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viernes, 19 de junio de 2020

Episodios de un reino fragmentado


José Ángel Castillo Lozano ha estudiado las categorías de poder en el reino visigodo de Toledo, siendo uno de los capítulos el dedicado a Atanagildo, “el primer rey-tirano”. Éste fue un godo que se rebeló en Sevilla y llegó a ser rey, atribuyéndole las fuentes visigodas el calificativo de “tyrannus”, guerreando contra el rey Agila entre 551 y 554 y, venciéndolo, reinando hasta 567.  

Castillo Lozano considera que éste es un buen ejemplo para comprender el funcionamiento de los grupos de poder en el reino visigodo de Toledo. Se sabe poco de Atanagildo antes de su levantamiento, pero probablemente era el jefe de un poderoso grupo aristocrático ligado a su persona a través de la concesión de patrimonio.

Su casamiento con Gosvinta apuntaría al objetivo de agrandar sus bases sociopolíticas, pues hay una cierta coincidencia entre este hecho y el asesinato del rey Agila a manos de los nobles que hasta ese momento le apoyaban. Luis Agustín García Moreno[i] considera que Atanagildo podría pertenecer al grupo nobiliario de los Baltos, fundamento de la etnogénesis visigoda, y Gosvinta también era miembro de una influyente familia: ya tenemos las bases para el encumbramiento al poder regio. Del papel que ocupó Gosvinta en la rebelión –dice Castillo Lozano- poco sabemos, pero Orlandis[ii] y Jiménez Garnica[iii] consideran que la futura reina sirvió más como acicate que como freno a la ambición de su marido. Presedo Velo, por su parte, considera que el alzamiento de Atanagildo tiene que ver con un sentimiento antiarriano de la Bética, aunque esto cuadra poco con la facción de Gosvinta, arrianos de cuna, según el autor al que seguimos aquí.

La raíz del nombre Atanagildo es goda, por lo que es poco probable que el levantamiento de éste fuese antigermánico, orquestado por las elites hispanorromanas. Lo que sí parece comprobado es que la rebelión de Atanagildo contra Agila comienza cuando éste es derrotado por los habitantes de Córdoba, con controlada por el rey toledano (Agila habría profanado un templo local dedicado al mártir Acisclo[iv]). Agila perdió en esta ocasión a su ejército, a sus hijos y el tesoro real, lo que le dejó en una situación muy delicada. Así, Atanagildo comenzó la usurpación desde la Bética, lo que nos habla de una fuerte tensión entre el poder central y grupos periféricos, y no hay duda –dice Castillo Lozano- de que los reinados de Agila y Atanagildo se caracterizan por la máxima diversificación del poder en grupos autónomos, que no serían sometidos hasta el reinado de Leovigildo.

Algunos historiadores han pensado en un movimiento separatista en la Bética desde Agila hasta Hermenegildo, aunque otros no aceptar estos presupuestos, sino que más bien se trata de una simple lucha por el poder entre diversos grupos nobiliarios. La idea del “separatismo” se podría aplicar mejor al caso de Hermenegildo, puesto que éste, además de ser nombrado rex, también poseía el cogobierno de esa zona y en ningún momento parece que ejerciera algún movimiento para suplantar a su padre Leovigildo. En definitiva, el proceso de la Bética tiene que ver con la fragmentación del poder y la ruralización que sufrió  el occidente europeo tras la caída del Imperio romano[v], más aún siendo la Bética una de las provincias más romanizadas de Hispania, y esto explicaría por qué estallaron en esta antigua provincia romana distintas rebeliones protagonizadas por la aristocracia local.

Atanagildo no habría hecho sino aprovechar este caldo de cultivo para conseguir el apoyo necesario y alzarse con el poder, no sin una guerra de varios años, además de que pidió ayuda militar a Bizancio, en lo que hay unanimidad en las fuentes. Ejércitos bizantinos entraron en la península al mando del patricio Liberio, que consiguieron ciertas contrapartidas territoriales durante la guerra civil entre los dos godos (así mismo actuaron los bizantinos en África e Italia ostrogodas).

Margarita Vallejo, a quien cita nuestro autor, habla de los pactos firmados entre Atanagildo y Justiniano, siendo aquel el único que firmó uno de estos documentos, no de rendición sino de ayuda, con el emperador bizantino, lo que indica que el Imperio de oriente reconoce al reino toledano. Tras el asesinato de Agila, los godos se unieron a Atanagildo para expulsar a los soldados bizantinos de Hispania, objetivo que no consiguieron, aunque sí la conquista de algunas plazas. Comienza así lo que se ha denominado “frontières mouvantes” hasta el reinado de Suinthila[vi]. Atanagildo, pues, permitió la entrada de un poder exterior para consolidar su posición de privilegio entre los distintos grupos nobiliarios godos, lo que representó una fuente de inestabilidad interior, si es que esta no existiese ya. Una característica de de la nobleza visigoda, más preocupada de sus fines particulares que del reino.

Durante el reinado de Atanagildo la inestabilidad en la Bética no cesó e incluso se agravó, enfrentándose las fuerzas del rey a las de Córdoba, que constituía un poder autónomo, así como el rey también tuvo que recuperar la ciudad de Sevilla, cuna de su levantamiento. En conclusión, dice el autor al que seguimos, durante este reinado se pone de manifiesto el alto grado de descomposición territorial del reino toledano, así como la erosión y la fragilidad de la institución monárquica. El interregno tras la muerte de Atanagildo y el ascenso al poder de Liuva no harían sino agravar esta situación, generando una tupida red de pequeñas entidades políticas autónomas que tendría su fin con el hermano de Liuva, Leovigildo, tras el cual los problemas de fragmentación más o menos notables continuarán.



[ii] (1918-2010). Historiador y sacerdote especialista en las instituciones visigóticas.
[iii] Ana María Jiménez Garnica, “Gosuinta, el fracaso de una coniux real”.
[iv] Víctima de la persecución de Diocleciano.
[v] La división del Imperio romano en sus últimos siglos también fue notable, con deposiciones, usurpaciones, etc.
[vi] Rey entre 621 y 631.

lunes, 28 de octubre de 2019

Poder y muerte trágica

El emperador Valeriano, hecho preso por el persa Shapor I

No pocas veces alcanzar el máximo poder ha representado la antesala de una muerte violenta, y aún así, pocos casos encontramos en la historia de renuncia a dicho poder. En el mundo romano, por ejemplo, los siglos del Imperio muestran los muchos casos de emperadores asesinados; con excepción de los dos primeros (Augusto y Tiberio), los demás fueron víctimas de la daga, el veneno o la espada, hasta llegar a Vespasiano y Tito, en la segunda mitad del siglo I de nuestra era, que murieron sin violencia de por medio. Por si no fuese poco algunos fueron ultrajados tras su muerte, otros decapitados una vez asesinados, arrastrados, echados al río Tíber, la misma suerte corrieron sus partidarios y familiares. Todo un festín de sangre y crueldad que contrasta con la rica civilización que nos ha legado el mundo romano en el arte, las obras públicas, el derecho…
En unas ocasiones se trató de intrigas familiares, en otras de conjuras palaciegas, de luchas entre facciones del ejército, de suicidios incluso, como parece ser el caso de Nerón y Otón, en los años 68 y 79 respectivamente, aunque hay autores que hablan de asesinatos en ambos casos. En el del primero la excusa fue los muchos impuestos que exigía, por lo que se ganó la enemiga de Vindex[i] y Galba. El primero se suicidaría al ser derrotado en el campo de batalla y el segundo llegaría a ser reconocido emperador, pero solo durante unos pocos meses.
Los emperadores de la dinastía Antonina, salvo Cómodo, no fueron asesinados, pero la muerte violenta de este llevó a Roma a una feroz guerra civil. Suetonio, que vivió entre los siglos I y II, debió de tener información de primera mano para narrar los asesinatos de Calígula, Claudio (si es que realmente fue asesinado), Nerón (que se suicidó), Galba, Otón[ii] (se suicidó), Vitelio y Domiciano. Muerto Suetonio en 126, ya no pudo dejarnos noticia alguna sobre la muerte violenta de Cómodo.
A pesar de la fama de extravagante, alocado y cruel que tenemos de Calígula, ciertas fuentes encuentran la causa de su asesinato en que quiso someter a los grupos dominantes de la sociedad romana. También se ha especulado con intentos de restaurar la República romana por parte de sus opositores, una vez que ni Tiberio ni Calígula llegaron a tener el prestigio de Augusto.
Si Claudio hubiese sido asesinado, lo que no admiten todos, lo sería por envenenamiento, a pesar de las precauciones que tomaba para evitar este final. Otros consideran que la madre de Nerón y esposa de Claudio, Agripina, preparó el asesinato del emperador a favor del hijo de ella. De Nerón también nos han quedado noticias muy negativas, pero intentó reformas administrativas para favorecer a la plebe, aunque fue acusado de lo que hoy llamaríamos populismo. Lo cierto es que su muerte estuvo precedida de una gran inestabilidad política y de su huída de Roma, algo que dice mal del personaje.
También fue asesinado Galba, en el año 69, por un legionario, y Pisón, que le sucedió, solo duró unos días como emperador antes de ser asesinado. Pero en torno a los atentados contra emperadores, no pocas veces caían los conspiradores y otras personas de las familias de estos o de aquellos. Vitelio, que estuvo en pugna con Vespasiano para erigirse en emperador, yéndole mal las cosas se escondió, pero fue descubierto y los partidarios de Vespasiano la mataron, echando su cuerpo al río Tíber, pero no su cabeza, que fue pasada de mano en mano por las calles de Roma.
Vespasiano nombró césares, asociados al trono, a sus hijos Tito[iii] y Domiciano, pero este también fue asesinado en el año 96 mediante una conspiración en la que la mano ejecutora parece que fue un liberto. La misma suerte corrió, un siglo más tarde, Pértinax, el sucesor de Cómodo, para seguirle tres emperadores (Juliano, Níger y Albino) que tampoco escaparon a la muerte violenta.
Septimio Severo (193-194) empezó reconociendo a Pértinax pero solo, al parecer, para simular que combatía a Juliano; luego mató a Níger, que solo gobernó unos meses, y a Albino en el campo de batalla. Dion Casio[iv] ha dejado escrito que, a tal punto matar era normal en la antigua Roma, que Juliano expresó en el último momento: ¿A quién he matado? Luego siguen emperadores que, hasta mediados del siglo III, todos fueron asesinados: Caracalla[v], Geta, Macrino, Heliogábalo, Alejandro Severo, Maximino, Gordiano (en realidad se suicidó), Máximo y Balbino. Heliogábalo, tenía 18 años cuando encontró la muerte, y Maximino (235-238), 26. Otros tuvieron también una muerte trágica, como Gordiano II en el campo de batalla (Cartago). Gordiano III y Filipo fueron asesinados.
Trajano Decio murió en el campo de batalla (Abrito, Mesia, Balcanes), y Hostiliano, en un reinado de pocos meses, fue abatido por la peste. Treboniano y Emiliano fueron asesinados en una sucesión cada vez más corta, y Valeriano murió en cautiverio a manos de los persas; luego fue asesinado Galieno en 268.
Puede parecer que existió una cierta resignación de estos personajes, como otros, ante la muerte, consecuencia de las influencias estoicas en la civilización greco-latina, pero también cabe pensar que la ambición por el poder era más fuerte que cualquier otra cosa, o que siempre existió la esperanza de no acabar como el predecesor… No terminaron aquí los emperadores romanos asesinados: Treboniano, Emiliano, Galieno, quizá Quintilo, Aureliano, Floriano, Probo, Numeriano y otros, hasta la desaparición del Imperio occidental, fueron asesinados, en menos ocasiones se suicidaron y en alguna otra la causa fue la peste.
Pero si dejamos el Imperio romano y nos vamos al reino godo de Toledo, Hermenegildo fue ejecutado por orden de su padre, el rey Leovigildo; Liuva II, Witerico y Gundemaro fueron asesinados, en algunas ocasiones por sus sucesores respectivos. Suintila tuvo más suerte, pues tan solo fue depuesto por Sisenando, igual que Wamba posteriormente.
En el siglo V Sigerico había asesinado a Ataulfo y en Galia Teodorico II asesinó a Turismundo, su hermano, que a su vez fue asesinado por Eurico II, también hermano… y así podríamos ver ejemplos de dinastías en las que la sangre corrió entre parientes, entre predecesores y sucesores, y no precisamente en el campo de batalla. Aquí ya no cabe hablar de estoicismo; se trata de lucha por el poder, de repartos territoriales, de diferencias familiares, de simples conflictos que acaban en otro mayor. No estuvieron ausentes las motivaciones religiosas en momentos de cismas y herejías, grandes controversias teológicas, pero en ocasiones esto no fue sino la excusa para otros fines.



[i] Militar de origen aquitano.
[ii] Ver aquí mismo “Otón ‘recostó el pecho contra el hierro’”.
[iii] Ver aquí mismo “Contradictorio Tito”.
[iv] Vivió entre mediados del siglo II y el año 235. Historió e ejerció la milicia, fue cónsul y escribió una historia de Roma.
[v] En Carrhae, alta Mesopotamia. La orden de su muerte la dio Macrino, que a su vez fue asesinado por Heliogábalo.

sábado, 1 de junio de 2019

Siervos en la Hispania visigoda


Imagen idealizada
del rey Wamba en
la plaza de Oriente,
Madrid (Wikipedia)
Escribe Domínguez Ortiz[i] que no conocemos la proporción de siervos que había en la sociedad visigótica, pero no cabe duda de que era muy elevada. La Iglesia retomó el cambio de mentalidad que desde el Bajo Imperio había mejorado la suerte de los siervos; se le reconocían ciertos derechos: podían casarse y tener un peculio con el que eventualmente podrían conseguir la libertad. Pero la Iglesia, como gran propietaria, inmersa en el orden social existente, consideraba la esclavitud como una institución necesaria, consecuencia del pecado, en lo que seguía las huellas de Pablo de Tarso; aconsejaba que se tratara bien a los siervos, pero desaprobaba que algunos sacerdotes, llevados por un celo indiscreto, procedieran a manumisiones que podían arruinar a las iglesias; se consideraba que el mantenimiento de una parroquia requería el trabajo de doce siervos, lo que indica que el excedente generado por estos era muy pequeño, de acuerdo con la escasa productividad de unas técnicas completamente estancadas.

La importancia que tenía la esclavitud en aquella sociedad nos lo revela el amplio lugar que ocupaba en la legislación, tanto civil como canónica; el Fuero Juzgo consagra las 21 leyes del libro IX, título I, al solo tema de los siervos fugitivos, que debía ser algo frecuentísimo; se conminaba con graves penas a los pueblos en los que se albergaban, a los que les daban trabajo en sus fincas, a los que facilitaban su huida… Hechos en los que se adivinan deseos de aprovecharse de una mano de obra escasa, a la vez que denuncian el riesgo de un sistema que impulsaba a tantos a intentar la evasión. Una de las leyes prohibía al amo matar a su siervo so pena de destierro y confiscación de bienes, pero podía librarse de la pena simplemente buscando unos testigos que dijeran que el siervo lo había amenazado o que el amo no había tenido intención de matarlo. Otra ley prohibía a los “amos crueles” las mutilaciones corporales de sus esclavos. Los matrimonios entre señores y esclavos se consideraban una abominación digna de las mayores penas, y también las simples relaciones sexuales entre una señora y un esclavo. De los abusos de que hacían objeto tantos señores a sus siervos nada se dice; son lacras permanentes del fenómeno esclavista.

El descontento de la gran masa de la población rural, libre o esclava, se manifestaba en revueltas de las que tenemos poca información. En el movimiento priscilianista, muy activo en el noroeste de la Península Ibérica, quizás hubiera, bajo apariencias religiosas, una inquietud de tipo social, hecho frecuente hasta los comienzos de los tiempos modernos. Prisciliano, de origen galaico, fue condenado por su misticismo heterodoxo, mezclado con ideas gnósticas y de exagerado ascetismo, en varios concilios, pero esta condena de carácter espiritual sirvió de pretexto al emperador Máximo para arrogarse el título de defensor de la fe ordenando su ejecución en Tréveris (385). Fue el primer hispano muerto bajo acusación de herejía, aunque no por el poder eclesiástico, sino por el civil. La muerte de Prisciliano no impidió que sus seguidores se mostraran muy activos, sobre todo en la Gallaecia, hasta finales del siglo VI.

Pueden también rastrearse motivaciones sociales en el extraordinario desarrollo de la vida monacal, posible refugio de seres maltratados, insatisfechos; formaban comunidades numerosas regidas por alguna de las muchas reglas que entonces se dictaron. Su importancia económica era grande: combinaban la oración con el trabajo, laboraban tierras, criaban ganados, por sí mismos y ayudándose de siervos. Procuraban también disponer de artesanías esenciales para ser en todo lo posible autosuficientes. Otros buscaban la evasión por el camino opuesto: se aislaban en vez de agruparse; eran anacoretas, ermitaños, se enclaustraban en un lugar o, por el contrario, se dedicaban a un vagabundeo (los giróvagos); una picaresca con apariencias religiosas que siempre ha existido.

Nada tiene de extraño que en una sociedad muy sacralizada la religión fuese utilizada como válvula de seguridad por los descontentos. En las alturas el problema tenía otros matices; los altos cargos eclesiásticos fueron capturados por los ambiciosos que los utilizaron para sus propios fines. Las luminosas perspectivas abiertas por los Concilios III y IV, la unión religiosa, la unión de razas, el reforzamiento del Estado, todos los propósitos se derrumban después de la deposición de Wamba[ii]. Los sucesos ocurridos en los últimos reinados son muy oscuros; faltan fuentes; las pocas alusiones que pueden espigarse en las crónicas posteriores aluden a la división de la clase dirigente en facciones irreconciliables; sin duda por eso existen dos tradiciones acerca del rey Witiza: una favorable a su memoria y otra que lo describe como un tirano, justificando así la elección de Rodrigo contra las aspiraciones de los witizanos.   



[i] “España, tres milenios de historia”.
[ii] (672-680). Su corto reinado lo pasó sofocando rebeliones de unos grupos contra otros, además de una invasión de norteafricanos en 672 por el estrecho de Gibraltar. Convocó el XI Concilio de Toledo (675), donde se dictaron medidas para corregir los vicios y abusos eclesiásticos, y puede que exista relación con el hecho de que el metropolitano de Toledo, Julián II, interviniese en la conjura para acabar con la vida del rey, que no había querido ser elegido como tal en 672.