sábado, 10 de noviembre de 2012

La procesión en la plaza de San Marcos


Asombra la obra de Gentile Bellini cuyo título es el de este artículo. Se trata de una pintura al temple sobre lienzo de 367 por 745 cm., lo que la hace monumental, pintada en 1496, cuando Italia, y Venecia en particular, están en pleno renacimiento de las artes pero también cuando la Iglesia tenía un poder realmente extraordinario.

El autor nació en Venecia en 1429 y formó parte de una familia de artistas que le encauzaron hacia la pintura. Retrató al emperador germánico Federico III, lo que indica la fama que tuvo ya en vida y luego sirvió a los gobernantes venecianos. Fresquista, decoró el palacio ducal de Venecia, y como la república se llevaba bien con el imperio turco (lo que no era corriente entre los estados cristianos europeos) viajó a Constantinopla para retratar a Mehmet II. La obra que aquí comentamos también lleva el nombre de "Procesión de la Religión de la Santa Cruz", y es un testimonio extraordinario para conocer la mentalidad religiosa dominante en la época en una Italia próspera, en una ciudad rica y volcada a su imperio económico medieterráneo. Aunque otros miembros de su familia fueron más vanguardistas en cuanto a la renovación del arte, a Gentile le debemos este documento que juzgo de extraordinario interés.

La plaza medieval ya está fuertemente transformada, con la basílica de San Marcos cuya influencia bizantina es evidente. En plena Edad Media, cuando la mayor parte de Europa vivía en la oscuridad, la plaza veneciana adquirió el aspecto de un centro urbano lleno de vitalidad y cosmopolitismo. A la derecha, según se dirige la vista hacia la fachada de la basílica, está el palacio ducal, con sus arcadas góticas muy ornamentadas; se ve también el campanario, que ahora está exento y en el cuadro de Gentile adosado a otros edificios. En todo lo demás viviendas patricias o de corporaciones gremiales. Asomada a un gran canal, lo único que la separa del Adriático es una delgada barra de tierra.

Según Manfred Wundram, a finales del siglo XV, Gentile Bellini ejecuta una serie de lienzos de gran formato con escenas de la leyenda de la "Vera Cruz", que le habían sido encargados por la "Scuola di San Evangelista". En el siglo IV ciertas obras bajo el templo de Venus, en el monte Calvario de Jerusalén, hicieron creer a los más interesados que se había encontrado la cruz donde había sido martirizado Jesús de Nazaret. Sobre ninguna base científica, como solía ocurrir en la Edad Media, surgieron entonces noticias sobre diversas reliquias que habían aparecido aquí y allá de la cruz de Cristo. La Iglesia decidió entonces romper con esa tendencia y dijo que la "vera cruz" era la del monte Calvario "encontrada" en el siglo IV. Y sobre cuestión tan interesada, Venecia -como otras ciudades- celebraba su procesión anual.

Toda la plaza se privatiza para la función religiosa; frailes portan cirios y caminan pausadamente, con cierta solemnidad y rutina, pero Gentile -dice Wundram- no se altera por emociones personales y nos deja aquí un gran cuadro de historia. Este es el aspecto de la plaza en el siglo XV, "antes de que se ampliaran las procuradurías, los edificios de la administración municipal de Venecia". Hasta los mosaicos de la fachada de San Marcos están representados en el lienzo. Wundran dice que "el inmenso formato del cuadro es sistematizado, por un lado, por la decoración arquetectónica y, por otro, por la 'puesta en escena' de las masas de figuras que sigue las reglas de la geometría... Con su carácter descriptivo... constituye el comienzo de un género que llegaría a ser una verdadera especialidad en Venecia: la pintura de vedute [de vistas], que alcanzará su apogeo con Canaletto y Guardi en el siglo XVIII".

En el gran tamaño de la obra (casi 7 metros y medio por más de 3 y medio) hay también un mérito, pues se han de conseguir las proporciones, que Bellini perfecciona con el estudio de perspectiva: personajes a menos escala a medida que se alejan del primer plano; algunos departen profanamente, mientras que otros asisten a la procesión con piedad, rigor y cierta ceremoniosidad fingida. El detallismo en los ornamentos de la basílica, así como un colorido marcado por los tonos dorados, permiten decir que Bellini no se había despegado, a pesar del tiempo transcurrido, de la tradición bizantina.

Ver detalles en http://www.wga.hu/index1.html

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