martes, 25 de mayo de 2021

Tribulaciones del señor Quijana

 

                                           Paisaje del Campo de Montiel (fotografía de ABC)

Así es como debía llamarse don Quijote cuando estaba cuerdo, dice Miguel de Cervantes en una de las primeras páginas de su inmortal obra. Es cuando un labrador lo encuentra tumbado en el suelo, con las armas rotas, Rocinante a la espera y el hidalgo maltrecho.

El señor Quijana, viéndose ayudado, imaginó que estaba ante el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, cuando hizo preso al moro Abindarráez, de manera que cuando el labrador le preguntó cómo se sentía, el señor Quijana le respondió con las mismas palabras que recordaba del moro en “La Diada” de Jorge de Montemayor.

Por mucho que el labrador le insistió que él no era Rodrigo de Narváez, el hidalgo siguió diciendo “que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso…” y así sucesivamente. Vuelve el labrador a decirle que él no es Narváez, sino Pedro Alonso, su vecino, y le recuerda que el maltrecho era el honrado hidalgo Quijana, a lo que este contestó que él sabía quién era, pero con tal sarta de necedades que el labrador optó por llevarle a su casa como pudo. Y allí se dio el episodio de los libros de caballerías y poemas que el cura del lugar, el barbero, el ama y la sobrina del señor Quijana se dispusieron a enviar al fuego o preservarlos, pero no en manos de su dueño.

Después de varios días de cierto sosiego el señor Quijana departió con el cura y el barbero del lugar sobre la necesidad que tenía el mundo de caballeros andantes, y poco después convenció a un labrador vecino, llamado Sancho, para que le acompañase como escudero a nuevas andanzas. El rústico parece que concibió poder hacerse –según le dijo Quijana- con alguna isla de la cual fuese gobernador, gozando de influencia y riquezas.

Como en un episodio anterior donde Quijana había estado en una venta que creía castillo, y el ventero (que él creía alcaide) le había dicho que debía disponer de dinero y ropa si quería dedicarse a deshacer entuertos, el hidalgo vendió algunas cosas y avisó a Sancho que se preparase tal día para partir juntos. Era importante –dijo Quijana- que su escudero llevase alforjas, y este le contestó que también llevaría un asno, lo que no gustó mucho al hidalgo aunque luego aceptó. Acopió algunas camisas y otras ropas mientras que Sancho ni siquiera se despidió de su familia y así mismo hizo el señor Quijana, pues nada dijo a su ama y su sobrina.

Dice Cervantes que “iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido”. El señor Quijana, por su parte, siguió el mismo camino que en su primera salida, cuando llegó a la venta donde fue objeto de mofas y se entregó a ciertas violencias. Mientras hablaban los dos personajes sobre todo de lo que les deparaba el futuro, llegó el suceso de los molinos que es tan conocido.

A Sancho le empezaba a parecer que su amo estaba como loco, pero la promesa de la isla le podía, y al señor Quijana le parecía simple el carácter del escudero. Llegó una noche que pasaron entre unos árboles, “y de uno de ellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado [en el lance de los molinos de viento]. Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea…”.

Al día siguiente, cuando los dos personajes habían emprendido ya juntos sus aventuras, asomaron por el camino dos frailes benedictinos sobre sendas mulas. Tras ellos venía un coche “con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a pie”. En el coche venía una señora vizcaína que iba a Sevilla, pero los frailes no venían con ella. Cuando don Quijote divisó a estos personajes dijo a su escudero: “O yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto; porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser, y son sin duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío”.

Sancho se temió que aquello podría resultar peor que lo de los molinos de viento, pidiendo a su amo que se fijase bien y que no se dejase engañar por el diablo. Don Quijote no le hizo caso y se adelantó poniéndose en mitad del camino por donde venían los frailes, diciéndoles en alta voz que eran gente endiablada y exigiéndoles que dejasen a las princesas que, según él, llevaban en el coche. Les amenazó de muerte si no se atenían a sus órdenes.

Los frailes se detuvieron admirados diciendo a don Quijote: “señor caballero, nosotros no somos endiablados… sino dos religiosos de San Benito… y no sabemos si en este coche vienen, o no, ningunas forzadas princesas”. Don Quijote no les creyó y, sin esperar respuesta, picó a Rocinante y con la lanza arremetió contra uno de los frailes, aunque este se apeó de la mula a tiempo para no recibir el impacto. El otro fraile, viendo esto, escapó lo más rápidamente que pudo.

Sancho creyó que debía participar en los hechos y empezó a despojar al primer fraile sus hábitos, llegando entonces dos mozos que le preguntaron por qué hacía aquello. Como Sancho les dijese que le correspondía, los mozos arremetieron contra él aprovechando que don Quijote estaba ya algo alejado del lugar. Empujado Sancho por los mozos le molieron a palos y coces –dice Cervantes- dejándole tendido en el suelo. Entre tanto don Quijote estaba hablando con la señora del coche, diciéndole aquel que su hermosura le permitía hacer lo que su voluntad le mandase, acusó a los frailes que él creía secuestradores de soberbios y pidió a la señora que en el Toboso se presentase ante Dulcinea y le dijese lo que por ella había hecho.

Un escudero vizcaíno de los del coche escuchaba esto y, viendo que el esforzado hidalgo no permitía seguir el coche adelante, se dirigió a él y, cogiéndole de la lanza, le amenazó, a lo que don Quijote respondió que si fuera caballero ya le habría dado su merecido. Siendo vizcaíno, donde todos se tienen por hidalgos, hizo decir a aquel que mentía, añadiendo que era vizcaíno “por tierra, hidalgo por mar…”, etc.

Don Quijote arremetió contra el vizcaíno entonces, sacando este su espada para defenderse. El resto de la gente que allí había quería que se hiciese la paz, pero no pudo, mostrando el vizcaíno no estar mejor que Don Quijote porque dijo que si no le dejaban seguir la lucha, aún mataría a su ama y a los demás. La señora hizo que el coche donde estaba se alejase algo y así pudo observar el lance en el que el vizcaíno alcanzó al señor Quijana con una cuchillada en un hombro, encomendándose entonces el hidalgo a su Dulcinea y arremetiendo contra el vizcaíno, dejando Cervantes para el siguiente capítulo el desenlace de la batalla entre el “gallardo vizcaíno y el valiente manchego”.

Juan Barceló Jiménez[i] ha estudiado el sentido humano en el Quijote apoyándose en las consideraciones que diversos autores rusos han dejado escritas: uno de ellos dice que el libro de Cervantes es misterioso; otro que el protagonista es emblema de la fe en algo eterno e inmutable, don Quijote tiene una abnegación casi infinita, y otro autor considera que hay una gran humanidad en el hecho de que los personajes aparecen y desaparecen, van y vienen, dándose en ellos la fantasía, la ilusión, la ironía y la violencia. Refiriéndose a Cervantes otro autor dice que el primero en embriagarse con los libros de caballerías fue el propio autor, que luego traspasó a su protagonista; no de otra manera podría poner el gran escritor tantos datos sobre obras, personajes, encantadores, expresiones, etc. de la literatura de su tiempo.


[i] “Consideraciones sobre el sentido humano en el Quijote”.

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