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domingo, 10 de diciembre de 2017

Los ministros de la II República española



Estudiar la sociología de un grupo elitista (clero, ministros) es algo a lo que nos tiene acostumbrados el profesor Cuenca Toribio, solo o en compañía de algún colaborador. Aquí hacemos un resumen de su estudio sobre los ministros de la II República española[1].

En primer lugar destacan las líneas reformistas en la actuación de muchos de aquellos ministros (89), los intentos renovadores y las “lagunas y manchas” sobre todo por la no realización de proyectos planteados. Los autores notan de falta sólidas monografías sobre los personajes –al menos los más sobresalientes- de la II República española, hasta el punto de que en alguna obra, de Marcelino Domingo y Emilio Palomo se dice tan solo que fueron “diputados escritores”. De los 89 ministros del régimen, 59 (dos tercios del total) fueron del bienio conservador y, considerando el total citado, la edad media de acceso al ministerio republicano fue 51 años, es decir, en un momento de madurez vital e intelectual, algo muy parecido a lo que ocurre con el episcopado. Cuatro accedieron al ministerio a edades inferiores a los cuarenta años; por ejemplo Gil Robles (37); los de más edad fueron Portela Valladares y Alejandro Lerroux (68 y 67 respectivamente).

Tres habían sido ministros durante la monarquía anterior: Alcalá Zamora, Portela y Chapaprieta, pero los autores consideran la edad que tenían cuando accedieron a los ministerios en época republicana. No existe, por tanto, relación entre la brusquedad que significó el advenimiento de la II República y la juventud de sus elites. En cuanto a la edad de fallecimiento, la media está en 72 años, por lo tanto muy parecida a la de otros muchos colectivos elitistas de la época, pero éste dato debe ponerse en relación con el hecho de que once ex ministros fueron víctimas de la violencia que les llevó a la muerte, ocho asesinados en zona republicana y tres en zona ocupada por los militares golpistas. Este dato tampoco debe engañarnos, pues a la superioridad numérica del cuadro ministerial conservador hace que –en una época cainita como es una guerra- “le correspondan” más muertes violentas. Además, a muy pocos les sobrevino la sedición militar en el territorio controlado por esta, lo que puede explicarse porque Madrid, Barcelona y el norte tardaron en caer bajo dominio de los levantados.

En cuanto al origen geográfico de los ministros, a la cabeza está Andalucía (14), lo que no es extraño porque representaba casi el 20% del total de la población nacional; le sigue Castilla la Nueva gracias a Madrid (12 y algo más del 12% de la población nacional) y Cataluña (13 y algo más del 11% de la población nacional), pero Asturias y Galicia aportaron ocho ministros cada una. Así las cosas, la importancia de las regiones mediterráneas sobresale en esta materia (aunque en el caso de Andalucía sea Sevilla la que más ministros aporta, seguida de Málaga). A pesar del arraigo y poder de las oligarquías andaluzas, las elites intelectuales y políticas respaldaron casi por completo al régimen de 1931, siendo los ministros, representantes de los estratos liberales de la burguesía urbana andaluza.

La cuna del republicanismo hispano, Cataluña, no podía faltar aquí, mientras que en el caso de Valencia, donde el republicanismo blasquista podría hacer pensar otra cosa, la mayor parte de los ministros lo fueron en el bienio conservador, y lo mismo ocurre con Galicia. Si tenemos en cuenta Asturias y Galicia, tenemos –dicen los autores- la importancia periférica de los cuadros dirigentes, anticlericales muchos, volterianos menos y universitarios. Canarias aportó, entre otros, la figura sobresaliente de Juan Negrín, primer ministro en los dos últimos gobiernos durante la guerra.

Así cabe hablar de la “apertura mental” y fuerte presencia de elementos “heterodoxos” –librepensamiento, masonería- entre el personal de que tratamos. El predominio de la CEDA en el antiguo reino de León fue evidente, y otro caso es Aragón, donde ciertas tendencias de la burguesía radical y la fuerza de su proletariado, le caracterizan en la época.


[1] “Sociología de los ministros de la Segunda República” (en colaboración con Soledad Miranda García).

domingo, 28 de diciembre de 2014

Castelar y Pavía

La I Repúbica española, como es sabido, tuvo que lidiar con tres conflictos armados: la guerra carlista, la de Cuba comenzada en 1868 y las revueltas cantonalistas, que tuvieron más furor en el sur de España. El general Pavía, que había sido un luchador por las ideas liberales en 1866 y en Navarra, quiso que Emilio Castelar, Presidente de la República desde septiembre de 1873, se afianzase en el poder una vez que había perdido la confianza de las Cortes. En realidad, estas le habían dado poderes extraordinarios para que combatiese la violencia en el país, pero luego consideraron que se había excedido, eligiendo entonces al valenciano Eduardo Palanca. Acababa de comenzar el año 1874.

Cuando el general Pavía ofreció a Castelar imponerse a las Cortes y seguir gobernando, las convicciones de este no le permitieron aceptarlo, por lo que se impuso la solución Serrano, ya que Palanca no fue aceptado por el militar al ser aquel un republicano federal. La República continuaba con Serrano al frente, pero herida de muerte al haber sido desautorizadas las Cortes por un espadón como los que el país ya había conocido con anterioridad.

¿Como iba a aceptar una solución no democrática el autor de "La Fórmula del Progreso", publicada en 1858 y donde Castelar expresaba su idea de una república democrática? Ahí preconizaba nuestro autor el emparejamiento de los ideales europeos y españoles, según a demostrado Nancy A. Rosenblatt, como más tarde haría también Unamuno. Inspirado en Víctor Cousin, entendió que así como la Edad Media había sido la época de la aristocracia y desde la revolución francesa la época de la burguesía, ahora tocaba la época de la democracia, algo que para él difícilmente se podía discutir, algo que estaba marcado por los tiempos de la historia.

¿Como iba a estar de acuerdo con soluciones antidemocráticas un miembro de la Liga de la Paz y la Libertad que se adelantó a todos los que en el siglo XX propugnaron la unión europea? Fundada en 1867 aspiraba a una federación de repúblicas europeas, cuando en Europa solo Suiza escapaba al poder monárquico. Un republicanismo el de la Liga que se acercó a las ideas socialistas en la medida en que, en su fundación, estuvo la I Asociación Internacional de Trabajadores representada. Había que ser muy avanzado respecto del tiempo que se vivía cuando Austria había sido aplastada por la potencia de Prusia, Francia lo sería en Sedán, Rusia mantenía sus permanentes contenciosos con el imperio turno y los países más poderosos de Europa se lanzaban a expoliar medio mundo lejos de sus fronteras. 

Había que ser muy optimista, idealista pero convencido republicano cuando en 1868, aprovechando el destronamiento en España de Isabel II, Castelar pensó que había llegado el momento de las repúblicas europeas. En Francia y España habría que esperar a la década siguiente, con resultados tan distintos; en Portugal hasta 1910, en el resto de Europa hasta 1918, cuando las monarquías alemana y austríaca queden apeadas y los nuevos estados surgidos en el este de Europa se constituyan en repúblicas.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Contradicciones de la primera República portuguesa

Afonso Costa
La I República portuguesa fue un régimen extremadamente inestable a pesar de su corta duración, dieciseis años, dándose situaciones de "una sigular democracia parlamentaria, varios gobiernos autoritarios, ministerios de izquierda radical, algunas dictaduras militares y hasta un original y pionero ensayo prefascista", según Francisco de Luis Martín. 

Sobre todo entre 1919 y 1926 se repitieron los intentos golpistas y el uso de la fuerza por parte de la Guardia Nacional Republicana y del Ejército. Las huelgas y protestas populares, protagonizadas sobre todo por anarquistas, fueron también numerosas, incluso intentos de monárquicos cuya cabeza actuó desde Galicia, a resguardo de las represalias gubernamentales. Asesinatos de personas anónimas y de altos representantes de los poderes constitucionales y otras formas de desestabilización del régimen, que acabaría con un golpe militar triunfante en 1926 que, pocos años más tarde, daría lugar al Estado Novo de Oliveira Salazar desde 1932.

La monarquía, entre finales del siglo XIX y principios del XX no había servido para que Portugal se modernizase, que es lo mismo que decir mejorase su economía y las condiciones de vida de sus habitantes. Era una institución caduca que había entrado por el aro del liberalismo pero nunca de la democracia, lo cual no tiene nada de extraño porque este sistema es muy tardío en todos los países. Los últimos reyes de Portugal, Luis I, Carlos I y Manuel II (el último con un reinado de solo dos años) no habían conseguido impulsar la democracia en Portugal porque seguramente no creían en ella, dejando que gobernasen las clases dirigentes más conservadoras y ricas del país.

Así los jornaleros del Alemtejo, los viticultores del Douro y de Minho, los pescadores de Nazaré y Porto, los pastores de las Beiras, los pequeños propietarios agrarios del norte y la enormidad de población dedicada a oficios poco cualificados y mal pagados, tanto en las pocas ciudades como en el campo, no estaban representados en el sistema monárquico. Fueron así surgiendo las ideas democráticas, socialistas, anarquistas y comununistas más tarde, pero también las ideas republicanas que no necesariamente eran progresistas, de forma que, como en otras muchas repúblicas, hubo partidos conservadores y progresistas dentro de una misma denominación republicana.

La revolución republicana estuvo madura para llevarse por delante a la monarquía en 1910, pero no para formar un régimen moderno y que incorporase a la mayoría de la población (democrático solo en ocasiones). La Iglesia, que había gozado de muchos privilegios durante toda la historia portuguesa, siguió haciéndolo hasta la I República, en que el laicismo inspirado por masones y algunos republicanos echó al traste la influencia de aquella, sobre todo en las ciudades.

El Partido Republicano se fue dividiendo sucesivamente dando ocasión a una variedad ideológica que descansaba, sobre todo, en la personalidad de sus dirigentes. Los republicanos no se distinguieron de los dirigentes del régimen monárquico en su nacionalismo y en la defensa de las colonias africanas y asiáticas, una vez que Brasil se había independizado a principios del siglo XIX. Es más, hay una constante en la política portuguesa, gobierne quien gobierne, hasta mediados de los años setenta del pasado siglo: Portugal no se concebía sin sus colonias, porque la metrópoli era la cabeza de una cosmovisión de la que formaban parte los territorios africanos y asiáticos. Portugal sin sus colonias no era una potencia a tener en cuenta.

Paisaje de Tras-os-Montes
El Partido Democrático fue el más avanzado y progesista antes de que aparecieran, con alguna fuerza, socialistas y comunistas. Su dirigente más sobresaliente fue Afonso Costa, a quienes algunos han comparado con Manuel Azaña en España, pero Costa fue un político más ambicioso y complicado en varios casos de corrupción o, por lo menos, irrregularidades de diverso tipo. El Partido Evolucionista era la encarnación del conservadurismo, cuyos máximos dirigentes fueron Teófilo Braga y Antonio José de Almeida. El Partido Unionista puede considerarse como el centro ideológico del republicanismo, siendo sus máximos dirigentes Brito Camacho y Augusto de Vasconcelos, pero el primero entró en la contradicción de apoyar más tarde a los dictadores Pimenta de Castro y Sidonio Pais.

Los monárquicos habían quedado noqueados, pero tuvieron sus animadores y el principal luchador fue Henrique de Paiva, que desde Galicia intentó varias veces restaurar la monarquía (ver, aquí mismo, "Galicia, base de operaciones monárquicas"). Un golpe militar dado en Porto a comienzos de 1919 llevó a establecer, de facto, la Monarquía del Norte, disuelta enseguida.

En el otro extremo estaban los anarquistas, que formaron en 1914 la Unión Obrera Nacional, logicamente con trabajadores de otras tendencias ideológicas también y en 1919 nació de aquella la Confederación Nacional del Trabajo. Los partidos Socialista y Comunista tuvieron escasa importancia en relación a los partidos antes señalados, así como al grupo terrorista Legiâo Vermelha, que nació en 1919 a partir -como el Partido Comunista- del triunfo de la revolución bolchevique en 1917.

La masonería, desde el siglo XIX, venía trabajando en Portugal por influencia de los primeros masones ingleses, y la I República fue ocasión -propiciada incluso por la masonería- para influir en la política del país. La "Hormiga Blanca" fue una organización en la que seguramente militó Afonso Costa, por lo que puede que sus miembros lo fuesen a su vez del Partido Democrático.

La Guardia Nacional Republicana, organismo armado al modo que en España la Guardia Civil, fue una creación de la I República y su participación en la vida política -y esta es una contradicción evidente- fue determinante en varias situaciones, casi siempre a favor del Partido Democrático. Este, al que no se puede negar su progresismo, no actuó democráticamente, como hoy lo entendemos, en muchas ocasiones, sino valiéndose de la fuerza.

Algunos notables intelectuales estuvieron integrados en la agrupación Seara Nova (Raúl Brandâo y Jaime Cortesâo) fundada en el año 1921, mientras que los conservadores vinculados a la Action Française de Charles Maurras, se caracterizaban por su conservadurismo: aquí está el joven Oliveira Salazar, Antonio Sardinha (quizá el más importante) Jose Pequito Rebelo, Domingo Araujo y Luis Almeida.

Teófilo Braga
Los golpes de estado, la mayoría fracasados, no fueron pocos: por ejemplo, en mayo de 1921 el capitán Pires Monteiro, de la Guardia Nacional Republicana, consigue derribar al gobierno presidido por Bernardino Machado, pero la situación fue pronto reconducida; en septiembre del mismo año hay otra tentativa dirigida por el teniente coronel Manuel María Coelho, que fue hecho preso aunque liberado pronto. En el mes de octubre se produjo el golpe conocido como Noite Sangrenta, promovido por radicales y disidentes del Partido Democrático, en la que fueron asesinados Machado dos Santos, António Grajo, Carlos da Maia, Freitas da Silva, Botelho de Vasconcelos y otros, mientras que el que había asesinado a Sidónio Pais es liberado y homenajeado.

Cuando en febrero de 1922 se forma el gobierno democrático de António María da Silva, Lisboa está cercada por el ejército, prueba de la inestabilidad reinante, hasta el punto de que en el mismo mes se produce una tentativa de golpe, "octubrista", teniéndose que trasladar el Gobieno a Caxias, al otro lado de la desembocadura del Tajo. No tuvo la naturaleza de golpe de estado por sus objetivos, pero en mayo de 1924 los oficiales de aviación se atrincheraron en el Campo da Esquadrilha y en julio se enfrentan violentamente la policía, el ejército y la Guardia Nacional Republicana en el parque Eduardo VII de Lisboa. En agosto se produce otra tentativa de golpe por parte de radicales y comunistas en Lisboa, que intentaron tomar el fuerte de Ameixoeira. Antes de que acabase el mes los mismos protagonistas ensayarán otra intentona y en septiembre de nuevo con el asalto al Ministerio de la Guerra.

Al comenzar el mes de marzo de 1925 serán oficiales monárquicos los que intenten un golpe pretendiendo ocupar el Cuartel General de Lisboa. Y otro más en abril dirigido por el general Sinel de Cordes con el apoyo de casi toda la guarnición de Lisboa, pero sin éxito. Fue declarado el estado de sitio en todo el país y suspendidas las garantías constitucionales. De nuevo en junio se produce una tentativa de golpe militar dirigido por el comandante Mendes Cabeçadas que pretendía la disolución del Parlamento, pero el militar fue hecho preso. En 1926 de nuevo Mendes Cabeçadas, una vez liberado, inicia los preparativos para un golpe militar que iniciará, sin embargo, Gomes da Costa en Braga (mayo). Esto hace que presente su dimisión el presidente del Gobierno, António María da Silva, pasando a formar gobierno Gomes Cabeçadas, siendo Presidente de la República Bernardino Machado, que presentará su dimisión a finales de mayo. Cabeçadas, sin Parlamento y sin Jefe del Estado, establece una dictadura que es la que perdurará hasta abril de 1974.

Los conflictos sociales fueron incesantes, protagonizados sobre todo por anarquistas, en muchos casos por el encarecimiento del precio del pan; en otras ocasiones fueron los ferroviarios, conscientes de su poder al controlar las comunicaciones y los abastecimientos, los que protagonizan huelgas y actos violentos con intencionalidad social y política. Hubo varios episodios en los que se persiguió a los católicos relevantes ante la situación de privilegio de la que todavía gozaban, pero generalmente de forma impolítica y no pocas veces ilegalmente. Los socialistas accedieron a algunos gobiernos, minoritariamente, durante esta primera República portuguesa, pero las instituciones difícilmente se pudieron considerar representativas cuando en algunas elecciones solo participó el 7% de los electores, como por ejemplo en mayo de 1919.

Lo dicho anteriormente no agota todo lo que se puede decir sobre la inestabilidad de la I República portuguesa, dirigida por las clases cultas de las ciudades, pero también por representantes de los partidos que defendían los intereses agrarios de los terratenientes. No pocos dirigentes demostraron una gran valentía a la hora de tomar medidas reformistas e incluso revolucionarias, pero las condiciones objetivas no estaban dadas: un pueblo mayoritariamente analfabeto, rural y pobre; unas ciudades escasas aunque bien trabajadas por las organizaciones obreras. La vida cultural, como casi siempre en Portugal, fue rica, pero de ella disfrutaron y nos la han legado unos pocos que podríamos situar entre la pequeña burguesía urbana de las primeras décadas del siglo pasado.

Terreiro do Paço, Lisboa
Ante la situación descrita ¿como no comprender -justificar no- el golpe triunfante de 1926 y el rearme conservador de la burguesía portuguesa, con la Iglesia como abanderada ideológica, sobre todo en el campo, que llevaron al Estado Novo, dictadura salazarista que gozó de la coyuntura internacional ("guerra fría" contra el comunismo) como la España del general Franco? La dictadura salazarista no intentó restaurar la monarquía nunca, sabiendo que aquella había perdido ya el sentido del tiempo, aunque minorías monárquicas en Portugal siempre han existido. No hubo en Portugal un general con tanto poder como Franco en España que viese toda solución republicana como sinónimo de comunismo. En Portugal el ejército, con el andar del tiempo, perdió su contacto con la monarquía y estuvo destinado a mantener las colonias, donde vio lo inviable de esa situación y lo injusto que era para los nativos. En España, el ejército franquista estuvo burocratizado y retrasado técnicamente respecto de Europa. Ningún rey portugués jugó el papel de jefe del ejército como sí lo hizo en España Alfonso XIII. Por todo ello la palabra "república" no significa lo mismo en Portugal que en España, más allá de una forma de Estado, como no significa lo mismo en Francia, donde ya a finales del siglo XVIII los republicanos, los partidarios de la revolución liberal, eran considerados patriotas, mientras que los monárquicos eran considerados por aquellos como traidores a los intereses nacionales, atentos solo a los intereses de una familia y de aquellos que la coreaban.

jueves, 2 de agosto de 2012

La nueve


El 25 de abril de 1944 entraron en París las tropas que liberaron la ciudad de la ocupación nazi desde 1940. Entre los libertadores estaban los republicanos españoles de "la nueve", el cuerpo de ejército al mando del campitán Dronne, que ha dejado un cuaderno manuscrito con las memorias de la lucha de aquellos españoles por la Francia libre. Los miembos de "la nueve" eran voluntarios que se integraron en la Legión Extranjera, único cuerpo militar donde Francia les autorizó a colaborar contra el enemigo alemán, pero los republicanos españoles que participaron en la segunda guerra mundial del lado aliado fueron unos diez mil según estimaciones hechas por unos y otros historiadores. Aquellos soldados habían oído los versos de la guerra española en la defensa de Madrid:

Puente de los Franceses
 Mamita mía,
nadie te pasa,
nadie te pasa.
Porque los milicianos
 Mamita mía
¡qué bien te guardan,
qué bien te guardan!

En aquel agosto del cuarenta y cuatro tocaba desfilar por los Campos Elíseos, pero antes habían sufrido los campos de refugiados en el sur de Francia, colaborado en las fortificaciones de la línea Maginot; otros cayeron en manos de los alemanes y fueron llevados al campo de Mauthausen, en Austria, donde la mayor parte de ellos morirían. A otros españoles les sorprendió la guerra mundial en la Francia de Vichy, de la que algunos desertaron para unirse a la resistencia contra los nazis. Los republicanos españoles sufrieron en los campos del norte de África cuando estaba ocupado por los alemanes, pero con la intervención norteamericana en 1942 las cosas cambiaron y participaron en el frente de Túnez. Hubo diversa suerte: actos de heroísmo, prisioneros, muertos... La campaña finalizó en mayo de 1943 y allí estarán los republicanos españoles desfilando en la ciudad de Túnez. Para sustituir a los soldados negros de la división Lecrerc, que los oficiales norteamericanos no querían para participar en el desembarco de Normandía, fueron reclutados los españoles en el norte de Argelia: 150 que serían desde entonces "la nueve". 

En octubre de 1943 se desembarcan armas norteamericanas en Casablanca (Marruecos) y en abril del año siguiente se embarcan los españoles rumbo a Inglaterra (Hull) y de allí a Francia, para llegar a las playas de la Madeleine. Allí verán cómo se desembarca el material norteamericano en las playas y, desde entonces, el general De Gaulle da instrucciones a Lecrerc para que los primeros que entren en París sean los de su división: todo un símbolo. La capital francesa debía ser liberada por franceses (con los españoles enrolados en sus filas, así como de otras nacionalidades), pero aún habría que librar varias batallas en suelo francés en agosto de 1944. Al sentir a las tropas liberadoras cercanas, se produce la insurrección en París y algunas autoridades francesas se atreven a pedir a los curas que hagan tocar todas las campanas de las iglesias. Desde el Ayuntamiento, el general De Gaulle pronuncia un discurso, pero la guerra no está acabada y los soldados españoles todavía tendrán que ir camino de las llanuras alsacianas; algunos llegaron hasta el "nido del águila" de Hitler. 

sábado, 28 de julio de 2012

Una república de intransigentes

Antonio Pildain
Señores, yo os digo una cosa, que aquí habá masas más [o] menos ficticiamente removidas, en eso no entro yo, habrá masas que exijan el sacrificio de las órdenes religiosas; pero arriba hay otras masas, y, Sr. Presidente, es mi obligación y obligación grave, hacer constar aquí que la doctrina católica no es la de que únicamente cabe la resistencia en el terreno legal de las urnas electorales. Sr. Presidente, a mí me incumbe el deber de hacer constar que, según la doctrina católica, ante una ley injusta caben estas tres posiciones, perfectamente lícitas: primera, la de la resistencia pasiva; segunda, la de la resistencia activa legal, y tercera, la de la resistencia activa a mano armada.

Las anteriores palabras no son las de un laico, sino las de un clérigo y autoridad de la Iglesia, un obispo que había sido elegido en las elecciones a Cortes de 1931, las primeras de la II República, y que no podía aceptar el que dicho régimen se encaminase por la senda del laicismo, aún menos que la Iglesia perdiese los privilegios y la influencia que había tenido hasta entonces. ¿Influyó en esta actitud del obispo Pildain su condición de vasco? Porque es sabido que el tradicionalismo del clero vasco ha sido una constante, pero esto es poco importante, porque el cardenal Segura, por ejemplo, no era vasco y su intransigente actitud ante la República y ante todo lo que no fuese su particular concepción de la vida, le hicieron pronunciar palabras también muy gruesas. 

Pildain había sido elegido dentro de una coalición católico-fuerista para las elecciones del 28 de junio de 1931, lejos todavía de la guerra y ya un representante cualificado de la Iglesia amenazaba con "la resistencia activa a mano armada". No pocos generales tomarían nota. El hecho de que dicha coalición estuviese formada por monárquicos carlistas y alfonsinos (además del por el Partido Nacionalista Vasco) dice mucho de que lo dinástico aquí era secundario, lo importante era lo ideológico y los intereses materiales de la Iglesia, siendo uno de sus objetivos combatir la libertad religiosa.

Ahora bien, si el obispo Pildain (su nombramiento como tal estaba en trámite y se produciría pocos meses más tarde) fue intransigente e incluso temerario, máxime teniendo en cuenta que aquellas palabras fueron pronunicadas en el Congreso de los Diputados durante una sesión, fueron posteriores a otras del que entonces era Presidente de la Cámara, el socialista Julián Besteiro: Pero si vosotros nos cerrais las puertas; entonces nosotros tendríamos que decirles que la República no es realmente República, y que no podría ser nuestra República sino por medio de la insurrección.

Julián Besteiro
Parece que hablara un dirigente anarquista durante la ya declarada guerra civil a partir de 1936, pero estamos todavía en 1931 y ya soplaban vientos tormentosos. No sabemos si Pildain y Besteiro se habrán arrependido alguna vez de haber pronunciado tales palabras, lo que sí sabemos es que en fecha tan temprana la II República española ya tenía ejemplos del abismo entre unas posiciones y otras. Para el socialista la República era tal si se cumplían las aspiraciones de emancipación de las clases asalariadas y, en general, de la población trabajadora. Para el obispo la República debía ser un régimen que conservase los privilegios e intereses de la Iglesia católica. Las frases pronunciadas son equivalentes, pero los objetivos no: mientras que Besteiro moriría en la cárcel de Camona (Sevilla) en 1940, víctima de la enfermedad y de los ultrajes, el obispo Pildain fue obispo de Canarias durante tres décadas y, salvo algún rifi-rafe con el régimen (por cuestiones secundarias) que como él amenazó se erigió "a mano armda", gozó de la influencia y el poder.

¿Que es eso de "arriba hay otras masas"? ¿Hablaba Pildain de la divinidad, de la trascendencia, de los más poderosos? Por otra parte no parece que la doctrina católica -como tal doctrina- defendiese las posiciones de Pildain; otra cosa es que se acomodase al sol que más calienta. ¿A cuantas leyes injustas se opuso Pildain durante el régimen de 1939? En cuanto a Besteiro, de nada le sirvió ser uno de los que, seguro de que la guerra estaba perdida para los republicanos, conspiró para que terminase claudicando. La "mano armada" no perdonó a quien había sido Presidente del Congreso de los Diputados, un destacado socialista y había amenazado de "insurrección" en fecha tan temprana.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Cantonalismo (para alumnos)


O presente mapa histórico, unha fonte historiográfica, mostra as rexións e cidades onde o movemento cantonalista tivo maior importancia durante a I República española, anos 1873 e 1874, sempre que teñamos en conta o período en que se fixo cargo do Goberno o xeneral Serrano.

A articulación territorial de España ten sido un problema durante os dous últimos séculos, cando o Estado constitucional pasa por diversas vicisitudes que inclúen as restauracións absolutistas de Fernando VII. Xa durante a redación da Constitución de 1837 houbo discusións sobre como tratar o tema dos foros das provincias vascas e Navarra, cuestión que quedou reflectida en dito texto constitucional dunha forma o suficientemente ambigüa como para intentar o final de primeira guerra carlista que se libraba nese momento. Non debe esquecerse que unha das causas de dita guerra foi a diferente posición entre os liberais e os carlistas, defensores estes dos foros vasco-navarros. Esta reivindicación tivo tamén certa importancia nas zonas rurais de Cataluña, Aragón e Valencia; é dicir, nos territorios da antiga Coroa de Aragón. 

A Constitución de 1837 pode dicirse que non tivo vixencia en moitos aspectos, pois os dous anos de guerra civil que quedaban, seguidos pola convulsa rexencia de Espartero e o pronunciamento do xeneral Narváez en 1843, darían ocasión á redación doutra Constitución máis moderada, a de 1845. O tema foral quedou, pois, irresolto, ben que o triunfo liberal sobre o carlismo, deixou este asunto aparcado na medida en que as clases burguesas vascas e catalanas estiveron de acordo cos gobernos centrais na medida en que estes favorecían os seus intereses. 

A Constitución de 1869 é a primeira que reflicte unha certa preocupación pola autonomía das rexións, pero a súa curta vixencia tamén fixo imposible profundizar neste tema: España estivo gobernada durante todo o século XIX dun xeito centralista, o que entón se interpretaba como un signo de progreso ante a desarticulación territorial de corte feudal propia do Antigo Réxime. Chegada a I República española a liberdade que se proclamou permitiu reavivar vellas aspiracións das que se fixeron eco os republicáns federais, liderados por Pi i Margall, e polos que, aínda máis, aspiraban a formar España a partir dunha confederación de cantóns (o modo suízo) que libremente se unirían ou non o conxunto. Se trataba, por tanto, de refundar a unidade española sobre a base da libre opción das rexións e cidades que a formaban. 

Estas aspiracións foron duramente criticadas e combatidas por republicáns como Emilio Castelar, que vía no cantonalismo e no federalismo algo non só innecesario senón alleo ás aspiracións unitarias da República por el concebida. O cantonalismo, o non ter cauce legal para ser defendido, pronunciouse a base de asonadas e violencias que foron reprimidas polos diversos gobernos, pero que os debilitaron, como así mesmo púsoxe de manifesto a división no movemento republicán, a todas luces incapaz de presentar un proxecto unitario alternativo á monarquía, tanto amadeísta como afonsina. 

Esta situación foi unha das excusas para o pronunciamento de Pavía primeiro e de Martínez Campos un ano máis tarde, que deron o traste coa I República española e abriron paso o réxime da Restauración borbónica. O cantonalismo, non obstante, é un fenómeno complexo en canto ás rexións nas que tivo eco, pois destacan as provincias vascas e territorios da antiga Coroa de Aragón pero tamén outros que non tiveran tradición legal distinta da antiga Coroa de Castela; é mais, o mapa reflicte os lugares onde houbo levantamentos armados. 

sábado, 19 de noviembre de 2011

España aislada

 (Luis de Zulueta)

Después de los siglos modernos, en los que la monarquía española, dueña de territorios en América, Asia y Europa, mantuvo una presencia internacional obligada, tras la guerra de 1808 España se encerró en sí misma, víctima de contínuos conflictos civiles, y dejó de tener, practicamente, política exterior. Incluso durante el régimen de la Restauración, cuando hubo una estabilidad engañosa que no se rompe hasta 1909, España siguió aislada (la Conferencia de Algeciras, poco después, no es significativa) y durante la dictadura primorriverista y el primer franquismo España siguió aislada. Hay que esperar a los años cincuenta del siglo pasado para que España empiece a ser reconocida en el concierto de las naciones (el Vaticano, Estados Unidos, la ONU) aunque el aislamiento siguió en otros aspectos y solo algunos países sudamericanos y árabes mantuvieron relaciones con España. Cuando en los años sesenta España intenta un acercamiento a la Comunidad Económica Europea se le hace caso omiso (salvo ciertos acuerdos comerciales de menor rango que con Marruecos o Turquía). Habrá que esperar a los años ochenta del siglo pasado para que, con la entrada de España en la Unión Europea, las relaciones exteriores cobren carta de naturaleza y se ramifiquen en todas direcciones. 

En medio de todo este resumen hay que hablar de la II Repúbica, cuando los dirigentes políticos cobraron conciencia del aislamiento de España y quisieron convertir al país en uno más con capacidad para decidir sobre la paz mundial, las relaciones comerciales y los intercambios de todo tipo. José Luis Neila habla de "la indigencia internacional de la España monárquica", refiriéndose al reinado de Alfonso XIII, y Salvador de Madariaga, que inspiró la política exterior española durante la II República (y bien mal lo debió hacer a juzgar por los resultados) se esforzó por el papel que debía jugar España en la Sociedad de Naciones, un organismo que a la postre ni evitaría la guerra civil española ni la segunda guerra mundial.

                                                                (Álvarez del Vayo)

Es fácil, no obstante, comprender el aislamiento de España tras 1814: poco después será vencida por sus colonias, lo había sido ya por Inglaterra y antes aún por Francia; no jugó papel alguno en el reparto colonial de la segunda mitad del siglo XIX (la época colonial de España correspondía a otra época) y aunque esto último ahorró sufrimientos a los españoles y a los potenciales colonizados, es un indicativo más de ese aislamiento. 

Durante los turbulentos años de la II República, turbulencias que venían desde 1909 por lo menos, hubo, si exceptuamos a Justino de Azcárate, que fue ministro de Exteriores tan sólo un día, quince cambios en el ministerio; algo muy poco conveniente aunque en el primer bienio y desde febrero de 1936 fue Manuel Azaña quien tuvo claro cual debía ser la política exterior de España, europeista convencido que calificaba a Cataluña como el único país de España con vocación democrática e internacional. El citado Luis de Zulueta, ministro entre 1931 y 1933, tuvo importantes iniciativas en las relaciones de España con los países europeos occidentales, con Checoslovaquia y con America Latina. Igual Juan José Rocha, ya durante el período conservador, que no hizo sino continuar la política exterior del anterior bienio; Joaquín Urzáiz también en un tiempo ya difícil por el ascenso irresistible de los fascismos en Europa; y el gran ministro de Exteriores durante la guerra fue Álvarez del Vayo, a quien quizá no se le hayan reconocido sus esfuerzos por defender la legalidad republicana ante unos países amedrentados por la Alemania nazi, por el pacto germano-soviético de 1938 y por la inoperancia de la Sociedad de Naciones. 


Julián Besteiro, último ministro de Exteriores de la República (1939) creyó que era más importante participar en el golpe de estado de Casado, entregando la República al ejército rebelde. Su trayectoria anterior le avala como un hombre entregado a su causa y a la de su páis. Enjuiciar su actuación en el último suspiro de la guerra no es misión de estas páginas.

                                                           (Álvarez del Vayo con los miem-
                                                        bros del pacto de no intervención)