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miércoles, 19 de agosto de 2020

Un comunero de Villalpando

 

https://www.adripalomares.com/portfolio-item/villalpando/

Uno de los personajes que participó en primera línea en el movimiento comunero castellano del siglo XVI fue Bernardino de Valbuena, hijo del alcaide de Villalpando, por lo que no pertenecía a los sectores más populares de la villa del mismo nombre, aunque tampoco a la más encumbrada nobleza. Su familia llegó a poseer incluso un molino en el río Valderaduey que debió aportarle buenas rentas. Dicho molino fue objeto de litigio entre la familia y Antonio García de Villalpando, canónigo de Toledo.

Cuando la guerra de las comunidades de Castilla terminó, Bernardino de Valbuena fue juzgado y en los papeles de aquel proceso se dice que era “muy mozo”[i], por lo que se ha supuesto que tenía 25 años cuando se inició la guerra. Consiguió el cargo de capitán de la Comunidad y luego el de gobernador y alcaide de la fortaleza de Villalpando, siendo uno de los protagonistas de los acontecimientos. Pero a lo largo del proceso también surgen ciertas dudas sobre su dedicación a combatir a los partidarios del rey.

Lo cierto es que luego se convirtió en uno de los más radicales comuneros, una vez se trasladó a Toledo para continuar la guerra, cuando ya estos habían sido vencidos en Villalar. En la ciudad del Tajo se encontraba el ejército comunero prácticamente intacto bajo el mando de Antonio Osorio de Acuña[ii], obispo de Zamora.

Contrariamente a lo que se había creído con anterioridad, el campo jugó un importante papel en el movimiento comunero, aunque su ideario revolucionario fuese redactado por algún elemento urbano. El caso de Villalpando es paradigmático de lo que decimos, siguiendo a Tomás López Muñoz. Las rentas campesinas fueron las que ayudaron a mantener el grueso del ejército de la Junta en 1520, y los pertrechos militares custodiados en la fortaleza de la villa, los que posibilitaron el reforzamiento de sus tropas.

Desde Villalpando, el programa de la Junta se expandió fácilmente por las localidades de su jurisdicción, implicando de forma estrecha a unos hombres que, en nombre de la Santa Comunidad, se levantaron contra la autoridad del Condestable de Castilla, buscando quizás la restitución de antiguos derechos menoscabados al común por los señores.

Aunque se defina a las Comunidades como un hecho urbano, a medida que el conflicto se prolonga las relaciones de dependencia entre el movimiento y las zonas rurales fueron haciéndose cada vez más evidentes. De éste modo, cuando las zonas rurales queden en manos de los realistas, comenzará a gestarse la derrota comunera, a juicio del autor por tres motivos:

Una vez que los grandes consiguen sofocar el levantamiento en sus dominios señoriales, la Comunidad verá agotada su más importante fuente de recursos y hombres. Controlado el campo, desde el punto de vista militar los nobles solo debían concentrar sus esfuerzos en ahogar los focos revolucionarios de unas ciudades rebeldes que difícilmente podrían resistir largos asedios sin el apoyo de las zonas rurales más cercanas. Con el dominio en el ámbito rural por el bando realista, el programa comunero perdía uno de sus aspectos más radicales, definido por la violencia antiseñorial.

El proceso judicial que se siguió contra Bernardino de Valbuena ofrece numerosos datos sobre la identidad de los líderes y actores del movimiento revolucionario en el campo, y nos permite trazar –dice el autor al que sigo- nuevas e interesantes afirmaciones sobre el heterogéneo grupo comunero. Valbuena, vinculado a la oligarquía de Villalpando, encabezó la rebelión tras ser nombrado por la Junta del Reino gobernador y alcaide del lugar. En otras villas como la citada sucede del mismo modo: la primera actuación llevada a cabo por la Junta fue la de sustituir la figura más representativa del poder señorial, el gobernador. Los cargos concejiles fueron también sustituidos, y los nuevos, representantes de la Comunidad, encontrarán en las clases populares su mayor soporte.

Estas clases populares se resisten contra la consolidación de la nobleza medieval, lo que hace cuestionar la autoridad señorial. Si como en el caso de Villalpando se trata de una cabeza de señorío, aquello tiene una explicación más clara. A los momentos previos a la revolución comunera sigue la violencia y los episodios antiseñoriales, tanto contra los bienes del Condestable como contra los servidores de éste.

Bernardino de Valbuena, después de ser líder comunero, fue exiliado y procesado tras la derrota, y en el proceso que se siguió contra él se ponen de manifiesto los contactos que tuvo con otros líderes comuneros. Dicho proceso se encuentra en la documentación de la Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional y, más concretamente, entre los documentos de la casa ducal de Frías, fondo que comprende la documentación referente a las antiguas casas de Pacheco, Velasco y de los condes de Fuensalida y Oropesa[iii].

(La fotografía de arriba en adripalomares.com/portfolio-item/villalpando/)



[i] “Proceso contra Bernardino de Valbuena…”, obra de Tomás López Muñoz, en la que se basa el presente resumen.

[ii] Natural de Valladolid, murió ejecutado en Simancas en 1526. Fue un clérigo de tortuosa vida: miembro de la Orden de Calatrava, luego se fue a Roma donde encontró acomodo gracias a unos familiares. Fue excomulgado y, de vuelta en España, ejerció como capellán de los Reyes Católicos…

[iii] Ver nota i.

sábado, 12 de octubre de 2019

La construcción de un monasterio

monestirs.cat/monst/annex/espa/calleo/zamora/cmoreruela.htm

La adquisición del monasterio de Moreruela (Zamora) por la Junta de Castilla y León, ha detenido el agónico deterioro anterior, señala S. Prieto Morillo en un trabajo sobre la gliptografía en el mismo. Así se han descubierto marcas de las logias de canteros que no eran conocidas hasta ese momento, aunque existe una falta de acuerdo entre los investigadores sobre el devenir histórico del monasterio.

En los años sesenta y setenta pasados se realizaron labores de restauración y, posteriormente, se emplearon medios informáticos para el estudio del monasterio. Parece que los primeros monjes que se asentaron en Moreruela lo hicieron en el siglo IX, pero entonces se debieron hospedar en pequeñas construcciones[i] que solo tenían de monasterio la vida espiritual y de comunidad que hacían. Hubo que esperar al siglo XII para que se levantara la fábrica que nos ha quedado, hoy en ruinas, pero suficiente para ver el prototipo de un monasterio cisterciense, con una iglesia de tres naves, girola y capillas radiales, el claustro orientado al norte y la fachada al oeste. Alrededor del claustro se encontraban las demás dependencias del cenobio, así como una estructura alargada en dirección este y otra de planta cuadrada en dirección oeste.

En la primera mitad del siglo XII los monjes recibieron del rey castellano Alfonso VII el lugar denominado Moreruela de Frades, por medio de Ponce de Cabrera, ricohombre y ascendiente de la poderosa familia de los Ponce de León. A partir de este momento es cuando los monjes decidieron afiliarse al císter e iniciaron una importante expansión económica, no obstante el endeudamiento que las abadías de la época sufrirían, según Prieto Morillo, por empeñarse en construcciones muy ambiciosas.

Lo primero que destaca en los monasterios del císter es la ausencia de figuras escultóricas, pues nacieron como respuesta al esplendor que caracterizaba a los cluniacenses. La concesión de bienes y la exención de obligaciones, las donaciones de particulares y de señores permitieron la construcción del monasterio con el esplendor que aún hoy se aprecia.

Los monjes tuvieron entonces autosuficiencia económica arrendando predios en régimen de explotación señorial y ejerciendo derechos jurisdiccionales, que por ambos medios percibían rentas. Pudo así incrementarse su patrimonio gracias a la ganadería y a la minería, además de al cultivo de la vid, trabajada por conversos al menos durante la etapa inicial del monasterio en el siglo XII.

Lo primero fue construir la iglesia empezando por la cabecera, es decir, por la girola y el presbiterio, para que fuese posible oficiar cuanto antes en ella. Está documentado el trabajo de asalariados, sobre todo para aquellas funciones de mayor especialización. Antes hubo que preparar el suelo y cimentar los edificios, lo que se hizo en los primeros años de la segunda mitad del siglo XII; en las hiladas inferiores del muro exterior de una de las capillas de la girola hay una inscripción donde se puede leer el año MCC, que corresponde al 1162 de la era cristiana.

La disposición de la cabecera –dice nuestro autor- recuerda a los monasterios de Veruela, Fitero, Poblet y Gradefes, así como a algunas iglesias de Borgoña de la misma época. Las logias de canteros que trabajaron en la elaboración de los sillares, así como en la construcción de la iglesia y demás dependencia monásticas, dejaron sus marcas, de una variedad y originalidad extraordinarias.

Algunas de las marcas son espiriformes, pero también las hay muy sencillas: una línea horizontal, otra ondulada, línea horizontal con pequeños ángulos en los extremos, cruz con uno de los trazos inclinado, una línea quebrada, otras en forma de V, dos triángulos unidos por un ángulo respectivo, flechas, círculos con símbolos inscritos (en ocasiones cruces, estrellas, lunas), signos en forma de F o de E invertida, otros en forma de A, de P, de p invertida, en forma de llave… A medida que avanzaba la edificación, los signos son más abundantes, como es lógico, condensándose tanto en los muros exteriores como en el interior. La mayor frecuencia y variedad de signos va menguando a partir del transepto, y un signo cuya interpretación está por hacerse es el denominado “pentalfa”, en forma de estrella con cinco puntas, signo que se ha internacionalizado, como demostró el autor al que sigo en su estudio sobre San Martín de Castañeda.

La existencia de varios signos en el mismo sillar es escasa, y cuando se da puede deberse a sillares desechados y retallados en los que no ha desaparecido la marca primigenia. Un signo muy característico es el de forma de sombrerillo, y otro que presenta cuatro marcas idénticas en disposición cruciforme, en los sillares localizados en las hiladas inmediatas al lado izquierdo del rosetón de la portada meridional, apareciendo con cierta profusión en la girola…

viernes, 11 de octubre de 2019

"Esta es la historia de nuestra codicia pequeñita..."


Así se expresa Gaya Nuño en su obra “La pintura española fuera de España”, publicada en 1958[i]. En 1911 el cabildo de la catedral de Zamora vendió a un anticuario unas arquetas, entre ellas un bote de marfil de época califal valorado en 52.000 pesetas. Enterado Gómez Moreno, que años antes había descubierto dicho bote en el relicario de la catedral, lo comunicó al diputado nacional Guillermo de Osma, ante el temor de que la pieza saliera de España. El asunto llegó a debatirse en las Cortes con la intervención del presidente del Gobierno, José Canalejas, y generó una polémica sobre la propiedad del patrimonio artístico de la Iglesia, de la que se hicieron eco los diarios nacionales. Finalmente, el Estado intervino y compró la pieza, que quedó depositada en el Museo Arqueológico Nacional.

El llamado Bote de Zamora parece que lo labró un joyero al servicio del califa al-Hakán II en la segunda mitad del siglo X (964). A pesar de ignorarse su existencia desde hacía tiempo, todas las arquetas árabes de la catedral de Zamora se encontraban registradas en 1367, formando parte del tesoro de la catedral. Ya en el siglo XX el Bote fue llevado a una exposición que se celebró en Santiago de Compostela. El epígrafe que tiene en caracteres árabes dice: Bendición de Dios para el Imán ‘Abd Allah al-Hakin al Mustansir billah. Príncipe de los creyentes. Esto es lo que ordenó se le hiciera…”.

El descubrimiento del Bote –siguen los autores citados- se produjo durante una de las visitas (1903-1904) que Gómez-Moreno y su esposa realizaron a la provincia de Zamora para la redacción del Catálogo Monumental de la misma. Esta idea de un catálogo que abarcase todas las obras de arte de España está muy relacionada con el espíritu regeneracionista de la época, siendo el mentor de la obra Juan Facundo Riaño[ii], algo sin precedentes en Europa.

La dilapidación de buena parte del patrimonio histórico y artístico de la Iglesia venía de lejos, desde la cabecera de los obispados hasta los rincones más apartados, lo que en algunas ocasiones motivó protestas de los feligreses. En el mismo año en que se vendieron las arquetas que contenían el Bote y otros objetos, tuvo lugar en Villafáfila una manifestación de protesta protagonizada en su mayoría por mujeres y niños, en la que tuvo que intervenir la Guardia Civil, por las sospechas de que el cura había vendido a un anticuario una efigie de Jesús Nazareno. En 1904 se vendieron dos cuadros de El Greco por los canónigos de la catedral de Valladolid (hoy se encuentran en la “Frick Collection” de Nueva York y en el “Museum of Fine Arts” de Montreal). Martín Benito y Regueras Grande siguen diciendo que durante los años sesenta y setenta del siglo XX se llevó a cabo un gran expolio eclesiástico en España.

No serían los únicos objetos que el cabildo zamorano vendería a coleccionistas, lo que contó con la autorización del Nuncio Apostólico, con la excusa de que “la fábrica de la iglesia se halla bien necesitada de recursos”. El dinero obtenido, sin embargo, se invirtió en obligaciones de la sociedad hidroeléctrica “El Porvenir de Zamora”, aunque parte del cabildo no estuvo de acuerdo en esto.

Y entonces intervino del Ministro de Instrucción Pública, mientras que el obispo Luis Felipe Ortiz y Gutiérrez[iii], que ha sido considerado un hombre culto, solicitó se pidiese autorización al papa. En 1926, no obstante, las arquetas que no habían sido vendidas en 1911 fueron a parar al coleccionista Pedro Castillo Olivares sin formalidad legal alguna (así comenta este asunto Gómez-Moreno en su Catálogo).

Cuando el asunto llegó a las Cortes las relaciones entre el Estado y la Iglesia estaban en un momento crítico (gobierno de Canalejas y Ley "del Candado”). De 1910 a 1914 tuvieron lugar por primera vez en España varias sesiones de Cortes a propósito de la venta de la “Epifanía” de Monforte, cuyo autor es Hugo van der Goes, al káiser Guillermo II. La suerte del cuadro llegó a apasionar de tal forma a la opinión pública que el asunto pasó desde la Cámara baja al terreno de la prensa y al Ateneo madrileño.

Cuando los escolapios de Monforte de Lemos, vendida la pintura, se preparaban para exportar la tabla en 1910, el nombramiento de Julio Burrell[iv] como Ministro de Instrucción Pública, supuso la incautación gubernativa del cuadro, desde entonces vigilado por la Guardia Civil. Un acto insólito, recordó Gaya Nuño. Entonces, G. J. de Osma, diputado por Monforte entre 1891 y 1919, mantuvo una posición tibia en el caso de las pinturas, cuando había sido reivindicativo en el del Bote de Zamora.

Dicen Martín Benito y Regueras Grande que, cuando con motivo de la IX edición de “Las Edades del Hombre”, se exhibió el Bote, la mayoría de los visitantes desconocían las vicisitudes del mismo, así como que era el primer episodio (conocido) de un rosario de ventas eclesiásticas que salpican todo el siglo XX. El caso es extensivo a toda España desde las andanzas de Guerra Junqueiro[v], los tapices de Tideo (héroe de la mitología griega desterrado a Calidón[vi]) hasta el expolio detectado en 1996 de casi quinientos volúmenes, entre ellos diez incunables, del fondo antiguo de la Biblioteca del Archivo diocesano (solo recuperados menos de la mitad).

El siglo XIX –dicen Martín Benito y Regueiras Grande- marcó la época de los grandes descubrimientos patrimoniales nacionales e internacionales; por ejemplo, la entrega por Fernando VII de 165 pinturas recuperadas en la batalla de Vitoria (1813) al duque de Wellington, que dio ocasión a una gran expatriación patrimonial que no ha cesado. Más tarde, el rey francés Luis Felipe de Orleáns envió a España una comisión que realizó una compra masiva de cuadros, constituyendo estos la Galería Española de Luis Felipe, instalada en el Louvre entre 1838 y 1848, que se convirtió en un revulsivo naturalista, antesala del impresionismo y clave en la evolución del arte moderno[vii].

Durante la desamortización de Mendizábal tuvo lugar la primera interpelación parlamentaria con la protesta del diputado de Cádiz  y el propio Mendizábal por la venta de los “zurbaranes” de la Cartuja de Jerez, sin éxito.

La importancia del Bote de Zamora radica en su componente oriental (aparte el mérito artístico) que tiene muchos ejemplos de arte eborario, muy propio de la corte de los Omeyas. "... de nuestra dejadez y de nuestro despilfarro”, termina la frase del título que debemos a Gaya Nuño.



[i] Esta cita aparece en un artículo de J. I. Martín Benito y F. Regueras Grande, que es la fuente para este resumen.
[ii] Granadino, vivió entre 1829 y 1901; historiador, realizó estudios de árabe. Fue senador entre 1886 y 1900.
[iii] Poseyó una nutrida biblioteca que hoy forma parte de la Diocesana de Zamora. Era políglota y mantuvo contacto con intelectuales de la época, entre ellos Menéndez Pelayo y José María de Pereda (véase dbe.rah.es/biografias/34071/luis-felipe-ortiz-y-gutierrez).
[iv] Liberal y periodista.
[v] Diputado republicano, periodista y poeta portugués. La colección que lleva su nombre se conserva en su Casa Museo de Oporto y el “Museu Nacional de Arte Antiga” de Lisboa. El término “elginismo” deriva del británico lord Elgin, que se llevó ilegalmente los mármoles del Partenón de Atenas a Londres a principios del siglo XIX
[vi] Ver aquí mismo “El jabalí de Calidón”.
[vii] Se ha valorado el papel de los pintores españoles en la revolución antiacadémica del siglo XIX.

lunes, 13 de mayo de 2019

Hierro en El Castillón (Zamora)


 Recreación ilustrada del área metalúrgica
(Diseño: Fran Tapias).
En la época prehistórica que conocemos como Neolítico, cuando los seres humanos comenzaron la práctica de la agricultura en cada zona, confeccionaron objetos cerámicos, se fueron haciendo sedentarios, domesticaron animales, fueron dividiéndose el trabajo, etc., dio comienzo la actividad artística (que en otras áreas se remonta al Paleolítico Superior) en el abrigo de El Castillón (Zamora), junto al río Esla. Los seres humanos que habitaron esta localidad hicieron unas figuras esquemáticas que quizá pudieron seguir produciendo en la época posterior, la que conocemos como Calcolítico, descubriendo la metalurgia del cobre.

En la época que conocemos como Edad del Hierro, durante el primer milenio antes de Cristo, los habitantes de El Castillón levantaron un muro que ha sido excavado y produjeron cerámicas. En el siglo V después de Cristo se produce la máxima expansión de El Castillón, construyéndose un gran edificio que constaba de un almacén que, según demuestran los trabajos arqueológicos, se incendió. En el siglo VI se construyó un horno y se enterró a un ovicáprido, lo que también ha sido descubierto por los arqueólogos. Quizá al mismo tiempo se construyeron otros hornos y se enlosaron algunas zonas, luego se construyó una vivienda… Por lo tanto se puede decir que, durante un gran período de tiempo, el Castillón ha sido un lugar de asentamiento humano, aunque no podemos asegurar que de forma continuada. 

La arqueóloga Patricia Fuentes Melgar ha estudiado la práctica de la metalurgia del hierro en El Castillón, considerando que dicha explotación jugó un papel importante en el desarrollo de los pueblos próximos a la sierra de la Culebra, además de estaño, plomo, antimonio, bario, manganeso y turquesas; incluso arenas, gravas y pizarras de uso local.

La sierra de la Culebra se encuentra en el noroeste de la provincia de Zamora, extendiéndose por las comarcas de Tábara, Aliste, Carballeda, Sanabria y la región de Tras-os-Montes en Portugal. Consta de tres ramificaciones[i] y en sus proximidades discurre el río Esla. El trabajo del hierro ha quedado en los numerosos topónimos de esta comarca: Ferreras de Arriba, Ferreras de Abajo, Ferreruela o San Pedro de las Herrerías[ii]. También esta toponimia ha quedado reflejada en nombres de montes, valles, fuentes, arroyos, regatos o lugares: El Ferradal, Valdehierro, La Ferrera, Peña Ferrial, Cabezo Ferrero, Las Herrerías y Los Ferreros. No es de extrañar, pues que los arqueólogos hayan excavado hornos en El Castillón. Se trata de dos grandes estructuras ovaladas, próximas a la muralla, con unas dimensiones de 4 por 2,40 m. Son hoyos excavados en la tierra sobre los cuales se sitúan dos o tres hiladas de piedras regulares y perfectamente trabajadas con trabazón de argamasa. Estos hornos tendrían una cúpula de reverbero de adobe que se retiraría tras la cocción. Además podrían contar con una entrada de 40 cm. de anchura, jalonada por dos grandes bloques verticales de cuarcita.

Los dos hornos se han datado en época tardoantigua y en uno de los dos se pueden ver dos fases constructivas; la primera sobre un posible estrato de la Edad del Hierro, como así lo indica la cerámica asociada al muro de la parte final del horno. Estos hornos se utilizaron para reducir el metal y separarlo de su ganga al someterlo a elevadas temperaturas, enfriando el resultado metálico al aire. Así conocemos cómo sería todo el proceso de la metalurgia del hierro en El Castillón entre los siglos V y VI d. de C.

Algunos de los materiales metálicos encontrados en El Castillón, ya sin distinción de épocas, son un osculatorio de bronce, una fíbula de tipo Vyskok[iii], una punta de jabalina de hierro, unas pinzas de bronce, un anillo de bronce y una plaquita decorada en bronce, algunos de cuyos objetos se encuentran en el Museo de Zamora.



[i] La sierra de las Cavernas, la sierra de las Carbas y la sierra de Cantadores. El Castillón se encuentra próximo a la sierra de las Cavernas.
[ii] Este resumen se basa en el trabajo de Patricia Puentes Melgar, “La metalurgia del hierro en el poblado de El Castillón”.
[iii] Por el parecido con las de la localidad del mismo nombre, en Moravia meridional.

domingo, 31 de marzo de 2013

Las plazas reclamadas por la monarquía portuguesa

Olivenza, al oeste de la provincia de Badajoz


Cuando se discutieron las condiciones que darían ocasión a las paces de Utrecht, tras la guerra de sucesión a la corona de España (1713) aún quedaron contenciosos entre los dos países ibéricos, pues la monarquía portuguesa reclamaba las plazas de Badajoz, Alburquerque, Valencia de Alcántara, Alcántara, A Guarda, Tui, Baiona, Vigo y la Puebla de Sanabria, además de la colonia de Sacramento (aproximadamente la actual Uruguay, que ya había sido cedida por España a Portugal pero que, debido a la guerra, había vuelto a la soberanía española). 

Algunas de estas reclamaciones procedían de la tradición portuguesa en alguna de las plazas, caso de Olivenza, donde la influencia del arte manuelino es evidente, además del propio topónimo. La población, en parte, también era portuguesa y hoy mismo existe un sentimiento de proximidad (por lo menos) al país vecino por parte de la población. En otros casos se debía a conquistas hechas por los ejércitos portugueses durante la guerra de sucesión, particularmente en el caso de Badajoz, la Puebla de Sanabria, Alcañices, A Guarda y Tui. 

Por parte de la monarquía española había también exigencias: la armada portuguesa había apresado ciertos navíos españoles en las costas del Algarve y Buenos Aires, así como los derechos de ciertas casas nobiliarias españolas en Portugal (Aveiro y Linhares), consecuencia de los sesenta años en que la monarquía de los Austrias había reinado sobre España y Portugal al mismo tiempo (los reyes "filipes", según la denominación portuguesa).

Interior de la iglesia de la Magadalena (Olivenza)
de estilo manuelino
Así las cosas, las paces de Utrecht se firmaron en la ciudad holandesa tras varias reuniones celebradas en diversos lugares, entre otros en la casa del obispo de Bristol, que se había prestado para que las autoridades británicas influyesen lo más que pudiesen en el acuerdo definitivo. De todas formas, como comprobará cualquiera que indague sobre estos asuntos, la corona inglesa garantizó sus objetivos (Gribraltar, Menorca, los navíos "de permiso" en América) y los intereses de la monarquía portuguesa fueron relegados a un segundo e incluso tercer plano. De igual manera la tutela que la monarquía francesa ejercía sobre Felipe de Anjou, rey efectivo de España, primó sobre cualquier otra consideración. 

Para los diplomáticos españoles la colonia de Sacramento caía dentro de las posesiones españolas según el Tratado de Tordesillas de 1494, y aunque después de la fundación de la colonia en 1680 -dice Martín Marcos- y su destrucción por los epañoles un año después, se había alcanzado un acuerdo (1681) por el que los portugueses podrían vivir en la región con ciertas condiciones, jamás había llegado a ratificarse. Cuando en 1701 el rey Pero II reconoció a Felipe V como rey de España, este cedió a Portugal la colonia, pero cuando el país vecino se alió con Gran Bretaña y Austria, el de Anjou consideró roto e acuerdo.

Calle de la Puebla de Sanabria (Zamora)

Será con el nuevo rey portugués, Juan V, con quien la monarquía española, en torno a 1715, llegaría a un acuerdo que dejaría las cosas casi tal y como estaban: lo más importante conseguido por el rey portugués fue el asiento de negros en América, dando así satisfaccion a la nobleza y burguesía portuguesa que vivía del tráfico con seres humanos. A la postre consideraciones éticas y religiosas quedaban al margen: mandaban las fuerzas que siempre lo habían hecho. Por parte española intervinieron en las negociaciones el marqués de Monteleón y el duque de Osuna; y por parte portuguesa el conde de Tarouca y L. da Cunha.

Isidro Casado de Acevedo y Rosales, conde de Monteleón, procedía de madre italiana y de una noble familia. Seguramente fue nombrado para la misión con Portugal por sus conocimientos sobre la colonia de Sacramento, pues había sido miembro del Consejo de Indias y era un estrecho colaborador del rey Felipe V. Francisco de Paula Téllez-Girón y Benavides fue el VII duque de Osuna, ducado que había sido creado para Pedro Téllez en la segunda mitad del siglo XVI. Entre ambos diplomáticos españoles hubo desavenencias sobre los negocios con Portugal, lo que dilató las conversaciones y la resolución final.

Los Tarouca portugueses tenían su solar en el distrito de Viseu, al sur del Duero, siendo el embajador portugués uno de los más activos en la resolución del conflicto, además de haber suministrado extraordinarias informaciones con sus cartas e informes. En las negociaciones hubo propuestas españolas en el sentido de que la colonia de Sacramento podría ser sustituida -en favor de Portugal- por otro territorio equivalente (lo que no se llevó a cabo). Incluso hubo intentos de entablar una guerra particular entre las dos monarquías ibéricas, lo que tampoco fue posible porque ni Gran Bretaña ni Francia estaban por la labor; en otro orden de cosas ni los ejércitos portugueses ni los españoles estaban preparados para continuar una contienda ya de por sí larga a escala europea.