martes, 22 de octubre de 2019

Fin de la taifa toledana

Vista de los Montes de Toledo

A la caída del califato cordobés se conformaron, entre otras, tres grandes taifas: Toledo, Badajoz y Zaragoza. Las revueltas y asesinatos en lucha por el poder habían acabado con los miembros más allegados de la dinastía fundadora en Toledo, por lo que los dirigentes decidieron recurrir a Santaver (hoy en la provincia de Cuenca), donde se había constituido un pequeño reino taifa separado del de Valencia. La familia taifa de Santaver procedían de la tribu Hovara, bereberes, que designaron para ir a Toledo a Ismail.

A Ismail le sucedió como rey de Toledo Almamún, que tuvo que sufrir el ataque el rey taifa de Zaragoza, por lo que aquel se vio obligado a pedir ayuda al cristiano Fernando I de León. La ayuda se pagó, por parte de Almamún, haciéndose tributario de León, y así las cosas inició una política de expansión por el sur y el este. Se apoderó de Córdoba y Valencia, sobrepasando la línea del Guadiana. Al morir envenenado en Córdoba por sicarios el rey Mohámid de Sevilla, le sucedió su hijo Hixem, que reinó pocos tiempo, pasando al poder su hijo Yaya Alcádir, que tuvo que sufrir la conquista de Toledo por el rey cristiano Alfonso VI.

Volviendo atrás, Hixem era nieto de Alfonso VI, lo que explicaría la acogida que tuvo Alfonso, una vez derrotado por su hermano Sancho II de Castilla. Pero antes, Alfonso había seguido en León una política iniciada por su padre Fernando I, el acercamiento al papado y luego a la orden de Cluny, lo que le costó tener que abandonar el rito mozárabe y adoptar el romano. Como es sabido, cuando muere Fernando I en 1065, por decisión testamentaria, sus reinos se dividen entre sus hijos: Castilla, posesión personal de Fernando, para Alfonso; León para Sancho y Galicia a García, que sería depuesto sucesivamente por sus dos hermanos. Sancho no aceptó la división que, según él, favorecía claramente a Alfonso, receptor de las parias de Toledo. Alguna fuente señala que argumentó cómo en época de los godos el reino no se dividía a la sucesión de cada uno de los monarcas[i].

Se produjo entonces la guerra, siéndole favorable a Sancho y quedando Alfonso prisionero en el castillo de Burgos, saliendo de allí desterrado a Toledo bajo el asilo del tributario Almamún. La estancia en Toledo de Alfonso sirvió, quizá, para que conociese la orografía del terreno, las murallas de la ciudad, sus puertas y demás circunstancias, aunque no hubiese concebido, entonces, la futura invasión de la taifa. Tenemos, pues a Alfonso en Toledo desde 1072, gozando “de la hospitalidad barbárica, salva su fe y cómo se le distinguiese en grado máximo… por los sarracenos, paseando de acá para allá diese vueltas por Toledo a discreción”[ii]. El rey de Toledo, además, “en la misma posesión real, fabricó mansión apropiada para Alfonso y sus cristianos, para que tuvieran recreación, cuanto quisiera”[iii]. Pero ello por poco tiempo, pues en el mismo año 1072, murió Sancho en Zamora asesinado.

Los testimonios históricos no coinciden sobre la salida de Alfonso de Toledo[iv]. Para el redactor de la Crónica Silense se trató de una huída, pues temió ser detenido por el rey toledano Así, Alfonso llegó a Zamora y poco después firmó un pacto con Almamún y su hijo, que quizá tuvo lugar en Olías del Rey[v], de no atacarles, con motivo del socorro que prestó al taifa cuando fue hostigado por el rey de Córdoba. ¿Agradecimiento por el trato recibido durante su destierro o consideración de que la toma de Toledo no era posible en ese momento? ¿La había concebido ya Alfonso?

La escasez de población le llevó a buscar fuera de las fronteras de sus reinos la ayuda indispensable, de ahí el matrimonio sucesivo con una serie de princesas francesas, sobre todo borgoñonas, que aportaron hombres y armas. Mientras, en Toledo, el rey Yaya Alcádir sufría un estallido de rebeldías y discordias. El gobernador moro de Valencia se hizo independiente en 1075, el rey de Sevilla, Motámid, recuperó dicha ciudad en 1076, así como muchos territorios toledanos al sur del Guadiana. El rey moro de Zaragoza, Ben Hud, se apoderó de Molina de Aragón y de Santaver, adelantando sus fronteras junto al río Guadiela, afluente del Tajo. El rey cristiano Sancho Ramírez de Aragón puso sitio a la ciudad de Cuenca.

El rey toledano pidió ayuda, entonces, a Alfonso VI, con el que este ya no se consideraba comprometido como sí con sus predecesores. Llegó Alfonso a acuerdos con los príncipes moros enemigos tradicionales del toledano, firmando en 1078 un acuerdo con Motámid de Sevilla, otro con el de Zaragoza, y el de Badajoz será consciente de la débil posición de Yaya Alcádir. Este es el momento en que Alfonso decide asestar el primer golpe por el oeste, teniendo un éxito completo apoderándose de la ciudad de Coria en 1079. La conmoción que produjo esto frenó al rey de Badajoz, Motawakill, que llegó a solicitar ayuda a los almorávides norteafricanos.

Esta situación llevó a Alfonso a exigir nuevos tributos al rey de Toledo, al tiempo que acciones relámpago por tierras toledanas y luego por la comarca de Guadalajara, mientras de Yaya Alcádir temía levantamientos en su propio reino. Esto le llevó a pedir ayuda a Alfonso VI, mientras este daba largas a estos requerimientos al tiempo que exigía más tributos. La situación se hizo tan desesperada para Alcádir que huyó con su familia de Toledo, produciendo un vacío de poder que aprovechó el rey de Badajoz para entrar en dicha ciudad en 1080. Alfonso, entonces, se consideró árbitro de la situación, pues de nuevo era reclamado por Alcádir para que le ayudase (estaba refugiado en tierras conquenses).

Alfonso exigió, entonces, Toledo, comprometiéndose a entregar Valencia a Alcádir, para lo que debía conseguir que el rey de Zaragoza renunciase a sus aspiraciones sobre la ciudad mediterránea. En todo caso Alfonso se hizo con los castillos de Canturias[vi] y Zorita, vigilando Puente del Arzobispo, Calera y Rochas[vii] y Talavera de la Reina. Motawkill terminó por huir a Badajoz, mientras la división de los musulmanes de Toledo era cada vez más patente, viéndose algunos más partidarios de entregar la ciudad al rey cristiano. Aún intentó Alcádir continuar la resistencia aunque solo fuese para seguir disfrutando de la riqueza del poder, pero sabedor de las pocas simpatías que tenía en Toledo, por lo que llegó un momento en que comprendió que no era posible continuar la resistencia, máxima cuando ya se veían francos combatiendo al lado del rey Alfonso.

Las capitulaciones las ha explicado Menéndez Pidal[viii]: los moros toledanos salvaban sus vidas y haciendas, así como sus mujeres; tendrían libertad de permanecer o marcharse a otro lugar; se fijaba la misma cuantía que pagaban a sus señores y rey en lo tocante a tributos; conservarían para su culto y “por siempre” la mezquita mayor; entregarían las fortalezas, alcázar real y la Huerta del Rey, lugar residencial y sobre el que Alfonso VI tenía instalado el campamento; Yaya Alcádir tendría la posesión de las tierras de Valencia, a la que se dirigió tras una estancia previa en Santaver, gobernando cerca de siete años bajo la vigilancia del Cid y Alvar Fáñez…

[i] Primera Crónica General”.
[ii] Cronicón Silense.
[iii] “Rebus Hispaniae”, Ximénez de Rada
[iv] José Miranda Calvo, “La conquista de Toledo por Alfonso VI”. En esta obra se basa el presente resumen.
[v] “La Crónica General de España”.
[vi] Cerca de Belvís de la Jara, en el Tajo.
[vii] Hoy al oeste de la provincia de Toledo.
[viii] Crónica “Adefonsus Imperator”.

sábado, 19 de octubre de 2019

Los retratos de Jean Gossaert


Jan Gossaert han pretendido con los retratos que nos ha dejado, independientemente de la calidad de cada uno, estudios psicológicos según se trate el representado. Algunos sobre fondo oscuro, otros más luminosos, y no renuncia al colorido. Pintó para clientes ricos y en pequeño formato, con algunas variaciones. La mayoría de estos retratos son de hombres, algunos anónimos, pero otros reconocibles (Francisco de los Cobos y Molina, Floris van Egmond o Juan Carondelet). En otras ocasiones se trata de mujeres (María Magdalena (*) o Anna van Bergen). También pintó a los tres hijos (en una misma obra) de Cristian II de Dinamarca y a una pareja de viejos (ella tocada con un paño blanco).

A veces los personajes llevan algo en la mano, como el de la muchacha con un instrumento de astronomía, un hombre escribiendo que levanta los ojos hacia el espectador, otro con un guante, con un rosario, un monje… y la mujer que figura arriba, pintada entre 1520 y 1525. Se trata de un óleo sobre tabla de 36 por 34 cm. que se conserva en el Staatliche Museen de Berlín.

Gossaert nació en 1478 en Maubeuge (de ahí el nombre por el que también se le conoce, Mabuse) hoy en el extremo norte de Francia, aunque la cultura del pintor era flamenca. Murió en 1532, por lo que los retratos corresponden a la última parte de su vida (entre 1520 y 1530) salvo dos anteriores. Tiene una obra numerosa y variada, y estos retratos presentan también variaciones: en unos casos se ve un rico colorido, mientras que en otros el tono es más sobrio; los colores negro, rojo y blanco son los más empleados, pero también el dorado, y en algunos de ellos muestra un gusto especial por representar ricos ropajes con muchos detalles, prueba de que trabajaba para gente adinerada en no pocas ocasiones.

Francisco de los Cobos fue un noble español que trabajó para el rey Carlos I, mientras que Anna van Bergen era una noble para cuyo marido trabajó Gossaert, como para otros miembros de la alta sociedad de su época, siendo su patrón principal, quizá, Felipe de Borgoña. El rey Cristian II de Dinamarca, Noruega (aquí entre 1513 y 1523) y Suecia (1520-1521) le contrató para que retratase a tres de sus hijos, muy regordetes y pálidos en la obra de nuestro autor. Floris van Egmond fue conde de Buren y Leerdam entre otros títulos, y Jean Carondelet fue un clérigo borgoñón que sirvió como asesor al emperador Carlos V.

La obra de arriba, donde se muestra a una mujer relativamente joven, en tres cuartos, ricamente vestida, es una muestra intermedia de los retratos del pintor, ni demasiado lujo ni la pobreza mostrada, por ejemplo, en el caso del monje.
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(*) En dos ocasiones.

jueves, 17 de octubre de 2019

Repartirse la monarquía española

Mariana de Austria por
Claudio Coello

La última vez que los reyes de la casa de Austria (en el Imperio austriaco y en el español) intentaron una restauración de su colaboración, aunque con dificultades y carencias, fue durante la regencia de Mariana de Austria (la minoridad de Carlos II).

Desde 1569 Polonia formaba parte, junto con Lituania, una Manconumidad que comprendía vastos territorios en Europa del este, hoy bajo soberanía de estados distintos. Al norte los territorios de la Mancomunidad limitaban con el golfo de Riga, a donde se asomaban territorios suecos; por el oeste llegaba a Poznan; por el sur a Breslov[i] y, por el este hasta Smolensko[ii] y Poltava[iii]. Por el oeste la Mancomunidad limitaba con Brandemburgo y con el Imperio austríaco, por el sur con el turco y por el este con el ruso. Dentro de la Mancomunidad había territorios gobernados directamente por la monarquía polaco-lituana y feudos con un diverso grado de autonomía, pero esto en el momento de su mayor extensión (1619), porque luego siguieron pérdidas territoriales, sobre todo en el este. Se trataba, además, de un estado aristocrático donde los reyes estaban mediatizados por los grupos dirigentes de la sociedad.

Durante el corto período de cuatro años[iv], el rey polaco-lituano, Miguel I,  tuvo que hacer frente al ejército turco, además de a otros conflictos en el avispero que era Europa, donde las ambiciones del rey francés Luis XIV estaban en alza. Al frente del Imperio de los Habsburgo estaba Leopoldo I, rey de Hungría a partir de 1655 y de Bohemia desde el año siguiente, que se debatió en restar el poderío de Francia (en realidad tenía un parentesco cercano con el rey Luis XIV) y la amenaza turca en el sudeste de Europa. De hecho, la Triple Alianza[v] formada a principios de 1688 en La Haya, entre Suecia, las Provincias Unidas e Inglaterra, pretendió frenar las aspiraciones francesas, alianza que no tuvo que intervenir militarmente porque su sola existencia disuadió a Luis XIV por el momento.

En el puzle europeo jugó también un papel la monarquía española de Mariana de Austria, llegando a un acuerdo con Francia que puso fin a la llamada guerra de Devolución (1667-1668), favorable a esta desde la invasión francesa de los Países Bajos españoles, aunque por un tratado firmado en Aquisgrán[vi] se devolvió a la monarquía española el Franco Condado[vii], Cambrai y otras plazas a cambio de Charleroi, Tournai y Lille entre otras posesiones. La corte de Mariana de Austria mantuvo también relaciones diplomáticas con Hungría y el Imperio Otomano.

Quien llevó a cabo las relaciones diplomáticas en nombre de la monarquía española fue el tan denostado Everardo Nithard, valido de la regencia, que quiso sacar a España del aislamiento en que había vivido hasta ese momento, toda vez que en solitario, le sería imposible vencer las ofensivas de Luis XIV, sobre todo en los Países Bajos, donde se concentraban gran parte de las tensiones de Europa occidental, dice Miguel Conde Pazos.

Apartado Nithard, el Consejo de Estado reforzó su papel en la diplomacia y a él correspondió las relaciones de la monarquía española con el resto de los países: España empezó a participar entonces en las sucesivas alianzas que se fueron formando y definió el grado de compromiso con el Imperio austríaco. Se trataba de buscar un equilibrio europeo que, si se dio alguna vez, no es sino tras la guerra de sucesión a la corona de España en 1713. Según Miguel Conde Pazos[viii], los resultados de la política de la reina fueron notables, al lograrse el aislamiento de Francia (en el contexto de la guerra franco-holandesa (1672-1678)[ix] gracias a una serie de alianzas en las que el papel de España fue determinante, aunque desde 1673 obligaron a una reformulación de la política exterior.

Dos fueron los puntos donde la diplomacia española centró más su atención a partir de 1670, tras la firma del tratado de Dover, firmado entre Francia e Inglaterra por el que esta debía ayudar a Francia a conquistar las Provincias Unidas. España, por su parte hizo un acercamiento a Holanda (que ha sido estudiado por Manuel Herrero) y al Imperio austríaco, con el cual habían existido diferencias. Este último alcanzó mucha importancia en las relaciones exteriores españolas en los siguientes años: el emperador Leopoldo, hermano de la reina española, seguía siendo un apoyo indispensable para mantener Flandes y los territorios italianos, pues en ambos escenarios luchaban, en el ejército español, soldados alemanes, además de por la influencia que el emperador ejercía sobre el resto de los príncipes. No obstante, Leopoldo jugaba a varias cartas, pues mantuvo acuerdos secretos con Francia.

Buena parte de la reconstrucción de la influencia española en Viena se debe a la labor de Pablo Spínola Doria, marqués de los Balbases[x], de origen italiano. El acuerdo al que habían llegado el rey francés y el emperador austríaco, para repartirse[xi] las posesiones del rey español, Carlos II, a su muerte (1668), no tenía nada que ver con una supuesta colaboración entre las dos ramas de la familia Habsburgo. Dicho acuerdo significaba, en toda regla, la desaparición de la monarquía española. Los españoles de a pie, mientras tanto, y muy a su pesar, seguían enviando subsidios para las empresas del emperador austríaco, mientras que España tenía aún sin solucionar la independencia de Portugal, que ya era un hecho, pero reconocida por España no antes de 1668.

Este no sería el único intento de repartirse las posesiones españolas entre las potencias, aunque resulta algo quimérico teniendo en cuenta que Inglaterra, en virtud de un teórico equilibrio, y más bien el intento de reducir la influencia de Francia, no lo permitiría, no faltándole aliados para ello. Y aquí entra el papel del marqués de los Balbases, que se esforzó en que la monarquía española recuperase su influencia en la corte de Viena. Spínola fue nombrado embajador y empleó a su importante red de amistades para llevar a cabo su misión. Él fue el encargado de establecer un nuevo marco de entendimiento entre las dos ramas de la dinastía, encauzando la política de Viena en un sentido contrario a Francia (se había producido el cambio del emperador Fernando III por Leopoldo). Para ello –dice Miguel Conde- estructuró unos espacios cortesanos propios, así como nuevos vínculos de carácter político y cultural.

No se trató de una labor sencilla. En 1671 Leopoldo volvió a firmar un acuerdo neutralidad con Luis XIV, dejando Holanda a expensa de la agresión francesa. Tampoco fue fácil lograr la salida de Gremonville, autor del primer reparto, uno de los objetivos de Spínola solo llegar a Viena, pero en 1673 sus esfuerzos empezaron a dar frutos, firmándose un acuerdo con los holandeses; a este le siguió la salida de Gremonville de la corte vienesa y, poco después, la caída en desgracia de Wenzel von Lobkowitz, que ya venía de conocer la historia europea desde la guerra de los treinta años. Había sido consejero de Fernando III de Austria y luego de Leopoldo I. Así Spínola consiguió salvar a la monarquía española, si es que alguna vez estuvo en peligro en los términos del acuerdo franco-vienés. Es muy probable que el nombramiento de Spínola por parte de la regente Mariana de Austria se explique por la influencia, mediante sus amistades, que aquel tenía en la corte de Viena.


[i] Hoy en Ucrania.
[ii] Hoy en Rusia.
[iii] Hoy en Ucrania.
[iv] 1669-1673.
[v] Impuso pesados subsidios a la monarquía española
[vi] Impuesta por la Triple Alianza.
[vii] Entre Suiza y Borgoña.
[viii] “Miguel I de Polonia…”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[ix] Participaron también Inglaterra y los obispados de Münster y Colonia.
[x] Los Balbases es una localidad del oeste de la actual provincia de Burgos.
[xi] Cambrai, el ducado de Luxemburgo o el Franco Condado, Douai, Aire, Saint.Omer, Bergues y Furnes, Pasíes Bajos, Filipinas, Navarra, Rosas, las plazas de Norte de África, Nápoles y Sicilia, etc.  pasarían a Francia. Para el emperador se destinaban los reinos de España (menos Navarra), las Indias, Milán, Finale, los puertos de Longón, Porto Ercole, Orbetello (presidios de Toscana) y las posesiones del mar de Liguria, Cerdeña, Baleares y Canarias.



lunes, 14 de octubre de 2019

Obispos, emires e impuestos

Paisaje de los Pedroches (Córdoba)

Durante el gobierno de los Omeya en al-Andalus, los cristianos en dicho territorio conservaron algunas de las instituciones que tenían desde el período visigodo[i] y dichas instituciones representaron a la población cristiana ante el poder musulmán. Esto es importante porque los cristianos en al-Andalus fueron muchos, siendo los obispos los que más claramente colaboraron con las autoridades musulmanas.

Dichos obispos estaban en condiciones de controlar el territorio y, aunque la red eclesiástica evolucionó a lo largo del período omeya, gran parte de las sedes episcopales visigodas continuaron activas, siendo Córdoba el centro de la organización eclesiástica cristiana. Hubo, en cambio, una parte del territorio de al-Andalus donde se produjo una desestructuración, siendo esto más patente a medida que nos alejamos de aquella ciudad.

El autor citado se centra en los casos de Eliberri y Urci[ii], teniendo en cuenta que los grupos dominantes visigodos pactaron, en muchos casos, con los invasores musulmanes, seguir gozando de sus privilegios, practicando su religión y otros asuntos, a cambio de comprometerse a pagar los tributos que se les impusiesen por parte de los musulmanes. Entonces, los dominados se convertían en “dimmíes”, cristianos o judíos que eran “protegidos”. En los últimos años –dice Martínez de Marigorta- se han encontrado muchos precintos de plomo que en una de sus caras va acuñada la frase “pacto de paz”.

El método de conquista árabe consistió en que el ejército siguiese los itinerarios que pasaban por las ciudades del reino visigodo; una vez tomada una ciudad, la nueva administración andalusí instalaba en ella un gobernador con su guarnición militar, encargándose del cobro de tributos por medio del obispo si dicha ciudad contaba con él. Esto explica el manteniendo de la mayor parte de las sedes episcopales, mientras que los prelados lograban una mayor suma de recursos.

El obispo de Eliberri pactó con los invasores, habiendo sido dicha ciudad una importante “civitas” y, hasta bien avanzado el siglo X, sabemos que siguió activa. El litoral del sudeste peninsular, sin embargo, no siguió la misma suerte, pues no estuvo entre los itinerarios de la conquista árabe. Urci no contó con ceca en época visigoda, y de hecho no la mencionan los cronistas árabes entre las ciudades tomadas.

Pero la colaboración entre gobernadores musulmanes y obispos quizá no dio el resultado esperado por aquellos. La mayoría de los terratenientes visigodos continuaron con sus posesiones en tanto que la autoridad andalusí cambió de estrategia a partir de 743, consistente en el encargo a las tropas sirias el cobro de los impuestos, de forma que acapararon un tercio de los bienes de los cristianos. Y es curioso que a partir de la fecha citada los autores árabes no vuelvan a hablar de Eliberri como ciudad, al contrario, al hablar de las personas con responsabilidades, estas se sitúa en el campo. El autor habla de descentralización administrativa, algo que se tornará en centralización, a favor de Córdoba, más tarde.

A partir de 743 el sur de al-Andalus fue más estrechamente controlado desde Córdoba, donde vivía un conde al que se le encargaron las funciones que antes realizaban los obispos en materia tributaria. Este sistema ya estaba implantado cuando se habla de emirato al frente del cual está ‘Abd al-Rahmân I (756-788), siendo este el que eligió a sus sucesivos condes, el primero Artubâs[iii], un noble visigodo que se había aliado con los árabes en la conquista, gracias a lo cual conservó sus muchas propiedades rurales. Al parecer había sido este Arubâs el que aconsejó que se encargase a las tropas sirias el cobro de los tributos en las zonas rurales.

Otro conde fue Rabî’ b. Tudulf, que por aumentar la presión tributaria provocó una revuelta en el arrabal de Córdoba (818). El emir, entonces, decidió ejecutarlo, pero la población de la cora de Ilbîra, quejosa también por el mismo motivo, envió a sus representantes a Córdoba y el emir, que pretendía continuar con la misma política tributaria, reprimió militarmente a la delegación de Ilbîra. El autor al que sigo dice que esta cora contribuía con más de 109.000 dinares al año, siendo la segunda después de Córdoba (120.000).

Tras la conquista árabe cesó la celebración de concilios en el siglo VIII, y hay que esperar a la siguiente centuria para constatar cuatro sínodos, en 839 y 862 en Córdoba, ya no en Toledo, en los que participaron mayoritariamente obispos del sur de al-Andalus (Sevilla, Medina Sidonia, Écija, Málaga, Cabra, Córdoba, Eliberri, Urci, Guadix, Baza, Baeza y Elche), y de más lejos solo los de Toledo y Mérida. Con ‘Abd al-Rahmân II (822-852) vemos un creciente número de cristianos que desempeñaban funciones administrativas o diplomáticas en Córdoba. Es ahora cuando se produce la centralización de la que antes hablábamos y de nuevo la importancia del papel fiscal de los obispos, existiendo fuentes que hablan de Ostegesis, obispo de Málaga, que habría obtenido el cargo gracias a la simonía, desempeñando sus tareas fiscales en estrecha colaboración con el conde de Córdoba de aquella época, Servando, quien estaba casado con una prima de Ostegesis.

Lo que está claro es que esta colaboración de cristianos con la administración cordobesa les fue transformando en minoría arabizada, siendo Córdoba la ciudad donde más rápidamente se dio este fenómeno, y esto es lo que llevó a la protesta de algunos, que veían el triunfo de la cultura musulmana sobre la cristiana; es la época de los martirios voluntarios[iv] que se llevaron a cabo en Córdoba entre 851 y 859, movimiento que fue protagonizado por miembros de la aristocracia indígena estrechamente vinculada a los monasterios de la región cordobesa. Las familias de estos aristócratas tenían un origen visigodo y continuaron siendo grandes terratenientes, peros sus ingresos estaban menguando por dos motivos principales: la centralización fiscal supuso un control más eficaz de la administración omeya sobre el campo, y gran parte de los nuevos habitantes de Córdoba serían campesinos procedentes de la zona rural de la cora cordobesa.

La importancia de los monasterios en el movimiento de los mártires voluntarios estuvo motivada por su gran distancia geográfica y simbólica respecto del modelo árabe-musulmán. La mayoría de los monasterios se encontraban en áreas montañosas, habiendo sido construidos por familias aristocráticas dentro de sus tierras, de modo que estos dueños trataban de mantenerlos fuera del control del episcopado, el cual estuvo en contra del martirio voluntario.



[i] Eneko López Martínez de Marigorta, en cuyo trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Eliberri era una “civitas” donde existía obispo desde época anterior, encontrándose en el Albaicín granadino. Urci se encontraba al sur de Alba (Almería), muy cercana a Pechina, según el “Itinerario de Antonino”. Otros consideran que Urci se encontraba en la costa, entre Villaricos (Cuevas de Almanzora, Almería) y Águilas (Murcia).
[iii] En ese momento el emir requisó sus propiedades.
[iv] Entre el medio centenar de mártires, 31 eran de Córdoba y 13 del sur de al-Andalus, la zona andalusí dividida en coras donde la centralización se había llevado a cabo. El clérigo Eulogio expuso el peligro para la cultura cristiana que representaba la arabización de los cristianos, siendo ejecutado en 859.

sábado, 12 de octubre de 2019

La construcción de un monasterio

https://www.monestirs.cat/monst/annex/espa/calleo/zamora/cmoreruela.htm

La adquisición del monasterio de Moreruela (Zamora) por la Junta de Castilla y León, ha detenido el agónico deterioro anterior, señala S. Prieto Morillo en un trabajo sobre la gliptografía en el mismo. Así se han descubierto marcas de las logias de canteros que no eran conocidas hasta ese momento, aunque existe una falta de acuerdo entre los investigadores sobre el devenir histórico del monasterio.

En los años sesenta y setenta pasados se realizaron labores de restauración y, posteriormente, se emplearon medios informáticos para el estudio del monasterio. Parece que los primeros monjes que se asentaron en Moreruela lo hicieron en el siglo IX, pero entonces se debieron hospedar en pequeñas construcciones[i] que solo tenían de monasterio la vida espiritual y de comunidad que hacían. Hubo que esperar al siglo XII para que se levantara la fábrica que nos ha quedado, hoy en ruinas, pero suficiente para ver el prototipo de un monasterio cisterciense, con una iglesia de tres naves, girola y capillas radiales, el claustro orientado al norte y la fachada al oeste. Alrededor del claustro se encontraban las demás dependencias del cenobio, así como una estructura alargada en dirección este y otra de planta cuadrada en dirección oeste.

En la primera mitad del siglo XII los monjes recibieron del rey castellano Alfonso VII el lugar denominado Moreruela de Frades, por medio de Ponce de Cabrera, ricohombre y ascendiente de la poderosa familia de los Ponce de León. A partir de este momento es cuando los monjes decidieron afiliarse al císter e iniciaron una importante expansión económica, no obstante el endeudamiento que las abadías de la época sufrirían, según Prieto Morillo, por empeñarse en construcciones muy ambiciosas.

Lo primero que destaca en los monasterios del císter es la ausencia de figuras escultóricas, pues nacieron como respuesta al esplendor que caracterizaba a los cluniacenses. La concesión de bienes y la exención de obligaciones, las donaciones de particulares y de señores permitieron la construcción del monasterio con el esplendor que aún hoy se aprecia.

Los monjes tuvieron entonces autosuficiencia económica arrendando predios en régimen de explotación señorial y ejerciendo derechos jurisdiccionales, que por ambos medios percibían rentas. Pudo así incrementarse su patrimonio gracias a la ganadería y a la minería, además de al cultivo de la vid, trabajada por conversos al menos durante la etapa inicial del monasterio del siglo XII.

Lo primero fue construir la iglesia empezando por la cabecera, es decir, por la girola y el presbiterio, para que fuese posible oficiar cuanto antes en ella. Está documentado el trabajo de asalariados, sobre todo para aquellas funciones de mayor especialización. Antes hubo que preparar el suelo y cimentar los edificios, lo que se hizo en los primeros años de la segunda mitad del siglo XII; en las hiladas inferiores del muro exterior de una de las capillas de la girola hay una inscripción donde se puede leer el año MCC, que corresponde al 1162 de la era cristiana.

La disposición de la cabecera –dice nuestro autor- recuerda a los monasterios de Veruela, Fitero, Poblet y Gradefes, así como a algunas iglesias de Borgoña de la misma época. Las logias de canteros que trabajaron en la elaboración de los sillares, así como en la construcción de la iglesia y demás dependencia monásticas, dejaron sus marcas, de una variedad y originalidad extraordinarias.

Algunas de las marcas son espiriformes, pero también las hay muy sencillas: una línea horizontal, otra ondulada, línea horizontal con pequeños ángulos en los extremos, cruz con uno de los trazos inclinado, una línea quebrada, otras en forma de V, dos triángulos unidos por un ángulo respectivo, flechas, círculos con símbolos inscritos (en ocasiones cruces, estrellas, lunas), signos en forma de F o de E invertida, otros en forma de A, de P, de p invertida, en forma de llave… A medida que avanzaba la edificación, los signos son más abundantes, como es lógico, condensándose tanto en los muros exteriores como en el interior. La mayor frecuencia y variedad de signos va menguando a partir del transepto, y un signo cuya interpretación está por hacerse es el denominado “pentalfa”, en forma de estrella con cinco puntas, signo que se ha internacionalizado, como demostró el autor al que sigo en su estudio sobre San Martín de Castañeda.

La existencia de varios signos en el mismo sillar es escasa, y cuando se da puede deberse a sillares desechados y retallados en los que no ha desaparecido la marca primigenia. Un signo muy característico es el de forma de sombrerillo, y otro que presenta cuatro marcas idénticas en disposición cruciforme, en los sillares localizados en las hiladas inmediatas al lado izquierdo del rosetón de la portada meridional, apareciendo con cierta profusión en la girola…

viernes, 11 de octubre de 2019

"Esta es la historia de nuestra codicia pequeñita..."


Así se expresa Gaya Nuño en su obra “La pintura española fuera de España”, publicada en 1958[i]. En 1911 el cabildo de la catedral de Zamora vendió a un anticuario unas arquetas, entre ellas un bote de marfil de época califal, valorado en 52.000 pesetas. Enterado Gómez Moreno, que años antes había descubierto dicho bote en el relicario de la catedral, lo comunicó al diputado nacional Guillermo de Osma, ante el temor de que la pieza saliera de España. El asunto llegó a debatirse en las Cortes con la intervención del presidente del Gobierno, José Canalejas, y generó una polémica sobre la propiedad del patrimonio artístico de la Iglesia, de la que se hicieron eco los diarios nacionales. Finalmente, el Estado intervino y compró la pieza, que quedó depositada en el Museo Arqueológico Nacional.

El llamado Bote de Zamora parece que lo labró un joyero al servicio del califa al-Hakán II en la segunda mitad del siglo X (964). A pesar de ignorarse su existencia desde hacía tiempo, todas las arquetas árabes de la catedral de Zamora se encontraban registradas en 1367, formando parte del tesoro de la catedral. Ya en el siglo XX el Bote fue llevado a una exposición que se celebró en Santiago de Compostela. El epígrafe que tiene en caracteres árabes dice: Bendición de Dios para el Imán ‘Abd Allah al-Hakin al Mustansir billah. Príncipe de los creyentes. Esto es lo que ordenó se le hiciera…”.

El descubrimiento del Bote –siguen los autores citados- se produjo durante una de las visitas (1903-1904) que Gómez-Moreno y su esposa realizaron a la provincia de Zamora para la redacción del Catálogo Monumental de la misma. Esta idea de un catálogo que abarcase todas las obras de arte de España está muy relacionada con el espíritu regeneracionista de la época, siendo el mentor de la obra Juan Facundo Riaño[ii], algo sin precedentes en Europa.

La dilapidación de buena parte del patrimonio histórico y artístico de la Iglesia venía de lejos, desde la cabecera de los obispados hasta los rincones más apartados, lo que en algunas ocasiones motivó protestas de los feligreses. En el mismo año en que se vendieron las arquetas que contenían el Bote y otros objetos, tuvo lugar en Villafáfila una manifestación de protesta protagonizada en su mayoría por mujeres y niños, en la que tuvo que intervenir la Guardia Civil, por las sospechas de que el cura había vendido a un anticuario una efigie de Jesús Nazareno. En 1904 se vendieron dos cuadros de El Greco por los canónigos de la catedral de Valladolid (hoy se encuentran en la “Frick Collection” de Nueva York y en el “Museo of Fine Arts” de Montreal). Martín Benito y Regueras Grande siguen diciendo que durante los años sesenta y setenta del siglo XX se llevó a cabo un gran expolio eclesiástico en España.

No serían los únicos objetos que el cabildo zamorano vendería a coleccionistas, lo que contó con la autorización del Nuncio Apostólico, con la excusa de que “la fábrica de la iglesia se halla bien necesitada de recursos”. El dinero obtenido, sin embargo, se invirtió en obligaciones de la sociedad hidroeléctrica “El Porvenir de Zamora”, aunque parte del cabildo no estuvo de acuerdo en esto.

Y entonces intervino del Ministro de Instrucción Pública, mientras que el obispo Luis Felipe Ortiz y Gutiérrez[iii], que ha sido considerado un hombre culto, pedía se pidiese autorización al papa. En 1926, no obstante, las arquetas que no habían sido vendidas en 1911, fueron a parar al coleccionista Pedro Castillo Olivares sin formalidad legal alguna (así comenta este asunto Gómez-Moreno en su Catálogo).

Cuando el asunto llegó a las Cortes las relaciones entre el Estado y la Iglesia estaban en un momento crítico (gobierno de Canalejas y Ley "del Candado”). De 1910 a 1914 tuvieron lugar por primera vez en España varias sesiones de Cortes a propósito de la venta de la “Epifanía” de Monforte, cuyo autor es Hugo van der Goes, al káiser Guillermo II. La suerte del cuadro llegó a apasionar de tal forma a la opinión pública que el asunto pasó desde la Cámara baja al terreno de la prensa y al Ateneo madrileño.

Cuando los escolapios de Monforte de Lemos, vendida la pintura, se preparaban para exportar la tabla en 1910, el nombramiento de Julio Burrell[iv] como Ministro de Instrucción Pública, supuso la incautación gubernativa del cuadro, desde entonces vigilado por la Guardia Civil. Un acto insólito, recordó Gaya Nuño. Entonces, G. J. de Osma, diputado por Monforte entre 1891 y 1919, mantuvo una posición tibia en el caso de las pinturas, cuando había sido reivindicativo en el del Bote de Zamora.

Dicen Martín Benito y Regueras Grande que, cuando con motivo de la IX edición de “Las Edades del Hombre”, se exhibió el Bote, la mayoría de los visitantes desconocían las vicisitudes del mismo, así como que era el primer episodio (conocido) de un rosario de ventas eclesiásticas que salpican todo el siglo XX. El caso es extensivo a toda España desde las andanzas de Guerra Junqueiro[v], los tapices de Tideo (héroe de la mitología griega desterrado a Calidón[vi]) hasta el expolio detectado en 1996 de casi quinientos volúmenes, entre ellos diez incunables, del fondo antiguo de la Biblioteca del Archivo diocesano (solo recuperados menos de la mitad).

El siglo XIX –dicen Martín Benito y Regueiras Grande- marcó la época de los grandes descubrimientos patrimoniales nacionales e internacionales; por ejemplo, la entrega por Fernando VII de 165 pinturas recuperadas en la batalla de Vitoria (1813) al duque de Wellington, que dio ocasión a una gran expatriación patrimonial que no ha cesado. Más tarde, el rey francés Luis Felipe de Orleáns envió a España una comisión que realizó una compra masiva de cuadros, constituyendo estos la Galería Española de Luis Felipe, instalada en el Louvre entre 1838 y 1848, que se convirtió en un revulsivo naturalista, antesala del impresionismo y clave en la evolución del arte moderno[vii].

Durante la desamortización de Mendizábal tuvo lugar la primera interpelación parlamentaria con la protesta del diputado de Cádiz  y el propio Mendizábal por la venta de los “zurbaranes” de la Cartuja de Jerez, sin éxito.

La importancia del Bote de Zamora radica en su componente oriental (aparte el mérito artístico), que tiene muchos ejemplos de arte eborario, muy propio de la corte de los Omeyas. …De nuestra dejadez y de nuestro despilfarro”, termina la frase del título que debemos a Gaya Nuño.



[i] Esta cita aparece en un artículo de J. I. Martín Benito y F. Regueras Grande, que es la fuente para este resumen.
[ii] Granadino, vivió entre 1829 y 1901; historiador, realizó estudios de árabe. Fue senador entre 1886 y 1900.
[iii] Poseyó una nutrida biblioteca que hoy forma parte de la Diocesana de Zamora. Era políglota y mantuvo contacto con intelectuales de la época, entre ellos Menéndez Pelayo y José María de Pereda (véase http://dbe.rah.es/biografias/34071/luis-felipe-ortiz-y-gutierrez).
[iv] Liberal y periodista.
[v] Diputado, periodista y poeta portugués y republicano. La colección que lleva su nombre se conserva en su Casa Museo de Oporto y el “Museu Nacional de Arte Antiga” de Lisboa. El término “elginismo” deriva del británico lord Elgin, que se llevó ilegalmente los mármoles del Partenón de Atenas a Londres a principios del siglo XIX
[vi] Ver aquí mismo “El jabalí de Calidón”.
[vii] Se ha valorado el papel de los pintores españoles en la revolución antiacadémica del siglo XIX.