jueves, 13 de mayo de 2021

Deir el-Medina y el faraón

 

                                                              Restos de Deir el-Medina (*)

Tutmosis I, entre los siglos XVI y XV antes de Cristo, fundó la aldea de Deir el-Medina en un lugar al oeste del río Nilo, donde este hace una gran curva, al norte de Edfu y muy alejada de Asuán, más al sur. Se encuentra en lo que se conoce como el valle de los reyes por las muchas tumbas de faraones egipcios allí encontradas.

En el siglo XIII a. de C. el faraón Ramsés II, sabedor de que allí se encontraban los tesoros de las tumbas de los reyes egipcios más ricos, mandó construir la de su esposa Nefertari, la cual adornó con pinturas de diversos colores, relieves, dibujos refinados y otros elementos decorativos.

En Deir el-Medina se han encontrado hojuelas de piedra donde se escribieron notas y correspondencia, poemas, cartas de amor, noticias domésticas y locales. En muchas de estas inscripciones se habla de las cuitas, rumores, bromas, acusaciones, burlas y demás comentarios que unos y otros aldeanos se hacían entre sí. En una de ellas uno acusa a otro de no haber engendrado hijos, en otra se habla de que la mujer del vecino se prostituye a sus espaldas, que otro debe un dinero que nunca podrá pagar, que su casa está peor construida que las de los demás y otros muchos datos de las familias de la aldea. Estas hojuelas son únicas en Egipto, relatando circunstancias de la vida cotidiana de las personas más o menos humildes.

Cuando el emperador Ramsés cumplió 40 años (parece que empezó a reinar a los 15 y se enfrentó a los hititas a los 20 en Qadesh) su tumba ya estaba terminada, contrariamente a lo que ocurrió con otros faraones y cortesanos. Viéndose con aquella edad, Ramsés se dedicó a engendrar más hijos de los que ya tenía, aumentó su harén y se casó con tres de sus hijas, completando su obra de propaganda con muchos edificios en el valle, obeliscos, etc.

Tantas pretensiones no sirvieron, sin embargo, para que se nos ocultase el fracaso que tuvo con los hititas en Qadesh, viéndose obligado a negociar y firmar un tratado con su rey donde se acordaron muchos temas, entre otros sobre extradiciones, refugiados y el casamiento del Faraón con una hija de Muwatalli, el rey hitita. La joven fue llevada a la capital estratégica de Ramés, Pe-Ramsés, en el delta del Nilo, con el objeto de vigilar los movimientos del reino anatólico. El faraón adornó su ciudad con plantas exóticas, estanques, patos en los lagos, jardines y frutales a la orilla del río. ¿Qué vio la princesa hitita en Egipto? Huertas y prados, frutales sin número, riqueza por doquier, una población heterogénea de egipcios, nubios, libios y otros, pirámides, templos, tumbas, aldeas y caminos… ¿Qué asombro causaría a la princesa hitita aquella experiencia? Pronto comprobó que no sería la esposa principal del faraón, que prefirió a Nefertari, pero la placidez de su vida quizá le compensó de todo lo demás, asumido con facilidad.

La burocracia seguía en Tebas, más al sur, y atrás quedaba la batalla de Qadesh, que sirvió al faraón para hacerse la más vergonzosa campaña de propaganda que quizá se haya visto. Los egipcios, en aquella batalla, estaban en inferioridad con respecto a los hititas: estos conocían el hierro y los egipcios tenían solo armas de bronce, por lo que tuvieron que movilizar a personal de otras etnias distintas de la egipcia.

Para el enfrentamiento el faraón y su ejército tuvieron que pasar desde el delta hasta el ardiente desierto de Sinaí y luego llegar al Líbano. Todo ello fue puesto en papiros por los escribas que le acompañaron, contando ambas partes con servicios de espionaje cuyas tretas han quedado plasmadas en las fuentes epigráficas. La batalla se produjo al borde del río que pasa al sur de Qadesh, salvando Ramsés su ejército en el último momento, cuando le llegaron refuerzos desde Egipto. Las rutas comerciales, no obstante, quedaron muy dañadas para el estado del Nilo.

Todo esto no tenía nada que ver con los habitantes de Deir el-Medina, que ya no era una aldea sino una población con muchas calles, casas y construcciones notables de muy diversa naturaleza. Mientras el faraón guerreaba en el norte, los habitantes de Deir el-Medina se acusaban entre sí, se burlaban unos de otros, se contaban los secretos y nos dejaban, sin quererlo, una fuente preciosa para nuestro conocimiento.

(Ver aquí mismo “Movilización general en la antigüedad” y “Las mentiras de Ramsés”).

(*) Fotografía de amigosdelantiguoegipto.com/?page_id=12176

miércoles, 12 de mayo de 2021

Dos faraones y sus obras

 

                                                    Restos del templo de Atón en Amarna (*)

En la primera mitad del s. XIV a. de C. gobernó Egipto Amenhotep III, predecesor de Akenaton, siendo su poder enorme en la geopolítica de la época. Las riquezas de Egipto se basaban en la agricultura, el oro de Nubia, la piedra de las canteras, los cedros traídos del exterior y la plata de Anatolia, además de los productos derivados del comercio por el mar Rojo.

Otros estados había ido apareciendo o resurgiendo de antiguos esplendores: Babilonia, Asiria y Mitanni, Creta, por ejemplo. En 1887 una aldeana descubrió en Amarna unos ladrillos de arcilla que resultaron ser cartas diplomáticas de Amenhotep III. Las escrituras eran cuneiformes, quizá para hacerse entender por los reyes extranjeros. Estos hacían al faraón egipcio muchos regalos en muestra de lealtad y los egipcios traían jirafas de Nubia, osos de Siria y pájaros de otros lugares.

El oro era apreciadísimo por todos los reyes de la época, ofreciendo a Egipto princesas extranjeras para el harén del faraón a cambio de aquel metal. Egipto, por su parte, no permitía que princesas del país saliesen para contraer matrimonio con otros reyes, no fuese que, con el tiempo, pudiesen alegar legitimidad sobre el trono del Nilo.

Amenhotep III, aprovechando su enorme riqueza, empezó un monumental programa constructivo a base de grandes moles de piedra que, tras su extracción, dejaron cavernas y galerías en las canteras. Trabajadores, médicos y aguadores se pusieron manos a la obra para poder llevar a cabo tal programa, siendo el dios principal de este faraón Amón-Ra.

Amenhotep hizo grandes donaciones al templo de su dios y los sacerdotes del mismo se hicieron con un poder mayor del que ya tenían. Los súbditos, por su parte, solo tenían noticia de los triunfos del faraón mediante piedras talladas en forma de escarabajos propagandísticos, donde se había grabado el texto conveniente. Así se dio noticia de la elección de la reina, Ti, hija de un oficial.

El faraón mandó construir dos templos en Nubia en honor de Ti y de él mismo y determinó reducir el poder de los sacerdotes de Amón-Ra, eligiendo a otro dios, Atón, “el sol visible”, poco antes de su muerte a los treinta y nueve años.

Le sucedió Amenhotep IV, cuyo reinado se caracterizó –como es sabido- por una revolución artística propiciada por él mismo, poniendo de manifiesto la vitalidad del mundo real, la sensualidad y el movimiento. Se hicieron representaciones de la familia real como si de personas no divinizadas se tratase, con las hijas en brazos del faraón, pero las figuras llamaron la atención por su desproporción, delgadez, con caderas enormes… ¿era una declaración de que un tiempo nuevo nacía?

Con el arte también se produjo una revolución religiosa que había comenzado con Amenhotep III; se abandonaron los dioses tradicionales, se cerraron sus templos y se expulsó a sus sacerdotes. El mismo Amenhotep IV se hizo llamar Akenatón, “el que beneficia a Atón”, propendiendo a un monoteísmo que, si bien posterior al de Abraham, se anticipó varios siglos al de los redactores de la Biblia. Akenatón se proclamó único sacerdote y rompió con el pasado en muchos aspectos.

El faraón estableció una nueva capital en un lugar desolado a la que llamó Amarna, al norte de Tebas. Mandó labrar estelas en los acantilados cercanos argumentado que el territorio de Amarna no había pertenecido a ningún dios. Oficiales, escribas, soldados y funcionarios se trasladaron a miles con sus familias y enseres a la nueva capital, dejando atrás la cosmopolita Tebas. En Amarna se construyeron cuatro palacios con jardines y un templo a Atón.

En 1912 arqueólogos alemanes descubrieron en Amarna el busto que hoy conocemos como de Nefertiti, la esposa de Akenaton, teniendo aquella un papel prominente en la vida pública. Esta bella mujer, a juzgar por el busto, fue descrita por el propio faraón en cartas poéticas, y las hijas de ambos, en número de seis, fueron representadas en relieves repetidamente, en algunas ocasiones jugando con sus padres, escena humana que nunca se había visto en la historia de Egipto.

(*) http://amigosdelantiguoegipto.com/?page_id=3737

martes, 11 de mayo de 2021

Japón: de la paz al caos

 

                                       astelus.com/mapas-japon/mapa-de-japon-del-siglo-xvii/

En el cambio del siglo XVI al XVII españoles y portugueses se encontraban en Japón, pero estos últimos eran los que monopolizaban el comercio con occidente. Un inglés, William Adams, que trabajaba para comerciantes holandeses, fue convocado por el shogun mientras su país estaba en guerra con España y Portugal.

El shogun recelaba de los misioneros católicos, que conseguían cada vez más prosélitos en Japón, por lo que aquellos fueron expulsados. Al shogun le interesaba otra cosa: construir barcos para tener relaciones comerciales con otros países y Adams contribuyó a ello. Así envió Japón sus primeros barcos que llegaron hasta México, camino de crear una flota mercante. Adams, por su parte, conseguía beneficios para la Compañía Holandesa de  las Indias Orientales.

El shogun no estaba solo, contra su deseo: barones independientes o daimios controlaban feudos gracias a la colaboración de los samuráis, miembros de la sociedad selecta de la época, pero estos daimios fueron sometidos por el shogun y así se llegó a una paz que antes no existía en Japón. En realidad se formó un sistema de gobierno en el que el emperador gobernaba con los daimios aunque estos estaban sometidos a aquel. Cuando el shogun Ieyasu (de la dinastía Tokunawa) murió se hizo un funeral tras su incineración y sus restos se esparcieron en una montaña donde había practicado con frecuencia la cetrería.

La capital se estableció en Edo, la actual Tokio, que fue descrita por el español Rodrigo de Vivero y Velasco, gobernador de Filipinas que pasó una temporada en Japón. Las calles de Edo estaban ocupadas según los diversos oficios, sastres, zapateros, carpinteros, herreros… y la sociedad de la época era rígida, inspirada en el confucianismo. Los campesinos y los artesanos eran mayoría, constituyendo la clase inferior los comerciantes, por los que se tenía un vivo desprecio. Estas clases inferiores estaban sometidas por una serie de convencionalismos, como no poder vestir ropas caras y ricas, reservadas para las clases superiores.

Después del shogunato que siguió a Ieyasu le sucedió el nieto de este, que tenía experiencias místicas a partir de la admiración que sentía por su abuelo, pero gobernó de forma más inflexible, no acompañando nunca al ejército en el campo de batalla, como había sido costumbre con anterioridad. Este shogun actuó extravagante y caprichosamente, y como en tiempo de paz no había botines que repartir ¿cómo controlar a los barones territoriales? Se les hizo pasar parte del año en Edo, llegando en numerosas procesiones de varios miles de individuos, entre escoltas y porteadores. Así creció Edo y los samuráis en la capital, sin sus familias, evolucionaron hacia la burocracia, donde no faltaron mujeres que, sin embargo, debían tener permiso de sus maridos para otras profesiones y actividades.

La legislación se hizo estricta y así se consiguió una paz falsa, se controlaron las carreteras que conducían a Edo e igualmente los movimientos de las personas. Los que desobedecían podían ser condenados a crucifixión si eran hombres y a esclavitud si mujeres. Se impuso el miedo. Aún así los viajes fueron aumentando por la seguridad en los caminos y se desarrollaron en ellos las ciudades. La principal carretera fue la que unió Kioto a Edo, escribiéndose diarios de viajes.

El grupo proscrito era el de los cristianos, habiendo recompensas por delatar a japoneses que hubiesen abrazado el cristianismo y mayor premio por denunciar a sacerdotes. El cristianismo se hizo subversivo a los ojos del shogun, por ser contrario a las tradiciones japonesas; fueron martirizados algunos e incluso niños. Ello causó desafección al régimen, sobre todo en el sur, donde antiguos samuráis eran ahora labradores aunque no habían olvidado la experiencia de las armas.

Los impuestos eran elevadísimos, pagándose al nacer un hijo o por cavar una fosa para enterrar a alguien. Los tributos se pagaban en arroz, que no podían comer los que lo cosechaban; el campesinado vivía en la miseria y las sequías y hambrunas se dieron en algunas regiones. No pagar los impuestos era castigado con severos castigos y así se llegó a levantamientos importantes de campesinos que reivindicaron los cristianos.

El shogun envió tropas para reprimir dichos levantamientos, pero los rebeldes consiguieron resistir momentáneamente hasta que las autoridades llevaron a cabo grandes matanzas. Los holandeses, interesados en el comercio, preferían mantenerse al margen y aquellos levantamientos fueron la excusa para que el shogun decidiese extirpar el cristianismo de Japón. Se prohibió viajar al exterior y los que estuviesen fuera no podrían volver. Japón se aisló, el shogun mandó destruir la flota y redujo el comercio exterior.

Cuando mercaderes portugueses desembarcaron en Japón el shogun mandó matar a algunos, a otros les sometió a castigos y a otros los expulsó. Este aislamiento no terminará hasta finales del siglo XIX.

sábado, 8 de mayo de 2021

Domesticación y agricultura

Hoy sabemos que hay culturas neolíticas cerámicas y precerámicas, es decir, la agricultura y la ganadería no siempre se descubrieron a la par que la cerámica. También se puede decir, de acuerdo con algunos autores[i], que el pulimento de la piedra no es característica determinante de las culturas neolíticas, sino que se dio con posterioridad –en algunos casos- a la aparición de la agricultura, o bien mucho antes, como es el caso de Eurasia central.

La agricultura pudo darse por primera vez en situaciones donde, por razones religiosas, se prohibió la caza y el consumo de ciertos animales. Los hallazgos con que contamos hoy sobre el neolítico peninsular no son muy numerosos y otro tanto podemos decir de la domesticación de animales.

Se suele admitir que la agricultura y domesticación avanzó desde Anatolia, Siria, Palestina, Irak, Irán y Afganistán (para algunas especies en este último caso) y quizá los Balcanes. Entre los milenios IX y VIII se produjo el fenómeno, siendo las principales especies la esprilla[ii], que ya se daba de forma espontánea, el trigo, la escanda, la cebada, el mijo, el lino y los guisantes. En cuanto a los animales que se domesticaron antes, cabras y ovejas, bóvidos, cerdos y perros. La economía campesina llegó a Holanda antes de 4000 a. C., viniendo de Rumanía y Bulgaria, por el norte Escandinavia, Francia e Inglaterra. En la península Ibérica se dio la cerámica impresa que sirvió para contener cosechas de escanda, esprilla y cebada, además de domesticarse la oveja.

De la relación simbiótica ser humano-planta y ser humano-animal, el primero sacó provecho, lo que también se observa en el continente americano y para otras zonas del mundo. En algunas zonas se dieron formas locales de agricultura y domesticación, mientras que en otras se importaron y adaptaron, de manera que cuando llegue el quinto milenio la agricultura y domesticación de algunos animales ya se encuentra en la península Ibérica.

Al parecer, en el mesolítico tardío escandinavo se domesticaron lobos y se han encontrado bóvidos, cerdos y ovejas de pequeño tamaño entre finales del mesolítico y principios del neolítico (sauveterriense), entre 8000 y 6000 (epipaleolítico aziliense), etc. pero según la autora citada esto aún debe probarse.

En Egipto, según descubrimientos hechos en Nubia y al alto Egipto, parece que entre 15000 y 9000 hubo una actividad recolectora a lo largo del Nilo que, por determinadas circunstancias, no desembocó en la agricultura como ocurrió en el desierto del Sudán y en la plana etiópica a partir de especies locales. Lo sucedido en el quinto milenio no es la llegada de la agricultura desde el próximo Oriente, sino el reemplazo por especies más apropiadas, traídas de dicha zona.

El trigo se cultivó mezclado con la cebada, la esprilla se cultivó en los Balcanes y desde Asia Menor hasta Persia se extendió por Europa del sudeste y centro hasta llegar al sur de Suecia, Inglaterra y la península Ibérica. La escanda se cultivó en la Transcaucasia, el sureste de Turquía y Kurdistán, se difundió luego por Europa llegando hasta occidente, pero también se cultivó en Egipto.

El trigo candeal parece ser un híbrido de otras especies, habiéndose cultivado en Asia central hasta el desierto de Siria y luego en Europa. La cebada fue en principio una mala hierba que, en su forma silvestre, se extendía desde el Este del Mediterráneo hasta Afganistán, con dos especies, una robusta en Palestina y otra pequeña más al Este. Otras plantas fueron el mijo y el centeno, pero al igual que la vid y el olivo, son de aparición más tardía en la península Ibérica.



[i] Isabel L. Rubio de Miguel, “Bases para el estudio de la economía agrícola y ganadera en el neolítico hispano”.

[ii] Una gramínea de volumen muy inferior al de la escanda.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Ya hemos adquirido la prudencia...

 

La investigadora Sofía Torallas Tovar ha publicado un importante artículo que recoge información de fuentes directas (papiros griegos y coptos) e indirectas, es decir, publicaciones de otros autores. Se trata de las prisiones en el Egipto bizantino desde el siglo IV hasta el VIII, si bien desde mediados del siglo VII Egipto estuvo en manos del islam.

Algunas prisiones se establecieron en templos, como es el caso del Adrianeo de Oxirrinco[i], incluso improvisadas en un edificio portuario, en un barco, en campamentos militares o en dependencias eclesiásticas.

El carcelero recibía diversas denominaciones en las fuentes y, en ocasiones, se encuentran soldados a cargo del arresto de prisioneros y su custodia, siendo responsables de que no escapasen y, si esto ocurría, eran severamente multados.

Había prisiones públicas en cada ciudad e incluso en pueblos que se mantenían mediante un impuesto establecido en época ptolemaica (últimos siglos a. de C.). Las condiciones de estas cárceles eran precarias, estando los presos encadenados y, a menudo, torturados, con abusos frecuentes que las fuentes reflejan. Un ejemplo es el de una viuda desesperada que cuenta como unos soldados borrachos mataron a su marido con espadas y luego quemaron su cadáver. Muchos presos morían de hambre.

Para la estructura económica de Egipto no convenía tener encarcelados a los trabajadores, esclavos o no, por lo que se intentó limitar la pena a deudas fiscales ya desde época faraónica. Un edicto de Tiberio Alejandro[ii] suprimió el encarcelamiento por deudas privadas. Como el encarcelado por deudas no podía trabajar para pagarlas, fueron las mujeres y los hijos los que cumplían la pena hasta la satisfacción de aquellas

Según paso el tiempo (s. IV) se produjo un cambio: la prisión se convirtió en lugar de penitencia. En un papiro conservado los presos piden su libertad arguyendo que ya habían adquirido la prudencia necesaria. Fuera de Egipto parece darse este cambio también en Siria, cuando entre 539 y 540 el obispo de Gerasa[iii] hizo construir una prisión para los condenados.

La libertad bajo fianza era temporal: el garante se responsabilizaba de devolver al reo a prisión o pagaba una suma como garantía, pero se produjeron encarcelamientos injustos, como se deduce de las protestas de los condenados. Una fuente muestra el caso de un campesino injustamente encarcelado por un decurión en Cinópolis. Se conocen también liberaciones indebidas, lo que tenía su pena: un papiro copto de Afrodito nos habla de la pena a uno que prometió no volver a dejar escapar a nadie.

Hubo prisiones privadas en manos de terratenientes o potentiores, los cuales parece que se hacían cargo del coste a cambio de poder concedido por el Estado, lo que se observa desde el siglo IV, aunque en esto no todos los historiadores están de acuerdo[iv].

La Iglesia, que en el siglo citado ya estaba muy asentada en Egipto (concilio de Nicea, 325) se comprometió con la caridad, reflejada en la ayuda a viudas, en la fundación de hospitales y en la intercesión a favor de los presos. Creó un nuevo concepto de prisión como lugar de arrepentimiento, los castigos corporales fueron sustituidos por la meditación y el sentimiento caritativo mejoró el trato a los prisioneros.

Constantino el Grande dio a los obispos el derecho a la supervisión de las prisiones para la protección de los prisioneros, y los cánones de Atanasio de Alejandría (siglo IV) consideraron que las visitas a los presos eran un deber para los obispos y para los presbíteros. A pesar de todo esto y de la caridad privada la vida en prisión fue muy dura. Los obispos también podían tener prisiones: un clérigo en Samos fue acusado ante el obispo, quien ordenó le encarcelasen donde tenía destinados a los clérigos culpables.

El hospital de Oxirrinco, perteneciente al obispo, tenía una prisión en la que probablemente –dice Torallas Tovar- se atendía a prisioneros enfermos. Poco a poco la Iglesia fue cayendo en manos de los más poderosos, de forma que los dominios eclesiásticos adquirieron la misma estructura que los latifundios de laicos.

(Mapa de https://amigosdelantiguoegipto.com/?p=1730)


[i] Más al sur que El Cairo actual pero cerca del delta.

[ii] Judío rico de Alejandría que vivió en el siglo I. Procurador en Judea con Claudio emperador, luego fue prefecto de Egipto y reprimió a los diversos grupos étnicos.

[iii] Al Este del Jordán.

[iv] Jean Gascou (1985), historiador nacido en Cambrais, norte de Francia, a mediados del siglo XX.

viernes, 30 de abril de 2021

Campamentos temporales romanos

 

                                       A Cortiña dos Mouros (fotografía de La Voz de Galicia)

Julio Vidal Encinas y otros han estudiado la presencia del ejército romano en las montañas de El Bierzo y han dado a conocer tres recintos fortificados en las montañas que separan El Bierzo de las sierras del interior lucense. Presentan características similares a otros casos estudiados, como Castrocalbón[i] y Valdemeda[ii], aunque estos fuesen campamentos estables de los primeros siglos de nuestra era.

El área estudiada por el autor citado y sus colaboradores es de complicada orografía. A Granda das Xarras[iii] y A Recacha[iv] son dos fortificaciones desde las que se controlaban los pasos de montaña entre los valles de los ríos Ibias y Valouta, que han sido excavados ya.

A Cortiña dos Mouros o Campo do Circo se encuentra entre los municipios de Cervantes, Lugo y Balboa, León. El alto de O Circo se encuentra a casi 1.300 m. sobre el nivel del mar en la Sierra de Ancares, que sirve de divisoria de aguas entre las cuencas de los ríos Navia y Sil. Desde dicha altura se domina un paisaje montañoso y solo a 2 km. del importante paso de O Portelo[v].

Descartado que Campo do Circo fuese un asentamiento prehistórico, la parte lucense del yacimiento está muy destruida por la repoblación forestal, pero en el área leonesa se distingue un parapeto de unos 5 m. de anchura y 0,5 de altura, extendiéndose unos 230 m. Al exterior hay una suave depresión de unos 2 m. de anchura y un foso colmatado con probable sección en V. Las defensas presentan en algunos puntos un desnivel de 2 m., dibujando dos lienzos rectilíneos con un esquinal redondeado. El área campamental tiene una superficie de 4,5 ha.

A Serra da Casiña se encuentra en Balboa (León), cerca del núcleo de Valverde, en la suave cima –dicen los autores- del cerro de A Serra da Casiña, a casi 1.100 m. sobre el nivel del mar. Desde allí se ve el valle de Balboa, siendo un espacio de tránsito, desde época romana, entre la hoya berciana y el oriente gallego.

El yacimiento se ha estudiado a partir del desbroce en algunas parcelas, viéndose un conjunto de estructuras antrópicas no vinculadas a actividades agrarias; también dos accesos al campamento romano. En conjunto está muy deteriorado por la acción de maquinaria pesada en el desbroce, pero se conoce la existencia de terraplenes de, como máximo, un metro de altura y 4 m. de ancho (media); también se ha descubierto un foso y se reconoce en planta un único recinto rectangular con esquinales redondeados.

El yacimiento de As Penas de Perturexe (Villafranca del Bierzo, León) se encuentra en la Serra do Páramo, divisoria de los valles de Balboa y A Teixeira. As Penas está a 1.464 m. sobre el nivel del mar, habiéndose descubierto dos alineaciones, un parapeto allanado de 4 m. de anchura y un foso exterior, siendo la planta dos lienzos rectilíneos con trazados perpendiculares unidos en un esquinal redondeado.

Los estudios llevados a cabo por Vidal Encinas y sus colaboradores se enmarcan en un proceso generalizado de revisión de la presencia militar romano en el occidente peninsular.



[i] Al sur de la actual provincia de León, donde está atestiguada la presencia del ejército romano en sus proximidades

[ii] Al suroeste de la actual provincia de León, en el municipio de Truchas.

[iii] Entre Ibias, Asturias y Candín, León.

[iv] Entre Navia de Suarna, Lugo e Ibias, Asturias.

[v] Aldea en el extremo sur de la Sierra de Ancares, a 1.068 m. sobre el nivel del mar.

sábado, 10 de abril de 2021

Primates

 

¿Y si los primates de los que por sus transformaciones existimos como seres humanos, no hubieran evolucionado, no se hubiesen erguido, su cerebro se hubiese quedado en el estadio de primates? No tendríamos arte, ni tecnología, no tendríamos ciudades y vías de comunicación, nada de medicina y otras ciencias, y todo ello porque no se hubiese formado el lenguaje tal y como ahora lo conocemos.

Nos hubiésemos evitado, en cambio, opresores y oprimidos, guerras, crueldades, armas, destrucciones masivas (salvo las producidas por la naturaleza), grandes matanzas. No habrían existido nunca los campamentos militares ni los dioses de todos los tiempos, tampoco las religiones ni las castas sacerdotales, no habrían existido los reyes divinizados y a su vez mortales. No se habrían formado los estados, ni las administraciones a su servicio, ni las leyes que formaron códigos; los seres anteriores a los humanos que tuvieron con estos algunos parecidos, no habrían creado literatura alguna, ni habrían podido realizar expediciones descubriendo continentes enteros; el concepto mismo de descubrimiento les sería desconocido.

No habrían existido los carimbos para esclavos porque no hubiesen existido esclavos, ni las brutalidades cometidas en exploraciones y ambiciones sin cuento. Los primates de toda condición y otros animales no habrían podido llevar a cabo las guerras mundiales que sí los humanos, ni las grandes deportaciones, ni las interminables guerras medievales que los humanos protagonizaron.

Sin papas ni popes, sin rabinos y ulemas, sin caciques de ningún tipo, el mundo sin humanos, que han depredado muchas especies, sería muy otro, con una ecología amenazada por la superpoblación de una diversidad mayor de animales que podrían alcanzar el equilibrio de la manera que la propia naturaleza les dictase.

Al tiempo que no habría existido la filosofía, aquellos seres de inferior capacidad que los humanos sabrían poco sobre los grandes ríos, las selvas, el mar, los volcanes, el fuego y las propiedades de una inmensidad de minerales. Nada sabrían del firmamento y de la miríada de estrellas que forman la bóveda envolvente. No habrían convertido al Sol en un dios ni a las constelaciones en agentes del destino.

Un mundo en el que no se hubiesen formado los humanos sería un gran misterio para nuestra imaginación, pero podemos hacernos una idea vaga sobre los primates que vagarían de un lado a otro, o bien se asentarían en un territorio limitado, adaptándose al medio y nunca transformándolo.