viernes, 13 de enero de 2012

Viaje a Naxos

Naxos, en la isla de su nombre

Formando parte de las islas Cícladas, al sur del Egeo, se encuentra la isla de Naxos, de forma trapezoidal y ligeramente alargada de norte a sur. Un espinazo montañoso la recorre en esa misma dirección, dejando una pequeña llanura costera al Este y una llanura ancha, salpicada de pequeñas elevaciones, al oeste. Curiosamente muchos de sus núcleos de población se alinean en la dorsal montañosa, como es el caso de Keronida, Koronos, Moni, Chalki y Apirathos.

Para conocer la isla, nada mejor que empezar por su capital, Naxos, en la costa oeste, cuya fisonomía tiene gran parecido con la de Peñíscola, en España. Restos de un tempo dedicado a Apolo todavía se conservan, hasta el punto de que se han convertido en el logotipo de la ciudad. Pero la influencia bizantina y veneciana es evidente, siendo muestra de esta última una fortaleza. En dirección Este, en el centro de la isla, se encuentra Chalki, famosa por su olivos en la región Tragea. Una vez más la influencia bizantina ha dejado huella y se puede visitar un museo de dicha civilización. Algo más al sur está Filoti, que presenta un aspecto, a medida que nos acercamos, muy parecido a la Antequera malagueña, recostada la población sobre la falda del monte Za, máxima altura de la isla en torno a los mil metros.

 Luego seguimos hacia el norte en dirección a Koronida, donde sus habitantes han venido practicando una agricultura en terrazas ("socalcos" en Galicia) por el abrupto relieve. Algo más al norte, en la costa, se encuentra Apollonas, en cuyas afueras hay una gran estatua inacabada, o kouros recostado que representa al dios Apolo. Su arcaísmo es evidente y su altura, 10 metros.

El clima mediterréneo no nos ofrece paisajes boscosos, pero tampoco falta la vegetación, con muchos matorrales, espacios rocosos y olivos. El clima es cálido, con una gran estación seca que dura cuatro o cinco meses al año; en medio los pueblos, todos pequeños, apiñan su caserío; las calles estrechas y las ruinas abundantes. En torno a los núcleos se encuentran las encinas, que han sufrido una importante presión antrópica, pero también otras especies mediterráneas como la garriga, la maquia e incluso la estepa. Platas espinosas y olorosas, como la coscoja, el romero, el espliego y el tomillo tapizan el paisaje.

Gran kouros de Apolo en Apollonas




miércoles, 11 de enero de 2012

"A otros he dado falaces bienes..."

¿Por que permite Dios que a los varones buenos se les haga algún mal? No permite tal: antes aparta de ellos todos los males, las maldades, los deleites, los malos pensamientos, los codiciosos consejos, la ciega sensualidad y la avaricia, que anhela siempre por lo ajeno. ¿Hay por ventura quien pida a Dios que guarde también las alhajas de los buenos? Ellos le eximen de este cuidado, porque desprecian todo lo externo. Demetrio arrojó las riquezas, juzgando eran carga del entendimiento recto: pues ¿por que te admiras si consiente Dios que al bueno le suceda lo que el mismo bueno quiere le suceda alguna vez? Pierden sus hijos los varones buenos: ¿que importa, si alguna vez ellos mismos los matan? Son desterrados los buenos: importa poco si ellos voluntariamente se suelen desterrar de su patria, sin intento de volver a ella. Son muertos: ¿que importa, si tal vez ellos mismos se quitan la vida? ¿Para que, pues, padecen algunas adversidades? para enseñar a otros a sufrirlas, porque nacieron para ser ejemplo. Sepan, pues, que les dice Dios: "Vosotros a quien agradan las cosas rectas ¿de que os podeis quejar de mi? A otros he dado falaces bienes, y unos ánimos vacíos: burléme de ellos como con un largo y engañoso sueño: adornélos de oro, plata y marfil; pero en lo interior no hay cosa buena. Estos en quien poneis los ojos como dichosos, si los miráredes, no por la parte que se manifiestan, sino por la que se esconden, vereis que son miserables asquerosos, torpes y feos; y finalmente, son como las paredes de sus casas adornadas solamente por defuera. Esta felicidad no es sólida y maciza, solo tiene la superficie, y esa muy delgada...".

El texto de arriba es de la obra de Séneca "De providentia"; no se trata de una obra cristiana. Es el pensamiento de un pagano que habla a quien le quiera leer, sobre su pensamiento religioso. El estoico es un cristiano en potencia: no tiene su misma moral, pero muy próxima. El primitivo cristiano nace en medio de la civilización judeo-romana, luego el cristianismo se extiende por todos los territorios por donde se encontraba gobernando Roma, y luego la Iglesia Católica adoptó el derecho romano. Asombra ver en textos como los de Séneca el parecido entre el pensamiento religioso cristiano y el pensamiento religioso pagano de los estoicos.

Frases como "nacieron para dar ejemplo", "son como las paredes de sus casas adornadas solamente por defuera", recuerdan los "sepulcros blanqueados" con que Jesús acuasaba a los fariseos, y encomiaba a sus discícpulos a dar ejemplo a los que debían seguirles.

La batalla de Alesia

Dibujo del promontorio de Alesia
El enfrentamiento que tuvieron las legiones romanas con los ejércitos de galos en Alesia, en el centro de Francia, se puede comparar con la resistencia numantina en España, si bien en este caso fue mucho más prolongada la lucha (unos veinte años) mientras que en Alesia la victoria de Julio César fue más rápida. El ataque a Numancia, además, se produjo en las décadas centrales del siglo II antes de Cristo, mientras que la batalla de Alesia un siglo más tarde, concretamente en el año 52 antes de Cristo.

Ya venía César de guerrear en Lugdunum, el actual Lyon, y en Bribacte, algo más al sur de Alesia y al oeste del Ródano medio. El caudillo galo Vercingétorix le había vencido en Gergovia, un oppidum en el centro-este de Francia, aunque César venció al caudillo galo en Avaricum, otro oppidum, actual Bourges, en el centro del país. 

Hay algún otro parecido entre Numancia y Alesia: César estableció un asedio con una doble muralla con soldados alrededor de la plaza fortificada, siendo esta doble fila atacada tanto desde el esterior (galos que venían en socorro de los sitiados) como del interior: los habitantes de Alesia salieron para romper el sitio. No lo consiguieron por ningún medio, teniendo Vercingétorix que rendirse. Los saqueos fueron generalizados, algunas fuentes hablan de que un tercio de la población masculina, entre los nativos, resultó muerta, los tributos fueron impuestos a sangre y fuego. El propio César lo cuenta en De bello Galico (LibroVII).

Asesinato de César
Entre la llamada guerra social y las diversas guerras civiles (creo que es un error reducirlas a dos) los conflictos nunca afectaron a la ciudad de Roma: el valle de Toleno, el asedio de Aesernia, la Campania, Apulia y Lucania (todos ellos territorios italianos); el Ponto y Numidia en la "primera guerra civil"; Dirracium, Farsalia, el sitio de Brindisi, Ilerda, Egipto, Tapso, Munda... y no digo todas porque resulta innecesario. Las provincias fueron tomadas por los ambiciosos generales romanos para dirimir sus diferencias. A salvo quedaba la capital del imperio, donde el Senado jugaba cada vez un papel menos relevante, eso sí, salvaguardando los intereses de las clases adineradas. 

He pensado que la lucha entre los republicanos romanos y los partidarios de un poder personal fue para imponer una de las dos fórmulas negativas, pero no era la población menuda la que decidía, sino un grupo cada vez más reducido, aunque a veces tuviese que contar con una población que quería pan, circo y no pagar impuestos.

El templo de Afaia

La isla de Egina y, algo más al norte, Salamina

Frente a Atenas, en el golfo Sarónico, se encuentran dos islas que han tenido importancia histórica: Egina y Salamnia. Esta última, curiosamente, no ha sido excavada que yo sepa; se trata de una isla montañosa donde se practicaron los cultos mistéricos de Eleusis, ciudad próxima pero en la Grecia continental. 

Egina empezó a ser importante a partir del siglo VII antes de Cristo, hasta el punto de que comerciantes de la isla fundaron la colonia de Naucratis, en el delta del Nilo. Después de su colaboración con Atenas contra los persas, los eginetas se enfrentaron al expansionismo ateniense en torno a la mitad del siglo V antes de Cristo, lo que llevó a la apropiación de la isla por parte de Atenas. En época helenística se produce la lenta decadencia de Egina. 

Templo de Afaia en Egina
Se conserva un templo dedicado a Apolo, pero muy destruído, con una sola columna todavía enhiesta. A finales del siglo VI a. de C., quizá, fue su última reconstrucción. También se conservan las ruinas de la población donde residían los eginetas y restos de un antiguo puerto. Pero lo más importante que hoy se puede ver es el templo de Afaia, sobre un altozano, lugar que ya en época minoica (segundo milenio antes de Cristo) había sido objeto de culto. Afaia es una diosa no muy conocida cuyo nombre parece hacer alusión a la palabra "aparecer"; más tarde este templo se dedicó a Atenea, probablemente por la ocupación ateniense de la isla. 

Es de orden dórico y está construído sobre otros templos o santuarios más antiguos, lo que es muy común en casi todas las civilizaciones, pero particularmente en la griega. El material es piedra caliza y todavía se conservan algunos colores de su policromía. Una inscripción de mediados del siglo VI a. de C. dice: "Siendo sacerdote Teoritas se construyó el templo para Afaia y se colocaron el altar y la gigantesca estatua". El templo consta de dos cuerpos, pero sus metopas han sido arrancadas sin respeto alguno. Está precedido por unos propileos y al este todavía se conservan unos baños del siglo III antes de Cristo. La decadencia de Egina es evidente en el siglo I antes de Cristo, ya en época romana.

martes, 10 de enero de 2012

La enseñanza en una pequeña ciudad (1)

Antigua Escuela del Magisterio de Pontevedra
El Colegio de los Jesuítas, en Pontevedra, se había cerrado en la segunda mitad del siglo XVIII a raíz de la expulsión de la Compañía. La Diputación Provincial de Pontevedra (Fariña Jarmardo y Miguel Pereira) habia solicitado a los Ayuntamientos datos sobre las fundaciones y escuelas existentes. Esta iniciativa culminaría en 1842, y así se fueron estableciendo "dos Escuelas Normales, ambas a cargo de fondos provinciales, siendo la de maestros una de las primeras enformarse en provincias". Cuando por parte del Estado se reconozcan varias categorías de Institutos de enseñanza media, dará comienzo el de Pontevedra, precedido por una fundación que pagaba las clases de Gramática dadas por un clérigo (desde 1830) y luego el Colegio de Humanidades de Pontevedra, dependiente de la Universidad de Santiago, que estuvo instalado inicialmente en el Colegio de los Jesuítas.

La solicitud para la creación del Instituto es obra del Ayuntamiento, resultando conceido en 1845 mediante real orden. Ese mismo año darían comienzo las clases. La organización del Instituto, así como sus actividades, dependían de un director designado por el Gobierno de entre los catedráticos del centro. Sus comienzos fueron muy precarios y los catedráticos eran estables, pero mal pagados (Enciso Recio) con diferencias en el escalafón. Otros profesores eran los llamados sustitutos o auxiliares y, por último, los interinos. La relación con el alumnado -sobran las pruebas de esto- pecaba de paternalista, pero esta actitud se mezclaba con prácticas severas y a veces rigurosas.

La financiación del Instituto de Pontevedra -como en los demás casos- se basaba en las matrículas, las rentas de las que dispusiese a partir de fundaciones, obras pías y, sobre todo, de las subvenciones otorgadas por el Ayuntamiento y la Diputación provincial. Una de las fuentes que más datos aporta sobre su funcionamiento son las "memorias" que año tras año se redactaban. En estas memorias el director exponía los pormenores de la vida académica durante el último curso y daba cuenta de las actividades de todo tipo (las administrativas entre ellas) realizadas por el Instituto. En el año 1864, por ejemplo, el director don Luis María Sobrino expuso que se había alcanzado, hasta el momento, el techo de matriculados: 214 alumnos.

La suscripción de padres de alumnos también contribuía al sotenimiento del Instituto, pero según las "memorias" del mismo, desde 1845 no pasaba de 11.001 reales. En 1859, año temprano para el centro, no quedaba más que una fundación para el establecimiento de una cátedra de Latín, ascendiendo su producto a unos 2.500 reales.

Instituto de enseñanza medida de Pontevedra
De la obra del Instituto cabe recordar los nombres de personas que pasaron por sus aulas y obtuvieron el título de bachiller. Según Sánchez Cantón (1973) en 1869 terminaron el bachillerato Alejandro Mon y José Reiestra (I marqués de dicho nombre) y el ya maduro Indalecio Armesto; en 1870 el médico Cobián Areal, en 1873 el notario García Escudero y el famacéutico Perfecto Feijóo. En 1875 Gabino Bugallal, I conde de Bugallal, ministro y Presidente del Consejo luego. A finales de los años ochenta es Valle-Inclán quien estudia en el Instituto e igualmente Augusto González Besada. La mujer tiene sus primeras representantes tituladas en el curso 1887-88, y en esos mismos años se encuentra en las aulas el luego importante arquitecto Antonio Palacios. Amor Ruibal, sacerdote de profunda formación teológica, lingüística, jurídica y filosófica, estudia en los años 90 en el Instituto de Pontevedra, y otros de nombre menos famoso pero que también obtubieron, o no, el título de bachiller en sus aulas.

El Instituto cumplía una triple función académica: a los estudios generales de educación secundaria sumaba los de "aplicación" (prácticos) y la enseñanza doméstica. Estas son las disciplinas impartidas: Latín, Castellano, Doctrina cristiana, Historia Sagrada, Aritmética, Xeografía descriptiva, Xeometría, Griego, Historia general de España, Álgebra, Retórica, Poética, Trigonometría, Psicología, Lógica, Filosofía moral, Física, Química, Historia natural y Francés. Los estudios de aplicación eran: Agricultura teórico-práctica, Topografía y su dibujo y Dibujo lineal "de figura y de adorno".

Escuela de Artes y Oficios de Pontevedra

El nuevo logógrafo


 Los logógrafos eran buenos prosistas, generalmente expertos en leyes o en lo que se le parecían, que en la antigua Grecia escribían discursos para otro. Este otro solía ser el acusador o el defensor en una causa, pero falto de ingenio, pedía a un logógrafo que le escribiese el discurso correspondiente. Algunos de estos fueron Antifonte, Demóstenes, Lisias, Isócrates o Hispérides.

Ahora se sienta en el banquillo un expresidente de Baleares (del Partido Popular para más señas) que pagó del erario público a un pretendido logógrafo para que publicase artículos laudarios a su persona y a su gestión pública en los periódicos. El pretendido logógrafo lo hizo encantado; cobraba bien por ello, pero incurría en una falacia y en un delito. Cobrar del erario público a sabiendas de que era ilícito. El presidente encausado, que además ha de responder por otros seis delitos de los que se le acusa, estaba contento. Cada mañana se levantaba a una hora prudente; tomaba su desayuno recién duchadito y se relamía no solo con la mermelada y las tostadas con el humente café, sino con las crónicas que el pretendido y bien pagado logógrafo había publicado. 

Luego entraría en su despacho ufano, henchido de placer, como un rico bien comido; y prepararía el cheque para que el interventor de turno lo justificase de la manera que mejor pudiese (digo yo). El logógrafo se vería con él en un casino elegante, como si tal cosa, haciéndose en encontradizo, para recibir el encargo de los próximos artículos que convenían.

El expresidente balear que se sienta en el banquillo dijo recientemente en un programa de televisión -lo que pude oir directamente- que ante los requerimietos de cierto miembro de la familia Real, no creía conveniente sacar a concurso este o aquel plan (fuese o no necesario para los isleños) sino que entregaba al aventajado consorte la cantidad convenida del erario público y allá pascuas. 

La democracia es lo que tiene: es un régimen tan generoso que permite gobiernen sinvergüenzas de esta calaña. Me atrevo a calificar así a uno y otro, pues ya han declarado ante los medios de comunicación (y yo lo he oído) su forma de actuar. Vergüenza tengo, y como no me puedo ir a Marte, seguiré escribiendo artículos; eso sí, sin cobrar, y menos del erario público y por encargo de nadie.

Los campos Elíseos en Canarias


 ... y pasando por el estrecho Gaditano, doblando a la derecha, tocó en la parte exterior de España, poco más arriba de la embocadura del Betis, que desagua en el mar Atlántico, dando nombre a la parte que baña esta región. Diéronde allí noticia unos marineros con quienes habló, de ciertas islas del Atlántico, de las que entonces venían. Estas son dos, separadas por un breve estrecho, las cuales distan del África diez mil estadios, y se llaman Afortunadas. Las lluvias en ellas son moderadas y raras; pero los vientos apacibles y provistos de rocío proporcionan que aquella tierra muelle y crasa, no solo se preste al arado y a las plataciones, sino que espontáneamente produzca frutos que por su abundancia y buen sabor basten a alimentar sin trabajo y afán a aquel pueblo descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que reina en aquellas islas: porque los cierzos y solanos que soplan en la parte de tierra, difundiéndose por la distancia de donde vienen en un vasto espacio, van decayendo y pierden su fuerza; y los de mar, el ábrego y el céfiro, siendo portadores de lluvias suaves y escasas, por lo común con una serenidad humectante es con la que refriegan y con la que mantienen las plantas: de manera que hasta entre aquellos bárbaros es opinión, que corre muy válida, haber estado allí los campos Elíseos, aquella mansión de los bienaventurados que tanto celebró Homero.

Así describe Plutarco las islas Canarias según la información que pudo obtener en su época, cuyas aguas ya serían explotadas por marineros "andaluces" en el siglo I antes de Cristo. Habla de dos islas y no de siete (o más que son) pues seguramente a las que arribaban los marineros de la Bética eran las más orientales, separadas por un estrecho. De su clima excelente habla nuestro autor con muy bellas y acertadas palabras. En efecto, el cierzo no sopla en Canarias, pues es propio de Aragón y Navarra, frío y que continentaliza el clima. El viento solano es del Este y suele recalentar el ambiente, como ocurre en Estremadura y La Mancha. El ábrego es un viento del suroeste, cargado de humedad y templado. El céfiro es suave y primaveral. La tierra "muelle y crasa" es esponjosa y apta para plantas tropicales. Los campos Elíseos de Homero están relacionados con la Atlántida de Platón; lugar donde morarían ciertos héroes de la antigüedad, apacible y donde reinaría la felicidad. Homero los cinta en la "Odisea" (IV, 561-569).

lunes, 9 de enero de 2012

Va de tuertos


Cuatro personajes antiguos dedicados a la guerra y que alcanzaron notoriedad, fueron tuertos a partir de un determinado momento de su vida. No es extraño andando siempre en pendencias y gerreando aquí y allá, pero lo cierto es que otros muchos también lo hiceron y no perdieron ojo alguno, aunque sí sufrieron heridas, penalidades, dramas, sufrimientos e incluso muerte violenta. (Arriba, Filipo de Macedonia en una moneda).

Uno de nuestros tuertos fue el rey macedonio Filipo II, que comenzó la expansión de su influencia hacia el sur muy a pesar del orador Demóstenes y sus seguidores, que so capa de defender la libertad de las pólis griegas, se opusieron a ello. En vano, pues primero Filipo y luego su heredero Alejandro someterían a casi toda la Hélade a la hegemonía del norte, y eso que los macedonios eran, para los griegos del sur, bárbaros. Más bien creo que lo que Demóstenes defendía era el poder de la oligarquía ateniense, pues buena parte de la población, por mucha democracia que hubiese, dejaba excluidas a mujeres, esclavos y a otro personal. Obviamente esto no empece los logros del régimen político ateniense, que sirvió de modelo a tantos otros. 

Antígono fue un general al servicio de Filipo, y no sabemos si por querer imitar a su amo, perdió también un ojo, pero en todo caso tuvo mérito pasar con Alejandro el Helesponto, aunque éste lo retiró por viejo y lo dejó al cuidado de otros con más vigor.

Aníbal fue, como se sabe, un cartaginés que llegó a dominar extensas porciones de lo que los fenicios llamaron Hispania, enfrentándose a las legiones romanas por el dominio de la península, o al menos de la zona mediterránea. En juego estaban las minas de Iberia, que ya se conocían desde siglos atrás. Pasó los Andes con un ejército de elefantes, lo que ya es osadía, pero tras algunas victorias, no consiguió su objetivo y Roma se hizo dueña de su botín. También perdió un ojo en alguna emboscada.

Sertorio fue un general romano de principios del siglo I antes de Cristo, coetáneo de Mario y Sila, que como ellos anduvo buscándose la vida para dominar una parte de los territorios que gobernaba la República romana. Su labor más meritoria la hizo en Hispania, donde llegó a crear una escuela en Huesca para los hijos de la nobleza ibérica, lo que tuvo su importancia en el proceso romanizador, aunque en un área muy concreta. Su enfrentamiento con Sila, Metelo (auxiliar de aquel) y luego Pompeyo, otro de esos personajes que casi no hicieron otra cosa que guerrear, pudieron más que él, muriendo joven y, como se sabe, con un solo ojo.

De este último dice Plutarco que de ésta pérdida (la del ojo) "hizo después vanidad toda la vida", pues los demás no llevaban consigo la muestra de su valentía y arrojo, "y los que eran espectadores de su infortunio, lo eran al mismo tiempo de su virtud". (Abajo, posible busto de Sertorio).


sábado, 7 de enero de 2012

Movilización general en la antigüedad


 A principios del siglo XIII antes de Cristo dos grandes imperios dominaban desde Anatolia al Nilo, pasando por Siria y Palestina. Los hititas se habían hecho fuertes desde hacía unos cuatrocientos años, siendo gobernados por reyes que se sucedían entre sí a base de traiciones, crisis dinásticas y alianzas con una u otra facción de la nobleza. Los egipcios tenían una brillante civilización desde hacía mil setecientos años, y se encontraban en uno de los momentos de máxima expansión territorial, con una serie de principados vasallos en Siria. Amurru era uno de ellos, pero también otras ciudades, situadas estratégicamente para el comercio con Mesopotamia, estaban bajo su control: Alepo y Karkemish.

La ciudad de Kadesh, en Siria, era una especie de frontera más o menos implícita que ninguno de los dos imperios se había atrevido a sobrepasar, pero el temor a que el expansionismo de uno fuese en detrimento del otro, hizo tensar las relaciones entre ambas partes. La lógica del momento -como en otros de la historia- fue asegurar la alianza de los principados del norte (para Egipto) e intentar sustraerlos a dicha influencia (para Hati). De ahí que en torno a Kadesh se librase una batalla realmente feroz, al lado del río Orontes, que sería cruzado por varias partes y en sus dos direcciones por los carros e infantes hititas y egipcios. (Abajo, relieve de dioses hititas en el desfiladero de Yazilikaya).

Los dioses de unos y otros se pusieron en movimiento; no porque lo quisieran, pues bien estarían en el limbo de su majestad, sino porque lo demandaban los reyes y generales de ambos ejércitos. Oráculos, ritos, preparativos, todo ello se amalgamaba mientras una enormidad de carros (se ha hablado de 3.700) y de infantes (unos 40.000) fueron movilizados por el rey hitita y sus aliados, una serie de ciudades y principados dependientes o no en la península de Anatolia. Por su parte, el rey egipcio hizo lo propio, aunque según las fuentes sus fuerzas fueron menores.

El ejército egipcio se fue situando al oeste de la ciudad, que se encontraba sobre un promontorio natural y amurallada, muy cerca del Orontes. Debían brillar las lanzas y las espadas, hacer un ruido enorme los carros, relinchar los caballos, levantarse gigantescas polvaredas, moverse agitadamente los infantes y embeberse en su autoridad los reyes, pero no debió de alejarse de ellos el temor por el estrépito y más por la posible derrota. A la postre, un ejército egipcio procedente del norte, que había bordeado la región de Kadesh por el Este, resultó ser definitivo, pero cuando se llegó al acuerdo de firmar la paz, Egipto cedió el control de los principados y ciudades sirias a Hatti. La frontera quedó establecida allí, y según las fuentes que se sigan, la victoria fue para unos o para otros. Ramsés II, incluso, llegó a hacer esculpir en los muros y en las columnas de los templos la leyenda de que él solo había vencido a todo el ejército hitita, que había actuado al frente de otros confederados. Muwatallis II, por su parte, regresaría a Hattusas con la noticia de haber vencido a un imperio que se sabía tan poderoso.

Paisaje de Siria
Paisaje de Siria
 La geografía atravesada por las expediciones militares que se enfrentaron en Kadesh es diversa, como corresponde a un desplazamienento largo y penoso. Páramos, abarrancamientos, ríos y montañas, mesetas y estepas, campos de labor, llanuras y valles costeros. Para los confederados hititas el desplazamiento fue enorme, con las vituallas, la intendencia, las avanzadillas, los correos, los pajes y generales, los comerciantes que salían al paso. Para los egipcios el viaje fue más corto, pues el ejército de Ramsés salió de Pi Ramsés, en el delta, aunque muchos soldados venían de más al sur, incluso de Nubia y de Libia, atravesando el Sinaí, entrando por Gaza en Palestina, siguiendo el Oroentes y llegando a los confines del imperio.

Ruinas cercanas a Damasco
Paisaje de Anatolia
Paisaje de Anatolia
Paisaje de los montes Taurus, al sur de Anatolia

Dos golfos huyendo


Mientras los agricultores cultivaban sus campos, los marinos conducían las naves, los comerciantes surtían a la población, los artesanos fabricaban vasijas, joyas y otros objetos, los mineros extraían el oro, en las almazaras se fabricaba el aceite y en los lagares el vino, dos golfos que habían llegado ya hacía tiempo a lo más alto del ejército romano, se dedicaban a guerrear sin saber hacer casi otra cosa (uno de ellos nos ha dejado un par de obras sobre cómo combatió a unos y otros pueblos, o contra su propio pueblo). 

Como es sabido, en el año 49 antes de Cristo, Julio César se atrevió a cruzar el río Rubicón con lo que violó los límites de su jurisdicción, llegando a Roma y ocupándola militarmente. Antes de que llegase a la ciudad, Pompeyo (llamado no sé por que "el Grande") huía con parte de los senadores a Grecia. Como éste último tenía seguidores en Hispania, allá se va César para vencerles en Ilerda (los campos de la actual Lleida). Entonces se dirigió en busca de su enemigo hasta que se enfrentó con él en Dyrrhachium, hoy en Albania, recibiendo merecida derrota ante tanta obstinación, porque nada fundamental salvo la ambición personal (de uno y otro) le guiaba. A cambio muertes por aquí y por allá, destrucción, dispendios, crueldades, robos y pillajes. Estos son los protagonistas que cierta historiografía se ha encargado de ensalzar cuando lo que todo historiador debe hacer es presentar los hechos como bien se entiendan y dejar los juicios para otros menesteres. (Abajo, ruinas de Dyrrhachium, en la actual Albania).

En Dyrrhachium huyó César; como había hecho antes Pompeyo, con todo su ejército y clientela. Pero más tarde tendría lugar otro enfrentamiento algo más al sur, en Farsalia, localidad del Épiro. El enfrentamiento duró quizá dos horas, por lo que no hubo realmente heroismo ni táctica; probablemente una total imprevisión de Pompeyo "el Grande", que volvió a huir, esta vez a Egipto (en Roma había dejado César las cosas favorables a su ambición). Allí encontraría la muerte el escurridizo Pompeyo, pero no por ello cesarían las pendencias del otro: luchó repetidamente contra los seguidores del difunto en Alejandría (Egipto), Zela (Anatolia) en el 47 a. de C., y Tapso (46 a. de C.) en el actual Túnez. De regreso a Roma se dejó nombrar dictador por diez años, pero solo estaría dos con vida, pues como es sabido, fue asesinado en el 44 antes de Cristo. Tanta huída y persecución para tan poca gloria. 

Ahora sí; los historiadores se han ocupado de enaltecer a estos personajes, de repetir sus batallas mil veces, de ocultar sus crueldades, a lo que han contribuido poetas y dramaturgos. La obra legislativa, los testimonios históricos, al menos, nos quedan como lección; y también las guerras, que dan una idea de que, aunque una civilización dé frutos muy brillantes, siempre tiene pendencieros que enturbian o sangran al resto. (Zela, al norte de Anatolia, en el extremo de la línea roja).


La Escuela de Atenas (para alumnos)


La obra al fresco con la que Rafael decoró uno de los muros de la sala de la Signatura, en las estancias papales del Vaticano, presenta a una serie de personajes, mitológicos e históricos, con los que el autor quiso dar idea de su concepción del mundo, del saber y de la importancia de la antigüedad. 

En la monumental estancia, donde Rafael consigue un efecto de perspectiva extraordinario, a la izquierda está pintada una estatua de Apolo como símbolo de la razón, mientras que a la derecha una estatua de Minerva como símbolo de la sabiduría. En el centro, caminando hacia el espectador, Platón con su "Timeo" en la mano, un diálogo en el que personajes que se suceden hablan sobre los sofistas, la piedad, la justicia o el alma. A su lado, Aristóteles con su "Ética". Aunque este autor escribió varias obras sobre esta materia, en general se trata de reflexiones sobre la fortaleza, la templanza, la voluntad, la virtud y la felicidad de los hombres. A la derecha de Platón en el sentido de su marcha está Sócrates, que habla a un grupo de personas, entre ellas Alejandro, a quien se distingue por su vestimenta guerrera (Sócrates y Alejandro no se pudieron conocer, pero ello poco importa a Rafael, que incluye a personajes de épocas distintas). En el extremo de la izquierda, abajo y coronado, Epicuro, fundador de la escuela filosófica de su nombre que se preocupó por la física, la ética y la felicidad, entre otros temas. A la derecha de éste según el espectador, Pitágoras, no solo un matemático, sino un moralista; más a la derecha Heráclito, que se apoya en un taburete. Con sus aforismos pretendió transmitir ideas muy claras para el comportamiento humano. Extendido en las escaleras, Diógenes, llamado el cínico por su vida severa y frugal; y a la derecha de éste para el espectador, Euclides con un compás, Zoroastro con un globo, fundador del mazdeísmo o religión de los persas, y Ptolomeo, de cultura enciclopédica y a quien conocemos como geógafo y astrónomo entre otras ciencias, tras los cuales el propio Rafael, casi oculto, mira al expectador. 
Heráclito y Diógenes
Euclides, Zoroastro y Ptolomeo
Zoroastro y Rafael mirando al espectador
Rafael, en segundo plano, mira al espectador
Estatua de Apolo

El perímetro de la Tierra de Anaximandro


El sabio griego del siglo VI antes de Cristo llegó a un conocimiento de la Tierra realmente extraordinario para los medios con los que contó. Dividió la litosfera en dos grandes partes: al norte Europa (Eyrope) y al sur Asia (Asie). Como en el mar Negro (Póntos) desemboca el río Don y éste, en su curso medio, casi se une con el Volga, que desemboca en el Caspio (Yprania), ahí forma una gran fisura de norte a sur. 

La parte norte de Europa es llamada Hiperboreal, mientras se distinguen bien la península Ibérica (Ibería), el extrecho de Gibraltar (Stelai), la península Itálica (Italía), Sicilia (Sikelía) y en la Europa occidental no conocida por los griegos "Keltiké" (el país de los celtas, utilizado este término en un sentido muy genérico, ni como etnia definida ni como grupos humanos con dialectos más o menos emparentados). Obviamente cita a Grecia (Ellás), a las islas de Creta (Kréte) y Chipre (Kýpros), al reino de Lydía en Anatolia; Arabia perfectamente separada de Egipto (Aígittos) y más al sur el país de los nubios (Neílos); más al Este, Persia (Persís) e India. 

En medio el mar Mediterráneo y rodeando a todo el conjunto el Océano (Okeanos). Excepto Persia e India, para el mundo que los griegos conocían y por el que viajaban en el siglo VI antes de Cristo, las proporciones y distancias eran bastante acertadas, sin que podamos exigir que los detalles se conocieran. Incluso las islas Británicas aparecen diferenciadas del continente europeo, aunque orientadas de forma distinta a la realidad, pero ello por la "exigencia" de acomodar todo al perímetro circular, lo que también ocurre con África y con lo hoy llamamos nosotros Asia.

¿Era Demades mejor orador que Demóstenes?

 (Busto de Demades)

Esto parece deducirse de las investigaciones de Plutarco, aunque de Demades se nos haya conservado muy poca obra, no siendo así en el caso de Demóstenes. De este dice aquel autor "que no era naturalmente facundo" y las fuentes están llenas de datos sobre los múltiples ensayos que Demóstenes hacía para preparar sus discursos, que primero escribía, luego declamaba, etc. En una ocasión Piteas, satirizándole, "le dijo que las pruebas de sus discursos olían mucho a lámpara", prueba de que pasaba las noches ensayándolos. Demóstenes le contestó una vez con acrimonia "pues a fe que la lámpara no sabe de mí y de tí las mismas cosas". También Plutarco habla de la "cobardía [de Demóstenes] para hablar de repente", es decir, improvisadamente, lo que no le ocurría a Demades. 

De éste "todos convienen en que entregado a su genio, era invencible, y que hablando de pronto, confundía todo el cuidado y prevenciones de Demóstenes". Teofrasto, según nos informa Ariston de Quijo, emitió el siguiente juicio: Demóstenes "digno de la ciudad" y Demades "sobre la ciudad". Otros incluso consideran que Focion tenía más nervio en la elocuencia que Demóstenes, hasta el punto de que éste, cuando le tocaba hablar, refiriéndose al otro, decía: "Ya está aquí el hacha de mis discursos", pues consideraba que "una sola palabra, una seña de un hombre de probidad, tiene más fuerza que muchas y muy prolijas frases". 

El propio Demóstenes reconocía que "no tanto he aprendido y conocido las cosas por las palabras, cuanto, tomado conocimiento de las cosas, ellas me han conducido a sabor las palabras". Creo que es una gran reflexión, ya que es la experiencia, el saber de qué se habla, lo que permite llegar a expresarse bien y con elocuencia, mientras que las palabras bien dichas pero sin algo realmente que contar, son hueras. En fin, Demóstenes se lamentó en más de una ocasión de ser superado por sun simple marinero, ya que Demades, antes de brillar en el campo de la oratoria, lo había sido. (A la izquierda, Filipo II de Macedonia, contra cuyas pretensiones expansionistas dio Demóstenes pruebas de su oratoria).

Parece que un discurso de Demades sirvió para condenar a muerte a Demóstenes, pero aquel también moriría por sentencia más tarde. O tempora, o mores!

viernes, 6 de enero de 2012

De Tarso a Aquis Calidis


Al sur de la actual Turquía se encuentra la ciudad de Tarso, patria de Pablo, principal propagandista del cristianismo a mediados del siglo primero de nuestra era. En dirección norte, a muy poca distancia (en grados solo 0,5, en kilómetros 55) se encuentra la antigua Aquis Calidis, estación termal romana que ya había sido utilizada por Alejandro Magno en su viaje guerrero en Asia. Hemos ascendido desde una altura de 100 m. sobre el nivel del mar en Tarso hasta los 1.500 de Aquis Celenis, la actual Çiftehan, en la cordillera que se llamó las Puertas de Cilicia, pues salvándola se accedía a dicha región de Capadocia. En total la pendiente es 2,5%, pero como al principio el terreno es más bien llano, son los últimos kilómetros en los que el terreno se empina vertiginosamente. Arriano, en el siglo II de nuestra era, relata los baños que tomó Alejandro en las aguas termales. Con la altura, y aún encontrándose la localidad a unos 37º norte, el clima se continentaliza y en los inviernos aparecen las nieves.


Atrás queda Tarso, muy cerca del mar Mediterráneo, a orillas del río Cidno, que en su desembocadura forma una laguna que sirvió de puerto a la ciudad. El paisaje es bello, formándose cataratas en medio de algunas frondosidades. Contrariamente a Çiftehan, donde se encuentran las termas, en Tarso el clima es medieterráneo.

De villa a ciudad


Pontevedra conservaba, en el siglo XIX, la muralla, pero ya sin los toerreones ni baluartes y tenía cuatro puertas principales que daban origen a los cuatro caminos reales a Santiago, Tui, Ourense y Marín, con siete postigos para la comunicación con el mar. La cárcel se encontraba al lado del puente del Burgo, donde también había muelles, pero la navegación y la pesca habían decaído mucho. Como villa que había gozado de un cierto esplendor contaba con abundantes plazas: Herrería, Feira Vella, Yerba, Leña (que hacen referencia a las actividades que se desarrollaron en ellas y que aún se practicaban), Teucro, Plancha, Pedreira, Consistorio y Campillo. Pontevedra fue, hasta bien entrado el siglo XIX, centro de una actividad de canteros que reclutaba la mayoría de sus artesanos en la Terra de Montes. (Arriba, plaza de la Leña).

En la plaza de la Herrería (que pasó por los nombres sucesivos de "la Constitución" y del "Mercado") había mercado todos los sabados y los días 1 y 15 de cada mes, pero se encontraba, a mediados de siglo, sin empedrar. La plaza de la Feira Vella o Pescadería servía de carnicería pública también y tenía tres de sus lados asoportalados. A mediados de siglo se conservaba aún la iglesia de San Bartolomé "o vello", por oposición a la iglesia de la Compañía que se había construído en el siglo XVII. En la plaza del Consistorio se encontraba la casa que había sido sede del Ayuntamiento, con la torre del reloj y el almacén de cereales. A la de la Plancha llegaban buques de carga y descarga que estaban en relación con los almacenes de sal, aunque había otros en el muelle de la Barca. 

Del palacio arzobispal, a mediados de siglo, non quedaban sino ruinas (las torres), en las proximidades de la iglesia de Santa María. Había sido propiedad de la familia Churruchao (Fernán Pérez y Gonzalo Gómez de Gallinato hasta el reinado de Enrique II). En el campo de Santo Domingo (la actual Alameda), en 1840 había un cuartel y al otro lado otro cualtel que sirvió de maestranza de marina y fábrica de fusiles en la guerra de 1808, siendo cedido en 1834 al ejército. 

En lo que luego sería Delegación de Hacienda se encontraban todas las oficinas de la provincia (una vez que Pontevedra fue designada como tal en la década de 1830), y allí mismo se instaló el primer destacamento de la Guardia Civil a mediados de siglo. Un Instituto de enseñanza media, muy en precario, tenía en 1845 unos cien estudiantes, y se mantenía con las matrículas y con los reales de una obra pía de la que era patrón el Ayuntamiento. Contaba la villa en las primeras décadas del siglo con un hospital de beneficencia (San Juan de Dios), fundado por el Ayuntamiento a finales del siglo XVI, atendiendo a enfermos, pobres y militares. (A la izquierda, casa de Ayuntamiento, obra de Alejandro Sesmeros).

Pero la villa se había extendido extramuros y en las afueras había tres grandes campos: el de San Roque, donde se tendian y secaban las redes marineras; el de San José, con una carballeira en la que tenía lugar feria de ganado los días 1 y 15 de cada mes; y el de Santo Domingo, ya convertido en alameda "delimitada por un canapé de cantería con varias calles de árboles" (Madoz). De la actividad comercial da muestras el movimiento en la aduana durante los años 1844 y 1845. En los negocios bullía la burguesía pontevedresa: fomentadores de pescado (salazones), fábricas de curtidos y una de botones, transporte marítimo, propietarios de bienes raíces, centros para salar productos cárnicos, comerciantes en general (sobre todo de paños), boticarios, plateros, sombrereros, abastecedores de viveres al ejército, contratistas de obras, arrendadores de arbitrios municipales, abastecedores de la cárcel, contrabandistas, prestamistas, molineros, almacenistas, abogados, banqueros...

También bullían los gremios y cofradías: prescindiendo de las advocaciones religiosas, había las de los mareantes (pescadores), toneleros, hortelanos, molineros, zapateros (cuyas ordenanzas se remontan a 1553), marineros "matriculados", alquiladores, mercaderes, herreros y cuchilleros, sastres, picapedreros, carpinteros y calafates, abogados y escribanos, cirujanos y sangradores y la de los sacerdotes (de la Trinidad). 

Con no poco apasionamiento se trató el tema de la capitalidad provincial, no solo por parte de quien se vio inmerso en el debate (entre 1822 y 1840 aproximadamente), sino por quien luego historió y/o polemizó a lo largo del siglo XIX. En 1822 se realizó el primer intento para conformar la provincia, estableciéndose que la capital residiese en Vigo: fue una labor intensísima del marqués de Valladares, que daría sus frutos aunque afímeramente. En la década siguiente, cuando el gobierno liberal quiere volver sobre la constitución provincial, la pugna entre Vigo y Pontevedra se enciende de nuevo y no pocos esfuerzos se hicieron entre unos y otros partidarios, que aquí no repetiremos por haber sido historiados por Fernández Villamil. Lo cierto es que la decisión ahora recae a favor de Pontevedra, sobre todo por el esfuerzo de don Manuel Silvestre Armero, que perseguía para la ciudad una Compañía de Guardamarinas y una Audiencia. Una vez esto, se produjo el Decreto de 30 de noviembre de 1833 por el que se decidía la capitalidad de una de las cuatro provincias gallegas en Pontevedra.

Dos años más tarde, con la creación de las diputaciones provinciales, inicia su actividad la de Pontevedra. Fariña Jamardo y M. Pereira señalan que Vigo "no dio por finalizado el asunto ya que cuatro años después, en 1840, tras el asedio de Pontevedra por las tropas de Vigo y su rendición ante la bandera liberal de los constitucionalistas vigueses, Vigo se autodeclara en capitalidad". Eran las postrimerías de la primera guerra carlista, pero tal acción no tuvo el refrendo del Gobierno. Todavía estaban activas compañías de soldados que, como se ve, no combatieron solo al pretendiente Carlos. Las pugnas -dialécticas y armadas- no cesaron hasta 1843. (A la derecha, fachada occidental de la iglesia de Santa María, costeada por el gremio de mareantes en el siglo XVI).

La consecución de la capitalidad para Pontevedra fue una oportunidad perdida, pues convirtiéndose en ciudad, no mejoró sustancialmente su economía; no obstante la población creció a un ritmo mayor, posibilitó una ordenación urbana, atrajo burócratas, se instalaron imprentas y la vida cultural se animó. Los cafés y la vida social cobrarin impulso y el ferrocarril llegaría en las últimas décadas del siglo.

Discurso fúnebre de Pericles

En uno de los inviernos durante la guerra del Peloponeso se reunieron los atenienses, siguiendo antiguas costumbres, para hacer exequias públicas en honor de los que habían muerto en la guerra. La ceremonia distinguía el caso de los que yacían como cadáveres en presencia de todos y de aquellos cuyos cuerpos no habían sido hallados. Pelicles, hijo de Jantipo, fue elegido para pronunciar el discurso.

Se lamenta primero el estratego por tener que hablar ante la multitud en momento tan triste, pero dice que lo hace por obedecer a las leyes, porque es justo y conveniente dar honra a la memoria de aquellos que primeramente habitaron esta región... defendiéndonos así contra los Bárbaros como contra los Griegos. Luego se extiende en consideraciones sobre lo que distingue a Atenas de otras ciudades griegas: Pues tenemos una república que no sigue las leyes de las otras ciudades vecinas y comarcanas, sino que da leyes y ejemplo a los otros, y nuestro gobierno se llama Democracia, porque la administración de la república no pertenece ni está en pocos, sino en muchos... Para mitigar los trabajos tenemos muchos recreos, los juegos y contiendas públicas, que llaman sacras, los sacrificios y aniversarios... 

En los ejercicios de guerra -añade Pericles- somos muy diferentes a nuestros enemigos... De esto es buena prueba que los Lacedemonios jamás se atrevieron a entrar en nuestra tierra en son de guerra sin venir acompañados de todos sus aliados y confederados... No pudo ser más inoportuno Pericles en esto, pues sabido es que Atenas sería derrotada inmisericordemente por Esparta en la guerra.

No necesitamos al poeta Homero ni a otro alguno para encarecer nuestros hechos con elogios poéticos, -el que habla es un miitar- pues la verdad pura de las cosas disipa la duda y falsa opinión, y sabido es que, por nuestro esfuerzo y osadía, hemos hecho que toda la mar se pueda navegar y recorrer toda la tierra, dejando en todas partes memoria de los bienes o de los males que hicimos... A mi parecer -continúa- el primero y principal juez de la virtud del hombre es la vida buena y virtuosa... Toda la tierra es sepultura de los hombres famosos y señalados...

Tengo para mí que estas palabras son más bien de Tucídides, que en su "Guerra del Peloponeso", en la cual participó, las expresa de esta manera. Pericles pudo haber presidido las exequias para honrar a los caídos en las batallas, pero creo que es Tucídides quien da forma al discurso del estratego. 

El colegio de los jesuitas sirvió para casi todo


 La iglesia de San Bartolomé de Pontevedra y su edificio anexo, colegio de los jesuítas por decisión de un fraile pontevedrés, de misiones en Perú en el siglo XVII, tuvo una utilidad cambiante y siempre interesante desde su fundación. En el siglo XIX hubo allí una fábrica de tejidos de algodón, en la calle del Riego, intramuros, en el colegio que fue de los jesuítas. Los directores fueron Benjamín Lees, de edad 33 años y Juan Lees, de esdad 30 años. Eduardo Carey fue su maestro de taller y María Baliño una criada. Contaba con 22 máquinas de hilar que ocupaban a otras tantas mujeres y que hacían funcionar, cada máquina, 100 husos. También contaba con tres máquinas de torcer con 270 husos cada una, que daban ocupación a tres obreros.

En el tejido trabajaban, además, 32 hombres y había otros como aprendices en varias operaciones. Sobre esta fábrica -que ha estudiado Meijide Pardo- sus propietarios habían recibido, en 1793, una ayuda de 100.000 reales como empréstito, aunque más tarde tuvieron que solventar un litigio con el municipio sobre la ocupación del Colegio de los Jesuítas, y al comenzar la guerra de 1808 aún contaba con 250 operarios, bastantes más que al dar comienzo. (Archivo Histórico Provincial de Pontevedra, sección 2ª, carpeta 71 (152 y 110).

El colegio de los jesuitas fue también lugar para el acuartelamiento militar, hospital, centro de enseñanza, hospicio y aún se le dieron otras utilidades. Hasta que se construyó la llamada "Ciudad Infantil" en Montecelo, allí vivían los hospicianos, en torno a los años setenta del siglo XX.

"Leyendas urbanas" en la antigüedad


Aunque el concepto de "leyenda urbana" es moderno, las leyendas urbanas han existido en épocas antiguas, como por ejemplo en la civilización romana. Leer a Plinio, Plutarco, Salustio, Séneca o Suetonio equivle a encontrarse con muchos ejemplos de leyendas urbanas: la encina vieja consagrada a Marte que, cada vez que determinada mujer daba a luz, producía un retoño, de forma que si el recién nacido era flaco y enfermizo el retoño también lo era, y al revés. 

En una ocasión, siendo edil alguien que luego sería emperador romano, como no mantuviese las calles limpias, le fue arrojado lodo que le cayó por dentro de la toga, y se dijo que ese barro había permancecido ahí como guardado para encabezar luego tiempos mejores. Cierta vez un buey pudo desuncirse del yugo y entró en un comedor donde estaban los comensales, huyendo estos despavoridos, pero cayó derrumbado ante el que sería emperador. 

En Acaya soñó Vespasiano que comenzaría para él una era de prosperidad el día en que extrajesen una muela a Nerón; y a la mañana siguiente, cuando entró en la habitación del emperador, el médico le mostró una muela que acababa de extraerle. Cuando en Judea consultó al oráculo del dios Carmelo, aquel le aseguró el éxito desde ese momento. Cuando Galba reunía los comicios para su segundo consulado, la estatua de Julio César se había vuelto por sí misma hacia Oriente. Otra leyenda es que antes de la batalla de Betriacum, dos águilas habían peleado en presencia de los dos ejércitos, y que habiendo vencido una de ellas, llegó otra de Oriente que ahuyentó a la vencedora. 

Dos hombres sencillos, ciego uno y cojo el otro, se presentaron juntos ante el tribunal del emperador suplicándole les curase; porque estando dormidos, les había asegurado Sérapis al uno que recobraría la vista si el emperador le escupía en los ojos, y al otro que se curaría de la cojera si el emperador le daba un puntapié. A instancias de sus consejeros el emperador se animó a dar cumplimiento a los ruegos y triunfó.

Estas y otras patrañas corrían de boca en boca por la ciudad de Roma y otras de Italia, configurando un aspecto más de una sociedad que daba crédito a lo que no veía y se negaba a creer, en ocasiones, la evidencia. Como nosotros hacemos hoy de vez en cuando.

jueves, 5 de enero de 2012

Antiguos periódicos de Pontevedra (y 2)


 A partir de 1868 el número de publicaciones se dispara: aparecen periódicos antimonárquicos como "La Voz del Pueblo", que rezaba en su cabecera "abajo los Borbones, viva el pueblo soberano, gloria eterna a la marina, al ejército y al pueblo" (1868); otros eran declaramente republicanos, como "El Deber", cuya cabecera rezaba "republicano, federal e independiente" (1873); otros utilizaban el término "democracia" en su nombre o en su ideario, como "La Democracia de Pontevedra (1868) y "Unidad Democrática" (1853).

Aparecieron nuevos periódicos cómicos: "El Payaso" (1869); "El Chismoso", periódico que incluye la frase "husmeador, callejero y de carácter nacional joco-serio, charlatán en alto grado, pero inocente y sin pecado" (nace en 1881); otro es "¡¡Beso a Usted la Mano!!", que se autotitula "farsante universal" (1886).

Otros presentaban en el fondo o en la forma una tendencia radicalizante: "La Idea" (1870); "El Progresista", que añadía a su nombre la coletilla "libertad, orden, dinastía popular" (1872); "El Látigo" (1886) y "La Justicia" (1886).

Hubo uno monárquico aunque liberal: "El Progreso" (1869). Otros dedicaban sus páginas a temas educativos: "La Reforma" (1870), donde colaboró, entre otros, el institucionista Federico Sáiz; "La Luz" (1878); "El Escolar" (1891).

No faltaron los periódicos de organizaciones obreras o que dicen defender sus intereses: "El Hijo del Trabajo" (1882); "El Obrero" (1890) y "La Emancipación" (1898). Pero también los hubo declaradamente católicos: "El Criterio Gallego" (1893); "El Eco de Lourdes" (1898) y "El Áncora", que añadía en su cabecera "católico con censura eclesiástica", para que nadie desconfiase de su ortodoxia (1898).

Unos pocos estaban redactados en gallego: "O Galiciano" (1885); "O Novo Galiciano", que añadía la frase "defensor de los intereses gallegos" (1888) y "A tía Catuxa" (1891). "La Lealtad Gallega" fue el órgano oficial del carlismo (1895). Otro decía editarse "sólo para mujeres" (1894): "El Ángel del Hogar" (se me ocurre que debía tratarse de un ángel muy mal tratado). 

Otros títulos fueron ""El Orden", "El Dictamen", "La Constancia", "El Porvenir", "La Paz", "El Avisador" (cuyo nombre se me antoja muy apropiado y hermoso), "El Lérez", "La Voz de Suevia", "El Adelanto", El Eco de Tambo", "La Voz de Helenes", "El Trueno", "Los Amigos del Progreso" (órgano de la sociedad del mismo nombre, 1886), "La Tranca", "El Argentino" y "El Iris Literario". No son todos los que existieron, pero son una buena muestra del ímpetu periodístico, político, de humor y de interés por los asuntos públicos que despertó el liberalismo. No faltó imaginación al elegir los títulos, evocadores en unos casos, idealistas en otros, románticos casi siempre.

Antonio Odriozola ha sido el gran conocedor de estos temas así como sobre la imprenta en la Pontevedra del siglo XIX.

Una familia oscura


 Suetonio habla de la familia del emperador Vespasiano en los siguientes términos: "la estirpe Flavia; familia oscura en verdad y sin ninguna distinción". Luego habla de uno de los miembros de dicha familia, Domiciano, tildándolo de avaro y cruel, para seguir con la genealogía del emperador.

"Un individuo llamado Tito Flavio Petrón, del municipio de Reata, sirvió bajo Pompeyo como centurión", huyendo en la batalla de Farsalia para regresar a su patria y ejercer como inspector de subastas. Su hijo Sabino pudo haber sido centurión primipiliario y luego receptor del cuadragésimo en Asia, existiendo por largo tiempo -dice Suetonio- "las estatuas que muchas ciudades de aquella provincia le erigieron con esta inscripción: AL RECEPTOR ÍNTEGRO. Después tuvo banca en Helvetia". Tuvo dos hijos, uno llamado Sabino, que fue prefecto en Roma, y otro Vespasiano, el emperador. La madre de ambos, Vespasia Pola, descendía de una familia de Nursia (en el centro de Italia), y por esta rama materna tuvo Vespasiano ascendencia más noble: el abuelo Vespasiano Polión había sido tres veces tribuno militar y prefecto de campamentos; un tío abueno del empereador había sido senador y pretor, y "todavía existe hoy en la cumbre de una montaña, en la milla sexta, en el camino de Nursia a Egipto, un paraje que lleva el nombre de Vespasia, y donde se ven muchos monumentos de los Vespasios...". 

Había comenzado el tiempo en que los emperadores procedían del ejército, siendo la familia de Vespasiano del orden ecuestre, aunque luego se encumbró. (Arriba, busto de Vespasiano. Si la retratística romana intentaba reflejar el carácter del personaje, aquí tenemos a un hombre resuelto y austero).