miércoles, 22 de agosto de 2012

La huída de Extremadura

Siguiendo el valle de uno de los ríos que desaguan en el Gudalquivir la carretera atraviesa el occidente de Sierra Morena, entra en la provincia de Badajoz por el puerto de las Marismas y luego el de Cañada (con alturas no superiores a los 730 metros) para bajar a Monesterio. De ahí a Fuente de Cantos, Calzadilla de los Barros, Zafra, Los Santos de Maimona, Villafranca de los Barros y Almendralejo. Siguiendo hacia el norte Torremejía y Mérida.

Al oeste queda Badajoz y al este de Fuente de Cantos, Llenera, ya en manos del ejército sublevado a principios de agosto de 1936. Al oeste Fregenal de la Sierra y, en medio, Valencia del Ventoso, donde al parecer los dirigentes socialistas y republicanos locales prepararon la huída de la población ante la llegada de las tropas sublevadas, que cometieron crímenes y estragos sin cuento en retaguardia, cuando todavía no se habían formado frentes de batalla en agosto de 1936. Entre los que intentaban huir estaban también mineros y sus familias del norte de Huelva.

El golpe militar se había producido hacía dos o tres semanas pero ¿se puede decir que ya España estaba en guerra? El gobierno republicano había reaccionado ya, evidentemente, ante la traición de buena parte del ejercito, pero no contaba todavía con comisarios y asesores extranjeros (soviéticos), ni con las brigadas internacionales, ni con la ayuda armamentística que vendría luego; se debatía en gestiones diplomáticas que no dieron fruto. La población civil a duras penas empezó a armarse por el gobierno que presidía José Giral y ni siquiera las milicias estaban formadas en el bando republicano. ¿A que tanta crueldad, entonces, por parte de los sublevados, particularmente en Extremadura? El odio, el plan exterminador, el cumplimiento de las órdenes de Mola, el gusto por cumplirlas de Queipo, la decisión en la mano ejecutora de Yagüe, Castejón y Asensio, entre otros. El segundo fue triste protagonista de la masacre de Badajoz que algunos han calificado de crimen contra la humanidad y otros de genocidio. Sean o no apropiadas estas calificaciones los hechos están ahí: fusilamientos sin juicio, selección arbitraria de los que habrían de morir, sembrar el terror allí por donde se pasaba. Badajoz fue defendida por la población al mando del coronel Puigdendolas, uno de los que pudo huir a Portugal, siendo apresado y luego embarcado, con otros, en el buque Nyassa, rumbo a Tarragona. Moriría poco después pero Badajoz ya había sido bombardeada por la aviación italiana y por la artillería franquista.

El sublevado y cruel Castejón presidió un consejo de guerra para condenar a muerte a uno de los suyos, un falangista, que sería fusilado en 1942: ya no había guerra, pero seguía la sangre. En cuanto a Asensio, gracias a sus crímenes y servicio a Franco, fue nombrado más tarde Ministro del Ejército y Jefe de la Casa Militar del dictador, y antes Comisario en Marruecos, procurador en Cortes durante varias legislaturas y otras prebendas. Yagüe fue nombrado por Franco Ministro del Aire en 1939, insistente en que España entrase al lado de Alemania en la II guerra mundial, fue apartado por Franco, aunque no solo por dicha razón, y luego ocupó un cargo militar en Melilla, donde se había sublevado para cometer sus crímenes. 

Los perseguidos en Extremadura (el este de Badajoz estaba todavía en manos republicanas en agosto de 1936) pudieron huir hacia Madrid, otros a Portugal, pero estos últimos serían devueltos a las autoridades franquistas con varia suerte. En las cunetas, en los muros de los cementerios, en las plazas de los pueblos, en los descamapados, en las callejas y en las dehesas fueron fusilados miles de extremeños que no pudieron huir. Habían sido fieles a la República, habían ocupado u ocupaban cargos de responsabilidad local, algunos quizá habían cometido excesos, otros eran simples jornaleros, artesanos, comerciantes sencillos, maestros, funcionarios, herreros, ganaderos, sirvientes, carreteros. Los más destacados ocupaban una alcaldía o concejalía; republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, personas sin filiación política, sobre todo hombres pero también mujeres. Sin miramientos: quien no pudo huir murió fusilado o estuvo amenazado de ello durante toda la guerra y la postguerra. Los que huyeron nos lo han contado, se han contrastado las fuentes consultadas por los historiadores, se sabe lo ocurrido para desgracia del país e ignominia de los asesinos.

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