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sábado, 15 de mayo de 2021

Pelea por la piedra

 

                                           ciencias-sociales/what-is-the-rosetta-stone-172571

Rosetta es una localidad en el extremo norte de Egipto, a orillas del Mediterráneo y no lejos de Alejandría. A finales del siglo XVIII aún existía allí una fortaleza árabe que el ejército francés quiso ocupar, para lo que necesitó hacer algunas obras. Entre los escombros y la arena un soldado encontró una piedra que luego se sabría medía 144 cm. de alto por 91 cm. de ancho y pesaba casi 700 kg. (*) Aquel soldado debió de ser curioso o culto, no lo sabemos, pues valoró el hallazgo y, lejos de abandonarlo o emplearlo en la restauración de la fortaleza árabe, avisó a sus superiores.

Los que acudieron para verla valoraron que era una monumental pieza, rota por varias partes, de basalto negro que tenía tres tipos de escritura, una conocida, el griego, pero otras dos no, pues no se utilizaban desde hacía muchos siglos, los jeroglíficos egipcios y una escritura popular que, por ello, los griegos le dieron el nombre de demótica. Los tres textos informaban de lo mismo, un decreto en honor del rey griego Ptolomeo V que vivió entre finales del siglo III antes de Cristo y principios del II.

Volviendo atrás, los antiguos griegos y romanos supieron poco sobre Egipto (la mayor información la tenemos del griego Heródoto), de forma que cuando las tropas napoleónicas llegaron al país para enfrentarse con las inglesas (se trataba de controlar los mercados) quedaba casi todo por conocer. La piedra, que pronto se llamó de Rosetta, se encontró en 1799 y Napoleón mandó que pasase a estudio de un Instituto que había mandado establecer en El Cairo.

Aquel general corso tenía tan solo 29 años (tantos como los que vivió el citado rey Ptolomeo V) pero además de osado y cruel era culto, una suerte de ilustrado joven, por lo que envió a miles de soldados a ocupar Egipto y a muchos científicos que debían estudiar todo lo que encontrasen de interés, que ya sabemos no fue poco. Se trataba de contribuir a lo que ya venía haciendo el Instituto Francés de Egiptología. Los dibujantes, arqueólogos, eruditos, ayudantes, etc. se adentraron en unos y otros territorios levantando informes que se enviaban al general que, pocos meses después, sería Primer Cónsul de Francia.

Pero no todo le salió bien a los franceses y al ambicioso y culto general: la marina británica destruyó los barcos franceses y Napoleón tuvo que huir a Francia, aunque sus científicos seguían enfebrecidamente con su labor. El ejército francés, a pesar del fracaso militar, seguía en posesión de la piedra, sobre la cual se habían iniciado ya algunos estudios, pero los ingleses la exigieron en el tratado de paz que se llevó a cabo. Muchos esfuerzos se hicieron por parte de las autoridades francesas para que la piedra no fuese entregada al ejército inglés, pero al final no quedó más remedio y empezó una labor ímproba de desciframiento tanto en Inglaterra como en Francia. Este país había hecho copias de la piedra para poder trabajar sobre ellas.

Al traducir el texto en griego pareció que sería fácil deducir lo que decían los textos en demótico y jeroglífico, pero hubo que salvar ciertas dificultades de envergadura: el número de líneas no era el mismo en los tres caracteres, además de que las partes de la piedra que faltaban entorpecían la transcripción y traducción. Nadie podía dar por cierto que los tres textos informaban de lo mismo; esto se supo con posterioridad.

En aquella campaña de Egipto, que para Francia y Napoleón fue un fracaso militar, murieron entre nueve y diez mil soldados franceses, pero la labor científica llevada a cabo fue extraordinaria. La piedra fue entregada a Inglaterra como botín de guerra, algo a lo que los ingleses estaban muy acostumbrados, se llevó a Inglaterra en 1802 y ahora se encuentra en el Museo Británico. El resto ya es conocido por muchos.

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(*) Hay variaciones en estos datos según las diversas fuentes.

jueves, 13 de mayo de 2021

Deir el-Medina y el faraón

 

                                                              Restos de Deir el-Medina (*)

Tutmosis I, entre los siglos XVI y XV antes de Cristo, fundó la aldea de Deir el-Medina en un lugar al oeste del río Nilo, donde este hace una gran curva, al norte de Edfu y muy alejada de Asuán, más al sur. Se encuentra en lo que se conoce como el valle de los reyes por las muchas tumbas de faraones egipcios allí encontradas.

En el siglo XIII a. de C. el faraón Ramsés II, sabedor de que allí se encontraban los tesoros de las tumbas de los reyes egipcios más ricos, mandó construir la de su esposa Nefertari, la cual adornó con pinturas de diversos colores, relieves, dibujos refinados y otros elementos decorativos.

En Deir el-Medina se han encontrado hojuelas de piedra donde se escribieron notas y correspondencia, poemas, cartas de amor, noticias domésticas y locales. En muchas de estas inscripciones se habla de las cuitas, rumores, bromas, acusaciones, burlas y demás comentarios que unos y otros aldeanos se hacían entre sí. En una de ellas uno acusa a otro de no haber engendrado hijos, en otra se habla de que la mujer del vecino se prostituye a sus espaldas, que otro debe un dinero que nunca podrá pagar, que su casa está peor construida que las de los demás y otros muchos datos de las familias de la aldea. Estas hojuelas son únicas en Egipto, relatando circunstancias de la vida cotidiana de las personas más o menos humildes.

Cuando el emperador Ramsés cumplió 40 años (parece que empezó a reinar a los 15 y se enfrentó a los hititas a los 20 en Qadesh) su tumba ya estaba terminada, contrariamente a lo que ocurrió con otros faraones y cortesanos. Viéndose con aquella edad, Ramsés se dedicó a engendrar más hijos de los que ya tenía, aumentó su harén y se casó con tres de sus hijas, completando su obra de propaganda con muchos edificios en el valle, obeliscos, etc.

Tantas pretensiones no sirvieron, sin embargo, para que se nos ocultase el fracaso que tuvo con los hititas en Qadesh, viéndose obligado a negociar y firmar un tratado con su rey donde se acordaron muchos temas, entre otros sobre extradiciones, refugiados y el casamiento del Faraón con una hija de Muwatalli, el rey hitita. La joven fue llevada a la capital estratégica de Ramés, Pe-Ramsés, en el delta del Nilo, con el objeto de vigilar los movimientos del reino anatólico. El faraón adornó su ciudad con plantas exóticas, estanques, patos en los lagos, jardines y frutales a la orilla del río. ¿Qué vio la princesa hitita en Egipto? Huertas y prados, frutales sin número, riqueza por doquier, una población heterogénea de egipcios, nubios, libios y otros, pirámides, templos, tumbas, aldeas y caminos… ¿Qué asombro causaría a la princesa hitita aquella experiencia? Pronto comprobó que no sería la esposa principal del faraón, que prefirió a Nefertari, pero la placidez de su vida quizá le compensó de todo lo demás, asumido con facilidad.

La burocracia seguía en Tebas, más al sur, y atrás quedaba la batalla de Qadesh, que sirvió al faraón para hacerse la más vergonzosa campaña de propaganda que quizá se haya visto. Los egipcios, en aquella batalla, estaban en inferioridad con respecto a los hititas: estos conocían el hierro y los egipcios tenían solo armas de bronce, por lo que tuvieron que movilizar a personal de otras etnias distintas de la egipcia.

Para el enfrentamiento el faraón y su ejército tuvieron que pasar desde el delta hasta el ardiente desierto de Sinaí y luego llegar al Líbano. Todo ello fue puesto en papiros por los escribas que le acompañaron, contando ambas partes con servicios de espionaje cuyas tretas han quedado plasmadas en las fuentes epigráficas. La batalla se produjo al borde del río que pasa al sur de Qadesh, salvando Ramsés su ejército en el último momento, cuando le llegaron refuerzos desde Egipto. Las rutas comerciales, no obstante, quedaron muy dañadas para el estado del Nilo.

Todo esto no tenía nada que ver con los habitantes de Deir el-Medina, que ya no era una aldea sino una población con muchas calles, casas y construcciones notables de muy diversa naturaleza. Mientras el faraón guerreaba en el norte, los habitantes de Deir el-Medina se acusaban entre sí, se burlaban unos de otros, se contaban los secretos y nos dejaban, sin quererlo, una fuente preciosa para nuestro conocimiento.

(Ver aquí mismo “Movilización general en la antigüedad” y “Las mentiras de Ramsés”).

(*) Fotografía de amigosdelantiguoegipto.com/?page_id=12176

miércoles, 12 de mayo de 2021

Dos faraones y sus obras

 

                                                    Restos del templo de Atón en Amarna (*)

En la primera mitad del s. XIV a. de C. gobernó Egipto Amenhotep III, predecesor de Akenaton, siendo su poder enorme en la geopolítica de la época. Las riquezas de Egipto se basaban en la agricultura, el oro de Nubia, la piedra de las canteras, los cedros traídos del exterior y la plata de Anatolia, además de los productos derivados del comercio por el mar Rojo.

Otros estados había ido apareciendo o resurgiendo de antiguos esplendores: Babilonia, Asiria y Mitanni, Creta, por ejemplo. En 1887 una aldeana descubrió en Amarna unos ladrillos de arcilla que resultaron ser cartas diplomáticas de Amenhotep III. Las escrituras eran cuneiformes, quizá para hacerse entender por los reyes extranjeros. Estos hacían al faraón egipcio muchos regalos en muestra de lealtad y los egipcios traían jirafas de Nubia, osos de Siria y pájaros de otros lugares.

El oro era apreciadísimo por todos los reyes de la época, ofreciendo a Egipto princesas extranjeras para el harén del faraón a cambio de aquel metal. Egipto, por su parte, no permitía que princesas del país saliesen para contraer matrimonio con otros reyes, no fuese que, con el tiempo, pudiesen alegar legitimidad sobre el trono del Nilo.

Amenhotep III, aprovechando su enorme riqueza, empezó un monumental programa constructivo a base de grandes moles de piedra que, tras su extracción, dejaron cavernas y galerías en las canteras. Trabajadores, médicos y aguadores se pusieron manos a la obra para poder llevar a cabo tal programa, siendo el dios principal de este faraón Amón-Ra.

Amenhotep hizo grandes donaciones al templo de su dios y los sacerdotes del mismo se hicieron con un poder mayor del que ya tenían. Los súbditos, por su parte, solo tenían noticia de los triunfos del faraón mediante piedras talladas en forma de escarabajos propagandísticos, donde se había grabado el texto conveniente. Así se dio noticia de la elección de la reina, Ti, hija de un oficial.

El faraón mandó construir dos templos en Nubia en honor de Ti y de él mismo y determinó reducir el poder de los sacerdotes de Amón-Ra, eligiendo a otro dios, Atón, “el sol visible”, poco antes de su muerte a los treinta y nueve años.

Le sucedió Amenhotep IV, cuyo reinado se caracterizó –como es sabido- por una revolución artística propiciada por él mismo, poniendo de manifiesto la vitalidad del mundo real, la sensualidad y el movimiento. Se hicieron representaciones de la familia real como si de personas no divinizadas se tratase, con las hijas en brazos del faraón, pero las figuras llamaron la atención por su desproporción, delgadez, con caderas enormes… ¿era una declaración de que un tiempo nuevo nacía?

Con el arte también se produjo una revolución religiosa que había comenzado con Amenhotep III; se abandonaron los dioses tradicionales, se cerraron sus templos y se expulsó a sus sacerdotes. El mismo Amenhotep IV se hizo llamar Akenatón, “el que beneficia a Atón”, propendiendo a un monoteísmo que, si bien posterior al de Abraham, se anticipó varios siglos al de los redactores de la Biblia. Akenatón se proclamó único sacerdote y rompió con el pasado en muchos aspectos.

El faraón estableció una nueva capital en un lugar desolado a la que llamó Amarna, al norte de Tebas. Mandó labrar estelas en los acantilados cercanos argumentado que el territorio de Amarna no había pertenecido a ningún dios. Oficiales, escribas, soldados y funcionarios se trasladaron a miles con sus familias y enseres a la nueva capital, dejando atrás la cosmopolita Tebas. En Amarna se construyeron cuatro palacios con jardines y un templo a Atón.

En 1912 arqueólogos alemanes descubrieron en Amarna el busto que hoy conocemos como de Nefertiti, la esposa de Akenaton, teniendo aquella un papel prominente en la vida pública. Esta bella mujer, a juzgar por el busto, fue descrita por el propio faraón en cartas poéticas, y las hijas de ambos, en número de seis, fueron representadas en relieves repetidamente, en algunas ocasiones jugando con sus padres, escena humana que nunca se había visto en la historia de Egipto.

(*) http://amigosdelantiguoegipto.com/?page_id=3737

miércoles, 5 de mayo de 2021

Ya hemos adquirido la prudencia...

 

La investigadora Sofía Torallas Tovar ha publicado un importante artículo que recoge información de fuentes directas (papiros griegos y coptos) e indirectas, es decir, publicaciones de otros autores. Se trata de las prisiones en el Egipto bizantino desde el siglo IV hasta el VIII, si bien desde mediados del siglo VII Egipto estuvo en manos del islam.

Algunas prisiones se establecieron en templos, como es el caso del Adrianeo de Oxirrinco[i], incluso improvisadas en un edificio portuario, en un barco, en campamentos militares o en dependencias eclesiásticas.

El carcelero recibía diversas denominaciones en las fuentes y, en ocasiones, se encuentran soldados a cargo del arresto de prisioneros y su custodia, siendo responsables de que no escapasen y, si esto ocurría, eran severamente multados.

Había prisiones públicas en cada ciudad e incluso en pueblos que se mantenían mediante un impuesto establecido en época ptolemaica (últimos siglos a. de C.). Las condiciones de estas cárceles eran precarias, estando los presos encadenados y, a menudo, torturados, con abusos frecuentes que las fuentes reflejan. Un ejemplo es el de una viuda desesperada que cuenta como unos soldados borrachos mataron a su marido con espadas y luego quemaron su cadáver. Muchos presos morían de hambre.

Para la estructura económica de Egipto no convenía tener encarcelados a los trabajadores, esclavos o no, por lo que se intentó limitar la pena a deudas fiscales ya desde época faraónica. Un edicto de Tiberio Alejandro[ii] suprimió el encarcelamiento por deudas privadas. Como el encarcelado por deudas no podía trabajar para pagarlas, fueron las mujeres y los hijos los que cumplían la pena hasta la satisfacción de aquellas

Según paso el tiempo (s. IV) se produjo un cambio: la prisión se convirtió en lugar de penitencia. En un papiro conservado los presos piden su libertad arguyendo que ya habían adquirido la prudencia necesaria. Fuera de Egipto parece darse este cambio también en Siria, cuando entre 539 y 540 el obispo de Gerasa[iii] hizo construir una prisión para los condenados.

La libertad bajo fianza era temporal: el garante se responsabilizaba de devolver al reo a prisión o pagaba una suma como garantía, pero se produjeron encarcelamientos injustos, como se deduce de las protestas de los condenados. Una fuente muestra el caso de un campesino injustamente encarcelado por un decurión en Cinópolis. Se conocen también liberaciones indebidas, lo que tenía su pena: un papiro copto de Afrodito nos habla de la pena a uno que prometió no volver a dejar escapar a nadie.

Hubo prisiones privadas en manos de terratenientes o potentiores, los cuales parece que se hacían cargo del coste a cambio de poder concedido por el Estado, lo que se observa desde el siglo IV, aunque en esto no todos los historiadores están de acuerdo[iv].

La Iglesia, que en el siglo citado ya estaba muy asentada en Egipto (concilio de Nicea, 325) se comprometió con la caridad, reflejada en la ayuda a viudas, en la fundación de hospitales y en la intercesión a favor de los presos. Creó un nuevo concepto de prisión como lugar de arrepentimiento, los castigos corporales fueron sustituidos por la meditación y el sentimiento caritativo mejoró el trato a los prisioneros.

Constantino el Grande dio a los obispos el derecho a la supervisión de las prisiones para la protección de los prisioneros, y los cánones de Atanasio de Alejandría (siglo IV) consideraron que las visitas a los presos eran un deber para los obispos y para los presbíteros. A pesar de todo esto y de la caridad privada, la vida en prisión fue muy dura. Los obispos también podían tener prisiones: un clérigo en Samos fue acusado ante el obispo, quien ordenó le encarcelasen donde tenía destinados a los clérigos culpables.

El hospital de Oxirrinco, perteneciente al obispo, tenía una prisión en la que probablemente –dice Torallas Tovar- se atendía a prisioneros enfermos. Poco a poco la Iglesia fue cayendo en manos de los más poderosos, de forma que los dominios eclesiásticos adquirieron la misma estructura que los latifundios de laicos.

(Mapa de https://amigosdelantiguoegipto.com/?p=1730)


[i] Más al sur que El Cairo actual pero cerca del delta.

[ii] Judío rico de Alejandría que vivió en el siglo I. Procurador en Judea con Claudio emperador, luego fue prefecto de Egipto y reprimió a los diversos grupos étnicos.

[iii] Al Este del Jordán.

[iv] Jean Gascou (1985), historiador nacido en Cambrais, norte de Francia, a mediados del siglo XX.

miércoles, 24 de junio de 2020

El hallazgo de la campesina

Paisaje de Amarna (fotografía tomada del diario ABC)

Cuenta Cline[i] que el rey egipcio Amenofis III[ii] fue consciente de la necesidad de establecer relaciones con potencias extranjeras, sobre todo con los monarcas de tierras de importancia diplomática o comercial. Acordó tratados con muchos de estos reyes y consolidó los acuerdos celebrando bodas con varias de sus hijas. Así lo atestigua la correspondencia que mantuvo con esos reyes, conservada en un archivo de inscripciones sobre tablillas de arcilla, descubierto en 1887.

Generalmente se acepta que el descubrimiento de éste archivo fue hecho por una campesina mientras recogía yesca o tierra fértil en la moderna Tell el-Amarna, donde se encuentran las ruinas de la ciudad en otro tiempo llamada Ajenatón (que significa “horizonte del disco solar”). Amenofis IV, el hijo hereje de Amenofis III, más conocido como Ajenatón, había edificado a mediados del siglo XIV una nueva capital.

Ajenatón sucedió a Amenofis III pero probalemente –dice Cline- primero gobernó durante varios años con su padre, hasta que éste falleció. Al poco de asumir el poder en solitario, Ajenatón puso en marcha lo que hoy se conoce como la “revolución de Amarna”. Clausuró los templos que pertenecían a Re, Amón y otras deidades principales, se adueñó de sus tesoros ingentes y se reservó un poder inigualable como jefe religioso, militar y gubernamental. Condenó el culto a cualquier deidad egipcia, salvo la de Atón, el disco solar, que él – y solo él- estaba autorizado a adorar directamente.

En realidad el nuevo emperador restó el enorme poder que tenían los sacerdotes y se lo adjudicó a él mismo, pero no deshizo nada que sus antecesores hubieran puesto en marcha. En particular reconoció la importancia de cuidar las relaciones internacionales, sobre todo con los reyes de las tierras vecinas. Ajenatón conservó la costumbre de su padre con respecto a las negociaciones diplomáticas y las asociaciones comerciales con potencias extranjeras, incluido el imperio hitita de Suppiluliuma en ese momento, manteniendo en su capital un archivo con la correspondencia con estos reyes y gobernadores. Son las llamadas “cartas de Amarna”, inscritas en tablillas de arcilla, que la campesina descubrió de forma accidental en 1887.

El archivo se encontraba originalmente en la “oficina de documentación” de la ciudad, y recoge la correspondencia con los reyes y gobernadores con quienes tanto Amenofis como su hijo Ajenatón habían mantenido relaciones diplomáticas, incluidos los mandatarios chipriotas e hititas, así como los reyes babilonios y asirios. Disponemos también de cartas dirigidas a (y remitidas por) gobernantes cananeos locales, como Abdi-Hepa[iii] de Jerusalén y Biridiya[iv] de Megido. En las cartas de estos gobernantes locales, que solían ser vasallos de los egipcios, abundan las llamadas de socorro; en cambio, las que se cruzaron entre los gobernantes de las grandes potencias (egipcios, asirios, babilonios, mitanios e hititas) suelen testimoniar peticiones y regalos propios de un estadio diplomático muy superior. Este archivo de Amarna –sigue diciendo Cline- junto con el del siglo XVIII a. de C. que se descubrió en Mari[v], está entre los primeros de la historia universal que sirven para documentar las relaciones internacionales intensas y duraderas que se dieron en la Edad del Bronce en los territorios de Egipto y el Mediterráneo oriental.

Las cartas están escritas en acadio, la lengua internacional de la época, en cerca de cuatrocientas tablillas de arcilla que se encuentran repartidas por varios museos, casi dos tercios en el Museo Vorderasiatisches de Berlín. En estas tablillas se anuncian regalos de homenaje y se aportan noticias sobre relaciones familiares. En una, Ajenatón escribe a Burna-Buriash II, rey kasita de Babilonia, donde la lista de regalos ocupa más de trescientas líneas de escritura: oro, cobre, plata y bronce, recipientes de perfume y aceite dulce, anillos para los dedos y ajorcas[vi] para los pies, collares, tronos, espejos, telas de lino, boles de piedra y cajas de ébano.

En otras cartas, como la del rey Tushratta de Mitanni, se detallan listas de objetos comparables a la anterior, enviados en ocasiones como parte de la dote que acompaña a una hija, y otras veces simplemente como regalos. Las cartas se enviaban mediante “mensajeros” que solían ser ministros o embajadores, pero también por comerciantes. En estas cartas los reyes solían referirse unos a otros como parientes, llamándose “hermano” o “padre/hijo”, dependiendo de que la edad fuese parecida o distante entre sí. Un rey de Amurru escribió al de Ugarit (ambos reinos en la costa norte de Siria): “mi hermano… ¿Por qué no deberíamos mantener buena relación? Todo deseo que me escribas, yo lo satisfaré; y tú satisfarás mis deseos…”.

Los hititas no parece que empleasen estos tratamientos, según indica Cline, pues por las “Hazañas de Suppiluliuma”, escritas por su hijo Mursili II, en la corte hitita, se recibió una carta supuestamente remitida por la reina de Egipto, que había enviudado y no tenía hijos. En la misma pedía al rey hitita que le diese uno de sus hijos para contraer matrimonio con él y hacerle rey de Egipto. Esto hizo desconfiar a Suppiluliuma, porque los reyes egipcios nunca se casaban con extranjeros, por lo que hizo que se confirmase si la carta procedía, realmente, de la reina de Egipto, Anjesenamón.

El rey hitita envió entonces a su hijo Zannanza, pues tenía otros para sucederle que ya estaban cumpliendo funciones de gobierno, pero unos asaltantes impidieron que Zannanza y sus acompañantes terminasen su viaje, resultando muertos los miembros de la comitiva real. Entre tanto el trono de Egipto había pasado a Ay, que se había casado con la reina viuda, por lo que Suppiluliuma, al saberlo, desconfió de que la muerte de su hijo tuviese que ver con la ambición de Ay, jurando vengarse, y envió un ejército al sur de Siria, donde atacó numerosas ciudades e hizo millares de prisioneros (esto podría ser una exageración propagandística de las de la época), incluidos bastantes soldados egipcios.



[i] Eric H. Cline, “1177 A. C.”
[ii] Gobernó entre 1390 y 1352 a. de C.
[iii] Reinó en torno a 1330 a. de C., puede que un hurrita mezclado con los que en la Biblia se llamó después jebuseos.
[iv] Parece que cinco de las cartas en tablillas corresponden a éste. Megido se encuentra al norte del actual Israel.
[v] A orillas del Éufrates, en la actual Siria.
[vi] Aro metálico para el tobillo, la muñeca o el brazo.

jueves, 18 de junio de 2020

Las inscripciones de Medinet Habu

zonalibreradio1.wordpress.com/2016/02/17/medinet-habu/

Las inscripciones que se encuentran en Medinet Habu, en la orilla oeste del Nilo, muy cerca de Lúxor, han permitido a los investigadores dar alguna luz a los nombres y naturaleza de los “pueblos del mar”, como se ha llamado a grupos más o menos numerosos que, en torno a 1200 a. de C., asolaron Egipto, Siria, Anatolia, Mesopotamia y otras regiones anexas. Una de esas inscripciones es una batalla naval que se encuentra reproducida en una lámina conservada en el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago. Otro dibujo muestra a unos hombres apretados y en fila, cubiertos con una pequeña falda y un gorro cada uno: serían prisioneros hechos por los egipcios de uno de esos grupos de los “pueblos del mar”.

En su obra “1177 a. C.: El año en que la civilización se derrumbó”, Eric H. Cline dice que algunos de estos grupos llegaron por tierra y otros por mar. “No llevaban uniformes ni equipos relucientes”, algunos tenían barbas y vestían faldas, otros más largas, algunos tenían descubierto el pecho o estaban cubiertos con una túnica; otros iban afeitados, etc. lo que hace pensar –dice el autor citado- que estos “pueblos del mar” estaban formados por gentes distintas en cuando a su origen y sus formas de vida. Armados con afiladas espadas de bronce, lanzas de madera con las puntas metálicas, arcos y flechas, aparecían en botes, carros de combate, carretas de bueyes u otras variantes de carros. Estos invasores fueron llegando en oleadas durante un tiempo bastante largo, llevando con ellos algunas veces a sus familias.

Según las inscripciones de Ramsés III[i] que ha estudiado Eric H. Cline, ningún estado fue capaz de escapar a esta multitud invasora, la resistencia fue en vano. Las grandes potencias de la época –hititas, micénicos, cananeos, chipriotas, etc.- fueron cayendo una tras otra. Algunos supervivientes escaparon de la matanza, otros se apiñaron en sus ciudades, ahora ya en ruinas; y los hubo que se unieron a los invasores, engrosando sus filas y sumándose a la aparente complejidad de la turba inmigrante. Todos los grupos de los “pueblos del mar” estaban en movimiento, quizá cada uno regido por sus propios intereses, en busca de botín o de esclavos; otros emigraron hacia el oeste desde donde se supone procedían (Sicilia, Cerdeña u otras islas).

En las paredes del templo funerario de Medinet Habu, cerca del Valle de los Reyes, Ramsés III hizo escribir que “los países extranjeros organizaron una conspiración en sus islas. Arremetieron de pronto contra todas las tierras y las dispersaron en el combate. Ninguna tierra fue capaz de resistir frente a sus armas, desde Jatte, Qode, Karkemish, Arzawa y Alashiya, todas aisladas…”. Los lugares citados supuestamente los conquistaron los invasores: Jatte o Hatti es el territorio hitita, cuyo núcleo se encontraba en la meseta interior de Anatolia; Qode probablemente estaba en el sureste de Turquía; Karkemish es un yacimiento arqueológico bien conocido, que empezó a ser excavado hace casi un siglo por un equipo de arqueólogos en el que se encontraban Leonard Wooley y T. E. Lawrence; Arzawa fuen un territorio conocido por los hititas en la Anatolia occidental; Alashiya podría haber sido lo que hoy conocemos como Chipre; Amurru estaba en la costa norte de Siria.

Los seis grupos independientes que conformaron los “pueblos del mar” durante esta oleada de invasiones, cinco de ellos nombrados por Ramsés III (peleset, tjekker, shekelesh, danuna y weshesd) y shardana, al que se menciona en otra inscripción de Medinet Habu, son más enigmáticos que las tierras que supuestamente conquistaron. No dejaron ninguna inscripción propia y lo que sabemos de ellos es por los egipcios. Arqueólogos y filólogos se han esforzado en estudiar la alfarería y otros restos arqueológicos: los danuna fueron identificados con los dánaos homéricos, y otros han supuesto que los shekelesh llegaron de la isla de Sicilia, mientras que los shardana eran de Cerdeña, basándose en parte en el hecho de que Ramsés III se refiere a estos “países extranjeros” como instigadores de una conspiración “en sus islas”; a los shardana, en particular, se los calificó en las inscripciones de Ramsés III como un pueblo “del mar”.

Pero otros consideran que los shekelesh y los shardana no llegaron desde el Mediterráneo occidental, sino que provenían de zonas del Mediterráneo oriental y tan solo huyeron a las regiones de Sicilia y Cerdeña, dando sus nombres a estas tierras tras haber sido derrotados por los egipcios. Se sabe que los shardana habían combatido tanto a favor como en contra de los egipcios mucho antes de la llegada de los “pueblos del mar”, de los cuales solo se ha llegado a la conclusión de que los peleset son los filisteos de la Biblia, donde se dice que provenían de Creta.

En Medinet Habu abundan las pinturas y las majestuosas hileras de textos jeroglíficos, las armaduras, las armas, la vestimenta, los botes y los carros de bueyes de los invasores, cargados de posesiones, que se ven en las representaciones. En una ilustración se ven algunos hombres que flotan boca arriba (tras una batalla) y están muertos, mientras otros continúan luchando en sus barcas.

Pues bien, estos “pueblos del mar”, en torno a 1200 a. C., habrían trastocado y hundido a todos los estados existentes hasta ese momento, desde Mesopotamia hasta la Grecia micénica, dejando a Egipto en un momento de oscuridad pasajera de la que no se recuperaría nunca.

Lo acontecido en oriente medio en torno a 1200 a. C. sería de igual importancia que la caída del Imperio romano de occidente, y en cierto modo el autor citado establece comparaciones con nuestro mundo actual globalizado, donde todos dependemos de todos, existiendo muy pocos grupos al margen. Aquel mundo de finales del Bronce en oriente próximo también estaba interconectado, de forma que invasiones de unos pueblos de los que conocemos muy poco, trastocaron el conjunto de manera definitiva.



[i] Gobernó Egipto entre 1184 y 1153 a. C.

jueves, 9 de mayo de 2019

Excavaciones en Ehnasya el Medina

Estela de la falsa puerta
en la necrópolis

Ehnasya el Medina es el nombre actual de la antigua ciudad egipcia Nen-Nesu, que los griegos llamaron Heracleópolis Magna, al identificar al dios local Herishef con su Heracles. La arqueóloga M. Carmen Pérez Die ha publicado en la revista Arbor un artículo sobre dicho yacimiento arqueológico[i].

Ya en 1966 el Gobierno egipcio concedió a España permiso para excavar en Ehnasya el Medina, al sur del delta del Nilo, a la entrada del oasis de El Fayum. Desde entonces se han sucedido una serie de campañas en las que también participa personal egipcio, siendo uno de los elementos más importantes el templo del dios local Herishef, en la necrópolis del primer período intermedio de la historia antigua de Egipto[ii], cuando Heracleópolis (Nen-Nesu) era la capital de Egipto, y en la necrópolis del tercer período intermedio[iii].

Los trabajos llevados a cabo han permitido conocer algunos aspectos religiosos y de otro tipo de la historia del Egipto antiguo, sobre todo por la gran extensión de la excavación. En cuanto al templo de Herishef, el dios local representado con cuerpo humano y cabeza de carnero (una de las divinidades más antiguas), fue descubierto a finales del siglo XIX por Henri Édouard Naville (1844-1926) y excavado a principios del siglo XX por William Petrie (1853-1942). En 1966 se encontró un coloso del siglo XIII a. de C. y en 2004 se procedió a la limpieza del patio del templo, que está construido en un sentido longitudinal N-S, por lo tanto sin tener en cuenta el río Nilo (a 15 km. de distancia) como ocurre con otros templos. El sol, en su cénit diario, coincide exactamente con dicho eje longitudinal del templo.

En el llamado sector L de la excavación, se han documentado varios niveles, desde el más reciente (siglos VIII-VII a. C.) hasta el más antiguo (siglos XXII-XXI a. de C.). Los principales hallazgos corresponden a los niveles más recientes, por ejemplo la necrópolis monumental construida desde finales del siglo IX hasta el último tercio del VIII a. de C. En esta época la ciudad se convirtió en un centro estratégico y militar de importancia, cuyo control fue disputado por los faraones del delta y los sacerdotes del dios Amón de Tebas.

El núcleo principal del cementerio está formado por tumbas de familiares de los faraones de los siglos X a VIII, sobre todo algunos de sus hijos, así como de los sumos sacerdotes de Tebas, como es el caso de una sacerdotisa que fue superiora del harén del dios Herishef, cuya tumba ha dado abundante y bellísimo material funerario. La necrópolis del tercer período intermedio (siglos XI-VII a. de C.) son de piedra o adobe, según los casos y se comunican entre sí. Estos recintos fueron reutilizados y en ocasiones saqueados ya en la antigüedad. De todas formas han conservado su ajuar funerario compuesto de vasos canopos (con las vísceras embalsamadas de los difuntos), ushebtis (pequeñas estatuas), collares de oro, escarabeos, etc., algunos con inscripciones jeroglíficas.

Los difuntos de esta necrópolis apenas fueron momificados, siendo aquellos anónimos, con ajuares pobres de pequeños amuletos y escarabeos, pero las modernas técnicas arqueológicas han permitido saber la edad, el sexo, las causas de la muerte de muchos, la talla media (unos 165 cm.), la complexión (fuerte, sobre todo en los varones), la esperanza de vida (no superó, por lo general, los 40-45 años), la mortalidad infantil (en torno al 35%), la salud bucodental, que no fue mala ante los pocos casos de caries, aunque los dientes presentan gran deterioro.

La necrópolis de los nobles que vivieron en los siglos XXII-XXI a. de C. ofrece datos sobre la identidad de muchos de los enterrados y sus tumbas son de piedra y de adobe, encontrándose separadas entre sí por pasillos, constando aquellas de varias estancias, en ocasiones decoradas con pinturas y relieves. En el exterior se encontró la estela de la falsa puerta orientada hacia el este, con la mesa de ofrendas delante. La epigrafía nos ha dado ciertos datos: uno de los enterrados era intendente de los graneros, otras eran concubinas reales, otra era sacerdotisa de Hathor. La tumba de un alto funcionario representa en sus paredes al difundo sentado ante la mesa de ofrendas, y debajo una escena con las ceremonias rituales: ritos de libación, la quema de incienso, la lectura de libros, la ablación de la pata delantera de un buey… En otra pared se representa la preparación de la comida funeraria: los porteadores avanzan sujetando frutos, legumbres, panes, carne, cerveza y aves. Debajo aparecen escenas de ganados que muestran el derribo de un toro y la conducción de las reyes por los pastores[iv].


[i] “Excavaciones en Heracleópolis Magna”.
[ii] Siglos XXII a XXI a. de C.
[iii] Siglos XI-VII a. de C.
[iv] El presente resumen está basado en la información citada en la nota i.

jueves, 14 de marzo de 2019

La confederación nesiota

Mapa del mundo según Eratóstenes (s. III a. de C.)
http://epidauroweb.blogspot.com/2011/06/

Cuando Ptolomeo I Sóter (“el salvador”) se hizo con Egipto y otros territorios tras la muerte de Alejandro Magno, organizó un imperio que  comprendería, más tarde, el propio Egipto antiguo, Cirenaica, Celesiria[i], Chipre y las islas de la confederación nesiota (las Cícladas y otras del Egeo).

Itano (en el extremo este de Creta) fue una de las posesiones de los Ptolomeo junto con Tera, Metana-Arsínoe (al este del Peloponeso) y Ceos (isla al sur de Ática). También poseyeron Cartaya, Citno (isla al sur de Ática), Coresia (en la isla de Ceos), Sifnos (en el centro sur del Egeo), Ios (cerca de la anterior), Amorgos (al este de las dos últimas), Astipalea, Naxos, Míconos, Andros, Delos, Lesbos, Quíos, Samotracia (al norte del Egeo), Samos, Cos, Calimno y, probablemente, Paros y Tenos. La Liga de los nesiotas se pasó a los lágidas[ii] a principios del siglo III a. de C. y subsistió hasta mediados del mismo siglo.

En Jonia y Caria la presencia de los Ptolomeo debió comenzar con el segundo (Filadelfo = “el que ama a su hermana”) hacia 261. Así controlaba toda la costa desde Éfeso a Halicarnaso y Lébedos, Colofón, Magnesia, Priene, Mileto y, quitá, Teos. En Caria fueron posesiones lágidas Iaso, Milasa, Mindo, Labraunda y Estratonicea. En Licia, Lisa, Araxa, Telmeso, Janto, Patara, Andriaque y Limira, y en Panfilia, Tolemaida y Arsíonoe. Además de la Pisidia, los Ptolomeo poseyeron también en Cilicia una larga línea de fortalezas costeras. En Tracia y Helesponto dominaron algunas póleis y establecieron guarniciones en, al menos, Eno y Maronea. Toda una serie de territorios, continentales e insulares, en Europa, Asia y África, que tenían un nexo: el mar[iii].

Este imperio aportaba grandes ventajas a Egipto y a la dinastía lágida: prestigio y respeto. La política egea devolvía brillo e importancia en el seno de la opinión pública griega, formando parte de esa misma política de grandeza fiestas conocidas como los Tolemaida, pensados para igualarse a los Juegos Olímpicos, y fundaciones en el exterior como la construcción en Atenas del gimnasio de los Ptolomeo (obra del tercero de la dinastía), o el embellecimiento de la capital, Alejandría, con el museo, la biblioteca y el faro, entre otras obras.

Las rutas navales ponían en contacto a las islas de la Liga nesiota con el resto del imperio y aún con otros países. El comercio exterior estaba basado en la exportación de trigo (Egipto), lino, vidrio, papiro, fayenza (un tipo de cerámica vidriada), conservas de pescado, especias, piedras preciosas y marfil, éste procedente del interior de África y del Índico. Rodas y Tiro pudieron ser intermediarias en este comercio, pues las fuentes hablan de las buenas relaciones entre los Ptolomeo y los gobernantes de dichas islas, yendo buena parte de las ganancias a soportar los enormes gastos del Estado. Pero la mayor parte de la riqueza provenía del valle del Nilo, que importaba mercenarios, técnicos, barcos chipriotas y fenicios, maderas del Líbano y de las costas de Asia Menor, brea y metales.

El imperio de los Ptolomeo tuvo que librar múltiples guerras contra otros jefes militares: en 321 Pérdicas invadió Egipto pero como muchos de sus soldados se ahogaron al cruzar el río Nilo, otros le acusaron de temerario y le mataron; en 200 la pérdida de Celesiria dejó inerme a Egipto, de forma que durante la sexta guerra siria (170-168) Antíoco IV, de la dinastía seléucida, ocupó Pelusio (al este del delta) y conquistó casi todo Egipto excepto Alejandría, pero tuvo que retirarse en 169 ante el estallido de una revuelta judía. Al año siguiente invadió de nuevo Egipto, llegando hasta Menfis, y su flota ocupó Chipre, haciéndose titular rey de Egipto; estando a punto de hacerse con Alejandría, los romanos le obligaron a retirarse y abandonar también Chipre.

Los Ptolomeo hicieron de Egipto una potencia militar, aunque en un primer momento, inferior a la de otros imperios. Aunque Egipto no carecía de tradición naval y el faraón Necao (610-595) había construido una flota de guerra  para operar en el Mediterráneo y el mar Rojo, Apries (589-570) libró con ella una batalla contra los tirios, y Amasis (570-526) conquistó Chipre, habiendo seguido esa política naval Teos[iv] en el siglo IV, fueron griegos los constructores de los navíos.

Pero los barcos de Ptolomeo I eran trirremes[v], cuadrirremes y quinquerremos, demasiado pequeños en relación a los de otros imperios. Ptolomeo II Filadelfo hizo construir barcos cada vez más grandes, de forma que poco después de su muerte, en 246 a. de C., la armada egipcia poseía muchos barcos pesados, “hasta dos treintas”, pasando por barcos de seis bancos de remeros, siete, nueve, once, doce, trece y veinte.

Si la parte que podríamos llamar “interior” del imperio estaba formada por Cirenaica, Egipto, Celesiria y Chipre, la “exterior” eran las islas de la confederación nesiota, además de la costa sur y oeste de Anatolia. Se comprende la importancia de la armada de guerra que garantizase, al mismo tiempo, el comercio ultramarino; salvo en el caso del valle del Nilo, casi todo eran costas e islas. El impulsor de la confederación nesiota fue el macedonio Antígono I en el contexto de los conflictos entre los generales sucesores de Alejandro Magno a finales del siglo IV a. de C., siendo como fue, aquel, el principal adalid de mantener la unidad del imperio macedonio, lo que, como sabemos, no consiguió.


[i] Sur de Siria
[ii] De Lagos, nombre del presunto padre de Ptolomeo I.
[iii] El presente resumen está basado en la obra de J. Pascual González, “Egipto en época helenística: una potencia naval del Mediterráneo”.
[iv] De la XXX dinastía.
[v] Barcos de tres bancos de remeros situados cada uno de aquellos a distinto nivel.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Piratería, corso y negocio en el Mediterráneo

Fotografía tomada de Terrae Antiquae


La Corona de Aragón, en la baja Edad Media, mantuvo intensas relaciones con el otro extremo del Mediterráneo, concretamente con el reino mameluco de Egipto y Siria. Las relaciones fueron buenas y malas, según los momentos, y estuvieron siempre guiadas por el interés comercial de ambas monarquías y los comerciantes de una y otra civilización. Estas relaciones comerciales estuvieron entreveradas de piratería, de forma que la violencia privada, según expresión de Damien Coulon[1], fue frecuente.

El estado mameluco era potente al menos entre los siglos XIII y XV. Había sucedido al de los Ayyubides –descendientes de Saladino- en 1250. Los mamelucos eran soldados esclavos que consiguieron hacerse con el poder; la mayoría venían del mar Negro y aprovecharon la coyuntura que les brindó la séptima cruzada[2], reinando en Egipto y Siria hasta 1517. El estado mameluco ocupó un espacio estratégico, pues era paso obligado para comunicar oriente con occidente.

La primera forma de violencia que se llevó a cabo entre los mamelucos y los cristianos catalano-aragoneses fue en época del rey Jaime I, concretamente en 1269: los musulmanes asediaban los últimos puertos cristianos de Tierra Santa y Siria, pero el estado mameluco estaba ya muy consolidado y era el más potente de los estados musulmanes del Mediterráneo. De nada sirvieron incluso los intentos de alianza con los lejanos mongoles: el rey Jaime envió en cierta ocasión a hablar con el gran khan a su embajador Jaume Alarich.

Con motivo de la guerra que en 1282 llevó a los catalano-aragoneses a Sicilia, el rey Pedro “el Grande” buscó la alianza de los mamelucos, pues tenía en frente al papa por el control de la isla. El sultán llegó a prestar colaboración militar al rey Pedro a cambio de que este socorriese a aquel en caso de agresión cristiana. Así, el rey catalano-aragonés consiguió el acceso de sus comerciantes a los puertos de Egipto y Siria. Vemos que han cambiado las cosas: de tener a los mamelucos como enemigos a tenerlos como aliados.

Ello se explica porque el emperador Federico II ya había negociado con el sultán ayyubide en 1229 el tratado de Jaffa para lograr el dominio sobre Jerusalén, lo que le costó ser excomulgado por el papa. Los reyes de Aragón, a finales del siglo XIII, pretendían defender la herencia del emperador contra los angevinos (dinastía francesa que llegó a reinar en varios territorios, también en Sicilia) defensores de los intereses del papa. Jaime II de Aragón heredó esta política y confirmó con el sultán el acuerdo en 1293, que se mantuvo hasta el siglo XV. Así los monarcas catalano-aragoneses nunca permitieron que se hiciese el corso contra Egipto y Siria.

En época del rey Pedro (el Ceremonioso, siglo XIV) dicho rey había justificado ciertos expolios contra barcos tunecinos por la guerra que había librado contra el emirato hafsí de Túnez. El corsario Ramón de Montcada actuaba con permiso del rey aragonés, pero la prueba de que estos corsarios no actuaban por patriotismo es que poco después Montcada atacó naves catalanas (1386). Las zonas más peligrosas donde actuaron piratas y corsarios, en relación a los comerciantes musulmanes y cristianos, fueron los alrededores de la isla de Cerdeña*, disputada por la república de Génova durante casi todo el siglo XIV. Cuando Cerdeña quedó pacificada a principios del XV los robos pasaron a intensificarse en la isla de Rodas, controlada por los caballeros de San Juan de Jerusalén, cabeza de puente cristiana pero que sufrió las embestidas de, entre otros, el pirata catalán Nicolau Sant Pere, que actuó sobre todo entre 1416 y 1420.

Los patrones de las naves jugaban en ocasiones el papel de piratas al mismo tiempo, creciendo con el tiempo el ritmo de las agresiones, pues también las fuentes dicen que aumentaron las actividades comerciales catalanas en el Mediterráneo durante el siglo XIV. Ello llevó a un crecimiento de los esfuerzos para proteger las naves, llegando a emplear galeras de combate, aunque la medida resultó muy cara, sobre todo cuando se trató de garantizar las especias traídas del Levante. Otra medida fueron los contratos de seguros a prima, que se desarrollaron a lo largo del siglo XV.

Las autoridades mamelucas, por su parte, fueron aumentando las tasas en el comercio con los catalano-aragoneses, hasta el punto de exigir la entrega de las velas de las naves para impedir que estas zarpasen antes de que sus propietarios pagasen aquellas tasas. Con el rey Alfonso V, en el siglo XV, cambiaron las relaciones entre los dos estados, pues una acción pirática en 1412 llevó a un comerciante valenciano a desembarcar mercancías orientales y mercaderes magrebíes en Valencia, sometiendo a estos últimos a la esclavitud. El sultán tomo represalias multando a los mercaderes catalanes que se encontraban en su reino, e incluso castigó físicamente al cónsul catalano-aragonés en El Cairo.

Alfonso V preparó entonces una expedición de corso y las relaciones pacíficas se rompieron, por lo menos entre 1416 y 1429: lo que eran acciones y violencias privadas se han convertido en violencias públicas. Los mamelucos también tomaron decisiones como la de establecer un monopolio público sobre las especias, lo que engrosó los ingresos del estado. Tal situación era perjudicial para el comercio catalano-aragonés, y entonces el rey Alfonso V envió embajadores a Rodas en 1429 y 1430 con el fin de restablecer la paz. El tratado firmado, no obstante, quedó sin aplicar por mucho tiempo, pues el sultán mameluco en 1432 seguía con su política monopolística.

El rey aragonés intentó entonces convertir la lucha en una cruzada, pero sin éxito, en medio de un contexto en el que se estaba afirmando el estado, tanto en oriente como en occidente. Llegó entonces a una política de alianzas con la gran rival económica de Aragón-Cataluña-Valencia, la república de Génova; también se produjeron alianzas entre el sultán mameluco y el reino cristiano de Chipre…


[1] “Formas de violencia en las relaciones entre la Corona de Aragón y el Sultanato Mameluco…”.
[2] A mediados del siglo XIII una rama de los musulmanes, junto con los de Egipto, atacaron Palestina y Siria, saqueando Jerusalén. Esto provocó los preparativos para la séptima cruzada.
 * Ver aquí mismo "Un rey contra los jueces de Arborea".