domingo, 22 de enero de 2012

La piedad de los ballesteros

En la Lovaina del siglo XV, (en el centro de la actual Bélgica) con no ser una ciudad grande, había un movimiento extraordinario de soldados, comerciantes, banqueros, estudiantes, hombres y mujeres afanados en sus oficios, transeúntes que se cruzaban en sus caminos de norte a sur y de este a oeste de Flandes. El arte era una actividad que había empezado a importar a nobles, clérigos y burgueses. Los escultores, los maestros de obras, los pintores, cobraban cada vez mejor sus trabajos. Pero el artista a quien acudirían los ballesteros de Lovaina estaba en la cercana Bruselas, a donde se había desplazado desde su natal Tournai. Allí se entrevistaron con él y allí le encargaron la obra más piadosa que pudieron: "El descendimiento", obra de 1435 ó 1436, que representa a diez personajes, nueve de los cuales asisten al descendimiento de Jesús de la cruz.

Detalle de la madre
La obra es característica de la pintura flamenca del momento, pero se distingue por el tamaño de los personajes representados, casi a escala natural. La representación de los ojos cerrados por el dolor, por el sufrimiento o por la muerte, es muy característica de Roger van der Weyden; así como la riqueza de los ropajes, en lo que nada tiene que envidiar, por ejemplo, a los van Eyck. Los detalles de los bordados, los rasos y las sedas que se adivinan, hablan de una sociedad más avanzada económica y artísticamente que la mayor parte de Europa. Los colores muy contrastados están, sin embargo, llenos de matices, y así mismo las encarnaciones, con pálidos y rostos tostados según convenga a la caracterización de cada uno. 

Compositivamente todo gira en torno al cuerpo muerto de Jesús, en diagonal y algo distorsionado por la dificultad y delicadeza en contenerlo. Toda la escena está cerrada, a modo de paréntesis, por las figuras de Juan, a la izquierda y con ropaje rojo, y María Magdalena a la derecha. La madre, que sigue el sentido diagonal de su hijo, se desmaya transida de dolor, encontrándose una de sus manos muy cerca de la de su hijo. Abajo, una calavera, que en la interpretación de la época correspondía a Adán. En todos los personajes se aprecia un acercamiento notable a la naturalidad, contrastando con otras pinturas góticas, todavía muy atadas a los convencionalismos de la idealización. No obstante, siendo la escena antigua, los personajes están vestidos como ricos burgueses del siglo XV, mostrando además un refinamiento que es muy propio de la escuela flamenca. 

El espacio representado es poco profundo, decorados los dos extremos superiores con figuras a modo de ballestas. El gremio de ballesteros quiso esta obra para su capilla, hasta que María de Hungría, gobernadora de los Países Bajos, la entregó a Felipe II de España, que la hizo poner en la capilla del palacio de El Pardo, luego en El Escorial y ahora se encuentra en el Museo de El Prado.

Calavera en la parte inferior del cuadro

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