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sábado, 18 de febrero de 2023

Del mito a la ciencia en América

                        Cerezas de Indias (frutascolombia/status/1130448657260666881?lang=fa)

La colonización de América no consistió solo en abusos, crímenes y encomiendas; es sabida la labor de misioneros y funcionarios a favor del cristianismo, de la cultura y del mestizaje, pero lo que aquí interesa ahora es un repaso a las exploraciones y estudios científicos que tuvieron como centro el continente americano ente los siglos XVI y XIX.

Los más informados europeos del siglo XV creyeron en la existencia de una mítica isla conocida como Antilla en pleno océano Atlántico, y aún posteriormente se hicieron descripciones sobre seres que tenían sus ojos en el pecho, echados en el suelo se daban sombra con sus pies y cosas por el estilo. Aún del siglo XVIII hay descripciones inglesas donde se ve el gigantismo de los indios patagones en relación al tamaño de un europeo… Ello indica lo mágico y misterioso que representó América desde el momento en que se supo de su existencia separadamente de Asia.

Las expediciones que se llevaron a cabo durante los siglos citados tuvieron por objeto, según los casos, levantamientos topográficos, estudios de la naturaleza floral y faunística, la búsqueda de medicinas desconocidas por los europeos pero no por los indígenas de América, encontrar variedades alimentarias (maíz, papa, frutas), conocimientos antropológicos y etnográficos, el control de lugares estratégicos y el descubrimiento de nuevas islas, el establecimiento del meridiano 0º, el relieve y los paisajes, el conocimiento de los ríos y su fauna, el acopio de metales preciosos, entre ellos el platino, establecer límites entre los dominios españoles y portugueses, etc.

Ya Fernández de Oviedo, en 1526, publicó un “Sumario de la Natural Historia de las Indias”, sin que podamos considerar esta obra sino como meramente descriptiva: el autor se asombra de los armadillos y las iguanas como particularidades desconocidas por los europeos. Una expediciónn de Francisco Hernández[i] a Nueva España (1571-1577) tuvo como principal finalidad encontrar plantas medicinales que ya usaban los indígenas. También Monarde se ocupó de hacer un acopio de plantas medicinales por las mismas fechas que el anterior, pero con la particularidad de que no estuvo nunca en América, realizando sus estudios en Sevilla[ii] con las informaciones que le iban llegando.

De importancia especial es fray Bernardino de Sahagún, que hizo un estudio de la lengua nahualt (nunca escrita por los indígenas) entre 1540 y 1585[iii], extendiendo su interés a la antropología, la etnografía, la fauna y las plantas medicinales. Jan van Straet, por su parte, dedicó su atención a la cartografía y a la iconografía (1592); Tomás de Berlanga, aún siendo clérigo dominico, se especializó en temas geográficos y naturalistas, llevando a cabo un vieje accidental hasta las islas Galápagos (en realidad recibieron este nombre por los animales que allí habitaban en gran número). Y otro clérigo y botánico, Charles Plumier (1693), realizó un viaje a las islas antillanas para completar sus estudios sobre la flora de las mismas.

Bernardo de Cienfuegos fue un botánico nacido en Tarazona en torno a 1580, y estuvo en América interesado en hacer acopio para una obra que comprendiese toda la flora mundial. El dominico Jean-Baptiste Labat, más tarde, fue un viajero empedernido, pero destacó también como matemático, ingeniero y botánico, realizando un viaje por las islas de América haciendo acopio de mucha información. Las expediciones al estrecho de Magallanes y a las islas Malvinas fueron más sistemáticas, destacando Jacques Gouin de Beauchene, que con intenciones científicas visitó también las islas Galápagos, todo ello entre 1699 y 1701.

La exploración cartográfica cobró importancia en el siglo XVIII, destacando el viaje de circunnavegación del corsario inglés Woodes Rogers entre 1708 y 1711. Habiendo rescatado a Alexander Selkirk en una de las islas de Juan Fernández, al oeste de Chile, inspiró la novela de Daniel Defoe “Robinson Crusoe”, pero no es esto lo más importante en orden a su aportación científica, sino los muchos datos que aportó con su circunnavegación de la Tierra. El clérigo Louis Feuillée, por su parte, estudió en Sudamérica varios aspectos de su geografía, se guió por el meridiano 0º, que entonces era de forma imprecisa el de la isla de Hierro, y estuvo en Canarias midiendo la altura del Teide.

Una expedición hispano-francesa a Quito entre 1735 y 1746 tuvo intenciones geodésicas, pues se trató de determinar si la Tierra estaba achatada en sus polos o no, lo que en la época se dudaba. Charles-Marie de La Condamine, junto con Pierre Bourger y Louis Godin, realizaron una expedición a Sudamérica para procurar la medición del meridiano en la zona del Ecuador, teniendo serias diferencias entre el primero y los dos segundos. No obstante los estudios realizados fueron exitosos y La Condamine se animó a realizar otra expedición al río Amazonas, de donde trajo a Europa ciertos preparados medicinales de los indígenas de una de aquellas latitudes. Con La Condamine colaboraron también los jóvenes por entonces Jorge Juan y Antonio de Ulloa, publiando el primero, más tarde, unos libros sobre fauna y el platino hallado en Nueva Granada, metal que despertó interés en Europa; también consiguió en Ecuador, en contacto con los indígenas, recetas para combatir ciertas fiebres.

Entre 1740 y 1744 se produjo el viaje de George Anson a la América hispana, particularmente a las zonas menos conocidas y colonizadas, y James Lind, en el buque “Salisbury”, realizó otro viaje de exploración entre 1746 y 1747, antes de que se produjese un tratado de límites entre España y Portugal en el que participó la expedición de Iturriaga[iv] en 1750. Se trataba de conocer hasta dónde se habían extendido los colonos portugueses en el intererior de Brasil y llegar a un primer acuerdo. Con Iturriaga participó unos años más tarde (1754-1756) Pehr Löfling[v] en una expedición al Orinoco para el estudo de la zoología y la flora de su cuenca. Así pudieron comprobar la importancia del cacao, las piñas y las cerezas de Indias, entre otros productos.

Una expedición astronómica hispano-francesa fue comandada por Jean Chappe d’Anteroche en 1768, aunque las autoridades españolas pusieron dificultades para que el francés entrase en territorio español: se intentó medir la distancia entre el Sol y la Tierra, comprobar el fenómeno del tránsito de Venus (1769) desde el extremo sur de la península de California y otras investigaciones de mérito, como la medición de la longitud por medio de cronómetros marinos. Francisco de Requena, por su parte, participó en otra expedición para fijar los límites de las posesiones de España y Portugal, llegándose al tratado de San Ildefonso en 1777: Portugal cedió la colonia de Sacramento y otras posesiones en Uruguay a España, además de las islas de Annobón y Fernando Poo en el golfo de Guinea. España, entonces, se retiró de la isla de Santa Catalina en la costa sur de Brasil. Ello permitió conocer mejor estas regiones y levantar mapas más precisos. Requena también participó en una expedición para conocer la hidrografía del Amazonas, y una comisión se encargó de hacer ilustraciones sobre el Marañón entre 1778 y 1804.

Algunas expediciones virreinales llevarona Felipe González Ahedo[vi] a la isla de Pascua, y a Domingo Boenechea[vii] a Tahití (1770-1772): el primero cartografió la isla de Pascua y tomó posesión de ella en nombre de Carlos III, siendo este el segundo contacto documentado de europeos con los nativos. El segundo intentó incorporar Tahití al imperio español (1772); posteriormente intentó la evangelización de los tahitianos, tuvo un enfrentamiento con el jefe local y se abandonó el propósito.

Las exploraciones del noroeste americano tuvieron varias intenciones: el control del territorio y la evangelización de los indígenas. Entre 1774 y 1791 una serie de expedicionarios, Pérez, Ezeta, Bodega y Cuadra, Arteaga, etc., intentaron averiguar si existía un paso por el norte que comunicase el Pacífico con el Atlántico, resultando infructuoso por la existencia de los hielos árticos, pero los asentamientos y los sucesivos intentos dejaron una abundante toponimia española en la costa oeste de Canadá y Estados Unidos. Un enfrentamiento en Nutka entre españoles e ingleses (los primeros habían fortificado la isla)[viii] ahuyentó a segundos, pero en 1795 los españoles abadonaron la zona.

También se hicieron expediciones al estrecho de Magallanes, particularmente con la fragata “Santa María de la Cabeza” (1785), haciéndose entonces el levantamiento topográfico más perfecto hasta el momento. La obra zoológica de Félix de Azara, entre 1781 y 1801, fue extraordinaria: siendo ingeniero militar, se sintió atraído por la naturaleza de América; “perdido” en los límites de las posesiones hispano-portuguesas, nos ha dejado una valiosa información sobre los cuadrúpedos y aves de Paraguay.

Una Real Expedición Botánica a Perú y Chile (1777-1788) se hizo con información sobre maderas útiles para la construción de barcos de guerra, se estudiaron multitud de plantas de las diversas regiones exploradas y fue precedente de otra expedición en la que José Celestino Mutis, médico gaditano, hizo a Bogotá (en realidad varias regiones de la actual Colombia) y Ecuador: descubrió flora novedosa y sistematizó sus descubrimientos, haciéndose más de 6.000 láminas que se encuentran en el Jardín Botánico de Madrid, para lo que contó con la colaboración de jóvenes indígenas.  La expedición de Sessé y Mociño tuvo una importancia superior, en el ámbito científico, a las anteriores, pues fue muy extenso el territorio explorado en Canadá y Nueva España (téngase en cuenta que abarcaba desde el istmo de Panamá hasta vastos territorios de los actuales Estados Unidos); además se extendió a Cuba y Puerto Rico. El botánico Martín de Sessé[ix] y el médico José Mariano Mociño[x] se hicieron acompañar de dibujantes para representar las plantas, de otros botánicos auxiliares y también participaron alumnos mexicanos del Real Jardín Botánico de México[xi]. De regreso a España el estudio de los materiales traídos dio resultados extraordinarios, conservándose en el Jardín Botánico de Madrid fondos importantísimos de aquellos estudios. El interés mostrado llevó a la formación del Primer Gabinete de Historia Natural de México (1790) y luego de Guatemala.

La expedición del conde de Mopox a Cuba fue patrocinada por criollos de la isla, realizando un estudio sobre los montes, caminos, bosques y el estudio del transporte del azúcar desde el interior a La Habana (1796-1802). El inglés Cook realizó tres viajes por el Pacífico, pero tocó poco el territorio americano, mientras que Louis Antoine de Bougainville tiene el mérito de una nueva circunnavegación del globo y una detallada descripción de Tahití. Más importancia tuvo la expedición Malaspina (1789-1794) que incluyó una amplia propuesta sobre cómo reformar el Imperio colonial español para asegurarlo, pero también hizo estudios sobre astronomía, cartografía, hidrografía, geografía, etc. El guatemalteco Antonio Pineda, militar, formó parte de la expedición Malaspina encargado de las ciencias naturales.

La obra inmensa de Alexander Humboldt se completó con su expedición por buena parte de América: salió de A Coruña en 1799 mientras Malaspina estaba preso en el castillo de San Antón, próximo a dicha ciudad, recorriendo y estudiando diversos aspectos naturalistas y geográficos, etnográficos y humanos de las Antillas, Nueva Granada, Perú, Mesoamérica, Nueva España y el Este de Estados Unidos, regresando en 1804. Una Comisión Científica al Pacífico entre 1862 y 1866, acompañada de fragatas de guerra, se inscribe en la “política de prestigio” de O’Donnel en la última etapa del reinado de Isabel II, y ya en el siglo XX se malogró una expedición del capitán Iglesias al Amazonas, auspiciada por el médico Gregorio Marañón, a causa del estallido de la guerra civil española de 1936 (*).


[i] No confundir con Francisco Hernández de Córdoba, pues este fue un conquistador anterior que murió en 1526.

[ii] Médico y botánico (1508-1588).

[iii] “La Historia General de las cosas de Nueva España”.

[iv]  José de Iturriaga y Aguirre era guipuzcoano nacido en 1699; falleció en Pampatar, Venezuela, en 1767. Marino de profesión se dedicó al comercio del cacao.

[v] Fue alumno de Linneo. Nacido en Suecia en 1729, murió en San Antonio de Caroní, Venezuela, de resultas de la expedición citada. Fue un botánico y estuvo también interesado en la zoología, malográndose quizá un gran científico debido a su temprana muerte.

[vi] Nacido en Santoña, murió en Cádiz en 1802.

[vii] Guipuzcoano, murió en Tahití en 1775.

[viii] En la defensa de la isla participó una Compañía de Voluntarios de Cataluña, lo que Malaspina, posteriormente, podría recordar y dejar testimonio.

[ix] Oscense nacido en 1751 y fallecido en Madrid en 1808

[x] Nació en Temascaltepec, México, en 1757, falleciendo en Barcelona en 1820.

[xi] Instalado en el Palacio del Virrey.

(*) El presente resumen es deudor de la conferencia dada el 13 de noviembre de 2014 por Miguel Ángel Puig-Samper, con el título "La exploración científica de América" (Fundación Juan March).

domingo, 15 de enero de 2023

Calayo, Cristóbal, Manooc y otros

 

                                                                Isla de Cebú (Filipinas)

En los siglos XV y XVI hubo muchos hispanos que habitaron en diversas fronteras, en la península Ibérica, en América, y en contacto con lenguas distintas. Algunos incluso tuvieron conocimiento de la toponimia y las lenguas de frontera, y así Colón, en su primer viaje, se hizo acompañar de intérpretes para poder entenderse con las gentes de Asia, a donde aspiraba llegar. Uno de ellos fue el judío Luis de Torres[i], que había sido Adelantado del reino de Murcia.

Una vez en América se obligaba a una estancia de tres a seis meses en México a los religiosos que se habrían de embarcar para las islas Filipinas cuando estas fueron conquisdadas en nombre de Felipe II, y esto se aceptó para otros territorios a imitación de Nueva España. Un caso particular fue el de fray Jacobo de Tastera[ii], que desconociendo las lenguas nativas de los mayas “se valió de un sistema de cuadros y pinturas hechos por él mismo para enseñar el Evangelio”, denominándose desde entonces dicho sistema, “tasteriano”. En un primer momento se empezaba con un lenguaje gestual y así unos fueron aprendiendo la lengua de los otros, al menos una “lengua de urgencia”, además de contar con ojeadores y guías que observaban los comportamientos y las destrezas que los indígenas demostraban en el conocimiento del terreno. “Las manos servían aquí de lengua”, señaló Bartolomé de las Casas.

El mismo Colón apresó a diez hombres y mujeres “contra su voluntad” para traerlos consigo a Castilla y mostrarlos ante los reyes. Al cabo de unos meses esos indios estarían familiarizados con el castellano, y Bartolomé de las Casas habla de un Cristóbal Rodríguez que, en su opinión, fue el primero que supo la lengua de los indios de La Española, siendo un simple marinero. Había estado ciertos años “de industria” entre los indios, y como él actuaron Alejo García, Gonzalo de Acosta y otros. Relata Ojeda que en su segunda expedición se encontró a Juan de Buenaventura, que antes había participado en la incursión de Bastidas, y que se había quedado con los indios de Bahía Honda[iii]. “Y allí un Amirante hizo echar un indio de los que traía de Castilla… que era de la provincia de Samaná[iv]”, escribió Bartolomé de las Casas.

También actuaron los naturales como guias; tal es el caso del indio Diego Colón en La Española. Fernández de Oviedo dice que Francisco del Puerto, siendo aún grumete, abandonó la expedición de Solís y se quedó en el Río de la Plata: “e le habían criado los indios”. Sebastián Caboto lo incorporó a su armada; y en la conquista de Michoacán, Nuño de Guzmán se ayudó de los intérpretes García del Pilar, Godoy y Ávalos.

Otro sistema era mediante la práctica de la esclavitud de los indios apresados. Estos pronto lograron hablar castellano, y los religiosos se encargaron de formar a los hijos de los principales, llegando los intérpretes a alcanzar “status social”, hasta el punto de que realizaron funciones comerciales, sirvieron de maestros a los religiosos y traducían el sermón dominical. Tal importancia tuvieron los intérpretes que en 1573[v] se ordenó  que “los que hicieren descubrimientos por mar y tierra no puedan traer ni traigan indio alguno… aunque digan que se los venden por esclavos… so pena de muerte”, excepto los pocos que pudieran servir de “lenguas” y pagándoles por su trabajo.

Con el fin de que los indígenas que no conociesen el castellano pudiesen tener una justicia eficaz a la vez que defenderse ante los tribunales, el Consejo de Indias dictó unas Ordenanzas para las Audiencias estableciendo la figura del intérprete[vi], y el Cabildo indígena estaba formado por el alcalde, el regidor, los miembros de la nobleza indígena (a cuyos hijos educaban los religiosos en sus escuelas conventuales y otros centros) y aquellos indios alfabetizados que colaboraban con el doctrinero.

Cuando la expedición de Legazpi y Urdaneta llevó a otros españoles a Filipinas, previeron llevar intérpretes pero no sirvieron para nada, pues en las muchas islas que tuvieron que explorar se hablaban infinidad de lenguas. Debe tenerse en cuenta que tras la expedición de Magallanes-Elcano, Ruy López de Villalobos[vii] llevó a agustinos que se suponía le podrían servir de intérpretes, pero los indígenas de unas islas y otras (también en Filipinas) estaban divididos en tribus y en ocasiones se mostraban hostiles entre ellas.

Los meses previos al asentamiento definitivo en Cebú por los expedicionarios de Legazpi-Urdaneta los pasaron en las embarcaciones costeando las diversas islas, y al tiempo imaginaron cómo podrían valerse de intérpretes en esas tierras, porque los indígenas, en un principio, se mostraron remisos y demostraron temor ante los españoles; poco a poco fueron mostrándo algunas frutas a los recién llegados y “hacíamos señas de que íbamos en son de paz y amistad”. Urdaneta, por su parte, a la llegada a la isla de los Ladrones (en realidad las Marianas, al Este de las Filipinas) hizo algunos intentos valiéndose de lo aprendido en la expeidición en la que acompañó a Loaysa[viii]. En una de las islas Filipinas conocieron a un indígena (su nombre era Calayo) cuando pidió subir a una de las naves y se ofreció a guiarles, pero también hizo de intérprete (probablemente con más interés que eficacia).

A los españoles les urgía conseguir alimentos, y en otra isla fray Martín de Rada[ix], el intérprete y Urdaneta bajaron a tierra para saludar a los indígenas y mostrarles su simpatía, pero fue un fracaso, y la necesidad de conseguir alimentos continuaba. De todas formas lograron que algunos nativos se ofreciesen como guías, y así llegaron a encontrarse con una embarcación de comerciantes moros de Borneo, cuyo piloto subió a bordo de la nave española y se ofreció para hacer de embajador ante uno de los principales de la isla, yendo ahí fray Diego de Herrera[x] y otros (como intérprete un negro llamado Cristóbal de origen malayo).

Legazpi, por su parte, fue consiguiendo cierta confianza por parte de los nativos, viéndose obligado en ocasiones a hacer pactos de sangre[xi]. El hijo de uno de los jefes locales, Manooc se hizo amigo de los españoles e incluso abrazó el catolicismo, y en 1565 las naves hacían su entrada en Cebú, donde un malayo, Cid-Hamal, hizo de intérprete, y gracias al esfuerzo de los misioneros la hija del rajá Tupas también se convirtió al catolicismo y se casó con el calafateador de la expedición española, iniciándose así un mestizaje que ya era un hecho en la América hispana, y que los españoles propiciaron. Fue el mismo año en el que Urdaneta, tras cuatro meses y casi 8.000 leguas recorridas, llegó al puerto de la Navidad[xii] (Nueva España). En Filipinas quedaron solo tres agustinos y trescientos hombres para una labor titánica que esperaba.



[i] “Y el otro era Luis de Torres, que había vidido con el Adelantado de Murcia, y había sido judío y sabía hebráico y caldeo, y aún diz que arábigo” (B. de las Casas, “Historia de las Indias”).

[ii] Nació en Bayona (Francia) en el seno de una familia noble en torno a 1480 y falleció en México en 1545. Fue sacerdote y misionero franciscano. Criticó a los encomenderos y a los conquistadores por el trato dado a los indios, pero también sufrió la belicosidad de estos (J. Mª González Ochoa, “Quién es quién en la América del Descubrimiento”, 2003). Acompañado de Juan de la Cosa arribó a la costa venezolana, donde ya había estado Alonso de Ojeda.

[iii] En el noroeste de Cuba.

[iv] En una península al norte de la actual República Dominicana.

[v] “Nuevas Ordenanzas de Descubrimiento, Población y Pacificación de las Islas”.

[vi] Secundino Villoria Andreu, “Los otros traductores: el intérprete en el descubrimiento y colonización de Filipinas”. En esta obra se basa el presente resumen.

[vii] Natural de Málaga, nacido entre 1505 y 1510, murió en Ambón o Amboina (islas Molucas) en 1546, habiendo sido General de la Armada de Poniente. Se le había encomendado el descubrimiento, la exploración y colonización de nuevas tierras en el Pacífico, pero con la vista puesta en conseguir una ruta de regreso desde Asia hasta Nueva España.

[viii] Entre 1525 y 1526 con objeto de colonizar las islas Molucas, pues no se sabía entonces si estaban dentro de la demarcación portuguesa o española.

[ix] Natural de Pamplona (1533), murió en Filipinas en 1578. Estudió en París y en Salamanca y tuvo una formación multidisciplinar, humanística y científica.

[x] Natural de Recas (norte de la actual provincia de Toledo), falleció en Catanduanes (al nordeste de las Filipinas) en 1576. Agustino que antes había estado en Nueva España.

[xi] Una gota de sangre de la mano de cada uno de los pactantes se mezclaba con vino en un recipiente, del que bebían, siendo señal de confianza mutua.

[xii] Hoy se encuentra ahí Acapulco.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Bering, pieles y franciscanos

 

                                       alamy.es/paisaje-en-la-isla-de-unalaska-islas-aleutianas

Algunos historiadores sostienen que en el primer cuarto del siglo XVIII Rusia invadió tierra española en la costa oeste de los actuales Estados Unidos. En realidad aquellos territorios eran solo nominalmente españoles, pues fueron el resultado de una expansión misionera llevada a cabo por franciscanos desde el momento en que los jesuitas fueron expulsados, como de otros países europeos.

Pedro I de Rusia quería modernizer su imperio a partir de lo que pudo saber de Europa occidental, construyendo su marina y su armada; llamó a científicos extranjeros y a capitanes de navío para tales efectos, mientras las cartas de marear eran desconocidas en Rusia. Por otro lado ¿hasta dónde llegaban los dominios españoles? No existían mapas fiables del extremo noroccidental de América y no se sabía si este continente y Asia estaban unidos. Es entonces cuando entró en juego un danés experto marino, Vitus Bering, que se ofreció a Pedro I poco antes de la muerte de este.

Hoy tenemos medios para saber que, en dirección Este, desde la peninsula de Kamchatka, en el océano Pacífico se forma un escalón curvilíneo que bordea por el sur las islas Aleutianas hasta la costa oeste de Alaska. Bering organizó una expedición desde Kamchatka hacia el Este en dirección a no se sabía dónde. Navegó con su tripulación por el sur de las Aleutianas que, junto con Alaska, fueron las últimas partes del mundo en ser exploradas por europeos, y más tarde tendría lugar el“choque” entre rusos y españoles, los primeros en dirección sur hasta las posesiones españolas en California y aún más al norte. El trayecto expedicionario fue dificultoso y aún dramático, pues no dispusieron de agua suficiente, hasta que un naturalista que se encontraba a bordo anunció que la existencia de algas era señal de que la costa estaba cerca: habían navegado durante cinco semanas.

Un cambio de rumbo hacia el norte les llevó a descubrir, en 1729, el estrecho que llevaría el nombre de Bering, y fondearon en una isla frente a las costas extremas de Alaska. Una vez que comprobaron lo inhóspito de aquellos parajes, algunos hicieron diarios, estudiaron someramente la fauna y la flora, comprobaron que estaba habitado el territorio, almacenaron agua y regresaron a Kamchatka. Trazada la ruta pudo seguirse por segunda vez, lo que permitió obtener los primeros mapas de esa parte de la Tierra. También comprobaron la abundancia de zorros árticos y nutrias, cuyas pieles eran de gran utilidad a los nativos, y lo serían a los rusos y a otros con el tiempo.

Se conocieron los vientos, las corrientes marinas y las tormentas de regreso a Rusia; con occasion de una de ellas, en noviembre de 1741, la nave naufragó en una costa desconocida entonces, y con otros veinte murió Bering en la isla que también lleva su nombre, no lejos de Kamchatka si tenemos en cuenta el total del viaje. Habían transcurrido ocho meses y se habían alimentado en aquella isla de los muchos animbales que descubrieron, construyeron un navío con los restos del que había naufragado y regresaron a Rusia con una gran cantidad de nutrias y otros animales que pudieron vender y hacer algunas fortunas.

Luego fueron los comerciantes de pieles los que organizaron expediciones a Alaska y descubrieron a los habitantes que las trabajaban, después de dar caza a los animales con lanzas, hasta que llegó un momento en que los aleutianos trabajaron para los rusos. El procedimiento no fue muy diferente al de otras experiencias conquistadoras: los expedicionarios raptaban a los hijos de los nativos y el rescate lo podían obtener mediante el trabajo, lo que provocó no pocas sublevaciones. No obstante los rusos tenían mosquetes, y estuvieron unos veinte años ocultando estas actividades para gozar del monopolio de las pieles árticas. Cuando el embajador español en San Petersburgo se enteró informó a la Corte, y la monarquía española reclamó como propia toda la costa occidental de América. Obviamente, los comerciantes peleteros se mostraron en contra, por lo que el rey español Carlos III impulsó el establecimiento de colonias de franciscanos y población nativa al norte de California: era el año 1776.

Un tercer elemento entró en juego: el capitán James Cook y los ingleses quisieron saber qué es lo que habían venido haciendo los rusos, que por entonces tenían extendido su mercado de pieles al sureste de China (Cantón) con excelentes resultados económicos. Pronto se unieron a esta actividad ingleses, franceses y estadounidenses, estos últimos por tierra después de atravesar por varias rutas las Montañas Rocosas; incluso se formó una compañía ruso-norteamaricana en Alaska para tal fin, comenzaron a aparecer criollos y continuaron los problemas con los indígenas.

En 1806 la situación era insostenible para los rusos: el hambre y el agotamiento de algunas especies por la caza excesiva, como la vaca marina, les hizo viajar hacia California para solicitar alimentos a las autoridades españolas. Se informó al Gobernador español pero este alegó que España no autorizaba a sus colonias el comercio con otros países, llegando el asunto al mismo virrey de Nueva España, que a la postre autorizó la venta –a cambio de pieles- de harina, grano, maíz, judías y otros productos alimenticios. De esta manera los rusos pudieron regresar a sus asentamientos, luego a Kamchatka y San Petersburgo. Las misiones españolas, mientras tanto, estaban sufriendo las enfermedades que ya se habían conocido en otras partes de América en siglos anteriores.

Pero nunca se materializaron las relaciones comerciales entre Rusia y España, dos países que estaban sufriendo la invasion bonapartista a principios del s. XIX, por lo que los rusos establecieron asentamientos con nativos de Alaska al norte de San Francisco, provocando las protestas de España, que no tenía regimientos militares suficientes para rechazarlos. ¿Hubo convivencia? Lo cierto es que la sobreexplotación de los animales llevó a su escasez y la compañía ruso-estadounidense se disolvió, mientras el movimiento independentista en la Nueva España privó a los españoles, al cabo de unos años, de aquellos territorios.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Más muertos que vivos

 

                                               El estrecho de Magallanes en un mapa antiguo

Magallanes, contra lo que se suele divulgar, no pretendió con su famoso viaje dar la vuelta al mundo ni eso fue lo que se le encomendó. El objetivo del militar portugués fue alcanzar las islas de las especias sin molestar a los portugueses en la ruta reservada para ellos. Claro que si lograba llegar a las Molucas en dirección oeste encontrando un paso que le permitiese librarse de América, aún le quedaba el Pacífico y luego no ser sorprendido comerciando en aquellas islas, sobre las que existían dudas de si entraban en la demarcación portuguesa o española.

Agustín R. Rodríguez González* quizá sea el mejor conocedor sobre este viaje y sobre otros muchos aspectos de historia naval, corsarios, personajes, embarcaciones, la política naval de la Restauración[i], etc. Ha estudiado el inmenso viaje que llevaron a cabo unos seres con todo tipo de limitaciones, aunque al término llegasen solo dieciocho supervivientes, de un total de 250 hombres, aproximadamente, más cuatro que, en dirección distinta a la de Elcano, llegaron también por lo menos a América.

Las capitulaciones con el rey Carlos I y su madre Juana se firmaron en Valladolid en 1518, pero el monarca quiso que fuesen dos los comandantes del viaje, Magallanes y Ruy Faleiro[ii], este un geógrafo que, antes de la salida, sufrirá un trastorno y será ingresado en un hospital de Sevilla, ciudad en la que se equiparon las cinco naves de la expedición en 1519 y salieron de Sanlúcar de Barrameda. En esta expedición no había intención evangelizadora, y de hecho Portugal ya negociaba en las Molucas.

Había entonces muchos marinos portugueses en España, particularmente en Sevilla, pues mientras que la monarquía portuguesa era muy rígida en el control de cada empresa ultramarina (quizá como consecuencia de los trabajos llevados a cabo en época de Henrique el Navegante), en España la posibilidad de empresas particulares era corriente. Magallanes –según Agustín R. Rodríguez- no tenía madera de líder y sí un carácter reservado, no partidario de compartir sus decisiones (a la postre nada dejó escrito). Una vez que Ruy Faleiro no pudo compartir con Magallanes el mando de la expedición, el rey Carlos I nombró a Juan de Cartagena[iii] en igualdad, pero el portugués lo encerró en el calabozo a poco de salir de Canarias.

Magallanes era un hidalgo que había escogido la carrera de las armas, y aunque tenía experiencia en navegaciones, no había estado al mando de buque alguno, y de hecho tuvo que sufrir amenazas portuguesas por ponerse al servicio de una monarquía competidora. Elcano, siendo joven, era maestre de una nave dedicándose a operaciones mercantiles; en el Mediterráneo se vio obligado a pedir un crédito para llevar a cabo ciertos viajes, a cambio de lo cual hipotecó su nave; como no pudo devolver el dinero perdió el barco, pero ya desde la época de los Reyes Católicos existía una norma según la cual las naves no podían venderse, pues se trataba de tecnología autóctona que podía servir tanto para la marina mercante como para la de guerra. Por ello fue castigado y enrolado en la expedición de Magallanes.

Debe tenerse en cuenta que existía un desconocimiento general sobre las dimensiones de la Tierra (como en el caso de Colón), por lo tanto la distancia desde el oeste de Europa hasta el Este de Asia. Se sabía, no obstante, por los viajes colombinos, que había que alcanzar las islas Canarias para encontrar los vientos favorables rumbo al oeste, y aparte las capacidades que tuviesen Colón y Magallanes para dirigir una expedición marítima, lo cierto es que demostraron a capacidad suficiente para sus respectivos proyectos.

Portugal, entre tanto, se aferraba a la circunnavegación de África, quizá por la ventaja que tenía sobre Castilla en este tipo de expediciones, pero en cuanto a Canarias la corona española supo hacer valer su interés por ellas a cambio de respetar a Portugal sus rutas siguiendo la costa africana. Otro asunto interesante –siempre según el profesor Agustín R. Rodríguez- fue el papel de los monjes del monasterio de la Rábida, una comunidad dedicada al estudio de la colonización y evangelización de Canarias, bien entendido que buena parte de los conocimientos científicos de la época estaban en manos de religiosos.

Pasado el Atlántico, el objetivo fue encontrar el paso que permitiese entrar en el Pacífico, lo que ya había intentado Juan Díaz de Solís (1515-1516) en el contexto de cortar todo intento portugués de extenderse hacia el sur a partir de las costas brasileñas. Solís creyó haberlo encontrado en la desembocadura del Río de la Plata (que el ignoraba) por la enorme anchura de la misma, lo que pronto se supo era improbable por tratarse de agua dulce[iv].

Volviendo al viaje de Magallanes, los cinco barcos que habían salido desde Sanlúcar, permitieron imaginar de nuevo que la desembocadura del Río de la Plata era el paso hacia el Pacífico; avistando Magallanes un promontorio al que puso por nombre Montevideo, lugar donde más tarde se fundaría la ciudad[v]. Aquí se produjo un motín que Magallanes pareció haber controlado, pero en realidad permaneció latente: se trataba de la incertidumbre, el cansancio, las penalidades y la personalidad hermética de Magallanes. La expedición siguió hacia el sur donde los viajeros ya habían visto que las estaciones estaban invertidas, los vientos y las tempestades eran desconocidos, el frío intenso y sin experiencia en navegar al sur del Ecuador, lo que sí tenían los navegantes portugueses en torno a África (téngase en cuenta que aún no se había conquistado el imperio incaico, la mayor parte de cuyo territorio estaba al sur del Ecuador).

Las borrascas eran muy profundas y parte de la tripulación empezó a desconfiar de si Magallanes estaba jugando a favor de la monarquía portuguesa: se produjo entonces otro motín en el momento en que se encuentra el paso (lo que se comprobó poco más tarde) lleno de dificultades, estrecheces y temporales; un barco se perdió debido a ello y el que mandaba otro de los navíos desertó y decidió encaminarlo de vuelta a España, pero sin provisiones, habiendo aparecido ya el escorbuto y produciéndose muchas muertes. Los mayores implicados en los motines anteriores (en uno parece que participó Elcano) fueron abandonados por Magallanes en una isla desierta, incluido un clérigo, condenados a una muerte aplazada en aquellas latitudes (52º Sur).

Por suerte, al llegar al Pacífico reinó el buen tiempo, pero el estrecho que llevaría el nombre de Magallanes se revelaría poco práctico, pues era preferible, como así se hizo, llevar las mercancías hasta Portobelo (Panamá), y de aquí, tras una travesía terrestre, a Lima o Acapulco. En todo caso seguía la ignorancia sobre cuánto valía cada grado de la superficie terrestre, tenían dificultad en medir la longitud, y en el Pacífico no se conocía el régimen de vientos ni de corrientes.

Magallanes decidió entonces seguir por el Pacífico en dirección noroeste hasta alcanzar las islas Marianas, es decir, bastante más al norte que las Molucas (¿guiaron los vientos las naves?). En las Marianas fondearon las naves y los indígenas fueron invitados a subir a ellas, gustando de quedarse con algunos objetos. Se ha supuesto que Magallanes temió el enfrentamiento con los portugueses, ya instalados mediante factorías en las Molucas. Y aún más extraño: siguió en dirección a las islas Filipinas, mucho más al norte que las Molucas (diez grados de diferencia). En las Filipinas existían sociedades acostumbradas a negociar con los chinos y otros pueblos, incluso musulmanes, tenían pequeños barcos que surcaban aquellas aguas y había autoridades o caciques que sabían lo que querían. Con estos se enfrentó Magallanes y su tripulación en una serie de batallas que no hicieron más que añadir penas a los españoles[vi], y en una de estas murió Magallanes en 1521 (luchando con una tribu); al fin y al cabo el portugués era un hombre de guerra.

A partir de este momento se hace con la capitanía Elcano, quedando dos naves para dirigirse hacia las Molucas (una tercera, tan maltrecha, fue desguazada y aprovechados sus materiales útiles). Como con anterioridad, pero ahora con mayor intensidad, se producen hemorragias venosas y cerebrales en algunos miembros de la tripulación (consecuencia del escorbuto); circunstancia rara en el Atlántico, pues los alimentos frescos podían conservarse en un viaje de pocos meses. La dieta mediterránea, fácil de mantenerla en los viajes por el Atlántico, no es posible en el inmenso Pacífico. Ya en el siglo XVI, no obstante, el médico y luego fraile agustino español, Pedro García Farfán, publicó su obra “Tratado breve de anatomía y cirugía…”, donde recomendaba el uso de cítricos contra el escorbuto. En el siglo XVIII el médico escocés James Lind dio con una fórmula más completa para combatirlo.

La expedición tiene un nuevo capitán, pero sin instrucciones de ningún tipo: las dos naves son mandadas, respectivamente, por Gómez de Espinosa[vii] y Juan S. Elcano; llegan a las Molucas y cargan sus naves de clavo. Ahora solo hace falta decidir el camino de vuelta: mientras que Espinosa decide hacer el viaje a la inversa por el Pacífico, Elcano opta por entrar en el Índico y circunnavegar África, pero en longitudes alejadas de la costa. Espinosa y los suyos se vieron en crecientes dificultades habiendo perdido treinta hombres (de un total de cincuenta), lo que les hace volver a las Molucas, allí fueron capturados por los portugueses, apresados y, seis años después, solo cuatro supervivientes regresan de barco en barco hasta que unos marinos portugueses los dejan en Lisboa (eran ya solo cuatro o cinco (se trató de la segunda vuelta al mundo).

Los de Elcano tuvieron dificultades alimentarias, queriendo algunos fondear en Mozambique, a lo que se opuso el guipuzcoano por temor a los portugueses, pero una vez en la latitud de Cabo Verde, desesperados, bajan a tierra trece, los cuales fueron detenidos aunque alegaron que procedían de América y se había averiado su aparejo. Se dice que son dieciocho los que arribaron a Sanlúcar en septiembre de 1522, pero habrá que contar algunos nativos de diversas indias además; portaban una riqueza suficiente para vivir el resto de sus días o poco menos. Elcano pidió al rey Carlos I que meidase ante el rey portuguñes para rescatar a los cautivos de Cabo Verde, lo que dio resultado y poco después estaban en la península; además pidió una serie de honores y distinciones, pero este no se las concedió, aunque sí una pensión vitalicia para vivir más que holgadamente. Poco después Elcano se embarcó con Loaisa en otro viaje a través del Pacífico y los dos perderían la vida después de haber ingerido, con otros, unos pescados en una isla, probablemente mal cocinados y aptos para transmitir la enfermedad letal. Tenía el guipuzcoano cuarenta años.


[i] Esta es su tesis doctoral, y en cuanto al autor, nacido en 1955, es miembro de la Real Academia de la Historia. Su bibliografía es tan amplia que difícilmente es superada en su especialidad.

[ii] Nacido en Lisboa en 1455, era un experto navegante, astrónomo y geógrafo.

[iii] En 1520 participó en un motín contra el autoritarismo de Magallanes en las costas de Patagonia.

[iv] Otra cosa es la muerte de Solís a manos de los indígenas de la zona, así como de algunos de sus compañeros, ante el asombro de los que no habían desembarcado.

[v] Monte vide, habría dicho Magallanes, pero la fundación de la ciudad no se produjo hasta pasado el primer cuarto del s. XVIII, habiendo sido levantado anteriormente un fortín por el portugués Manuel de Freytas.

[vi] Entre los dieciocho que regresaron con Elcano había griegos, portugueses, italianos, holandeses, alemanes, además de españoles, lo que quiere decir que los 250 cincuenta que iniciaron la expedición pertenecerían a más nacionalidades que las señaladas.

[vii] Marino natural de Espinosa de los Monteros (actual provincia de Burgos) habiendo nacido en 1474.

* "La primera vuelta al mundo", Madrid, Edaf, 2018. En esta obra se basa el presente resumen.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Expediciones por el Pacífico

 

                                                           Imagen de Isabel Barreto (*)

Sabido que al oeste de América había un mar que permitía llegar a Asia, son muy importantes y esforzadas las expediciones para conocer rutas, tierras, islas, vientos y pobladores que tuvieron lugar. Álvaro de Mendaña es un berciano nacido en el año 1542 que dirigió dos expediciones por el Pacífico, la primera financiada con fondos públicos, y la segunda mediante el acopio de un capital que le proporcionaron personas de su confianza.

Saliendo del puerto de El Callao en noviembre de 1467, por lo tanto cuando Mendaña era muy joven, dirigió las dos naves de la expedición hacia el suroeste y alcanzó la isla de Pascua, el punto más meridional del periplo, 17º Sur, por lo tanto entre el trópico de Capricornio y el Ecuador; en dirección noroeste bordeó las islas Salomón[i], donde surgieron las primeras disensiones, pues mientras Mendaña era partidario de conquistarlas, no tenía autorización del virrey Diego López de Zúñiga, y quizá la pretensión de Mendaña se deba a que Zúñiga había muerto ya, incluso unos años antes de la salida de El Callao.

Lo cierto es que en la época los barcos quedaban fondeados no lejos de la costa, alcanzándose esta mediante botes que llevaban a la tripulación a tierra, y en estas islas es donde aquellos hombres tuvieron la oportunidad de conocer a los indígenas de los puntos por donde pasaban. Cabe imaginar la sorpresa de estos respecto de los españoles, pues en el caso contrario ya tenían la experiencia de las poblaciones americanas. La falta de unanimidad en lo que debía de hacerse y la dificultad de la empresa, hizo que Mendaña encaminase sus naves hacia el norte, donde encontraron las islas Marshall, en la misma latitud que Mindanao pero mucho más al Este. El rumbo siguió en dirección norte y luego noreste, pasando al norte de las islas Hawai para alcanzar el punto más septentrional en las proximidades de la península de California, a 32º Norte; luego en dirección sureste a Acapulco, donde llegaron en enero de 1569, es decir, poco más de un año de travesía.

Muchas de las islas citadas eran montañosas y de origen volcánico, boscosas por la abundancia de precipitaciones propias de los climas intertropicales; además pudieron observar que la profundidad de las aguas era grande desde la misma costa, es decir, carecían de plataforma continental.

Esta expedición, como otras, tenía un objetivo fundamental más allá de conocer las rutas del océano: la obtención de oro y otros metales preciosos, de los que siempre hablaban los indígenas americanos, lo que mezclado con ideas míticas y antiguas de los conquistadores, hacían apetecible –para la mentalidad de la época- tantos riesgos y penalidades. En efecto, para mandar la expedición surgió el primer problema, pues aspiraba a ello Pedro Sarmiento de Gamboa, más experimentado que Mendaña, pero este gozó de la influencia de las autoridades del virreinato del Perú.

La expedición que hemos descrito contó con dos naves que transportaron, según las fuentes, unos ciento cincuenta hombres, algunos de ellos marineros y otros militares, también mujeres españolas, algunos franciscanos y esclavos. Se pretendía, además de encontrar metales preciosos, conocer la Terra Australis de la que se venía hablando en los cenáculos de geógrafos y marinos; una vez en ella debía fundarse un establecimiento, pero no encontraron dichas tierras[ii]. En cambio sí tuvieron que dar solución a algunos conflictos, tanto entre los miembros de la tripulación como con los indígenas.

De vuelta en Lima no se vio por parte de las autoridades la utilidad del viaje de Mendaña, por lo que cuando intentó otro años más tarde, se tuvo que emplear en contratar a la tripulación y costear por su cuenta las embarcaciones, además de hacerse con los alimentos y demás pertrechos propios de una expedición de estas características. Tuvo muchas dificultades, pues merodeando piratas ingleses en las costas del Perú, el virrey Martín Enríquez Almansa le confiscó la flota antes de que zarpase con el fin de combatir a la piratería. Fallecido este virrey en 1583, el sustituto, Fernando de Torres y Portugal, apoyó la empresa de Mendaña, pero amenazando las costas de Chile la piratería, de nuevo se tuvo que posponer la marcha, hasta que en tiempos del nuevo virrey, García Hurtado de Mendoza, pudo zarpar con sus naves el ya veterano Mendaña desde El Callao, ahora en dirección a Paita, al norte del actual Perú, en 1595.

No pasaría de este año Mendaña, pues murió al contraer la malaria[iii], siendo llevado su cuerpo a uno de los barcos por temor a que fuese profanada su tumba por los nativos; otros miembros de la tripulación enfermaron de escorbuto[iv] y, en efecto, la escasez de alimentos fue una dificultad de las que sufrieron, además de la hostilidad de los indígenas en algunas de las islas visitadas. Asistieron a ofrendas de sacrificios humanos y a prácticas de canibalismo, lo que asombró no poco a la tripulación; hubo enfrentamientos entre los miembros de esta, pero se consiguió fundar una colonia en las islas de Santa Cruz, que hoy está dando interesantes resultados arqueológicos.

En este segundo viaje los expedicionarios sufrieron tempestades, y la esposa y viuda de Mendaña tuvo que habérselas para dar solución a un conflicto entre diversos miembros de la tripulación (islas de Santa Cruz), que alegaban no haberse embarcado para fundar colonias sino para enriquecerse, no viendo el oro por ningún lado. Isabel Barreto tuvo el tacto y la autoridad suficiente, valiéndose de la experiencia de Pedro Sarmiento de Gamboa, para poner orden, lo que ha valido a la señora el reconocimiento por parte de los que han investigado este asunto. Otro viaje que ha parecido inútil, pero se conocieron los bajos de San Bartolomé en el atolón de las Marshall, se corrieron peligros y, tras presenciarse matanzas, se celebraban misas.

Más allá de las “aventuras” de estas gentes, lo verdaderamente asombroso es el pelaje y la mentalidad de las mismas, sobre todo entre los dirigentes como Mendaña, Quirós, Torres o Sarmiento. El primero estuvo preso en Panamá en 1576 por unos pleitos y luego de nuevo encarcelado. Sabedores de que la muerte les acechaba en cada intento no cesaron en ello, se enfrentaron a sufrimientos y dificultades continuas, pasaron penalidades y tuvieron un ideal difícilmente comprensible para nosotros si no nos ponemos en su siglo, en su condición de hidalgos, soldados o marinos, embarcados en las empresas que habían dado comienzo cuando se tuvo noticia de que un nuevo continente se interponía entre Europa y Asia.


[i] Al Este de Nueva Guinea. Una de ellas la de Guadalcanal, donde se daría una de las batallas más mortíferas de la II guerra mundial entre el verano de 1942 y el invierno de 1943 (aliados y Japón).

[ii] Sin conseguir llegar a Australia, años más tarde Luis Váez de Torres pasó por el estrecho que lleva su nombre (Torres) que separa Nueva Guinea de Australia (1606).

[iii] Por la picadura de determinados insectos para lo que los europeos no tenían defensas biológicas.

[iv] Por un déficit alimentario, particularmente de vitamina C.

(*) Imagen tomada de schhg.cl/wp-schhg/2021/11/25/la-genealogia-de-dona-isabel-barreto/