sábado, 15 de septiembre de 2012

Los indígenas de Nueva Granada

Mapa antiguo de Nueva Granada
El artículo 7 de la actual Constitución colombiana (1991) dice que "el Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación". Es la primera vez, en toda la historia de la Colombia independiente que esto ocurre; con anterioridad no era así, pues como ha señalado Hans-Jürgen Prien, el afán de conseguir la unidad nacional hizo que la burguesía criolla gobernante contemplase "una sola lengua, una sola religión y una sola estirpe" (1). El mismo autor señala que "la supervivencia física y cultural de los pueblos indígenas ha estado más amenazada a partir de la República que en la época colonial [el subrayado es mío] y esto tanto en la doctrina legal como en la práctica cotidiana. En la legislación indiana se habló de conversión de indios en religión y policía; en la legislación republicana... de reducción de salvajes".

Los intereses económicos sobre la tierra de los indígenas y su mano de obra "se intensificaron aún más en el siglo XIX y nuevamente en el último cuarto del siglo XX, bajo la presión del modelo neoliberal...". Una cosa no cambió -dice Hans-Jürgen-: "la discrepancia entre la ley y la realidad" y aún hoy se dan resistencias entre ciertos sectores a dar cumplimiento a lo establecido en la Constitución.

La riqueza étnica de Nueva Granada es extraordinaria: caribes, cuivas, gaira, tangana, taironas, bondas, muiscas, panches, colimas, musos... Algunos de estos grupos se sometieron a la conquista, otros, como los taironas y bondas ofrecieron una tenaz resistencia. Tanto en época colonial como durante la independencia de Colombia, se ha calificado a los indígenas de las maneras más atroces, lo que llevaba a un trato inhumano: "brutos, bestias, fieras, monstruos racionales, hombres que parecen fieras, indios aunque hombres... perros indios...". El jesuita Antonio de Egaña escribió que "es tanto más digna de encomio la actuación de este prelado [se refiere a Tomás Ortiz] cuando más depravado le pareció el indio", del que dice "comen carne humana y [son] sodomíticos... andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza, son como asnos, abobados, alocados, insensatos..." (2).

Cabe pensar si esa concepción de los indígenas como "insensatos, abobados, son como asnos..." vino determinada por los intereses de los conquistadores. Hans-Jürgen considera que sí; en la base de muchos comportamientos humanos primero está la ambición y luego viene la justificación. Por otra parte, dice el mismo autor, "la economía de subsistencia de los indígenas no se prestaba para producir mayores excedentes para el mercado. Ya en La Española el hecho de que los taínos se negaran a producir... fue interpretado como pereza" y esta pereza "es un elemento en la teoría de los ocho vicios principales del monaquismo, según el griego Evagrio Pontico", introducida en occidente por Juan Casiano. Los conquistadores y colonizadores ambicionaban las minas, las perlas, los esclavos y los tributos.

Citando a Pedro Borges (3) tanto José Acosta como el obispo Alonso de la Peña Montenegro, un capuchino de Caracas a mediados del siglo XVIII, el jesuíta Bernardo Recio algo más tarde, seglares como Juan de Solórzano Pereira a mediados del siglo XVII, consideraron a los indígenas en la categoría de bárbaros, tanto más cuanto menos asimilados estuvieron a la cultura europea, considerando que esta forma de pensar procede de "La Política" de Aristóteles. También hubo clérigos que lucharon contra la explotación de los indígenas: al conocido caso de Bartolomé de las Casas hay que añadir a Luis Beltrán y a Antonio de Valdivieso.

Importante asunto fue el del pago de tributos que los encomenderos exigían a los indios a ellos encomendados. Se justificaba por el hecho de que antes de la conquista dichos indios pagaban también tributos a sus caciques, pero no todos estuvieron sometidos a dichas autoridades. Por otra parte, cuando la corona española quiere establecer una tasa a dichos tributos, de manera que sean inferiores a los que podían pagar los indios en época precolombina, vino la revuelta de los conquistadores y, de hecho, el indígena pagó lo que en América se decidió, no en la corte de España. Contra ello luchó Juan del Valle, primer obispo de Popayán (1548-1560) y el sínodo diocesano de Popayán en 1558, que se considera "como único y hasta revolucionario" en la historia hispanoamericana. El sínodo consideró que la conquista era injusta, por lo que los que cobraban tributos a los indios "pecaron mortalmente", y esta tesis está en la misma línea que defendió Bartolomé de las Casas cuando estableció ciertas normas para los confesores. "Ni al rey ni a las autoridades asistía el derecho de encomendar indios a los españoles", pues es contrario "a la intención del Papa que hizo la concesión". Cabe plantearse que el papa tampoco tenía legitimidad para otorgar tal concesión.

El dominico Luis Beltrán, en el siglo XVI, "también reconoció la incompatibilidad del evangelio con la institución coactiva de la encomienda". Razón tiene Domínguez Ortiz cuando dice que el español pecó contínuamente contra la moral, pero nunca contra la fe: a los indígenas de poco les valía esto. El autor citado aquí termina su conferencia con unas referencias a la visión que Alexander Humboldt nos ha dejado de su periplo por América. El gran geógrafo y Bonpland pasaron en abril de 1801 una semana en Turbaco antes de subir por el río Magdalena. De sus observaciones nos ha dejado una visión muy distinta a la de los cronistas de Indias, por ejemplo:

"... los españoles han adoptado todo de los indios... Los recién llegados aprendieron de los indios a construir casas... a preparar jugos fermentados, a dormir en hamacas, sentarse en butaques [butacas]... a modelar ollas sin torno de alfarero... aprendieron que los campos se queman para preparar la siembra, que se puede vivir sin plantar... 

Charles Minguet, a quien cita Hans-Jürgen, dice que Humboldt distinguió más de 140 lenguas indígenas y llegó a hablar de nación indiana. El geógrafo no creía en el mito del buen salvaje aplicado por algunos a los indios, más bien supo cambiar para quien quisiese enterarse, la imagen que sobre el crisol de pueblos americanos existía hasta principios del siglo XIX, precisamente en vísperas de la gran independencia, que no servirá para que los indígenas mejoren su situación con respecto a la época colonial.
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(1) "Imágenes de los indígenas en Nueva Granada... ", conferencia dada en la Universidad de Cartagena de Indias y en la Universidad de Bogotá en 1999.
(2) "Historia de la Iglesia en la América Española..., Madrid, 1966.
(3) "Primero hombres, luego cristianos...".


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