viernes, 23 de julio de 2021

"Los rios e los puertos e los caminos publicos perteneçen a todos los onbres..."

 

                                                            fuentesdenava.es/index.php/

Becerril de Campos se encuentra al sur de la actual provincia de Palencia, y su historia se encuentra marcada por el aprovechamiento del agua para la agricultura y las construcciones llevadas a cabo en relación a ella: un acueducto para el canal de Castilla, un puente sobre el mismo y un pontón sobre un arroyo. En un plano de mediados del siglo XIX se muestra la concentración del caserío rodeado de los campos de labor que, a fines de la Edad Media, estaban dedicados sobre todo a viñedo, combinado en ocasiones con el cereal; en otras zonas solo este último, dos pequeñas porciones de monte y, al sur, la laguna de la Nava, que después de su casi total desecación, desde finales del siglo XX se está intentando recuperar.[i]

Es de una gran monumentalidad la iglesia de San Miguel, compuesta por un enorme ábside que, junto con el resto del muro exterior, está sujeto por proporcionados contrafuertes, pero la techumbre está en ruinas.

Los caminos entre las diversas poblaciones, el agua y otros bienes se consideraban comunitarios ya en la Edad Media, reflejándolo así las Partidas: los ríos, los puertos y los caminos públicos pertenecían al común, pudiendo usarlos los que no fueran naturales del lugar[ii]. Las mismas Partidas distinguían el agua corriente (por ejemplo, de los ríos) de las surgientes (pozos y estanques): si el dueño de la heredad donde se encontraban estas aguas lo autorizaba, los demás podían hacer uso de ellas para “sus bestias e sus ganados por tal otorgamiento”.

En 1528 –dice Oliva Herrer- el 80% de los habitantes de la Tierra de Campos occidental vivía en núcleos de más de 450 habitantes, y el 37% en núcleos de entre 900 y 2.250 habitantes, dándose un porcentaje parecido para los vecinos que vivían en núcleos mayores. Esto quiere decir que no se trataba de núcleos pequeños para la época estudiada, además de que proliferaban dichos núcleos, prueba de que la Castilla del norte aún no había experimentado el despoblamiento que comenzará en el siglo XVII y se acentuará en el siguiente. A finales del siglo XV esta comarca tenía una alta densidad en el conjunto de la cuenca del Duero.

Los núcleos de la comarca estudiada carecían de relaciones de interdependencia política y tenían parecidas actividades económicas, contando también con parecidos problemas. Algunos de estos núcleos tenían una auténtica estructura urbana, lo cual no es extraño tratándose de poblaciones concentradas, por oposición a las dispersas de las zonas montañosas o del norte de España.

En cuanto al clima dominante es el mediterráneo continentalizado (esto último por la fuerte oscilación térmica anual), con escasas lluvias, a veces torrenciales sobre todo en los equinoccios, y fuertes estiajes. El autor al que sigo dice que la comarca carece de importantes cursos fluviales, y de ahí que en el siglo XVIII se acometiese la construcción del canal de Castilla. El Pisuerga está lejos de la comarca estudiada y el Carrión pasa desplazado al Este de Becerril, siendo los afluentes del Carrión que vienen de Villaumbroso a Palencia, de Ampudia y Cisneros, los que pueden aprovecharse hídricamente. Salvo el Carrión, no llegan a la comarca de Becerril y su espacio meseteño los ríos que se encajan desde el norte en los valles de la cordillera Cantábrica.

De ahí la competencia entre unas poblaciones y otras, además de la intensa utilización del agua disponible. El proceso de algunos productos se veía alterado por la falta de agua en los meses de verano, por ejemplo la molienda, pues los caudales de agua no son suficientes para mover las ruedas de los molinos, mientras que la industria textil se concentraba en Dueñas, donde el caudal del Pisuerga la favorece[iii]. Al oeste del río Carrión, por ejemplo, donde abundan los cuérnagos o cauces, se instalaron paradas y molinos, cuya densidad fue notable.

Importancia tuvieron los humedales (Boada)[iv] y los acuíferos de la laguna de La Nava, ingente fuente de recursos –dice Oliva Herrer- cuya extensión ha sido estimada en 2.000 Ha. y en los momentos de máxima extensión llegó a superar con sus desbordamientos las 4.500 Ha.

La gestión del agua, en la medida que fueron los concejos los encargados de llevarla a cabo, tuvo dimensiones políticas, estableciendo aquellos la mayor parte de las disposiciones para el aprovechamiento del agua y para solucionar los numerosos conflictos. En definitiva, la gestión concejil contribuyó a la cohesión de las comunidades que tenían unos mismos intereses en la economía de la comarca.

El caso de Becerril de Campos es un ejemplo que rompe con el tópico de que Tierra de Campos es una región de monocultivo cerealista[v], por cuanto el viñedo ocupa un lugar importante también, dándose una rigurosa organización del terrazgo, donde quedan relegados a los espacios más reducidos los huertos, en los márgenes de los arroyos cercanos a la villa. En cuanto a los aprovechamientos colectivos se da el monte de encina, carrascos y rebollos en la zona norte del término, aprovechándose para la ganadería, principalmente ovina[vi]. También se encontraban prados diseminados en las proximidades de arroyuelos, siendo el más importante una dehesa herbácea conocida como la Vega. La reserva de pastos se completaba con el prado comunal de La Nava, al sur de Becerril, una importante área de pasto de carrizo[vii] disponible cuando se retiran las aguas de la laguna.



[i] Este resumen se basa en el trabajo de Hipólito R. Oliva Herrer, “Gestión del agua, economía agraria y relaciones de poder en Tierra de Campos a fines del medievo”. El autor considera que los datos aportados sobre Becerril son significativos de una parte de la Tierra de Campos.

[ii] Partida tercera, título 28, ley doce. Citada por Oliva Herrer en la obra citada en nota i.

[iii] Los grandes consumos de agua en la industria textil tienen lugar en la tintura de las fibras y en el acabado de los tejidos. Ver: iagua.es/noticias/agueda-garcia-durango .

[iv] En Boada de Campos (suroeste de la actual provincia de Palencia). Contiene gran cantidad de sal.

[v] El autor señala que dicha imagen empezó a gestarse en el s. XVIII.

[vi] Tendió a concentrarse en manos de unos pocos propietarios.

[vii] Agrupa a las plantas gramíneas y otras con tallos largos, principalmente las que crecen en el agua.

Final de un reinado

 

La amnistía que el primer gobierno de la regente María Cristina concedió, fue una constatación de la debilidad del mismo y un reconocimiento de su incapacidad para hacer frente al carlismo sin el apoyo de los liberales[i]. Donoso Cortés[ii] escribió que esta amnistía “vino a abrir las puertas de España a las revoluciones”, y por su parte Pacheco[iii] dijo que “no entraban los liberales como perdonados, no se olvidaba el liberalismo; entraban como auxiliares”. 

Un real decreto de 1832 creó el Ministerio de Fomento, “el más eficaz instrumento contra el carlismo y al mismo tiempo el golpe de gracia dado al Antiguo Régimen”[iv]. Éste ministerio reunió todas las competencias sobre gobierno interior, por lo que vino a sustituir al Consejo de Castilla, estando al frente de aquel Narciso Heredia y Begines de los Ríos, no precisamente un liberal, pero con experiencia de gobierno. Entonces se produjo la dimisión de Cafranga[v], aunque no le fue aceptada, y se dieron manifestaciones realistas (carlistas) que forzaron a la regente a decir que el único gobierno posible era el de una “monarquía sola y pura”, texto que se ha atribuido a Cafranga.

Los sucesos de La Granja, donde tuvieron lugar los amaños de los carlistas para que el rey anulase la Pragmática Sanción de 1789, llevaron a la regente a confirmar a Cea Bermúdez al frente del Gobierno, el cual hizo aprobar un Decreto suspendiendo las elecciones municipales[vi], teniendo lugar, a principios de diciembre de 1832, el primer Consejo de Ministros para anular la Pragmática Sanción, lo que obviamente disgustó a los liberales.

Cuando el rey Fernando se recuperó de su enfermedad, por la que su esposa había ejercido por primera vez la regencia, mostró su desacuerdo con las medidas tomadas por esta, pero no dejó de expresar su agradecimiento a la reina, inclinándose entonces el Gobierno por mantener una política que no contentaba ni a carlistas ni a liberales, saliendo a mediados de marzo de 1833 Carlos de Borbón hacia Portugal. Por su parte los liberales “cristinos” reaccionaron a los sucesos de La Granja siendo potenciados por varios miembros de la más alta nobleza, consiguiendo reprimir a los realistas de Madrid en octubre de 1833.

En febrero de ese año Cea informó a su gobierno de la voluntad del rey de que se convocasen Cortes para jurar a la heredera Isabel, pero dichas Cortes debían ser las tradicionales por estamentos, sin otra misión más que la descrita. Debe tenerse en cuenta que no se convocaban dichas Cortes desde 1789 (cuarenta y cuatro años) y se escribió a los Capitanes Generales para que garantizasen que los elegidos para asistir a las Cortes, fuesen acordes con la voluntad del rey. Respondió, entre otros, el marqués de las Amarillas[vii], destacado en Sevilla, diciendo que dicho asunto era indiferente porque fuesen quienes fuesen los elegidos no se opondrían al rey.

La importancia que Cea daba al control que los capitales generales pudieran ejercer sobre las elecciones ha quedado de manifiesto en varias fuentes, y cuando el conde de Puñoenrostro[viii] hizo público un documento en que se afirmaba que “la voluntad de los pueblos eleva los Reyes al trono”, además de que las Cortes debían discutir otros asuntos aparte el juramento de la heredera al trono, se le hizo rectificar por el rey y se le ordenó salir de la Corte “con destino de cuartel a Pamplona”. En todo caso esas Cortes fueron las últimas del Antiguo Régimen.

Mientras tanto corrió un texto carlista en el que se atacaban unas Cortes “para jurar unos derechos controvertibles, sin controvertirlos”, calificando al ministro de Gracia y Justicia[ix] de “enjorguinado” y añadiendo que se trataba de “la más grotesca farsa que se pueda ver”. García de León y Pizarro en sus “Memorias”, citadas por Bullón de Mendoza, escribió que “los amantes de principios templados y sospechados de liberalismo en lo político, están por la obediencia al Rey, y los que se llaman realistas por excelencia, y absolutistas por apodo, están por el otro partido”.

De todas formas hubo circunstancias dignas de consignar: el arzobispo de Toledo[x] se negó a jurar como diputado, siendo sustituido por el de Sevilla[xi]. Entre quienes prestaron el juramento había fervientes carlistas, y entre los que se negaron estuvieron el conde de Orgaz[xii], los obispos de Mondoñedo, Ourense y Orihuela, además del de León[xiii], con la particularidad de que éste protestó públicamente habiendo tenido que abandonar su diócesis ya con anterioridad. Se dio incluso el caso curioso de don Francisco de Velasco que, elegido diputado por la ciudad de Burgos, juró y tres meses después participó en la sublevación carlista dirigida por Merino[xiv].

Pero la jura de la heredera no había despertado entusiasmo en la calle; el embajador portugués, miguelista, dijo que “en vez de fiesta parece un funeral, ni un viva”, en alusión a las fiestas que se organizaron en villas y ciudades para celebrar dicha jura. Un moderado como Burgos, que no tardaría en ser ministro, señaló que la jura de doña Isabel se vio en todas partes con desdén, y García de León y Pizarro (Secretario de Estado con Fernando VII) dijo que “la indiferencia, casi hostil, es general…”.


[i] Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera en su tesis doctoral.

[ii] Marqués de Valdegemas (1809-1853) fue filósofo, político y diplomático con el régimen liberal, evolucionando hacia posiciones cada vez más conservadoras.

[iii] Joaquín Francisco Pacheco era natural de Écija (1808-1865), jurista y escritor, militó en el partido moderado.

[iv] Véase la nota i.

[v] Jurista salmantino, tuvo cargos públicos tanto durante las etapas absolutistas como en el “trienio”, pero apoyó a la regente María Cristina frente a las pretensiones de Carlos de Borbón.

[vi] Después de 1823 eran los Ayuntamientos salientes quienes proponían a las Audiencias el nombre de los que debían sucederles.

[vii] Pedro Agustín Girón, militar partidario de un liberalismo moderado.

[viii] Juan José Matheu y Arias Dávila.

[ix] Francisco Fernández del Pino, con amplia trayectoria de gobierno y en los tribunales de justicia.

[x] Pedro Inguanzo Rivero.

[xi] Francisco J. Cienfuegos Jovellanos.

[xii] Joaquín Crespí de Valldaura.

[xiii] Francisco López Borricón, Dámaso Iglesias Lago, Félix Herrero Valverde y Joaquín Abarca Blanque respectivamente.

[xiv] Sacerdote y líder guerrillero. 

Ilustración: historiaymedicina.es/la-muerte-de-fernando-vii/

lunes, 19 de julio de 2021

La Carta de 1814

 

                                                       Moneda con la efigie de Luis XVIII

La Carta Constitucional francesa de 1814 comienza aludiendo a la Divina Providencia, en el sentido de que por su voluntad un rey Borbón volvía al trono. Sigue mencionando que la paz era algo anhelado, lo que no es extraño tras la etapa napoleónica.

Aunque toda la autoridad –según esta Carta- recae en el rey, este no tiene inconveniente en reconocer que sus predecesores han ido modulando el ejercicio del poder político según los tiempos. Se cita en el preámbulo a los reyes Luis el Gordo, Luis XI, Felipe el Hermoso, Enrique II, Carlos IX y Luis XVI[i], el cual –según el texto de la Carta- “reglamentó casi todas las ramas de la administración pública por diferentes ordenanzas que nadie habría superado en sabiduría”.

Se hace alusión a la Europa ilustrada, diciéndose “acordamos hacer concesión y otorgamos a nuestros súbditos… la Carta Constitucional que sigue…”, en lo que los especialistas han visto no una Constitución en el sentido liberal y moderno de la palabra, sino una concesión graciosa del rey que, no obstante, permitirá algunos artículos en la línea del liberalismo doctrinario.

“Los franceses son iguales ante la ley”, lo cual no es muy costoso, pues bien sabido es que del dicho al hecho hay un trecho; cierto que de esta manera desaparecían los privilegios jurídicos de algunos estamentos, tratándose de una reminiscencia de los años revolucionarios. El hecho de que se hable de los franceses como súbditos (y no ciudadanos) indica que el atavismo al antiguo régimen sigue presente.

El artículo 2º hacía referencia a la obligación de contribuir a las cargas del Estado, sin hacer distinción sino por la fortuna de cada uno, y en el artículo 3º se dice que “todos son igualmente admisibles a los empleos civiles y militares”, lo que también es herencia de la Revolución, pues en el Antiguo Régimen muchos de aquellos estaban reservados a la nobleza.

Aunque se pretende garantizar la libertad individual, pues nadie podría ser perseguido ni arrestado sino en los casos previstos en la ley, lo cierto es que Carlos X, sucesor del rey otorgante, hizo saltar por los aires muchas de estas intenciones con sus pretensiones ultramonárquicas, es decir, la preeminencia casi absoluta del rey sobre cualquier otra instancia del Estado. El vizconde de Martignac[ii], primero ultramonárquico y luego moderado en el régimen que aquí analizamos, se vio superado por el ímpetu de los liberales en la Asamblea y se unió a ellos votando que el Gobierno propuesto por el rey, en 1830, tuviese que contar con el apoyo de dicha Asamblea, lo que desencadenó la revolución que acabó con la dinastía borbónica en Francia.

Aunque en la Carta se reconocía la libertad de culto, solo la Iglesia católica recibiría recursos públicos, siendo aquella la oficial del Estado. En el artículo 8º se proclamaba el derecho de publicar e imprimir, solamente limitado por el derecho del Estado a “reprimir los abusos” de dicha libertad. Y no podía faltar lo esencial: todas las propiedades serían inviolables, incluso aquellas que hubiesen sido adquiridas por las medidas desamortizadoras en el siglo XVIII y la etapa napoleónica, no fuese a ser que la gran finanza, los dueños de la propiedad inmueble y otros por el estilo, retirasen su apoyo al régimen.

Se preveía en la Carta la restricción del derecho de propiedad por “interés público” y mediante indemnización, quedando así abierta la puerta a la expropiación de bienes que, en el caso de los más poderosos, tendrían recursos para evitarlo. En otro orden de cosas se prohibieron todas las investigaciones abiertas hasta el momento en que se restauró la monarquía borbónica, lo que implicaba también a los tribunales de justicia.

El articulo 13ª declaraba que la persona del rey era inviolable y sagrada (lo primero ha quedado plasmado en algunas constituciones actuales). Si bien los ministros serían responsables de sus actos como tales, sólo al rey correspondía la potestad ejecutiva. Esto entraña una contradicción, pues si un ministro podía ser declarado culpable por una decisión tomada, no por ello se implicaba al rey, que no obstante era la cabeza del Gobierno.

Otros artículos vienen a conferir al rey poderes militares, la facultad de declarar la guerra y acordar la paz, la capacidad para establecer alianzas y relaciones comerciales, así como a él correspondía el nombramiento de todos los empleos de la administración pública. El rey se reservaba también la potestad legislativa junto con una cámara de los pares y otra de los diputados, siendo la iniciativa legislativa una prerrogativa real (art. 16ª). Por su parte las cámaras podían “suplicar” al rey la proposición de una ley sobre cualquier asunto, pero aquel tenía la última palabra. Como solo el rey podía sancionar y promulgar las leyes, se puede hablar de una monarquía absoluta “sui generis” con algunos rasgos de liberalismo que no limitaban suficientemente –en la opinión liberal- aquel poder.

Una Carta como esta es la que Luis XXIII propuso a Fernando VII para España a partir de 1823, contando con la negativa de este más o menos implícitamente. Sin perjuicio de considerar las diferentes situaciones políticas en los dos países, Francia se libró de una guerra civil que podría haberse producido si la revolución de 1830 no hubiese contado con los apoyos que tuvo; guerra civil que, en España, marcaría la historia política del país por lo menos durante un siglo.


[i] Luis el Gordo, en el s. XII, perteneció a la dinastía Capeta, que los sucesivos reyes de Francia han considerado raíz del Estado. Luis XI, en el siglo XV, reafirmó el poder monárquico frente a las pretensiones nobiliarias. Es curioso que la Carta cite a Felipe el Hermoso detrás de un rey posterior, pues aquel reinó entre los siglos XIII y XIV, combatiendo al papado y a los Templarios, siendo también rey de Navarra. A Enrique II quizá se le cite en la Carta por el empeño que tuvo en combatir a los hugonotes en el s. XVI, sabido el catolicismo de los Borbón. Quizá se cite aquí a Carlos IX por la misma lucha que llevó a cabo en las guerras de religión francesas durante la segunda mitad del s. XVI.

[ii] 1778-1832. Había sido secretario de Sièyes y en 1823 acompañó al duque de Angulema en la restauración de la monarquía absoluta española.

sábado, 17 de julio de 2021

El primer y segundo Rembrandt

 

                                                         "Cristo resucitando a Lázaro" (*)

Al oeste de Holanda, muy cerca de la costa, se encuentra Leiden, donde nació Rembrandt en 1606. Su padre era molinero y tuvo una numerosa familia, por lo que el futuro artista, que pronto despuntó maneras, no vivió en la abundancia. A los catorce años ingresó en la Universidad de Leiden, pero su objetivo ya estaba puesto en el arte.

En el taller de un pintor local se formó Rembrandt, y luego fue a Ámsterdam para estudiar pintura histórica. La ciudad se encuentra algo más al norte, un mercado de arte muy importante en el siglo XVII, pero también antes. En Leiden, Rembrandt se había entregado a la lectura de la Biblia y del Nuevo Testamento, lo que daría sus frutos más tarde cuando pintó muchas escenas históricas y religiosas, al tiempo que perfeccionó su técnica del aguafuerte.

Cuando tuvo la oportunidad de viajar a Italia, lo que muchos otros artistas hacían, respondió que no lo creía necesario, pues en Holanda se encontraban muchas obras de italianos y Rembrandt las pudo conocer de primera mano. En su propio taller de Leiden pintó “El martirio de San Esteban”, tenido el personaje por el primer mártir cristiano. Es obra de 1625, cuando el autor tenía diecinueve años; un óleo sobre tabla de 90 por 124 cm.[i] La autoridad a caballo, en la parte izquierda de la composición, observa cómo Esteban es lapidado por no obedecer a los sacerdotes judíos. Rembrandt representa al santo vestido con ropas eclesiásticas, dedicando cierto detalle a las mismas; el resto es una composición típicamente barroca, con escorzos, movimiento pero también cierto hieratismo en uno de los personajes centrales. La atmósfera borrascosa y el misterioso edificio del fondo, añaden más dramatismo a la escena.

En 1626 pintó “Expulsión de los mercaderes del templo”, otra escena del Nuevo Testamento, y de la Biblia, el Sansón cegado por los filisteos (1636), un óleo sobre lienzo de 236 por 302 cm.[ii]. El personaje bíblico está concebido como poderoso, pendenciero y enemigo de no pocos, entre ellos los filisteos, que se vengaron de él.

La escena es desgarradora: el forzudo tiene una mano encadenada mientras un soldado le clava la espada en el ojo, del que brota copiosa sangre. El cuerpo de la víctima se retuerce, como quiere todo autor barroco cuando representa escenografías de gran impacto popular, pero también pintó a Sansón en otras escenas de la Biblia.

Rembrandt pintó también a su madre varias veces, una de ellas leyendo un gran libro como si de una sibila se tratase, y donde el artista pone énfasis en la monumentalidad es en su obra “Cristo resucitando a Lázaro”. Pintó escenas de la antigüedad clásica y encargos de burgueses en la ciudad de Ámsterdam, centro de un importante comercio internacional, donde tuvo un taller con su amigo Jan Lievens[iii].

En 1629 empezó a pintar autorretratos y conoció la obra de Hals, que imprimió menos fuerza a la luz que nuestro personaje. Estos retratos se convirtieron en una especialidad holandesa, incluso los de grupo, entre los que destaca “Lección de anatomía del doctor Tulp”, encargo del médico del mismo nombre (1632). Ha sido muy valorada la colocación de las figuras en la composición, mostrándose por el profesor la forma en que debe disecarse un brazo (muy probablemente de un criminal, pues después de ajusticiados, sus cuerpos eran entregados para experimentaciones).

También pintó desnudos, cuadros pequeños de paisajes[iv] y otras obras que le dieron fama, casándose entonces con su primera mujer, a la que retrató varias veces. El dinero propio y el de la familia de su esposa le hicieron temerario, pues prestó, participó en subastas de arte y joyas, se entregó a gastos y llegó a tener problemas económicos.

Su descendencia primera no fue perdurable: en 1635 falleció un primer hijo al nacer y luego dos niñas murieron en la primera infancia. Por fin nació el hijo a quien dedicó algunos retratos y, al parecer, enterneció al artista.

Profesor a finales de los años treinta (s. XVII), uno de sus discípulos fue Nicolás Maes[v], y muchos cuadros de su taller han sido minuciosamente estudiados para adjudicársele a Rembrandt “solo” unos cuatrocientos o quinientos, correspondiendo el resto a sus alumnos (hasta un total de mil aproximadamente).



[i] Se encuentra en el Museo del Bellas Artes de Lyon.

[ii] Se encuentra en Städelsches Kunstinstitud de Fráncfort.

[iii] 1607-1674. Natural también de Leiden, pintó antes que Rembrandt cuadros de formato grande.

[iv] Destaca “El molino”, representado sobre un relieve en un ambiente brumoso y, en la parte inferior derecha, un río…

[v] Nacido en Ámsterdam en 1634, falleció en 1693.

(*) Obra de 1630, es un óleo sobre tabla de 96 por 81 cm. Se encuentra en el Museo de Arte del Condado de los Ángeles.

domingo, 11 de julio de 2021

Escribir un espejo

 

                                                                   Paisaje de Wisconsin

Cuando A. Tocqueville[i] escribió su obra “La democracia en América” (otros dicen que debe titularse “De la democracia en América”), lo hizo después de viajar a Estados Unidos, a principios de la década de 1830, acompañado de Gustave de Beaumont[ii]. La obra de Tocqueville se publicó en dos tomos con una distancia en el tiempo de cinco años (1835 y 1840).

No satisfaciéndole el modelo británico, pues valoró positivamente muchos aspectos de la Revolución Francesa (con excepción del Terror), participó en el régimen de 1830 y durante la II República francesa. Se mostró como un liberal en el sentido genuino del término, partidario del parlamentarismo pero contrario a los extremos de la democracia.

El profesor Eduardo Nolla ha expuesto brillantemente la “peripecia” de Tocqueville y Beaumont en Estados Unidos cuando consiguieron permiso para viajar a América, costeándose el viaje y la estancia durante un año aproximadamente. La disculpa fue estudiar el sistema de prisiones en el nuevo Estado por ver si sería aplicable en Francia (en Europa) por más humano que el existente aquí. Pronto comprobó que la democracia en Estados Unidos –con sus limitaciones- era posible allí pero no en Europa, con las permanentes convulsiones que había sufrido y aún viviría, menos en el caso de Gran Bretaña.

Los dos magistrados vieron –y así lo refleja Tocqueville en su obra citada- que parte de la población de EE.UU., no contenta con la vida en las colonias independientes, emprendía la marcha hacia la “frontera” (en la década de los treinta el territorio más al oeste al que había llegado el hombre blanco era Michigan). Esa población emprendía en la “frontera” una nueva vida lejos de las ataduras del Este, se hacía con tierras, se enfrentaba a los indígenas, sufría penalidades pero, al cabo de una o dos generaciones, solía tener éxito. Tocqueville estuvo interesado por la vida en esa “frontera”, en el Este y en el sur de Estados Unidos.

En el Este vio cómo funcionaba un colegio electoral (algo casi inexistente en Europa); él y Beaumont comprobaron entonces que los negros no votaban, aunque jurídicamente se les consideraba iguales a los blancos. Preguntaron el por qué de esto y se les dijo que si aparecía un negro por el colegio sería maltratado y se le impediría votar… En el sur vieron algo peor: los cultivos tropicales precisan, al menos durante una pequeña parte del año, grandes cuidados. Los negros del sur, aunque esclavos, eran tratados mejor que la generalidad de los blancos; se protegía a las familias de los esclavos para que se reprodujeran, lo que escandalizó a los dos amigos.

En relación a la “frontera” vieron que había una hospitalidad desusada en Europa, por lo que preguntaron. Se les contestó que era por interés, ya que un pionero, alejado en tierras hostiles, deseaba ser acogido por otro pionero y así se veía obligado a actuar de la misma manera. En definitiva, Tocqueville vio que el concepto de libertad no era el miso en unos países que en otros: la libertad jurídica suele ser en muchos casos pura teoría; las desigualdades económicas engendran desigualdades sociales insalvables; las condiciones de vida y cultura en unos países hacen concebir el anhelo de libertad de formas muy distintas.

Una de las grandes aportaciones de Tocqueville en la obra que cité arriba es que las leyes son inútiles si no se dan otras condiciones; la principal, que haya un equilibrio entre libertad e igualdad. Nuestro autor habla de que pueden ser los individuos más iguales entre sí y no más libres, lo que le lleva a definir qué es la libertad: un sentimiento –dice- que se tiene que generar continuamente en cada uno. Los sentimientos, las sensaciones, tienen que producirse todos los días.

Suya es la idea de individualismo como vicio de la democracia, que lleva a tomar decisiones sin reflexionar suficientemente, hablando de la tiranía de la mayoría cuando esta mayoría ha elegido mal, sin reflexión suficiente, alienadamente. Antiguamente –dice- el tirano imponía su voluntad, pero no podía evitar que cada individuo pensase lo que quisiese, que tuviese los sentimientos libres que su conciencia le dictase. El individualismo, por el contrario, impide pensar… Y luego pasa a exponer los tres regímenes que concibe: donde la libertad es mucho mayor que la igualdad, lo que conduce a la anarquía; donde la libertad y la igualdad están igualadas (este es el régimen que preconiza nuestro autor) y donde la igualdad es mayor que la libertad.

Mucha igualdad por acceder a bienes de todo tipo, trae consigo menos libertad: los individuos están alienados dejándose influir sobre lo que deben hacer en cada una de las manifestaciones de su vida. Por eso Tocqueville preconiza la discusión, el intercambio de ideas, la polémica, etc. Sin esto no hay libertad. Poner en cuestión continuamente la igualdad (no la económica o social, sino la igualdad en alienación) se hace imprescindible, siendo partidario de la participación política: así se combate la alienación de los demagogos, de de otros agentes que hoy son más poderosos que en época de nuestro autor.

Tocquville quiso predicar con el ejemplo y formó un partido político para intentar cambiar las cosas, para participar en las discusiones, en las ideas, en las polémicas, pero fracasó. Su legado, en cambio, es inmenso.

Cuando explicó lo que había querido hacer con su obra “La democracia en América”, dijo no pretender escribir un libro, sino un espejo, que poniéndolo delante de su cara le permitiese verse al mismo tiempo que el camino andado.



[i] Es el título nobiliario. Su nombre era Alexis de Clérel, nacido en la Isla de Francia en 1805 y fallecido en Cannes en 1859.

[ii] Nació en 1802 y murió en Tours en 1866. Igual que Tocqueville, fue magistrado y reformador de prisiones, para lo que le valió el viaje que hizo a Estados Unidos con aquel a principios de la década de 1830.

Baza, Guadix, Almería... Granada

                    Sierra de Los Filabres (senderosdealmeria.es/sierra-de-los-filabres/)

Alonso de Palencia es el cronista de la guerra de Granada cuyo fin se relata aquí. Nacido en 1423, falleció en Sevilla en 1492, poco después de caer en manos cristianas todo el reino nazarí de Granada. 

A la rendición de Baza siguieron, bajo iguales condiciones, otras ciudades y villas, como Purchena[i], que estaba bien defendida; Tabernas[ii], Serón[iii] y otros poblados bien amurallados, así como aldeas difíciles de acceder por las escabrosas montañas de Filabres[iv] y de Bacar[v]. De la mayor parte de ellas tomó posesión el conde de Tendilla, Íñigo de Mendoza[vi].

Estando ya los musulmanes en el arrabal de Baza, los reyes entraron en la ciudad, consagraron la iglesia que durante casi ochocientos años había sido mezquita mayor, oyeron varias misas y dejaron de guarnición 500 caballos y 1.000 peones con víveres suficientes para muchos meses. Allí comprobaron los reyes la enorme cantidad de vituallas que tenía Baza: trigo, cebada, legumbres y de todo lo necesario para la vida. Incluso hubo 150 jinetes musulmanes que pidieron soldada a los reyes para ponerse a su servicio.

Los demás marcharon a Guadix para ponerse a las órdenes de Audelí[vii], que los destinó a la guarnición de Vera[viii], y Audelí salió de Guadix en dirección a Almería, preparándose para entregar esta ciudad en cuanto los reyes Isabel y Fernando llegasen a ella.

Allí llegó el rey Fernando con parte del ejército y los pendones de algunas ciudades de Andalucía, como Sevilla y Jerez; en Serón prohibió que los musulmanes fuesen situados cerca de las huertas, por temor a que cortasen árboles o hiciesen otros destrozos. Se cuidó también de que se respetasen las huertas de Prúgena, donde acampó el ejército, desencadenándose al día siguiente una tormenta. El resto del ejército, mandado por el marqués de Cádiz, no pudo atravesar las montañas, y como los soldados padecían una gran sed, mandó ir haciendo hogueras para que la nieve de las montañas se fundiese, recogiendo el agua en vasijas y logrando así sobrevivir.

Luego el rey Fernando entró en Tabernas con su ejército, entregándose las tropas a todo tipo de desmanes, y poco después acampó cerca de Almería, donde estaba el citado Audelí. El rey llevó consigo al maestre de Santiago, Alfonso de Cárdenas y al marqués de Cádiz, mandando al comendador Gutierre de Cárdenas que fuese a Almería al encuentro de Audelí y que lo trajese al campamento cristiano.

El rey moro vino con una comitiva de solo doce caballeros, y al ver a Gutierre lo acogió amablemente, escuchándole por medio de un intérprete. Cuando Audelí estuvo en presencia del rey Fernando se postró para besar su mano, pero aquel rehusó tal ceremonia, ordenándole que montase en su caballo, por lo que el moro besó su propia mano en señal de humillación. El rey cristiano invitó al musulmán a entrar en su tienda donde le invitó a los manjares que estaban preparados, acompañándoles numerosa comitiva de pie. Uno era el marqués de Villena, Diego Téllez Pacheco, otro el de Tendilla, y también estaba allí Álvaro de Bazán y Garcilaso. Concluido el banquete Audelí se levantó para volver a la ciudad de Almería y disponer lo conveniente para su entrega, siendo acompañado por una pequeña tropa del rey cristiano.

El 22 de diciembre, siguiente al del banquete citado, todo el ejército, por orden del rey Fernando, "formó sus batallas delante de los reales", aguardando el momento de la entrega de Almería. Audelí permitió que se enarbolase la cruz y el pendón de Santiago, no reprimiendo los cristianos que allí estaban sus lágrimas, según la crónica que sigo aquí. Cuando el rey Fernando entró en la ciudad le salieron al encuentro los faquíes (santones musulmanes que vivían de la limosna) y otros principales de la ciudad para besar sus pies y las manos al vencedor.

Luego, consagrada en la iglesia la mezquita del Alcázar, el rey oyó misa que celebró el clero con gran pompa. Ese mismo día llegó la reina con su primogénita Isabel y el séquito que le correspondía, compuesto por prelados (cardenal Pedro de Mendoza, el obispo de Ávila...) y escuadrones. Se adelantó a su encuentro el rey acompañado de Audelí, que recibió con las mismas ceremonias a la reina.

La crónica dice que los presentes no vieron en los semblantes de los labradores moros ni en los vecinos de Almería, en el momento de la entrega, señal alguna de tristeza o pesadumbre, sino que más bien mostraron alegría y dieron muestra de afabilidad, pero esto puede ser más bien apreciación interesada por parte del cronista. Luego fueron entregadas Almuñécar y otras poblaciones obedientes a Audelí, faltando solo que se procediese la entrega de Granada por el rey Boabdil.


[i] En el interior de la actual provincia de Almería.

[ii] Al sur de la provincia de Almería pero no en la costa.

[iii] Al oeste de la provincia de Almería, cerca de Purchena.

[iv] En un sentido longitudinal divide la provincia de Almería antes de llegar a las llanuras orientales.

[v] Es una estribación de la anterior.

[vi] Nacido en Guadalajara en 1440, murió en Granada en 1515. Nieto del poeta Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. Tendilla está en el suroeste de la actual provincia de Guadalajara.

[vii] Llamado por los cristianos El Zagal, fue hermano de un rey granadino y sobrino de Boabdil.

[viii] Al Este de la actual provincia de Almería.