.

[iv] Santa María la Real de Nieva, en el oeste de la actual provincia de Segovia.

Ilustración: castillo de la Rocha Forte en Conxo, Santiago de Compostela (cadenaser.com/emisora/2017). 

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