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miércoles, 4 de enero de 2023

Un criollo de Santa Fe


Siendo obispo de Panamá Lucas Fernández de Piedrahíta[i], unos piratas asaltaron la ciudad, robaron lo que pudieron y apresaron al obispo; llevado ante el pirata Morgan, este lo reintegró a su obispado. Con su base en Jamaica cuando esta isla ya estaba en manos inglesas ¿qué llevó al pirata a respetar la libertad del obispo? Quizá no sabía qué hacer con él, o bien le pareció un exceso que nada tenía que ver con las acciones piráticas propiamente dichas. El obispo era un papista, y se supone que Morgan estaba imbuido de las ideas anglicanas; sea como fuere, el mestizo Piedrahíta, descendiente de una colla y de un criollo, volvió a su sede.

Fernández de Piedrahíta nos ha dejado una obra[ii] donde, además de los hechos de armas, refiriéndose a la fundación de Santa Fe (Bogotá) describe el desarrollo de la población, ciudad desde 1540, centro administrativo y eclesiástico, pues fue sede de la Real Audiencia del Reino de Granada. Según ha estudiado el historiador Rodolfo Guzmán[iii], Piedrahíta describe el espacio físico, “los nombres europeos dados a la topografía y a los nuevos asentamientos y, en general, la presencia jurídica y militar”. En ocasiones se daba nombre a ciudades y regiones para halagar al rey o a los jefes de expediciones, para expresar sentimientos religiosos o para honrar el lugar de nacimiento del conquistador. Aunque no es el único, Piedrahíta incorporó la mención de títulos y prebendas que recibió Santa Fe.

Juan de Castellanos[iv], en quien seguramente se inspiró Piedrahíta, también describió el espacio americano neogranadino y muy particularmente, pues escribe en el siglo XVI, el territorio de los muiscas. Un siglo más tarde Piedrahíta describe su ciudad diciendo que sus calles son anchas y empedradas, sus edificios, tanto altos como bajos “son costosos y bien labrados a lo moderno, de piedra, ladrillo, cal y teja, de suerte que no los exceden los de Castilla[v]. Luego habla de los ríos que pasan por Bogotá o sus proximidades (Tunjuelo, Salitre y otros menores), los cinco puentes que existían en el siglo XVII y las cuatro plazas, no siendo parco en elogios, lo que era un tópico en su época y aún en otras anteriores y posteriores.

En cuanto a los habitantes, Piedrahíta resalta a los criollos, y él tenía conciencia de serlo, pues ya desde finales del siglo XVI fueron sintiéndose criollos los nacidos en América con algún ascendiente hispano. Dice tener Santa Fe “tres mil vecinos españoles” y “más de diez mil inidos”, distribuidos todos en tres parroquias, de las cuales la de la catedral era la más importante. Pero advierte –con acierto o sin él- que los criollos de Santa Fe se inclinan poco al estudio de las leyes y medicina, “que sobresalen en Lima y Méjico[sic]”, pero sí a la teología y filosofía. Dice que los criollos tienen hábitos de caballeros cortesanos en sus juegos y torneos, y habla de las mujeres criollas como ejemplares: “generalmente hermosas, con buen aire y discretas con agudeza cortesana…”. Méritos que atribuye a los criollos se los niega a los peninsulares, en lo que demuestra una identidad que ya aparece firmemente asentada en los nacidos en América de ascendencia española.

Para Piedrahíta la ciudad no se divide en barrios, sino en parroquias, por lo que habla de las iglesias que las rigen, e incluso los límites de la ciudad quedan definidos por la presencia de una iglesia, un monasterio o un convento, por ejemplo el dedicado a “Nuestra Señora de Monserrate, donde algunos religiosos descalzos de San Agustín viven retirados”. Cita también las capillas que se encuentran en el interior de los conventos o las casas de las órdenes religiosas y las que tienen los tres colegios que había en la ciudad, uno de ellos el de los jesuítas, que elogia por su fábrica. El criollo y mestizo Piedrahíta no puede evitar ser un hombre de su tiempo, el barroco que tan bien representado está en América.

Luego se refiere con orgullo a la “expulsión” de las mujeres nativas, consideradas exóticas, sensuales sin límites e incluso en ocasiones agresivas. El criollo –si tomamos a Piedrahíta como patrón- quiere superar al peninsular y expulsar al nativo, sobre todo a las mujeres que fueron vistas de manera distinta a los varones. La descripción de la ciudad que hace Piedrahía está en función de sus intereses como criollo, independientemente de su condición de clérigo y obispo. Esta reafirmación machacona de su condición étnica ¿estaría determinada por la conciencia de su descendencia india?



[i] Nació en Bogotá en 1624 y murió en Panamá en 1688.

[ii] “Noticia historial de las conquistas del Nuevo Reino de Granada”.

[iii] “La representación de la ciudad en Lucas Fernández de Piedrahita…”. En este trabajo se basa el presente resumen.

[iv] Autor de “elegías de varones ilustres de Indias”. Castellanos nació en Alanís (Sevilla) en 1522 y murió en Tunja (Colombia) en 1607.

[v] No consta que hubiese estado en España, por lo que esta apreciación la habrá hecho como signo de distinciónn de su ciudad.

La ilustraciónn corresponde a la obra de Juan Vargas Lesmes, "Historia de Bogotá Conquista y Colonia".

domingo, 25 de diciembre de 2022

Ganadero, vicario y benefactor de los jesuitas


No hagan demasiada confianza de los esclavos por muy buenos y fieles que parezcan, ni les fien las llaves e las trojes, almacenes o despensas, porque aquí la ocasión hace al ladrón […] a todos mírenles siempre las manos; al infiel porque no hurte, y al fiel porque no se haga infiel en la ocasión[i].

No todos los jesuitas pensarían lo que el texto anterior muestra sobre los esclavos, pero sí otros, como el conjunto de la sociedad, que seguramente veía en el esclavo un ser destinado de manera natural a serlo. El texto forma parte de las instrucciones dadas en una de las fundaciones o misiones de los jesuitas en las Inidas.

Los jesuitas empezaron a desplazarse a América en la segunda mitad del siglo XVI (a Nueva España en 1572) pero en Brasil empezaron antes[ii], pues la monarquía portuguesa era menos temerosa de esta orden que la española, particularmente en el caso de Felipe II. La vitalidad y combatividad que demostraron los jesuitas quizá no se compruebe en ninguna otra orden religiosa, pues a pesar de las dificultades encontradas consiguieron crear haciendas, construir conventos, colegios y otras obras durante dos siglos aproximadamente.

Los medios para ello procedían de donaciones de personas pudientes, que viendo en los jesuítas una organización sólida y formada, decidían ayudarles quizá con vistas a la salvación eterna. La mentalidad de la época permitía explotar a los empleados, y los beneficios obtenidos dedicarlos en parte a estas obras piadosas. La investigadora Gómez Mantilla ha explicado cómo las haciendas y propiedades adquiridas por los jesuitas funcionaban como empresas[iii] y centros financieros, y tan avanzadas actividades eran compatibles con la propiedad de esclavos.

En las colonias españolas de América tuvieron misiones volantes y fijas, llamadas estas últimas pueblos de misión, donde reunían a un número considerable de indios que convivían sujetos al cumplimiento de deberes religiosos, sociales, económicos, esucativos y artísticos. Para cumplir sus fines espirituales los jesuitas consideraron que debían disponer de recursos, y ello posibilitó la fundación de colegios para la formación de los niños y adolescentes de las zonas urbanas, puesto que eran los grupos pudientes de las ciudades los que proporcionaban los medios económicos para ello. Las haciendas se encontraban en el medio rural destinadas al cultivo y hatos de ganado, las cuales habían sido adquiridas por donación, compra, traspaso y fundación de capellanías[iv], además de que los jesuitas manejaban un sistema de crédito bajo la modalidad de censos[v].

En torno a 1621 los jesuitas quisieron establecer en Plamplona[vi] un colegio y a ello se pusieron, siendo en 1628 cuando se produjo la donación, dotación y fundación del colegio de la Compañía de Jesús por obra y gracia de Pedro Esteban Rangel, que además de gran hacendado y ganadero era vicario y comisario del Santo Oficio, por lo que quiso poner “el celo de la honra de dios i del bien de las almas”. La donación del ganadero consistió en “veinte mil pesos de a ocho reales en barra de oro y plata”, hipotecando cien bestias mulares, y para cuando falleciera dejaría como donación las estancias de cría de mulas y ganado vacuno en el valle de los Locos (Labateca, Pamplona), que poseía tres hatos (vacas y yeguas) y un total de 24 esclavos[vii], donando también treinta cabezas de burras, un cuadro de Nuestra Señora de la Concepción y ocho doseles, objetos de plata, la estancia de Chichira de donde se obtenía leña y cultivaba lino, una estancia de ganado menor, una casa de bahareque[viii], una ramada cubierta de palmicha (un tipo de palma), ovejas, cabras, bueyes, herramientas de labor (entre ellas un escoplo y una azuela), 150 reses vacunas y un bohío de bahareque en otro lugar, constando las diversas estancias de cocina y capilla en un caso, campos de trigo y maíz, paja, corrales, burros que eran muy útiles en el transporte para la venta en el comercio local en otros casos, un escritorio grande, un órgano traído de España y otros bienes. La plata se usaba como moneda de cambio, pues no abundaba el numerario en la zona,  y lo heredado por los jesuitas fueron veintiún objetos de dicho metal, entre ellos un jarrón grande con calentador, una escudilla, tijeras de despabilar y un orinal.

Heredaron diecinueve muebles y treinta y siete cuadros, doce de ellos de los Apóstoles, otros doce de Sibilas y cuatro de mártires, además del cobro a los deudores del donante. El ganadero y vicario benefactor de los jesuitas dejó ordenado que su entierro fuese majestuoso “como corresponde a su posición social”[ix], asistiendo todos los sacerdotes y religiosos; se oficiaron misas de cuerpo presente, rezadas, cantadas, de réquiem y una de indulgencias; su tumba se instaló en una capilla destinada para él “con el compromiso de trasladar sus restos a la nueva capilla en una bóveda que en medio de la capilla se ha de hacer”, indicando con un letrero el nombre del fundador con sus armas de conquistador[x]. Ordenó también instituir una capellanía quizá para continuar con la costumbre en vida de hacer misas en sus haciendas, de ahí el abundante número de cuadros religiosos que tenía. Durante un año a partir del fallecimiento de Pedro Esteban Rangel debían arder sobre su sepultura, al tiempo de la misa mayor, cinco velas de cera y los domingos y fiestas dos cirios.



[i] Delia Yaqueline Gómez Mantilla, “Origen de las haciendas de la Compañía de Jesús en el valle de Cúcuta, Virreinato de Nueva Granada, Colombia (1621-1730)”

[ii] Vicente Sierra, “Antecedentes de las misiones jesuitas de América”, en “Los Jesuitas germanos en la conquista espiritual de hispano-América”, Buenos Aires, 1944 (cita de la autora a la que sigo en este resumen: nota i).

[iii] Germán Colmenares ha publicado un trabajo, “Los jesuitas: modelos de empresarios coloniales”, 1984.

[iv] Ver aquí mismo “¿Qué fueron las capellanías?”.

[v] Los censos eran contratos por los que un bien quedaba sujeto al pago de una pensión anual como interés de un capital recibido en dinero.

[vi] Norte de la actual Colombia.

[vii] Estos recibían el nombre del lugar de donde procedían si eran negros (Congo, Angola, Biafra, etc.) pero también los había mulatos y criollos.

[viii] Construida a base de palos, cañas y barro.

[ix] Expresión empleada por Gómez Mantilla (ver nota i).

[x] Era hijo de un conquistador.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Sal a cambio de oro

 

                                  Rio Chicamocha en Colombia (fotografía de "El Nuevo Siglo")

Los conquistadores recorrieron valles, montañas y páramos, sufrieron el azote de los mosquitos y la persistencia de la lluvia, el desbordamiento de los ríos y las penalidades de la enfermedad. Muchos murieron en el empeño mientras esperaban un premio o tras haber mortificado a otros. En ocasiones varias huestes concurrían, por azar, en un mismo punto, surgía la desconfianza entre sus componentes, los indios seguían informando que más allá había un país rico en oro, o tras las montañas; salieron al paso de los conquistadores muchos pueblos indígenas causando el asombro recíproco que cabe suponer, se cometieron crueldades, los caciques huyeron y fueron perseguidos, otros murieron sin saberse cuándo ni dónde.

Los botines se repartieron de forma desigual y se reservó el quinto real para la Corona; más exploraciones hasta descubrir las minas de sal que unos pueblos trocaban por el oro de otros. Esmeraldas en algunas comarcas, recorridos penosos y fracasos, bohíos y frío en los altiplanos, ríos caudalosos en la época de las lluvias, descubrieron un templo al sol, hicieron batallas y repartieron encomiendas.

Quizá sea Jiménez de Quesada, el conquistador de buena parte de lo que hoy conocemos como Colombia, el que más creyó y más empeño puso en la búsqueda de El Dorado, al punto de que le acompañó hasta el momento de su muerte en 1579. Nacido en Córdoba a principios del siglo XVI, estudió leyes, y no siendo militar se empapó de la mentalidad de la época entre los de su clase para embarcarse en la aventura americana, unido todo ello a una ambición desmedida. Ello le llevó al colombiano río Magdalena, verdadera columna vertebral del país, pues discurre de sur a norte por entre los dos paredones montañosos de los Andes hasta desembocar cerca de Barranquilla, en el océano Atlántico.

Descubrir la región donde nacía el Magdalena fue idea de Pedro Fernández de Lugo, superior de Jiménez de Quesada, en la búsqueda de riquezas, sobre todo oro. Apretados en tres naves, unas mil personas a las órdenes de su hijo Alonso se embarcaron hacia América en 1535; entre ellos estaba Jiménez de Quesada, que enseguida “conoció” por los indios la existencia de un país rico al sur (en no pocas ocasiones los indígenas informaban a los conquistadores sobre tesoros sin fundamento alguno). En el norte de Colombia vivían los chimilas, a quienes Quesada conoció en Sompallón, y aquí ordenó que se explorasen los alrededores, llegando unos hasta el río Opón, que va paralelo al Magdalena hasta desaguar en él, encontrando allí un pueblo que obtenía sal de unas minas y la compactaba para trocarla en lotes por oro.

Estaba cerca del territorio chibcha, concepto lingüístico que agrupaba a varios pueblos del centro-norte de Colombia, quizá el más desarrollado de todos el muisca[i], pero estos no tenían oro sino sal de las minas de Zipaquirá[ii], al norte de la actual Bogotá. Luego se dirigió la hueste de Quesada a Gachetá[iii], donde encontró esmeraldas, botín desde entonces, siguiendo por Lenguazaque, Cucunubá y Suesca[iv], localidad esta donde más tarde se encerrarí para escribir, pues fue prolífico en ello aunque no se conservan algunas de sus obras y otras quedaron inconclusas[v]. Pero siguiendo con la ruta, acercándose a lo que ahora es Botogá llegaron a Chía y luego a Suba, un poblado contiguo. Allí tuvieron que enfrentarse a los súbditos de un cacique que ha pasado con el título de Zipa, al frente de los muiscas, siendo estos derrotados, y Quesada ocupó su lugar como autoridad. Luego dirigió sus pasos hacia el norte y en el valle de Iraca quiso hacer de pacificador, pues aquí mandaba otro cacique con el título de Zaque, pasó por Chocontá[vi] y en Turmequé estableció su campamento, algo más al norte y a casi 2.400 m. de altitud sobre el nivel del mar.

En 1537 conquistó el territorio y siguió hacia Tunja, donde su hueste hizo un saqueo en oro y esmeraldas digno de mejor causa. En Somagoso descubrió un templo que los indígenas dedicaban al sol, pero no debemos imaginar algo parecido a lo que se encuentra en territorio maya, sino un templo de planta circular, relativamente pequeño, cubierto con ramajes formando un cono y columnas de madera exteriores alrededor. Siguió venciendo a otros caciques y se quedó con el oro y las esmeraldas que estos tenían, regresando entonces a Bogotá, donde al año siguiente (1538) fundaría una ciudad con el nombre de Santafé.

De nuevo hacia el norte y pasada Tunja, llegó a un poblado de nombre Duitama, en cuyas proximidades se dio una importante batalla (Paipa), huyendo su cacique. El poblado estaba en las proximidades del río Chicamocha, que discurre encajado entre montañas y desemboca en el Somagoso; allí sufrió Quesada una serie de trampas tendidas por los muiscas, y según algunos el conquistador recibió una pedrada que estuvo a punto de acabar con su vida[vii], pero lo cierto es que tal debió ser la victoria a ojos de Quesada que decidió darle al territorio el nombre de Nuevo Reino de Granada, el mismo donde él había vivido de niño en España.

Poco después Quesada supo que por la región merodeaban otros: pronto descartó el peligro de unos, pues confirmó que se trataba de peruleros (dedicados al comercio de esclavos), pero en buscando que lo mismo que el cordobés estaban dos “extranjeros”: Nicolás Federmann y Jorge Spira[viii]. Quesada regresó a España con muchos problemas, tanto de tipo judicial como económicos, hasta el punto de que tuvo que vivir varios años en Portugal y Francia, gozó de no pocos favores por parte de las autoridades, incluyendo la reina Isabel de Valois, pero volvió al Nuevo Reino de Granada en 1550, emprendiendo otras conquistas, pendencias, contrayendo deudas (incluso con la Corona) y tanto en España como en América escribió obras que hoy constituyen fuentes de interés sometidas a la debida crítica[ix].


[i] Ver aquí mismo “Muiscas y taironas en el siglo XVI”.

[ii] A más de 2.600 m. de altitud sobre el nivel del mar, con clima frío y húmedo, era sin embargo propicio para una agricultura adaptada a esas condiciones. Como la zona era montañosa los indígenas construyeron terrazas para el cultivo.

[iii] Al Este de Bogotá y en uno de los valles de la cordillera andina.

[iv] Próximas entre sí, en el camino de Tunja a Bogotá. Suesca está a casi 2.600 m. de altitud sobre el nivel del mar.

[v] “Antijovio” es una obra suya escrita contra la de Paulo Jovio (o Giovio), obispo, humanista, médico e historiador que gozaba de gran fama en Italia y otros países europeos el siglo XVI. Quesada reivindica la acción militar española en Italia, incluido el saco de Roma de 1527.

[vi] A medio camino entre las actuales Tunja y Bogotá. En realidad la expedición de Quesada, en 1537, merodeó por el mismo territorio porque encontró pueblos a los que someter.

[vii] No está suficientemente contrastado. Es curioso que en 1819, en el mismo valle, los ejércitos al mando de Simón Bolívar vencieron a los realistas españoles y criollos, dando ocasión a la importante victoria de Boyacá, aunque la vitoria en el campo de batalla la dirigió Francisco de Paula Santander.

[viii] Federmann era de la misma generación que Quesada, pero moriría pronto (en 1542), escribió crónicas sobre la conquista de Venezuela y Colombia y era de nacionalidad alemana, igual que Spira, que participó en conquistas en las actuales Venezuela y Colombia, muriendo en Coro (noroeste de Venezuela) en 1540.

[ix] “Epítome de las conquistas del Nuevo Reino de Granada”. Debió empezarla solo regresar a España en 1550.

jueves, 17 de noviembre de 2022

Muiscas y taironas en el siglo XVI

 

                                                                      Máscara muisca 

Muiscas y taironas, en territorios distintos de la actual Colombia, compartieron un mismo lenguaje del tronco chibcha. Los primeros habitaron en torno a la actual ciudad de Bogotá en un amplio territorio, y los segundos el norte del país, llegando allí Jiménez de Quesada[i] con varios cientos de acompañantes de diversas profesiones, sobre todo soldados en busca de fortuna, recorriendo la selva y las anfractuosidades del terreno antes de que se produjera la muerte de no pocos españoles.

Quizá había en el centro de la actual Colombia medio millón de muiscas en un territorio de extensión parecida al de Suiza; construcciones en madera y hoy un yacimiento arqueológico consistente en monolitos alineados que se han interepretado con alguna intención astronómica y relacionados con la fertilidad, pues en la parte superior de aquellos se habían practicado unas muescas que simulaban penes. Es un lugar singular que hoy se conoce con el nombre de “El Infiernito”.

Los españoles se dieron cuenta de que no existía entre estos muiscas la propiedad privada, lo que no quiere decir que la sociedad fuera igualitaria, pues el beneficio de los trabajos era disfrutado por unos pocos. También vieron los conquistadores asombrados que los muiscas conocían el oro y su trabajo, dando resultados espectaculares en forma de idolillos planos con una filigrana de belleza singular (son los llamados tunja elaborados con una aleación de oro y cobre). Se sabe que no fueron ajuares funerarios, pues no han aparecido en las tumbas, sino ofrendas votivas que se arrojaban a las aguas de los ríos o se depositaban en el interior de las cuevas en honor de los dioses. En el Museo del Oro colombiano se conservan máscaras, una “balsa dorada” con personajes esquemáticos sobre ella y delicadísimas filigranas, con trabajos en detalle empleando la técnica de la cera perdida. Pero el oro era traído de otras partes, lo que indica una actividad comercial que debía de estar algo desarrollada, intercambiando mantas por oro.

La abundancia de sal en las profundidades de las cuevas se explica por la ocupación marina de estos territorios en época geológicas anteriores, producto que era muy apreciado. La lluvia arrastraba la sal y los muiscas la recogían en recipientes de arcilla, transportándola luego, como otros productos, por el río Magdalena. Fue precisamente el rastro de la sal lo que llevó a Jiménez de Quesada hasta los muiscas.

Al nordeste del actual Bogotá vieron los españoles la laguna Guatavita en una depresión y pudieron comprobar el cultivo de algodón en algunas regiones. Hoy se sabe que los muiscas tenían una cosmovisión basada en principios opuestos y complementarios en equilibrio, considerando a la naturaleza un regalo de los dioses.

Los taironas, en el norte, nos han dejado senderos empedrados y escalinatas para salvar la dificultad en el tránsito por las montañas, al tiempo que se evitaba que el terreno fuera arrastrado por las lluvias, mientras que las casas eran de mampostería con tierra apisonada.

Estos taironas fueron autores de una orfebrería con pulido de las piezas metálicas (lo que no ocurre en el caso de los muiscas), sirviendo los objetos de adorno y para marcar la superioridad de los jefes. Los motivos principales son el hombre-murciélago y las aves (véase la influencia de la naturaleza), siendo los muiscas los intermediarios para que llegase a los taironas el oro, pero también fabricaron una artesanía cerámica con motivos complejos y simples: figuras humanas y quizá dioses y murciélagos. Hoy se conocen los yacimientos arqueológicos de El Pueblito y Ciudad Perdida.

Relaciones entre taironas y muiscas, como con otros pueblos, que tenían para sus intercambios una lengua común, el chibcha, verdadero nexo de comunidades humanas en los territorios de la actual Colombia.



[i] Natural de alguna ciudad de Andalucía (1509-1579), murió en territorio muisca. Su labor aquí estuvo jalonada de saqueos, asesinatos, batallas, conquistas, conflictos, atropellos y el descubrimiento del río Opón, además de acciones positivas que aquí no detallamos. Jiménez de Quesada estuvo en territorio tairona y muisca, siendo importante su expedición por el río Magdalena.

lunes, 24 de agosto de 2015

Colonización de los llanos en Colombia


En 1598 se establecieron los jesuítas en Nueva Granada dedicando buena parte de sus esfuerzos a incorporar las vastas llanuras de Casanare, fundando pueblos en el piedemonte y controlando y aprovechando estratégicamente los yacimientos de sal existentes. Así explica un fenómeno de extraordinaria importancia como es la colonización de los llanos colombianos, que ocupan buena parte del país, tres investigadores colombianos (1). Los indígenas que habitaban la región de Casanare, al nordeste de Colombia, eran salivas, cusianas, caquetíos, tunebos y otros, que fueron sometidos para trabajar en las encomiendas de los conquistadores.

Agustín Cadazzi, en el siglo XIX, decribió los llanos como una gran uniformidad, "en donde todo parece inmóvil... El aspecto de la tierra tan uniformemente nivelada ofrece, sin embargo, algunas pequeñas desigualdades, causadas por los médanos y bancos. Aquellos son unos terrenos un poco arenosos que se elevan algunos metros sobre la llanura, mientras que los otros son de greda" (arcilla arenosa blanquecina). En la estación de las lluvias quedan en seco, "cuando el resto de la sabana está cubierto de agua". Los llanos colombianos alcanzan una superficie de 150.000 km2 (el 29,7% de la superficie de España). Treinta años después de la llegada de los jesuítas, habían establecido ya varias fundaciones en las cabeceras de los ríos Cravo, Pauto y Casanare (2).

Antes de que los españoles introdujeran en los llanos las reses que luego pacieron en número de miles, los indígenas vivían de la caza y de la pesca, además de una agricultura rudimentaria. A partir del siglo XVI la introducción del ganado vacuno ha sido uno de los factores que ha transformado más profundamente el paisaje. Se trata de una agricultura extensiva que provocó los desplazamientos de familias por la destrucción y despojo de sus sementeras, chagras y conucos (campesinos pobres con una agricultura de subsistencia, respectivamente). Los autores de la obra que se cita abajo hablan de los "geófagos" o devoradores de tierra, "que han multiplicado sus hatos y han extendido los linderos de sus haciendas a costa de la miseria, del destierro y, aún, de la existencia física de comunidades campesinas e indígenas enteras".

El impacto ecológico fue enorme con la usurpación de tierras comunales e incluso acciones genocidas, que han continuado en época postcolonial, pues los dueños de la economía han tenido los mismos intereses que los antigios españoles, y esto no solo en los llanos sino en la cuenca del río Sinú, que desemboca en el Caribe.

Pero la vasta región de los llanos no es uniforme desde un punto de vista fisiográfico: los autores distinguen el pidemonte, que se encuentra a una altitud de ente 500 y 1.000 metros sobre el nivel del mar: se trata de valles por los que suelen discurrir ríos; los llanos altos, que son los mejores suelos por ser los menos propensos a las inundaciones; los bancos y médanos al norte de los ríos Meta y Orinoco y a partir del Pauto hasta el Apure; las altillanuras con pobre drenaje, al sur del río Meta y la selva transicional, intercalada con sabanas entre los ríos Vichada y Guaviare.

En los llanos colombianos, entre la cordillera andina, el río Aruca, el Orinoco y la región amazónica (sus límites naturales) se producen con frecuencia desbordamientos de los ríos que inundan una gran superficie debido al escaso declive existente. Hay otros factores naturales como la existencia de ojos y yacimientos de sal, ejemplo de lo cual es el caso de Recetor, donde se extre sal en pozos cercanos al río Recetoreño. Allí han subsistido animales domesticados y cimarrones, gracias a las vastas extensiones de gramíneas y al establecimiento de hatos ya desde el siglo XVII (obra inicial también de los jesuítas). E hato, según Mejía, es "la obra maestra colonial en el Llano". Ya en 1530 la Audiencia de Santo Domingo "redespachó" a Venezuela dieciocho vacas paridas, dos potros garañones (para procrear) y diez yegüas jerezanas. Once familias cordobesas partieron de El Toyuco (en el noroeste de Venezuela) para fundar un caserío en el piedemonte entre el Arauca y el Apure. Para fines de siglo ya existían en el Apure y Guárico 14.000 vacunos y 7.000 caballares...


En 1628, sin embargo, el arzobispo Julián de Cortázar, natural de Durango (Vizcaya) privó a los jesuitas las facultades que ejercían como doctrineros (la vieja polémica entre obispos y congregraciones religiosas) y tuvieron que abandonar sus misiones en Chita y Casanare, pero en 1669 la Real Audiencia volvió a autorizar a los jesuítas sus trabajos en las misiones e iniciaron el primer intento de integrar todo el Orinoco a sus reducciones. Labor imposible porque los indígenas de la vasta región vivían aislados en algunos casos, en contacto intermitente en otros, en contacto permanente o ya estaban integrados en la civilización española. 

Cuando en 1767 fueron expulsados los jesuítas, se encomendaron sus misiones a los dominicos. La conversión de los llanos en praderas de gramíneas no fue fácil. En los primeros años las sabanas "crudas" no habían sido cultivadas, siendo necesario cultivar sus pastos dispersos para que, después de dos o tres quemas, el suelo esté apto para el florecimiento de las gramíneas. Todo esto se hizo para poner en valor los llanos en favor de la agricultura, pero el coste fue enorme, particularmente al principio y cuando las guerras de independencia los ejércitos patriotas y realistas necesitaron los ganados para abastecerse. Se produjeron, pues, drásticas transformaciones, se llevó a cabo la destrucción progresiva de la fauna silvestre original por las quemas que sufrió la vegetación; esto destruyó una gran diversidad biótica y favoreció un nuevo paisaje.

Emiliano Restrepo ha escrito que los hacendados generalmente no comían la carne de sus vacas, sino que cazaban dantas, venados, cafuches, saínos, cachicamos, patos y pavas reales y paujiles. En las desiertas dehesas, por su parte, había tigres, culebras, caimanes y mosquitos, además de incursiones de los indíegnas. Este "mundo" fue desplazado por la colonización de los llanos a manos de esforzados jesuítas con los miles de indígenas y hacendados, cada uno a su interés.

(1) "Vichada: éxodo y etnocidio indígena; el avance de la ganadería extensiva y de la colonización", Augusto J. Gómez López, Nathaly Molina Gómez y Carolina Suárez Pérez.
(2) Los tres nacen en la cordillera andina. Hay dos ríos de nombre Cravo, uno de ellos afluente del Casanare.

jueves, 4 de octubre de 2012

La riqueza de la Iglesia en Colombia pasa a particulares

Campesinos colombianos
La Iglesia en Colombia se hizo con un gran patrimonio, entre otras cosas porque muchos "bienes eran donados testamentariamente por fieles que buscaban la salvación de su alma y generalmente los destinaban al pago de misas eternamente". El siglo XIX transcurrió en Colombia, en buena medida, de la mano de caudillos y guerras civiles, como si el ejemplo de España fuese de obligado cumplimiento, aunque en el caso del país sudamericano las pérdidas territoriales terminaron con aquella Nueva Granada y con la separación de Panamá cuando alboreaba el siglo XX. 

Cuando los grupos dirigentes liberales se decidieron a desamortizar los bienes de la Iglesia, que se encontraban vinculados a ella y, por lo tanto, fuera de la actividad económica, la mayoría de dichos bienes fueron a parar a manos de terratenientes y no de la masa campesina desheredada. El liberalismo colombiano, como tantos otros, lo fue más bien para la economía, pero en lo político tuvo grandes contradicciones y carencias. 

Según constata Rico Bonilla, ya en época del virrey español Antonio Manso Maldonado, presidente de la Audiencia de Santa Fe entre 1724 y 1731, decía al rey de España: Es así señor, que la piedad de los fieles en estas partes es excesiva: ha enriquecido a los monasterios y religiones con varias limosnas, obras pías que fundan en sus iglesias, capellanías que dotan para que las sirvan los religiosos... con que es rarísima la casa, fundo o heredad que no tenga sobre sí un principal equivalente a su precio; de suerte que los dueños vienen a trabajar para pagar los réditos a los conventos sin que les quede con que sustentarse y poco a poco se han hecho eclesiásticas todas las raíces de calidad...

No es necesario llegar, pues, a los liberales, para que se constate la riqueza de la Iglesia en Colombia y el poco rendimiento que ello representa para la nación. Pero llegó la época en que "los triunfos liberales de 1839 a 1876 constituyeron una época difícil para los religiosos", de forma que los gobiernos defendían los intereses de las viejas familias del interior porque estas apoyaban la estabilidad y el sistema de poder del cual formaba parte la Iglesia. Pero que la Iglesia se viese desposeída de sus bienes raíces para ser entregados estos a unos pocos terratenientes, no quiere decir que dejase de tener una gran influencia, y de ello es muestra el Concordato firmado con el Estado en 1887: En las universidades, y en los colegios, en las escuelas y en los demás centros de enseñanza, la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá en conformidad con los dogmas y la moral de la religión católica... El gobierno impedirá que en el desempeño de asignaturas literarias, científicas, y, en general, todos los ramos de instrucción, se propaguen ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia. Un liberalismo que, como se ve, no se aparta de la Iglesia cuando del control social se trata.

Ya en época colonial la renta de la tierra iba a parar a manos de una clase ociosa, la de los clérigos, de forma que buena parte de la riqueza nacional se concentraba en el clero. Por eso el Ministro de Hacienda, Castillo Rada, en el temprano año de 1826, señaló que la amortización eclesiástica es otro obstáculo perjudicial a la agricultura. Ya pues, que habeis dado el primer golpe a la amortización civil, completad la obra dándolo también a la eclesiástica... prohibiendo que estas comunidades [conventos, monasterios] puedan adquirirlos nuevamente [los bienes raíces] por ningún título. Y más tarde, durante el mandato del general Mosquera (1845-1849), el Secretario de Hacienda, Florentino González dice: En un país en que todas las propiedades inmuebles están vinculadas a manos muertas, son grandes los embarazos que se experimentan para todas las transacciones de intereses en que hay que tocar con ellas... Las propiedades vinculadas son una rémora para el libre comercio, son un medio de opresión política y religiosa, son una reliquia del ominoso feudalismo... Tengamos el mismo valor para librarnos de esta mengua; completemos esa revolución que empezamos en 1810.

Uno de los grandes hacedores de la desmortización eclesiástica fue Rafael Núñez, que sería excomulgado por ello junto a funcionarios y compradores de bienes desamortizados. Cuando el citado fue Presidente de la República en 1862 señaló: La desamortización es una de esas medidas que tienen su día preciso, necesario, providencial, de localizarse en la marcha laboriosa de los pueblos hacia la civilización; y así, ella ya es del dominio de la historia en casi todos los países de Europa, inclusive los más católicos, como Austria y España, porque es un absurdo monstruoso imaginar que tenga carácter religioso de ninguna especie lo que siendo rigurosamente mundano y temporal, no se roza, ni puede remotamente rozarse, con el espíritu o la conciencia... Dese hacía tiempo estaba claro que una cosa era la religión y otra la Iglesia; una las creencias y otra las propiedades eclesiásticas. El mero hecho de que la Iglesia recurriese a penas espirituales (la excomunión) como castigo por las expropiaciones de que fue objeto, dice mucho de aquella jerarquía eclesiástica en cuanto a la confusión entre religión y propiedad. 

Los liberales no llevaron a cabo la desmortización eclesiástica sin oposición, y no solo de la Iglesia, sino de nobles y conservadores que la consideraron "un ataque a las nobles costumbres católicas y una persecución sanguinaria a la Iglesia y los valores que representa". Es evidente que el adjetivo "sanguinaria" no tiene aquí sino un valor retórico, aunque la intención al utilizarlo sea otro. Incluso entre la población en general la desamortización no tuvo buena acogida, ya sea por la influencia que la Iglesia ejercía sobre la sociedad colombiana, ya porque no repercutió en favor del campesinado, como en el estado de Antioquía. El clero, por su parte, cerró algunas iglesias, se negó a administrar los sacramentos a los fieles, lanzó excomuniones, anatemas y protestas "contra el sacrilegio" (Rico Bonilla citando a Borda). 

La desamortización colombiana, como la española, "devino el latifundio y la pobreza campesina [y] finalmente, no significó una transformación revolucionaria o extensa del modo de producción imperante en las haciendas colombianas". La burguesía criolla liberal hizo "su" desamortización por y para sí, no para la nación ni para el cuerpo social que mejor la representaba, por su trabajo y por su número, el campesinado.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Los indígenas de Nueva Granada

Mapa antiguo de Nueva Granada

El artículo 7 de la actual Constitución colombiana (1991) dice que "el Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación". Es la primera vez, en toda la historia de la Colombia independiente que esto ocurre; con anterioridad no era así, pues como ha señalado Hans-Jürgen Prien, el afán de conseguir la unidad nacional hizo que la burguesía criolla gobernante contemplase "una sola lengua, una sola religión y una sola estirpe" (1). El mismo autor señala que "la supervivencia física y cultural de los pueblos indígenas ha estado más amenazada a partir de la República que en la época colonial, y esto tanto en la doctrina legal como en la práctica cotidiana. En la legislación indiana se habló de conversión de indios en religión y policía; en la legislación republicana... de reducción de salvajes".

Los intereses económicos sobre la tierra de los indígenas y su mano de obra "se intensificaron aún más en el siglo XIX y nuevamente en el último cuarto del siglo XX, bajo la presión del modelo neoliberal...". Una cosa no cambió -dice Hans-Jürgen-: "la discrepancia entre la ley y la realidad" y aún hoy se dan resistencias entre ciertos sectores a dar cumplimiento a lo establecido en la Constitución.

La riqueza étnica de Nueva Granada es extraordinaria: caribes, cuivas, gaira, tangana, taironas, bondas, muiscas, panches, colimas, musos... Algunos de estos grupos se sometieron a la conquista, otros como los taironas y bondas ofrecieron una tenaz resistencia. Tanto en época colonial como durante la independencia de Colombia, se ha calificado a los indígenas de las maneras más atroces, lo que llevaba a un trato inhumano: "brutos, bestias, fieras, monstruos racionales, hombres que parecen fieras, indios aunque hombres... perros indios...". El jesuita Antonio de Egaña escribió que "es tanto más digna de encomio la actuación de este prelado [se refiere a Tomás Ortiz] cuando más depravado le pareció el indio", del que dice "comen carne humana y [son] sodomíticos... andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza, son como asnos, abobados, alocados, insensatos..." (2).

Cabe pensar si esa concepción de los indígenas como "insensatos, abobados, son como asnos..." vino determinada por los intereses de los conquistadores. Hans-Jürgen considera que sí; en la base de muchos comportamientos humanos primero está la ambición y luego viene la justificación. Por otra parte, dice el mismo autor, "la economía de subsistencia de los indígenas no se prestaba a producir mayores excedentes para el mercado. Ya en La Española el hecho de que los taínos se negaran a producir... fue interpretado como pereza" y esta pereza "es un elemento en la teoría de los ocho vicios principales del monaquismo, según el griego Evagrio Pontico", introducida en occidente por Juan Casiano. Los conquistadores y colonizadores ambicionaban las minas, las perlas, los esclavos y los tributos.

Citando a Pedro Borges (3) tanto José Acosta como el obispo Alonso de la Peña Montenegro, un capuchino de Caracas a mediados del siglo XVIII, el jesuíta Bernardo Recio algo más tarde, seglares como Juan de Solórzano Pereira a mediados del siglo XVII, consideraron a los indígenas en la categoría de bárbaros, tanto más cuanto menos asimilados estuvieron a la cultura europea, considerando que esta forma de pensar procede de "La Política" de Aristóteles. También hubo clérigos que lucharon contra la explotación de los indígenas: al conocido caso de Bartolomé de las Casas hay que añadir a Luis Beltrán y a Antonio de Valdivieso.

Importante asunto fue el del pago de tributos que los encomenderos exigían a los indios; se justificaba por el hecho de que antes de la conquista dichos indios pagaban también tributos a sus caciques, pero no todos estuvieron sometidos a dichas autoridades. Por otra parte, cuando la corona española quiere establecer una tasa a dichos tributos, de manera que sean inferiores a los que podían pagar los indios en época precolombina, vino la revuelta de los conquistadores y, de hecho, el indígena pagó lo que en América se decidió, no en la corte de España. Contra ello luchó Juan del Valle, primer obispo de Popayán (1548-1560) y el sínodo diocesano de Popayán en 1558, que se considera "como único y hasta revolucionario" en la historia hispanoamericana. El sínodo consideró que la conquista era injusta, por lo que los que cobraban tributos a los indios "pecaron mortalmente", y esta tesis está en la misma línea que defendió Bartolomé de las Casas cuando estableció ciertas normas para los confesores. "Ni al rey ni a las autoridades asistía el derecho de encomendar indios a los españoles", pues es contrario "a la intención del Papa que hizo la concesión".

El dominico Luis Beltrán, en el siglo XVI, "también reconoció la incompatibilidad del evangelio con la institución coactiva de la encomienda". Razón tiene Domínguez Ortiz cuando dice que el español pecó contínuamente contra la moral, pero nunca contra la fe: a los indígenas de poco les valía esto. El autor citado aquí termina su conferencia con unas referencias a la visión que Alexander Humboldt nos ha dejado de su periplo por América. El gran geógrafo y Bonpland pasaron en abril de 1801 una semana en Turbaco antes de subir por el río Magdalena. De sus observaciones nos ha dejado una visión muy distinta a la de los cronistas de Indias, por ejemplo:

"... los españoles han adoptado todo de los indios... Los recién llegados aprendieron de los indios a construir casas... a preparar jugos fermentados, a dormir en hamacas, sentarse en butaques [butacas]... a modelar ollas sin torno de alfarero... aprendieron que los campos se queman para preparar la siembra, que se puede vivir sin plantar... 

Charles Minguet, a quien cita Hans-Jürgen, dice que Humboldt distinguió más de 140 lenguas indígenas y llegó a hablar de nación indiana. El geógrafo no creía en el mito del buen salvaje aplicado por algunos a los indios, más bien supo cambiar, para quien quisiese enterarse, la imagen que sobre el crisol de pueblos americanos existía hasta principios del siglo XIX, precisamente en vísperas de la gran independencia que no servirá para que los indígenas mejoren su situación con respecto a la época colonial.

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(1) "Imágenes de los indígenas en Nueva Granada... ", conferencia dada en la Universidad de Cartagena de Indias y en la Universidad de Bogotá en 1999.
(2) "Historia de la Iglesia en la América Española..., Madrid, 1966.
(3) "Primero hombres, luego cristianos...".


martes, 11 de septiembre de 2012

Emma Reyes


En http://issuu.com/lagunalibros/docs/memoriaporcorrespondencia pueden verse algunas de las cartas que esta pintora colombiana envió a Germán Arciniegas. En "Memoria por correspondencia" se trasluce la Colombia de los años veinte y trenta (los de la infancia y juventud de la autora) y luego del resto del siglo XX, con su inestabilidad política, el atraso, el subdesarrollo, la miseria de las gentes, el egoísmo de los ricos.

La autora, fallecida en 2003, escribe estas cartas entre los años setenta y noventa, cuando muchos de los recuerdos lejanos han pasado por el tamiz de la reflexión y la sensibilidad. Huérfana, vivió con unas monjas, acompañada de su hermana. Luego vino la pintura, su pasión, viajando por varias partes del mundo hasta llegar a Europa.

jueves, 2 de agosto de 2012

Colombia precolombina

Curso y valle del río Cauca (http://acuacolo.blogspot.com.es/2014/07/rio-cauca.htm)
Por los dientes y huesos encontrados podemos saber algo sobre la vida de los pueblos indígenas que habitaban el valle del Cauca, en el oeste de Colombia, en época precolombina. Según informa "Antigua y Medieval" aquellos habitantes tenían una dieta mixta, donde la carne era consumida en pocas ocasiones; el maíz y las frutas eran, sin embargo, alimentos casi diarios. Por la vértebras encontradas se sabe que sufrieron malformaciones como consecuencia de cargar pesos ayudándose con la frente, probablemente atando la carga a la frente, lo que les hizo -si no lo eran ya- de complexión fuerte. 

Muchos de los huesos y dientes estudiados por los especialistas se encuentran en el Museo Arqueológico "Julio César Cubillos" de la Universidad del Valle. Los huesos corresponden a individuos de cuatro culturas distintas: Quimbaya, Sonso, Bolo Quebradaseca y Piartal-Tuza, remontándose a los siglos V al XV.

Se ha estudiado la forma de los huesos, el desgaste de los mismos y los dientes y sus enfermedades, como caries. Así se conoce la estatura del individuo y que la mayor parte de los habitantes eran diestros, pero también había algunos zurdos. Las cargas que llevaban a su espalda eran, en ocasiones, grandes ollas cargadas de líquidos como chicha, bebida alcohólica obtenida de la fermentación del maíz. De 15 cráneos dos tienen deformada la frente, lo que según los especialistas se debe en parte a que a los niños se les deformaba el cráneo por razones estéticas. Los dolores por llevar grandes pesos a la espalda tuvieron que ser soportados, pues así lo indican el aumento de la densidad del hueso o del cartílago.

Los indígenas de la cultura Sonso, en el centro del Valle, tenían mayor desgaste en los dientes al ser más carnívoros, además de que consumían alimentos menos elaborados. También se sabe de los de la cultura Quimbaya (entre Antioquía y el norte del Valle) que se relacionaron con gentes venidas de otras partes, posiblemente de Centro América y del Caribe, y que los de la cultura Quebradaseca provenían de los Andres.

lunes, 23 de julio de 2012

El "yankee de Suramérica"

Antigua estación del ferrocaril en Antioquía
Es interesantísimo el artículo de Juan Carlos Jurado sobre la situación social de Colombia en el siglo XIX. Aunque se centra en la región de Antioquía, al noroeste del país, hace calas en otras regiones como la de Santander, Buga, Popayán, Barranquilla, Cartagena y la región del Cauca. 

Incluye un testimonio del viajero francés Pierre D'Espagnat, a finales del siglo XIX, sobre la localidad de Honda: He ido a ver hacer el ejército a esos pobres peones transformados en guerreros. Era la misma carne de cañón de siempe..., resignada, indiferente. Sus mujeres sin las que se morían de hambre, porque el gobierno no les mantiene, esperaban acurrucadas por los alrededores, la hora de comer. No era la primera vez que veía a esas desgraciadas siguiendo de lejos, retaguardia de miseria, al batallón en marcha de sus maridos o de sus amantes. Me considero incapaz de expresar el estremecimiento que a su paso me sacudía. Pobres bestias de carga, admirables, que llevan sobre sus sufridas espaldas las míseras ropas, el incompleto menaje, sin contar, además, cabeza abajo, coronando la carga, al rorro que vino al mundo en la cuneta del camino; y así siguen con constancia, ayudando, abasteciendo, animando con su alegría y su sacrificio, la fatiga y el desamparo de la jornada, dando con lo que les queda de juventud, un poco de amor a su compañero, un poco de leche a su hijo. Sí, son Santas estas sublimes miserables...

"De esta forma" -dice el autor al que comentamos- "la riqueza no es lo contrario de la pobreza, sino su condicionante", pues aunque Colombia creció económicamente a lo largo del siglo XIX, dicho crecimiento se quedó en las manos de unos pocos hacendados y la desigualdad económica fue enorme. Los cambios en la Colombia del siglo XIX fueron más políticos que sociales, y aún los cambios políticos se produjeron a base de una guerra seguida de otra, enfrentando a unos colombianos con otros: desde 1830 hasta comienzos del siglo XX no hubo década en la que reinase la paz, aunque como es lógico sí hubo treguas para que los ricos se repartiesen el botín si las cosas habían salido de su agrado. 

Hasta tal punto la independencia de la metrópoli española primó en las luchas de principios del XIX que un bodeguero del río Magdalena -relata Juan Carlos Jurado- se enorgullecía ante un diplomático sueco en 1824, pues se había conseguido expulsar a los "pendejos" españoles, al tiempo que se preguntaba cómo "podían ser libres los de su país [los suecos] si no eran republicanos como en la Nueva Granada". 

La tierra fue el objetivo primero, pues al mal reparto de la época colonial siguió el mal reparto de la época independiente. La concentración de la propiedad, aunque cabe distinguir entre unas regiones y otras, fue la nota dominante, y mientras la población rural crecía aumentaba la presión sobre la tierra, que por lo tanto aumentaba su precio. Pero el campesino sin tierra no siempre lo había sido: el autor demuestra cómo los más poderosos, aliados con éste o aquel juez más o menos corrupto, consiguieron hacerse con más tierras a base de presiones, extorsiones y violencias, además de triquiñuelas legales para las que los campesinos no estaban preparados. Los cultivos eran el maíz, fríjol, papa, yuca, plátanos, caña de azúcar y algunas verduras y frutas; cerdos y gallinas entre los animales que se criaban. 

"Para complementar sus pobres víveres, hombres y mujeres de la región antioqueña trabajaron las minas de aluvión de los ríos cercanos... o viajaron a las zonas mineras del Nordeste en verano, o a las del Norte en invierno...". Por eso los precios en Antioquía solían ser más caros, pues había cierta abundancia de oro en polvo en circulación para comprar mercancías. Por eso al antioqueño, capaz de abandonar su región para ir a otras, sobre todo a las zonas mineras, por la prosperidad aparente de que gozó, se le llamó el "yankee de Suramérica". Un espejismo. Asombra la relativa buena fe y la ingenuidad de un Procurador de la ciudad de Antioquía en 1817: ...y tomando destinos odiosos y perjudiciales al público tales son el grueso de pulperías que han establecido surtiéndose acaso de las compras que hacen en las ferias públicas para luego rebender [sic] por precios más subidos en que no solo dañan al pueblo sino también sus propias conciencias... Pretendía el funcionario demostrar que esos oficios, que arraigaban por el mayor precio que se pagaba, perjudicaban a la población de Antioquía, además de a las conciencias de los que los practicaban. 

Las contínuas guerras civiles a las que hemos hecho referencia se financiaban con empréstitos forzosos para apoyar a uno u otro bando en liza. Los ricos no iban a la guerra, en lo que Colombia no se distinguió de su antigua metrópoli, pero hubo campesinos que fueron conscientes de esta injusticia. Juan Carlos Jurado incluye en su artículo un texto revelador: En esto hallo una gran injusticia, pues por qué hemos de ser los pobres, los labradores y los artesanos los que nos hemos de poner a recibir las balas, y los señores del gobierno, los ricos y tanto currutaco que se estén paseando, y muchos con rentas crecidas; no señor; el que come la papa que rece el Padrenuestro.

El que come la papa que rece el "Padrenuestro", decía José María Caballero, de Santafé de Bogotá, representante popular, allá por la segunda década del siglo. Pero lo cierto es que el que se comía la papa no pasaba las miserias provocadas por las sequías, los terremotos y las plagas; ni las enfermedades que afectaban a una creciente población campesina mal alimentada: el tifus, la fiebre amarilla, el cólera, la disentería, la tosferina, la viruela... Todo ello sin entrar en las diferencias según se fuese blanco, mestizo, negro o indígena. La injusticia se prodigó en un país rico que -aún hoy- parece estar en manos de unos pocos.