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viernes, 5 de mayo de 2023

Primitivos actuales

 

Kaokoland es una región del noroeste de Namibia y el sudoeste de Angola, limitando al norte con el río Kunene; durante el invierno predominan los vientos secos y en verano las bajas presiones, siendo entonces el viento del oeste. Las estaciones lluviosas se extienden entre el final del verano y el otoño y en la primavera, siendo solo la noche el momento de temperaturas suaves. Se trata de tierras altas en el interior, oscilando entre los 1.000 y los 1.300 m. de altura sobre el nivel del mar, dominando la sabana pero también los bosques con grandes árboles.

En Kaokoland viven los himba, un pueblo ganadero que, en buena medida, ha quedado aislado de los influjos europeos, completando su economía con algunos frutos y bayas del bosque y la caza, fundamentalmente de antílopes.

Según Francisco Giner Abati[i] la primera ocupación de esta zona tuvo lugar a mediados del siglo XVI a manos de los bantó, poco después de la llegada de los ovambo y kavango. Los herero, pueblo también ganadero, cruzaron en dirección sur el río Kunene, invadieron los herbazales de Etosha Pan[ii] y se encontraron con los ovambo, quienes les hicieron retroceder hasta las zonas más áridas y montañosas de Kaokoland, donde actualmente se encuentran.

Pasada la primera mitad del siglo XIX llegaron grupos nanas desde el sur y atacaron a los herero haciéndose con gran número de reses. La peste vacuna de 1896 vino a complicar más las cosas, provocando cambios sociales y religiosos, y a principios del siglo XX hubo una rebelión contra la colonización alemana. Quienes han estudiado la etnografía de la zona hablan de un tronco herero, de los que 5.000 serían himba y otros grupos los tjimbarero, ndamuranda, zemba, hakaona, thwaa, etc.

Los himba están organizados descentralizadamente, lo que se corresponde con la naturaleza segmentaria de los grupos, pero esto no quiere decir que no haya jefes: cada poblado tiene uno que es elegido por el grupo teniendo en cuenta la inteligencia, personalidad y por el número de vacas de que es propietario. Estos jefes han de cuidar del cumplimiento de las normas establecidas valiéndose de unos consejeros.

Además de las vacas, los animales más importantes, pastorean también ovejas y cabras, y dicho ganado constituye el centro de la vida himba, yendo más allá de su puro valor económico como fuente primaria de alimentación (leche y carne). El ganado cumple otras funciones, según ha estudiado Giner Abati: como moneda de cambio, el valor de la piel, el valor social, el valor religioso y el significado político. Obtener brazaletes de cobre, abalorios, conchas, cuchillos, armas, alimentos y tabaco implica entregar animales en trueque, pero en ocasiones excepcionales han empleado dinero.

El estatus político está unido al número de cabezas de ganado que se posee, y desde el punto de vista legal, las sanciones se pagan con la entrega de ganado. Un homicida es obligado a pagar veinticinco reses si mató a una mujer y quince si mató a un hombre, y por adulterio se pagan seis reses. El ganado robado se debe reintegrar con un número equivalente de reses, y la sociedad se divide en dos clases, la aristocracia de pastores ricos y el pueblo pobre que posee pocas reses o ninguna.

Normalmente el ganado no se concentra en un único lugar, a fin de repartir los riesgos como la sequía, el robo o las enfermedades infecciosas. Como complemento de esta economía pastoril, los himba practican la recolección, que sirve como complemento vegetal a su dieta. Los frutos son bayas que se recogen en bandejas hechas con fibras o en cestos de paja toscamente trenzada. También extraen tubérculos comestibles con la ayuda de bastones de madera para cavar, pero algunos grupos que viven cercanos a las vías de comunicación han desarrollado formas sencillas de cultivo: cereales, calabazas, sargo, mijo, guisantes, melones y caña de azúcar.

Los himba son monoteístas, y aunque tienen una idea de Dios su religión no gira en torno a él (Ndjambi, el ser supremo). Los himbas no suelen nombrar a Dios porque para ellos el mismo nombre es demasiado santo o sagrado; es el creador de todas las cosas: plantas, animales y cualquier fenómeno natural es visto como creación de Ndjambi, y también el ser humano. Tienen, pues, idea de la grandeza de Dios, lo que expresan con el término “Rarunga”, y es bienhechor aunque lejano; no se enoja ni castiga a nadie[iii] y no necesita los sacrificios de los hombres. Los himba creen que la lluvia, el rayo y el trueno vienen de Dios, siendo el rayo y el trueno su voz…


[i] “La Religión de los Himba. Kaokoland (Namibia)…”.

[ii] Depresión endorreica en el norte de Namibia.

[iii] Es curioso que esta teología no difiere en lo fundamental de las religiones monoteístas más extendidas, salvo en lo de esperar premio o castigo, que quizá fue un añadido de los grupos sacerdotales a lo largo de la historia.

Fotografía del río Kunene (Wikipedia).

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Dos visiones sobre los indios

 

                             Selva Lacandona en Chiapas (minube.com/rincon/selva-lacandona)

Asombra que un sacerdote católico con formación tan elevada como Juan Ginés de Sepúlveda, haya hecho una defensa tan cerrada sobre el derecho de conquista por parte de los españoles en las Indias. Sorprende también que no parezca haber tenido sentido crítico para interpretar la “Política” de Aristóteles, de quien se sintió muy influido, para no entenderla de acuerdo con la larga historia de la filosofía cristiana a la altura del siglo XVI. Al fin y al cabo Aristóteles era un pagano para Sepúlveda, bien que reinterpretado por Tomás de Aquino, y sorprende también que alguien que no estuvo nunca en las Indias se base en fuentes indirectas, y no en la propia experiencia, para hablar de un fenómeno tan complejo como el de la conquista, evangelización y colonización de los pueblos amerindios.

Su polémica con Bartolomé de las Casas, los dos con larga vida, no tiene obstáculo en ser entendida actualmente, pero en el siglo XVI la opinión estuvo dividida entre las posiciones de uno y otro, seguramente mediatizada por situaciones personales (Sepúlveda fue cronista del rey Carlos I), la ambición de los que partían a las Indias y la mentalidad dominante de una hidalguía que, con la excusa de “servir a la monarquía”, empeñaban vida y hacienda si existía la posibilidad de alcanzar honores y riqueza. Las crueldades y los crímenes cometidos han sido evidentes, muchos de los cuales castigados por la Corona, pero otros quedaron impunes.

Quizá debamos interpretar el fenómeno de la conquista de América por los españoles como algo inevitable en el contexto expansionista de la monarquía española desde hacía siglos, pues de no ser los conquistadors ibéricos, otros hubiesen actuado de forma quizá parecida[i]. En medio estuvo la población indígena americana, sometida una parte por otra, sujeta al pago de tributos, a injusticias anteriores a la llegada de los europeos, con costumbres que solo en sus cosmovisiones se entendían, pero también con sus religiones, bondades, instituciones, autoridades y demás características hoy muy estudiadas.

A mediados del siglo XVI existían ya suficientes pruebas de lo que estaba ocurriendo en las Indias para concitar en el Colegio de San Gregorio de Valladolid una encendida discusión entre los dos clérigos citados. Sepúlveda había nacido en Pozoblaco[ii] en 1490 y Las Casas en Sevilla, pero no se conoce el año con seguridad, teniendo una prolongada experiencia en las Indias, primero como encomendero pero muy pronto como denunciante de lo que consideraba crímenes contra los indígenas por parte de los conquistadores.

Sepúlveda defendió que las guerras llevadas a cabo por los españoles en Indias eran justas, y que los indios estaban obligados a someterse “como menos entendidos a los más prudentes, y si no quisieren, los españoles les pueden hacer guerra”. Para el sacerdote y cronista los indios no vivían conforme a la razón natural “y tienen costumbres malas”, lo cual –dice- es por falta de religión, siendo evidente que Sepúlveda entendía por tal la católica, única posible, lo que les llevaba a “malas costumbres”. Una fuente que Sepúlveda emplea en la controversia es la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo[iii], que Las Casas considera de calidad ínfima y no comprensiva de la complejidad de los muchos pueblos indígenas de América.

La realidad que conoció Las Casas fue la del actual sur de México, Guatemala y otros territorios limítrofes, así como en las Antillas. No resulta difícil al dominico rebatir las posiciones de Sepúlveda, sobre todo por haber sido testigo de muchas situaciones en las Indias, empleando un estilo algo hiriente para con su interlocutor: “ni entiende a Santo Tomás, y disimula con la doctrina de Aristóteles en su Política”, o bien “como Dios privó al doctor Sepúlveda de la noticia de todo esto…”, “la gran temeridad que ha tenido [Sepúlveda] en enviarlo a imprimir a Roma”[iv] un libro de su autoría, añadiendo luego que tal obra era “venenosa ponzoña” e “impeditivo del Evangelio”.

Hoy existe cierto acuerdo sobre que Las Casas exageró las excelencias y bondades de los indios para contrarrestar la gran fuerza de los conquistadores y sus valedores en la Corte, pero aporta argumentos que dan una visión universalista de las sociedades humanas, como cuando dice que las naciones que ahora son muy políticas y prudentes, anteriormente fueron bárbaras, citando a Trogo Pompeyo cuando habla de que “después de la dominación, el yugo de la provincia no podía ser tolerado por los españoles a los que César Augusto sometió completamente con armas vencedoras. Y al pueblo bárbaro, salvaje, los trasladó por las leyes a una forma de vida civilizada”. Como la gente española era pueblo bárbaro y fiero, pregunta “al reverendo doctor” si aconsejaría a los romanos que hiciesen repartimiento de los españoles dando a cada tirano su parte, “como se ha hecho en las Indias”.

Las Casas pudo comprobar “in situ” que los indios eran ingeniosos (no de otra manera se puede vivir en estado de naturaleza, cuando este fue el caso) y dijo que habían aprovechado mucho en las cosas de la fe y la religión, como sin duda era ya a mediados del siglo XVI en las zonas por él conocidas, además de que se habían habituado a las artes mecánicas y liberales, “como leer y escribir y música y canto”, además de gramática y lógica. Pide a Sepúlveda que antes de tratar de temas que deescoconoce “se informara de los siervos de Dios que en la conversión de aquellas gentes habían sudado muchas noches y días”, no precipitándose en justificar “los latrocinios y robos y muertes que han hecho [los conquistadores]… con inmenso derramamiento de sangre, muerte y perdición”.

Sigue diciendo luego que si en las Indias no hubiese riquezas con las que hacerse, nadie iría, pero a lo que se iba es a robar, usurpar y someter, además de considerar que comunidades enteras de indios colaboraron con los españoles una vez sujetos a ellos. Añade luego que donde se han producido rebeliones y desacatos por parte de los indios es donde se les ha robado, despoblado y “destruido tantos y grandes reinos en las Indias”, demostrando conocer sobradamente, por lo menos, la conquista de Tenochtitlan y las tierras colindantes en todas direcciones. Si a Indias fueran personas provechosas, labradoras y no holgazanas “como la de guerrra”, otra cosa sería, viene a decir, y considera que “no es cosa razonable, ni proporcionada con discreción, querer apaciguar y hacer camino para predicarles, yendo tiranos con ejército cruel y turbulento”.

Por último cita el caso del misionero Fray Luis que fue muerto en la Florida (pues a esto se había agarrado Sepúlveda para demostrar la maldad de los indios): para los territorios de Tezulutlán (Guatemala) y en la selva Lacandona (Chiapas), se habían firmado unas capitulaciones entre Las Casas y Alonso de Maldonado (1537), decidiéndose conquistar de forma pacífica dichos territorios que los españoles habían declarado “tierra de guerra” debido a los frecuentes ataques de indios achies y lacandones. Las capitulaciones prohibían el sistema de encomiendas en estas regiones, así como estaban reservadas a religiosos. El propio Las Casas, fray Luis de Cáncer[v], fray Rodrigo de Labrada y fray Pedro de Angulo[vi] participaron en la pacificación y evangelización. Dos años después el nombre de “tierra de guerra” se había cambiado por el de “Vera Paz”, pero en 1539 Alonso de Maldonado distribuyó a los indígenas en encomiendas, emprendiendo entontes Las Casas un viaje a España para denunciar esto ante el rey.


[i] La guerra “de los cien años” terminó en el siglo XV, y las guerras en Italia eran moneda común en el XVI; no pocos conquistadores venían de conocer la guerra contr el islam granadino…

[ii] Actual provincia de Córdoba.

[iii] “Historia General y Natural de las Indias”, publicada en 1535. Si se compara la obra de Oviedo con la de Huaman Poma de Ayala se ven también las dos visiones sobre los indios.

[iv] Se refiere a la obra de Sepúlveda “Democrates secundus”, en la que dos personajes dialogan sobre los indios de América, defendiendo uno de ellos las ideas de nuestro autor. Es curioso que a esta obra se opusieron varios antes de ser publicada, el propio rey Carlos la prohibió, y lo mismo el Consejo de Indias y las Universidades de Alcalá y Salamanca.

[v] Dominico natural de Barbastro, falleció en Tampa, Florida, en 1549, víctima de los indígenas de dicha región.

[vi] Nació en Burgos y fue soldado que en América se hizo dominico y habló varios idiomas indígenas, entre ellos el náhuatl. Luego fue obispo de Verapaz (en el centro del actual El Salvador).

jueves, 30 de septiembre de 2021

Un día en Os Ancares

 

facebook.com/LucensesSinLua

En el municipio de Becerreá, provincia de Lugo, se encuentra la aldea de Penamaior, donde visitamos un antiguo monasterio del siglo XII del que solo queda la iglesia y algunas construcciones en ruinas. Una fuente y un molino aprovechan el agua de un riachuelo que lleva el nombre de Convento, aunque el molino, muy posterior al siglo citado, no está en uso.

La iglesia se encuentra bien conservada, tanto en su interior como en su exterior, pues ha sido convertida en sede parroquial. Una fachada sobria con portada románica entre dos contrafuertes, los que indican la separación entre las naves laterales del interior y la central. Sobre la portada un relieve con mitra y báculo, probablemente porque los abades, en algún momento, fueron mitrados. Tres vanos en la parte superior, mayor en el centro y, sobre él, una espadaña con dos huecos que da equilibrio a una construcción de no mucha altura.

En el muro de la izquierda, según se mira hacia la fachada de la iglesia, un rosetón que puede estuviese antes en la fachada, aunque no hay documentación que lo acredite. El interior es rústico, con columnas gruesas de planta circular y otras cruciformes; arcadas apuntadas entre las naves y tres ábsides, el central con un retablo barroco. Se conservan capiteles figurativos y otros con motivos vegetales, en algunos con el ajedrezado jacetano y estando otros restaurados.

Lo que fue monasterio está en ruinas, pero se adivina una sencillez absoluta, muy lejana a los grandes cenobios que todos conocemos; se conserva, no obstante, una escalera de piedra muy llamativa y algunas construcciones con muros de mampostería.

En dirección sur se llega a Liñares, nombre que hace alusión al cultivo y quizá el trabajo del lino, y poco después a Cereixal, donde se encuentra una “casa grande” con todas las características del poderío, incluyendo el alto muro que la cierra.

En la misma dirección se llega a la villa de Becerreá, donde también hay algunos edificios notables bien aprovechados para la utilidad pública, como la antigua cárcel del siglo XIX que ahora el sede del Juzgado. Y desde aquí, hacia el Este, se llega a Ponte Gatín, o “ponte do demo”, una construcción medieval con una sola arcada y doble pendiente sobre el curso alto del río Navia. Teniendo en cuenta que parece documentada la vía XIX de Antonino, el airoso puente sería un hito en su recorrido.

La vegetación, en todos los lugares que hemos citado, es exuberante y umbrosa, formada por especies forestales autóctonas: carballos y castaños sobre todo, pero también abedules y manzanos. Abundan los prados, pues es zona ganadera para leche y carne de vacuno, acompañando el clima lluvioso y de montaña para conservar el verdor perenne de las laderas, las vaguadas y los valles.

Podemos encontrar pallozas, construcciones antiguas de familias campesinas de una sencillez asombrosa que se remontan a siglos atrás, con techumbres vegetales y muros de sillería o mampostería: Pedrelada, Fontarón, Regosmil…También encontramos hórreos que se parecen a los asturianos, cuadrados en su planta: Pontes de Gatín, Pedrelada…, molinos en Cruzul y Gatín…

Estamos en los Os Ancares, una comarca montañosa formada por varias sierras al Este de la provincia de Lugo que se extiende a la de León. En las proximidades de Triacastela nace el río Navia, pródigo en meandros, atravesando de sur a norte Os Ancares, abundante en caudal que se aprovecha, ya en tierra asturiana, para el gran embalse en Grandas de Salime y los más pequeños de Doiras y Arbón.

Hay algunos castros excavados, como el de Santa María, en el municipio de Cervantes, unas pocas construcciones redondeadas a la espera de que salgan a la luz sus compañeras, en el rellano de una ladera, con arborescencias y matorrales. Piedras o fitos que marcan límites (Agüeira), un dolmen en Pedra Cobertoira, roquedos con formas caprichosas que se asoman al aire, vistas panorámicas de unas montañas viejas azotadas por la erosión y la antigüedad.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Derecho antiguo y rural

Palacio de Gobiendes en Colunga

Es muy interesante el trabajo de Amable Concha González (1) sobre la antropología jurídica en Asturias a partir de la obra de H. Maine, “Ancient Law”. Hay una serie de voces en el conjunto de costumbres jurídico-políticas asturianas: derrota, vecera, andecha, adras, sextafeira…, “costumbres, que todavía viven hoy en un rincón de nuestras montañas”. Las magnitudes ecológicas que deben tenerse en cuenta –dice el autor- son las poblaciones humanas, los animales domésticos, los espacios cultivados, el trabajo… Según F. Barth (2) las formas más territorializadas y políticas terminaron difundiendo sus estructuras a las más parentales y menos políticas si existía algún tipo de interdependencia.

En Asturias perduraron reminiscencias de una “constitución agraria indoeuropea”, de forma que lo primero es el valor de la costumbre como fuente del ordenamiento jurídico. Los conjuntos tumulares en los límites entre Riosa, Llena y Quirós, los de La Pasera (Noreña y Llangreu), La Paraza (Llangreu y Sieru), El Picaxu (Llangreu y Oviedo) así como otros, tienen su origen en la época del bronce, “aún reconociendo unos antecedentes megalíticos del proceso”. Incluso el autor señala que cuando el Derecho romano se impone, aún permanecen las costumbres ancestrles como leyes conviviendo con los magistrados per Asturiae et Gallaecia. Con Augusto se abolió el procedimiento de la legis actiones, que solo quedó en vigor para algunos casos, por lo que es dudoso que se aplicase el ius civile en la Asturias transmontana.

El segundo de los principios de las normas consuetudinarias es el valor fundante de la comunidad, que tiene un componente espiritual. El “común”, la asamblea comunal, busca una justicia armónica, con acuerdos plenamente consensuados que no conocen de mayorías y minorías. La regla de la mayoría no parece haber sido conocida por las primitivas asambleas indoeuropeas. El autor se pregunta si los pagi, vici, conciliabula, fora, son organizaciones preexistentes o contemporáneas de la ciudad-estado.

En principio poco hay que no pueda llevarse a conceyu, a concejo, como tampoco era posible “salvar” el voto cuando no se ha estado de acuerdo con la decisión adoptada. Las convocatorias no pretenden garantías, el orden del día o los sistemas de votación, sino el consenso social sobre los temas que atañen a la comunidad. En la práctica encontramos la prestación personal, que se entiende debida para con el patrimonio comunal: mantener plazas, caminos, manantiales, abrevaderos, fuentes, lavaderos, corrales, montes y riberas de los ríos… Cada vecino debe prestar personalmente el tiempo y el trabajo para la consecución de aquellos fines. Pero también el concejo puede decidir que el vecino arregle su casa, o los muros de sus propiedades si presentan un aspecto indecoroso.

El proceso de territorialización de los “linajes” permite la reproducción de los valores de estas organizaciones humanas, por lo que se llegó a dar una identificación entre comunidad y territorio. En cuanto a la condición de vecino, se era si se consideraba a cada uno como tal, pues podría darse el caso de alguien que no lo fuese por haberse avecindado recientemente o por no pertenecer a uno de los linajes vecinales; o bien no se dejaba de ser vecino cuando se emigraba a otro lugar (se volviese al de origen o no). Vale la frase es vecino quien puede... En cuanto al cristianismo, propugnó y defendió la comunidad.

Este derecho consuetudiario sobrevivió porque Roma no pudo ocuparse, con la misma intensidad, de extender sus leyes a todos los confines del imperio; pensemos en valles encajados, aislados, pequeñas comunidades alejadas de toda civitas. Roma empezó a considerar municipios a los que previamente eran ciudades en el sentido clásico del término.

La comunidad da por supuesta la obligación de participar en las asambleas y decisiones, así como aceptar los cargos públicos, desde los vistores elegidos por turnos rotatorios en las parroquias de Tinéu, Allande, Cangas e Ibias, hasta los alcaldes y celadores elegidos por el conceyu en la zona oriental de Asturias. Los sistemas de elección eran las suertes o rotación, que presumían la aceptación solidaria. Y esta solidaridad permitía una cierta redistribución de la renta. Cuando el concejo fija a priori los precios en que los vecinos que andechen habrán de pagar el kilogramo de res accidentalmente muerta a cada convecino, se establece un sistema de ayudas.

El predominio de la propiedad plural no fue óbice para que existiese la propiedad privada detentada por individuos y familias nucleares. De igual manera no debe confundirse la propiedad comunal (plural) con la pública.

(1)     “Una aproximación a la antropología jurídica de Asturias”.

(2)     “Los grupos étnicos y sus fronteras…”, F. C. E., México, 1976.




 

 

sábado, 29 de julio de 2017

Estrabón y Tácito hablan sobre las mujeres germanas


El bosque de Teotoburgo

El griego Estrabón[1] y el romano Tácito[2], que nacieron cada uno en un extremo del Imperio romano, nos han dejado sus impresiones sobre las mujeres bárbaras, particularmente las germanas, aunque también las de otras partes y las de algunas regiones de Hispania. Sus escritos están separados en el tiempo por unos cincuenta años, pues mientras Estrabón vivió a caballo entre los siglos I a. C. y I d. C., el segundo nació a mediados de este último y murió ya entrado el II.

Los diferentes temperamentos de estos dos autores hacen que nos transmitan informaciones algo diferentes, pero en todo caso marcadas por su condición de varones y de miembros de la civilización romana, que consideraban superior a las demás. Tácito ofrece una visión un tanto moralizante parecida –según Henar Gallego- a la idea del “buen salvaje” que no ha incurrido aún en los vicios de una civilización compleja. También se nota que ambos están al servicio del poder romano, por lo que justifican la labor “civilizadora” de Roma sobre aquellas gentes, como ocurrió con la conquista y colonización de América por los españoles y portugueses.

Hay otros autores que han estudiado también este asunto, como es el caso de F. J. Gómez Espelosín[3], citado por Henar Gallego en la obra que sirve de base a este artículo. Por su parte, Estrabón también nos ha dejado información de los pueblos prerromanos de Hispania en el libro III de su “Geografía”. En primer lugar coinciden aquellos autores en el aspecto físico de la mujer germana, robustas, de ojos azules, cabellos rubios, que visten, como los hombres, pieles y tejidos de lana, y ellas mantos de lino adornados con franjas de púrpura, joyas y otros objetos de adorno personal las que pertenecían a grupos superiores.

La función de la mujer germana era preparar los alimentos, el mantenimiento del hogar, trabajando incluso la tierra (mientras que el cuidado de los ganados, base fundamental de su economía, era propio de los varones), el cuidado de los hijos y garantizar la perpetuación del grupo. Como Tácito ve aspectos positivos en estas mujeres, Plutarco, que vive el mismo tiempo que aquel, exalta la virtud que ve en las mujeres galas (al fin y al cabo, otras bárbaras para los romanos). La mujer germana también se ocupaba de la artesanía, la fabricación de ciertas bebidas y la preparación de productos derivados de la ganadería  (quesos, pieles o cueros). El hilado y el tejido fueron fundamentales en sus labores, sobre todo con lana, así como el teñido del lino.

Estrabón nos informa del nomadismo de los pueblos germanos, viviendo en cabañas temporales, llevándose sus ganados de unos lugares a otros y todos sus enseres en carros. Pero Tácido dice que son sedentarios, contrariamente a sus vecinos sármatas, que se situaron en aquellos siglos al norte del mar Negro. Estrabón, de acuerdo con su visión sobre el nomadismo de los germanos, dice que no cultivaban la tierra, pero la diferencia cronológica entre ambos puede explicar que los germanos se hubiesen ido sedentarizando al contacto con el mundo romano.

La guerra estaba reservada a los varones, pero en no pocas ocasiones la mujer germana acompañaba a los hombres al campo de batalla, no para luchar, sino con una función mágico-religiosa, para propiciar la victoria. Al parecer los germanos consideraban a sus mujeres dotadas con capacidades mágico-religiosas, ejerciendo ellas un sacerdocio con facultades adivinatorias; estas sacerdotisas podían ser las más ancianas o bien las núbiles, que vestían ropas blancas distintivas con cinturones de bronce y desnudos los pies, lo que era común a los pueblos prerromanos del centro y norte de Hispania. Las mujeres eran las guardianas de la memoria histórica por medio de versos y canciones de guerra que se transmitían de generación en generación. Las prácticas adivinatorias eran muy sangrientas y perseguían profetizar el triunfo en el campo de batalla.

Las mujeres, en un sentido material, tenían un gran peso económico, lo que es común a las del norte de la Península Ibérica, ejerciendo también una rudimentaria minería. Estrabón llega a hablar incluso de matriarcado, que Henar Gallego considera más bien como una estructura matrilineal y matrilocal en convivencia con la autoridad masculina. Los maridos dotaban a sus esposas y estas también aportaban bienes al matrimonio, lo que es común a la franja norte de Hispania, y se consideraba mucho la figura del hermano de la madre, el avunculus. En todo caso, a lo largo del siglo I de nuestra era, aquel sacerdocio femenino se fue sustituyendo por el masculino.

En los casos en que las mujeres acompañaban a sus maridos a la guerra, llevaban consigo a los hijos, aunque no guerrean, mientras que las mujeres de la mitad norte de Hispania sí. La mujer también era víctima de la guerra, pues si pertenecía a los grupos superiores era objeto preferente de apresamiento por Roma para negociar luego acuerdos o rendimientos; tenían pues, un valor como rehenes.

La familia germana se formaba a partir de matrimonios endógenos para garantizar la perpetuación de la preeminencia en el conjunto, pues aunque la monogamia era la norma, los jefes parece que tenían varias mujeres como necesidad de acordar la colaboración entre los grupos dirigentes de varias facciones.




[1] Libro VII de su “Geografía”.
[2] “La Germania”.
[3] “La imagen del bárbaro en Apiano”. Este es coetáneo de Tácito aunque más joven.