jueves, 25 de junio de 2020

España en África

Poblado bubi
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En 1777 la monarquía española obtuvo de Portugal las islas de Fernando Poo, Corisco y Annobón “y el territorio continental adyacente”[i]. Por primera vez desde el Tratado de Tordesillas de 1494, se reconocía a España el derecho a la posesión de territorios propios en el África subsahariana. La realidad, sin embargo, fue atrayéndolos a la órbita ultramarina británica, a medida que el comercio esclavista se fue convirtiendo en “trata legal”. Solo la tardía incorporación de España al sistema colonial contemporáneo supuso la paulatina conversión de Guinea en una “colonia de producción” impulsada ideológica y económicamente por los misioneros claretianos. En las colonias españolas, los africanos debían “conseguir” una nueva identidad cultural, como un reto civilizatorio planteado y ofrecido a quienes eran concebidos como carentes de identidad cualquiera[ii].

La realidad, sin embargo, dio la espalda a los presuntos intereses españoles. Teóricamente colonizadas, aquellas islas portuguesas no solo estaban desiertas de europeos y de cualquier infraestructura comercial disponible para el comercio triangular, sino que la primera expedición oficial, organizada en 1778 desde Montevideo, resultó un desastre: hostilidad y resistencia por parte de los indígenas, fiebres palúdicas, escasez de alimentos, motines…

Solo veinticinco de los ciento cincuenta tripulantes iniciales regresaron a Sudamérica, y los territorios guineanos quedaron envueltos en un halo de peligrosidad. La segunda expedición oficial española no llegaría a las islas hasta 1841, pero mientras tanto el contexto internacional había cambiado radicalmente: España veía cómo se iba disolviendo su antiguo sueño imperial, (ya en 1807 Gran Bretaña había abolido aquel tráfico de esclavos para el que aquellas islas remotas parecían destinadas). Los tratados hispano-británicos contra el tráfico ilegal de personas (1817 y 1835) habían establecido el derecho de visita a los buques españoles por la marina británica, y también determinados mecanismos de control entre los cuales la creación de tribunales mixtos en Freetowm[iii] y en Fernando Poo.

Unos territorios adquiridos para el comercio de esclavos iban a empezar su etapa de colonización con el establecimiento de un tribunal para su represión. Es en esta lógica cuando británicos procedentes de Sierra Leona crearon la ciudad de Clarence –la futura Santa Isabel, actual Malabo- en 1827. Aunque dicho tribunal nunca llegó a funcionar, ciudadanos británicos establecieron en Fernando Poo y Corisco sus enclaves comerciales, cambiando la antigua trata ilegal por el comercio llamado legal de aceite de palma y otros productos. Las islas españolas pasaban a ser una pieza más del entramado ultramarino británico, y en ellas se empezaba a desarrollar una comunidad de habla inglesa, religión protestante, vocación comercial y amplias relaciones en aquel tejido colonial, que sería enormemente influyente hasta la descolonización definitiva en 1968 (*).

El éxito británico estimuló las ansias españolas en un contexto ultramarino que a medida que avanzaba el siglo se fundía como el hielo. Un intento británico de compra de los territorios en 1840 por 60.000 libras esterlinas, provocó la respuesta airada de la prensa española y de las Cortes, que proclamaron la “españolidad” de las islas. A partir de este momento, el Gobierno de Madrid organizó algunas expediciones oficiales a Fernando Poo, sin que ninguna empresa española se atreviera a competir con las ya establecidas en las islas. A partir de 1858, año en que empezó la efectiva colonización española, se planteó un tipo de intervención mínima estatal: el Gobierno de Madrid mantendría en Santa Isabel a un oficial de la Marina como gobernador, el cual contaría con una pequeña dotación militar y la ayuda “civilizadora” de una comunidad jesuita, mientras el comercio permanecería en manos británicas.

Este modelo vivió un momento álgido durante la primera República, que minimizó más si cabe la presencia española en Guinea. Reducida a una expresión casi testimonial, no fue hasta los albores de la Conferencia de Berlín, a finales de 1883, cuando el Estado, aunque bajo el mismo esquema, aumentó considerablemente su presencia oficial en la colonia. En esta nueva etapa, que sería la definitiva en el proceso de colonización, los misioneros claretianos serían la punta de lanza de un Gobierno que les financió y les permitió todo: a cambio de su extensión por todos los territorios coloniales, indispensable para el reconocimiento internacional de la colonia, mantendrían un oscuro monopolio –dice Jacint Creus- en el ámbito educativo, que les permitió una situación privilegiada y una actuación directa sobre los indígenas (bubis en Fernando Poo, ndowé y fang en el continente y en el estuario del Muni, ambú en Annobón).

El propio concepto de colonización había cambiado. Si la etapa británica se caracterizó por una trata comercial que no precisaba apenas la ocupación del territorio, sino tan solo la complicidad de sus habitantes, la pretensión española era convertir aquellos territorios en una colonia de producción, siendo el cacao el principal objetivo. Convertir Fernando Poo en una “finca” fue la pretensión proclamada por misioneros y administradores coloniales; un objetivo que requería, a su vez, la conversión de los indígenas en trabajadores útiles al nuevo sistema económico.

La acción educativa fue la pieza maestra de este modelo, y los claretianos, al aplicarla, fueron esclavos de unos sueños, unas ideas y unas contradicciones que viajaron con ellos desde España. Al darles forma en África, quisieron incorporar a los guineanos a esos mismos sueños, ideas y contradicciones, como si aquellas sociedades no fueran más que un vaso vacío que hubiera que llenar con un contenido al gusto. Y así fue como crearon un grave conflicto en el seno de esas sociedades a las que pretendían servir, las africanas, que también tenían sus propios sueños, ideas y contradicciones.

El autor al que sigo recoge el testimonio de un claretiano en Guinea, Ermengol Coll: dos misioneros descuidados se vieron atacados por una lluvia de dardos o lanzas de madera llamados por los bubis mochika. No veían a nadie, pero entendiendo el peligro en que estaban, retrocedieron a toda prisa… Después de la llegada de los claretianos por primera vez en 1883, llegaron otros usando aquellos “transportes cicateros”, heredando una iglesia y una casa abandonada que había sido de los jesuitas. Los claretianos habían visitado la bahía de San Carlos (hoy se encuentra Luba, al suroeste de Malabo), luego Libreville y Corisco, y se pusieron a aplicar la obligatoriedad de la enseñanza en español, contra la escuela anabaptista allí implantada, de expresión inglesa.

Los claretianos establecieron un pequeño internado en Santa Isabel, mientras que esta localidad y San Carlos, en la isla de Fernando Poo, y Corisco frente al estuario del Muni, eran las sedes de los numerosos negocios europeos de la colonia, la mayoría no españoles. Libreville recibió su nombre porque allí desembarcaban a los esclavos liberados de los negreros ilegales, pero había una misión católica más antigua, francesa, que se había fundado en 1844 por el espiritano monseñor Bessieux. Por su parte, el padre Ciriaco Ramírez, claretiano, se dedicó a explorar el campo que se le había confiado, por lo que después de hacerse cargo de los bubis en Banapá y Basilé, alargó sus excursiones hasta San Carlos, para lo que contó con el apoyo del hacendado Guillermo Vivour, que conocía los lugares. En cierta ocasión visitaron una ranchería bubi, el clérigo invitó a los indígenas a besar el crucifijo pero estos se negaron, “creyendo que era un ascua de fuego”, pero no se opusieron a tener a los misioneros entre ellos.

El padre Joaquín Juanola fue el primero en visitar al “rey” Moka: “solo diré – habla el propio Juanola- que el gran Moka se mostró muy caballero en todo”, aunque con posterioridad se mostraría arisco y brutal. Moka prefería que nadie sacase a los indígenas de los bosques para asistir a las reuniones con los claretianos, y llegó el momento en que una reunión a mediados de 1884, enfrentó a los misioneros españoles con los franceses, creyendo los primeros, por medio de su superior, que era posible educar a los indígenas “mediante la separación, el alejamiento y la disciplina”.

Los misioneros franceses, por su parte, reconstruyeron las abandonadas misiones de Saint Joseph (frente a Corisco), Saint Thomas (Denis) y Saint Jacques (en el río Rhembone). En la zona de Libreville tenían una misión central, otra en dirección al Muni, otra al sur de la actual ciudad y una más en la ribera del río Pongwe. Esto impidió la expansión de las misiones claretianas, lo que inflamaría las relaciones entre las dos comunidades…

La tarea “civilizadora” de los espiritanos comprendió el mantenimiento de hospitales para indígenas, recibiendo de su gobierno “laico y republicano” 6.000 francos anuales; mantenían una finca para su autoabastecimiento y recibían oleadas de inmigrantes fang, encontrando el mayor obstáculo en la poligamia…



[i] Jacint Creus, “Cuando las almas no pueden ser custodiadas: el fundamento indentitario en la colonización española de Guinea Ecuatorial”.
[ii] El presente resumen está basado en la obra citada en la nota anterior.
[iii] En la costa de Sierra Leona.
(*) Ver aquí mismo "Enfrentamiento entre dos dictaduras".

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