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viernes, 14 de mayo de 2021

Monasterios, papas y conflictos

 

                                                                 Fotografía de Wikipedia

La Segunda Crónica Anónima de Sahagún ha sido estudiada, entre otros, por Carlos M. Reglero de la Fuente[i], donde se narran los enfrentamientos entre los burgueses de la villa y varios abades del monasterio durante la primera mitad del siglo XIII.

Pérez de la Calzada fue removido por unos visitadores papales, Guillermo III fue nombrado cardenal en 1244 y ambos gobernaron el monasterio sucesivamente mientras se producían conflictos con parte de la población de la comarca.

El autor citado señala que el futuro papa Celestino III había vivido en el monasterio de Sahagún durante su etapa como legado papal, concediendo al cenobio diversos privilegios. Luego se manifestarían las tensiones internas y problemas disciplinarios en el monasterio que se prolongaron durante todo el siglo XIII.

Durante la primera mitad de dicha centuria los papas intentaron reformar los monasterios benedictinos e imponer las normas cistercienses. Con ello querían contrarrestar la tendencia a la relajación de los monjes, que algunos autores atribuyen a la actitud de los abades actuando como señores feudales, y a otros monjes que veían en el monasterio una forma de enriquecerse.

El papa Inocencio III se preocupó por los monasterios benedictinos de monjes negros (cluniacenses), a los que intentó reformar de acuerdo con las normas cistercienses. Sus medidas culminaron en el IV concilio de Letrán (1215), pero ya en el anterior concilio lateranense (1179) se había intentado reforzar la autoridad episcopal frente a los privilegios de los monasterios en materia de excomuniones, interdictos[ii], diezmos, etc. Por su parte el monasterio de Sahagún estaba sujeto directamente al papa.

El papa Honorio III, posteriormente, intentó un sistema de visitas, pero no se llevaron a efecto otras medidas que se habían considerado necesarias para Castilla, mientras que sí en la Corona de Aragón. Gregorio IX promulgó medidas para atajar la relajación en materia de alimentación, vestido y propiedad privada cuando se produjeron los abadiatos de Pérez de la Calzada y Guillermo III.

La primera repercusión en Sahagún de las decisiones tomadas en Letrán IV fue la resolución de un largo pleito con el obispo de León sobre los derechos de este en la villa y coto de Sahagún. La sentencia consistió en reafirmar la autoridad del obispo y ciertos derechos a su favor, lo que redujo los ingresos del monasterio que, de todas formas, conservo los privilegios que se contemplaban en el Derecho Canónico y la sujeción directa al papa.

Pero ello no calmó las tensiones en el monasterio, por lo que Inocencio III ordenó se le informase de la veracidad de ciertas denuncias contra el abad Miguel de Grajal por simoníaco, hechicero, perjuro, homicida y dilapidador. Los delegados del papa excomulgaron al abad mientras que sus partidarios interpusieron interdicto sobre el monasterio y villa de Sahagún, que no fue respetado por los monjes, lo que quiere decir que existían diferencias entre unos monjes y otros dentro del monasterio, llegándose a la situación de que el abad Miguel no fue depuesto.

Las diferencias dentro del monasterio podrían deberse –dice Reglero de la Fuente- a que había conversos de origen noble o de sectores destacados de la comunidad local que tendrían intereses distintos a los de otros monjes.

El papa Honorio III, por su parte, encargó al abad cisterciense de Moreruela la reforma de Sahagún, el cual elaboró unos estatutos que, no siendo respetados por todos, el papa encargó al abad de la Espina[iii], también cisterciense, y a los deanes de Astorga y Zamora que revisasen aquellos estatutos, pero para entonces ya se había producido otro conflicto por la elección de un nuevo abad tras la muerte de Miguel en 1225.

A finales de 1225 un abad llamado García aparece como tal en la documentación, y Gregorio IX, poco después, concedió protección al prior y convento de Santervás[iv], dependiente de Sahagún, lo que da a entender que no faltaban los conflictos, siguiendo con sus labores, al margen de aquellos, cilleros, limosneros y otros oficios monasteriales.

Volviendo a Pérez de la Calzada llegó a un acuerdo con el obispo de Zamora, Martín II, sobre los derechos de este en las iglesias de la villa de Bellver (en el Este de la actual provincia de Zamora) y su alfoz, donde se encontraba el antiguo priorato de San Salvador de Villacete[v]. Sin embargo este abad tuvo enfrentamientos con el concejo de Sahagún en los que tuvo que mediar el rey Fernando III: se firmó una concordia renunciando el abad a ciertos derechos jurisdiccionales a cambio del reconocimiento de la propiedad de Santa María de Belver (1231).

Estos acuerdos permitieron al monasterio ventajas de todo orden, incluida la posesión pacífica de sus heredades, aunque surgió una amenaza cuando el rey Alfonso IX dio título de villa a la aldea de Villacete. En 1229 dicho rey puso bajo su guarda y encomienda todas sus heredades en Tierra de León (Cofiñal, Boada, Veneros, Curueño, etc.)[vi].

El monasterio aún se vio amenazado por las pretensiones de los ricoshombres, a quienes aquel vedó tomar conducho[vii] del cenobio. El rey Fernando III eximió del pago de homicidio[viii] a los hombres de Bustillo de Cea (hoy en el Este de la provincia de León), el cobro del portazgo en la villa de Sahagún, etc.

Pérez de la Calzada consiguió que la reina Beatriz tomase bajo su protección el hospital que el monasterio construía junto al camino de Santiago, pues había surgido un conflicto entre el monasterio y el concejo por la construcción de dicho hospital. Los burgueses de Sahagún amenazaron con destruir el hospital, lo que se sitúa –dice Reglero de la Fuente- en el contexto de una revuelta liderada por dos familias que negaban el señorío del abad. Este excomulgó a los rebeldes y el rey envió a su merino a la villa, cuya presencia forzó a aquellos a suplicar el perdón del abad. Estos rebeldes estaban apoyados por algunos monjes parientes de ellos, que también fueron perdonados. 

Estas relaciones proyectaron sobre el monasterio los conflictos de bandos que había en la villa, a la vez que convertían la elección de cada abad en un asunto que concernía no solo a los monjes sino a las principales familias de la zona. Pérez de la Calzada era originario de una aldea de dicho nombre (al sureste de la actual provincia de León) y le vemos autorizando las acciones que llevaban a cabo el bodeguero, el cillero, el hospitalero y otros monjes; también arrendando bienes y concediendo un prestimonio[ix].


[i] “Guillermo Pérez de la Calzada, el cardenal Guillermo y la crisis del monasterio de Sahagún en el siglo XIII”.

[ii] Atribución de la posesión de una cosa a una persona o entidad de manera provisional.

[iii] En la actual provincia de Valladolid.

[iv] En el extremo norte de la actual provincia de Valladolid.

[v] Actualmente la iglesia ha sido restaurada para convertirse en casa consistorial

[vi] En el nordeste de la actual provincia de León, aunque hay varios topónimos con el nombre de Boada. Curueño es un río en aquella comarca y Venero se encuentra cerca de Boñar.

[vii] Daba derecho a ser albergado y alimentado en el monasterio cuando se visitaba la zona.

[viii] Obligación de pagar al rey cuando se cometían determinados delitos de sangre.

[ix] Préstamo de un terreno a cambio de algún servicio.

lunes, 1 de febrero de 2021

El monasterio de Ayoó

 

En una fecha posterior al año 865, cuando las tierras del norte de la actual provincia de Zamora ya habían pasado a poder cristiano, se fundó un monasterio en las inmediaciones de lo que hoy es Ayoó de Vidriales, a una altitud aproximada de 800 m. sobre el nivel del mar.

Augusto Quintana Prieto[i], que ha estudiado los orígenes y evolución de dicho monasterio, considera que debió ser obra propia de la repoblación que se llevó a cabo una vez se liberó la zona del poder musulmán. Éste autor recurre a documentos originales y a fuentes historiográficas para indagar en la época de su fundación, descartando que fuese Fructuoso, originario de El Bierzo, el que la llevase a cabo. Debió de alcanzar cierta importancia en cuanto al número de sus monjes, pues a finales del siglo IX, trece de ellos se dirigieron “hacia las montañas de El Bierzo, para iniciar la restauración de San Pedro de Montes”[ii].

Lo cierto es que durante el siglo X el monasterio de Ayoó pasó por momentos de decadencia e incluso de apagamiento total, lo que llevó a la infanta Sancha[iii], en el siglo XII, a donarlo a los monjes de Castañeda[iv]. Aunque en el año 984 Ayoó fue destruido en una de las razias de al-Mansur, la decadencia venía de atrás y se prolongó hasta la decisión tomada por la infanta[v]. Pero a mediados del siglo XII el monasterio se repuso de la ruina a partir de que el rey Alfonso VII estableciese el coto del mismo con sus límites: “Os doy [a ciertos monjes]… aquel monasterio de Aio, que está en Vidriales… con todo su coto… desde el lugar sagrado que está sobre Carracedo de Vidriales y sobre el Castro Dunia y mi perotario[vi] de Montura, y por la encrucijada de Santa Elena, por la peña de Quelada y por encima de Fuenteencalada”.

Quintana Prieto hace, en la obra citada, un estudio de la sucesión de abades, de las dificultades y pormenores que tuvieron. Ayoó, que fue benedictino, pasó más tarde a poder de los templarios que, “extinguidos… pasó a parroquia secular, y hoy lo es; y la villa es de los condes de Alba de Liste”[vii].

Volviendo atrás, ante la apropiación de Ayoó por los templarios, los monjes de San Martín de Castañeda protestaron ante el papa Lucio III[viii], interviniendo éste dando la razón a los de Castañeda, lo que de nada sirvió porque los templarios siguieron poseyendo Ayoó hasta que se extinguió la orden y el monasterio zamorano volvió a su antigua observancia. Antes de que el lugar fuese propiedad de los Alba de Liste lo había sido de los señores de Alcanicez (debe ser Alcañices).

No fue larga la vida de éste monasterio; ni siquiera fue continuada por encontrarse en ese “desierto estratégico” al que se ha referido Sánchez Albornoz y que ha sido discutido por algunos historiadores. La dificultad inherente a todo mantenimiento monástico, las incursiones musulmanas, las desavenencias entre órdenes monásticas (una de ellas militar), llevaron a la ruina al modesto monasterio de Ayoó, que pasó por algunos años de dependencia respecto de Castañeda…


[i] “El monasterio de Ageo”.

[ii] Al oeste de la actual provincia de León (Montes de Valdueza), en el municipio de Ponferrada. Habría sido fundado por Fructuoso.

[iii] Hija de la reina Urraca.

[iv] Noroeste de la actual provincia de Zamora.

[v] Hay un interesante artículo de H. Salvador Martín titulado “La infanta doña Sancha Raimúndez y la conjura de Grajal”.

[vi] Quintana Prieto dice que en el documento del rey aparece el término “peroctarium”, diciendo no saber su significado.

[vii] El autor cita aquí a Alonso de Carracedo (no sé si se trata de Ambrosio Alonso, cisterciense del siglo XVIII, al que se debe una importante obra).

[viii] Nacido a finales del s. XI, falleció en 1185 en Verona, donde había convocado un concilio para condenar a los cátaros, valdenses, etc.

Fotografía: capitel de Ayoó (masvalevolando.blogspot.com).

martes, 30 de junio de 2020

De los diezmos al diezmo

Monasterio de Obarra (Huesca)

La frase es de García de Cortázar, que en una obra colectiva[i] nos habla sobre los orígenes del diezmo, remontándose a momentos en los que éste no estaba institucionalizado, sino que era impuesto (o aceptado) de forma particular en algunos lugares del Aragón pirenaico, la Marca Hispánica, Navarra y otros. Cuando estos diezmos, que se repartían señores, reyes, condes, monasterios y obispos, pasen a ser algo tan general que ya dejan de discutirse (lo que demuestra que tanto al principio como al final, en el siglo XIX, el diezmo fue objeto de oposición por parte de los que lo sufrían) se puede hablar de su institucionalización[ii].

La legitimación de aquellos diezmos –dice nuestro autor- fue antes hecha por los reyes que por la Iglesia, por lo que aún tiene menos sentido defender, como hizo ésta, que los diezmos tenían un origen divino. Cuando se llega a mediados del siglo XIII “la inacabable casuística de apropiaciones, cesiones y enajenaciones de diezmos” es bien conocida por los historiadores. García de Cortázar, en su estudio, consulta los fondos documentales de los monasterios de Obarra, San Victorián de Sobrarbe, San Juan de la Peña, Leire, Irache, Santa María de Nájera, San Millán de la Cogolla, San Salvador de Oña, Cardeña, Sahagún, Samos y Celanova, además de en las catedrales de Pamplona, Calahorra, Burgos, Palencia, León, Astorga, Santiago de Compostela, Ourense, Segovia, Ávila y Salamanca.

En los cánones de los concilios toledanos –dice- no aparece ni una sola vez la palabra “diezmo”, aunque sí “un reparto ex rebus ecclesiasticis" (los asuntos eclesiásticos) en tres partes iguales: una para el obispo, otra para los clérigos y la tercera para la restauración o iluminación del templo. Esta disposición se ve también en el I Concilio de Braga del año 561 y luego reiteradamente. En el reino hispanogodo los cánones conciliares dan la impresión de que los bienes que llegaban a las iglesias eran por vía de donación voluntaria, pero en el reino de los francos el sínodo de Tours (567) “recomendaba” que los fieles satisficieran  el diezmo y, pocos años después (585) el de Mâcon (*) establecía el pago decimal obligatoriamente. En ambos casos la coincidencia de fechas con hambrunas importantes, ha hecho pensar que el diezmo se cobraba como acto de caridad compensatorio hacia los pobres. El grado de cumplimiento de esta obligación, sin embargo, se ignora.

En otra coyuntura crítica, durante el reinado de Carlomagno, dos siglos más tarde, se obligó a diezmar (Herstal[iii], 779) y así se ve en los cánones del sínodo de Fránfort de 794, llegando noticia de ellos a la Asturias de Alfonso II, y con mayor razón a los condados de la Marca Hispánica. Aquí se produjo la aparición del vocablo “diezmo” en el año 839 en el obispado de Urgel con ocasión de la consagración de la catedral (lo material y lo sacro al mismo tiempo), y de forma progresiva se fue registrando en los obispados de Girona, Vic y Barcelona, empezando a generalizarse el vocablo en la documentación del siglo X.

Hasta cien años después, la presencia del diezmo en textos de la Marca Hispánica, a menudo en concesiones de inmunidad de los monarcas carolingios, parecía asociar a señores, comunidades campesinas, monjes y clérigos locales en una institución de beneficiarios de los que monasterios y obispos resultaban los más frecuentes destinatarios de las donaciones decimales. Algunas de ellas constituían una compensación a la Iglesia por la expropiación regia de parte de sus bienes patrimoniales en beneficio de la aristocracia laica.

La pretensión de algunos clérigos de vincular los diezmos a sus iglesias resultó inútil, ya que la mayor parte de los templos debía su construcción y mantenimiento a comunidades campesinas o familias señoriales. Unas y otras, tras recoger los diezmos en sus dominios, aplicaron parte o su totalidad al templo erigido o poseído por ellas. Cuando en 1023 el abad Oliba consagró la iglesia de San Martín de Ogassa[iii], rehecha por Joan Oriol y su mujer Adelaida, confirmó a aquella “todas las décimas y primicias y oblaciones”, sin aclarar la identidad del beneficiario de dichos ingresos. En 1016 el obispo Armengol de Urgel cedió al conde Bardina la iglesia de San Jaime de Frontinyá[iv] con sus diezmos y primicias; y en 1046 el inventario de bienes de Arnau Mir de Tost registra que este noble poseía en feudo de manos del obispo nada menos que veinte parroquias.

Los ejemplos de infeudaciones por parte de los obispos, de iglesias o diezmos anejos a ellas a los laicos en los condados se multiplicaron en la documentación del siglo XI y afectaron tanto a las tierras al norte como al sur del río Llobregat. Si en los condados de Pallars y Ribagorza sus condes eran los cedentes de diezmos a sus fieles y a los monasterios, al sur del Llobregat, los condes de Barcelona trataron de estructurar el territorio a partir de los castillos y sus distritos entregados como feudos a sus vasallos, quienes habitualmente percibían la décima parte de las rentas generadas en los mismos. Cuando se producen los concilios de Girona en 1068 y 1078, los laicos siguieron conservando los diezmos, que, al fin y al cabo, eran, en buena medida, los instrumentos que aseguraban la fidelización y la articulación feudal de la sociedad. En lo que luego se llamará Cataluña, el diezmo aparece implantado ya a comienzos del siglo IX, muy pronto en comparación con otros territorios hispánicos.



[i] “Fisco, legitimidad y conflicto en los reinos…”.
[ii] El título de la aportación de Cortázar es “De los diezmos señoriales al diezmo eclesiástico y las tercias reales en Castilla en los siglos X a XIII”.
[iii] Noroeste de la actual provincia de Girona.
[iv] En el límite norte de la provincia de Barcelona (Bergadá) con la de Girona.
(*) Al este de Francia.

martes, 31 de diciembre de 2019

Falsificadores de documentos

(*)
Durante la Edad Media, pero no solo, la falsificación de documentos para hacer valer derechos que, sin dicha falsificación, no existirían, ha hecho decir a Elizabeth Brown que la falsificación de los documentos medievales ha atraído la atención porque falsificar era (y es) un crimen, siendo la mayor parte de los falsificadores eclesiásticos, profesionales dedicados a ello[i].

Por su parte, Leticia Agúndez San Miguel ha señalado que la “asiduidad y habilidad del proceso de manipulación de documentos” es evidente en algunos monasterios[ii], y hace un balance del debate sobre el valor de las falsificaciones y su relevancia en la Edad Media, así como de su contribución al proceso de creación de una historia interesada en hacer valer ciertos derechos. La misma autora se pregunta por qué hay hoy quien justifica aquellas falsificaciones, que las autoridades castigaban con el fin de salvaguardar la reputación de la Iglesia, respondiéndose que algunos autores consideran que dichas falsificaciones eran “pias faus”. De hecho hay documentos con partes auténticas y otras falsas, siendo estas para beneficio personal del falsario o para el de una institución religiosa. Otros consideran que en la Edad Media había una concepción distinta de la actual de lo verdadero y lo falso, aunque Theo Kölzer señala que tanto en el derecho secular como en el canónico medieval, el delito de falsificar ha sido siempre condenado[iii], y recoge algunos arrepentimientos de los falsificadores. En ocasiones las falsificaciones han sido explicadas en los contextos judiciales como mecanismos para tratar de legalizar un cambio (por ejemplo, ante una situación nueva que no contempla un documento muy anterior, adaptarlo a la nueva necesidad). Patrick Geary dice que no todas las falsificaciones fueron hechas para engañar, sino que al actualizarse un documento mediante una falsificación, se expresaba en el lenguaje de esa época un hecho antiguo, o bien porque el hecho se había transmitido oralmente.

Anne J. Duggan se refiere al caso de la bula papal otorgada por Alejandro VI en el año 1155 o 1156, conocida como “Laudabiliter”[iv], por la que se reconocía a Enrique II de Inglaterra el señorío sobre Irlanda, origen de la posesión de la isla por la monarquía inglesa. El documento original se ha perdido, existiendo solo copias que ofrecen todas las dudas. Para el caso de Castilla han estudiado las falsificaciones de documentos Pilar Ostos y María Luisa Pardo[v], pero las falsificaciones no permanecieron mucho tiempo en el secreto de los monasterios, aunque los monjes las aprobaban si favorecía a la comunidad monástica.

Laurent Morelle ha hablado de la variedad de prácticas a la hora de falsificar documentos[vi], pero para el caso de los del monasterio de Sahagún, los diplomas espurios –dice Leticia Agúndez- desempeñaron un papel principal en las reivindicaciones que llevaban al monasterio a la falsificación. En los casos de los monasterios de San Millán, Arlanza, Silos y Santa Cruz de Coímbra, o para la diócesis de Simancas, las piezas falsificadas acabaron convirtiéndose en los mejores referentes históricos y jurisdiccionales para defender la primacía de la institución que los falsificó[vii], y algunas de las reivindicaciones del monasterio de Sahagún se basaron en la documentación falsificada con la que los monjes, conocedores del fuerte valor probatorio de los documentos, trataron de avalar jurídicamente sus pretensiones. Otras –sigue Leticia Agúndez- trataron de ser acreditadas mediante la confección de documentos espurios que sirvieron de armas de combate para garantizar un presente incierto y para “remodelar” el pasado.

También han sido estudiados los ritmos de falsificación en San Pedro de Gante, Fulda y San Maximino de Tréveris, con campañas sucesivas, señalando Georges Declercq que “muy a menudo los diplomas falsos o falsificados no son ejemplos aislados sino que se insertan dentro de verdaderas cadenas de falsificación que se refuerzan mutuamente"[viii]. Este proceso también se ha comprobado en algunos escriptorios monásticos y catedralicios de los reinos hispanos; en el caso de Sahagún, la base de la manipulación era defender la libertad civil y eclesiástica del monasterio mediante el recuerdo de sus grandes promotores, Facundo y Primitivo, que habrían sido mártires del siglo III. La autora a la que sigo pone el ejemplo de la villa de San Andrés, posesión del monasterio de Sahagún que fue objeto de permanente revisión: en una crónica se relata cómo el abad fue “a un llano” de la villa de Grajal, donde se encontraba la población “ayuntada”, y como el abad se quejase de que se negaban [los habitantes] a la labranza debida, “los rústicos ayuntados” lo quisieron matar, lo que ahuyentó al monje, y existen fuentes que ofrecen testimonio de las dificultades que, durante la primera mitad del siglo XII, tuvo el abad de Sahagún para hacer valer todos sus derechos sobre la villa de San Andrés.

Miguel Calleja Puerta ha estudiado las donaciones del monasterio de Cornellana a Cluny como ejemplo del valor de los documentos escritos a principios del siglo XII[ix], y Thomas Deswarte, contrariamente a las opiniones de Menéndez Pelayo, Claudio Sánchez Albornoz y Pedro Floriano Llorente, señala que las falsificaciones no fueron elaboradas por el clero procedente de otros países europeos. Los documentos, escritos en cursiva visigótica son obra del clero español bajo el episcopado de prelados a priori de origen español[x]. En el caso de Sahagún, los esfuerzos mostrados por demostrar documentalmente no solo la inmunidad de las villas dependientes del monasterio, sino la completa y legítima posesión monástica sobre la de San Andrés, parece demostrar resistencia por parte de la población.

La elaboración de documentos falsos o manipulados pone de manifiesto, en muchas ocasiones, contradicciones con los documentos originales e incluso con los propios falsificados. Habiendo desaparecido las escrituras del rey Alfonso III sobre la delimitación del coto monástico de Sahagún, en 1068 Alfonso VI confirmó dicha delimitación. El citado Thomas Deswarte, sobre la disputa entre la catedral de Astorga y la diócesis de Simancas, dice que el clero de la primera buscó resolver múltiples contradicciones existentes entre la documentación original y la falsificada.



[i] “Falsitas pia siue reprehensibilis”, varios autores.
[ii] “La memoria escrita en el monasterio de Sahagún (años 904-1300)”. En un capítulo de esta obra se basa el presente resumen.
[iii] “Le faussaire au travail”.
[iv] “The power of documents: the curious case of ‘Laudabiliter’”.
[v] “La teoría de la falsedad documental en la corona de Castilla”.
[vi] “La falsificación en la historia”.
[vii] Ver nota ii.
[viii] “Centres de faussaires et falsification de chartes en Flandre au Moyen Age”.
[ix] Su obra forma parte de “El monacato en los reinos de León y Castilla (siglos VII-XIII)”, varios autores.
[x] “Restaurer les évêchés…”.
(*) http://www.madrid.org/archivos/index.php/actividades/destacamos/61-noticias/283-los-origenes-del-archivo-historico-nacional

sábado, 12 de octubre de 2019

La construcción de un monasterio

monestirs.cat/monst/annex/espa/calleo/zamora/cmoreruela.htm

La adquisición del monasterio de Moreruela (Zamora) por la Junta de Castilla y León, ha detenido el agónico deterioro anterior, señala S. Prieto Morillo en un trabajo sobre la gliptografía en el mismo. Así se han descubierto marcas de las logias de canteros que no eran conocidas hasta ese momento, aunque existe una falta de acuerdo entre los investigadores sobre el devenir histórico del monasterio.

En los años sesenta y setenta pasados se realizaron labores de restauración y, posteriormente, se emplearon medios informáticos para el estudio del monasterio. Parece que los primeros monjes que se asentaron en Moreruela lo hicieron en el siglo IX, pero entonces se debieron hospedar en pequeñas construcciones[i] que solo tenían de monasterio la vida espiritual y de comunidad que hacían. Hubo que esperar al siglo XII para que se levantara la fábrica que nos ha quedado, hoy en ruinas, pero suficiente para ver el prototipo de un monasterio cisterciense, con una iglesia de tres naves, girola y capillas radiales, el claustro orientado al norte y la fachada al oeste. Alrededor del claustro se encontraban las demás dependencias del cenobio, así como una estructura alargada en dirección este y otra de planta cuadrada en dirección oeste.

En la primera mitad del siglo XII los monjes recibieron del rey castellano Alfonso VII el lugar denominado Moreruela de Frades, por medio de Ponce de Cabrera, ricohombre y ascendiente de la poderosa familia de los Ponce de León. A partir de este momento es cuando los monjes decidieron afiliarse al císter e iniciaron una importante expansión económica, no obstante el endeudamiento que las abadías de la época sufrirían, según Prieto Morillo, por empeñarse en construcciones muy ambiciosas.

Lo primero que destaca en los monasterios del císter es la ausencia de figuras escultóricas, pues nacieron como respuesta al esplendor que caracterizaba a los cluniacenses. La concesión de bienes y la exención de obligaciones, las donaciones de particulares y de señores permitieron la construcción del monasterio con el esplendor que aún hoy se aprecia.

Los monjes tuvieron entonces autosuficiencia económica arrendando predios en régimen de explotación señorial y ejerciendo derechos jurisdiccionales, que por ambos medios percibían rentas. Pudo así incrementarse su patrimonio gracias a la ganadería y a la minería, además de al cultivo de la vid, trabajada por conversos al menos durante la etapa inicial del monasterio en el siglo XII.

Lo primero fue construir la iglesia empezando por la cabecera, es decir, por la girola y el presbiterio, para que fuese posible oficiar cuanto antes en ella. Está documentado el trabajo de asalariados, sobre todo para aquellas funciones de mayor especialización. Antes hubo que preparar el suelo y cimentar los edificios, lo que se hizo en los primeros años de la segunda mitad del siglo XII; en las hiladas inferiores del muro exterior de una de las capillas de la girola hay una inscripción donde se puede leer el año MCC, que corresponde al 1162 de la era cristiana.

La disposición de la cabecera –dice nuestro autor- recuerda a los monasterios de Veruela, Fitero, Poblet y Gradefes, así como a algunas iglesias de Borgoña de la misma época. Las logias de canteros que trabajaron en la elaboración de los sillares, así como en la construcción de la iglesia y demás dependencia monásticas, dejaron sus marcas, de una variedad y originalidad extraordinarias.

Algunas de las marcas son espiriformes, pero también las hay muy sencillas: una línea horizontal, otra ondulada, línea horizontal con pequeños ángulos en los extremos, cruz con uno de los trazos inclinado, una línea quebrada, otras en forma de V, dos triángulos unidos por un ángulo respectivo, flechas, círculos con símbolos inscritos (en ocasiones cruces, estrellas, lunas), signos en forma de F o de E invertida, otros en forma de A, de P, de p invertida, en forma de llave… A medida que avanzaba la edificación, los signos son más abundantes, como es lógico, condensándose tanto en los muros exteriores como en el interior. La mayor frecuencia y variedad de signos va menguando a partir del transepto, y un signo cuya interpretación está por hacerse es el denominado “pentalfa”, en forma de estrella con cinco puntas, signo que se ha internacionalizado, como demostró el autor al que sigo en su estudio sobre San Martín de Castañeda.

La existencia de varios signos en el mismo sillar es escasa, y cuando se da puede deberse a sillares desechados y retallados en los que no ha desaparecido la marca primigenia. Un signo muy característico es el de forma de sombrerillo, y otro que presenta cuatro marcas idénticas en disposición cruciforme, en los sillares localizados en las hiladas inmediatas al lado izquierdo del rosetón de la portada meridional, apareciendo con cierta profusión en la girola…

viernes, 17 de mayo de 2019

Monasterios belicosos

Monasterio de Oña (Burgos)

Los monasterios participaron a favor de Sancho IV cuando se rebeló contra su predecesor, Alfonso X, en la Corona de Castilla; para ello formaron una Hermandad[i] de la que estuvieron ausentes otros monasterios[ii]. En el Capítulo General de la orden de predicadores celebrado en Provenza en 1276, se dio orden de que los monjes no se uniesen a las contiendas de “los príncipes”, pero de poco sirvió porque, como han demostrado varios autores, entre ellos Prieto Sayagués[iii], no fueron pocos los casos en los que monjes de un lado y otro apoyaron a uno u otro bando político.

La intervención de los monjes en las campañas políticas de los reyes les sirvió, con frecuencia, como vía de acceso a la privanza. En las Cortes de Toledo de 1462 se denunció que “algunos obispos e abades e otras personas eclesiásticas” participan en bandos escandalizando a la población. En 1282 el infante Sancho reunió en Valladolid a los abades de las tres grandes órdenes monásticas del momento, cluniacenses, cistercienses y premostratenses, acudiendo a la llamada unos cuarenta que acusaron a quien Sancho combatía, el rey Alfonso X, de desafueros, daños, fuerzas, muertes, despechamientos, deshonras, etc. Las nuevas órdenes monásticas, por su parte, hicieron lo mismo; en la reunión de Valladolid se encontraba presente el procurador dominico fray Munio de Zamora, lo que luego le valió el favor de Sancho IV. Por lo que respecta a la otra gran orden mendicante, la franciscana, el custodio de Zamora y después provincial de Santiago, fray Juan Gil de Zamora, escribió una obra[iv] ensalzando a Sancho. Otro ejemplo lo encontramos en la investigación llevada a cabo ya en su momento (1284) por Pedro Sánchez de Monteagudo para dilucidar si el guardián de San Francisco de Burgos había participado en la revuelta de Sancho. Al lado de este estuvo también el arzobispo de Santiago, fray Rodrigo González (1286-1304).

Mucho después, en la guerra de los dos Pedros, el monasterio de Sahagún aportó ballesteros al rey castellano contra el aragonés, para lo que el concejo y el abad establecieron una nueva alcabala sobre el vino, mosto y vinagre para pagar el sueldo de dichos ballesteros. También participó en esta contienda el obispo dominico de Lugo y confesor de Pedro I, López de Aguilar (1349-1390) que por su largo pontificado se ve no tuvo que pagar precio alguno, pues una vez Enrique II en el trono le sirvió sin más miramientos. De igual forma, el monasterio de Sahagún, establecida la dinastía Trastamara en Castilla, la sirvió, como cuando en 1373 el abad envió al rey cuarenta cargas de trigo.

En el bando contrario pudieron estar los franciscanos, si tenemos en cuenta las donaciones y privilegios que recibieron de Enrique II, y otro tanto puede decirse del monasterio de Bujedo de Juarros, que ayudó a dicho rey en Toledo a comienzos de 1369. En las Cortes de Valladolid de 1385 Juan I (el segundo Trastamara) pidió por primera vez en reunión de este tipo, que los eclesiásticos contribuyeran, comparando las “armas espirituales” con las “temporales”, de forma que en la guerra que a él interesaba[v] pedía colaboración tanto a “clérigos como leygos”.

Durante el reinado de Juan II los religiosos colaboraron con la nobleza levantisca, como en el caso de Fadrique de Luna[vi], resultando complicado un franciscano portugués que fue condenado a cárcel perpetua. Otros religiosos, principalmente dominicos, prestaron su apoyo al rey frente a los nobles, lo que en el caso de la orden citada era norma, sobre todo durante el reinado de Juan II. En la ciudad de Cuenca hubo una gran conflictividad durante el siglo XV, posicionándose los Mendoza a favor de los Infantes de Aragón, aunque aquellos habían sido nombrados guardas mayores de la ciudad. El obispo dominico Lope de Barrientos[vii] (1445-1469) participó en la defensa de Cuenca a favor del rey contra los Mendoza, dirigiendo las tropas concejiles entre 1447 y 1449, y luego a favor de los conversos en los sucesos protagonizados por el alcalde mayor, Pedro Sarmiento, siendo uno de los principales instigadores del alejamiento de Juan II y su hijo Enrique, mientras que fray Pedro de Silva, hermano del conde de Cifuentes, tuvo un destacado papel en Toledo a favor del rey durante el enfrentamiento con su hijo.

Pero no todos los dominicos defendieron la causa regia: en 1453 la Corte se encontraba en Burgos y, oyendo misa el rey en la catedral, un dominico estaba predicando un sermón en el que criticaba a Álvaro de Luna, lo que le valió una reprimenda del rey y el obispo apresó al fraile en la cárcel episcopal. En este episodio resultó asesinado el cómplice del fraile, Pérez de Vivero. Otro caso es el de un franciscano que estaba colaborando con las autoridades para evitar la conquista de una plaza cristiana contra los musulmanes. El guardián del convento de San Francisco de Jerez dio aviso de las intenciones de los habitantes de la villa, que querían venderla a los musulmanes.

Durante el reinado de Enrique IV el dominico Juan López defendió la causa del príncipe Alfonso, acusando al rey de sus costumbres arábigas y su cercanía a los mudéjares y conversos. El príncipe Alfonso contó también con la colaboración del dominico fray Alonso de Burgos en la batalla de Olmedo[viii], fray Rodrigo de Mesa, prior del Parral, y el agustino fray Martín de Córdoba. El primero colaboró con el obispo de Segovia, Juan Arias Dávila; el agustino publicó una obra a favor del pretendiente Alfonso, pero en el bando contrario también nos encontramos a dominicos, mientras que el monasterio de Santo Domingo el Real de Toledo estuvo al lado del príncipe Alfonso e igualmente el convento dominico de Sevilla.

En 1467 se produjo un concierto entre el concejo de Tordesillas y el convento de Santa Clara, ante el rumor de que la villa sería atacada para entregársela a Alfonso, lo que provocó que los vecinos rogasen a la abadesa que designase vasallos para defender la villa, lo que demuestra el poder que ejercían las clarisas.

Los religiosos también fueron árbitros en las disputas internas de la Corona, hicieron prestaciones económicas para causas bélicas, tanto en el interior de Castilla como en guerras exteriores; toda una casuística que demuestra la implicación de los monasterios y el clero regular en asuntos no religiosos durante la Baja Edad Media.


[i] Formaron parte de ella los monasterios de Oña, Arlanza, Silos, San Millán, Cardeña, Montes (al suroeste de la provincia de León), San Prudencio (en Clavijo, La Rioja), Valverde (en la provincia de Madrid, actual carretera de Colmenar Viejo), Santa María de Vega (debe de ser el que se encuentra en Renedo de la Vega, Palencia, ya que hubo otro del mismo nombre en Asturias), La Vid, San Pelayo de Hornillas, Villoria (en la provincia de León), Villamediana (debe de ser Villamediana de Valdesalce, provincia de Palencia), Medina del Campo, San Miguel del Monte (Miranda de Ebro, provincia de Burgos), Valbuena (en la provincia de Valladolid, a orillas del Duero), La Espina, Valparaíso (en Peleas de Arriba, al sur de la provincia de Zamora), Moreruela, Matallana (en Villalba de los Alcores, Valladolid), Palazuelos, San Pedro de Gomello, Sandoval, Valdeiglesias, Aguilar, Retuerta, San Pelayo de Cerrato, Santa Cruz de Monzón, Villamayor, San Cristóbal de Bujedo, San Leonardo de Alba de Tormes y Sancti Spíritus de Alba. Aunque no se cita la localización de todos, puede verse que la geografía de estos monasterios es muy representativa de la expansión de los mismos y su influencia. Véase el número de monasterios implicados en este asunto que se encuentran en la actual provincia de Burgos.
[ii] San Zoilo de Carrión, San Isidro de Dueñas, San Román de Entrepeñas, Santa María la Real de Nájera, Obarenses, San Salvador de Cornellana, San Martín de Castañeda, San Vicente de Segovia, Herrera, Rioseco, Belmonte, Valdediós, Villanueva de Oscos, Brazacorta y algunos monasterios gallegos. Aquí también es significativa la expansión geográfica, sobre todo con los monasterios palentinos y riojanos.
[iii] “La clerecía regular ante los conflictos internos y guerras exteriores de la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[iv] “De preconiis Hispaniae”.
[v] Juan I sería vencido por el ejército portugués en Aljubarrota, que no permitió el ascenso de aquel a la Corona lusa.
[vi] Pretendió la Corona de Aragón en el Compromiso de Caspe, pero no lo consiguió. Refugiado en Castilla, pretendió apoderarse del castillo de Triana y las Atarazanas para sublevar Andalucía a favor de los Infantes de Aragón.
[vii] Había servido a Fernando de Antequera, padre de los Infantes de Aragón.
[viii] 1467, en relación con los conflictos por la sucesión de Enrique IV.