Mostrando entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de mayo de 2023

"Discurso contra los judíos..."

 

La obra que aquí comentamos ha sido atribuida a Vicente da Costa Matos, un portugués encarnizado opositor de los judíos en su tiempo (primera mitad del siglo XVII). Una vez cayó el texto en manos de Fray Diego Gavilán Vela[i], se aprestó a traducirlo al castellano con la seguridad de que sería del agrado de todos los lectores, pues una minoría renunciarían a los argumentos que en él se contienen. La obra lleva por título “Discurso contra los judíos…”, y está dedicada al obispo de Valladolid que era, a su vez, Presidente de la Chancillería, Don Juan de Torres Ossorio[ii].

La obra es una muestra del odio incubado desde hacía tiempo contra la minoría judía, en este caso en la península Ibérica, pero también del desconocimiento más elemental de la nueva teología, manifestada profusamente en la llamada Escuela de Salamanca, que había abordado asuntos muy en boga desde el siglo XVI: filosofía, teología, derecho de gentes, etc. Publicada la traducción castellana en 1631, pasó por todos los trámites que eran comunes en la época: aprobaciones y licencia en 1629, tasa en 1630 (a razón de 4 maravedíes cada pliego), prólogo del autor “al discreto lector”, encomendación a la Virgen Nuestra Señora, y se añadieron unas liras, un epigrama de Marcial y unas espinelas de Bautista Pérez que, en sus primeros versos, rezan:

El famoso lusitano Acosta,

A su patria dio

Fuente clara en que ostentó

Licor dulce, y docta mano.

En el capítulo primero de la obra se intenta demostrar cómo Jesucristo es el verdadero Mesías, auténtico caballo de Troya entre cristianos y judíos, para seguir en los siguientes con una defensa de la Iglesia y una larga alusión a “la grande y antigua nobleza de la generación Hebrea, y de los tres nombres que tuvieron, Hebreos, Insraelitas y Judíos”. Luego se siguen las razones por las que los judíos están “desgraciados de Dios y como la observancia de Moisés no les es agradable ahora”.

Se extienden autor y traductor en los castigos que “el Señor infligió a los judíos a la salida de Egipto” y luego sobre los gobiernos que tuvo el pueblo hebreo y sus cautiverios en Babilonia. A continuación se habla de la venida de Jesús al mundo y su muerte en Jerusalén “a manos de los judíos”, gravísimo pecado –se dice- por lo que tienen las presentes miserias, pero también las antiguas, pues detalla sin rigor la destrucción de Jerusalén por el emperador Tito.

Sigue en el capítulo X con el “odio de los judíos a Jesucristo” y por qué fueron echados de casi todos los reinos (capítulo XI). En el capítulo XII relata la entrada de los judíos en Portugal una vez fueron perseguidos en España durante la Baja Edad Media, así como los conciertos a que llegaron con sus reyes, particularmente Juan II. En el capítulo XIII habla la obra del primer Tribunal del Santo Oficio y su extensión posteriormente a Portugal, pues en la época formaba con España una sola monarquía.

Más adelante se extiende en explicar por qué los judíos bautizados se llaman cristianos nuevos y por qué se les ponen sambenitos a los apóstatas. Más adelante se acusa a los judíos de idólatras y sodomitas, de cómo todos los pecados han sido originarios de los judíos y heredados de sus mayores, por lo que son “defectuosos” y pérfidos, inobedientes, vanagloriosos, engañadores… y en el capítulo XXI se habla de “los delincuentes Hebreos” que, aun bautizados, hay pruebas suficientes en muchos casos para expulsarles con sus mujeres e hijos, cuestión en la que se insite en los capítulos siguientes, queriendo ver que con la expulsión de 1492 no era suficiente, y elevando dicha necesidad a “prudencia de estado”, haciéndola extensiva a Portugal.

A partir de la página 261 se cacompaña un Index con “los lugares de la Escriptura” en los que se basan autor y traductor para su “discurso”: se empieza por el Génesis y se sigue por el Deuteronomio, el libro de Josué, el libro de los Reyes, el de Esdras, el de Job, etc. Queriendo encontrar justificación para las pretensiones de la obra se tergiversa por completo el sentido de la Biblia, pero aquella es una buena muestra de la mentalidad dominante entre buena parte de la sociedad cristiana de la época.

Mediante otro Index se da cuenta de lo tratado en la obra alfabéticamente, que termina en la leta “V”: Venta de José, primer pecado de los judíos... Por si no fuese poco se incluye otro Index con los títulos del “discurso”. Lo cierto es que, por mucho que sufriesen los conversos en la España del Antiguo Régimen, no se decidió expulsión alguna que completase la de finales del siglo XV, y los historiadores han podido investigar el importante papel que jugaron en no pocas profesiones.

Especialmente interesante es el trabajo de Irving Fine, “Una experiencia judía en la España del siglo XVII”, o el de José Antonio Ballesteros Díez, “Judíos en Mérida (siglos II al XVII)”. Por su parte María Ángeles Martín Romera ha publicado su “Antes de la libertad religiosa: El antisemitismo en España desde la Baja Edad Media hasta el siglo XVII”; y la muy interesante obra de Miquel de Espalza Ferrer, “Jesús entre judíos, cristianos y musulmanes hispanos (siglos VI-XVII)”. No se agotan aquí los ejemplos.


[i] Cuando se publica la traducción el autor era canónigo regular de la Orden de San Norberto y fraile del monasterio de Santa María de la Caridad, en Ciudad-Rodrigo.

[ii] Nació en Cuéllar en 1562 y murió en Valladolid en 1633, miembro de una familia de la nobleza.

jueves, 12 de enero de 2023

"Nada hay tan inocente como la caza"

 

¿Era el imperio español un gigante con pies de barro en el siglo XVII? Si así fuese lo cierto es que aguantó como pudo las embestidas de otras potencias marítimas y aún se recuperó en el siglo XVIII, teniendo fuerzas para guerrear –signo de los tiempos- durante las dos centurias con suerte varia.

Empezó el siglo XVII cuando estaba muy avanzada una guerra con Inglaterra, se vio arrastrada la monarquía española a la guerra de los treinta años, mantuvo una guerra con Portugal por la que este país se independizaría de la monarquía española, participó España en la guerra de los nueve años[i] formando parte de una coalición impresionante contra Francia, y aún los ejércitos españoles, formados por soldados de varias nacionalidades, lucharon durante muchas décadas en Flandes y en Chile. Ello sin contar el esfuerzo bélico para combatir la piratería y el corso en el Atlántico y en otros escenarios europeos. El siglo XVIII empezó con la guerra de sucesión a la corona de España, que fue civil a la vez que europea, y España participó en la guerra de sucesión polaca y en la llamada guerra de Asiento[ii], en los dos últimos años de la guerra de los siete años[iii] y en la de independencia de las trece colonias británicas de Norteamérica; y luego vendrían las guerras derivadas de la Revolución Francesa.

Mantener el imperio en América constituyó otro esfuerzo bélico no desdeñable, sobre todo en Chile y con motivo del levantamiento de Tupac Amaru II en 1780. Los gastos ocasionados por estos interminables conflictos fueron enormes, repercutiendo en la economía interna, pero lo cierto es que el comercio con América continuó y la llegada de riquezas trasatlánticas a España permitió mantener el control sobre vastos territorios en casi todos los continentes. América financió muchas políticas españolas como Castilla había financiado los intereses imperiales de los Austria. África también contribuyó a la financiación de las potencias marítimas con la trata negrera.

Consuelo Maqueda Abreu[iv] constata las diversas interpretaciones que los historiadores han hecho sobre el debate en torno a la decadencia y recuperación de la monarquía y el imperio españoles entre los siglos XVII y XVIII: “en el tratado franco-británico [que pone fin a la guerra de sucesión a la corona de España] se consagra la ruptura del monopolio español en Indias y se afirma la situación establecida desde el siglo XVII en las colonias, pero es Gran Bretaña la que interfiere en las relaciones mercantiles con España… situación que iniciará una obsesión por la recuperación del monopolio español en América que… asumen los comerciantes y ministros de España”.

En cuanto al asiento de negros que comenzó en 1713 con una duración prevista de treinta años, la corona británica se obligó a introducir en la América española 144.000 piezas de indias[v]. La Compañía de Inglaterra, al conseguir este privilegio, se obligó a adelantar al monarca español 200.000 pesos en los primeros cuatro meses del contrato[vi], por lo que algunos historiadores consideran que este “asiento” era en realidad una empresa hispano-británica. De hecho en el tráfico triangular Europa-África-América y vuelta a Europa, se destaca la contribución de la esclavitud al desarrollo del sistema capitalista occidental[vii], y el rey Felipe V exigió repetidamente el estado de las cuentas de acuerdo con lo pactado entre Gran Bretaña y España.

El rey español, contra la opinión del Consejo de Indias, concedió a Gran Bretaña un navío anual de 500 Tm. cuyas mercancías, libres de impuestos, podrían venderse en las ferias que se celebraran con ocasión de la llegada de las flotas a Nueva España o los galeones a Cartagena de Indias o Portobello, lo cual era algo inédito en el imperio español, que había mantenido alejado a todo comerciante extranjero, legítimo o no, y una novedad importante en este asiento es la apertura al comercio extranjero del puerto de Buenos Aires, lo cual no había sido permitido hasta ese momento, o al menos no de forma tan abierta. Para el asentamiento de los ingleses en la ciudad del Plata se peveía la entrega de algunas porciones de tierra, siendo el cobro de este derecho una fuente de conflictos. Así los ingleses podrían plantar, cultivar y criar ganado para su sustento y el de sus esclavos, siempre bajo la supervisión de un oficial español, y los esclavos que se vendiesen en los puestos del Perú debían partir en barcos fletados desde Panamá, debiendo el producto de su venta volver al puerto correspondiente, ya fuesen frutos de la tierra, reales, barras de plata o tejos de oro, todo ello sin pagar derecho alguno, siempre que dichos productos no se hubiesen obtenido del comercio ilícito y fuesen consecuencia únicamente del comercio de esclavos[viii].

No es extraño que durante el proceso de independencia de Argentina las ayudas recibidas desde Inglaterra fuesen cuantiosas. Antes, Guadalupe (1769) y Martinica (1762) fueron conquistadas por los ingleses (Antillas menores), si bien las dos islas habían sido colonizadas por franceses, Martinica fue ocupada por ingleses en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX. De todo lo anterior se deduce que es perfectamente compatible la intromisión de Inglaterra y otras potencias en posesiones españolas (Jamaica pasó a manos inglesas en 1655) y que el imperio español mantuviese el vigor para continuar hasta que la metrópoli fuese invadida por el más poderoso ejército de Europa a principios del siglo XIX.

No debe olvidarse que un tratado hispano-inglés de 1713, donde la monarquía española pierde Gibraltar y Menorca (provisionalmente) reconocía que España mantendría en su totalidad el territorio americano. Y todo ello se da en el contexto interno de que la monarquía española se ve mediatizada, y en ocasiones controlada, por personal al servicio de Francia: la princesa de los Ursinos, madame de Maintenon[ix], Manuel Portocarrero, Jean Orry y otros. No es extraño, porque Felipe de Anjoy asumió el trono de España a la edad de diecisiete años, por lo que es lógico se dejase aconsejar –aunque menos de lo que pudiera parecer- por su abuelo el rey Luis XIV: “nada hay tan inocente como la caza”, le dijo en una carta, y “al tiempo de disparar cerrar los ojos no es bueno que al dar órdenes a ciegas ocasiona muchos yerros”. Una monarquía mediatizada y sin embargo pudo mantener el imperio.



[i] 1688-1697. La Liga de Augsburgo estuvo formada por España, Austria, Baviera, Brandemburgo, el Sacro Imperio, Portugal, Palatinado, Inglaterra, Sajonia, Suecia y las Provincias Unidas.

[ii] 1739-1748. Los intereses de España y Gran Bretaña en el Caribe estaban enfrentados, resultando un conflicto favorable a España.

[iii] La monarquía española recibió la Luisiana a cambio de Florida.

[iv] “Diplomacia, reformismo y virreinato de Nueva Granada en los inicios del siglo XVIII”. En esta obra se basa el presente resumen.

[v] La pieza de indias era una unidad de medida de los esclavos que se utilizó por primera vez, con fines fiscales, en la segunda mitad del siglo XVII.

[vi] Rafael Donoso Anes, “El asiento de esclavos con Inglaterra (1713-1750)…”

[vii] Id. nota anterior.

[viii] Id. nota vi.

[ix] Segunda esposa del rey francés.

Ilustración: "El cazador", obra de Eugenio Lucas Velázquez, óleo sobre lienzo, Museo del Prado.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Un imperio quizá único

 

                                                    proyectoviajero.com/antillas-menores/

No tiene sentido comparar los imperios existentes a lo largo de la historia antes de que se conociese la existencia de América, que vino a provocar una conquista y colonización muy variables según las dificultades que fueron surgiendo. Desde el siglo XVI, y sobre todo en los dos siguientes, la monarquía española se presenta como especial por la enorme extensión de los territorios bajo su dominio y de pobladores bajo su administración, que también presentaron características muy diferentes según los casos. La incorporación de Navarra a la Corona castellana, bien que preservando sus fueros, ya se había producido en los últimos años del reinado del rey Fernando.

El rey Carlos I, heredero de las posesiones en Europa de sus antepasados, fue reconocido en España[i], bien que actuando en nombre de su madre Juana, y aún conquistó en competencia con la monarquía francesa el Milanesado. A las Coronas de Aragón y de Castilla unió los territorios mediterráneos que la primera había adquirido, en un diverso grado de vínculo (Sicilia, Cerdeña y Nápoles) y una y otra coronas se habían hecho con territorios en el norte de África (Bujía, Orán, Trípoli, Argel, Ceuta y Melilla). Dejemos aparte el territorio de la Cerdaña que pasó a soberanía española y francesa en el transcurdo del tiempo.

La expansión atlántica de Castilla llevó a la posesión de las islas Canarias, y aquí se formó la plataforma para las navegaciones hasta el descubrimiento de América, que en su momento se denominó las Indias. Durante tres siglos los españoles extendieron los territorios de la monarquía desde las Antillas y Mesoamérica, el río Magdalena y  los Andes hasta California y el sur de los actuales Estados Unidos, hasta la mitad norte de Chile y Buenos Aires con esclusión de los territorios reservados a Portugal, otra monarquía expansiva desde el siglo XV. Con el tiempo se incorporaron a la monarquía española la Florida y la Luisiana, que fueron pasando a otras soberanías posteriormente. Pero a los territorios continentales de América hay que sumar las islas de las Antillas: Cuba, La Española, Puerto Rico, islas Vírgenes, San Martín, La Antigua, Guadalupe, Barbados, Granada, Santísima, Asunción, las islas Lucayas, Tortuga y Santiago (luego llamada Jamaica).

El descubrimiento del Pacífico desde 1513 llevó a los españoles (luego a otros) a surcar el más grandioso mar conocido, incorporando la monarquía española las islas Filipinas en la segunda mitad del siglo XVI, pero también en la Polinesia las islas Tuamotou[ii], de la Línea[iii] (Espóradas Ecuatoriales), Cook[iv] y Marquesas[v]; en la Melanesia, Galápagos[vi], Salomón[vii] y Nuevas Hébridas[viii]; Guam[ix] Ternate en las Molucas[x], el norte de Taiwan[xi], Borneo[xii], Papúa[xiii] occidental y el protectorado de Camboya[xiv]; las islas Marianas[xv], Carolinas[xvi], Palaos[xvii], Gilbert[xviii] y Marshall[xix]. Muchas de estas islas y archipiélagos fueron descubiertas durante la primera circunnavegación del globo llevada a cabo bajo los auspicios de la monarquía española. Si todos estos territorios fueron incorporándose, luego fueron perdiéndose. 

Volviendo al rey Carlos I, en 1519 fue reconocido como emperador del Sacro Imperio Romano Gernánico con unas consecuencias muy negativas en lo económico para Castilla. El mismo rey había heredado también los territorios borgoñones del oeste de Europa, inconexos territorialmente y con un diverso grado de integración en la monarquía. A ello hay que añadir la incorporación de Portugal y su vasto imperio en América, África, el Índico y Asia durante al menos sesenta años (1580-1640).

Entre los siglos XVI y XVII la concepción que se tuvo de la monarquía española, particularmente en Europa, pero también en el Imperio turco y otras grandes entidades estatales, fue de una gran complejidad, grandeza y necesidad de combatirla. A la aparición de potencias marítimas distintas de España y Portugal (Francia, Inglaterra, Holanda) se unió la herencia del emperador Fernando I[xx] del Imperio habsbúrgico, aunque este siempre estuvo vinculado a la monarquía española y viceversa.

Con la guerra de sucesión a la corona de España, por la que se entronizaría la dinastía borbónica, la monarquía española pierde sus posesiones en Italia, Sicilia y Córcega, aunque un Borbón que luego sería rey de España fue reconocido antes rey de Nápoles con ocasión de la guerra de sucesión a la corona polaca.

¿Cómo se pueden gobernar territorios tan distintos, con habitantes tan plurales, en todos los continentes y mares del mundo conocido? Las dificultades inherentes a este empeño –aparte de que los titulares de la corona española demostraron habilidades mayores o menores según los casos- se pusieron de manifiesto de contínuo. La burocracia se multiplicó, y lo mismo su versión diplomática, se hicieron esfuerzos militares extraordinarios que agotaron las posibilidades fiscales de la monarquía; Carlos I tuvo que recurrir a banqueros europeos y Felipe II tuvo que lidiar con dos bancarrotas del Estado. Cualquier avatar era propicio para una sublevación (las Provincias Unidas, Portugal, Cataluña) o para mantener el control territorial y econcómico sobre la “joya” de la corona española que fue América. A las dificultades de control de los territorios periféricos (chichimecas en México, araucanos en Chile, “chaqueños” en Bolivia, Argentina y Paraguay) se unieron las disputas entre estados (las monarquías portuguesa y española por la colonia de Sacramento, las mismas por el control de las Molucas) y algunos territorios fueron desgajándose de la soberanía española a favor de otros estados (Jamaica a mediados del siglo XVII).

La monarquía española era un estado de cosas que permitía navegase el galeón de Manila hasta Acaculpo por más de 15.000 km. teniendo que alcanzar la corriente de Kuro Shivo al Este de Japón para el “tornaviaje” que descubriera Urdaneta en el siglo XVI; era un estado de cosas (no el único) que permitía navegar en los dos hemisferios con los cambios estacionales y atmosféricos que ello implicaba; era un estado de cosas que permitió establecer un “camino” o ruta entre el norte de Italia y Flandes para defender sus territorios de los enemigos de toda clase; era un estado de cosas capaz de agotar la hacienda pública de Castilla (con varias bancarrotas) para sostener los compromisos del Imperio Romano Gernánico; un estado de cosas que permitió contener el avance de los turcos en el centro-este de Europa; la monarquía española fue un estado de cosas que proporcionó inmensos tesoros en forma de oro y plata, pero también productos exóticos y agrícolas al conjunto de Europa, a la vez que llevó a las Indias productos traídos de China como el arroz, o de Europa como la ganadería mayor, las ovejas, los puercos y las cabras.

La monarquía española practicó el corso y lo combatió, como combatió a los pueblos indígenas de América y se valio de ellos como aliados para someter a otros. La monarquía española desarrolló una legislación social avanzadísima que en muchas ocasiones no fue posible cumplir por las distancias entre la Corte y las nuevas tierras, por la corrupción de los funcionarios y por razones objetivas. Fue una monarquía que dio voz a los disidentes, entre los que están Antonio Montesino, Bartolomé de las Casas, Huaman Poma de Ayala, Cieza de León, Junípero Serra y otros que nos han dejado testimonios de pura realidad. Asombra la cantidad de cartas que llegaban a la Corte informando de los sucesos en las Indias.

Fue necesario fortalecer los puertos y lugares estratégicos para evitar el ataque de piratas, corsarios y ejércitos enemigos, para lo que intervinieron ingenieros militares de varias nacionalidades contratados por la monarquía española, como fue necesario que los barcos cargados de mercancías y metales precisos fuesen acompañados por navíos de guerra para evitar los abordajes de rapiña, la misma que los conquistadores y administradores al servicio de la monarquía española habían practicado en América.

La monarquía española podía mandar naves para obtener las riquezas habidas en el Moluco y en un rosario de islas en el Pacífico y en las Antillas, como si se tratase de una ruta dispuesta a ser recorrida imperecederamente. La monarquía española propició la labor de las órdenes mendicantes en las Indias, ejemplar en muchos casos, sobre todo por franciscanos (capuchinos entre ellos), dominicos, agustinos, mercedarios y jesuitas, que obviamente incurrieron en contradicciones propias de todo tiempo histórico y reprodujeron los vicios del suyo. La monarquía española propició el mestizaje, fenómeno etnográfico y humano de un interés ilimitado, no conocido en organización política alguna.

Atender al turco y al papa, al Imperio habsbúrgico y a los conflictos sociales en Castilla y en Valencia, navegar entre la gran tormenta religiosa del siglo XVI, atender a la rebelión catalana y a la piratería, al corso inglés en primer lugar; atender a la administración de las Indias, al tráfico negrero, a las cuestiones de conciencia que fueron planteadas a la monarquía por no pocos teólogos y frailes; atender al conflicto holandés y a la enemiga de Francia, atender a las pretensiones de otras potencias sobre Italia; legislar, escuchar, castigar, crear instituciones (Adelantamientos, Gobernaciones, Audiencias, Virreinatos, universidades, colegios, hospicios), fundar ciudades, transformar los consejos en secretarías, restar poder a los virreyes a favor de los intendentes, atender a las ideas de los “filósofos” del siglo XVIII y proponer profundas reformas en la Administración pública, la marina y el ejército; tener noticias de las derrotas en el siglo XVII, las pérdidas territoriales en 1648 y durante el  reinado de Carlos II, soportar las injerencias de la monarquía francesa en la primera mitad del XVIII, asistir a convulsiones indígenas y criollas en la América ya colonizada, ver la metrópoli invadida por el ejército napoleónico, fue demasiado para una estructura que había sido útil, quizá necearia, pretenciosa, abusiva, durante tres siglos, destino quizá inevitable por la hazaña de los descubrimientos ultramarinos, pero incapaz ya de subsirtir cuando alboreaban otros tiempos.


[i] Existe una gran controversia sobre el sentido que tiene el término España a lo largo de la historia. Por “hispani” eran conocidos los habitantes de los valles pirenaicos del sur por los francos en los siglos VIII y IX; algunos condes catalanes hablaban de sus condados como españoles; España aparece tempranamente aún existiendo las coronas de Castilla y Aragón por separado; algún rey portugués reprochó a los reyes españoles que se declarasen reyes de España cuando no lo eran de su totalidad, toda vez que Portugal también formaba parte de Hispania; la documentación está llena del término España aún antes de que los habitantes se considerasen españoles, identificados como estaban con su condado, su reino o su señorío…

[ii] Descubiertas en 1521 con motivo de la primera circunnavegación del globo, y a principios del s. XVII fueron visitadas por Pedro Fernández de Quirós.

[iii] Descubiertas por Pedro Fernández de Quirós y se poblaron con criollos de Nueva España.

[iv] Álvaro de Mendaña las exploró a finales del siglo XVI (San Bernardo) y a principios del XVII Fernández de Quirós (Gente Hermosa).

[v] Las descubrieron los expedicionarios de Álvaro de Mendaña a finales del siglo XVI, de la que se tuvo que hacer cargo, muerto este, Isabel Barreto.

[vi] Fue descubierto por Fray Tomás de Berlanga en 1535, encontrándose frente a Ecuador.

[vii] La expedición de Álvaro de Mendaña las descubrió, las colonizó Isabel Barreto y a principios del siglo XVI continuó su obra Fernández de Quirós.

[viii] Al Este de Australia, Pedro Fernández de Quirós las descubrió a principios del s. XVII y las llamó Australia del Espíritu Santo.

[ix] Forma parte del archipiélago de las Marianas y se gobernó desde las Filipinas entre el s. XVI y finales del XIX.

[x] A principios del s. XVII una expedición española ocupó la isla y luego Tidore, pero fueron abandonadas en la segunda mitad del mismo siglo.

[xi] Entre 1626 y 1642 la monarquía española controló tres posiciones al norte de la isla.

[xii] Magallanes y Elcano descubrieron la isla (1521) y décadas más tarde se relacionaría con Filipinas, participando la monarquía española en los conflictos internos de Borneo. A mediados del s. XVII el dominio español se acentuó contra los nativos camucones, pero entre finales de dicho y siglo y principios del XVIII tuvo que abandonar el norte de la isla.

[xiii] En el siglo XVI navegantes españoles pasaron cerca de esta isla, siendo Íñigo Ortiz de Retes el que parece haber dado el nombre de Nueva Guinea, pero sin más trascendencia.

[xiv] En el s. XVI algunos misioneros españoles estuvieron en Camboya y el país estuvo durante un breve tiempo como “protectorado” español ante los conflictos en la zona.

[xv] Al Este de las Filipinas, fueron descubiertas durante el viaje de Magallanes-Elcano. En la segunda mitad del s. XVI el jesuita Diego Luis de San Vitores las visitó y recibieron el nombre en 1667 por la reina Mariana de Austria; los jesuitas se instalaron pero pasado un tiempo hubo revueltas que diezmaron a la colonia española. Sofocados por la fuerza los indígenas, de nuevo se levantaron y otra vez fueron sometidos. La colonización española duró hasta el año 1898.

[xvi] Álvaro de Saavedra tomó posesión de las islas en 1528, pero Diego de Saavedra y Toribio Alonso de Salazar fueron sus primeros ocupantes. Pasado el tiempo fueron llamadas Carolinas en honor del rey Carlos II, ocupándose los frailes en la evangelización de la población, pero a mediados del s. XIX se planteó la posibilidad de ocupar las islas de forma efectiva, no siendo hasta décadas más tarde que se establecieron controles aduaneros para el comercio, lo que levantó las protestas de varios estados. En 1898 fueron vendidas, junto con las Marianas a Alemania.

[xvii] Fueron descubiertas durante la expedición Magallanes-Elcano y luego exploradas en 1543, vinculándose administrativamente a Filipinas décadas más tarde. Fueron jesuitas los que evangelizaron a la población que, sin embargo, mantuvo conflictos tribales, y la monarquía española las perdió al mismo tiempo que Filipinas en 1898.

[xviii] El domino expañol se extendió entre 1528 y 1885 con el nombre de islas de Santa Catalina.

[xix] El primer explorador fue Alonso de Salazar (1526) y poco después Álvaro de Saavedra Cerón. En el ambiente imperialista del siglo XIX España reclamó la soberanía sobre estas islas en 1874. Las disputas con Alemania, que había llegado tarde a la carrera colonial, llevó a un acuerdo para que las islas estuviesen aprovechadas comercialmente por España y Alemania, pero años más tarde la primera vendió su parte a la segunda.

[xx] Se da la circunstancia de que habiendo nacido Carlos en Gante, heredó la monarquía española, mientras que Fernando, nacido en Alcalá de Henares y educado en Castilla, sería emperador alemán.

viernes, 6 de agosto de 2021

Renoir, Sorolla y otros

 

                                                                  Obra de Ramón Casas

Se trata de una exposición en Pontevedra donde lo que menos hay es de los pintores del título, pero no deja de tener interés porque, sin embargo, pone de manifiesto el papel de la mujer en la pintura entre finales del siglo XIX y principios del XX.

Las mujeres representadas son, generalmente, burguesas en actitud de descanso, leyendo, desnudos, practicando deporte (lo que solo era concebible entre las acomodadas), pintando al aire libre, en la playa, asistiendo a espectáculos en el teatro, en cafés o acompañadas de sus esposos u otros hombres, en el palco para asistir a una corrida de toros; la mayor parte de las veces se trata de mujeres jóvenes.

Una mujer sentada, obra de Rusiñol, contrasta con la imagen hierática de otra obra suya, una joven representada de perfil, junto a un espejo que refleja parte de su rostro y la figura del pintor. En este caso se trata de un óleo sobre lienzo de 1894 (100 por 81 cm.) que se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Teniendo en cuenta que el autor nació en 1861 es obra de un Rusiñol todavía joven.

Algunos de los cuadros expuestos son de Ramón Casas, con su peculiarísimo estilo (una mujer burguesa), pero también hay otras obras que representan mujeres humildes (una gitana, una pastora o mujeres en la playa). De Casas se ha seleccionado una obra donde se representa a una mujer asomada a la ventana. Junto a estas pinturas destaca una mujer desnuda en bronce, obra de Gargallo, de mediano formato. Contrariamente a su predilección por el vacío, en este caso la mujer es compacta e incluso rolliza, en actitud pudorosa.

De Renoir destaca una obra titulada “Mujer e hijo en el campo”, de inconfundible factura con los colores cálidos y muy mezclados, mucho menos conocida que las escenas bulliciosas con la gente divirtiéndose en el baile o junto a un río.

Se exponen obras de Isidre Nonell, que también cultivó el dibujo, en el que el tema de la mujer se repite: su “Cabeza de gitana” fue pintada en 1906, siendo el autor aún joven. Es un óleo sobre lienzo de 54 por 46 cm. que se encuentra en el Museo Español de Arte Contemporáneo, en la ciudad universitaria de Madrid desde la década de los setenta del pasado siglo. Su obra “La Paloma”, representando a otra gitana, muestra la pincelada rápida y superpuesta con colores obscuros y el rostro de perfil reflejando nostalgia o pesar.

Más joven que los citados es Benjamín Palencia, del que se expone un desnudo, cuando sus preferencias son los paisajes, urbanos y rurales, con ensayos en diversos estilos, en algunas ocasiones bajo la influencia de Cézanne.

De Sorolla hay expuestas cuatro obras, la más llamativa (y quizá de mejor calidad) es una de pequeño formato donde se representa una escena de playa, pero también un desnudo femenino y una mujer sentada.

Algunas obras representan tenuemente el realismo declinante, otras están en la línea del impresionismo; las de Casas y otros representan escenas plácidas de la vida burguesa, bien conocida por el autor citado en la Barcelona de su tiempo. En esta exposición se produce un gran contraste cromático: la luminosidad, los rojos y amarillos por un lado, las escenas campestres por otro, pero también la soledad, la melancolía, la ociosidad de ciertos personajes, el desgarro o, al menos, la angustia, la tristeza de esas mujeres humildes, de esas gitanas.

viernes, 23 de julio de 2021

Final de un reinado

 

La amnistía que el primer gobierno de la regente María Cristina concedió, fue una constatación de la debilidad del mismo y un reconocimiento de su incapacidad para hacer frente al carlismo sin el apoyo de los liberales[i]. Donoso Cortés[ii] escribió que esta amnistía “vino a abrir las puertas de España a las revoluciones”, y por su parte Pacheco[iii] dijo que “no entraban los liberales como perdonados, no se olvidaba el liberalismo; entraban como auxiliares”. 

Un real decreto de 1832 creó el Ministerio de Fomento, “el más eficaz instrumento contra el carlismo y al mismo tiempo el golpe de gracia dado al Antiguo Régimen”[iv]. Éste ministerio reunió todas las competencias sobre gobierno interior, por lo que vino a sustituir al Consejo de Castilla, estando al frente de aquel Narciso Heredia y Begines de los Ríos, no precisamente un liberal, pero con experiencia de gobierno. Entonces se produjo la dimisión de Cafranga[v], aunque no le fue aceptada, y se dieron manifestaciones realistas (carlistas) que forzaron a la regente a decir que el único gobierno posible era el de una “monarquía sola y pura”, texto que se ha atribuido a Cafranga.

Los sucesos de La Granja, donde tuvieron lugar los amaños de los carlistas para que el rey anulase la Pragmática Sanción de 1789, llevaron a la regente a confirmar a Cea Bermúdez al frente del Gobierno, el cual hizo aprobar un Decreto suspendiendo las elecciones municipales[vi], teniendo lugar a principios de diciembre de 1832 el primer Consejo de Ministros para anular la Pragmática Sanción, lo que obviamente disgustó a los liberales.

Cuando el rey Fernando se recuperó de su enfermedad, por la que su esposa había ejercido por primera vez la regencia, mostró su desacuerdo con las medidas tomadas por esta, pero no dejó de expresar su agradecimiento a la reina, inclinándose entonces el Gobierno por mantener una política que no contentaba ni a carlistas ni a liberales. Salía entonces Carlos de Borbón (mediados de marzo de 1833) hacia Portugal. Por su parte los liberales “cristinos” reaccionaron a los sucesos de La Granja siendo potenciados por varios miembros de la más alta nobleza, consiguiendo reprimir a los realistas de Madrid en octubre de 1833.

En febrero de ese año Cea informó a su gobierno de la voluntad del rey de que se convocasen Cortes para jurar a la heredera Isabel, pero dichas Cortes debían ser las tradicionales por estamentos, sin otra misión más que la descrita. Debe tenerse en cuenta que no se convocaban dichas Cortes desde 1789 (cuarenta y cuatro años) y se escribió a los Capitanes Generales para que garantizasen que los elegidos para asistir a ellas fuesen acordes con la voluntad del rey. Respondió, entre otros, el marqués de las Amarillas[vii], destacado en Sevilla, diciendo que dicho asunto era indiferente porque fuesen quienes fuesen los elegidos no se opondrían al rey.

La importancia que Cea daba al control que los capitanes generales pudieran ejercer sobre las elecciones ha quedado de manifiesto en varias fuentes, y cuando el conde de Puñoenrostro[viii] hizo público un documento en el que se afirmaba que “la voluntad de los pueblos eleva los Reyes al trono”, además de que las Cortes debían discutir otros asuntos aparte el juramento de la heredera al trono, se le hizo rectificar por el rey y se le ordenó salir de la Corte “con destino de cuartel a Pamplona”. En todo caso esas Cortes fueron las últimas del Antiguo Régimen.

Mientras tanto corrió un texto carlista en el que se atacaban unas Cortes “para jurar unos derechos controvertibles, sin controvertirlos”, calificando al ministro de Gracia y Justicia[ix] de “enjorguinado” y añadiendo que se trataba de “la más grotesca farsa que se pueda ver”. García de León y Pizarro en sus “Memorias”, citadas por Bullón de Mendoza, escribió que “los amantes de principios templados y sospechados de liberalismo en lo político, están por la obediencia al Rey, y los que se llaman realistas por excelencia, y absolutistas por apodo, están por el otro partido”.

De todas formas hubo circunstancias dignas de consignar: el arzobispo de Toledo[x] se negó a jurar como diputado, siendo sustituido por el de Sevilla[xi]. Entre quienes prestaron el juramento había fervientes carlistas, y entre los que se negaron estuvieron el conde de Orgaz[xii], los obispos de Mondoñedo, Ourense y Orihuela, además del de León[xiii], con la particularidad de que éste protestó públicamente, habiendo tenido que abandonar su diócesis ya con anterioridad. Se dio incluso el caso curioso de don Francisco de Velasco que, elegido diputado por la ciudad de Burgos, juró y tres meses después participó en la sublevación carlista dirigida por Merino[xiv].

Pero la jura de la heredera no había despertado entusiasmo en la calle; el embajador portugués, miguelista, dijo que “en vez de fiesta parece un funeral, ni un viva”, en alusión a las fiestas que se organizaron en villas y ciudades para celebrar dicha jura. Un moderado como Burgos, que no tardaría en ser ministro, señaló que la jura de doña Isabel se vio en todas partes con desdén, y García de León y Pizarro (Secretario de Estado con Fernando VII) dijo que “la indiferencia, casi hostil, es general…”.


[i] Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera en su tesis doctoral.

[ii] Marqués de Valdegemas (1809-1853) fue filósofo, político y diplomático con el régimen liberal, evolucionando hacia posiciones cada vez más conservadoras.

[iii] Joaquín Francisco Pacheco era natural de Écija (1808-1865), jurista y escritor, militó en el partido moderado.

[iv] Véase la nota i.

[v] Jurista salmantino, tuvo cargos públicos tanto durante las etapas absolutistas como en el “trienio”, pero apoyó a la regente María Cristina frente a las pretensiones de Carlos de Borbón.

[vi] Después de 1823 eran los Ayuntamientos salientes quienes proponían a las Audiencias el nombre de los que debían sucederles.

[vii] Pedro Agustín Girón, militar partidario de un liberalismo moderado.

[viii] Juan José Matheu y Arias Dávila.

[ix] Francisco Fernández del Pino, con amplia trayectoria de gobierno y en los tribunales de justicia.

[x] Pedro Inguanzo Rivero.

[xi] Francisco J. Cienfuegos Jovellanos.

[xii] Joaquín Crespí de Valldaura.

[xiii] Francisco López Borricón, Dámaso Iglesias Lago, Félix Herrero Valverde y Joaquín Abarca Blanque respectivamente.

[xiv] Sacerdote y líder guerrillero. 

Ilustración: historiaymedicina.es/la-muerte-de-fernando-vii/