lunes, 9 de julio de 2012

Los indios se rebelan

En el centro de Ecuador se encuentra la provincia de Chimborazo, en las alturas andinas, donde antiguamente los españoles habían establecido el Corregimiento de Riobamba, que hoy es la capital provincial. Caciques colaboradores con la administración española, indios descontentos con su situación y otros que se acomodaron a ella, convivían en las últimas décadas de la ocupacion hispana. Uno de los más inquietos indios contra la injusta administración española fue "el gran caudillo Julián Quito, mozo perspicaz, bien parecido, de fácil palabra y ágiles movimientos, se mueve con la misma soltura que el viento y proclama con voz clara, serena pero firme, el reparto de las tierras, convirtiéndose en el primer agrarista del corregimiento y de la Real Audiencia, principalmente de los pueblos de Columbe y Guamote" (Alfredo y Dolores Costales).

Que el levantamiento independentista contra la ocupación española de América fue obra de los criollos es algo indudable, porque ellos iban a heredar las riquezas ya adquiridas y los gobiernos de los estados que se formasen, como así fue, pero también hubo mestizos, indios y otras castas que se sumaron a los levantamientos, aunque en menor grado, siempre en una situación subordinada y, en todo caso, esperando a ver cómo discurrían los acontecimientos, porque lo que a los indios interesaba, más que la independencia, era mejorar su situación social, y esta mejora no estaba garantizada ni con los españoles ni con los americanos criollos en el mando. 

Un cacique, Leandro Sefla, tuvo que vérselas con las autoridades españolas para que esas parasen la entrega masiva de indios mitayos a los hacendados. La palabra mita es quechua y significa "turno". Se reclutaba a los indios temporalmente para trabajar en obras de interés público, y ya existía en época inca, pues muchos indios mitayos trabajaban forzadamente para la máxima autoridad del imperio andino. El trabajo era forzoso, y continuó siéndolo durante la dominación española, pero lo más costoso para el indio era el ser trasladado fuera del área por él conocida y con la que estaba familiarizado, desraizándose de sus seres queridos. Muchos hacendados, a la altura del siglo XVIII, se aprovecharon de los indios mitayos para hacer sus fortunas. 

Según Rosario Coronel "las haciendas retenían a los indígenas hasta 30 años en nombre de los socorros" de forma que los indios "preferían entregarse a las peñas de los precipicios". Las reclamaciones del cacique Leandro Sefla a las autoridades españolas fueron muy avanzadas para la época: un día de descanso para el indio además del domingo, pues éste era día de descanso por imposición religiosa. Dentro de la explotación que el indio sufrió siempre en América, de lo que se trataba es que los mitayos quedasen igualados a las "ventajas" que tenían los "ilactayos", indios de la tierra donde se encontraba la hacienda para la que trabajaban, e incluso muchos de ellos se habían hecho con propiedades de tierra.

Ya en 1764 hubo un levantamiento de indios a los que se quería convertir en mitayos, según ha estudiado Segundo Moreno, pero en 1803 la revuelta fue general, capitaneada por Julián Quito contra el diezmo y las primicias (tributos que iban a parar al clero). La entrega de tierras era otra reivindicación generalizada, prueba de que el indio había aprendido a reclamar lo suyo, se había integrado en una economía que veía florecer de acuerdo con las ideas del liberalismo económico pero que a él no le alcanzaba. También exigieron libertad de trabajo (fuera el trabajo forzado), tal y como los ilustrados españoles -y en general europeos y americanos- venían reclamando contra los encorsetamientos económicos del antiguo régimen.

Un gobernante que sirvió en la administración española entre 1799 y 1807 se expresa con estas palabras: "estas provincias quedan expuestas a una devastación general por los numerosos indios que las habitan, quienes pueden quemar en un solo día todas las haciendas y obrajes sin dificultad alguna, reduciendo a los españoles a la última miseria". El movimiento se extendió por Naubug, Sanaucahuán, Licto, Columbre, Guamote, el norte y el sur. Como en Europa, los campesinos indios habían comprendido que podían poner en práctica formas particulares de lucha, a veces colectivamente y otras de forma individual y anónima: provocar incencios, trabajar a un ritmo bajo, provocar descuidos, actuar de forma que el hacendado se perjudicase. 

Aquellas formas de lucha se han registrado también en Portugal durante el siglo XIX y en el Aragón anarquista durante la II República española. No hay paz si no hay justicia: se podrá solapar el problema durante un tiempo, se podrá reprimir, hacer sufrir, someter por la fuerza, pero a la postre se darán las condicones para que surja el conflicto, el levantamiento y la búsqueda de una situación mejor.

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