jueves, 13 de mayo de 2021

Deir el-Medina y el faraón

 

                                                              Restos de Deir el-Medina (*)

Tutmosis I, entre los siglos XVI y XV antes de Cristo, fundó la aldea de Deir el-Medina en un lugar al oeste del río Nilo, donde este hace una gran curva, al norte de Edfu y muy alejada de Asuán, más al sur. Se encuentra en lo que se conoce como el valle de los reyes por las muchas tumbas de faraones egipcios allí encontradas.

En el siglo XIII a. de C. el faraón Ramsés II, sabedor de que allí se encontraban los tesoros de las tumbas de los reyes egipcios más ricos, mandó construir la de su esposa Nefertari, la cual adornó con pinturas de diversos colores, relieves, dibujos refinados y otros elementos decorativos.

En Deir el-Medina se han encontrado hojuelas de piedra donde se escribieron notas y correspondencia, poemas, cartas de amor, noticias domésticas y locales. En muchas de estas inscripciones se habla de las cuitas, rumores, bromas, acusaciones, burlas y demás comentarios que unos y otros aldeanos se hacían entre sí. En una de ellas uno acusa a otro de no haber engendrado hijos, en otra se habla de que la mujer del vecino se prostituye a sus espaldas, que otro debe un dinero que nunca podrá pagar, que su casa está peor construida que las de los demás y otros muchos datos de las familias de la aldea. Estas hojuelas son únicas en Egipto, relatando circunstancias de la vida cotidiana de las personas más o menos humildes.

Cuando el emperador Ramsés cumplió 40 años (parece que empezó a reinar a los 15 y se enfrentó a los hititas a los 20 en Qadesh) su tumba ya estaba terminada, contrariamente a lo que ocurrió con otros faraones y cortesanos. Viéndose con aquella edad, Ramsés se dedicó a engendrar más hijos de los que ya tenía, aumentó su harén y se casó con tres de sus hijas, completando su obra de propaganda con muchos edificios en el valle, obeliscos, etc.

Tantas pretensiones no sirvieron, sin embargo, para que se nos ocultase el fracaso que tuvo con los hititas en Qadesh, viéndose obligado a negociar y firmar un tratado con su rey donde se acordaron muchos temas, entre otros sobre extradiciones, refugiados y el casamiento del Faraón con una hija de Muwatalli, el rey hitita. La joven fue llevada a la capital estratégica de Ramés, Pe-Ramsés, en el delta del Nilo, con el objeto de vigilar los movimientos del reino anatólico. El faraón adornó su ciudad con plantas exóticas, estanques, patos en los lagos, jardines y frutales a la orilla del río. ¿Qué vio la princesa hitita en Egipto? Huertas y prados, frutales sin número, riqueza por doquier, una población heterogénea de egipcios, nubios, libios y otros, pirámides, templos, tumbas, aldeas y caminos… ¿Qué asombro causaría a la princesa hitita aquella experiencia? Pronto comprobó que no sería la esposa principal del faraón, que prefirió a Nefertari, pero la placidez de su vida quizá le compensó de todo lo demás, asumido con facilidad.

La burocracia seguía en Tebas, más al sur, y atrás quedaba la batalla de Qadesh, que sirvió al faraón para hacerse la más vergonzosa campaña de propaganda que quizá se haya visto. Los egipcios, en aquella batalla, estaban en inferioridad con respecto a los hititas: estos conocían el hierro y los egipcios tenían solo armas de bronce, por lo que tuvieron que movilizar a personal de otras etnias distintas de la egipcia.

Para el enfrentamiento el faraón y su ejército tuvieron que pasar desde el delta hasta el ardiente desierto de Sinaí y luego llegar al Líbano. Todo ello fue puesto en papiros por los escribas que le acompañaron, contando ambas partes con servicios de espionaje cuyas tretas han quedado plasmadas en las fuentes epigráficas. La batalla se produjo al borde del río que pasa al sur de Qadesh, salvando Ramsés su ejército en el último momento, cuando le llegaron refuerzos desde Egipto. Las rutas comerciales, no obstante, quedaron muy dañadas para el estado del Nilo.

Todo esto no tenía nada que ver con los habitantes de Deir el-Medina, que ya no era una aldea sino una población con muchas calles, casas y construcciones notables de muy diversa naturaleza. Mientras el faraón guerreaba en el norte, los habitantes de Deir el-Medina se acusaban entre sí, se burlaban unos de otros, se contaban los secretos y nos dejaban, sin quererlo, una fuente preciosa para nuestro conocimiento.

(Ver aquí mismo “Movilización general en la antigüedad” y “Las mentiras de Ramsés”).

(*) Fotografía de amigosdelantiguoegipto.com/?page_id=12176

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