lunes, 2 de enero de 2012

Contradictoria Doña Emilia


 La existencia de una mujer notable en la literatura española del siglo XIX (y parte del XX) es un hecho no único pero excepcional. Emilia Pardo Bazán vivió su infancia durante el conservadurismo de Narváez y O'Donnell, pero en una época en la que ya los movimientos anticlericales y revolucionarios habían hecho su aparición. España estaba en manos del clero y de la aristocracia de la tierra, pero en las ciudades, que empezaron a crecer más de lo que lo habían hecho, bullía una pequeña y mediana burguesía, un proletariado, unas clases desarraigadas, que pronto se lanzarían a un protagonismo mayor. El campo era terreno abonado para unos cuantos señoritos. 

El hecho de que Doña Emilia saludase con entusiasmo la revolución de 1868 creo que se debe atribuir a su juventud, pero pronto cambió de parecer al ver que los demócratas y los republicanos querían ir más allá de una simple revolución con cambio de caras. Por otro lado el anticlericalismo debió escandalizar a Doña Emilia, que siempre se mostró acendradamente católica, tanto en su vida personal como en su obra literaria. Creo que para ella -como para amplios sectores ideológicos de la España del siglo XIX- el país estaba indisolublemente unido a lo católico, pero a un catolicismo rancio y lejos de renovarse. 

Que se la encuadre en el naturalismo literario no tiene nada que ver con el mismo movimiento que se dio en Francia con Zola, más descarnado y escandalizador éste. Doña Emilia era una noble que no siempre vio a la burguesía en ascenso con simpatía; todo lo más admitía una convergencia en la que la nobleza siguiese manteniendo la vara alta, mientras que la burguesía del dinero sería una advenediza a la que se podía admitir siempre que no escandalizase. Como escritora fue reformista, pero nunca llegó a comprometerse con ideas demasiado avanzadas: la época de la restauración monárquica no estaba para esas cosas, y menos si se trata de una persona que vivía del privilegio. Incluso simpatizó con el carlismo por lo que éste tenía de católico, pero ya se ve que dicho catolicismo no era ni siquiera el del Papa León XIII, sino el de sus predecesores. 

Aquí no tratamos sobre su obra, pero ya Felipe Pedraza y Milagros Rodríguez han señalado que sus personajes literarios fracasan si no se atienen a los cánones católicos: Amparo en "La Tribuna", Leocadia en "El cisne de Vilamorta" y Esclavitud en "Morriña". En la medida en que dedicó su vida a la literatura y a vivir bien, puede decirse que no fue, ni mucho menos, una parásita, como sí lo era cierta nobleza de su época. Doña Emilia muere en 1921, pero siempre fue una mujer del siglo XIX y, en tanto que mujer, ya bastante hizo para salir del adocenamiento a que estaban sometidas las de sus sexo.


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