domingo, 21 de abril de 2019

Miranda y Somiedo en la Edad Media

Valle del Pigüeña
 (http://www.asturiasenimagenes.com/full_fotast_098.htm

Belmonte de Miranda y Somiedo son dos municipios del interior occidental de Asturias con un relieve montañoso, sobre todo en Somiedo; valles, praderías e, históricamente, un predominio de la ganadería sobre la agricultura. Tierras aisladas, han estado dominadas durante siglos por una aristocracia temprana y la Iglesia monacal, además de la mitra de Oviedo.

La historiadora Margarita Fernández Mier[i] ha estudiado la documentación que se encuentra en el monasterio de Belmonte y en la catedral ovetense, fundamentalmente, para darnos información de las gentes, trabajos, herencias, compras, etc. en lejanos siglos.  Los grandes propietarios –dice la autora citada- en los siglos X-XI eran en primer lugar la monarquía y en segundo lugar la aristocracia y los monasterios. En 1032 el rey Bermudo III tenía propiedades patrimoniales venidas por herencia (aunque con las irregularidades que en la época se podían hacer) particularmente la “villa” de Lapedo, que comprendía, a grandes rasgos, la actual parroquia de Belmonte y los pueblos de Belmonte, Cezana, Faidellu, Dolia, Miruxa, Courias (Corias) y Freisnéu, situados a ambas orillas del río Pigüeña.

Otros grandes propietarios eran los condes Pelagio e Ildoncia, Jimena Peláez, María Peláez, Ildoncia Ordóñez, los condes Fernando y Enderquita, Petrus Adefonsi (sobre el que volveremos luego), el rey Alfonso VII, doña Sancha, el rey Fernando II, Alfonso X (reyes de los siglos XII y XIII) y Fernando Analso. Estos son ejemplos de una importante propiedad patrimonial ligada a la monarquía astur-leonesa en el solar de Lapedo ya en el siglo X, y de una aristocracia en fase de ascenso.

La “villa” de Lapedo pasó en 1032 del rey Bermudo III a los condes Pelagio Froilaz e Indoncia Ordóñez por medio de una permuta, nietos estos últimos de la reina Velasquita[ii], de la que Bermudo había heredado la “villa”. Es decir, la propiedad no sale de la familia, y en 1096 Ildoncia dona a la catedral de Oviedo el monasterio de Arbichales. Dos de sus hijos, además, donan a la catedral diversas heredades en ocho localidades, y otras en tres localidades de Miranda.

Pelagio e Ildoncia (condes) fundaron dentro de la “villa” de Lapedo una iglesia propia y, en el siglo XII, Petrus Adefonsi, descendiente de los condes fundadores, reagrupó la propiedad que se había disgregado en generaciones anteriores. En 1141 recibió las partes que tenía en Lapedo su hermano Gundisalvus, de forma que vuelve el patrimonio a la misma familia, mientras que el monasterio de Lapedo (en Belmonte) consolida sus propiedades, ya que en 1151 Petrus Adefonsi y María Froilaz les donan las heredades que poseían en cuatro localidades, y en 1157 todas las demás de su propiedad.

Otra rama de esta misma familia es la que agrupa la “villa” de Curniana y funda el monasterio de San Salvador. A la muerte de la infanta Cristina, hija de la reina Velasquita, igual que ocurrió con Lapedo, dicho bien se dividió y fue reunido de nuevo por una nieta suya. Todo lo anterior tiene lugar en torno a los ríos Narcea y Pigüeña, base sobre la que se fundan dos importantes cenobios.

Otra familia importante en el siglo XI son los condes Fernando y Enderquita, que poseen dos iglesias propias, donándolas en 1098 a un presbítero. Las grandes propiedades anteriores a 1150 son herencias, mientras que a partir de este año se suceden las donaciones otorgadas por los reyes Alfonso VII, Fernando II y Alfonso X, pero lo que se enajena es la propiedad jurisdiccional, no la efectiva. 

Otro propietario que aparece en el siglo XIII es Fernando Analso, que donó al monasterio (¿de Arbichales, San Salvador, Lapedo?) las propiedades que tenía en Grado a cambio del préstamo de Auviñana. Parece que sus bienes radicaban en el municipio actual de Grado, intentando hacerse con patrimonio en Miranda, lo que logrará en 1277 tras obtener la encomienda del monasterio de Belmonte, usurpando de este modo las prerrogativas jurisdiccionales del mismo.

En 1164 un tal Fernando Vermuti aparece donando al monasterio de Corias heredades en dos localidades, pero no es probable que sea al mismo que consigue la encomienda de Belmonte. Los bienes donados son siempre “villas” completas o mitades, pero también pequeños monasterios que pasan a engrosar el patrimonio del de Belmonte. De todas formas, el mayor propietario eclesiástico de la zona es el monasterio de Lapedo, que hasta mediados del siglo XII solo recibe propiedades de sus fundadores (Pelagio e Ildoncia) y de sus refundadores (Petrus Adefonsi y María Froilaz): primero se anexiona al monasterio la “villa” de Lapedo (s. XI) y posteriormente todo el patrimonio de Petrus Adefonsi (s. XII). Los pequeños propietarios no jugaron un papel relevante en la cesión de patrimonio hasta mediados del siglo XII.

También fue gran propietaria la mitra de Oviedo, que adquiere a fines del siglo XI algunas propiedades en las vegas del río Pigüeña, pero también es dueña de muchas otras heredades obtenidas por donaciones entre los siglos IX y XI. El obispo Pelayo[iii] parece que tuvo mucho interés en las vegas de Miranda  y algunos lugares de Somiedo, con ricos pastos para alimentar a una importante cabaña ganadera.

Otra gran propiedad eclesiástica es la del monasterio de Gúa, que puede haber sido fundado a mediados del siglo XII en Santibáñez (entre La Robla y León) y trasladado a fines de dicho siglo a Gúa, al sur de La Pola de Somiedo. Su patrimonio se constituyó a partir de las donaciones reales de Alfonso VII y Fernando II, las de este amplios lugares a ambos lados de la cordillera Cantábrica, pero son pocas las donaciones que recibe de pequeños propietarios. Por su parte, una hija de la citada reina Velasquita fundó el monasterio de Curniana, a orillas del Narcea.

En cuanto a los pequeños propietarios que donan sus propiedades, lo más abundante son heredades y “villas” a favor de la mitra de Oviedo y de una Elvira Velázquez, pero otros traspasan sus heredades al monasterio de Belmonte a cambio de bueyes, maravedíes, modios y eminas[iv], yeguas, novillas, un ariete, cerdos, modios de pan, comida y vestido, sólidos[v], escanda, vacas, nocedos (¿), caballos, áureos, zapatos, sueldos, gargallas (¿), ovejas, cabras, sepulturas, heredades, casas, cilleros, juguerías[vi], foros y árboles; entre 1144 y 1290, según el estudio de Fernández Mier.

Estos pequeños propietarios aparecen tardíamente en Belmonte, salvo algunos que donan sus bienes a la mitra de Oviedo antes de mediados del siglo XII, pero lo cierto es que “la tónica general [es] la enajenación de sus bienes en beneficio del poder eclesiástico”. Los que traspasan sus propiedades lo hacen por precios muy desiguales y, en ocasiones, a cambio de comida y vestido, lo que demuestra su pobreza.


[i] “Economía y sociedad en Miranda y Somieu en los siglos X-XIII”.
[ii] Fue esposa de Bermudo II y falleció en torno a 1035.
[iii] Primer tercio del s. XI.
[iv] Son las dos medidas para áridos.
[v] Tipo de moneda. Y otras monedas son los áureos y los sueldos.
[vi] ¿Dónde se hacen jugos de frutas?

sábado, 20 de abril de 2019

Cartagena y el antiguo reino de Murcia

Plano de Cartagena en el siglo XIII
http://www.aforca.org/img/cuerpo/cartagena_sxiii_790x561_50.jpg

Ángel Luis Molina es el autor de un trabajo sobre el reino de Murcia desde el siglo XIII, cuando pasa a manos cristianas tras siglos de dominio musulmán. Ha recopilado una serie de estudios, además de los propios, de otros historiadores[i]. Durante la baja Edad Media el reino de Murcia estuvo en una permanente inseguridad debido a una triple amenaza: la piratería y el corso en el Mediterráneo, las hostilidades con el reino de Granada y con la Corona de Aragón. Esto repercutió en la población, que tendió a abandonar la costa y a instalarse en el interior e incluso en otras regiones de la Corona de Castilla.

La costa murciana de aquella época tenía una longitud aproximada de 170 km., pues comprendía parte de la actual provincia de Alicante, con el puerto de esta ciudad, el segundo en importancia después de Cartagena. El rey Alfonso X de Castilla tuvo dos proyectos para el litoral murciano: ser base de la política africana y los contactos con las repúblicas italianas. No descuidó el rey sus aspiraciones a la coronación imperial, que como es sabido terminaron “en un rotundo fracaso”, en expresión de Molina; al mismo tiempo dichas aspiraciones fueron ruinosas para la población de Murcia.

A partir, pues, de los puertos de Cartagena y Alicante, se inaugura la política marinera en el Mediterráneo por parte de Castilla, cuyos precedentes son la proyección africana en época de Fernando III, que quiso llevar las hostilidades contra los musulmanes norteafricanos. Los medios que se pusieron para ello aumentaron notablemente con Alfonso X, y así se producen las expediciones de Tagunt y Salé (este último al norte de la actual Rabat). Se inician así una serie de franquicias y exenciones a favor de los propietarios de las naves, y la concesión a Cartagena del fuero de Córboda (1246), mientras que Alicante recibiría los mismos privilegios a favor de sus armadores[ii]. El resto consistió en favoreceré el corso, lo que practicaban todos los reinos costeros, y así propiciar el nacimiento de una burguesía mercantil.

El rey Alfonso estuvo en Murcia varias veces, una de ellas en 1257, cuando su ejército conquistó el castillo de Tagunt, que le animó a proseguir en su política militar y comercial. En 1271 vuelve el rey a estar en Murcia, disponiendo para el reino “un verdadero estatuto comercial” donde se contemplan las diversas formas de comercio y ocupando Cartagena el primer puesto en el proyecto, pues será sede maestral de una nueva orden militar marinera, la de Santa María de España (nombre interesante porque parece concebirse ya a Castilla como centro del futuro estado con ese nombre). Una diversidad de problemas tuvieron el rey y la orden militar que atajar, inspirándose en la labor que los calatravos y santiaguistas habían desarrollado en la conquista de Andalucía y Murcia, pero la de España tendría un carácter exclusivamente marinero aunque por poco tiempo. Sus cuatro conventos principales fueron Cartagena, San Sebastián, A Coruña y Santa María del Puerto.

La orden de Santa María de España[iii] participó en la campaña contra Algeciras (1278-1279) que acabó en estrepitoso desastre para aquella, lo que supuso el abandono por parte del rey Alfonso de su política marinera. Sus sucesores acudirían a flotas genovesas, mientras que la orden de España desapareció con su derrota en la batalla de Moclín[iv] (1280). Esto llevó al rey a disolver la orden marinera y a incluir a sus miembros en la de Santiago. Mientras tanto el corso operaba con intensidad en busca de productos valiosos; se olvidaban pactos entre reinos e incluso se practicó contra embarcaciones de la misma nacionalidad. Ángel Luis Molina cita el caso de Bonajunta de las Leyes que, en 1295, hizo una navegación en corso contra naves aragonesas y un año después daba cuenta de haber ganado 3.000 maravedís.

Los mercaderes en el reino de Murcia eran sobre todo italianos, que aprovecharon la época de prosperidad económica en algunas décadas de la segunda mitad del siglo XIII, y que hicieron negocios con los dueños de donadíos, adquirentes estos de los artículos que aquellos traían. Desde el reino de Murcia se llevaban, a su vez, mercancías al interior de Castilla, particularmente a Sevilla, pues el viaje por tierra era más corto y con menos riesgos que por mar. Seguramente la ruta era por Lorca, que desde 1243 era un protectorado castellano y al año siguiente fue conquistada por el todavía infante Alfonso. Luego se alcanzaría Huéscar y Jaén, pues más al sur se entraba en tierras granadinas, y desde Córdoba llegar a la baja Andalucía. Los productos eran higos, aceite, miel, cera, arroz y lino, según autorizó el rey Fernando IV en 1295; luego se amplió el permiso para comerciar el azogue, el bermejón (polvo de cinabrio de color rojo y anaranjado para pinturas), cominos y greda (arcilla de color blanquecino para hacer tejas y ladrillos). No faltaba el contrabando de productos cuya salida estaba prohibida por Alfonso X y luego por Sancho IV: caballos, armas, mulas, pan, vacas, carneros, ovejas, cabras, cabrones “e todas carnes vivas e muertas”, oro, plata y “billón”. La proximidad de las fronteras granadina y valenciana facilitaba dicho contrabando.

Pero llegó una etapa de estancamiento desde finales de la década de 1270, y más con la ocupación del reino de Murcia por Jaime II de Aragón en 1296. La sentencia arbitral de Torrellas[v] (1304) partió el reino integrando en la Corona de Aragón las tierras situadas al norte del río Segura, perdiendo así Murcia el puerto de Alicante. El primer tercio fue desalentador desde el punto de vista económico, pero los acuerdos comerciales con Mallorca en 1327, confirmados y ampliados por Alfonso XI de Castilla en 1332, permitió que por el puerto de Cartagena salieran lanas y entrase trigo, y la desaparición del monopolio real sobre los tintes permitieron un cierto desarrollo urbano. La vocación marinera de Pedro I de Castilla también se vería frustrada, pero Murcia se benefició de la supremacía castellana tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo.

Desde tiempos de Alfonso XI Castilla y Génova habían establecido una alianza económica que permitió una línea Sevilla-Génova, de la que se beneficiaron genoveses, judíos y castellanos, pero la base de dicha línea estuvo en Cartagena, que durante la guerra de “los dos Pedros”[vi] fue asediada (1358). La respuesta de Castilla con las milicias murcianas fue mediante una incursión por Orihuela, al tiempo que se preparaba una escuadra en Sevilla destinada a combatir la plaza de Guardamar[vii], que fue asaltada, pero la expedición fue un fracaso, pues una tempestad hizo que la mayor parte de las galeras se estrellasen contra la costa.

El rey castellano mandó armar otra flota en Sevilla para atacar las costas aragonesas con ayuda de Portugal, Granada y Génova. Desde Cartagena atacaron el litoral alicantino, sucumbiendo esta vez Guardamar y, siguiendo la flota por el litoral valenciano llevó a la desembocadura del Ebro y luego ante Barcelona (junio de 1359), pero solo atacó al puerto para luego retirarse haciendo algunas presas en puertos catalanes, sobre todo en Sitges e Ibiza, mientras naves catalanas perseguían a las castellanas que, llegando a Cartagena, alcanzaron luego Sevilla. En los próximos años la flota castellana castigará el litoral valenciano, pero no con base en Cartagena, bloqueando en una ocasión a la naves catalanas en Cullera (al sur y muy cerca de la ciudad de Valencia).

Ahora cambia la estrategia castellana efectuando ofensivas por tierra, sobre todo con Enrique II de Trastámara, que tuvo que soportar un bloqueo internacional. La paz de Almazán (1375) puso fin a las hostilidades entre Aragón y Castilla, pero Murcia vuelve al abandono: en 1381 el concejo cartagenero declaraba al de Murcia que el número de sus vecinos era 176, es decir, 800 habitantes, pero con la mayoría de edad de Enrique III mejoran las perspectivas gracias al comercio y la apertura de nuevas rutas; la monarquía consigue controlar a la nobleza, las órdenes militares y los concejos. Cartagena conoció entonces otra época de prosperidad, pero puede que solo para los extranjeros que hacían negocios, pues en 1407 tenía solo 500 habitantes. Para todo el siglo XV el cronista Alonso de Palencia dijo que Cartagena era famosa por su fuerte y castillo, pero en todo lo demás está arruinada.

Luego el puerto de Cartagena mantuvo contactos con los de Mallorca, Alicante, Valencia, Barcelona, Génova, Saona y Venecia, pero también con otros de Granada y Berbería. De Flandes llegaron barcos que desembarcaron en Cartagena “ropas y paños berbíes”, de Venecia llegó cobre y marcos de plata. De Cartagena salieron para Mallorca lanas y también para Venecia, junto con cueros. Pero los hombres de negocios eran extranjeros, fundamentalmente genoveses, que actúan según las coyunturas y de nuevo cae la prosperidad de Cartagena hasta que termine la guerra de Granada en 1492 y la política de los reyes se oriente hacia África e Italia.

Entonces Cartagena se convierte en un puerto militar, su población aumenta en el siglo XVI consecuencia de la reactivación económica. La plaza de Mazalquivir[viii] fue conquistada en 1505 con aportación murciana, y en 1509 se prepara en Cartagena la flota que conquistó Orán, con el cardenal Cisneros, entre otros, mandando la expedición. La salida de los judíos del reino de Murcia por Cartagena hizo que los mercaderes genoveses ocupasen su lugar, sobre todo en las operaciones de crédito…



[i] Juan Torres Fontes, Francisco Cascales, Mª de los Llanos Martínez Carrillo y Eloy Benito Ruano entre otros.
[ii] El rey concedió a Alicante el fuero de Córdoba y las franquicias de Cartagena, pero más adelante el autor señala que Alicante recibió el fuero de Toledo, así como Cartagena. También Alicante recibió exención del pago de ancoraje a los mercaderes que acudían allí.
[iii] En un momento dado se incorporó al císter.
[iv] En el interior de la actual provincia de Granada, por lo que intervinieron santiaguistas con grandes pérdidas personales.
[v] Al oeste de la actual provincia de Zaragoza.
[vi] Entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón (1356-1369). Entre cuestiones internas de Castilla e internacionales de Europa occidental, está también en este conflicto el control sobre el reino de Murcia.
[vii] Hoy al sur de la provincia de Alicante.
[viii] Al oeste de Orán.

martes, 16 de abril de 2019

"Migraciones" de pueblos prerromanos



Los pueblos prerromanos de Hispania estaban asentados en unos territorios indefinidos, pues al no formar estados sus dominios variaban con el tiempo, ya por necesidades económicas, los diversos grupos de una misma etnia se desplazaban a zonas más ricas, bien por hostilidades entre las diversas etnias o, desde la presencia romana, debido a las guerras habidas con la autoridades imperiales. Así, está atestiguada la migración de pueblos del interior de la Península Ibérica hacia el noroeste, lo que quizá se relacione con la huida ante las legiones romanas.

En ocasiones no se trata tanto de migraciones cuanto del encuadramiento de indígenas en los ejércitos romanos, como es el caso que aquí tratamos de berones, várdulos, turmogos, caristios y autrigones, todos ellos entre las provincias de Burgos, La Rioja y Álava aproximadamente.

Autrigones, caristios, turmogos, várdulos y berones son pueblos indígenas hispanos que las legiones romanas conocieron situados en el norte de la península Ibérica, “en el cuadrante oriental de la costa cantábrica”, según Bruno Carcedo de Andrés[i]. El territorio sobre el que se asentaron fue pequeño en relación a otros de la época, pero como todos, se movieron hacia otras regiones o incluso fuera de la península. El autor citado destaca la diáspora procedente de Clunia (Peñalba de Castro, Burgos) y Uxama (Burgo de Osma, Soria). Los desplazamientos y migraciones de hispanos han sido, pues, un hecho y es de gran interés la obra de C. García Merino, “Las tierras del noroeste de la Península Ibérica como foco de atracción para los emigrantes de la Meseta en época romana”[ii].

Los textos epigráficos que han sido estudiados muestran, en unas ocasiones, el origen del emigrado, en otras la etnia y en otras las dos cosas. Entre los autrigones, por ejemplo, hay una mención en Quintanilla de las Viñas (Burgos), territorio arévaco. Otro indígena vinculado al ejército romano era de Virovesca, y la mención se encuentra en un diploma militar del 118 d. C. hallado en Thamusida (noroeste de Marruecos). Datos sobre la etnia se conoce uno en Cirenaica, relacionado de nuevo con el ejército romano. Dado que originalmente las unidades auxiliares eran homogéneas en cuanto a la etnia de sus componentes, y como el nombre del soldado está atestiguado en la Meseta norte, parece tratarse de un autrigón.

De los turmogos los datos están referidos a Sasamón (Burgos), como es el caso de uno que estuvo entre los astures (Villamayor, Asturias) otro en Cazorla (Jaén) y un tercero en Talavera de la Reina (Toledo). Hay uno del cual se sabe la etnia y el origen en un epígrafe hallado en Roma y otro está documentado en Tarraco.

De los caristios, uno de Suestatio (Álava) aparece desplazado en Segisamo  y otro en Aldeanueva del Campo (Cáceres). De otro enclave de los caristios, Veleia, se documenta un personaje en Celanova (Ourense). Una unidad auxiliar epónima de los caristios se encuentra atestiguada en Brixia (Brescia, Italia).

De los berones solo tenemos menciones sobre su origen, como el caso de una epigrafía en Leyre (Navarra), un zahorí procedente de Vareia (La Rioja) y otra epigrafía encontrada en Yesa (Navarra) podría ser del mismo individuo según Carcedo de Andrés. Una mención relativa a Oliba se documenta en Idanha-a-Velha, Castelo Branco, Portugal). Uno de Tritium (Tricio, La Rioja) se encuentra en varias epigrafías: Saguntum, Tarraco y, en una teja de barro cocido aparecida en Emérita. En el ámbito militar tenemos noticia de dos berones de Oliba que aparecen citados en el Bronce de Ascoli[iii], jinetes, pero también hubo una guardia personal de berones de Cassio Longino[iv].

De los várdulos hubo una unidad auxiliar del ejército romano epónima; está documentada desde el siglo I d. C. y combatió en Britania. También participó en las luchas contra los bátavos en los años 69-70 d. C. (en torno al Rin en una inscripción en un ladrillo encontrado en Germania inferior). También lucharon contra los brigantes (en el centro de Inglaterra) en torno a los años 69 al 73 d. C., pero ya presentes en la isla en el 43. Del 98 hay un diploma militar hallado en Flémalle (Bélgica), donde se cita la situación de berones en Britania. Otro diploma encontrado en Sydenham (London County) del 105 cita a várdulos; en otro encontrado en Brigeto (Panonia, Komáron, Hungría) y en otro encontrado en Brompton von Swale (North Yorkshire) se cita a várdulos, fechados ambos en 122. También hubo várdulos en Vindolanda (Bardon Mill, Northumbenland) y en las “tablas de Vindolanda[v], donde se cita a unos équites várdulos adeudando unos denarios. Más testimonios aparecen en un diploma militar de 124 encontrado en Stannington (Northumberland); en otro de 135 de Wroxeter (Shropshire); otro más del 148 en Walwikc (Northumberland) y también se han encontrado otros testimonios fuera de Britania.



[i] “Testimonios extraterritoriales de algunos pueblos prerromanos del norte de Hispania”.
[ii] El presente resumen se basa en la obra citada en la nota i.
[iii] Del año 89 a. de C. encontrada en Roma, todos los citados en ella son iberos.
[iv] Quizá el que, junto con otros, participó en el asesinato de César.
[v] Son de madera y están datadas en los siglos I y II de nuestra era.
(La fotografía muestra lo poco que queda del camino antiguo, al norte de Zarzosa de Riopisuerga (actual provincia de Palencia) y es de http://viasromanas.blogspot.com/2012/12/via-romana-de-sasamon-herrera-de.html).

lunes, 15 de abril de 2019

Nagy y los comunistas húngaros


A mediados de 1953 fueron llamados a Moscú los dirigentes comunistas húngaros, ya que, una vez muerto Stalin, preocupaba a las “nuevas” autoridades soviéticas la marcha de los acontecimientos, sobre todo en Polonia y Hungría. Uno de los dirigentes comunistas que se desplazó a Moscú en dicha ocasión fue Rákosi (primer ministro y Secretario del Partido); otro de ellos Nagy, pero no solo. Las cuestiones que se debatieron giraron en torno al modelo de desarrollo económico que se había llevado a cabo en Hungría desde el establecimiento del régimen comunista tras la segunda guerra mundial.

Las requisas que los campesinos habían sufrido a favor del Estado llevaron a un malestar creciente, con los consiguientes procesos contra ellos. Beria, por su parte, criticó a Rákosi su “exceso de celo” a la hora de depurar a los miembros del Partido que no merecían totalmente su confianza, además de la estrecha vinculación del dirigente húngaro a los postulados estalinistas.

Nagy era considerado un comunista intachable[i] pero comprometido con las reformas que precisaba el régimen a juicio de algunos, entre los que se encontraba. Con motivo de la insurrección de octubre de 1956 sería nombrado por segunda vez Primer Ministro y, con este motivo, el periódico “The New York Times” publicó un artículo en el que revelaba que Nagy había pasado muchos años en Moscú como refugiado comunista. Cuando en 1944 volvió a Budapest con el ejército rojo, se convirtió en uno de los principales dirigentes húngaros. Durante su etapa en Moscú se había hecho ciudadano soviético en torno a 1930, pero ya manifestó a sus amigos de Budapest que “no era necesario que Hungría siguiera a la Unión Soviética en todo”. Seguramente había visto ya lo suficiente para pronunciarse así.

En la primera guerra mundial, Nagy había formado parte del ejército austro-húngaro; capturado por los rusos lo llevaron a Moscú, donde luchó con los bolcheviques en la guerra civil (quizá no le quedó otro remedio). Desempeñó en Hungría un papel de poca importancia en el breve gobierno comunista de Béla Kun hasta que tuvo que huir a la Unión Soviética en 1929. Cuando volvió a Hungría tras la segunda guerra mundial fue el autor de la primera reforma agraria de la postguerra y actuó contra los anticomunistas.

Volviendo a la reunión en Moscú de 1953, se adoptaron algunos acuerdos: se hizo una crítica a la política de Rákosi y sus aliados, los cuales habían hecho lo mismo que Stalin y los suyos, aplicar las prácticas represivas más despiadadas. Tras el regreso a Hungría, el Comité Central de Partido mantuvo una reunión en Budapest en la que Rákosi admitió las críticas, mientras que Nagy aprovechó para cargar acerbamente contra su oponente dentro de las filas comunistas. El Comité Central, de todas formas, trató de tranquilizar a los soviéticos y ocultó los auténticos problemas del país. De todas formas de allí salió un programa de gestión para un nuevo gobierno que encabezó Nagy.

Pronto se vio el sello reformista y el intento de introducir reformas que darían al régimen una cierta pluralidad. En un discurso pronunciado en octubre de 1954, Nagy hizo hincapié en el papel que debía tener el Frente Popular, foro en el que participaban todos aquellos que apoyaban al régimen aunque no fuesen comunistas. Apostó por la libertad de crítica y sus oponentes opinaron que avanzaba demasiado deprisa. El nuevo gobierno había comenzado su andadura a mediados de 1953, proponiendo un mayor peso del Parlamento en el sistema político, además de que el Gobierno debía responder ante aquel de sus actos. Todo un programa de reformas se puso sobre la mesa: disminución de las inversiones públicas en la industria pesada a favor de las de consumo, intercambios comerciales con los países capitalistas, aumento de las inversiones en la agricultura incentivando el ámbito privado en dicho sector, abandono paulatino del cooperativismo forzoso, protección a la actividad minorista, nuevo sistema de requisa al campesinado, reconocimiento del papel de los intelectuales y terminar con las prácticas arbitrarias en materia de orden público; se cerrarían los campos de exterminio (donde estaban recluidas unas 150.000 personas ) y liberación de los presos políticos. Se dio una amnistía restringida, se aumentaron los salarios y se redujo el precio de los productos de primera necesidad.

Todos los campos de internamiento húngaros se cerraron, gracias a lo cual comenzó el regreso de los deportados a sus hogares. Hasta finales de 1953 se beneficiaron más de 740.000 personas, de las que más de 420.000 vieron sus multas condonadas por no cumplir con los planes agrícolas; se suspendieron los procesos judiciales abiertos contra más de 230.000 encausados, todo lo cual causó un impacto social extraordinario. El Gobierno paralizó la colectivización forzosa de la agricultura, de forma que tierras, animales y enseres pasaron directamente a manos de los campesinos, sin por ello desaparecer la agricultura cooperativa.

Contra todo esto reaccionaron los comunistas que estaban más cerca de Moscú e incluso del fallecido Stalin; el Partido Comunista húngaro se dividió en facciones, sobre todo por la rehabilitación de los presos políticos, forzando la dimisión de Rákosi de la Secretaría General. A principios de 1954 los tribunales iniciaron un proceso contra Gábor Péter, antiguo responsable de la Seguridad del Estado[ii]. Pero lo cierto es que, aún con las reformas de Nagy, la situación económica no mejoraba, porque no había pasado el suficiente tiempo para notar sus efectos. De todas formas, los campesinos que accedieron a la propiedad de tierra mejoraron su nivel de vida, lo que se oponía a la situación de los obreros industriales.

En mayo de 1954 los máximos dirigentes del Partido Comunista ruso celebraron una reunión mientras que en Budapest se celebraba el III Congreso del Partido Comunista húngaro. Aquí, las relaciones de fuerza favorecieron a Rákosi y el Congreso aprobó la paralización de los procesos de reforma. Nagy pidió a los comunistas húngaros que se pronunciasen sobre qué clase de socialismo querían para Hungría y el Comité Central respaldó sus tesis, pero la división en el seno del partido ya era un hecho y la reacción popular se manifestó ante la amenaza de que las reformas se paralizasen.

Un personaje que venía siendo un burócrata comunista de altura, András Hegedüs (Ministro de Agricultura en su momento), representaba la línea estalinista de los comunistas húngaros. En 1950 había entrado en el Comité Central y entre 1953 y 1955 fue vicepresidente en el gobierno de Nagy. Al ser destituido este en abril del último año, fue designado primer ministro Hegedüs, el cual, en octubre de 1956, solicitó formalmente[iii], mediante nota diplomática, la intervención de las fuerzas armadas soviéticas para sofocar la insurrección popular. Con el tiempo se hizo muy crítico con el poder soviético y en 1968 condenó explícitamente la intervención armada del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. En 1973 fue expulsado del Partido Socialista Obrero Húngaro (nombre del partido comunista en Hungría) por oponerse al régimen de Kádar.

[i] Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez, “La antesala de la Revolución: el fracaso del revisionismo húngaro…”.
[ii] Había cometido reiterados abusos de poder, condenado a prisión, fue puesto en libertad en 1960, pero no ocupó ya cargo público alguno.
[iii] ¿Lo hizo por propia iniciativa u obligado por Moscú?

sábado, 13 de abril de 2019

Dos reyes en Extremadura

Muralla de Galisteo (Wikipedia)

Extremadura fue frontera durante casi dos siglos con los territorios del islam almohade[i], por lo que hubo de ser defendida por las dos partes en conflicto dándose casos de conquistas que luego se perdían. Hay dos reyes leoneses que tuvieron esta frontera en sus miras, dado que durante sus mandatos León y Castilla estuvieron gobernados por personas distintas; los dos reyes leoneses a quienes nos referimos son Fernando II y Alfonso IX. Cuando el primero muere en 1288, surgió un problema dinástico al pretender la reina Urraca que le sucediese su hijo Sancho, pero los partidarios de Alfonso hicieron valer sus derechos.

Cuando niño, Alfonso acompañó a su padre en varias ocasiones a Extremadura y cuando ocupó el trono leonés, una de las primeras decisiones que tomó fue apoyar a las dos sedes episcopales implicadas en el territorio, la de Coria y la de Santiago de Compostela, de la que dependía la primera. El ambiente en Extremadura era, durante el siglo XII y primera mitad del XIII, hostil, y su defensa tenía la dificultad de la lejanía respecto de los centros de decisión, León y Compostela, pero en aquella época los reyes se desplazaban por sus reinos, de forma que la Corte estaba allí donde se encontraba el rey.

En la medida en que el rey se desplazaba y aseguraba el control sobre el territorio, se producía el asentamiento de población, y así, ya en el año 1142, se produjo la conquista de Coria durante el reinado de Alfonso VII, aunque se perdería para los cristianos más tarde. Entretanto esto no ocurrió, se designó a un obispo para esa sede, pero la frontera cambiaba con gran rapidez al sur del Sistema Central, hasta el punto de que el obispo Iñigo Navarrón tuvo que refugiarse junto a la Curia papal.

Fernando II se desplazó a Extremadura en varias ocasiones en tiempos en que un aventurero portugués, Geraldo Sempavor, avanzaba sobre Badajoz, lo que permitió al rey acercarse al Guadiana. De todas formas, poco después la frontera volvía más al norte. Entre 1180 y 1183 Fernando II hizo varias incursiones con un mismo objetivo, recuperar Coria, pero la empresa representó grandes dificultades, pues no se encontraban repobladores dada la inestabilidad de la frontera, mientras que otros territorios en torno a Ciudad Rodrigo y Ledesma disfrutaban de una posición más segura.

Otro itinerario del rey Fernando tuvo por objetivo Cáceres, que se encontraba en poder musulmán, haciéndose acompañar de diversos condes y obispos, pero también el futuro Alfonso IX. El cerco de Cáceres se prolongó durante algún tiempo durante 1184, cuando la Corte se encontraba en Ciudad Rodrigo[ii], y finalizó sin resultado positivo. Sin embargo, en 1188 el rey tuvo ocasión de entregar al obispo Arnaldo de Coria el lugar de Aldeanueva, actual Villanueva de la Sierra, junto al curso del río Trasgas (desagua en el río Arrago). Luego el rey implicó al arzobispo de Compostela con la entrega de La Atalaya de Pelay Velidiz, un lugar situado en la ribera del Alagón, entre Granadilla y Coria, y en los últimos años del reinado el rey aconsejó entregar a la orden militar de Santiago el señorío de Granadilla[iii].

Cuando finalizaba el siglo XII hizo su primer viaje como rey a Extremadura Alfonso IX, a Coria, y poco después otra vez a la misma ciudad, donde se irían organizando dos administraciones, una del monarca y otra del obispo. Años más tarde (1213) se produjo la conquista de Alcántara; en 1217 el rey viajó hasta Galisteo y, al año siguiente, a Cáceres, con la colaboración de Fernando III de Castilla. El cronista Lucas de Tuy habla de devastaciones mediante fuego o las armas a todo lo que encontró [el ejército real] en los alrededores de la población, bien fueran árboles, viñedos o mieses, repitiendo la operación en 1222.

En 1226 confirmó la donación de Navasfrías a favor de la orden de Alcántara (al norte de la sierra de Gata), y luego las de Salvaleón y San Juan de Marcoras (hoy Santibáñez el Alto). Entre 1222 y 1226 el rey hizo incursiones, una de las cuales para el cerco de Cáceres, que levantó después de una compensación económica por parte de los almohades. Los últimos años de su vida Alfonso IX recorrió los valles del Tajo y Guadiana para consolidar los asentamientos y combatir a los musulmanes. En 1229 se encontraba en las proximidades de Cáceres, a la que sometió a nuevo asedio hasta caer en manos de los cristianos, convirtiendo a la villa en avanzadilla de todo el reino leonés.

La última etapa extremeña del rey fue para la conquista de Mérida, que finalizaría en 1230, que reclamó el arzobispo de Santiago al considerar que la sede emeritense de época visigoda le correspondía heredarla. Así fue a pesar de que el papa había dado orden en el sentido de que Mérida tuviese su propio obispo. Desde Mérida el rey se dirigió a Alange y luego emprendió la conquista de Badajoz, población que cercó en 1230 consiguiendo su objetivo. La última localidad extremeña de la que hay constancia estuvo el rey Alfonso IX fue Galisteo, desde donde se desplazó al valle del Côa, en la frontera con Portugal. El rey murió en Galicia ese mismo año 1230, mientras se aceleraba el proceso de asentamiento de nuevos pobladores en la baja Extremadura.



[i] Ver aquí mismo “La transierra extremeña: musulmanes y cristianos”.
[ii] Ciudad Rodrigo y el puerto de Perales, al sur, eran el paso para controlar la calzada de Dalmacia (unía Coria, Calzadilla y Casas de Don Gómez) a través de la sierra de Gata.
[iii] José Luis Martín, “Itinerarios de Alfonso IX en Extremadura”. En este trabajo está basado el resumen publicado aquí.

Clérigos "encorozados" y otros


Parece evidente que la vocación sacerdotal, o llamada de la divinidad a esta o aquella persona, no tiene nada que ver con la realidad, sino, en la mayoría de las veces, con las condiciones materiales que se daban en quien aspiraba a las órdenes “sagradas”. En la Edad Media, al menos, se exigía a los aspirantes al sacerdocio que dispusiesen de un beneficio, es decir, una renta para poder vivir con suficiencia. Esta exigencia se detecta en todas partes según José Luis Martín[i], como es el caso de Santiago de Compostela ya en 1229 y en León algo más tarde. Al final de la Edad Media se mantenía dicha exigencia en Burgos, donde para recibir una orden sacra, era necesario disfrutar de un beneficio.

Abundan las normas en las que se fija una renta mínima que, en cada caso, se consideran ingresos aceptables: en León, en 1288, cuarenta cargas de pan al año, además del pie de altar[ii]. La importancia de la renta se ve también en la autorización para que cualquier particular, pudiera solicitar se le nombrase sacerdote: “mandamos que los clérigos que se quisieren ordenar a título de su patrimonio, non sean ordenados, salvo que ovieren de patrimonio que valga mil y doscientos maravedíes”. El que accedía al sacerdocio “a título de su patrimonio” podía no tener asignada función alguna en parroquia, lo que llevaba a perseguir tan solo las ventajas socio-jurídicas de los ordenados sacerdotes.

El procedimiento más común era el que consistía en que los arcedianos, viendo a los jóvenes que apuntaban mejores cualidades, fuesen presentados ante la curia diocesana, que les examinaba. Así sucedía en la archidiócesis de Santiago desde comienzos del siglo XIII y en Segovia un siglo después. Pero existieron otras fórmulas que se han estudiado en Asturias y León, donde diversas personas o instituciones ejercían el derecho de patronato, es decir, el de nombrar párroco de una iglesia, bien porque dichas personas habían construido a su costa la iglesia o porque esta se encontraba en territorios de su propiedad. Esto llevaba a situaciones conflictivas, pues había que delimitar las competencias de los patronos en materia de levantar altares, o las de los obispos en materia de corregir a los clérigos o desplazarlos a otro lugar[iii]. Los patronos, en ocasiones, exigían alguna recompensa por el nombramiento, o se reservaban la recaudación de las rentas eclesiásticas, asunto que tenía importancia en relación con el diezmo. Este asunto está estudiado, particularmente, para el obispado de Coria y la orden de Alcántara en los siglos XIII al XV, así como los problemas jurisdiccionales entre obispados y órdenes militares en la Transierra extremeña durante el siglo XIII. Se llegaba al extremo de la simonía, es decir, hacer firmar al aspirante que pagaría al patrono por el nombramiento como sacerdote. Fernández Catón detectó el caso de Fernán Pérez, clérigo, criado de Álvar Rodríguez de la Rocha, que se obligó a pagar perpetuamente 7 cargas de pan al cabildo de clérigos de la cofradía de San Vicente de Benavente, si le hacían colación de la iglesia de Castropepe[iv]. Se trata de participar en la renta diezmal, pues cuando se trataba de párrocos que eran vecinos desde hacía mucho tiempo de una localidad, sus parientes podían recuperar parte del diezmo que habían pagado.

Los clérigos encorozados eran los promocionados por la nobleza leonesa, gallega y portuguesa para que ocuparan beneficios que, en realidad, controlaban esos nobles, quienes también acaparaban las rentas y, en ocasiones, acababan apropiándose el patrimonio eclesiástico. El obispo Lope de Barrientos, cuando lo era de Segovia, dictó una constitución sinodal contra estas prácticas (1440). Estos clérigos “encorozados” reciben este calificativo, probablemente, de la palabra “coroza”, capa de paja utilizada en la Galicia rural hasta no hace mucho tiempo que protegía de la lluvia. También puede tratarse del capirote que permite ocultar la identidad del que se presta a que las rentas de la Iglesia vayan a parar a un laico, generalmente poderoso.

En la Castilla medieval existió otro sistema aceptado por la jerarquía, el de los clérigos patrimoniales, que consistía en dar prioridad para nombrar sacerdote a las personas que demostraban una especial vinculación con el lugar, ya fuese personal o familiar. Están estudiados casos en Burgos, León, Oviedo y Palencia y este sistema de nombramientos deriva del derecho de patronato al que antes hicimos alusión. Surgían entonces los problemas, si había varios candidatos, sobre la prelación de unos sobre otros, dándose el caso de que los que tenían estudios universitarios fueron preferidos, pero también el de vecindad durante más años, pues de no ser así, los jóvenes solían desplazar a los mayores aunque tuviesen patrimonio en el lugar del que se tratase. Se llegó a que una sola persona acumulase una gran cantidad de prebendas.

Los clérigos patrimoniales solían ser propietarios en el lugar, excluyendo a los jornaleros, que podían ir de un lugar a otro trabajando según el mejor jornal que se les pagase. Esto a no ser que estuviesen casados, lo que estaba admitido en la Edad Media. Se conoce un caso en el arciprestazgo de Armellada[v], diócesis de Oviedo, donde el derecho a ser nombrado sacerdote estaba vinculado a la propiedad de bienes raíces en la población donde se pretendía ejercer.


[i] “Beneficios y oficios del clero rural castellano…”.
[ii] Los que reciben los clérigos por las funciones que ejercían: entierros, bautizos, bodas, et.
[iii] Con amenazas de excomunión en algunos casos.
[iv] Junto al río Esla y Benavente, nordeste de la actual provincia de Zamora.
[v] Hay una población de este nombre cerca de León, pero no sé si otra que en la Edad Media perteneciese a la diócesis de Oviedo (hoy archidiócesis).