sábado, 15 de mayo de 2021

Pelea por la piedra

 

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Rosetta es una localidad en el extremo norte de Egipto, a orillas del Mediterráneo y no lejos de Alejandría. A finales del siglo XVIII aún existía allí una fortaleza árabe que el ejército francés quiso ocupar, para lo que necesitó hacer algunas obras. Entre los escombros y la arena un soldado encontró una piedra que luego se sabría medía 144 cm. de alto por 91 cm. de ancho y pesaba casi 700 kg. (*) Aquel soldado debió de ser curioso o culto, no lo sabemos, pues valoró el hallazgo y, lejos de abandonarlo o emplearlo en la restauración de la fortaleza árabe, avisó a sus superiores.

Los que acudieron para verla valoraron que era una monumental pieza, rota por varias partes, de basalto negro que tenía tres tipos de escritura, una conocida, el griego, pero otras dos no, pues no se utilizaban desde hacía muchos siglos, los jeroglíficos egipcios y una escritura popular que, por ello, los griegos le dieron el nombre de demótica. Los tres textos informaban de lo mismo, un decreto en honor del rey griego Ptolomeo V que vivió entre finales del siglo III antes de Cristo y principios del II.

Volviendo atrás, los antiguos griegos y romanos supieron poco sobre Egipto (la mayor información la tenemos del griego Heródoto), de forma que cuando las tropas napoleónicas llegaron al país para enfrentarse con las inglesas (se trataba de controlar los mercados) quedaba casi todo por conocer. La piedra, que pronto se llamó de Rosetta, se encontró en 1799 y Napoleón mandó que pasase a estudio de un Instituto que había mandado establecer en El Cairo.

Aquel general corso tenía tan solo 29 años (tantos como los que vivió el citado rey Ptolomeo V) pero además de osado y cruel era culto, una suerte de ilustrado joven, por lo que envió a miles de soldados a ocupar Egipto y a muchos científicos que debían estudiar todo lo que encontrasen de interés, que ya sabemos no fue poco. Se trataba de contribuir a lo que ya venía haciendo el Instituto Francés de Egiptología. Los dibujantes, arqueólogos, eruditos, ayudantes, etc. se adentraron en unos y otros territorios levantando informes que se enviaban al general que, pocos meses después, sería Primer Cónsul de Francia.

Pero no todo le salió bien a los franceses y al ambicioso y culto general: la marina británica destruyó los barcos franceses y Napoleón tuvo que huir a Francia, aunque sus científicos seguían enfebrecidamente con su labor. El ejército francés, a pesar del fracaso militar, seguía en posesión de la piedra, sobre la cual se habían iniciado ya algunos estudios, pero los ingleses la exigieron en el tratado de paz que se llevó a cabo. Muchos esfuerzos se hicieron por parte de las autoridades francesas para que la piedra no fuese entregada al ejército inglés, pero al final no quedó más remedio y empezó una labor ímproba de desciframiento tanto en Inglaterra como en Francia. Este país había hecho copias de la piedra para poder trabajar sobre ellas.

Al traducir el texto en griego pareció que sería fácil deducir lo que decían los textos en demótico y jeroglífico, pero hubo que salvar ciertas dificultades de envergadura: el número de líneas no era el mismo en los tres caracteres, además de que las partes de la piedra que faltaban entorpecían la transcripción y traducción. Nadie podía dar por cierto que los tres textos informaban de lo mismo; esto se supo con posterioridad.

En aquella campaña de Egipto, que para Francia y Napoleón fue un fracaso militar, murieron entre nueve y diez mil soldados franceses, pero la labor científica llevada a cabo fue extraordinaria. La piedra fue entregada a Inglaterra como botín de guerra, algo a lo que los ingleses estaban muy acostumbrados, se llevó a Inglaterra en 1802 y ahora se encuentra en el Museo Británico. El resto ya es conocido por muchos.

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(*) Hay variaciones en estos datos según las diversas fuentes.

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